Rendición en la Cubierta del Ferry

Dos adultas, la capitana Valeria de 34 y la fotógrafa Camila de 28, se comen el coño con hambre salvaje en la cubierta de un ferry nocturno.

32 min read September 15, 2026New

La niebla se pegaba a la cubierta superior del ferry como una sábana húmeda, salada, casi solidaria con el viento que venía del estrecho. Las luces de cubierta apenas atravesaban el gris; el zumbido de los motores quedaba abajo, lejano, y arriba solo quedaban el golpe del mar contra el casco y el olor a óxido y sal. Valeria, capitana de yate de treinta y cuatro años, se apoyó en la barandilla con las manos enguantadas y el cuello del abrigo subido. Había bajado del puente a estirar piernas y a fumar un cigarrillo que el viento se llevó a medias. Llevaba el pelo oscuro recogido con severidad, la mandíbula tensa de quien ha mandado barcos en peores noches, y el cuerpo firme bajo la chaqueta de puente: pechos pesados, caderas anchas, muslos que se notaban incluso bajo el pantalón de trabajo.

Camila apareció por la escalera de babor como si la niebla la hubiera spitido. Fotógrafa de veintiocho años, mochila al hombro, cámara colgando del pecho, el pelo castaño revuelto por el salitre y una sonrisa que no pedía permiso. Llevaba vaqueros ceñidos que marcaban el culo redondo y una chaqueta abierta sobre una camiseta fina; el frío le endurecía los pezones y ella no hacía nada por esconderlo. Se detuvo a tres metros de Valeria, la miró de arriba abajo sin prisa y dejó que la mirada se le quedara en la boca de la otra mujer.

—Bonita noche para perderse —dijo Camila, voz baja, casi un ronroneo—. O para que te encuentren.

Valeria soltó el humo por la nariz y le sostuvo la mirada. No era la primera vez que una mujer la miraba así en alta mar; sí era la primera vez en meses que le respondía el cuerpo con esa punzada caliente entre las piernas.

—Depende de lo que busques, fotógrafa —respondió, midiendo cada sílaba—. Si es paisaje, abajo hay café y turistas roncando. Si es otra cosa… aquí arriba solo estamos nosotras y la puta niebla.

Camila se acercó un paso. El viento le pegó la camiseta al pecho y Valeria vio, sin disimulo, cómo se le marcaban las tetas, los pezones duros como piedras. La fotógrafa notó la mirada y se lamió el labio inferior, despacio, provocando.

—Busco lo que se come con hambre —dijo sin bajar la voz—. Y tú tienes cara de capitana que no se asusta de que le chupen el coño hasta que se le doblen las rodillas.

El comentario cayó entre ellas como un golpe de mar. Valeria sintió cómo se le humedecía la braga de golpe, el clítoris latíéndole contra la costura del pantalón. No apartó la vista. Al contrario: sonrió con esa media sonrisa de quien manda y, a la vez, quiere que la mamen.

—Con esa boca tan sucia deberías usarla para algo más que hablar —murmuró Valeria, acercándose también, hasta que el olor a perfume barato y sal de Camila le llenó la nariz—. ¿Cuántas veces te has corrido imaginándote de rodillas en una cubierta como esta, con el viento metiéndote los dedos bajo la ropa mientras una mujer te abre las piernas?

Camila soltó una risa corta, ronca, y apoyó la cadera en la barandilla al lado de Valeria. Sus hombros casi se rozaban. Abajo, el ferry cortaba el estrecho; arriba, solo el sonido de la respiración de las dos y el chirrido de un cable.

—Más de las que puedo contar —admitió Camila, girando la cara hacia ella—. Y no solo imaginándome de rodillas. También imaginándome con la cara entre tus muslos, capitana. Olándote. Abriéndote con la lengua hasta que me digas que pare… y yo no parando. Me gusta cuando una mujer se pone borde porque está demasiado mojada para pensar.

Valeria dejó el cigarrillo a medio fumar en el cenicero de metal de la barandilla. Se giró del todo, de frente a Camila, y le miró la boca con una intensidad que era casi una orden.

—Dime cómo lo harías —exigió, voz grave—. Sin poetas. Filthy. Como si ya me estuvieras lamiendo.

Camila trago saliva. El frío le picaba la cara, pero entre las piernas tenía un calor que le hacía apretar los muslos. Se pasó el pulgar por el labio, imaginando el sabor.

—Primero te bajaría el pantalón lo justo para sacar ese culo y ese coño. Te pondría de cara a la niebla, manos en la barandilla, y te abriría los labios con los dedos para ver qué tan rosado y qué tan jodidamente mojado lo tienes. Después te daría con la lengua de abajo arriba, lento, hasta el clítoris, y te lo chuparía como si fuera lo único que voy a cenar en días. Te metería la lengua dentro, te follaría con ella, te mordería los labios de la vagina suavecito para que te quejes. Y cuando estuvieras goteando por la barbilla mía, te diría que te corras en mi boca o que me tire del pelo hasta que lo hagas.

Valeria sintió un calambre dulce en el bajo vientre. La braga ya estaba empapada; podía notarlo al moverse. Dio un paso más, casi pegando su pecho al de Camila, y le bajó la voz al oído, rozándole la oreja con los labios.

—Y yo te agarraría del pelo, sí. Te empujaría la cara contra mi coño hasta que se te hincharan los labios de tanto chupar. Te haría lamer más abajo, el culo también, porque cuando me pongo así quiero que me coman entera. ¿Te gusta eso, Camila? ¿Te gusta que una capitana te use la boca como un puto juguete mientras el ferry se mece y cualquiera podría subir la escalera y vernos?

