Apuesta Perdida en la Casa Flotante: Ella se Entrega al Amigo de su Marido
Laura, de 32 años, pierde una apuesta de póker y se entrega a su amante Dante, de 34, mientras su marido observa y se corre humillado.
Soy Laura, una mujer de 32 años casada con Carlos, de 35, desde hace casi una década. Carlos es un hombre estable, dedicado a su trabajo como ingeniero, pero nuestra intimidad se había vuelto mecánica, predecible, casi aburrida. Por eso aceptamos alquilar esa casa flotante en el lago para un fin de semana entero junto a su mejor amigo Dante, de 34 años, un abogado de éxito con cuerpo de atleta, hombros anchos y una sonrisa peligrosa que siempre lograba acelerarme el pulso cuando nos visitaba.
La casa flotante era un capricho de madera y cristal que se mecía suavemente sobre el agua oscura. Tenía una sala amplia con sillones de cuero, una cocina pequeña y un dormitorio principal con una cama enorme que parecía hecha para pecados. Pasamos el sábado bebiendo vino blanco frío, riendo y contándonos anécdotas. Por la noche, después de la cena, sacamos las cartas. El póker empezó inocente, pero las apuestas subieron. Yo, con un vestido ligero que marcaba mis caderas y el escote generoso de mis tetas, me sentí confiada. Propuse una apuesta alta: si perdía la mano final, sería de Dante por una noche completa. Carlos se rio, pensando que bromeaba. Dante me miró con esos ojos negros y intensos y aceptó.
Las cartas cayeron en mi contra. Perdí. El silencio que siguió fue denso. Carlos soltó una risa nerviosa al principio, palmeando el hombro de su amigo. «Bueno… una apuesta es una apuesta, ¿no?», dijo, pero su voz tembló. Dante no rio. Se inclinó hacia delante, serio, y reclamó su premio con voz grave y cargada de deseo: «Quiero a tu mujer esta noche, Carlos. Toda la noche. Y tú vas a sentarte en ese sillón y vas a mirar cómo la follo. Porque los dos sabemos que ella también lo quiere».
Sentí un calor líquido entre las piernas al oírlo. En mi interior bullía una excitación prohibida que llevaba meses conteniendo. Había fantaseado con Dante muchas veces, imaginando sus manos fuertes abriéndome las piernas, su polla llenándome donde Carlos nunca llegaba. Miré a mi marido y vi en su rostro la lucha: celos, humillación, pero también una erección evidente bajo sus pantalones. La tensión sexual creció como una tormenta. Ninguno se echó atrás. Los tres lo deseábamos de verdad.
Nos trasladamos al dormitorio. Las luces tenues bañaban la cama y el sillón colocado frente a ella. Carlos se sentó, respirando ya con dificultad. Dante se acercó a mí sin prisa, ignorando casi a mi marido pero sabiendo que cada palabra, cada toque, sería presenciado. Empezó a flirtear abiertamente, su boca cerca de mi oreja. «Llevo meses queriendo follarte, Laura. Cada vez que te veía cruzar las piernas en el sofá imaginaba metértela hasta el fondo. Tu coño debe ser apretado y caliente… y hoy va a ser mío».
Sus palabras me mojaron al instante. Respondí con el cuerpo antes que con la voz. Me puse de puntillas, rodeé su cuello con los brazos y lo besé con hambre. Mi lengua entró en su boca, buscando la suya, gimiendo bajito cuando sus manos grandes subieron por mis costados y atraparon mis tetas por encima del vestido. Las apretó con fuerza, amasándolas, pellizcando los pezones que se pusieron duros como piedras. Bajó una mano hasta mi culo, metiéndola bajo la falda, agarrando la carne desnuda y separando mis nalgas. Sentí sus dedos rozar la humedad de mi coño por encima de las bragas y gemí más alto, pegándome a su cuerpo.
—Carlos… —jadeé sin dejar de besar a Dante—, siéntate bien en ese sillón y mira. Mira cómo tu amigo me va a tomar. Porque los tres queremos esto. Yo lo deseo tanto que me duele el coño. Dante quiere follármelo y tú… tú estás duro viéndolo, ¿verdad?
Mi marido tragó saliva, sacó su polla sin decir nada y empezó a acariciársela lentamente, humillado, excitado, derrotado. Dante rio contra mi boca y me quitó el vestido de un tirón, dejando que cayera al suelo. Me desabrochó el sujetador y mis tetas quedaron libres. Bajó la cabeza y chupó un pezón con fuerza mientras sus dedos se metían dentro de mis bragas y acariciaban mi clítoris hinchado. Yo jadeaba, moviendo las caderas contra su mano, confirmando entre gemidos entrecortados:
—Sí… los tres lo queremos… follame delante de él… hazme tuya.
