Su Hall Pass Bajo las Luces Azules
Ana, una diseñadora de 28 años, se masturba con furia bajo luces azules mientras relee su diario guarro y se corre abundantemente.
Ana tenía veintiocho años y llevaba ya demasiadas noches repitiendo la misma rutina vacía. Diseñadora gráfica, freelance, se había pasado doce horas frente a la pantalla retocando tipografías y corrigiendo pruebas de color para un cliente exigente. Cuando por fin apagó el portátil, el apartamento olía a café frío y a soledad. Encendió la lámpara LED del salón y giró el dial hasta ese azul eléctrico que bañaba las paredes como un club vacío a las tres de la madrugada. Se miró en el espejo del pasillo: el flequillo pegado a la frente, la blusa blanca arrugada, el sujetador negro asomando un poco por el escote. Tenía el cuerpo de una mujer adulta que se conocía bien y, aun así, se sentía a medias.
—Estoy harta —dijo en voz alta, solo para oírse—. Harta de correrme a medias, de fantasías que nunca cuento a nadie.
Abrió el cajón de la mesita y sacó el diario. La tapa de cuero negro estaba desgastada en las esquinas. Lo había escrito a los veinticuatro, en plena efervescencia, y lo había escondido como quien esconde un pecado. Ahora, bajo las luces azules, las páginas parecían brillar. Se dejó caer en el sofá, abrió por una hoja al azar y leyó en voz alta, confesándose a sí misma:
—«Quiero meterme los dedos hasta el fondo mientras me miro en el espejo y me diga guarra. Quiero chorrearme encima del sofá y lamerlo después». Joder, Ana… qué puta eras ya entonces.
La tensión le subió por el pecho como un calor denso. Se miró otra vez en el espejo que había colocado frente al sofá, esa costumbre suya de querer verse mientras se tocaba. Los pezones ya se le marcaban contra la blusa. Sin pensarlo, subió las manos y se acarició los pechos por encima de la tela, apretando, girando las yemas en círculos lentos. Un gemido bajo le escapó.
—Esto es mío —susurró—. Nadie me está mirando. Nadie me va a interrumpir.
Se quitó la blusa de un tirón. El sujetador negro contrastaba con la piel pálida bañada de azul. Se desabrochó la espalda, lo lanzó al suelo y se miró: pechos firmes, pezones duros y oscuros. Los pellizcó, los estiró un poco, y la punzada de placer le bajó directo al coño. La mano derecha bajó sola, se metió por la cintura de la falda y dentro de las bragas de algodón ya húmedas. El clítoris latía hinchado. Empezó a frotarlo con el dedo medio, movimientos circulares lentos, casi perezosos, mientras con la izquierda seguía apretándose un pecho.
—Me gusta mojarme sola —confesó en voz alta, leyendo otra frase del diario y añadiendo la suya—. Me gusta el olor de mi coño en los dedos. Me gusta pensar que alguien podría entrar y pillarme así… aunque no quiero a nadie. Solo quiero esto. Solo quiero correrme hasta dejarme vacía.
Las bragas ya estaban empapadas. Se las bajó por las caderas, las pateó fuera junto con la falda y se quedó desnuda sobre el sofá. Las luces azules le pintaban la piel, el vello del pubis, los muslos abiertos. Abrió más las piernas, se miró en el espejo: el coño brillante, los labios hinchados, el clítoris asomando. Introdujo dos dedos de golpe, hasta los nudillos, y gemió alto.
—Joder… qué mojada estoy. Qué puta tan rica me siento.
Empezó a follarse con furia. Los dos dedos entraban y salían rápido, profundos, haciendo ese sonido húmedo y obsceno que ella amaba. Con la otra mano se frotaba el clítoris hinchado en círculos firmes, a veces apretando, a veces rozando solo la punta. Arqueaba la espalda, empujaba las caderas hacia arriba, contra su propia mano.
