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La Noche en que Rompí por Fin

Ana, una mujer de 28 años, se masturba por primera vez con furia y se corre chorreando de placer.

21 min read October 10, 2026New

Tengo veintiocho años y vivo sola desde hace tres meses. El apartamento todavía huele a él a veces, a esa colonia barata que Reid usaba cuando salíamos los viernes, aunque yo ya lavé las sábanas dos veces y tiré su cepillo de dientes el mismo día que se fue con la maleta a medias. No lloro por él. Lloro porque me acostumbré a esperar. A que él tocara. A que él decidiera cuándo, cómo, si es que había “cómo”. Y ahora, a las tres de la madrugada, con el ventilador girando flojo y la sábana enrollada entre las piernas, me doy cuenta de que ni siquiera sé cómo se siente mi propio coño cuando estoy mojada de verdad.

Nunca me toqué. Suena ridículo dicho así, en voz alta dentro de mi cabeza, pero es la verdad. Con Reid todo era rápido, casi administrativo: él encima, yo abriendo las piernas, un par de embestidas y listo. Si llegaba, llegaba. Si no, fingía un gemido para que se durmiera contento. Mi madre me enseñó que “eso” de abajo era sucio, que las chicas decentes no se hurgaban. En el colegio las otras hablaban de vibradores y de corridas chorreantes y yo sonreía como si entendiera, guardando el secreto de que mi cuerpo era territorio desconocido incluso para mí.

Esta noche el insomnio me tiene agarrada del cuello. Apagué la tele a la una. Intenté leer. Conté las grietas del techo. Nada. Entre las piernas hay un pulso sordo, una molestia dulce que no se va con cambiar de lado. Me froto los muslos uno contra el otro y el roce de la tela de las bragas me arranca un suspiro que me avergüenza al instante. ¿Qué estoy haciendo? Tengo veintiocho años, un trabajo decente en la oficina de Camila, un sueldo que me permite este piso de una habitación, y todavía me sonrojo como una monja de convento solo de pensar en meter los dedos dentro.

Me siento en la cama. La luz de la farola entra a medias por la persiana a medias bajada y dibuja rayas en mi barriga. Me miro las manos: uñas cortas, piel un poco reseca de tanto gel hidroalcohólico. Manos de adulta. Manos que firman contratos y pagan el alquiler. Manos que podrían, si yo se lo permitiera, bajar por mi vientre y abrir lo que nunca abrí para mí misma.

—Ya no quiero esperar a nadie —susurro en voz alta, solo para oírme. La frase suena absurda y poderosa a la vez.

Me quito la camiseta de dormir. Los pechos caen libres; los pezones se me ponen duros con el aire del ventilador. Los miro como si fueran de otra mujer. Reid casi nunca los chupaba. Yo tampoco sabía si me gustaba. Ahora paso el dorso de los dedos por encima, apenas, y un calambre me baja directo a la entrepierna. Muerdo el labio. La vergüenza sube caliente por el cuello: ¿qué va a pensar el vecino de al lado si me oye? ¿Qué voy a pensar yo mañana cuando me mire al espejo?

Pero el impulso es más fuerte. Deslizo la mano por el abdomen, por el ombligo, hasta el elástico de las bragas negras. Me detengo ahí. El corazón me golpea la garganta. Dentro de mi cabeza pelean dos voces: la de mi madre diciendo “las mujeres de bien no se tocan”, y otra, más ronca, más mía, que dice “tócate, joder, tócate ya, que llevas años muerta de hambre”.

Empujo la tela hacia un lado. El aire fresco me roza los labios y descubro que ya estoy resbaladiza. No un poco. Embadurnada. El olor me sube denso, a sal y a algo dulzón que nunca había olido tan de cerca. Me da vergüenza y me pone más caliente al mismo tiempo. Con la yema del índice rozo el clítoris por encima de la piel, sin apretar, solo reconociendo el bultito hinchado. Un estremecimiento me recorre las piernas. Abro la boca y se me escapa un “ahh” bajo, casi asustado.

—Mierda… —murmuro.

