Deseo Prohibido en la Cubierta del Yate

En el yate de Ibiza, la capitana Lucía de 34 años y la millonaria Vanessa de 29 se comen el coño con pasión lésbica hasta correrse

11 min read September 09, 2026New

El sol de Ibiza se derretía en el horizonte como un huevo frito barato, tiñendo de naranja la cubierta de teca del yate de lujo anclado a mil metros de la costa. Lucía, capitana de treinta y cuatro años con el pelo recogido en un moño desordenado y el uniforme blanco ceñido que marcaba cada curva de su cuerpo atlético, revisaba las amarras cuando oyó la risa de Vanessa. La millonaria de veintinueve años, dueña del barco y de media Costa Brava, estaba tumbada en la tumbona de proa con un bikini rojo tan diminuto que parecía una declaración de guerra a la decencia.

—Capitana —dijo Vanessa, girándose de lado y dejando que el triángulo de tela se deslizara un milímetro traicionero—, ese uniforme te queda tan justo que me está haciendo cosas raras entre las piernas. ¿O es que siempre navegas con la polla imaginaria a medio palo?

Lucía soltó una carcajada nerviosa, sintiendo el calor subirle por el cuello. Llevaba tres días fingiendo que no miraba el culo perfecto de Vanessa cada vez que esta se inclinaba a recoger una toalla, y ahora la muy cabrona lo decía en voz alta.

—Valiente descaro, millonaria. Yo solo controlo el timón. Tú controlas… bueno, todo lo demás, incluyendo ese biquini que parece una idea a medias.

Se miraron. El deseo era tan denso como el aire salado. Vanessa se mordió el labio inferior, riendo bajito.

—Prohibido y todo, ¿eh? Porque yo soy la jefa y tú la que manda en cubierta. Pero joder, Lucía, desde que zarparos no dejo de imaginar cómo sabrá tu boca.

Lucía se acercó, el sol poniéndole un halo ridículo en la cabeza. —Igual de salada que el Mediterráneo, supongo. O peor. Tengo miedo de que me guste demasiado.

Vanessa se incorporó, agarró el bote de aceite bronceador y, con una torpeza claramente ensayada, lo volcó entero sobre sus pechos. El líquido dorado resbaló por la piel morena, dibujando caminos brillantes entre los pezones erectos y el valle profundo.

—Ups. Accidente laboral. Capitana, ¿me lo extiendes? Tengo las manos ocupadas en no morirme de vergüenza… o de ganas.

Lucía se arrodilló entre las tumbonas, las risas de ambas sonando como campanas borrachas. —Eres una puta desastrosa, Vanessa. Y yo una idiota por aceptar.

Sus manos, callosas de sogas y volantes, se posaron en la piel caliente. El aceite crujió bajo los dedos. Lucía empezó por el pecho izquierdo, palma abierta, circulando despacio, sintiendo el pezón endurecerse contra su yema. Vanessa soltó un gemido mezclado con risa.

—Más abajo, joder. Y no finjas que no te está mojando el bragas. Yo llevo fantaseando con besarte desde el primer atardecer. Cada vez que dabas órdenes con esa voz de “todo el mundo a cubierta” me imaginaba tumbada y calladita mientras me comías el coño.

—Qué coincidencia —murmuró Lucía, las manos bajando a las costillas, resbalando hasta el borde del bikini—. Yo igual. Me despertaba con los dedos dentro pensando en tu boca. En cómo te reirías si te lamía el clítoris hasta que te corrieras gritando mi nombre.

Vanessa la agarró por la nuca y la besó. Fue un choque juguetón al principio, labios grasientos de aceite y sal, lenguas chocando como dos adolescentes robándose el primer bozal. Luego se volvió hambriento: dientes, gemidos, Lucía mordiendo el labio de Vanessa mientras sus manos apretaban los pechos aceitados. Ninguna quiso parar. El sol se hundía y el yate se mecía suave, cómplice.

—Cubierta abierta —jadeó Vanessa contra su boca—. Aquí. Ahora. Si alguien nos ve desde otro barco que se haga una paja y nos dé las gracias.