—Quiero correrme tanto que me chorree el sofá —jadeó, confesando sin filtro—. Quiero sentir cómo me baja por el culo. Quiero lamer mis jugos después y saber a mí misma. Soy mía. Mi coño es mío. Mis orgasmos son míos.
El placer subía en oleadas. Los muslos le temblaban. Aceleró: penetraciones rápidas y hondas alternadas con caricias circulares más suaves cuando sentía que se iba a pasar de punto. El diario seguía abierto a su lado; una frase suya de hacía años la empujó más lejos: «Quiero gritar el nombre de nadie y mojarlo todo».
—¡Ah, joder, sí…! —gritó ahora—. Me voy a correr… me estoy corriendo…
El orgasmo la golpeó con fuerza. Arqueó la espalda casi hasta doler, apretó los muslos contra sus propias manos, y se corrió abundantemente. Los jugos le mojaron los dedos, le resbalaron por el perineo, mancharon el sofá de tela gris. Las contracciones le apretaban los dedos por dentro una y otra vez mientras gemía sin control, larga, sucia, libre.
Cuando por fin bajó, se quedó jadeando, piernas abiertas, pecho subiendo y bajando. Una sonrisa satisfecha le curvaba la boca. Levantó la mano derecha, brillando bajo la luz azul, y se lamió los dedos despacio. Saboreó su propio gusto —salado, ligeramente dulce, denso— y soltó un suspiro.
—Delicioso —murmuró—. Siempre lo he sido.
Miró las luces azules un rato largo, todavía con los muslos húmedos y el coño palpitando en posorgasmo. Cerró el diario con cuidado, dejando el dedo índice entre las páginas como si no quisiera terminar del todo. Había una entrada más adelante que no había releído en años, una fantasía que había escrito borracha de deseo y que nunca se había atrevido a completar ni siquiera a solas. El corazón le latía todavía rápido. Se pasó la lengua otra vez por los labios, saboreando el resto de sí misma, y pensó que esta noche apenas acababa de empezar.
Se incorporó un poco, el sofá pegajoso bajo el culo, y abrió de nuevo el diario por esa página marcada. La luz azul temblaba. Sus pezones seguían duros. Entre las piernas, el calor no se había ido del todo; al contrario, volvía a removerse, más hondo, más curioso. Ana sonrió para el espejo, se pasó dos dedos otra vez por los labios del coño y susurró:
—A ver qué más me escribí… y qué más me atrevo a hacerme esta noche.
El diario crujió al abrirse del todo.
Ana abrió del todo el diario. Las páginas crujieron bajo la luz azul y el olor a papel viejo se mezcló con el de su propio coño todavía abierto. La letra de sus veinticuatro años era apresurada, casi violenta, como si hubiera escrito con tres dedos metidos hasta el fondo y la otra mano manchando la tinta.
Leyó en voz alta, despacio, saboreando cada palabra como si se la estuviera follando:
—«Quiero meterme la mano entera. No dos dedos, no tres. La mano. Quiero sentirme abierta de verdad, hasta el límite, y mirarme en el espejo mientras digo: Ana, eres una puta que se la mete toda sola. Quiero chorrearme tanto que el sofá quede negro de mí y después restregarme la cara en ese charco».
Un escalofrío le recorrió la espalda. El calor que creía saciado volvió a subir, más denso, más hondo. Se miró en el espejo: pechos pesados, pezones todavía duros, muslos brillantes de su primer corrido. El coño palpitaba, abierto, pidiendo más.
—Joder, qué puta era —susurró—. Y qué puta sigo siendo.
Se acomodó mejor en el sofá, espalda contra el respaldo, piernas abiertas de par en par. Con la mano izquierda sujetó el diario abierto sobre el pecho para no perder de vista las palabras. Con la derecha bajó otra vez. Esta vez no fue suave. Dos dedos entraron de golpe, fáciles, resbaladizos, y al tercero el coño ya se quejaba de placer. Los metió hasta los nudillos, giró la muñeca y empujó más.