Dante me empujó sobre la cama y se arrodilló entre mis muslos abiertos. Me quitó las bragas empapadas y hundió la cara en mi coño. Su lengua era experta, larga, implacable. Lamió desde el ano hasta el clítoris, chupó mis labios, metió dos dedos gruesos y los curvó buscando ese punto que me hace perder la razón. Yo agarré las sábanas, miré a Carlos un segundo —su mano subía y bajaba cada vez más rápido— y luego solo pude gritar. El orgasmo me atravesó como un rayo. Mis piernas temblaron violentamente alrededor de la cabeza de Dante, mi coño se contrajo y solté un grito largo y agudo que debió oírse hasta en la orilla del lago. Me corrí con fuerza, empapándole la barbilla y la barbilla.
No me dio respiro. Me dio la vuelta, me puso a cuatro patas y se colocó detrás. Su polla, gruesa, venosa y mucho más grande que la de mi marido, presionó mi entrada. De un solo empujón profundo me la metió hasta el fondo. Grité de placer.
—Míralo, Carlos —jadeé mirando a mi marido a los ojos mientras Dante empezaba a follarme con embestidas brutales—. Mira cómo tu amigo me abre el coño. Su polla es mucho más grande y dura que la tuya… me llega donde tú nunca has llegado… ¡Joder, qué bien me folla!
Dante me agarraba las caderas y me penetraba con ritmo salvaje. El sonido de carne contra carne resonaba junto con el suave balanceo de la casa flotante. Mis tetas colgaban y se movían con cada golpe. Me corrí otra vez solo con sus embestidas, pero él no se detuvo. Me hizo girar, se tumbó en la cama y me sentó encima en cowgirl.
Deslicé su polla dentro de mí lentamente, sintiendo cómo me dilataba. Empecé a cabalgarlo con ganas, subiendo y bajando, girando las caderas. Mis tetas rebotaban frente a su cara. Dante las atrapó, las juntó y hundió la cara entre ellas, chupando y mordiendo mis pezones mientras yo aceleraba. El placer era brutal. Me corrí por tercera vez así, apretando su polla con mi coño, gritando su nombre, empapando sus huevos. No bajé el ritmo. Seguí montándolo con más fuerza, sintiendo otro orgasmo subir rápido. Cuando llegó, me contraje tan fuerte que Dante gruñó. Mis uñas se clavaron en su pecho y grité hasta quedarme sin voz.
Finalmente me colocó debajo de él en misionero. Abrió mis piernas al máximo y me folló con embestidas profundas y violentas, la cama crujiendo, la casa flotante balanceándose al ritmo de sus caderas.
—Eres mi puta caliente, Laura —gruñó contra mi oído—. Este coño ya no es de tu marido. Es mío.
—Sí… soy tu puta… lléname… —supliqué.
Con un rugido final, Dante se enterró hasta el fondo y se corrió. Sentí chorros calientes, espesos, llenándome el útero. Se vació completamente dentro de mí mientras yo temblaba con los restos de placer. Al mismo tiempo, Carlos soltó un gemido patético y se corrió en su propia mano, su semen cayendo sobre sus dedos sin haberme tocado ni una sola vez en toda la noche. La humillación en su rostro era total.
Me levanté despacio, con las piernas temblorosas. El semen de Dante comenzó a chorrear por el interior de mis muslos, bajando en hilos calientes. Caminé hasta Carlos, todavía desnuda, oliendo a sexo y a otro hombre. Me incliné, tomé su cara entre mis manos y lo besé en la boca profundamente, metiendo mi lengua para que probara el sabor de lo que acababa de pasar. Cuando separé mis labios, le susurré muy cerca:
—Esta es solo la primera de muchas apuestas perdidas, cariño.
Dante, todavía desnudo y con la polla brillante de mis jugos, soltó una risa grave y satisfecha desde la cama. Yo me uní a esa risa, cómplice, excitada, mientras miraba a mi marido allí sentado, con su corrida enfriándose en su mano y los ojos llenos de una humillación que, en el fondo, los tres sabíamos que solo acababa de empezar. El balanceo suave de la casa flotante parecía susurrar que la noche aún guardaba más, mucho más, y que ninguno de nosotros iba a detenerse ahora.
El balanceo suave de la casa flotante parecía susurrar que la noche aún guardaba más, mucho más, y que ninguno de nosotros iba a detenerse ahora. El semen de Dante seguía escapando de mi coño en hilos espesos y calientes que me bajaban por los muslos temblorosos, pegándose a la piel y recordándome con cada paso lo llena que me había dejado. Tenía treinta y dos años, era una mujer casada que acababa de ser follada como nunca por el mejor amigo de su marido, y en lugar de vergüenza sentía un fuego vivo entre las piernas que no se apagaba. Miré a Carlos, todavía sentado en el sillón con la polla blanda en la mano manchada de su propia corrida patética, los ojos vidriosos y la respiración entrecortada. Su humillación era palpable, casi tangible en el aire cargado de sexo, y eso solo hacía que mi clítoris palpitara con más fuerza.