Nunca me había sentido así de hinchada, de sensible. Sigo rozando en círculos lentos, aprendiendo la forma. Cada vuelta me saca más jugos; siento cómo se me escurre por el culo y mancha la sábana. La vergüenza vuelve: soy una mujer de veintiocho años derramándose sola como una adolescente primeriza. Pero el placer es más grande que la vergüenza. Atraso el dedo un poco y encuentro la entrada. Está abierta, blanda, pidiendo. Introduzco solo la yema. Calor. Apretujón suave. Un gemido se me parte en la garganta.

Saco el dedo y lo miro: brilla a la luz de la farola. Me lo llevo a la boca sin pensarlo. El sabor me sorprende —salado, metálico, mío— y me corre un escalofrío de la nuca a los tobillos. Nunca había probado mi propio coño. Reid tampoco lo hacía. Ahora entiendo por qué algunas lo describen como adictivo.

Me tumbo de nuevo, abro más las piernas, y esta vez meto dos dedos de golpe. El estiramiento me arranca un grito ahogado. No es dolor; es plenitud, es “por fin”. Empiezo a follarme despacio, sacando y metiendo, sintiendo cómo mis paredes se agarran a la piel. Con el pulgar busco el clítoris otra vez y lo froto al ritmo. La cama cruje. El ventilador sigue girando. Yo jadeo como si corriera.

Las imágenes me llegan solas: no la cara de Reid, sino manos anónimas, bocas, mi propio cuerpo contorsionándose. Me imagino de rodillas frente al espejo del armario, viéndome los dedos desaparecer entre los labios hinchados. La fantasía me hace apretar más fuerte. Los muslos me tiemblan. El placer sube en oleadas, cada una más alta, y yo no sé si voy a aguantar o si voy a romperme.

La vergüenza no se ha ido del todo. Sigue ahí, como un nudo en el pecho, recordándome que “esto no se hace”, que soy una puta por mojarme sola, que mañana me voy a odiar. Pero el nudo se afloja cada vez que mis dedos rozan ese punto esponjoso dentro, cada vez que el clítoris late bajo el pulgar. Gimo más alto. Ya no me importa el vecino. Ya no me importa nada excepto el fuego que me está comiendo por dentro.

Saco los dedos, los lamo otra vez, y los vuelvo a meter más hondo. Tres esta vez. El estiramiento me hace arquear la espalda. Con la otra mano me agarro un pecho y tuerzo el pezón hasta que duele rico. Estoy empapada. El sonido de mis dedos chapoteando es obsceno, húmedo, vergonzoso y perfecto. Siento algo construyéndose bajo el ombligo, una presión desconocida, como si fuera a mear y a morir a la vez.

—Por favor… —le pido a nadie, o a mí misma—. Por favor, déjame…

No sé qué estoy pidiendo exactamente. ¿Que me corra? ¿Que no me detenga? ¿Que la vergüenza se calle de una puta vez? Las caderas se me levantan solas, buscando más fricción. Froto el clítoris más rápido, casi en castigo, y los dedos dentro van y vienen sin piedad. El olor a sexo llena la habitación. Mi respiración es un jadeo roto. Siento que algo se acerca, algo grande, algo que nunca había sentido con Reid ni con nadie.

Y de pronto el miedo me frena. No el miedo al placer, sino al desconocido. ¿Qué pasa si me corro chorreando como dicen las otras? ¿Qué pasa si grito? ¿Qué pasa si después ya no puedo volver a fingir que soy la mujer controlada que todos conocen? Me quedo quieta un segundo, dedos enterrados hasta el nudillo, pecho subiendo y bajando. El pulso me golpea en el coño, en la garganta, en las sienes.

La sábana bajo mi culo está empapada. Mis muslos brillan. Todavía no me he corrido. Todavía no he “roto”. Solo estoy aquí, abierta, temblando, con la vergüenza y el deseo forcejeando dentro de mí como dos perros. Sé que si sigo un poco más voy a cruzar un borde del que no hay vuelta. Sé también que ya no quiero esperar a que nadie me dé permiso.

Retiro un poco los dedos, los dejo solo en la entrada, y miro el techo. La farola sigue pintando rayas. El ventilador sigue girando. Mi cuerpo sigue latiendo, pidiendo, hirviendo.

Esta noche no voy a dormirme sin saber qué se siente ser yo misma.