Lucía la tumbó de un empujón caricioso en la tumbona ancha. Le bajó el bikini de un tirón, dejando al descubierto el coño afeitado y ya brillante de jugos. Se acomodó entre las piernas abiertas de Vanessa, oliendo a sal y a deseo caro.

—Primero te como yo, jefa. Y si te ríes mientras te corres te muerdo el clítoris.

—Amenaza vacía —se rió Vanessa, arqueando la espalda cuando la lengua de Lucía trazó un camino largo desde el perineo hasta el botón hinchado.

Lucía chupó con experta. Lengua plana, luego punta rápida, dos dedos entrando de golpe en el coño caliente y apretado. Vanessa gritó una risa ahogada, las manos en el pelo de Lucía.

—Joder, capitana… así, más fuerte… tus dedos… me estás follando como si el yate se hundiera.

Lucía metió y sacó los dedos curvos, buscando ese punto esponjoso mientras lamía el clítoris hinchado en círculos. El aceite de los pechos de Vanessa resbalaba hasta el vientre. Vanessa se corrió con un grito que se quebró en carcajada, el coño contrayéndose alrededor de los dedos, chorreando sobre la muñeca de Lucía.

—Hija de puta… me has dejado temblando y riendo como una loca.

Aún con las piernas flojas, Vanessa empujó a Lucía hacia atrás en la tumbona, le abrió la braga del uniforme y se puso a horcajadas en 69. El coño de Vanessa, todavía palpitante y mojado, bajó sobre la cara de Lucía al mismo tiempo que su boca se cerraba alrededor del clítoris hinchado de la capitana.

—Tu turno, rubia del mar. Chúpame mientras te chupo. Y no pares de reírte, que me pone.

Lucía gimió contra el coño de Vanessa, lengua empujando dentro, saboreando su propio trabajo. Vanessa lamía y chupaba el clítoris de Lucía con hambre, dos dedos propios metiéndose en el coño de la capitana, follándola con ritmo. Se mecían una contra la otra, culos al aire, el atardecer pintándoles la piel de cobre. El sonido era obsceno: chupeteos, gemidos, risas entrecortadas cada vez que una encontraba el ángulo perfecto.

—Más… joder, Vanessa, frota tu coño en mi cara… así… me voy a correr… —jadeó Lucía, la voz ahogada entre muslos.

Vanessa se frotó más fuerte, clítoris contra lengua, mientras chupaba el de Lucía como si fuera un caramelo salado. Los dedos de ambas entraban y salían, mojados, rápidos. El orgasmo las pilló juntas: Vanessa primero, temblando y riendo contra el coño de Lucía, chorreando otra vez; Lucía segundos después, gritando un “joder, sí” que se convirtió en risa histérica mientras el coño se le contraía alrededor de los dedos de Vanessa y el sabor se le mezclaba en la boca.

Se desplomaron lado a lado, jadeando, el aceite y los jugos brillando en muslos y pechos. Vanessa agarró una toalla limpia y empezó a limpiar el coño de Lucía con caricias suaves, riendo todavía.

—Mira qué desastre hemos hecho. Parecemos dos gatas después de pelearse por un pez.

Lucía le limpió los pechos a Vanessa, besándole los pezones con ternura ridícula entre risas. —Y yo que pensaba que el mayor peligro de este yate eran los bancos de arena.

Se besaron despacio, labios hinchados, sabores mezclados. Lucía apoyó la frente contra la de Vanessa, la voz todavía ronca de gemidos.

—Propongo repetir la travesura cada noche del…

—…viaje —terminó Lucía, la voz aún ronca, y Vanessa se echó a reír tan fuerte que el yate pareció balancearse de pura burla.

—Cada noche, capitana. Como si fuéramos dos marineras perdidas en un porno de bajo presupuesto. Me encanta.

Se quedaron un momento enredadas en la tumbona, el aceite ya pegajoso, los jugos secándose en muslos y barbillas. El Mediterráneo chapoteaba contra el casco como un público que aplaude en secreto. Vanessa, con esa cara de millonaria que ha comprado medio mundo y aún quiere más, se incorporó de golpe, los pechos aceitados temblando.