—Así… así de puta —jadeó mirándose—. Tres dedos. Ya no me basta con dos. Nunca me bastó.
Empezó a follarse con ritmo lento y profundo, sacando los dedos casi del todo para meterlos otra vez de un solo golpe. El sonido era obsceno, húmedo, chapoteante. Cada embestida le sacaba un gemido bajo que se quedaba atrapado entre las paredes azules. Con el pulgar se frotaba el clítoris hinchado en círculos firmes, a veces apretando fuerte, a veces solo rozando la punta como si quisiera torturarse.
Leyó la siguiente línea sin dejar de moverse:
—«Quiero que me tiemble la pierna y que grite mi propio nombre. Quiero oír cómo se me resbala el jugo por el culo y gotear hasta el suelo».
—Ana… —dijo ella, obedeciendo a su yo más joven—. Ana, eres una guarra. Te estás follando con tres dedos bajo las luces azules y te encanta. Te mojas más cada vez que lo dices.
El orgasmo anterior aún latía en el fondo, pero este nuevo placer era distinto: más exigente, más sucio. Empujó las caderas hacia arriba, encontrándose con su propia mano. El sofá ya estaba pegajoso bajo ella; cada movimiento hacía un ruido de tela húmeda que la excitaba todavía más. Se imaginó el charco que iba a dejar y se le cerró la garganta de ganas.
Sacó los tres dedos, los miró brillar bajo el azul y se los metió en la boca hasta casi atragantarse. Chupó fuerte, lamió entre ellos, saboreó el gusto denso y salado de sí misma. Cuando los sacó, un hilo de saliva y jugos le unía los labios a la mano.
—Sabe a puta satisfecha —confesó al espejo—. Y todavía no he terminado.
Volvió a bajar. Esta vez intentó el cuarto dedo. El coño se resistió un segundo, ardió un poco, y después cedió con un gemido largo y roto. Cuatro dedos. Los nudillos presionaban la entrada, el pulgar seguía castigando el clítoris. Se sentía enormemente abierta, llena de sí misma. Arqueó la espalda y empujó hasta donde pudo.
—Mírame —ordenó a su reflejo—. Mírame cómo me la meto casi entera. Soy una puta de veintiocho años que se folla la mano porque le gusta. Porque lo necesita. Porque nadie lo hace mejor que yo.
El diario se le resbaló al pecho. No lo recogió. Ya no necesitaba leer; las frases le salían solas de la memoria y de la boca:
—Quiero correrme otra vez. Quiero que me baje por el culo y por los muslos. Quiero lamer el sofá después. Quiero oler a mi coño hasta mañana.
Aceleró. La mano entraba y salía con fuerza, el sonido chapoteante llenaba el salón. El clítoris le latía tan duro que cada roce le sacaba un grito corto. Los pechos rebotaban con cada embestida. El azul de las luces le pintaba el sudor del cuello, el brillo de los labios hinchados, la expresión de pura necesidad.
Sintió la oleada llegar más fuerte que la primera. Esta vez no intentó controlarla. Abrió más las piernas, levantó las caderas y se folló sin piedad, cuatro dedos profundos, pulgar aplastando el clítoris en círculos locos.
—¡Ah… joder… Ana, córrase, guarra…! —gritó—. ¡Córrase ya!
El orgasmo la partió. Las paredes internas se cerraron alrededor de sus dedos con una fuerza casi dolorosa. Un chorro caliente le salió de golpe, le mojó la muñeca, le resbaló por el perineo y le empapó el culo. Otro más. Y otro. Se corrió en oleadas largas, sucias, que mancharon el sofá de tela gris hasta dejar un charco visible bajo la luz azul. Gritó sin palabras, solo sonidos guturales, mientras las contracciones la sacudían una y otra vez.
