Nieve Compartida, Deseo Negro en la Piscina

Una esposa española de 28 años se folla salvajemente al monitor nigeriano de 32 en la piscina de Marbella.

28 min read September 18, 2026New

El sol de Marbella se derramaba anaranjado sobre la villa de lujo, tiñendo de cobre el agua de la piscina privada y las baldosas de mármol blanco. Danielle, española de veintiocho años, esposa de un empresario siempre de viaje, flotaba con pereza en el borde poco profundo. Llevaba un bikini blanco tan diminuto que las tiras laterales se perdían entre la carne clara de sus caderas; las copas apenas contenían sus tetas firmes, y el triángulo de abajo se transparentaba apenas se mojaba. Gideon, el monitor de natación nigeriano de treinta y dos años que Wesley había contratado para “mantenerla en forma” durante sus ausencias, estaba de pie en el agua hasta la cintura, a dos metros de ella. El bañador negro se le pegaba a los muslos poderosos y dejaba a la vista el bulto grueso y pesado que Danielle no lograba dejar de mirar.

—Espalda recta, Danielle —dijo él con esa voz grave, impregnada de acento.—. Brazos largos. No te hundes.

Ella obedeció a medias, arqueando la espalda a propósito para que el pecho se le hinchara fuera del agua. Sintió la mirada de Gideon clavarse en la línea de su escote, en el contraste entre su piel de nata y el bronce profundo de sus brazos. Él tragó saliva. Danielle sonrió, lenta, y se pasó la lengua por el labio inferior.

—Tienes unos hombros… impresionantes —murmuró ella, sin disimulo—. Y esos abdominales. Se te marcan hasta debajo del agua. ¿Pasas el día entero entrenando, o es genética?

Gideon dio una brazada corta para acercarse. El agua le resbalaba por el pecho ancho, por los pectorales oscuros y brillantes.

—Un poco de las dos cosas —respondió, la voz más baja—. Tú tampoco facilitas la clase con ese bikini. Llevo tres días intentando no mirarte el culo cada vez que te giras.

Danielle se rió, un sonido húmedo y perezoso, y se dejó caer de espaldas, fingiendo que perdía el equilibrio.

—Ay, joder… no floto bien hoy. ¿Me sujetas?

Él se situó detrás de ella al instante. Las manos grandes y firmes le rodearon la cintura. Danielle no esperó: empujó las caderas hacia atrás y aplastó deliberadamente su culo redondo y mojado contra la entrepierna de Gideon. El bulto duro y grueso se le clavó entre los glúteos. Él soltó un gemido ahogado, gutural, y los dedos se le hundieron en la carne de las caderas con fuerza posesiva.

—Danielle…

—Lo sé —susurró ella, frotándose despacio, sintiendo cómo la polla se le endurecía del todo dentro del bañador—. Llevo días mojándome pensando en esto. En cómo se te marcaría esa polla negra entre mis muslos. ¿Tú también?

Gideon bajó la boca a su oreja. El aliento caliente le erizó la nuca.

—Todas las noches. Me la casco imaginándome partiéndote en dos sobre estas mismas baldosas. Quiero follarte hasta que grites y se te olvide el nombre de tu marido.

Danielle se giró entre sus brazos. El agua chapoteó. Se miraron un segundo —ojos claros contra ojos oscuros— y entonces se lanzaron el uno al otro. El beso fue salvaje, de lenguas hambrientas, dientes rozando labios, manos en la nuca rapada de él y en el culo de ella. Él la alzó sin esfuerzo; ella enredó las piernas en su cintura. El bikini se le descorrió solo. Gideon la sacó del agua y la sentó en el borde de la piscina, las piernas abiertas, los pies goteando sobre su pecho.

—Quiero comerte el coño ahora mismo —gruñó.

Le apartó la tela blanca empapada con dos dedos y se enterró la cara entre los muslos. Danielle arqueó la espalda y soltó un gemido largo cuando la lengua ancha y caliente le recorrió los labios hinchados, se clavó en el clítoris y chupó con hambre voraz. Gideon no tenía prisa educada: lamía, succionaba, metía la lengua dentro y la sacaba cubierta de ella. Danielle le agarró la cabeza rapada con las dos manos y se frotó la cara contra su boca.

—Así, joder… sí, cómemelo… me tienes empapada…

Él metió dos dedos gruesos de golpe, curvándolos hacia arriba mientras chupaba el clítoris. Danielle se corrió en menos de un minuto, temblando, el agua de la piscina salpicando con cada sacudida de sus caderas. Gideon no la dejó recuperar el aliento. La levantó otra vez, la cargó hasta la tumbona más cercana y la tumbó de espaldas. Se bajó el bañador de un tirón. La polla le saltó fuera: gruesa, oscura, venosa, la cabeza brillante ya goteando. Danielle abrió más las piernas y lo miró con la boca entreabierta.

—Métela. Toda. Quiero sentir cómo me abres.

