Silencio Compartido con su Amiga Callada
Dos amigas adultas y calladas de 32 y 29 años se comen el coño con ganas en el sofá durante una tormenta.
La tormenta había atrapado Madrid desde el viernes por la noche. El agua golpeaba los cristales del pequeño piso de Lavapiés con una constancia casi obscena, y el ruido de los truenos entraba por las grietas de la ventana mal sellada. Lucía, traductora freelance de treinta y dos años, llevaba el pelo recogido en un moño flojo y las gafas de lectura todavía calientes por el monitor. Llevaba tres horas sin soltar una palabra. Carla, diseñadora gráfica de veintinueve, estaba en el sofá con las piernas cruzadas, el portátil apagado sobre las rodillas, dibujando círculos invisibles con el dedo índice sobre el brazo del mueble.
Habían compartido piso los últimos cuatro años. Cuatro años de madrugadas en silencio, de cafés pasados de mano en mano sin que nadie dijera “gracias”, de rozarse al pasar por el estrecho pasillo hacia el baño. Cuatro años de miradas que se cortaban en cuanto la otra levantaba la vista. Esa noche el silencio no era cómodo. Era denso. Era húmedo, como el aire que entraba por debajo de la puerta.
Lucía cerró el documento, se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz. Se levantó, fue a la cocina abierta y sirvió dos vasos de agua. Al volver, dejó uno junto a Carla sin mirarla. Sus dedos rozaron el dorso de la mano de la otra. Un roce de menos de un segundo. Carla no retiró la mano. La dejó ahí, abierta, con la palma hacia arriba, como si esperara algo.
—Hace frío —susurró Lucía, casi sin mover los labios.
Carla asintió. El trueno siguiente hizo vibrar la lámpara del techo. La luz parpadeó y se estabilizó. En ese segundo de oscuridad Lucía se había sentado al otro extremo del sofá, demasiado cerca para lo que solían permitirse. Sus muslos casi se tocaban. El pijama de algodón fino de Carla —una camiseta vieja de una banda que ya no existía y unos shorts grises— dejaba ver la curva interna del muslo hasta casi la ingle. Lucía notó el calor que le subía por el cuello y no apartó la mirada a tiempo.
Carla giró la cabeza despacio. Sus ojos oscuros, siempre medio cerrados como si estuviera a punto de dormirse, se clavaron en los de Lucía.
—Llevas mirándome así desde hace meses —dijo en un hilo de voz, sin acusación, solo constancia—. Yo también.
Lucía sintió que el pecho se le apretaba. Tragó saliva. El silencio que siguió no era vacío: estaba lleno de respiraciones entrecortadas, del golpeteo de la lluvia, del latido que le martilleaba en las sienes.
—No sé cómo decírtelo sin romper… esto —murmuró Lucía, señalando el espacio entre ellas con un gesto mínimo—. El silencio. Me gusta cuando no hablamos. Me pone… nerviosa. De la forma buena.
Carla soltó una risa casi inaudible, un soplo por la nariz. Se giró del todo en el sofá, apoyando la espalda en el brazo y enfrentando a Lucía. La camiseta se le subió un poco; se le vio la franja de piel del vientre, blanda y pálida, con el ombligo hundido.
—A mí también me excita —confesó Carla, y la palabra “excita” salió baja, como si la hubiera estado guardando bajo la lengua durante años—. Cuando traduces de madrugada y solo se oye el teclado… y yo dibujo… y de vez en cuando te miro el cuello. O cuando sales de la ducha y el pasillo huele a tu jabón y no dices nada. Me mojo, Lucía. Me mojo y me tengo que ir al baño a tocarlo yo misma pensando en tu boca cerrada.
Lucía cerró los ojos un segundo. El calor le bajó directo entre las piernas, un latido sordo y vergonzoso. Cuando los abrió, Carla había acercado una rodilla. Sus pies descalzos se tocaban ahora, dedo contra dedo.
—Yo también —admitió Lucía, y su voz tembló por primera vez en mucho tiempo—. Llevo tiempo deseando tocarte. No de broma. De verdad. Tus tetas cuando te pones esa camiseta sin sujetador. El pelo de tu coño cuando se te ve por el borde de los shorts. Quiero… comértelo. Quiero que me comas el mío. En silencio. Solo el ruido de la lluvia y de nosotras.
Carla exhaló. El pecho se le agitó. Extendió la mano y tocó la rodilla de Lucía por encima del pantalón de chándal. Los dedos se quedaron quietos un momento, midiendo el permiso. Lucía no se apartó. Al contrario: abrió un poco las piernas, lo suficiente para que la mano de Carla pudiera deslizarse más adentro si quería.
—Dime que sí otra vez —susurró Carla—. Que quieres que te toque. Que llevas ganas.
—Sí —dijo Lucía, mirándola a los ojos—. Quiero que me toques el coño. Quiero meter la lengua en el tuyo. Llevo años de miradas y de frotarme contra la almohada imaginando que eres tú. Estoy harta de solo imaginártelo.
La mano de Carla subió por el muslo interior de Lucía, lenta, sin prisa, hasta rozar la tela caliente entre sus piernas. Lucía se mordió el labio inferior. Estaba ya húmeda; se notaba en la forma en que el chándal se pegaba un poco. Carla presionó con dos dedos, solo un poco, y Lucía soltó un jadeo corto, casi un hipo.