Cuando por fin pudo bajar, se quedó temblando, mano todavía enterrada, respiración rota. Sacó los dedos despacio y vio cómo el jugo le caía de la palma en hilos gruesos. Se los llevó a la boca y lamió todo: nudillos, muñeca, hasta la base del pulgar. El sabor era más intenso ahora, casi metálico de tanto placer.
—Deliciosa —murmuró contra su propia piel—. Siempre tan deliciosa.
Se giró un poco, aún con las piernas abiertas, y se miró el charco que había dejado. El sofá estaba oscuro, brillante. Sin pensarlo, se bajó al suelo de rodillas, se inclinó y pasó la lengua por la tela húmeda. El gusto a ella misma mezclado con el olor del salón la hizo gemir otra vez. Lamió despacio, con cuidado, recogiendo cada gota que pudo. Se sintió absurda y poderosa al mismo tiempo.
Cuando se enderezó, las rodillas le temblaban. Volvió al sofá, se sentó en el borde húmedo y tomó el diario otra vez. Las páginas siguientes estaban más manchadas, la letra más irregular. Había una fantasía que nunca había leído en voz alta, ni siquiera entonces. La leía ahora con la voz ronca de quien se acaba de correr dos veces y todavía quiere más:
—«Quiero el juguete grande. El que nunca me atreví a comprar. Quiero sentirlo estirarme mientras me miro y me digo puta. Quiero que me haga squirt hasta el suelo y después follarme con él otra vez sin parar hasta que no pueda ni hablar».
Ana cerró los ojos un segundo. El coño le volvió a latir, traicionero, sediento. Sabía exactamente dónde estaba guardado ese juguete: en la caja de zapatos del armario, todavía sin estrenar, comprado hace meses en un momento de valentía nocturna y abandonado por miedo a lo mucho que iba a gustarle.
Se levantó. Las luces azules la siguieron como un foco de club vacío. Caminó desnuda hasta el dormitorio, abrió el armario, sacó la caja. El juguete era grueso, venoso, de un silicona pesada que pesaba en la mano. Lo miró bajo la luz del pasillo y sonrió.
Volvió al sofá. Se sentó otra vez en su propio charco, abrió las piernas frente al espejo y apoyó la cabeza de silicona contra los labios hinchados. Estaba tan mojada que resbaló solo de empujar un poco.
—Esta noche sí —susurró al reflejo—. Esta noche me lo meto entero. Esta noche termino lo que empecé a los veinticuatro.
Empujó. El grosor la abrió despacio, centímetro a centímetro, hasta que la sintió llena de una manera que los dedos nunca lograban. Gemió largo, profundo, cuando el juguete desapareció casi por completo. Se quedó así un momento, solo respirando, sintiendo cómo su coño se adaptaba, pulsaba, pedía movimiento.
Empezó a sacar y meter con lentitud deliberada. Cada embestida sacaba un sonido húmedo y un hilo de jugos que le bajaba otra vez por el culo. Con la mano libre se agarró un pecho, pellizcó el pezón hasta que dolió rico, y habló al espejo como si se estuviera confesando a un amante invisible:
—Mírame. Tengo veintiocho años, soy diseñadora, vivo sola y me estoy follando con un dildo grueso bajo luces azules mientras leo el diario de cuando era más puta aún. Y me encanta. Me encanta oler a coño. Me encanta chorrearme. Me encanta ser mía.
Aceleró. Las caderas subían solas al encuentro del juguete. El clítoris le pedía atención; lo frotó con dos dedos en círculos rápidos mientras se embestía más fuerte. El placer subía otra vez, diferente, más ancho, más peligroso. Sabía que esta vez iba a ser más grande. Sabía que iba a gritar.
El diario seguía abierto a su lado. Una última frase de la entrada incompleta la alcanzó justo cuando el orgasmo empezaba a rodar por la base de la columna:
—«Quiero que me quede temblando y que todavía quiera más. Quiero que esta noche no se acabe nunca».