Camila jadeó, un sonido pequeño y sucio. Su mano, todavía con el guante a medias quitado, rozó la cadera de Valeria a través de la tela gruesa. No agarró: solo rozó, midiendo el permiso que ya estaba en el aire.

—Me encanta —susurró—. Me pone cachonda pensar en que nos oigan. En que yo esté de rodillas con la cara brillante de tus jugos y tú sujetándome la cabeza. Me correría solo de oírte gemir mi nombre como si fuera una orden de puente. Y después te pediría que me lo devuelvas. Que me abras los vaqueros, me bajes la braga y me chupes el coño hasta que se me doblen las piernas contra esta puta barandilla. Quiero tu lengua dentro. Quiero que me digas lo puta que estoy por mojarme tanto por una desconocida en medio de la niebla.

Valeria soltó una risa baja, casi un gruñido. Le miró el pecho otra vez, los pezones marcados, y sin pedir más permiso le pasó el dorso de los dedos por encima de la tela de la camiseta, rozando apenas un pezón. Camila se arqueó hacia el contacto, pidiendo más sin palabras.

—No eres una desconocida ya —dijo Valeria—. Eres la fotógrafa que se va a comer mi coño hasta dejármelo hinchado y sensible. Y yo soy la que te va a dejar la cara hecha un desastre de saliva y fluido. Mira cómo me estás poniendo solo con hablar. Si te metiera la mano ahora mismo entre las piernas, ¿qué encontraría, Camila? ¿Estás chorreando ya? ¿Tienes el clítoris duro y pidiendo que te lo chupen?

Camila asintió, la respiración entrecortada. El viento les revolvía el pelo a las dos; la niebla les humedecía las caras como una caricia fría que contrastaba con el fuego abajo.

—Encuentrarías un coño empapado —confesó, sin vergüenza—. La braga pegada a los labios. El clítoris palpitándome cada vez que abres la boca. Llevo desde que te vi pensando en sentarme en tu cara, en frotarme contra tu boca hasta correrme y seguir, porque una vez no me basta. Quiero que me pruebes. Quiero oírte tragar lo que te goteo.

Valeria le agarró entonces la muñeca, no con fuerza bruta, sino con la seguridad de quien toma lo que ambas ya están ofreciendo. Le acercó la mano a su propia entrepierna, por encima del pantalón, y la dejó sentir el calor, el bulto suave de los labios hinchados bajo la tela.

—Siente —ordenó en un susurro—. Así de mojada me tienes solo con tus putas palabras. Imagínate cuando te baje esto y te ponga de rodillas de verdad. Te voy a abrir las piernas a ti también. Te voy a lamer el coño con la misma hambre con la que tú dices que quieres el mío. Y no vamos a parar porque haga frío o porque el ferry llegue a puerto. Vamos a parar cuando las dos no podamos tenernos en pie.

Camila apretó los dedos contra la entrepierna de Valeria, notando la humedad que ya traspasaba. Se le escapó un gemido bajo. Se acercó más, casi boca contra boca, el aliento mezclado con el olor a sal y a deseo crudo.

—Entonces no hablemos más de “si” —dijo, los ojos brillantes, las pupilas dilatadas—. Háblame de “cuando”. Cuando te baje el pantalón. Cuando te separe los labios con los pulgares. Cuando te meta la lengua hasta el fondo y te folle con ella mientras te froto el clítoris con la nariz. Cuando me corra yo también, frotándome contra tu muslo o contra tu boca, da igual, mientras tú me agarras el culo y me dices que soy tu puta de cubierta por esta noche.

Valeria le rozó los labios con los suyos, no un beso todavía: solo la promesa de uno, el roce eléctrico de piel con piel, el sabor a sal y a ganas.

—Cuando —repitió, voz ronca—. Cuando te haga gritar hacia la niebla. Cuando te deje la boca olorosa a mi coño y yo me quede con el tuyo en la lengua todo el resto de la travesía. Sigue hablándome así, Camila. Sigue poniéndome más cachonda. Porque cada palabra tuya me acerca más a bajarte esos vaqueros aquí mismo y a comerte como si no hubiera un mañana.

El ferry dio un bandazo suave; ambas se agarraron un segundo a la barandilla y sus cuerpos se pegaron del todo: pechos contra pechos, caderas encajadas, el calor subiendo entre la ropa húmeda de niebla. Camila sentía el corazón desbocado y el coño contrayéndose en vacío, pidiendo dedos, lengua, cualquier cosa. Valeria sentía lo mismo: el pulso concentrado entre las piernas, la necesidad de arrodillarse o de hacer arrodillar, de oler, de chupar, de correrses con el ruido del mar de fondo.

Ninguna bajó la escalera. Ninguna propuso volver al calor del salón de pasajeros. Se quedaron ahí, rozándose apenas, intercambiando alientos y promesas cada vez más explícitas, mientras la niebla las envolvía y el estrecho seguía abriéndose delante del barco, largo, oscuro, con horas todavía por delante y una tensión que ya no pedía palabras… sino bocas, y lenguas, y la rendición húmeda que ambas sabían que venía.

La niebla les envolvía más densa, casi como si quisiera empujarlas una contra la otra. Camila tembló de verdad un segundo —el frío del estrecho le calaba los huesos— y aprovechó el pretexto sin disimulo. Se pegó al costado de Valeria, frotando deliberadamente las tetas duras y pesadas contra el brazo firme de la capitana. La camiseta fina no era barrera: los pezones erizados rasparon la manga de la chaqueta de puente, y Camila dejó escapar un suspiro largo, falso de frío y auténtico de ganas.

—Joder, qué helada estoy —murmuró contra el hombro de Valeria, sin apartarse, empujando más el pecho redondo y caliente—. Abrígame un poco, capitana. O déjame calentarme contra ti como quiera.