—Espera. Tengo una idea de las buenas. De las que arruinan uniformes.

Se levantó desnuda, el culo perfecto balanceándose con una desvergüenza absoluta, y abrió un cajón bajo la consola de proa. Sacó un vibrador rosa chillón, grueso como el mango de un buen winche, y un frasco de lubricante con olor a coco que gritaba “Ibiza en verano”. Lucía, todavía tumbada con las piernas abiertas y la braga del uniforme hecha un trapo a un lado, soltó una carcajada.

—¿En serio? ¿Llevas juguetes en el yate como quien lleva chalecos salvavidas?

—Prioridades, rubia. Seguridad ante todo… y orgasmos dobles. Tú me has dejado el coño como un manantial y ahora te toca a ti temblar hasta que se te olvide cómo se gobierna un barco.

Vanessa se arrodilló entre las piernas de Lucía, le empujó las rodillas hacia arriba hasta que los talones de la capitana rozaron la teca, y le pasó la lengua una vez más por el clítoris hinchado, solo para saborear. Lucía arqueó la espalda, soltando un gemido que se partió en risa.

—Joder, Vanessa… si sigues así voy a acabar gritando órdenes a las gaviotas.

—Que griten ellas. Ahora cállate y disfruta, capitana.

El vibrador zumbó al encenderse, un zumbido grave que hizo reír a ambas. Vanessa lo resbaló primero por los labios hinchados de Lucía, rodeando el clítoris sin tocarlo del todo, mientras con la otra mano le pellizcaba un pezón a través de la camisa abierta del uniforme. Lucía cerró los ojos, el calor subiéndole desde el vientre como una marea. Pensó en lo absurdo de la escena: ella, la mujer que había navegado tormentas de diez metros, ahora con las piernas abiertas en la cubierta de un yate de lujo mientras una millonaria de veintinueve años le empujaba un dildo rosa entre los pliegues.

—Mírate —murmuró Vanessa, la voz cargada de diversión y hambre—. Toda seria con tu uniforme y ahora chorreando como una fuente. ¿Quieres que te lo meta entero?

—Mételo, jefa. Y no pares aunque me ría como una histérica.

Vanessa lo hundió despacio. El lubricante de coco brillaba, el juguete entrando centímetro a centímetro en el coño caliente y apretado de Lucía. La capitana jadeó, las manos agarrando los bordes de la tumbona. Vanessa lo empujó hasta el fondo, luego lo sacó casi del todo y volvió a meterlo con un ritmo profundo, el pulgar rozando el clítoris en cada embestida. El zumbido se sentía hasta en los huesos.

—Más… joder, así… —gimió Lucía, y de pronto soltó una carcajada ronca—. Parece que me estás follando con un motor fueraborda.

—Exacto. Y este motor no se ahoga. Ahora abre más.

Vanessa se inclinó, chupó el pezón izquierdo de Lucía a través de la tela, mordisqueándolo mientras aceleraba el ritmo del vibrador. Lucía se retorcía, el uniforme blanco ya manchado de aceite y de su propia mojada. Cada embestida sacaba un sonido obsceno, húmedo, mezclado con risas entrecortadas. Vanessa metió dos dedos junto al juguete, estirando un poco más, y Lucía gritó un “sí, hija de puta” que se convirtió en risa temblorosa.

El orgasmo la pilló de golpe. El coño se le contrajo alrededor del vibrador con fuerza, las piernas temblando, un chorro cálido mojando la muñeca de Vanessa. Lucía se rió a carcajadas mientras se corría, la cabeza echada hacia atrás, el moño deshecho, el pelo salado pegado a la frente.

—Me… me has destrozado… —jadeó, aún con el juguete zumbando dentro—. Sacalo… o voy a pedir mayday.

Vanessa lo apagó y lo sacó despacio, lamiendo los jugos de la base con una sonrisa de gato satisfecho. Luego se subió a horcajadas sobre el muslo de Lucía, frotando su propio coño todavía hinchado y mojado contra la piel caliente de la capitana.