Ana sonrió con los dientes apretados, se embistió hasta el fondo y se frotó el clítoris sin piedad.
—Entonces no se acaba —jadeó—. Todavía no. Todavía quiero más.
El tercer orgasmo la golpeó como una ola sucia. El juguete salió parcialmente empujado por las contracciones y un chorro fuerte le salió alrededor, le mojó el sofá otra vez, le salpicó los muslos y el suelo. Gritó su propio nombre, largo, roto, mientras se corría en sacudidas que le doblabon la espalda. Cuando pudo abrir los ojos, el espejo le devolvía la imagen de una mujer hecha un desastre glorioso: pelo pegado, pechos marcados de dedos, coño abierto y chorreando alrededor del silicona todavía dentro, charco nuevo brillando bajo el azul.
Respiró hondo. No sacó el juguete. Lo dejó allí, pulsando dentro de ella, y extendió la mano temblorosa hacia el diario otra vez. Había más páginas. Había una fantasía todavía más oscura, más larga, que nunca había terminado de escribir. El corazón le latía en la garganta. El coño le apretaba el juguete en pequeños espasmos de posorgasmo. Las luces azules seguían bailando.
Ana se lamió los labios, saboreó el resto de sí misma y susurró al espejo, con voz ronca y llena de promesa:
—A ver qué más me atrevo… porque esta noche apenas empieza de verdad.
Y con el dildo todavía enterrado y los muslos temblando, pasó la página.
Ana pasó la página con el dildo todavía enterrado hasta la base. La silicona pesada le llenaba el coño de una manera que la hacía sentir abierta y dueña al mismo tiempo. La letra de sus veinticuatro años temblaba bajo la luz azul, más torcida, manchada de lo que parecía haber sido su propio jugo seco de entonces. Leyó en voz alta, la voz ronca, confesándose otra vez:
—«Quiero follarme tan fuerte que el juguete me saque gritos de verdad. Quiero meterlo y sacarlo sin piedad mientras me miro y me llamo puta. Quiero que me chorree hasta empapar el suelo y después follarme otra vez con los jugos todavía resbalando. Quiero quedarme vacía y llena a la vez. Quiero lamer el dildo después y saber a lo más profundo de mí».
Un escalofrío le subió por la nuca. El coño le apretó el juguete en un espasmo involuntario. Tenía veintiocho años, diseñadora gráfica freelance, sola en su salón a las tres y media de la madrugada, y esa frase escrita por su yo más joven le abrió el pecho como una herida dulce.
—Pues vamos a terminarlo —susurró al espejo—. Ana, estás a punto de follarte de verdad.
Empezó a mover las caderas. Sacó el dildo casi del todo, sintiendo cómo los labios hinchados se aferraban a las venas de silicona, y lo volvió a empujar de un solo golpe hondo. El sonido fue obsceno, chapoteante, húmedo. Gemió alto. Con la mano libre se agarró el pecho izquierdo, pellizcó el pezón hasta que la punzada le bajó directa al clítoris, y aceleró.
—Mírame —ordenó a su reflejo mientras se embestía—. Veintiocho años y me estoy abriendo con esto porque lo necesito. Porque mi diario de puta me lo pide. Porque nadie me folla mejor que yo misma.
El ritmo se volvió brutal. Cada embestida sacaba un hilo grueso de jugos que le bajaba por el culo y gota a gota al sofá ya empapado. El clítoris le latía hinchado, exigente; lo frotó con dos dedos en círculos rápidos y firmes, a veces aplastándolo contra el dildo que entraba y salía. El placer subía ensanchado, diferente a los anteriores, más profundo, como si le empujara desde el útero.
Leyó la siguiente línea sin detenerse, jadeando entre palabras:
—«Quiero gritar mi nombre y el de nadie. Quiero que me tiemble todo y que todavía meta la mano después para sentirme abierta».