Gideon se colocó entre sus muslos, le sujetó las rodillas y empujó de una sola embestida profunda. El gemido que soltaron los dos fue casi un grito. Ella estaba tan mojada que entró hasta el fondo, pero la grosor la llenó por completo, estirándola. Empezó a follarla en misionero con embestidas brutales, profundas, el sonido húmedo de carne contra carne llenando el atardecer. Las tetas blancas de Danielle rebotaban con cada embestida; él se agachó y le mordió un pezón mientras la atravesaba.

—Mírate… tu coño blanco tragándose toda mi polla negra —jadeó contra su pecho—. Eres un puta perfecta.

—Más fuerte —rogó ella—. Dámela más fuerte, Gideon…

La volteó sin salir del todo. Danielle quedó a cuatro patas sobre la tumbona, el culo en alto, el bikini todavía enredado en un tobillo. Gideon le agarró el pelo rubio oscuro en un puño, tiró hacia atrás hasta que ella arqueó el cuello, y la penetró de un solo empujón salvaje. La folló sin piedad, las caderas golpeándole el culo, la polla negra desapareciendo entre los labios rosados y saliendo brillante de jugos.

—Di lo que eres —ordenó, tirándole del pelo.

—Tu puta blanca —gimió Danielle, la voz rota de placer—. Tu puta española… dame más de esa gruesa polla negra… rómpeme…

Él le propinó una palmada sonora en un glúteo y aceleró el ritmo hasta que ella volvió a corrérsele alrededor, apretándole la verga en espasmos. Entonces Gideon se dejó caer de espaldas sobre la tumbona, la levantó y la hizo montarlo a horcajadas. Danielle se humedeció los labios, se alineó y se hundió de un golpe hasta sentarse completa en su regazo. Empezó a cabalgarlo salvajemente, las manos apoyadas en su pecho oscuro, los pechos saltándole delante de la cara de él. Gideon le agarró las caderas y la embistió desde abajo al mismo tiempo, follándola hacia arriba mientras ella bajaba.

—Dentro —suplicó ella, ya sin aliento—. Córrete dentro de mí… lléname…

Gideon gruñó, la apretó contra su cuerpo y se descargó con embestidas cortas y profundas. Danielle sintió los chorros calientes y espesos inundándola, pulsando contra su cervix. Se quedó montada un momento, temblando, el semen empezando ya a escapársele por los lados de la polla todavía dura. Después se dejaron resbalar de nuevo al agua tibia de la piscina, todavía enlazados. El semen negro y denso le chorreaba a Danielle entre los muslos, mezclándose con el cloro y el sudor. Ella le rodeó el cuello con los brazos y lo besó, esta vez con una ternura lenta, casi peligrosa, saboreándole la boca.

El sol se había ido del todo. Las luces automáticas del jardín se encendieron suaves. Danielle apoyó la frente contra la de Gideon, todavía jadeando, y susurró contra sus labios:

—Wesley aterriza pasado mañana por la noche… y yo no pienso dejar de follarte hasta entonces. Ni después, si se puede.

Gideon le apretó el culo bajo el agua, la polla ya volviendo a latirle contra el vientre de ella, y sonrió con un hambre que no se había saciado ni de lejos.

—Entonces más te vale estar lista, Danielle. Porque esta noche solo ha sido el calentamiento.

El agua de la piscina les lamió los muslos mientras Gideon la levantaba otra vez, sin soltarla. Danielle notó cómo la polla se le recuperaba contra el vientre, todavía manchada de su propio semen y de los jugos de ella. Él no habló. La cargó escaleras de mármol arriba, goteando cloro y sexo, cruzó el salón de cristal y la tumbó sobre la mesa de comedor de roble. Los cubiertos de plata tintinearon al impactar. Danielle abrió las piernas de inmediato, ofreciéndole el coño abierto y cremoso.

—Otra vez —pidió, la voz ronca—. Quiero que me uses hasta que no pueda caminar cuando Wesley llegue.

Gideon le apartó los muslos con las manos enormes y se hundió de un solo empujón. El gemido de Danielle fue un aullido ahogado. Estaba tan resbaladiza de su corrida anterior que la verga negra entró hasta el fondo de un golpe, pero el grosor volvió a estirarla, a rellenarla hasta el límite. Él la folló sobre la mesa con embestidas cortas y brutales, el borde de madera golpeándole el culo con cada embestida. Las tetas de Danielle rebotaban; él se inclinó y las chupó una y otra vez, dejando marcas oscuras de dientes en la piel blanca.

—Tu coño sigue abierto y lleno de mí —gruñó contra su pecho—. Se te escapa el semen por los muslos y aun así lo aprietas como una puta hambrienta.

—Porque lo soy —jadeó ella, enredándole los dedos en la nuca rapada—. Tu puta española de coño blanco. Métela más hondo. Quiero sentirla en la garganta.