Valeria no se movió al principio. Solo sintió el peso suave de aquellas tetas, el roce insistente, el calor que le subía por el brazo directo a la entrepierna ya empapada. El olor a salitre y a la piel de Camila le llenó la nariz. Agarró entonces la cintura de la fotógrafa con una mano enguantada, fuerte, dueña, y la atrajo hasta que los cuerpos chocaron de lleno: caderas, vientres, pechos aplastados. Le bajó la boca al oído, los labios rozando el lóbulo húmedo de niebla.

—Mírame cómo me tienes, putita —susurró ronca, la voz vibrándole contra la piel—. Estoy chorreando. La braga me pega a los labios del coño, el clítoris me late tan fuerte que duele. Tú y tus tetas frotándome, tu boca sucia… me tienes empapada hasta los muslos. Si te metiera los dedos ahora mismo saldrían brillantes. ¿Lo sientes? ¿Notas cómo me tiembla la polla de mujer solo de tenerte pegada?

Camila jadeó y se arqueó, empujando las tetas otra vez contra el brazo y el costado de Valeria. La mano de la capitana en su cintura apretó más, los dedos hundidos en la carne blanda sobre el vaquero. El ferry se meció; el ruido del agua contra el casco tapaba casi todo, pero no el latido salvaje en las orejas de las dos.

—Sí lo noto —respondió Camila, la voz rota de cachondeo—. Me estás mojando a mí también solo con hablarme así. Tócame. Quiero que sientas lo que me has hecho.

Valeria no esperó más. Giró la cara y le capturó la boca. El beso fue hambre pura: labios abiertos, lenguas chocando sucias, saliva mezclándose con el sabor a sal y a cigarrillo. Camila gimió dentro de la boca de Valeria, chupándole el labio inferior, mordisqueando, metiendo la lengua profundo como si ya estuviera follándola. Las manos de ambas se volvieron locas por encima de la ropa. Valeria soltó la cintura solo para agarrar las tetas de Camila a través de la camiseta: las apretó, las pesó, le pellizcó los pezones duros hasta que la fotógrafa se retorció y empujó el pecho más contra esas palmas.

—Así… joder, apriétamelas —rogó Camila entre besos, la respiración entrecortada—. Usa esas manos de capitana. Arráncame la puta chaqueta si quieres, pero no pares.

Valeria le bajó la cremallera de la chaqueta de un tirón y se la abrió del todo. Metió las manos bajo la camiseta fina, carne contra carne, y le amasó las tetas desnudas: pesadas, calientes, con los pezones como piedritas entre los dedos. Los pellizcó, los retorció suave y luego más fuerte, mientras le chupaba la lengua y le mordía la comisura de la boca. Camila se le subió casi a la pierna, frotando el coño hinchado contra el muslo de Valeria a través de las capas de tela. Se notaba la humedad ya; el vaquero ceñido le marcaba el bulto suave de los labios y el clítoris.

—Estás goteando por mí —gruñó Valeria contra su boca, una mano bajando ahora a la entrepierna de Camila, frotando fuerte el bulto mojado por encima del pantalón—. Siente cómo se me hincha el coño de oírte gemir. Voy a bajarte esto y a comerte aquí mismo. Voy a abrir esos labios con la lengua y a chuparte el clítoris hasta que me riegues la cara. ¿Quieres eso? Dime que sí, fotógrafa. Dime que te dejas.

Camila asintió frenéticamente, besándola otra vez, más sucio todavía: lengua profunda, saliva cayéndoles por la barbilla, manos agarrando el culo firme de Valeria y apretándoselo para frotarse mejor. Le metió una mano entre las piernas a la capitana, palpó el calor húmedo a través del pantalón de trabajo, notó lo empapada que estaba la tela.

—Sí, me dejo —jadeó—. Me dejo toda. Quiero tu lengua en mi coño y la mía en el tuyo. Quiero que me corras en la boca y yo en la tuya. No pares, Valeria. No me sueltes. Si alguien sube que nos vea chupándonos como perras en celo. Me pone más. Me moja más.

Valeria le agarró el culo con las dos manos y la levantó un poco contra la barandilla, frotando coño contra coño a través de la ropa, el roce torpe y delicioso, el calor subiendo a fuego. Se besaron otra vez, hambrientas, sin aire, dientes chocando, lenguas enredadas. Las tetas de Camila seguían al aire bajo la camiseta levantada; Valeria se bajó un segundo y le chupó un pezón a través de la niebla, lamiéndolo, mordiéndolo suave, mientras la mano seguía frotando el coño hinchado de la otra por encima del vaquero.

Camila tiró del pelo recogido de Valeria y le devolvió el favor: le abrió la chaqueta de puente, le metió las manos bajo la camisa, le encontró las tetas pesadas y las apretó, los pezones ya duros. Se bajó a chuparles el cuello, la clavícula, dejando marcas húmedas.

—Estoy tan jodidamente mojada que me resbalo dentro de la braga —confesó Camila contra la piel de Valeria—. Cada vez que me rozas siento que me corro un poco. Tócame por dentro de la ropa. Mete la mano. Quiero tus dedos en mi coño mientras te beso.

Valeria no dudó. Desabrochó el botón del vaquero de Camila, bajó la cremallera y metió la mano enguantada primero, luego se quitó el guante con los dientes y volvió: dedos desnudos contra la braga empapada. La tela estaba caliente, pegajosa. La apartó y encontró los labios hinchados, el clítoris duro y resbaladizo, el agujero contrayéndose. Metió dos dedos de golpe, lento pero hondo, y Camila se arqueó contra la barandilla con un gemido ahogado que el viento se llevó.