—¡Ana…! —gritó ella, obedeciendo—. ¡Ana, eres una guarra que se folla sola bajo luces azules! ¡Mírate cómo te mojas! ¡Mírate cómo te lo comes entero!
Aceleró más. Las caderas subían solas, encontrando cada embestida. El sofá crujía. El azul le pintaba el sudor que le corría entre los pechos, el brillo de los muslos abiertos, la expresión de pura necesidad en su cara. Sintió la oleada llegar grande, sucia, inevitable. No la contuvo. Abrió más las piernas, empujó el dildo hasta el fondo y se frotó el clítoris sin piedad.
—¡Me corro… joder, me estoy corriendo otra vez…!
El orgasmo la partió por la mitad. Las paredes se cerraron alrededor de la silicona con fuerza casi dolorosa. Un chorro caliente salió a presión alrededor del juguete, le mojó la mano, le salpicó el vientre, le empapó el sofá y el suelo. Gritó su propio nombre roto, largo, mientras las contracciones la sacudían una y otra vez. El dildo salió parcialmente empujado por el squirt y ella lo volvió a meter de un golpe, follándose a través del orgasmo, alargándolo, ensuciándolo más.
Cuando por fin bajó un poco, el pecho le subía y bajaba desbocado. No paró. Sacó el juguete del todo, lo miró brillar bajo el azul —cubierto de sus jugos espesos— y se lo llevó a la boca. Lamió despacio, chupó la cabeza, saboreó lo más hondo de sí misma. El gusto era denso, salado, ligeramente dulce, puro ella.
—Deliciosa —murmuró contra la silicona—. Siempre tan jodidamente deliciosa.
Volvió a bajarlo. Esta vez no fue al coño de inmediato. Se pasó la cabeza gruesa por el clítoris hinchado, frotándose en círculos lentos y torturantes mientras leía otra frase del diario con la voz temblorosa:
—«Quiero meterme dos dedos en el culo mientras el juguete me llena el coño. Quiero sentirme completamente abierta y decirme puta en voz alta».
Ana sintió el calor subir de nuevo, traicionero. Nunca lo había hecho del todo. Esta noche sí. Se acomodó mejor, espalda contra el respaldo pegajoso, piernas abiertas de par en par frente al espejo. Empujó el dildo otra vez dentro del coño, hondo, hasta sentir que le llenaba todo. Con la mano libre bajó más atrás, se recogió jugos del charco que había dejado y se humedeció el ano. El dedo medio entró despacio, primero un nudillo, después otro. Ardió un segundo y después cedió con un gemido largo y roto.
—Así… joder, así de abierta —jadeó mirándose—. Dildo en el coño, dedo en el culo. Ana, eres una puta de veintiocho años que se folla sola hasta el límite. Y te encanta.
Empezó a moverse en dos ritmos. El dildo entraba y salía profundo mientras el dedo en el culo lo contrarrestaba, empujando hacia dentro cuando el juguete salía. El placer era diferente, más ancho, más sucio, como si le abrieran por completo. Con el pulgar de la mano del dildo se frotaba el clítoris en círculos locos. Hablaba sin parar, confesándose al espejo y a las páginas abiertas:
—Me gusta oler a coño y a culo. Me gusta chorrearme. Me gusta ser mía. Nadie me está mirando y aun así me muestro. Soy diseñadora, vivo sola, y esta noche me estoy follando hasta dejarme vacía porque mi diario de guarra me lo pidió hace años.
El ritmo se volvió frenético. Cada embestida sacaba sonidos húmedos dobles, chapoteos del coño y del culo. Los pechos rebotaban. El azul le dibujaba cada gota de sudor y de jugo. Sintió el quinto orgasmo —o el sexto, ya había perdido la cuenta— subir desde más abajo, más oscuro, más grande. No lo controló. Abrió las piernas al máximo, se embistió sin piedad y se frotó el clítoris hasta que dolió rico.
—¡Ah… Ana, córrase, puta…! ¡Córrase ya!