Me quedo quieta un segundo más, con los dedos todavía rozándome la entrada y el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido una maratón. El miedo no se va del todo, pero la voz ronca dentro de mí grita más fuerte que la de mi madre. Me siento otra vez. La camiseta de dormir sigue tirada al borde de la cama; la recojo y me la pongo encima sin abrochar nada, solo para sentir la tela fina rozarme la piel mientras me miro. Me acaricio los pechos por encima de la camiseta. Las yemas de los dedos dibujan círculos lentos alrededor de los pezones y siento cómo se endurecen al instante, dos puntitos duros que empujan la tela. Un escalofrío me baja directo al coño. Muerdo el labio inferior y susurro:

—Mírate, Ana. Ya no eres la niña asustada.

Me levanto. Las piernas me tiemblan un poco. Camino descalza hasta el espejo del armario, ese que Reid odiaba porque decía que ocupaba demasiado. La luz de la farola me pinta rayas en la cara y en el pecho. Me quito la camiseta despacio, muy despacio, subiendo la tela centímetro a centímetro para ver cómo quedan los pechos libres otra vez. Los sostengo con las dos manos, los aprieto, tuerzo los pezones hasta que un hilo de placer-dolor me hace abrir la boca. Después bajo las manos a las bragas. Me las bajo por las caderas, por los muslos, las dejo caer al suelo. Quedo desnuda delante del cristal. Veintiocho años, pechos pesados, vientre suave, el triángulo oscuro entre las piernas ya brillando de jugos. Me abro los labios con dos dedos y miro mi propio clítoris hinchado, rojo, palpitante. Nunca me había visto así.

—Qué puta cara tienes —me digo en voz baja, y la frase me calienta más de lo que esperaba.

Vuelvo a la cama. Me tumbo de espaldas, abro las piernas todo lo que puedo, rodillas dobladas, pies plantados en el colchón. El aire del ventilador me roza el coño abierto y me arranca un gemido. Bajo la mano derecha. El clítoris está tan hinchado que apenas lo toco y ya se me escapa un “joder” ronco. Empiezo a frotar en círculos lentos, solo la yema, sintiendo cómo se resbala de lo mojada que estoy. Los jugos me bajan por el culo otra vez, manchan la sábana que ya estaba empapada. Froto más firme. El placer sube en oleadas cortas, eléctricas. Cierro los ojos y las imágenes llegan solas, cada vez más sucias.

Me imagino de rodillas en el suelo de la oficina, después de que todos se hayan ido, con la falda subida y los dedos de una mujer desconocida —alta, de voz grave, manos de manicura perfecta— abriéndome el coño mientras me manda callar. Me imagino en el ascensor del edificio, con un tío anónimo que me levanta contra la pared de espejo y me mete la lengua hasta el fondo mientras yo me agarro a su pelo y le ruego que me folle ya. Me imagino a mí misma frente a este mismo espejo, pero con alguien detrás que me sujeta las muñecas y me dice “mira cómo te chorreas, putita, míralo”. Cada escena me hace frotar más rápido. Gimo más alto. Ya no me importa el vecino. La cama cruje. Mis caderas se levantan solas buscando la mano.

—Así… más… —jadeo para nadie.

Los dedos se me resbalan del clítoris y bajan a la entrada. Estoy tan abierta, tan empapada, que dos dedos entran de un solo empujón. El estiramiento me arranca un grito ahogado que se convierte en gemido largo. Meto y saco. El sonido es obsceno, chapoteo húmedo que llena la habitación. Acelero el ritmo. Los nudillos golpean mis labios hinchados. Con el pulgar sigo frotando el clítoris al mismo tiempo, más y más rápido. El placer se acumula bajo el ombligo como una bola de fuego. Las paredes de mi coño se agarran a los dedos, los chupan, los no quieren soltar. Imagino que son una polla gruesa, anónima, que me parte en dos. Imagino que alguien me graba —aunque sé que eso no pasará nunca— y que después me hace ver el vídeo mientras me follan otra vez. Imagino corridas en la cara, en las tetas, chorros que me resbalan por el pecho mientras yo abro la boca. Cada fantasía me empuja más al borde.