—Así de puta estás —susurró Valeria al oído, follándola con los dedos por encima de la braga corrida, el pulgar frotando el clítoris en círculos—. Chorreas por mi mano. Imagina cuando te baje del todo y te ponga de rodillas a chuparme mientras yo te abro las piernas y te como. Vamos a dejarnos llevar, Camila. Hasta el final. Hasta que no podamos más. Nadie para esto ahora. Ni el frío, ni el ferry, ni la puta niebla. Tú y yo nos comemos el coño hasta reventar.

Camila movía las caderas contra esa mano, follándose los dedos de Valeria, los pechos temblando. Le devolvió la mano, desabrochó el pantalón de la capitana lo justo y metió los dedos también: encontró el mismo desastre húmedo, labios abiertos, clítoris palpitante, el coño caliente y listo. Se besaron otra vez mientras se tocaban, dedos entrando y saliendo, jugos resbalando por las muñecas, gemidos bajos y sucios mezclados con el golpe del mar.

—No quiero parar —jadeó Camila, los ojos vidriosos, la boca roja de tanto besar—. Llévanos hasta donde no haya vuelta. Quiero arrodillarme ya. Quiero tu coño en mi cara y el mío en la tuya. Hazlo. Ordéname. O déjame ordenarte a ti. Da igual. Las dos sabemos que esto no se detiene.

Valeria le sacó los dedos brillantes y se los metió en la boca a Camila para que los chupara. La fotógrafa lo hizo con hambre, lamiendo sus propios jugos y los de Valeria mezclados, chupando hasta el nudillo. Después Valeria se chupó los de Camila, saboreando lo dulce y salado, gruñendo.

Se pegaron otra vez de cuerpo entero, tetas contra tetas, manos aún dentro de la ropa, dedos perezosos revolviendo coños mojados, besos que ya no eran promesa sino acto. La niebla las escondía; el ferry seguía su rumbo oscuro. Ninguna miró hacia la escalera. Ninguna pensó en bajar. Solo el roce, el calor, el acuerdo mudo y hablado de seguir hasta que las rodillas flaquearan y las bocas olieran a coño toda la noche.

Camila le mordió el labio y susurró contra su boca:

—Cuando quieras, capitana. Aquí. Ahora. Me tienes lista para que me comas y para comerte. No hay punto de retorno. Solo tu lengua y la mía, y este puto frío que ya no siento porque me estás quemando por dentro.

Valeria le apretó el clítoris entre dos dedos y le respondió con la misma suciedad:

—Entonces vamos a quemarnos del todo. Sigue tocándome. Sigue frotándote. Cuando te baje los vaqueros del todo y te abra las piernas contra esta barandilla, no vas a poder pensar en otra cosa que en correrte en mi boca. Y yo igual. Las dos. Hasta que el ferry llegue o hasta que nos caigamos de agotadas. Dime que estás conmigo en esto.

—Estoy —dijo Camila, metiéndole tres dedos ya, follándola más rápido, el pulgar en el clítoris—. Hasta el final. Cómeme. Chúpame. Usa mi cara. Yo usaré la tuya. No paramos.

El viento les pegó un golpe de sal; sus cuerpos seguían enredados, manos mojadas, bocas abiertas, la tensión ya no era espera sino el momento justo antes de soltarse del todo. El estrecho seguía negro delante. Ellas, en la cubierta superior, ya habían decidido rendirse sin freno.

La niebla les pegaba la ropa a la piel cuando Valeria soltó un gruñido bajo y le agarró la muñeca a Camila, sacándole los dedos del pantalón con un chasquido húmedo. El coño de la capitana palpitaba abierto, resbaladizo, y el aire frío le rozó los labios hinchados como un latigazo. No hubo más espera. Le bajó el cierre del pantalón de trabajo de un tirón, se lo empujó por las caderas junto con la braga empapada y el aire del estrecho le besó el coño caliente, goteante. El olor denso, salado y ahembra, se mezcló enseguida con la niebla.

—De rodillas —ordenó Valeria, la voz ronca de capitana que no admite réplica, pero los ojos brillaban de ganas compartidas—. Ahora. En esta puta cubierta mojada. Ábreme la boca y cómeme el coño como la puta que eres.

Camila no dudó. Las rodillas le golpearon la chapa fría y resbaladiza; el frío le subió por los vaqueros abiertos, pero el calor entre las piernas lo anuló todo. Se agarró a los muslos firmes de Valeria, tan anchos y fuertes de años mandando en cubierta, y enterró la cara entre ellos sin pudor. La lengua salió primero, ancha y ansiosa, lamiendo de abajo arriba: desde el agujero que ya chorreaba hasta el clítoris hinchado y duro. El sabor la embriagó—salado, espeso, puro deseo—y gimió contra la carne.

Valeria le enredó los dedos en el pelo castaño revuelto por el salitre y le empujó la cabeza más adentro, frotándole el coño entero contra la boca abierta.

—Así, putita… más profundo. Mete la lengua hasta el fondo. Chúpame los labios. Lame ese clítoris como si te fuera la vida. Eres una puta de cubierta, ¿verdad? Una fotógrafa de mierda que se arrodilla en un ferry para que una capitana le use la cara. Dilo mientras me comes.

—Soy tu puta… —jadeó Camila entre lengüetazos, la voz ahogada, la barbilla ya brillante de jugos—. Tu puta de la niebla. Me encanta. Me moja más que nada. Déjame follarte con la lengua, capitana… joder, qué rico sabes…

La lengua de Camila se clavó hondo, entrando y saliendo del agujero apretado, revolviendo, chupando los pliegues hinchados mientras el clítoris le rozaba la nariz. Valeria se arqueó contra la barandilla, las tetas pesadas subiendo y bajando bajo la camisa abierta, los muslos temblando al ritmo de cada embestida bucal. Agarraba el pelo con las dos manos ahora, guiando el ritmo, obligándola a tragar más, a lamer más abajo hasta el culo, donde la punta de la lengua le rozó el agujero fruncido y le arrancó un gemido gutural.