Gideon la sacó de la mesa de un tirón, la giró y la empujó de bruces contra el respaldo del sofá de cuero. Danielle se arqueó, el culo en alto, las piernas temblando. Él le abrió los glúteos con los pulgares y se la volvió a clavar de una embestida salvaje. El sonido fue obsceno: carne mojada chocando, el chapoteo de su semen anterior saliendo a chorros con cada golpe. Gideon le agarró las caderas con fuerza suficiente para dejar moretones y la usó sin piedad, follándola tan profundo que Danielle sentía la cabeza de la polla rozarle el cuello del útero.

—Di mi nombre —ordenó, dándole una palmada seca en un glúteo que resonó por todo el salón.

—Gideon… joder, Gideon… me estás rompiendo…

—Y te encanta. Tu marido te deja aquí sola con un monitor negro de treinta y dos años y tú te has convertido en mi agujero personal. Mira cómo te corre el semen blanco de mi polla negra por los muslos. Eres un desastre perfecto.

Danielle se corrió otra vez, gritando contra el cuero, el coño contrayéndose en espasmos violentos alrededor de él. Gideon no se detuvo. La levantó, la cargó hasta el dormitorio principal —el de ella y Wesley— y la tiró de espaldas sobre las sábanas de mil hilos. Se subió encima, le puso las piernas sobre los hombros y se la embistió otra vez, más lento ahora, más profundo, haciendo que ella sintiera cada vena, cada centímetro.

Danielle lo miró a los ojos mientras él la atravesaba. Pensó en la foto de boda sobre la mesita, en el traje de Wesley, en cómo mañana por la noche ese mismo hombre dormiría ahí sin saber que su esposa tenía el coño destrozado y lleno de otro. La idea la empapó más. Empujó las caderas hacia arriba al encuentro de cada embestida.

—Córrete otra vez dentro —suplicó—. Quiero despertarme mañana con tu semen reseco en las sábanas. Quiero olerte en mi coño cuando me duche.

Gideon gruñó, aceleró y se descargó con un jadeo gutural, empujando tan hondo que Danielle sintió los chorros calientes golpearla por dentro. Se quedó encima un momento, la polla todavía latíéndole, el pecho oscuro subiendo y bajando contra las tetas blancas de ella. Después se retiró despacio. Un hilo espeso de semen le siguió, chorreando sobre las sábanas blancas. Danielle lo recogió con dos dedos y se los metió en la boca, saboreando el sabor salado y amargo de él mezclado con el suyo.

—No he terminado contigo —dijo Gideon, la voz baja y peligrosa. Se tumbó a su lado, la mano grande recorriéndole el vientre plano hasta bajar otra vez al coño hinchado—. Esta noche voy a follarte en cada habitación de esta casa. En la ducha de mármol. Contra el cristal del baño con las luces del jardín mirándonos. En la cocina, sobre la isla de cuarzo. Y mañana por la mañana te voy a despertar con la lengua en el coño y la polla ya dura otra vez.

Danielle se rio, un sonido roto de placer, y se giró para montarlo de nuevo. Se alineó, se humedeció los labios al sentir la cabeza gruesa empujando su entrada sensible, y se dejó caer de un golpe hasta sentarse completa. Gimió al sentirse llena otra vez, ya adolorida de la mejor manera, ya adicta. Empezó a cabalgarlo despacio, rodando las caderas, sintiendo cómo el semen anterior se batía dentro de ella con cada movimiento.

—Hazlo —susurró, apoyando las manos en su pecho ancho—. Usa mi cuerpo como quieras. Wesley no llega hasta pasado mañana. Tenemos horas. Días. Quiero que me dejes marcada. Que me dejes coja. Que cuando me ponga el vestido para recibirlo, el roce de la tela me recuerde cómo me has partido.

Gideon le sujetó las caderas y la embistió desde abajo, duro, profundo, el sonido húmedo llenando el dormitorio. Danielle arqueó la espalda, los pechos saltándole delante de su cara. Él se incorporó y le mordió un pezón mientras la follaba hacia arriba. Ella se corrió otra vez, más suave esta vez, un orgasmo largo y tembloroso que le recorrió las piernas. Gideon la siguió segundos después, llenándola por tercera vez, los chorros calientes uniéndose a los anteriores hasta que se le escapaban por los lados y le manchaban los muslos y las sábanas.

Se desplomaron juntos, sudados, enlazados. Danielle le acarició la nuca rapada, el pecho oscuro aún agitado. Fuera, las cigarras de Marbella cantaban. Él le besó el cuello, lento, posesivo.

—Mañana te voy a llevar a la playa privada de la villa al amanecer —murmuró contra su piel—. Te voy a follar en la arena mojada con el sol saliendo. Y después te voy a traer de vuelta y te voy a atar las muñecas a la cabecera de esta misma cama con una de tus bufandas de seda. Quiero verte abierta y mía mientras el resto del mundo cree que solo eres la esposa aburrida de un empresario.

Danielle cerró los ojos, sonriendo contra su hombro. El coño le latía, lleno, usado, feliz. La tensión no se había disipado: solo había crecido. Sabía que la noche apenas empezaba, que Gideon cumpliría cada promesa, que mañana y pasado mañana serían peores —mejores—. Y que cuando Wesley aterrizara, ella seguiría oliendo a sexo negro y a cloro y a deseo.