Gimo sin control. La voz me sale rota, grave, de puta que por fin se está dando lo que necesita. —Ay, sí… fóllame… así, más duro… —le pido a mis propios dedos. Meto los dos hasta el fondo, los retuerzo buscando ese punto esponjoso que hace que se me doblen los pies. Lo encuentro. Una corriente me sube por la columna. Las piernas me tiemblan. El clítoris late bajo el pulgar como un segundo corazón. Siento que algo enorme se acerca, esa presión de mear y morir al mismo tiempo que sentí antes, solo que ahora es más grande, más inevitable. El olor a sexo me sube a la nariz, denso, salado, mío. La sábana bajo el culo está hecha un charco. Mis pechos rebotan con cada embestida de los dedos. Tuerzo un pezón con la mano libre hasta que duele rico y el dolor se mezcla con el placer y me hace arquear la espalda casi por completo.

—Por favor… déjame correrme… por favor… —suplico en voz alta, y la súplica me avergüenza y me excita a partes iguales.

Acelero todavía más. Los dedos entran y salen a un ritmo brutal, chapoteando, follandome sin piedad. El clítoris está tan sensible que cada roce me saca un grito. Estoy al borde. Lo siento en las rodillas que se cierran solas, en el vientre que se contrae, en la respiración que se corta. Las imágenes sucias se amontonan: bocas en mi coño, manos agarrándome el culo, alguien diciéndome “chorrea para mí, Ana, chorrea como la puta que eres”. El nudo de vergüenza en el pecho se afloja del todo. Solo queda el fuego. Solo queda yo, abierta, empapada, gimiendo como una desesperada a las tres y media de la madrugada en un piso de una habitación.

Pero justo cuando siento que voy a romperme, que el chorro va a salir sí o sí, freno otra vez. No del todo. Dejo los dedos dentro, quietos, enterrados hasta el nudillo, y el pulgar apenas rozando el clítoris hinchado. El placer late, late, late, a punto de desbordarse. Jadeo. Miro el techo. El ventilador sigue girando. La farola sigue pintando rayas. Mi cuerpo entero es un grito contenido. Sé que si muevo un milímetro más voy a cruzar. Sé que quiero cruzar. Pero también sé que quiero alargar esto, que quiero saborear cada segundo de esta primera vez en la que por fin me estoy dando permiso.

Saco los dedos despacio. Brillan a la luz. Me los llevo a la boca y los chupo uno por uno, saboreando mi propio coño otra vez, más fuerte, más adictivo. Después los bajo otra vez y los dejo solo en la entrada, abriéndome, enseñándome al aire. El clítoris late solo, sin que lo toque. Estoy tan cerca que un simple soplo del ventilador casi me hace gritar. La vergüenza ha muerto. Solo queda el hambre. Solo queda la certeza de que esta noche voy a saber, de una puta vez, qué se siente ser yo misma cuando me corro de verdad.

Me quedo así, abierta, temblando, con los dedos listos y el borde a un suspiro de distancia, sabiendo que lo que viene después ya no tiene vuelta atrás.

El miedo se deshace de golpe, como un hilo que se corta. Ya no hay madre, ni vecino, ni mañana. Solo hay este coño que late y pide, y mis manos que por fin le van a dar lo que se merece. Me tumbo de espaldas otra vez, abro las piernas hasta que los muslos me duelen, y meto tres dedos de un solo empujón. El estiramiento me arranca un grito ronco que se me queda trabado en la garganta. Estoy tan mojada que entran fáciles, resbaladizos, y al instante mis paredes los agarran como si tuvieran hambre de años.

—Joder… sí… —jadeo, y empiezo a follarme con furia.

Saco y meto. Rápido. Brutal. Los nudillos golpean mis labios hinchados una y otra vez, el sonido chapotea obsceno en la habitación. Con el pulgar busco el clítoris y lo froto en círculos rápidos, apretados, castigándolo. Está tan hinchado que parece un botón rojo a punto de reventar. Cada roce me saca un gemido más alto. Alterno: un rato solo el clítoris, círculos locos que me hacen levantar las caderas del colchón, y luego otra vez los tres dedos hasta el fondo, retorciéndolos para rozar ese punto esponjoso que me dobla los pies. La otra mano sube a los pechos. Pellizco un pezón, lo tuerzo, lo estiro hasta que el dolor se mezcla con el placer y me hace arquear la espalda. Después el otro. Voy de uno a otro, pellizcando sin piedad mientras me follo el coño como si quisiera destrozarlo.