—Más abajo, sí… lámelo todo. Mi culo también es tuyo esta noche. Qué puta eres, Camila… mirándote de rodillas, con la cara llena de mi coño, goteando por la barbilla. Me vas a hacer correrme así si sigues. Pero no todavía. Quiero usarte más.

Camila chupaba con hambre salvaje, los ojos cerrados de placer, una mano metiéndose ya entre las piernas para frotarse el propio clítoris por encima de la braga corrida. El ferry se mecía; el golpe del mar tapaba sus gemidos húmedos, el chapoteo de lengua contra coño. Valeria tiró del pelo hacia atrás de golpe, sacándola con un hilo de saliva y fluido que se rompió entre ellas. La cara de Camila brillaba, labios hinchados, ojos vidriosos de cachondeo puro.

—A cuatro patas —ordenó Valeria, dándole la vuelta con manos firmes, consentidas, deseadas—. Contra la barandilla. Culo en alto. Quiero verte abierta.

Camila obedeció al instante, las palmas apoyadas en la barandilla fría y húmeda, el culo redondo empujado hacia atrás, los vaqueros bajados hasta los muslos. El viento le azotó el coño expuesto, los labios hinchados y chorreantes. Valeria se arrodilló detrás un segundo, le separó las nalgas con las manos y le escupió directo al agujero del culo y al coño, untando. Después metió dos dedos gruesos de golpe en el coño caliente y resbaladizo, y al mismo tiempo el índice de la otra mano se clavó en el culo apretado, empujando despacio pero sin piedad hasta el nudillo.

Camila gritó contra el metal, un sonido roto y delicioso.

—Joder… sí… los dos… me estás abriendo del todo… puta madre, Valeria…

—Calla y correte para mí —gruñó la capitana, follándola con los tres dedos a la vez: dos en el coño, uno en el culo, entrando y saliendo salvajes, el pulgar libre frotándole el clítoris en círculos brutales—. Eres mi puta de barandilla. Te voy a sacar el orgasmo a dedazos mientras el estrecho nos escucha. Siente cómo te lleno. Cómo te estiro. Cómo te hago goteear por la muñeca.

Los dedos iban y venían rápido, húmedos, el sonido obsceno de chapoteo mezclado con los gemidos de Camila. El coño se contraía alrededor de los dos dedos; el culo apretaba el tercero con espasmos. Valeria le masturbaba el clítoris sin piedad, pellizcándolo, frotándolo, mientras le hablaba sucio al oído, inclinada sobre su espalda.

—Mírate… a cuatro patas en un ferry, con dedos en el coño y en el culo, chorreando como una perra. Te voy a hacer correrte gritando. Quiero oírlo. Quiero que la niebla se trague tu nombre y el mío. Correte, Camila. Ahora. Sobre mis dedos.

Camila se rompió. El orgasmo le subió desde el fondo del vientre como una ola del estrecho: las piernas le flaquearon, el culo se le tensó, y gritó hacia la niebla—un grito largo, ronco, de puta satisfecha—mientras el coño le exprimía los dedos de Valeria en contracciones violentas y el culo le palpitaba alrededor del otro. Los jugos le resbalaron por los muslos, calientes contra el frío. Valeria no paró hasta que las sacudidas se alargaron en temblores, sacándole hasta la última gota con movimientos circulares y profundos.

—Buen… puta… —jadeó Valeria, sacando los dedos brillantes y lamiéndolos uno a uno delante de la cara de Camila, que aún jadeaba de cuatro—. Sabes a orgasmo y a sal. Ahora me toca a mí. Túmbate. Cara arriba. Voy a montarme en esa boca sucia y correrme dentro.

Camila se dejó caer de espaldas sobre la cubierta húmeda, el culo aún temblando, las piernas abiertas. Valeria se le subió encima sin ceremonia, las rodillas a ambos lados de la cabeza, el coño hinchado y goteante descendiendo hasta aplastarse contra la boca abierta y ansiosa. Se frotó el clítoris directo contra la lengua de Camila, de delante atrás, restriegando, usando la cara como un cojín caliente y mojado.

—Chúpame… así… lengua fuera, putita. Voy a correrme en tu puta boca. Traga todo. No desperdicies ni una gota. Eres mía esta noche. Mi juguete de cubierta. Fóllame la cara con esa lengua mientras me restriego.

Camila obedecía con hambre renovada, la lengua plana y dura, dejándose usar, chupando el clítoris cada vez que Valeria se lo frotaba contra ella. Las manos de la fotógrafa se aferraron a las nalgas de la capitana, empujándola más abajo, más fuerte. Valeria se masturbaba el ritmo con las caderas, el pecho subiendo y bajando, los gemidos cada vez más altos, sucios, sin control.

—Me corro… joder, me corro en tu boca… trágame, Camila… traga el coño de tu capitana…

El orgasmo le estalló en oleadas: el clítoris latiendo contra la lengua, el coño contrayéndose y soltando un chorro caliente de fluido que Camila bebió con glotonería, tragando, lamiendo, sin dejar escapar nada. Valeria se sacudió encima, agarrándole el pelo otra vez, frotándose hasta el final, hasta que las piernas le temblaron y el placer se le derramó por todo el cuerpo en espasmos largos.

Se quedó un momento montada, respirando fuerte, el coño aún apoyado en la boca brillante de Camila, que seguía lamiendo despacio, limpiando, saboreando. El ferry seguía avanzando en la oscuridad; la niebla no se había disipado. Valeria se bajó despacio, se tumbó a su lado un segundo sobre la chapa fría y le besó la boca llena de su propio sabor, compartiendo la saliva y los jugos.