Gideon se endureció otra vez contra su muslo. Danielle abrió las piernas sin dudar.

—Entonces empieza ya —susurró—. Quiero que esta casa huela a nosotros cuando él llegue.

Gideon no necesitó más invitación. Se deslizó entre las piernas abiertas de Danielle y empujó de nuevo, la polla todavía resbaladiza de las corridas anteriores entrando con un chapoteo espeso. Ella arqueó la espalreda contra las sábanas de mil hilos, el coño hinchado y sensible recibiendo cada centímetro grueso con un gemido ronco. Él la folló despacio al principio, casi cruel, haciendo que sintiera cómo las paredes internas se estiraban otra vez alrededor de esa verga negra y venosa.

—Mírate —murmuró contra su cuello, mordisqueándole la piel—. Llena otra vez. Goteando mi semen y aun así pidiendo más. Wesley te deja sola en Marbella y tú te conviertes en mi puta personal.

Danielle enredó las piernas en su cintura y lo empujó más hondo con los talones.

—Sí… tu puta española de coño blanco. Más fuerte, Gideon. Quiero que me duela caminar mañana.

Él aceleró. Las embestidas se volvieron brutales, el cabezal de la cama golpeando la pared con ritmo sordo. Las tetas de Danielle rebotaban; él las agarró con las manos enormes, apretándolas, chupando un pezón hasta dejarlo rojo y marcado. El olor a sexo llenaba el dormitorio principal: cloro, sudor, semen denso y el aroma caliente de su coño abierto. Danielle se corrió con un grito ahogado, el orgasmo sacudiéndole los muslos, apretándole la polla en espasmos que casi lo sacaron a él también. Pero Gideon se contuvo, salió de golpe y la levantó en brazos como si no pesara nada.

—Ducha —ordenó, la voz grave y cargada de hambre—. Quiero verte con el agua cayéndote por el culo mientras te parto.

La cargó hasta el baño de mármol blanco. Las luces del jardín entraban por el cristal esmerilado. Encendió el agua caliente, la empujó bajo el chorro y se pegó a su espalda. Danielle apoyó las palmas en la pared fría, el agua resbalándole por el pecho, por el vientre, por los muslos ya manchados. Gideon le separó los glúteos con los pulgares y se la clavó de una embestida profunda. El gemido de ella se mezcló con el ruido del agua. Él la folló contra el mármol, las caderas golpeándole el culo con fuerza húmeda, la polla negra desapareciendo entera entre los labios rosados e hinchados.

—Dime lo que sientes —exigió, tirándole del pelo mojado hacia atrás.

—Que me estás abriendo… joder, Gideon, que me llegas hasta el fondo… que tu semen anterior se me sale a chorros cada vez que me embistes…

Él le metió dos dedos en la boca. Danielle los chupó con hambre mientras él la usaba sin piedad. El agua caliente le caía por la espalda arqueada, le resbalaba entre las tetas y le mojaba el clítoris hinchado. Gideon alcanzó por delante y le frotó el botón sensible con el pulgar grueso al mismo tiempo que la penetraba. Danielle se vino otra vez, las piernas temblándole tanto que casi se cae; él la sostuvo por la cintura y siguió follándola a través del orgasmo, más profundo, más salvaje, hasta que ella sollozó de placer puro.

No se corrió. Salió de ella, la giró y la arrodilló bajo el chorro. Danielle abrió la boca de inmediato. Él le agarró la cabeza con ambas manos y le embistió la garganta. La polla gruesa y oscura se hundió entre sus labios, saboreando a cloro, a su propio semen y al jugo de ella. Danielle jadeó por la nariz, los ojos llorosos de esfuerzo y deseo, chupando con avidez mientras el agua le golpeaba la espalda. Gideon gruñó, follándole la boca con embestidas cortas y controladas.

—Traga todo lo que te dé —jadeó—. Quiero verte con la cara hecha un desastre.

Se retiró un segundo antes de corrérsele en la lengua. Danielle sacó la polla, la miró con la boca abierta y la lengua afuera, y él se descargó en chorros espesos y calientes sobre sus labios, su barbilla, sus tetas blancas. Ella se lo metió de nuevo a la boca para limpiarlo, chupando hasta la última gota mientras el agua se lo llevaba todo hacia abajo en hilos blancos y lechosos.

Gideon la levantó, la besó con hambre —saboreándose a sí mismo en su boca— y la sacó de la ducha sin secarla. La empujó contra el cristal grande del baño que daba al jardín. Las luces exteriores los bañaban. Danielle abrió las piernas; él se agachó, le levantó un muslo y se la embistió de pie, la polla todavía dura, entrando fácil en el coño cremoso y usado. El cristal se empañaba con su aliento. Ella gemía contra el frío del vidrio, las tetas aplastadas, el culo empujado hacia atrás para recibir cada golpe.