—Estás empapada —murmuró Carla, y su propia voz se había vuelto más grave—. Yo también. ¿Lo sientes?
Cogió la mano de Lucía y se la llevó a su propio short. Debajo no llevaba bragas. El vello era tupido, el pliegue ya resbaladizo. Lucía deslizó un dedo entre los labios y sintió el calor denso, la humedad que le manchaba la yema al instante. Carla abrió más las piernas y dejó caer la cabeza hacia atrás, contra el brazo del sofá, sin dejar de mirarla por debajo de las pestañas.
—Así —dijo Carla apenas—. Sin gritar. Sin palabras de más. Solo… esto.
Lucía se inclinó. El sofá crujió. Sus rostros quedaron a centímetros. El aliento de Carla olía a menta y a café frío. No se besaron todavía. Se rozaron la punta de la nariz, la mejilla, la comisura de la boca. Lucía metió dos dedos más adentro del short de Carla y los movió despacio, abriendo los labios hinchados, buscando el clítoris hinchado y resbaladizo. Cuando lo encontró, lo rodeó con la yema sin frotar aún del todo. Carla apretó los muslos un segundo alrededor de la muñeca de Lucía y luego los abrió otra vez, ofreciéndose.
—Me vas a hacer correrme solo con esto si sigues —advirtió Carla en un susurro ronco—. Y no quiero. Quiero tu boca. Quiero chuparte el coño hasta que se te olvide cómo se traduce una puta frase.
Lucía retiró la mano, se llevó los dedos a la boca y los chupó sin vergüenza, saboreando el sabor amargo y dulzón de Carla. Los ojos de Carla se oscurecieron del todo. Se incorporó, se arrodilló en el sofá y se colocó a horcajadas sobre un muslo de Lucía, sin sentarse del todo, solo rozando. La tela húmeda del short se pegó al chándal de Lucía. Ambas respiraban por la boca.
Fuera, la tormenta arreciaba. Un relámpago iluminó la habitación un instante: las tetas de Carla bajo la camiseta, pezones duros y oscuros; la mancha de humedad en el short; la expresión abierta, casi dolorida, de Lucía. Cuando la luz se apagó otra vez, Carla bajó la cara y por fin le pegó la boca a la de Lucía. El beso fue lento al principio, labios cerrados, solo presión y aliento. Luego Carla abrió y metió la lengua. Lucía gimió dentro de la boca de la otra, un sonido ahogado y necesitado. Se agarraron del pelo, de la nuca, de la camiseta. Las manos de Lucía se metieron bajo la tela y subieron hasta cogerle las tetas a Carla con las palmas abiertas, aplastándolas, pellizcándole los pezones entre los dedos. Carla se frotó contra el muslo de Lucía, un movimiento corto y deliberado, dejando un rastro de mojado.
—Quítame esto —pidió Carla contra su boca, tirando de la camiseta propia.
Lucía se la subió y se la sacó. Las tetas de Carla cayeron pesadas, con las areolas anchas y los pezones erectos. Lucía se inclinó y le chupó uno sin previo aviso, rodeándolo con la lengua, tirando un poco con los dientes. Carla arqueó la espalda y se agarró a los hombros de Lucía.
—Joder… sí. Así. El otro también.
Lucía obedeció, pasando de un pezón al otro, chupando con ganas, dejando la piel brillante de saliva. Mientras tanto, la mano de Carla se había metido por el elástico del chándal de Lucía y había bajado hasta el coño. Lucía no llevaba bragas tampoco. Los dedos de Carla se abrieron en V y le separaron los labios, encontrando el clítoris hinchado y el agujero ya abierto, goteando. Metió un dedo hasta el nudillo y luego otro. Lucía soltó el pezón y apoyó la frente en el pecho de Carla, jadeando.
—Más profundo —pidió en un susurro—. Dóblalos. Fóllame con los dedos mientras me chupas el cuello.
Carla lo hizo. Los dedos entraban y salían con un ruido húmedo y obsceno, el de un coño bien mojado que se agarra a la carne. Con la otra mano le bajó el chándal a Lucía hasta los muslos. Lucía levantó la cadera para ayudar. Quedó semidesnuda en el sofá, el coño abierto y rosado, el vello oscuro pegado de jugos. Carla se bajó del muslo, se arrodilló entre las piernas de Lucía y miró un segundo, como quien contempla algo que ha deseado demasiado tiempo.
—Voy a comértelo —dijo, y no era una pregunta—. Voy a chuparte el clítoris hasta que tiembles y después te voy a meter la lengua dentro. Y tú no vas a decir casi nada. Solo vas a mojarme la cara. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —susurró Lucía, abriendo más las piernas, cogiendo a Carla por el pelo con las dos manos—. Hazlo. Llevo demasiado tiempo esperando.
Carla bajó la cabeza. La primera lamida fue larga, de abajo arriba, recogiendo todo el jugo desde la entrada hasta el clítoris. Lucía se arqueó y soltó un gemido ahogado contra el dorso de su propia mano. Carla no se detuvo. Abrió los labios del coño de Lucía con los pulgares y se centró en el clítoris, chupándolo con la boca entera, lamiendo en círculos, chasqueando un poco, el ruido mezclado con la lluvia. Lucía apretaba los muslos alrededor de la cabeza de Carla sin llegar a aplastarla, guiándola, ofreciéndole más.