Pero no era suficiente. Las manos ya buscaban otra vez: Valeria le metió los dedos de nuevo entre las piernas a Camila, encontrándola aún mojada, sensible, lista. Camila le devolvió el gesto, rozándole el clítoris hinchado.

—Otra ronda —susurró Valeria contra sus labios, la voz aún ronca—. Quiero que me comas otra vez mientras yo te abro las piernas más. Quiero sentirte goteando por la barandilla otra vez. No hemos terminado, fotógrafa. La noche es larga y yo aún no te he chupado el coño hasta dejártelo temblando. Sigue conmigo. Dame más.

Camila sonrió sucia, los labios hinchados, y se giró para volver a arrodillarse, ya ofreciendo la boca otra vez mientras el viento les pegaba en la espalda desnuda y el deseo les subía de nuevo, crudo, sin freno, empujándolas hacia lo que aún quedaba por chupar y follar en aquella cubierta que no las soltaría hasta mucho más tarde.

Valeria aún tenía el sabor de Camila en la lengua cuando la fotógrafa se arrodilló de nuevo sobre la chapa mojada, ofreciendo la boca abierta y brillante. El coño de la capitana seguía hinchado, sensible, goteando residuales del orgasmo anterior; se lo aplastó otra vez contra aquella cara hambrienta y se frotó con movimientos cortos y brutales, el clítoris duro rozando los dientes y la lengua de Camila. La fotógrafa de veintiocho años chupaba sin descanso, las manos agarrándole las nalgas firmes, empujándola más abajo, tragando cada gota que le caía. Valeria jadeó hacia la niebla, los muslos temblando, y se corrió otra vez con un gruñido bajo, el cuerpo entero sacudiéndose mientras el fluido caliente le llenaba la boca a Camila. La fotógrafa lo bebió todo, lamiendo hasta el final, hasta que Valeria se apartó con las piernas flojas.

La capitana de treinta y cuatro años se arrodilló frente a ella, la levantó del suelo con las manos fuertes bajo las axilas y la atrajo contra su pecho. El beso fue inmediato, profundo, sucio: Valeria le metió la lengua hasta el fondo para que Camila saboreara sus propios jugos mezclados con los de ella, saliva espesa, olor a coño y a sal. Camila gimió dentro de su boca, chupándole los labios hinchados, las tetas aún al aire rozando las de Valeria a través de la camisa abierta. El frío ya no existía; solo el calor de dos cuerpos que no querían soltarse.

—Esta noche solo es el principio —susurró Valeria contra su boca, la voz ronca, los dedos aún enredados en el pelo castaño de Camila—. Te voy a follar en cada rincón de este puto ferry. Voy a dejarte el coño tan usado que no vas a poder sentarte sin acordarte de mi lengua. Cuando lleguemos a puerto vas a bajar cojeando y olorosa a mí. ¿Me oyes, putita? Esto no se acaba en la cubierta.

Camila asintió, los ojos vidriosos, la sonrisa torcida y cómplice. Se besaron otra vez, más despacio pero igual de filthys, compartiendo el sabor a jugos y a orgasmo. Valeria le acarició el culo desnudo por encima de los vaqueros bajados, apretándole las nalgas, metiéndole un dedo vago entre los labios todavía resbaladizos solo para sentirla contrayéndose.

—Joder, qué rica estás después de correrte —murmuró Camila, lamiéndole la comisura de la boca—. Quiero más. Quiero que me abras las piernas en una cama de verdad y me chupes hasta que grite tu nombre. Llévame abajo. Quiero follarte hasta que el barco roce el muelle.

Se arreglaron la ropa con movimientos torpes y sonrisas de cómplices que acaban de compartir un secreto sucio. Valeria se subió la braga empapada y el pantalón de trabajo, abrochando a medias; Camila se metió las tetas dentro de la camiseta, se subió los vaqueros sin molestarse en secarse del todo el muslo interior. La niebla seguía espesa, el zumbido de los motores más cercano ahora que bajaban la escalera de babor agarradas de la mano, los dedos entrelazados y aún pegajosos. Nadie las miró en los pasillos estrechos; la mayoría de pasajeros dormía o bebía abajo. Valeria sacó la llave de un camarote de tripulación que conocía de sobra —pequeño, con litera estrecha, olor a diésel y sábanas limpias— y las empujó dentro, cerrando con pestillo.

En cuanto la puerta chasqueó, Valeria empujó a Camila contra el camarote, le bajó los vaqueros de un tirón hasta los tobillos y la hizo sentarse al borde de la litera. Se arrodilló entre sus piernas abiertas, le separó los labios hinchados con los pulgares y le dio un lengüetazo largo, de coño a clítoris, saboreando el desastre que ya había dejado antes. Camila se arqueó, agarrándole el pelo recogido, empujándole la cara más adentro.

—Así… cómeme otra vez, capitana —jadeó—. Métela hasta el fondo. Quiero correrme en tu puta boca otra vez antes de que tú te sientes en la mía.

Valeria la chupó con hambre renovada, la lengua plana lamiendo, los labios succionando el clítoris duro, dos dedos entrando y saliendo del agujero caliente y resbaladizo. El sonido era obsceno en el camarote cerrado: chapoteo, gemidos, el roce de la ropa. Camila se corrió rápido, las piernas cerrándose alrededor de la cabeza de Valeria, el coño exprimiéndole los dedos en espasmos, un chorro caliente que la capitana tragó sin soltarla. Cuando las sacudidas pararon, Valeria se subió encima, se bajó el pantalón otra vez y se sentó a horcajadas sobre la cara de Camila, el coño aún sensible aplastándose contra la boca abierta.