—Mi turno otra vez. Fótame contra ti. Quiero correrme mirándote a la cara mientras te ríes de mí.

Se frotaron. Clítoris contra muslo, luego coño contra coño cuando Lucía se incorporó y las dos se abrazaron pecho con pecho, aceite y sudor mezclándose. Vanessa se movía con caderas salvajes, el bikinir rojo olvidado en alguna parte de la cubierta, los pechos resbalando contra los de Lucía. Se besaron otra vez, lenguas torpes de tanto gemir, risas escapando entre los labios.

—Eres… una locura —susurró Lucía contra su boca, las manos agarrándole el culo y ayudándola a frotar más fuerte—. Cada vez que te corres suenas como si te estuvieran haciendo cosquillas con un ancla.

—Y a ti te gusta, capitana. Admite que te pone.

Lucía le metió dos dedos de nuevo, buscó ese punto esponjoso mientras Vanessa se frotaba el clítoris contra la palma. El sol ya se había ido del todo; solo quedaban las luces de cubierta y el balancín suave del mar. Vanessa se corrió con un grito ahogado que terminó en carcajada histérica, el cuerpo entero sacudido, chorreando otra vez sobre los dedos y el muslo de Lucía. Se desplomó contra ella, las dos temblando, riendo sin aire.

Todavía no bastaba. Vanessa, con las piernas flojas, empujó a Lucía hacia el borde de la tumbona hasta que el culo de la capitana quedó al aire. Se arrodilló detrás, le abrió los glúteos con las manos y le pasó la lengua por el ano, una lamida larga y juguetona que hizo a Lucía soltar un grito de sorpresa mezclado con risa.

—¡Vanessa, cabrona!

—Silencio, o llamo a la guardia costera a denunciar ruidos obscenos.

La lengua de Vanessa rodeó el anillo apretado, lo empujó un poco, mientras dos dedos volvían a entrar en el coño de Lucía. La capitana se mordió el labio, el placer subiendo otra vez, absurdo y delicioso. Pensó en lo ridículo: ella, dándoles órdenes a marineros de media Europa, ahora con la cara de una millonaria enterrada entre sus nalgas. Se corrió de nuevo, más suave esta vez, un gemido largo que se quebró en risa cuando Vanessa le dio un mordisco juguetón en un glúteo.

Se giraron. Ahora Lucía empujó a Vanessa de espaldas, le levantó las piernas hasta los hombros y le comió el coño con hambre renovada: lengua plana, dedos curvados, chupando el clítoris como si fuera el último caramelo de Ibiza. Vanessa se agarraba al pelo de Lucía, gritando risas y “joder, más fuerte, capitana”. El tercer orgasmo de Vanessa llegó con un chorro que mojó la barbilla de Lucía y la tumbona por igual; las dos se rieron tanto que les dolieron los abdominales.

Se quedaron así un rato largo, cuerpos enredados, el aire salado secándoles la piel. Vanessa cogió otra vez la toalla y limpió con ternura torpe el muslo de Lucía, luego el suyo. Lucía le secó el pecho, besando de vez en cuando un pezón solo porque sí.

—Esto… —dijo Vanessa entre risitas cansadas— ha sido el mejor accidente laboral de mi vida. ¿Firmamos un contrato de “repetir cada noche hasta que el yate se hunda de tanto mecerse”?

Lucía le acarició la mejilla, el pulgar dejando un rastro de aceite. —Contrato verbal. Y si alguien pregunta, diré que revisábamos las amarras… con la lengua.

Se besaron despacio, sin prisa, sabores a coco, sal y sexo. El yate se mecía con suavidad. Las luces de la costa brillaban lejanas. Vanessa apoyó la cabeza en el hombro de Lucía, los dedos entrelazados sobre el pecho de la capitana. Lucía le pasó una mano por el pelo húmedo, sin decir nada más.

El mar siguió chapoteando. El viento trajo un olor a sal y a noche. Ninguna se movió. El silencio se instaló entre ellas como una manta, cálido y completo, mientras la cubierta se quedaba quieta bajo las estrellas.

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