—Así… joder, Carla… no pares…
Carla metió la lengua dentro, la sacó, la volvió a meter, follándola con ella mientras el pulgar le frotaba el clítoris hinchado. Lucía estaba cerca, lo sentía en la forma en que el coño le palpitaba contra la boca de la otra. Pero no quería correrses todavía. Tiró suavemente del pelo de Carla hacia arriba.
—Espera. Quiero lo mismo. Quiero tu coño en mi boca ahora. En el sofá. Las dos.
Carla se levantó, se quitó el short de un tirón y lo tiró al suelo. El coño se le veía hinchado, los labios abiertos, el clítoris asomando entre el vello mojado. Se subió otra vez al sofá, pero esta vez se colocó al revés, a horcajadas sobre la cara de Lucía, bajando la cadera despacio hasta que el coño le rozó los labios. Lucía abrió la boca y la recibió con un gemido de hambre. La lengua se le clavó de golpe, lamiendo, chupando, metiéndose entre los pliegues. Carla se dobló hacia adelante y volvió a bajar la cara al coño de Lucía. El sofá se convirtió en un nudo de muslos, culos y bocas. El ruido era solo el de la lluvia, el de la carne mojada y el de dos respiraciones entrecortadas.
Lucía agarró las nalgas de Carla con las dos manos y se la pegó más a la cara, metiendo la nariz en el culo, la lengua lo más hondo posible, tragando el sabor. Carla hacía lo mismo abajo, chupándole el clítoris con avidez, metiendo dos dedos y curvándolos hacia arriba hasta encontrar el punto que hacía que Lucía se sacudiera. Se mecían despacio, sin prisa de llegar, saboreando cada segundo del silencio compartido que por fin se había roto solo lo justo.
Un trueno más fuerte sacudió los cristales. Ninguna de las dos levantó la cabeza. Lucía sentía que el orgasmo le subía otra vez, más denso, más inevitable, pero lo contuvo a duras penas, los muslos temblando alrededor de la cabeza de Carla. Carla estaba igual: el coño se le contraía contra la boca de Lucía en espasmos cortos, el jugo le resbalaba por la barbilla y le caía al cuello.
Todavía no. Todavía no del todo.
Carla levantó un segundo la cara, la boca brillante, los ojos entornados.
—No te corras todavía —susurró contra el muslo de Lucía—. Quiero que me folles con la lengua más rato. Quiero que me dejes el coño tierno. Y después… después te voy a sentar en mi cara hasta que grites en silencio.
Lucía asintió contra el coño de Carla, sin dejar de lamer, y metió un dedo en el culo de la otra solo hasta la primera falange, probando. Carla gimió ahogado y empujó hacia atrás, pidiendo más. Afuera la tormenta no daba señales de amainar. Adentro, el sofá crujía bajo el peso de dos cuerpos que por fin habían confesado lo que el silencio llevaba gritando años. Las manos se aferraban, las bocas no paraban, y el fin de semana apenas empezaba.
El peso de Carla sobre su cara era denso y caliente, el coño resbaladizo aplastándole la boca mientras la lengua de Lucía entraba y salía con avidez, saboreando cada contracción. El dedo que Lucía había metido apenas en el culo de Carla se hundió un poco más; Carla empujó hacia atrás con un gemido ahogado que vibró contra el coño de Lucía. Las nalgas le temblaban. El jugo le corría por la barbilla a Lucía, le mojaba el cuello, le bajaba hasta el pecho todavía cubierto por su propia camiseta sudada. Carla chupaba abajo con desesperación controlada, dos dedos curvados dentro de Lucía, el pulgar frotándole el clítoris hinchado en círculos lentos y crueles. El sofá crujía. Afuera un trueno partió el cielo y las luces del piso parpadearon otra vez.
Lucía sintió el orgasmo subiéndole por la espalda como un calambre dulce y lo contuvo a punta de voluntad, apretando los muslos alrededor de la cabeza de Carla sin aplastarla del todo. No todavía. El fin de semana era largo. Carla lo notó: levantó la cara, la boca brillante de jugos, los labios hinchados, y se apartó lo justo para que Lucía pudiera respirar.
—Para —susurró Carla, voz rota—. Un momento. Si sigo así me corro en tu lengua y no quiero. Quiero más rato. Quiero verte la cara mientras me follas con la boca.
Se desenredaron con torpeza, cuerpos pegajosos, respiraciones entrecortadas. Carla se dejó caer al otro extremo del sofá, piernas abiertas, el coño palpitándole a la vista, labios rojos y abiertos, clítoris asomando entre el vello empapado. Lucía se incorporó, se pasó el dorso de la mano por la boca y recogió saliva y jugo de Carla. El sabor le quedó en la lengua. Sin decir nada se levantó, fue hasta el televisor antiguo del rincón y lo encendió. Puso lo primero que salió: una película cualquiera de subtítulos blancos, el volumen a cero. Solo imágenes mudas y el ruido constante de la lluvia golpeando los cristales. Volvió al sofá y se sentó al lado de Carla, muslo contra muslo, todavía con la camiseta puesta y el chándal bajado a los tobillos. El coño se le veía abierto, rosado, goteando sobre la tela del asiento.