—Si alguien pasara ahora… —susurró ella, la voz rota—. Vería a la esposa del empresario abierta de piernas, tragándose la polla negra de su monitor…

—Que miren —gruñó Gideon, acelerando—. Eres mía esta noche. Y mañana. Y hasta que él aterrice. Y después también, si me dejas.

La folló así hasta que las piernas de Danielle temblaron otra vez. Entonces la cargó, todavía dentro de ella, hasta la cocina. La tumbó de espaldas sobre la isla de cuarzo frío. Los utensilios de acero tintinearon. Gideon le separó las rodillas hasta casi partirla en dos y se la embistió con fuerza brutal, el sonido húmedo y obsceno de carne contra carne llenando la cocina de mármol y acero. Danielle gritaba su nombre, las uñas clavándose en sus hombros oscuros, el coño contrayéndose en otro orgasmo largo y tembloroso que le hizo echar la cabeza hacia atrás y arqueársele la espalda hasta que solo los talones y la nuca tocaban la piedra.

—Dentro… otra vez… lléname otra vez… —suplicó, ya sin aliento, la voz pastosa de placer.

Gideon gruñó, se hundió hasta el fondo y se descargó con embestidas cortas y profundas, los chorros calientes uniéndose al desastre cremoso que ya llevaba dentro. Se quedó encima un momento, la polla latíéndole, el pecho oscuro pegado a las tetas blancas manchadas de semen y agua. Después se retiró despacio. Un hilo espeso le siguió, chorreando sobre el cuarzo blanco. Danielle lo recogió con los dedos y se los metió en la boca, mirándolo a los ojos mientras lo saboreaba.

Él sonrió, esa sonrisa peligrosa y hambrienta, y la levantó otra vez. La llevó de vuelta al salón, la sentó a horcajadas en el sofá de cuero y se sentó debajo de ella. Danielle se alineó y se hundió de un golpe, gimiendo al sentirse llena otra vez, ya adolorida, ya adicta, ya abierta y usada. Empezó a cabalgarlo despacio, rodando las caderas, sintiendo cómo el semen se batía dentro con cada movimiento. Gideon le agarró las tetas, las apretó, le mordió los pezones mientras ella subía y bajaba sobre su verga negra gruesa.

—Mañana al amanecer la playa —recordó él contra su pecho—. Te voy a follar en la arena con el sol saliendo. Y después te ato a la cama de Wesley con tus propias bufandas. Quiero verte abierta, goteando, mía, mientras el resto del mundo cree que eres solo la esposa aburrida esperando a su marido.

Danielle aceleró el ritmo, cabalgándolo con salvajismo, las manos apoyadas en su pecho ancho, el culo golpeándole los muslos. Se corrió otra vez, más suave, un orgasmo tembloroso que le recorrió las piernas y le hizo apretar la polla con fuerza. Gideon la siguió segundos después, llenándola por quinta vez esa noche, los chorros calientes escapándosele por los lados y manchándole los muslos y el cuero del sofá.

Se desplomaron juntos, sudados, enlazados, el olor a sexo negro y a cloro y a deseo impregnando ya cada rincón de la villa. Danielle le acarició la nuca rapada, el pecho oscuro aún agitado. Fuera, las cigarras de Marbella cantaban bajo las luces del jardín. Él se endureció otra vez contra su muslo interior, lento pero inevitable.

—Aún no has terminado —susurró ella, abriendo las piernas sin dudar, la voz ronca y feliz—. Quiero que me uses en la terraza ahora. Quiero que el aire de la noche me toque el coño mientras me follas. Y después… la cama otra vez. Atada. Como prometiste.

Gideon le apretó el culo con las manos enormes, la polla ya latíéndole otra vez contra la entrada hinchada y cremosa, y sonrió contra su cuello.

—Entonces vamos. Quedan muchas horas hasta que aterrice. Y yo pienso follarte en cada una de ellas hasta que no quede ni un rincón de esta casa que no huela a tu coño blanco lleno de mí.

Gideon la alzó otra vez como si no pesara nada y cruzó el salón de cristal hasta la terraza exterior. El aire nocturno de Marbella les rozó la piel sudada; las luces del jardín dibujaban sombras largas sobre el mármol y el olor a jazmín se mezclaba con el de sexo denso que ya impregnaba sus cuerpos. Danielle se aferró a su cuello, las piernas enredadas en su cintura, sintiendo la polla gruesa y todavía resbaladiza de semen y jugos golpearle el vientre con cada paso.

—Aquí —ordenó él, la voz grave, y la sentó en el borde de la barandilla de piedra, las piernas abiertas al vacío del jardín abajo—. Quiero que el aire te toque el coño mientras te parto.

Ella arqueó la espalda, ofreciéndose. Gideon le separó los muslos con las manos enormes y se hundió de un solo empujón brutal. Danielle soltó un gemido largo que se perdió entre las cigarras; el contraste del aire fresco en su coño hinchado y la verga negra caliente rellenándola hasta el fondo la hizo temblar. Él empezó a follarla con embestidas profundas y lentas al principio, casi crueles, haciendo que ella sintiera cada vena, cada centímetro grueso estirándola otra vez.