El olor a sexo me sube denso, salado, mío. La sábana ya es un charco. Mis jugos bajan por el culo, se me escurren entre las nalgas. Gimo sin control, la voz rota, gutural:

—Así… más duro… fóllame, puta… fóllate ya…

Las fantasías llegan sucias y sin freno: una boca anónima chupándome el clítoris mientras alguien me abre las piernas a la fuerza (pero yo quiero, yo abro más); manos que me agarran las tetas y me tiran de los pezones; una polla gruesa que me parte en dos desde atrás mientras yo miro al espejo y me veo chorrear. Cada imagen me hace acelerar. Los dedos entran y salen a un ritmo brutal. El clítoris late bajo el pulgar como un segundo corazón. Siento la presión creciendo bajo el ombligo, esa bola de fuego que amenaza con reventar. Las piernas me tiemblan. El vientre se me contrae solo.

Pero quiero más. Quiero sentirlo todo. Me saco los dedos de golpe, brilla a la luz de la farola, y me pongo en cuatro sobre la cama. Las rodillas se hunden en el colchón empapado. Arqueo la espalda como una gata en celo, levanto el culo alto, bajo la cabeza contra la almohada. Con la mano derecha me alcanzo por detrás y me penetro otra vez, tres dedos, con fuerza, desde atrás. El ángulo es otro. Más hondo. Más sucio. Me follo a mí misma sin piedad, embistiéndome, los dedos desapareciendo entre los labios hinchados mientras el pulgar roza el clítoris de refilón. La otra mano se agarra a un pezón y lo pellizca, lo tuerce, lo castiga.

—Ay… joder… sí… así… —gimo contra la almohada, la voz ahogada, animal.

El sonido es obsceno: chapoteo húmedo, carne contra carne, mi respiración rota. Cada embestida me hace rebotar las tetas. El culo se me mueve solo, buscando más, empujando contra la mano. Estoy abierta, expuesta, follándome como la puta que siempre quise ser y nunca me dejé. El clítoris frota contra la palma cada vez que meto los dedos a fondo. Alterno otra vez: saco los dedos, me agarro el clítoris hinchado entre dos yemas y lo froto en círculos rapidísimos, casi en castigo, hasta que los muslos me tiemblan tanto que casi me caigo; después otra vez los tres dedos hasta el nudillo, follandome desde atrás con furia, arqueando más la espalda, ofreciéndome al aire vacío de la habitación.

—Por favor… déjame… déjame correrme ya… —suplico en voz alta, y la súplica me calienta más.

La presión crece. Es enorme. Es como si fuera a mear y a morir y a nacer al mismo tiempo. Mis paredes se contraen alrededor de los dedos, los chupan, no los sueltan. El clítoris late desbocado. Pellizco el pezón con tanta fuerza que se me escapa un grito agudo. Gimo sin control, gemidos largos, rotos, guturales, que ya no suenan a mí. Suenan a liberación. A años de espera saliendo de golpe. Acelero todavía más. Los dedos entran y salen a un ritmo salvaje. El culo se me mueve solo. La cama cruje. El ventilador gira. Yo ya no existo más que en este coño que se abre y se cierra y pide.

Y entonces reviento.

El orgasmo me golpea como un tren. Todo mi coño se contrae de golpe, una contracción brutal, rítmica, que me arranca un grito gutural desde lo más hondo de la garganta. —¡Ahhhh… joder… sí…!— Las paredes aprietan los dedos con una fuerza que nunca había sentido. Y entonces chorreo. Un chorro caliente, potente, que salta sobre las sábanas, que me resbala por los muslos, que mancha el colchón en un charco oscuro y vergonzoso y perfecto. Sigo corriéndome, contrayéndome, gimiendo como una animal en celo mientras el placer me sacude oleada tras oleada. Los dedos siguen metidos, quietos ahora, y mi coño los ordeña solo. Otro chorro. Más débil. Otro. Las piernas me fallan. Me dejo caer de lado, todavía contrayéndome, todavía gimiendo, el cuerpo entero un temblor.