El silencio volvió a espesarse entre ellas, pero ya no era el de antes. Era un silencio cargado de saliva compartida y de promesas a medias. Lucía miró la pantalla sin verla. Carla también. Sus manos descansaban sobre el sofá, a centímetros. Los dedos de Carla se movieron primero, rozaron los de Lucía, se enredaron un segundo y después se separaron para bajar hasta el muslo desnudo de la otra. Acarició despacio, de la rodilla hacia arriba, la yema dibujando círculos lentos sobre la piel caliente. Lucía respondió igual: su mano encontró el muslo interior de Carla, subió por la carne blanda y firme hasta casi rozarle el coño otra vez, pero se detuvo, solo acariciando, midiendo el temblor.
La respiración de las dos se agitó de nuevo. El pecho de Carla subía y bajaba; las tetas le pesaban, pezones todavía duros y brillantes de saliva anterior. Lucía notó el calor subiéndole otra vez por el cuello, el coño palpitándole contra el aire frío del piso. Miró a Carla. Carla la miró de vuelta. Los ojos oscuros, medio cerrados, intensos, sin prisa y sin vergüenza. El trueno siguiente iluminó la habitación un segundo: dos cuerpos adultos, sudados, medio desnudos, deseándose en silencio desde hacía años.
Carla se inclinó primero. Se acercó despacio, como si todavía pudiera echarse atrás, y le puso los labios a Lucía con una suavidad que contrastaba con todo lo que habían hecho minutos antes. Un beso cerrado al principio, solo presión, el sabor de ambas bocas mezclado. Lucía respondió al instante, abrió la boca, metió la lengua, agarró a Carla por la nuca y la atrajo más. El beso se volvió profundo, húmedo, hambriento. Lenguas rozándose, dientes tirando del labio inferior, gemidos ahogados que se perdían en la tormenta. Las manos seguían en los muslos, acariciando más fuerte ahora, subiendo y bajando, abriendo las piernas de la otra un poco más.
Cuando se separaron apenas, aliento contra aliento, Carla habló contra la boca de Lucía, voz baja y explícita:
—Quiero follarte esta noche. De verdad. Quiero tu coño en mi boca hasta que me duela la mandíbula. Quiero meterte los dedos y la lengua y lo que haga falta. Y quiero que me lo hagas a mí. Sin prisas. Hasta que no podamos más. Dime que sí. Dime que también lo quieres.
Lucía tragó saliva. El coño se le contrajo solo de oírlo. Asintió, pero no bastaba. Habló:
—Sí. Quiero follarte el coño con la lengua y con los dedos. Quiero chuparte las tetas mientras me montas la cara. Quiero correrme en tu boca y que tú te corras en la mía. Llevo años mojándome pensando en esto. Esta noche lo hacemos. Todo.
Carla sonrió, un gesto pequeño y oscuro. Se apartó lo justo para que Lucía pudiera moverse. Lucía se agarró el borde de su propia camiseta —la de la banda que ya no existía— y se la subió por encima de la cabeza. Se la quitó del todo y la tiró al suelo junto al short de Carla. Las tetas le cayeron libres: no tan pesadas como las de Carla, pero firmes, con las areolas más claras y los pezones erectos, sensible al aire. Carla las miró un segundo largo, traga saliva, y extendió las dos manos. Las cogió, las aplastó, las pesó, le rozó los pezones con los pulgares hasta que Lucía arqueó la espalda y soltó un jadeo.
—Joder, qué tetas —murmuró Carla—. Quiero chuparlas mientras te toco el coño. Acércate.
Lucía se giró del todo en el sofá, se acercó de rodillas, y Carla se inclinó para cogerle un pezón entre los labios. Lo chupó con ganas, tiró un poco con los dientes, lo rodeó con la lengua. La otra mano bajó directo entre las piernas de Lucía, encontró el coño empapado otra vez y metió dos dedos de golpe, hasta el nudillo, curvándolos. Lucía se agarró a los hombros de Carla y se frotó contra la mano, el coño haciendo ruidos húmedos y obscenos cada vez que los dedos entraban y salían. En la tele, una pareja muda se besaba en una playa; nadie miraba. Solo el golpe de la lluvia y el sonido de dedos follando un coño bien mojado.
—Más —pidió Lucía en un susurro ronco—. Dóblalos. Fóllame fuerte. Quiero sentirlos mañana.
Carla obedeció. Aceleró el ritmo, el pulgar frotándole el clítoris al mismo tiempo, la boca pasando de un pezón al otro, chupando, mordiendo suave, dejando marcas de saliva. Lucía se mecía contra la mano, los muslos abiertos, el culo apretado contra el respaldo del sofá. El placer le subía otra vez, denso, pero lo contuvo. No quería correrses todavía. Quería alargar esto. Quería la boca de Carla otra vez, y la suya en el coño de la otra, y después lo que viniera.
Carla retiró los dedos, se los llevó a la boca y los chupó despacio, mirándola a los ojos. El sabor de Lucía le llenó la lengua. Después se los ofreció a Lucía. Lucía los chupó también, sin vergüenza, saboreándose a sí misma mezclada con la saliva de Carla.
—Tú ahora —dijo Lucía—. Quiero tocarte las tetas y el coño. Quiero que te corras un poco en mi mano, solo un poco, y después me sientes en la cara otra vez.