—Mírate —jadeó contra su oreja, mordisqueándole el lóbulo—. Sentada en la terraza de tu marido, con la polla de su monitor negro hasta el útero, goteando mi leche por el culo. Eres un desastre perfecto, Danielle.

—Más… joder, Gideon, más fuerte —rogó ella, enredándole los dedos en la nuca rapada—. Quiero que me sienta el aire en cada golpe. Quiero gritar y que nadie me oiga excepto tú.

Él aceleró. Las caderas oscuras golpeaban contra su culo blanco con un sonido húmedo y obsceno; el semen anterior salía a chorros con cada embestida, resbalándole por los muslos y goteando sobre el mármol. Danielle se aferró a la barandilla, los pechos saltándole al ritmo salvaje, los pezones duros por el aire nocturno. Gideon alcanzó por delante y le frotó el clítoris hinchado con el pulgar grueso, circulares firmes mientras la atravesaba sin piedad.

—Di lo que eres —exigió, tirándole del pelo mojado hacia atrás hasta que ella arqueó el cuello y miró las estrellas.

—Tu puta española… tu agujero blanco de coño cremoso… me estás rompiendo otra vez… —gimió, la voz rota—. No pares… lléname otra vez aquí fuera…

Se corrió con un grito ahogado, el orgasmo sacudiéndole las piernas, el coño contrayéndose en espasmos violentos alrededor de la polla gruesa. Gideon no se detuvo; la folló a través del climax, más profundo, más salvaje, hasta que ella sollozó de placer puro y las rodillas le flaquearon. Entonces él se retiró de golpe, la levantó y la giró, empujándola de bruces contra la mesa de exterior de teca. Danielle abrió las piernas de inmediato, el culo en alto, el coño abierto y goteando.

Gideon le abrió los glúteos con los pulgares y se la clavó otra vez de una embestida que la hizo aullar. La usó sin piedad, las manos enormes marcándole moretones en las caderas, la polla negra desapareciendo entera entre los labios rosados e hinchados. El aire fresco le rozaba el clítoris con cada sacudida; ella empujaba hacia atrás, buscando más, adicta al grosor que la abría de nuevo.

—Wesley te contrató un monitor para que no te aburras —gruñó él, dándole una palmada sonora en un glúteo que resonó en la noche—. Y mira lo que has hecho: te has convertido en mi puta personal de Marbella. Tu coño blanco no para de tragar mi polla negra y pedirme más.

—Porque lo soy… joder, sí… tu puta… rómpeme… —jadeó Danielle, las uñas clavándose en la madera—. Córrete dentro… quiero sentir tus chorros calientes mientras el aire me toca…

Gideon gruñó, aceleró hasta que el borde de la mesa le golpeaba el vientre y se descargó con embestidas cortas y profundas, los chorros espesos inundándola otra vez, uniéndose al desastre cremoso que ya llevaba. Danielle sintió cada pulsación contra su cervix y se vino otra vez, más suave, un orgasmo largo y tembloroso que le recorrió la espalda. Él se quedó dentro un momento, la polla latíéndole, el pecho oscuro pegado a su espalda blanca, antes de salir despacio. Un hilo espeso le siguió, chorreando por sus muslos hasta el mármol.

No la dejó recuperar el aliento. La cargó de nuevo, goteando semen y sudor, y la llevó de vuelta al dormitorio principal. Las sábanas de mil hilos ya estaban hechas un desastre: manchas cremosas, olor a cloro y a sexo negro. Gideon abrió el cajón de la mesita, sacó una de las bufandas de seda de Danielle —roja, suave— y le sonrió con esa hambre que no se saciaba.

—Como prometí —dijo, la voz baja y peligrosa—. Muñecas arriba.

Danielle obedeció sin dudar, los brazos por encima de la cabeza, el corazón latiéndole desbocado. Él le ató las muñecas a la cabecera de la cama de Wesley con nudos firmes pero no demasiado apretados, la seda rozándole la piel. Quedó abierta, expuesta, las piernas separadas, el coño hinchado y cremoso a la vista, el semen escapándosele ya. Gideon se arrodilló entre sus muslos y la miró un segundo largo, ojos oscuros fijos en el contraste de su piel blanca contra las sábanas y el desastre entre sus piernas.

—Mírate —murmuró, pasando dos dedos gruesos por sus labios hinchados, recogiendo el semen y metiéndoselos en la boca de ella para que lo saboreara—. Atada en la cama de tu marido, goteando mi leche, pidiendo más. Eres mía esta noche. Y mañana. Hasta que él aterrice… y después también, si me dejas.

Danielle chupó los dedos con hambre, la lengua caliente, y abrió más las piernas.

—Fóllame así —susurró, la voz ronca—. Quiero sentirme tuya mientras no puedo tocarte. Quiero que me uses hasta que no pueda más.