Caminé hacia la cama donde Dante permanecía recostado, desnudo, su cuerpo atlético brillando de sudor, la polla pesada descansando sobre su muslo pero ya empezando a engrosarse al verme acercar. Sus treinta y cuatro años se notaban en esa confianza brutal de abogado que siempre conseguía lo que quería. Me subí al colchón gateando, sin prisa, y me incliné sobre él. Primero lo besé en la boca, un beso sucio y profundo donde mi lengua buscó la suya con hambre, dejando que probara el sabor residual de mi propio coño que aún tenía en los labios. Mientras lo besaba, mi mano envolvió esa polla gruesa y venosa, sintiendo cómo latía y crecía contra mi palma. Era tan caliente, tan dura ya, que gemí dentro de su boca.
—Todavía no hemos acabado —susurré contra sus labios, mirándolo a los ojos negros—. Quiero que me folles otra vez, Dante. Quiero que Carlos vea cómo me abres por completo, cómo me haces correr hasta que no pueda ni hablar. Mi coño sigue goteando tu leche y ya quiere más.
Dante soltó una risa grave que vibró en su pecho ancho. Sus manos grandes bajaron por mi espalda hasta agarrarme el culo con fuerza, separando mis nalgas y rozando con un dedo el ano que aún no había tocado esa noche. El roce me hizo estremecer.
—Eres insaciable, Laura. Una puta de verdad. Ven aquí.
Me colocó encima de él en cowgirl inversa, de espaldas a su cara pero de frente a Carlos, que ahora estaba a solo dos metros. Mis piernas abiertas mostraban todo: mi coño hinchado, rojo, chorreando semen blanco que caía en gotas lentas sobre la polla de Dante. Bajé despacio, sintiendo la cabeza gruesa presionar mis labios y luego abrirme centímetro a centímetro. El estiramiento era delicioso, casi doloroso de tan profundo. Cuando llegué al fondo, mis huevos de Dante tocaron mi clítoris y solté un gemido largo, gutural. Empecé a moverme, subiendo y bajando, girando las caderas en círculos lentos primero para que Carlos viera exactamente cómo esa polla enorme desaparecía dentro de mí y salía brillante de mis jugos y el semen anterior.
—Míralo bien, Carlos —jadeé sin dejar de cabalgar—. ¿Ves cómo me dilata? Tu polla nunca llegó tan lejos. Esto es lo que una mujer de verdad necesita… una verga gruesa que la destroce. Me estoy corriendo solo con sentirlo dentro.
Y era cierto. El tercer orgasmo de la segunda ronda me subió desde el fondo del vientre como una ola caliente. Mis paredes internas se contrajeron con violencia alrededor de la polla de Dante, ordeñándola, y un chorro claro salió de mí empapando sus huevos y las sábanas. Grité su nombre sin vergüenza, mis tetas rebotando con fuerza, los pezones duros y oscuros apuntando hacia mi marido. Dante me agarró las caderas y empezó a embestir desde abajo, follándome con golpes secos y rápidos que hacían que la casa flotante se balanceara más fuerte, el agua del lago golpeando el casco al ritmo de nuestros cuerpos.
—Sigue mirándola, cornudo —gruñó Dante, su voz ronca de placer—. Tu mujer ya no es tuya. Este coño apretado y caliente me pertenece ahora. ¿Verdad, Laura?
—Sí… soy tuya —respondí entre gemidos entrecortados, acelerando el movimiento de mis caderas, sintiendo cómo sus pelotas chocaban contra mí—. Carlos, amor… acércate más. Siéntate al borde de la cama. Quiero que veas cada centímetro entrando y saliendo. Quiero que oigas lo mojada que estoy.
Mi marido obedeció como en trance. Se levantó del sillón con las piernas temblando, la polla otra vez medio dura, y se sentó justo al lado de la cama. Podía olerlo: sudor, semen seco en su mano, vergüenza pura. Eso me excitó más. Dante me hizo inclinarme hacia delante, casi apoyando las tetas en las rodillas de Carlos, y me folló desde atrás en esa posición. El cambio de ángulo hizo que su polla rozara ese punto exacto dentro de mí que me volvía loca. Mis gemidos se volvieron gritos agudos. Sentía el sudor corriendo entre mis pechos, el olor almizclado de sexo llenando la habitación, la madera de la casa flotante crujiendo bajo nosotros.