—Chúpame mientras yo te toco —ordenó, frotándose, usando la lengua de la fotógrafa como juguete—. Voy a mojarte la cara otra vez. Y después te voy a follar con los dedos hasta que no sepas ni cómo te llamas. La noche es nuestra, Camila. Hasta el puerto. Y ni entonces paro.

Camila obedeció, lamiendo, chupando, tragando lo que Valeria le dejaba caer. Las manos de la capitana bajaron, le metieron tres dedos de golpe en el coño ya sensible de la fotógrafa y la follaron rápido, el pulgar en el clítoris, mientras se restriegaba contra aquella boca sucia. El camarote olía a sexo puro: jugos, sudor, salitre que se habían traído de la cubierta. Valeria se corrió encima de ella con un gemido ahogado, el cuerpo temblando, el fluido brillándole en la barbilla a Camila. Bajó despacio, se tumbaron lado a lado en la litera estrecha, piernas enredadas, manos todavía explorando.

Valeria le besó el cuello, le mordió un pezón a través de la camiseta y le susurró al oído mientras le metía los dedos otra vez, despacio, circulares, preparándola para lo que venía:

—Mira cómo me tienes. El coño me late todavía. Voy a ponerte a cuatro en esta puta litera y te voy a abrir el culo con la lengua mientras te froto el clítoris. Después te sientas en mi cara y me ahogas con ese coño gordo hasta que me corra otra vez. No hay reloj aquí abajo. Solo tú, yo y las horas que quedan. Dime que me dejas follarte hasta que el ferry roce el puerto. Dime que eres mía toda la travesía.

Camila le agarró la muñeca, empujándole los dedos más hondo, y le contestó con la voz rota de placer, las caderas moviéndose solas:

—Toda. Úsame. Cómeme el culo, fóllame el coño, siéntate en mi cara las veces que quieras. No salgo de este camarote hasta que no pueda tener las piernas juntas. Hazlo, Valeria. Empieza ya. Quiero sentir tu lengua en el agujero del culo mientras me masturbas. Quiero correrme otra vez con tu cara enterrada ahí.

Valeria sonrió sucia, se bajó por el cuerpo de Camila, le abrió las nalgas con las manos y le pasó la lengua plana por el culo apretado, empujando la punta dentro mientras los dedos le follaban el coño sin prisa pero sin piedad. Camila gritaba contra la almohada, el cuerpo entero entregado, el placer subiendo otra vez en oleadas que no pedían parar. El ferry seguía cortando el estrecho en la oscuridad; abajo, en el camarote cerrado, las dos adultas se devoraban sin freno, sudorosas, mojadas, las promesas de Valeria resonando en cada embestida de lengua y dedos. Aún quedaba mucho por chupar, por abrir, por correrses juntas antes de que las luces del puerto asomaran. Valeria le metió la lengua más hondo en el culo y le frotó el clítoris más rápido, sintiendo cómo Camila se tensaba al borde de otro orgasmo, y pensó que cuando llegaran no habría suficiente agua en el mundo para lavar el olor a coño que se habían dejado una a la otra.

Valeria le empujó la lengua más hondo en el culo apretado de Camila, saboreando el calor fruncido mientras los tres dedos le follaban el coño sin piedad, el pulgar aplastándole el clítoris hinchado en círculos brutales. Camila gritaba contra la almohada de la litera, el cuerpo entero sacudiéndose, las nalgas abiertas por las manos fuertes de la capitana. El camarote olía a sexo denso, a jugos y a salitre que se habían traído de la cubierta; el zumbido lejano de los motores se mezclaba con el chapoteo obsceno de lengua y dedos.

—Más… joder, Valeria, métela toda —jadeó Camila, empujando el culo hacia atrás, ofreciéndose del todo—. Cómeme el culo como una puta de verdad. Quiero correrme con tu lengua ahí dentro mientras me abres el coño.

Valeria gruñó contra la carne, la lengua empujando, revolviendo, entrando y saliendo del agujero mientras los dedos aceleraban. Camila se rompió otra vez: el orgasmo le subió en oleadas violentas, el coño exprimiendo los dedos, el culo contrayéndose alrededor de la lengua, un chorro caliente que le mojó la muñeca a la capitana. Valeria no paró; siguió lamiendo y follándola hasta que las sacudidas se convirtieron en temblores largos y Camila sollozó de placer puro, la voz rota.

—Buen putita —susurró Valeria, subiendo por el cuerpo sudoroso, lamiéndole los jugos de los muslos, del coño aún palpitante, hasta la boca—. Traga lo que te saqué. Saborea cómo te corriste en mi cara.

El beso fue sucio, profundo: Valeria le metió la lengua llena de sabor a culo y a coño, y Camila chupó con hambre, gimiendo, las manos agarrándole las tetas pesadas bajo la camisa abierta. Se pellizcaron los pezones mutuamente, retorciéndolos, mientras las caderas se frotaban. Camila empujó a Valeria de espaldas en la litera estrecha y se le subió encima, cara a cara, abriendo las piernas para encajar coño contra coño. Los labios hinchados se rozaron, resbaladizos, el clítoris de una contra el de la otra.

—Así… fóllame con el coño —ordenó Camila, moviendo las caderas en círculos salvajes, frotándose, el calor húmedo chapoteando entre ellas—. Siente cómo me mojo otra vez por ti. Usa ese coño gordo de capitana para machacarme el mío hasta que las dos chorreemos por la litera.