Carla se recostó contra el brazo del sofá, abrió las piernas de par en par y guió la mano de Lucía hasta su coño. Lucía metió tres dedos de una vez —Carla estaba tan abierta y mojada que entraron sin resistencia— y empezó a follarla con movimientos largos y profundos, el talón de la mano golpeándole el clítoris. Con la otra mano le cogió una teta, la apretó, le pellizcó el pezón hasta que Carla arqueó la espalda y soltó un gemido más alto, casi un grito contenido. El coño de Carla se cerraba alrededor de los dedos, palpitando, goteando por la muñeca de Lucía hasta el sofá.
—Así… joder, Lucía… más hondo… me estás follando el coño como yo quería… no pares…
Lucía no paró. Se inclinó y le chupó el otro pezón mientras los dedos entraban y salían, el ruido cada vez más sucio, más rápido. Carla se agarró al pelo de Lucía con una mano y al borde del sofá con la otra. Las caderas le subían solas al encuentro de los dedos. Estaba cerca otra vez. Lucía lo notó en las contracciones, en la forma en que el coño se le agarraba a los nudillos.
—No te corras del todo —susurró Lucía contra la teta—. Aguanta. Quiero tu coño en mi boca cuando lo hagas. Quiero beberte.
Carla asintió, jadeando, y forzó el control. Lucía sacó los dedos despacio, los chupó una vez más y después se bajó del sofá, se arrodilló en el suelo entre las piernas abiertas de Carla y miró hacia arriba. El coño de Carla estaba a la altura de su boca: hinchado, abierto, el clítoris duro y brillante, el agujero contrayéndose en el aire vacío. Lucía le pasó la lengua de abajo arriba, una lamida larga y lenta que recogió todo el jugo. Carla se sacudió.
—Chúpame —pidió Carla, voz rota—. Chúpame el clítoris y métete la lengua dentro. Fóllame con la boca. Quiero correrme así, mirándote.
Lucía obedeció. Abrió los labios del coño con los pulgares y se centró en el clítoris, chupándolo con la boca entera, lamiendo en círculos rápidos, chasqueando un poco. Después bajó y metió la lengua lo más hondo posible, follándola con ella, empujando, saboreando el interior caliente y resbaladizo. Carla le puso las manos en la cabeza y la guió, empujándola más contra su coño, frotándose la cara de Lucía sin pudor. El sofá crujía bajo el movimiento. La película muda seguía en la tele. La lluvia no paraba.
Lucía metió dos dedos otra vez mientras chupaba, los curvó hacia arriba buscando ese punto que hacía que Carla se doblara. Lo encontró. Carla gritó en silencio, la boca abierta, los ojos entornados, y el coño se le cerró alrededor de los dedos y la lengua en espasmos fuertes. Se corrió así, a medias, el jugo saliéndole a borbotones contra la cara de Lucía, mojándole la barbilla, la nariz, las mejillas. Lucía no se apartó. Siguió lamiendo, chupando, bebiendo, alargando el orgasmo de Carla hasta que los muslos le temblaron y tuvo que apartarla con suavidad.
Carla se quedó un momento con la cabeza echada hacia atrás, respirando a bocanadas, el pecho agitado, las tetas subiendo y bajando. Después miró a Lucía, la cara brillante de sus jugos, y sonrió con esa misma sonrisa oscura.
—Tu turno —dijo—. Súbete. Siéntate en mi cara. Quiero que me ahogues con el coño mientras la tormenta sigue. Y después… después te voy a follar con los dedos hasta que grites sin voz. Toda la noche, Lucía. Toda la puta noche.
Lucía se levantó del suelo, se quitó del todo el chándal que aún le colgaba de un tobillo y se subió al sofá a horcajadas sobre el pecho de Carla. Bajó despacio, el coño rozándole primero los pechos, después la barbilla, hasta posarse sobre la boca abierta y esperando. Carla la recibió con un gemido de hambre y empezó a chupar de inmediato, lengua plana, labios sellados alrededor del clítoris. Lucía se meció, se frotó, se agarró al respaldo del sofá y dejó caer la cabeza hacia atrás. El placer le subía otra vez, más fuerte, más inevitable. Afuera la tormenta arreciaba. Adentro, el silencio compartido se había vuelto un ruido húmedo de bocas y coños y respiraciones que ya no podían callarse del todo. Y el fin de semana, de verdad, apenas empezaba.
Lucía se mecía sobre la boca de Carla con la cadera pesada, el coño abierto aplastándole la lengua mientras la tormenta seguía castigando los cristales. El jugo le resbalaba por la barbilla a Carla, le mojaba el cuello, le bajaba hasta las tetas. Lucía agarró el respaldo del sofá con las dos manos y empujó más abajo, frotándose el clítoris hinchado contra la nariz de la otra, sintiendo cómo la lengua le entraba hondo, sucia, experta. Estaba a punto otra vez. El orgasmo le subía por la espalda como un calambre dulce y caliente, pero lo cortó de golpe. Se levantó de la cara de Carla con un ruido húmedo de carne que se separa, el hilo de saliva y jugo brillando entre su coño y la boca abierta de la otra.
—Ahora te toca a ti, zorra —dijo Lucía con la voz ronca, sin casi aliento—. Quiero tumbarte y comerte el coño hasta que te olvides del puto dibujo.