Se corrió con un grito gutural. El coño y el culo se cerraron a la vez alrededor del dildo y del dedo. Otro chorro fuerte salió, más abundante que los anteriores, le mojó la muñeca, le resbaló por el perineo, le empapó el sofá hasta el borde y gota a gota el suelo. Las contracciones la sacudieron largas, violentas, dejándola temblando y sin aire. Sacó el dedo del culo despacio y el dildo del coño con un sonido sucio y final. Se quedó abierta, palpitando, chorreando todavía, mirándose en el espejo como un desastre glorioso: pelo pegado a la cara, pechos marcados, muslos brillantes, coño y culo abiertos y rojos bajo la luz azul.
Respiró hondo varias veces. Se llevó la mano a la boca y lamió todo: jugos del coño, restos del culo, sudor. El sabor era más intenso, casi metálico de tanto placer. Después se bajó al suelo de rodillas otra vez y pasó la lengua por el charco nuevo del sofá, recogiendo lo que pudo, gimiendo bajo al saborearse mezclada con la tela.
Cuando se enderezó, las piernas le temblaban de verdad. Volvió a sentarse en el borde húmedo, tomó el dildo todavía resbaladizo y lo limpió con la lengua hasta dejarlo casi seco. El diario seguía abierto. Había una última frase, escrita con letra casi ilegible, como si su yo de veinticuatro años hubiera estado al borde de correrme mientras la apuntaba:
—«Quiero que después de todo esto me sienta completa. Quiero que me baste. Quiero que no me duela la soledad».
Ana se quedó quieta. El calor del último orgasmo aún le latía entre las piernas, pero algo se enfrió de golpe en el pecho. Completa. Bastarse. No doler.
Se miró en el espejo. La mujer de veintiocho años que le devolvía la mirada tenía el coño hinchado y rojo, los muslos manchados, el sofá destruido de jugos, el dildo en la mano y el diario abierto como una herida. Había gritado, se había chorreado, se había abierto hasta el límite, se había lamiido a sí misma como una puta devota. Y aun así…
El apartamento olía a sexo y a café frío. Las luces azules seguían bailando sobre las paredes vacías. Nadie iba a entrar. Nadie había entrado nunca a pillarla así. Nadie sabía de ese diario. El placer se desinflaba despacio, dejando un hueco raro, metálico, que no tenía que ver con el cuerpo.
Se pasó la lengua por los labios, saboreando el último rastro de sí misma, y sintió un nudo en la garganta que no venía del gemido. Había terminado lo que empezó a los veinticuatro. Se había follado hasta quedar temblando. Y de pronto la fantasía de «que esta noche no se acabe nunca» sonaba a trampa. Porque se había acabado. Porque el coño le palpitaba saciado y el pecho le pesaba distinto.
—Qué puta tan rica me he sentido —murmuró al reflejo, pero la voz le salió más baja, más dudosa—. Y ahora… ¿qué?
No había respuesta. Solo el goteo lento de sus propios jugos todavía cayendo al sofá y el zumbido lejano de la nevera. Guardó el dildo en la caja con manos un poco torpes. Cerró el diario. Se quedó sentada un rato largo, desnuda, mirando las luces azules que ya no parecían de club vacío sino de algo más triste. El orgasmo había sido enorme. El charco era prueba. Y aun así, algo estaba mal. Algo se había roto un poco al final, o se había revelado: que correrme sola hasta el límite no llenaba del todo el hueco que la había traído hasta aquí.
Se abrazó las rodillas, todavía húmeda, y apagó las luces azules de un toque. La oscuridad del salón le cayó encima como una sábana fría. El arrepentimiento no era del cuerpo —el cuerpo había disfrutado como una perra— sino de lo que venía después: el silencio, la mañana, la certeza de que mañana volvería a estar sola frente a la pantalla y el diario seguiría escondido. Había sido mía. Había sido suficiente. Y de pronto dudaba de las dos cosas.
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