— tócame las tetas mientras me folla —le ordené a Carlos, mirándolo a los ojos—. Siente cómo se mueven cada vez que su polla me parte al medio.
Carlos extendió las manos con dedos temblorosos y agarró mis tetas, amasándolas torpemente mientras Dante aceleraba. Sentir las manos familiares de mi marido sosteniendo mis pechos mientras otro hombre me penetraba con brutalidad fue una humillación exquisita que me lanzó directo al cuarto orgasmo. Mi coño se cerró como un puño alrededor de la verga de Dante, ordeñándola, y grité tan fuerte que la voz se me quebró. Mis jugos salpicaron los muslos de Carlos.
Dante no se detuvo. Me sacó de repente, me puso boca abajo y me levantó las caderas para ponerme de rodillas con la cara hundida en las sábanas. Entró de un solo golpe brutal, follándome como un animal. El sonido de su pelvis chocando contra mi culo era obsceno, húmedo, constante. Cada embestida me empujaba hacia delante y yo gemía contra el colchón.
—Díselo todo —me exigió Dante, tirándome del pelo para que levantara la cabeza y mirara a mi marido—. Cuéntale tus planes, Laura. Cuéntale lo que ya estás maquinando para la próxima vez.
Respiré entrecortada, sintiendo cómo su polla me llegaba al útero con cada golpe.
—Carlos… esto no termina aquí —jadeé, mirándolo a los ojos mientras me follaban sin piedad—. Ya estoy planeando la siguiente apuesta. La próxima vez jugaremos en casa, en nuestra cama. Voy a perder a propósito otra vez, pero con apuestas más altas. Tal vez me entregue a Dante todo un fin de semana. Tú cocinarás, limpiarás y mirarás desde la silla cómo me folla en todas las habitaciones. Incluso quiero que prepares la cámara… no para grabar a escondidas, sino para que los tres veamos después cómo me corre dentro una y otra vez. Quiero que aprendas a lamer su semen de mi coño cuando termine, si tú también lo deseas. Porque sé que te corres con esto, mi cornudito. Lo veo en tus ojos.
Carlos soltó un gemido roto y se corrió por segunda vez sin tocarse apenas, solo con mis palabras. Su semen salpicó el suelo de madera mientras sus ojos no se apartaban de donde la polla de Dante entraba y salía de mí sin descanso.
Eso fue suficiente para Dante. Sus manos se clavaron en mis caderas con fuerza suficiente para dejar marcas y empezó a follarme con embestidas cortas y violentas. Sentí su polla hincharse aún más dentro de mí.
—Te voy a llenar otra vez, puta —gruñó—. Este coño va a rebosar mi leche toda la noche.
—Sí… ¡lléname! ¡Quiero sentir cada chorro! —supliqué, contrayéndome alrededor de él.
Con un rugido profundo que vibró en toda la casa flotante, Dante se enterró hasta el fondo y explotó. Sentí los chorros potentes, calientes, espesos, golpeando mi útero, llenándome tanto que el exceso empezó a salir alrededor de su polla incluso mientras seguía dentro. Mi último orgasmo fue tan intenso que me dejó sin aliento, temblando como una hoja, el placer mezclándose con el balanceo constante del lago.
Cuando por fin se retiró, caí de lado sobre la cama, con las piernas abiertas y el coño destrozado, rojo e hinchado, chorreando semen en un río lento sobre las sábanas. Dante se dejó caer a mi lado, respirando con dificultad, y me pasó un brazo posesivo por la cintura. Carlos permaneció sentado al borde, derrotado, excitado, completamente entregado a su nuevo rol.
Me incorporé apenas, con el cuerpo dolorido y satisfecho, y miré a mi marido con una sonrisa lenta y cómplice. Ya estaba tramando los detalles: la próxima partida de póker sería en dos semanas, en nuestro salón. Perdería deliberadamente, pero esta vez las reglas incluirían que Dante se quedara a dormir todas las noches que quisiera durante un mes. Carlos tendría que vernos follar en la cocina por las mañanas, en la ducha, incluso mientras él intentaba trabajar desde casa. Lo haría participar más, sosteniendo mis piernas abiertas, limpiándome después con la lengua si se atrevía a pedirlo. Lo humillaría con palabras dulces y sucias al mismo tiempo, y los tres sabríamos que era exactamente lo que necesitábamos.
Me acurruqué entre los dos hombres, sintiendo el semen de Dante secarse en mis muslos, y cerré los ojos con una sonrisa. La apuesta había sido solo el comienzo. Mi mente ya estaba diseñando la siguiente, y la siguiente, y todas las que vendrían después. Ninguno de los tres iba a detener este juego nunca más.
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