Él se colocó entre sus muslos, le puso las piernas sobre los hombros y se hundió de un solo empujón profundo. El gemido de Danielle fue un aullido; estaba tan sensible, tan abierta y llena de él, que cada centímetro la hacía ver estrellas. Gideon la folló lento al principio, casi torturante, haciendo que sintiera cómo las paredes internas se estiraban otra vez alrededor de esa verga negra y venosa. Las tetas de ella rebotaban con cada embestida; él se inclinó y las chupó una y otra vez, dejando marcas de dientes nuevas en la piel de nata.

—Tu marido duerme en esta cama —jadeó contra su pecho—. Y tú estás aquí, atada, con mi polla hasta el fondo, pidiéndome que te llene otra vez. Dime qué sientes.

—Que me estás destrozando… que me encanta… que quiero que me dejes coja… —gimió ella, tirando de las ataduras, el arco de la espalda levantándola hacia él—. Más fuerte, Gideon. Quiero que el cabezal golpee la pared. Quiero gritar tu nombre.

Él aceleró. Las embestidas se volvieron brutales, el cabezal de la cama golpeando la pared con ritmo sordo y constante. Danielle gritaba, el coño contrayéndose en otro orgasmo violento que casi lo saca a él también, pero Gideon se contuvo, salió de golpe y se le subió a la cara. Le apartó los labios hinchados con los pulgares y se le sentó encima, la polla gruesa y oscura, manchada de semen y jugos, empujando entre su boca abierta.

—Chúpala limpia —ordenó—. Quiero verte con la cara hecha un desastre mientras estás atada.

Danielle abrió la garganta y lo recibió. Él le folló la boca con embestidas controladas, las manos en la cabecera, la polla hundíendose hasta que ella jadeaba por la nariz, los ojos llorosos de esfuerzo y deseo puro. El sabor era espeso, salado, a cloro y a su propio coño. Gideon gruñó, se retiró un segundo y se descargó en chorros calientes sobre su lengua, sus labios, su barbilla. Ella lo tragó todo lo que pudo, lamiendo hasta la última gota mientras el resto le resbalaba por el cuello hasta las tetas.

Él bajó de nuevo, se colocó entre sus piernas abiertas y se la embistió otra vez sin piedad. Danielle, todavía atada, arqueó la espalda y empujó las caderas hacia arriba al encuentro de cada golpe. El sonido era obsceno: carne mojada, el chapoteo de semen anterior saliendo, los gemidos rotos de ella llenando el dormitorio. Gideon le frotó el clítoris con el pulgar al mismo tiempo, duro, insistente, hasta que ella se corrió otra vez gritando su nombre, el orgasmo sacudiéndola entera, el coño apretándolo en espasmos que lo llevaron al límite.

—Dentro… otra vez… lléname… —suplicó, ya sin aliento, la voz pastosa.

Él se hundió hasta el fondo y se descargó con un jadeo gutural, los chorros calientes golpeándole el cervix, uniéndose al desastre cremoso hasta que se le escapaba por los lados y manchaba las sábanas ya arruinadas. Se quedó encima un momento, la polla todavía latíéndole dentro, el pecho oscuro subiendo y bajando contra las tetas blancas de ella. Después se retiró despacio, un hilo espeso siguiéndole, y le desató las muñecas con dedos cuidadosos. Danielle bajó los brazos, doloridos de la mejor manera, y se los echó al cuello, atrayéndolo para un beso lento y hambriento, saboreándose a sí mismos.

Gideon la abrazó, la mano grande recorriéndole la espalda hasta el culo marcado, y murmuró contra su boca:

—Amanece en tres horas. Te voy a llevar a la playa privada como prometí. Te voy a follar en la arena mojada con el sol saliendo, y después te traigo de vuelta y te ato otra vez. Quiero verte abierta y mía todo el día. Wesley aterriza mañana por la noche… y yo pienso dejarte tan usada que el roce del vestido te recuerde cada centímetro de mi polla cuando lo recibas.

Danielle sonrió, exhausta y adicta, el coño latiéndole, lleno, feliz, y abrió las piernas otra vez sin dudar. Él ya se estaba endureciendo contra su muslo interior, lento pero inevitable. El aire de la noche entraba por la ventana abierta, oliendo a jazmín y a sexo, y la tensión no se había disipado: solo había crecido, prometiendo que las horas que quedaban serían peores, mejores, más salvajes todavía.

Gideon se deslizó otra vez entre los muslos abiertos de Danielle y empujó hasta el fondo con un chapoteo espeso. Ella arqueó la espalda contra las sábanas ya arruinadas, el coño hinchado y sensible recibiendo cada vena gruesa de aquella polla negra todavía resbaladiza de las corridas anteriores. Él la folló despacio al principio, casi cruel, haciendo que las paredes internas se estiraran otra vez alrededor de su grosor. Danielle enredó las piernas en su cintura y lo clavó más hondo con los talones.

—Así… joder, Gideon, no pares —jadeó ella contra su oreja—. Quiero despertarme con tu leche reseca pegada a mis muslos.