El olor a sexo y a mi propio chorro llena la habitación. Estoy empapada. Las sábanas están hechas un desastre. Jadeo contra la almohada, el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido kilómetros. El clítoris sigue latiendo, hipersensible, y cada pequeño movimiento me saca un gemido residual. Me miro la mano: brilla, gotea. Me la llevo a la boca y lamo mis jugos mezclados con el chorro, el sabor más intenso, más adictivo que antes. Un escalofrío me recorre.

Pero no se ha acabado. El fuego no se ha apagado del todo. Late todavía, más bajo, más hondo, como si el orgasmo hubiera abierto una puerta y ahora hubiera más habitaciones detrás. Me quedo en cuatro otra vez, temblando, el culo en alto, y deslizo dos dedos suaves por la entrada todavía abierta, sintiendo cómo se contrae alrededor de ellos en espasmos. —Todavía… todavía quiero más… —susurro, y la voz me sale rota, sorprendida de sí misma.

Me tumbo de espaldas, abro las piernas, y empiezo a acariciarme otra vez, despacio ahora, explorando el clítoris hinchado y sensible, los labios hinchados, la entrada que sigue goteando. El placer es diferente: más profundo, más dulce, pero igual de urgente. Imagino otra vez las manos anónimas, las bocas, alguien que me diga “mira cómo has chorreado, Ana, qué puta más guarra”. Y siento que el cuerpo responde, que se calienta otra vez, que la vergüenza está muerta del todo y solo queda el hambre.

Me agarro un pecho, pellizco el pezón suave, y meto un dedo solo, despacio, saboreando cada milímetro. El ventilador sigue girando. La farola sigue pintando rayas. Yo sigo abierta, mojada, viva por fin, y sé que esta noche todavía no ha terminado de romperme.

Sigo con el dedo dentro, despacio, saboreando cada milímetro de esa carne blanda y caliente que todavía late en espasmos. El clítoris está tan hinchado y sensible que apenas lo rozo con el pulgar y ya se me escapa un gemido roto, más bajo que antes, más animal. La sábana bajo el culo es un charco frío y caliente a la vez; el olor a mi propio chorro me sube a la nariz y me pone más puta de lo que creía posible. Tengo veintiocho años y por fin estoy follándome de verdad, sin nadie que me diga cuándo parar.

—Otra vez… joder, otra vez… —susurro contra la almohada, la voz hecha trizas.

Meto el segundo dedo. El estiramiento me arranca un jadeo largo. Estoy abierta, resbaladiza, hecha un desastre de jugos y saliva y vergüenza muerta. Empiezo a moverlos en círculos lentos, buscando ese punto esponjoso que me dobló los pies hace un rato. Lo encuentro. Una corriente me sube por la columna otra vez, más dulce, más hondo. Con la otra mano me agarro la teta izquierda, aprieto el pezón entre el índice y el pulgar y lo tuerzo hasta que el dolor se mezcla con el placer y me hace arquear la espalda. Pellizco más fuerte. Gimo.

Las fantasías llegan sucias y sin freno. Me imagino de rodillas en el suelo de la cocina, con las rodillas abiertas y alguien anónimo —una boca de labios gruesos, una lengua larga— chupándome el clítoris mientras yo me agarro a la encimera y les ruego que me metan los dedos más hondo. Me imagino en el baño del trabajo, con la falda subida y dos manos de mujer desconocida abriéndome los labios y mirándome chorrear otra vez. Me imagino a mí misma frente al espejo otra vez, pero ahora con los dedos de otra persona dentro, follandome mientras yo miro y digo “mira qué puta soy, mira cómo me mojo sola”. Cada imagen me hace acelerar.

Saco los dedos, los chupo, saboreo el sabor salado y metálico de mi coño chorreado, y los vuelvo a meter de golpe. Tres esta vez. El estiramiento me parte un grito gutural. Empiezo a follarme con furia renovada, sacando y metiendo, los nudillos golpeando mis labios hinchados, el chapoteo húmedo llenando la habitación otra vez. El pulgar se clava en el clítoris y lo frota en círculos rapidísimos, casi en castigo. Está tan sensible que cada roce me saca un grito agudo. Las caderas se me levantan solas. El vientre se me contrae.