Carla sonrió con la boca brillante, los labios hinchados, y se dejó empujar. Lucía la tumbó de espaldas en el sofá de un solo movimiento firme, le abrió las piernas de par en par y se arrodilló entre ellas. El coño de Carla estaba empapado, los labios rojos y abiertos, el clítoris asomando duro entre el vello mojado, el agujero contrayéndose en el aire vacío. No había bragas que quitar; ya estaban tiradas en el suelo hacía rato. Lucía solo se inclinó y la olió primero, inhalando el olor denso y ácido de la excitación acumulada. Después bajó la cara y la devoró.
La primera lamida fue larga, de la entrada al clítoris, recogiendo todo el jugo espeso. Carla arqueó la espalda y soltó un gemido ahogado, las manos buscando el pelo de Lucía. Lucía no se anduvo con suavidades. Abrió los labios del coño con los pulgares, se centró en el clítoris y lo chupó con la boca entera, lamiendo en círculos rápidos y crueles, chasqueando, succionando como si quisiera sacarle el alma. Al mismo tiempo metió dos dedos de golpe, hasta el nudillo, y los curvó hacia arriba buscando ese punto hinchado que hacía que Carla se sacudiera. Los movió rápido, follándola con ellos mientras la lengua no paraba de trabajar el clítoris.
—Joder… Lucía… así, puta… chúpame más fuerte… —jadeó Carla, las caderas subiendo solas al encuentro de la boca—. Me estás comiendo el coño como una zorra caliente… no pares… mételos más hondo…
Lucía gruñó contra la carne mojada y aceleró. Los dedos entraban y salían con un ruido obsceno, el de un coño bien follado que se agarra y suelta. La lengua se aplanaba, se endurecía, se metía dentro un segundo y volvía al clítoris. Carla apretaba los muslos alrededor de la cabeza de Lucía, guiándola, ofreciéndole más, el jugo chorreándole por el culo hasta el sofá. Lucía sentía el sabor amargo y dulzón llenarle la boca, la cara empapada, y no quería otra cosa. Dominaba el ritmo: más lento cuando Carla se tensaba demasiado, más brutal cuando pedía con la voz rota. El trueno siguiente sacudió la lámpara y ninguna levantó la vista.
Cuando Carla empezó a contraerse en espasmos cortos, Lucía sacó la boca un segundo, los labios brillantes, y habló contra el muslo interior:
—Cámbiame. Siéntate en mi cara. Quiero que me ahogues con este coño mientras te lo lamo hasta el fondo.
Se tumbaron al revés sin perder el contacto. Lucía se recostó de espaldas, la cabeza apoyada en el brazo del sofá, y Carla se subió a horcajadas sobre su cara, bajando la cadera despacio hasta que el coño le aplastó la boca. Lucía abrió y la recibió con hambre, la lengua clavándose de golpe entre los pliegues, lamiendo profundo, metiéndose lo más hondo posible, la nariz rozándole el culo. Carla se meció, se frotó, se agarró al respaldo y empujó hacia abajo, ahogándola un poco a propósito. El jugo le corría a Lucía por las mejillas, le entraba en la boca, le bajaba al cuello. Carla gemía bajito, casi sin voz, llamándola zorra entre dientes.
—Lámeme así… más profundo, puta… fóllame el coño con la lengua… joder, qué bien me comes… soy tu zorra caliente, Lucía… mírame el culo mientras me chupas…
Lucía agarró las nalgas de Carla con las dos manos y se la pegó más a la cara, la lengua entrando y saliendo, el dedo del medio rozándole el culo sin entrar del todo. Carla se dobló hacia adelante, el pecho pesado, las tetas colgando, y se frotó con más fuerza. El sofá crujía bajo el peso. Afuera la lluvia no daba tregua. Lucía sentía el coño de Carla palpitándole contra la boca, a punto otra vez, y lo alargó a propósito: lengua plana, después punta, después dos dedos metidos desde abajo mientras chupaba el clítoris. Carla temblaba.
Se desenredaron un momento, jadeando, los cuerpos brillantes de sudor y jugos. Lucía no la dejó descansar. La tumbaron de lado, pierna de una sobre la cadera de la otra, y se colocaron en tijera. Los coños se encontraron de golpe: labios mojados contra labios mojados, clítoris rozando clítoris, el calor denso y resbaladizo. Lucía enganchó la pierna de Carla con fuerza y empezó a frotar, dominando el ritmo desde el primer segundo. Movía la cadera con golpes cortos y duros, el coño abierto aplastando el de Carla, el jugo de las dos mezclándose, haciendo un ruido húmedo y sucio cada vez que se frotaban.
—Así… fóllame el coño con el tuyo, zorra —ordenó Lucía entre dientes, agarrándole la cadera a Carla para marcar el tempo—. Más fuerte. Quiero sentirte mojada hasta el coño. Llámame. Dime lo que eres.
Carla gemía sin freno ya, la boca abierta, los ojos entornados, empujando al encuentro aunque Lucía llevara el control.