Valeria le agarró el culo con las dos manos, apretando las nalgas, guiando el roce. Se frotaron sin piedad, pechos aplastados, pezones duros rozándose, bocas abiertas compartiendo aliento y gemidos. El roce era torpe y delicioso, labios resbalando, clítoris chocando, jugos mezclándose y goteando por los muslos hasta la sábana. Camila se inclinó y le chupó un pezón a Valeria, mordisqueándolo, mientras seguía frotándose.

—Me corro… joder, me voy a correr otra vez solo de frotarme contigo —jadeó Valeria, la voz ronca, los ojos cerrados de placer—. Tu coño me está comiendo. Eres mi puta de camarote. Chúpame las tetas mientras me haces venirme así.

Camila obedeció, lamiendo, chupando, apretando las tetas pesadas de la capitana mientras aceleraba el roce. Valeria se corrió primero, el cuerpo entero tensándose, un gemido largo y gutural escapándosele mientras el coño le latía contra el de Camila y soltaba más fluido caliente. Camila no paró; siguió frotándose contra aquel desastre húmedo hasta que el segundo orgasmo le estalló a ella también, las piernas temblando, el grito ahogado contra el pecho de Valeria.

Se quedaron un momento así, jadeando, coños aún pegados, sudor mezclado con jugos. Pero la hambre no se había apagado. Camila se deslizó hacia abajo, abrió las piernas de Valeria con manos firmes y le enterró la cara otra vez entre los muslos. La lengua salió ancha, lamiendo de culo a clítoris, chupando los labios hinchados, metiéndose dentro del agujero sensible. Valeria le enredó los dedos en el pelo castaño y le empujó la cabeza más adentro.

—Cómeme hasta el fondo… traga todo lo que te doy —gruñó—. Quiero correrme en tu puta boca otra vez. Usa esa lengua de fotógrafa. Fóllame con ella. Lame mi clítoris como si fuera lo único que existe.

Camila chupaba con glotonería renovada, dos dedos entrando y saliendo del coño de Valeria, el otro índice empujando despacio en el culo. El sonido era obsceno en el camarote cerrado: chapoteo, gemidos, el roce de piel contra sábanas. Valeria se arqueó, las tetas subiendo y bajando, y se corrió con un chorro que Camila bebió sin soltarla, tragando, lamiendo hasta el último espasmo. Después se giraron: Valeria se tumbió de espaldas y tiró de Camila hasta que la fotógrafa se le sentó en la cara, el culo redondo aplastándole la boca, el coño abierto y goteante.

—Siéntate del todo —ordenó Valeria desde abajo, la voz ahogada—. Ahógame con ese coño. Fóllame la cara hasta que me dejes sin aire. Quiero tu orgasmo entero en la lengua.

Camila se frotó sin piedad, moviendo las caderas adelante y atrás, el clítoris rozando la nariz y la boca de Valeria. La capitana lamió, chupó, metió la lengua hondo, las manos agarrando las nalgas para abrirla más. Camila se masturbaba los pechos, pellizcándose los pezones, gemidos cada vez más altos.

—Me corro… trágame, capitana… traga mi puto coño —gritó, y el orgasmo le sacudió el cuerpo entero: jugos calientes cayéndole a Valeria en la boca, el culo contrayéndose, las piernas flaqueando. Valeria bebió todo, sin parar de lamer hasta que Camila se derrumbó a su lado, temblando.

Aún no bastaba. Se enredaron otra vez, dedos dentro de coños sensibles, lenguas en pezones, bocas chupando clítoris hinchados y adoloridos de tanto placer. Valeria la puso a cuatro en la litera, le abrió el culo con las manos y le folló el coño con cuatro dedos mientras le lamiaba el agujero del culo. Camila gritaba, empujando hacia atrás, pidiendo más. Se corrieron juntas otra vez, el cuerpo de Camila colapsando, el de Valeria cubriéndola por detrás, dedos aún moviéndose despacio, sacando los últimos espasmos.

El tiempo se diluyó. Se follaron con las manos, con las bocas, con los muslos, sudorosas, mojadas hasta las rodillas, el camarote impregnado del olor a coño usado y a orgasmos repetidos. Valeria le chupó los pechos hasta dejarlos marcados; Camila le mordió el cuello y le metió la lengua en el oído mientras le masturbaba el clítoris con dos dedos rápidos. Se rieron sucias entre gemidos, se llamaron putas, se ordenaron una a la otra, se entregaron sin freno. Cada orgasmo las dejaba más blandas, más abiertas, más hambrientas un segundo y luego vacías de fuerza.

Poco a poco el ritmo se alentó. Los dedos se movían más despacio, las lenguas lamiendo con suavidad residual, limpiando más que follando. Camila se corrió una última vez débil, un temblor largo contra la boca de Valeria, y después se quedó quieta, la respiración entrecortada convirtiéndose en suspiros profundos. Valeria se recostó a su lado en la litera estrecha, las piernas aún enredadas, una mano descansando sobre el vientre suave de la fotógrafa, los dedos húmedos quietos al fin.

El ferry seguía avanzando en la oscuridad; a lo lejos, muy lejos, se adivinaba el cambio de ritmo de los motores, el rumor lejano de agua contra el casco que ya no era el mismo. Ninguna habló. Valeria le acarició el pelo castaño con la yema de los dedos, despacio, sin ganas de más palabras. Camila apoyó la frente contra el hombro de la capitana, los ojos cerrados, el cuerpo pesado y caliente y satisfecho. El olor a sexo las envolvía como otra niebla, más íntima. Afuera el estrecho seguía negro. Dentro solo quedaba el latido lento de dos corazones y la respiración compartida.

No dijeron nada más. El silencio se instaló entre ellas, denso, completo, roto únicamente por el leve crujido de la litera cuando alguna movía una pierna y por el zumbido lejano del barco que las llevaba, al fin, hacia el puerto.

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