—Así… más duro… fóllame, puta de mierda… fóllate hasta que chorrees otra vez… —le ordeno a mis propias manos, y la voz me sale grave, de puta que por fin se da permiso.

Me pongo en cuatro otra vez. Las rodillas se hunden en el charco. Arqueo la espalda, levanto el culo alto, bajo la cara contra la almohada empapada. Con la mano derecha me alcanzo por detrás y me penetro con los tres dedos desde atrás, embistiéndome sin piedad. El ángulo es más hondo, más sucio. Siento cómo mis paredes los chupan, los ordeñan. El pulgar roza el clítoris de refilón cada vez que meto a fondo. La otra mano se agarra al pezón y lo tuerce, lo estira, lo castiga hasta que se me escapa un “ay, joder, sí”.

El placer sube diferente esta vez: más profundo, más lleno, como si el primer orgasmo hubiera abierto una puerta y ahora hubiera habitaciones enteras de fuego detrás. Alterno. Saco los dedos, me agarro el clítoris hinchado entre dos yemas y lo froto en círculos locos hasta que los muslos me tiemblan y casi me caigo; después otra vez los tres dedos hasta el nudillo, follandome desde atrás con rabia, el culo moviéndose solo, ofreciéndose al aire vacío. Gimo contra la almohada, gemidos largos, rotos, guturales:

—Por favor… déjame… déjame correrme otra vez… quiero chorrear… quiero mojar toda la puta cama…

La presión crece bajo el ombligo otra vez, esa bola de fuego que amenaza con reventar. Mis paredes se contraen alrededor de los dedos. El clítoris late desbocado. Pellizco el pezón con tanta fuerza que se me escapa un grito agudo que ya no suena a mí. Acelero. Los dedos entran y salen a un ritmo salvaje. El culo se me mueve solo. La cama cruje. El ventilador gira. Yo ya no existo más que en este coño que se abre y se cierra y pide y chorrea.

Y reviento otra vez.

El segundo orgasmo me golpea más bajo, más largo, más sucio. Todo mi coño se contrae en oleadas brutales que me arrancan un grito ahogado contra la almohada. —¡Ahhhh… sí… joder…!— Las paredes aprietan los dedos con fuerza animal. Y chorreo otra vez. Un chorro caliente, potente, que salta sobre las sábanas ya empapadas, que me resbala por los muslos, que mancha el colchón en un charco más oscuro, más vergonzoso, más perfecto. Sigo corriéndome, contrayéndome, gimiendo como una puta en celo mientras el placer me sacude oleada tras oleada. Otro chorro. Más débil. Otro. Las piernas me fallan del todo.

Me dejo caer de lado, exhausta y temblando, todavía con los dedos enterrados. El cuerpo entero es un temblor. Las últimas contracciones me recorren el coño en espasmos dulces y crueles, apretando y soltando, apretando y soltando. Jadeo. El pecho sube y baja como si hubiera corrido kilómetros. El olor a sexo y a mi propio chorro llena la habitación hasta el techo. Estoy empapada de la cabeza a los pies. Las sábanas son un desastre. El clítoris sigue latiendo, hipersensible, y cada pequeño movimiento me saca un gemido residual.

Saco los dedos despacio. Brillan, gotean, cubiertos de mis jugos y de lo que chorré. Me los llevo a la boca y los lamo uno por uno, saboreando las últimas contracciones de placer mientras chupo cada gota. El sabor es más intenso, más adictivo, más mío. Un escalofrío me recorre de la nuca a los tobillos. Sonrío. Satisfecha. Libre. Dueña de mi deseo por fin. La vergüenza está muerta. Mi madre no existe. Reid no existe. Solo existe este coño que por fin sé cómo se siente cuando se corre chorreando de verdad.

Susurro para mí misma, la voz ronca, rota, perfecta:

—Esta es solo la primera de muchas noches en las que me voy a follar sin culpa… hasta chorrear el colchón entero y lamerme los dedos como la puta guarra que soy.

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