—Soy tu zorra caliente… tu puta del sofá… fóllame más duro, Lucía… frótame el clítoris con el tuyo… joder, qué rico… me voy a correr… por favor más… no pares, puta, más…
Lucía aceleró. Las caderas chocaban, los coños se aplastaban y se separaban con hilos brillantes de humedad, el clítoris de una rozando el de la otra en cada embestida. El sofá crujía como si fuera a romperse. Carla suplicaba en susurros rotos, pidiendo más presión, más velocidad, más de todo. Lucía se inclinó, le mordió el hombro y le habló al oído mientras seguía frotando sin piedad:
—Córrete, zorra. Córrete en mi coño. Quiero sentirte palpitando contra el mío. Eres mía esta noche. Mi puta callada. Mi zorra de treinta y dos años follándote el coño con el suyo…
Carla se rompió primero. El orgasmo le subió en oleadas violentas, el coño contrayéndose a golpes contra el de Lucía, el jugo saliéndole a borbotones, mojándolas a las dos hasta el muslo. Gritó en silencio, la boca abierta contra el cuello de Lucía, las uñas clavándole la espalda. Lucía no paró. Siguió frotando a través del orgasmo de Carla, usando el ritmo caliente y tembloroso de la otra para empujarse ella misma al borde. Cuando se corrió fue igual de intenso: un calambre largo y sucio que le subió desde el clítoris hasta la nuca, el coño latiendo contra el de Carla, el gemido ahogado perdido en el ruido de la tormenta. Se quedaron así, enganchadas, coños palpitando juntos, respirando a bocanadas, el jugo espeso resbalando entre ellas hasta el asiento del sofá.
Lucía no soltó la pierna de Carla. Movió la cadera otra vez, más despacio, todavía dominando, sintiendo lo sensible que estaba todo.
—Otra —susurró contra su oreja—. Quiero otra. Sigue llamándome zorra mientras te froto. El fin de semana es largo y yo todavía no he terminado contigo.
Carla asintió, la voz rota, las piernas temblando, y abrió más la cadera para ofrecerle el coño hinchado y tierno otra vez. Afuera el trueno volvió a partir el cielo. Adentro el sofá seguía crujiendo bajo dos cuerpos adultos que ya no sabían callarse del todo, y la noche apenas empezaba a enseñarles lo que el silencio había guardado durante años.
El sofá seguía crujiendo bajo ellas cuando Lucía no soltó la pierna de Carla. Siguió frotando despacio, el coño hinchado y tierno de las dos rozándose otra vez, labios mojados contra labios, clítoris contra clítoris. El jugo espeso de los orgasmos anteriores les resbalaba por los muslos hasta el asiento. Carla temblaba todavía, pero abrió más la cadera, ofreciéndose.
—Otra —repitió Lucía contra su oreja, voz ronca—. Quiero sentirte correrte otra vez en mi coño. Dime que sí.
—Sí —jadeó Carla, las uñas clavándole la espalda—. Fóllame otra. Soy tu zorra. Frótame hasta que no pueda más.
Lucía aceleró el ritmo. Las caderas chocaban con golpes cortos y húmedos. El ruido obsceno de carne mojada contra carne mojada se mezclaba con la lluvia que castigaba los cristales. Carla gemía sin freno ya, la boca abierta contra el cuello de Lucía, llamándola puta, zorra, su dueña del sofá. El clítoris de una rozaba el de la otra en cada embestida. Lucía sentía el orgasmo subiéndole otra vez, denso, inevitable, y lo compartió: cuando Carla se contrajo en espasmos violentos, el coño palpitándole a golpes contra el suyo, Lucía se corrió con ella. Un calambre largo y sucio les subió a las dos al mismo tiempo. El jugo salió a borbotones, mojándolas hasta el culo. Se quedaron enganchadas, respirando a bocanadas, los cuerpos brillantes de sudor y saliva y jugos mezclados.
Todavía no bastaba. Lucía soltó la pierna, se deslizó hacia abajo y se metió otra vez entre los muslos abiertos de Carla. El coño de la otra estaba rojo, hinchado, tierno, goteando todavía. Lucía lo olió, inhaló el olor denso y ácido, y lo devoró sin piedad. Lengua plana, después punta, después dos dedos curvados buscando ese punto que hacía que Carla se arquease. Carla se agarró al pelo de Lucía y empujó la cara contra su coño.
—Chúpame… así… joder, Lucía… me comes el coño como si tuvieras hambre de años… no pares… métete la lengua… fóllame…
Lucía no paró. Chupó el clítoris con la boca entera, succionó, lamió en círculos crueles mientras los dedos entraban y salían con ese ruido húmedo de coño bien follado. Carla se corrió otra vez, más fuerte, el jugo saliéndole a chorros contra la cara de Lucía, mojándole la nariz, la barbilla, el cuello. Lucía bebió, lamió, alargó el orgasmo hasta que los muslos de Carla temblaron y tuvo que apartarla con suavidad.
Después fue el turno de Lucía. Carla la tumbó, se arrodilló entre sus piernas y le devolvió el favor con la misma avidez. Boca abierta, lengua honda, dedos dentro. Lucía se agarró al brazo del sofá y se frotó contra la cara de la otra, el coño aplastándole la boca. Se corrió gritando en silencio, el cuerpo entero sacudiéndose, el jugo chorreándole por el culo hasta el sofá. Carla no se apartó. Siguió lamiendo despacio, limpiándola, saboreándola, hasta que Lucía la empujó suavemente.
Se miraron. Caras brillantes, labios hinchados, pechos agitados. El silencio volvió, pero ya no era el de antes. Era un silencio lleno de respiraciones entrecortadas y de cuerpos que por fin se habían comido el uno al otro con ganas. Lucía se inclinó y besó a Carla. El beso fue distinto: lento, tierno, labios suaves, lenguas rozándose sin prisa. Carla respondió igual, las manos subiendo por la espalda de Lucía, acariciando, no agarrando. Se besaron así un rato largo, saboreando la saliva compartida, el sabor de ambas bocas mezclado con el de los coños.