Él aceleró. Las embestidas se volvieron brutales, el cabezal golpeando la pared con ritmo sordo. Le agarró las tetas con las manos enormes, apretándolas, chupando un pezón hasta dejarlo morado y marcado. Danielle se corrió gritando, el orgasmo sacudiéndole los muslos y apretándole la verga en espasmos que casi lo sacaron a él también. Gideon se contuvo, salió de golpe y la levantó en brazos.

—Playa —ordenó, la voz grave—. El sol está a punto de salir.

La cargó desnuda por el jardín todavía en penumbra, goteando semen y sudor. El aire fresco de Marbella les rozó la piel. Bajaron los escalones de piedra hasta la cala privada de la villa. La arena mojada crujió bajo los pies de él. Gideon la tumbó de espaldas donde las olas lamían la orilla, le separó las rodillas hasta casi partirla y se hundió de un solo empujón salvaje. Danielle aulló; el contraste del agua fría en su coño abierto y la polla caliente rellenándola la hizo temblar entera.

Él la folló con el sol naciente tiñendo de naranja el horizonte. Las caderas oscuras golpeaban contra su culo blanco, el semen anterior salía a chorros con cada embestida y se mezclaba con la sal del mar. Danielle arqueó la espalda, los pechos salpicados de gotas, los pezones duros. Gideon le frotó el clítoris hinchado con el pulgar grueso mientras la atravesaba sin piedad.

—Mírate —gruñó contra su cuello—. La esposa del empresario abierta en la arena, tragándose toda mi polla negra con el amanecer. Eres mi puta de Marbella.

—Rómpeme… lléname aquí —suplicó ella, las uñas clavándose en sus hombros—. Quiero que el mar se lleve tu leche y que yo me quede oliendo a ti.

Se corrió con un grito que se perdió entre el oleaje, el coño contrayéndose en espasmos violentos. Gideon no se detuvo; la giró a cuatro patas en la arena mojada, le agarró el pelo y se la clavó otra vez hasta el fondo. La usó sin piedad, palmadas sonoras en los glúteos, embestidas tan profundas que ella sentía la cabeza rozarle el cuello del útero. Cuando ella volvió a venirse temblando, él se hundió del todo y se descargó con un jadeo gutural, los chorros calientes inundándola mientras las olas les lamián los muslos.

La levantó todavía goteando y la llevó de vuelta a la villa. En la ducha de mármol la empujó contra la pared bajo el chorro caliente y se la embistió de pie, una pierna de ella levantada hasta el hombro de él. El agua resbalaba entre sus cuerpos, lavando arena y semen solo para que él la llenara de nuevo. Danielle se corrió otra vez, las piernas flaqueándole; él la sostuvo y siguió follándola hasta vaciarse otra vez dentro, gruñendo su nombre.

Después la ató otra vez a la cabecera de la cama de Wesley con la bufanda de seda roja. Quedó abierta, expuesta, el coño cremoso e hinchado a la vista. Gideon se arrodilló, le lamió los labios hinchados hasta hacerla gritar, metió la lengua y dos dedos, la llevó al borde y se detuvo solo para montársela de un golpe. La folló lento, torturante, las piernas de ella sobre sus hombros, mirándola a los ojos mientras cada centímetro la abría de nuevo.

—Tu marido aterriza esta noche —jadeó él—. Y tú vas a recibirlo con mi semen todavía dentro, coja, marcada, oliendo a negro.

—Hazlo… destrozame del todo —rogó Danielle, tirando de las ataduras—. Quiero que cada paso me recuerde cómo me has partido.

Él aceleró hasta que el cabezal golpeaba sin parar. Danielle se vino gritando su nombre, el orgasmo largo y violento apretándole la polla. Gideon se contuvo, salió, se le subió a la cara y le folló la boca hasta corrérsele en la lengua y la barbilla. Ella lo tragó con hambre. Después volvió a clavar entre sus piernas y la usó sin piedad una última vez, profunda, brutal, hasta que ambos se derrumbaron. Él se vació dentro con embestidas cortas, los chorros espesos uniéndose al desastre cremoso que ya no cabía y se le escapaba por los lados hasta las sábanas.

Se quedaron enlazados, sudados, el sol ya alto entrando por la ventana. Gideon le besó el cuello, la mano grande acariciándole el vientre plano todavía manchado. Danielle cerró los ojos, el coño latiéndole, lleno, usado, feliz, y sonrió contra su pecho oscuro mientras él se quedaba dormido al fin, agotado.

Ella no se movió. Con el pulgar deslizó el teléfono que había dejado en la mesita —fuera de la vista de él— y leyó el mensaje silencioso que había llegado hacía una hora: Wesley había cambiado el vuelo. Aterrizaba en menos de noventa minutos. Gideon no lo sabía. Danielle borró la notificación, apretó las piernas para retener la leche caliente que aún le chorreaba y se acurrucó más contra el cuerpo de su monitor, sabiendo exactamente cuánto tiempo le quedaba para follárselo otra vez antes de que el marido cruzara la puerta.

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