—Ven —susurró Lucía contra sus labios—. Acurrúcate conmigo.
Se levantaron del sofá con las piernas flojas. Carla recogió la manta gris que siempre estaba doblada en el sillón y la extendió sobre el sofá. Se tumbaron desnudas, cuerpo contra cuerpo, pechos rozándose, muslos enredados. Lucía le pasó un brazo por la cintura y la atrajo más cerca. Carla apoyó la cabeza en el hombro de Lucía. Afuera la tormenta seguía, pero más lejos ahora, el ruido de la lluvia volviendo a ser solo un fondo constante. La tele muda seguía encendida, imágenes blancas y negras que nadie miraba.
Se quedaron así un buen rato, solo acariciándose. Dedos de Lucía dibujando círculos lentos en la espalda de Carla. Mano de Carla subiendo y bajando por el costado de Lucía, rozándole la teta de vez en cuando, el pezón ya no tan duro, solo sensible. El calor de los cuerpos bajo la manta era denso y dulce. Lucía notó que el coño le seguía palpitando un poco, tierno, pero ya no con esa urgencia brutal. Era otra cosa. Era ganas de quedarse.
—Llevo cuatro años compartiendo este piso contigo en silencio —dijo Lucía al fin, voz baja, casi un susurro—. Cafés, madrugadas, duchas, miradas. Esta noche… no quiero que se acabe aquí. Quiero que a partir de ahora, cuando lo deseemos, compartamos cama. Y silencio. El mismo silencio de siempre, pero con el cuerpo de la otra al lado. Siempre que lo queramos. Sin forzarlo. Solo… cuando lo pidamos con las manos.
Carla levantó la cara. Los ojos oscuros, medio cerrados, la miraron con una intensidad suave.
—Sí —contestó—. Quiero eso. Compartir cama y silencio cuando lo deseemos. Dormir desnudas, tocarnos si apetece, callarnos si no. Esta noche empezamos. Mañana, si quieres, otra vez. O la semana que viene. O cuando la tormenta vuelva. El pacto es ese: el silencio sigue siendo nuestro, pero ahora también el cuerpo.
Lucía sonrió, un gesto pequeño y cansado. Se inclinó y la besó otra vez, tierno, labios cerrados al principio, después abiertos, lengua lenta. Carla le respondió igual. Bajo la manta las manos siguieron moviéndose. Lucía deslizó la suya entre las piernas de Carla, despacio, sin prisa. Los dedos encontraron el coño todavía hinchado, húmedo, sensible. Lo acarició con la yema, solo rozando el clítoris, abriendo un poco los labios, metiendo apenas la punta de un dedo. Carla abrió más las piernas bajo la manta y le devolvió el gesto: su mano bajó entre los muslos de Lucía y le acarició el coño con la misma lentitud, el mismo cuidado. No era para correrses otra vez. Era para sellar.
Se tocaron así, caricias lentas, circular, suaves. El coño de una respondía al de la otra con pequeños latidos. Lucía metió el dedo un poco más, lo movió dentro con dulzura, sintiendo cómo Carla se apretaba alrededor. Carla hizo lo mismo, el talón de la mano rozándole el clítoris a Lucía en círculos casi perezosos. Se besaron mientras lo hacían, gemidos ahogados perdidos en la boca de la otra. El placer subió otra vez, pero más flojo, más cálido, un orgasmo suave que las sacudió casi al mismo tiempo: contracciones lentas, jugo nuevo resbalando por los dedos, cuerpos tensándose y aflojándose bajo la manta.
Cuando terminó, Lucía sacó la mano y se la llevó a la boca. Chupó los dedos despacio, saboreando a Carla una última vez. Carla hizo lo mismo con los suyos. Después se acurrucaron del todo, desnudas, pechos juntos, piernas enredadas, la manta hasta el cuello. Lucía le besó la frente. Carla le besó la clavícula. El silencio volvió a caer sobre ellas, denso y cómodo, lleno de la lluvia y de las respiraciones que se iban calmando.
—Buenas noches —susurró Lucía.
—Buenas noches —respondió Carla.
Cerraron los ojos. El sofá las sostenía. El fin de semana seguía adelante, pero ellas ya no necesitaban más palabras. El pacto estaba sellado con saliva, con jugos, con esa última caricia lenta entre las piernas.
Lucía se durmió primero, la respiración volviéndose profunda y regular contra el pecho de Carla. Carla se quedó un rato más despierta, los dedos todavía rozando la cadera de Lucía bajo la manta. Miró la tele muda un segundo, después la ventana donde la lluvia seguía golpeando. Sonrió en la oscuridad. Había algo que Lucía no sabía: desde hacía casi un año Carla guardaba, en el cajón de abajo de su mesa de dibujo, un cuaderno lleno de bocetos de Lucía dormida, de Lucía trabajando, de Lucía saliendo de la ducha. Páginas y páginas de la misma cara en silencio. Nunca se lo había enseñado. Nunca se lo enseñaría. Era su secreto pequeño y caliente, el que había alimentado todas esas noches de tocárselo sola pensando en la boca cerrada de la otra. Ahora, con el sabor de Lucía todavía en la lengua y el cuerpo de Lucía pegado al suyo, Carla cerró los ojos también. El secreto se quedaba con ella. El silencio, a partir de esa noche, era de las dos.
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