Navegando el Deseo: Compartida por un Desconocido
Renata, de 32 años, se deja follar con ganas por un desconocido de 38 mientras su marido Carlos mira y se pajea.
El sol del Mediterráneo caía a plomo sobre la cubierta superior del crucero cuando Renata, de treinta y dos años, apoyó los codos en la barandilla de cromo y dejó que la brisa le peinara el cabello castaño. Llevaba un bikini negro de tirantes finos que marcaba la curva de sus pechos y el arco de su culo; sabía perfectamente el efecto que producía. A su lado, Carlos, su marido de treinta y cinco, le rozó la espalda baja con los dedos.
—Míralo otra vez —susurró él, la voz ya espesa—. No disimula.
Renata siguió la dirección de la mirada de Carlos. Unos metros más allá, recostado en una tumbona con una copa de vino blanco, estaba Damon, el empresario italiano de treinta y ocho años con el que habían cruzado unas palabras en el almuerzo. Cabello oscuro peinado hacia atrás, mandíbula marcada, traje de baño que no escondía el bulto grueso entre las piernas. Damon levantó la copa hacia ella y sonrió con descaro, sin apartar los ojos de su escote.
—Se está comiendo con la mirada —murmuró Renata, y notó cómo se le endurecían los pezones contra la tela.
—Y a mí me pone duro que lo haga —confesó Carlos contra su oído—. Ya te lo dije anoche, cariño. Quiero verte follada por otro. Quiero ver cómo te abres para él mientras yo me pajeo. Si tú también lo deseas…
Renata tragó saliva. La fantasía de hotwife que Carlos le había confesado al embarcar le quemaba entre las piernas desde entonces. Giró la cabeza y besó a su marido con lentitud, consciente de que Damon los observaba.
—Lo deseo —admitió ella—. Me pone caliente que me mire así… sabiendo que tú lo permites.
Damon se levantó, se acercó sin prisa y se detuvo a su lado. El acento italiano arrastraba las erres cuando habló:
—Renata, ¿verdad? Preciosa como el mar esta tarde. Carlos, no te ofendas si digo que tu mujer es un pecado andando.
Carlos sonrió, la mano aún en la cintura de ella.
—Ninguna ofensa. Al contrario.
Damon le sostuvo la mirada a Renata un segundo de más, bajó los ojos a su boca y luego a sus pechos.
—Entonces, quizá coincidamos en la cena.
Esa noche, en el comedor privado con vistas al mar negro, la tensión era un hilo eléctrico. Damon ocupó la silla frente a ellos. Habló de negocios en Milán, de vinos, pero cada frase terminaba en un cumplido a Renata: la forma en que masticaba, el brillo de su collarbone bajo la luz baja, el vestido rojo que se le pegaba a los muslos. Carlos, bajo la mesa, apretó la rodilla de su mujer y le susurró:
—Baila con él después. Quiero veros.
En la discoteca del barco la música era profunda, llena de bajos. Carlos se quedó en la barra con un whisky, la erección ya visible en el pantalón, y empujó suavemente a Renata hacia la pista. Damon la recibió con una mano en la cadera, firme, posesiva. Bailaron pegados. El italiano le pasó el muslo entre las piernas y ella sintió la polla dura rozándole el monte a través de la tela. Damon inclinó la cabeza y le habló al oído, la voz ronca:
—Tu marido me mira. Le excita, ¿no? Yo también. Llevo toda la puta tarde imaginándome cómo te follo. Con su permiso, claro. Quiero metértela entera y oírte gemir mientras él se corre en su propia mano. Dime que tú también lo quieres.
Renata jadeó. Las manos de Damon le bajaron hasta el culo y lo apretaron sin vergüenza. Ella buscó la mirada de Carlos: su marido asentía, labios entreabiertos, pasándose la lengua por los dientes.
—Lo quiero —confesó ella contra la boca de Damon—. Quiero que me folles delante de él.
—Entonces vamos a vuestra suite. Ahora.
Los tres subieron en silencio cargado. En cuanto se cerró la puerta de la suite lujosa, con la cama king size y el ventanal abierto al oleaje, Carlos habló primero, la voz firme y excitada:
—Reglas claras: todo consentido. Damon, la usas como te dé la gana mientras yo mire y me toque. Si ella dice basta, se para. ¿De acuerdo?
—De puta madre —respondió Damon, ya desabrochándose la camisa—. Renata, de rodillas. Quiero esa boca.
Ella obedeció con las piernas temblorosas de ganas. Se arrodilló sobre la alfombra espesa mientras Damon se bajaba los pantalones. Su polla saltó gruesa, venosa, ya goteando. Renata la agarró con las dos manos, la lamió desde las bolas hasta la cabeza y luego se la metió entera, chupando con ganas, haciendo ruidos húmedos y obscenos. Carlos se sentó en el sillón frente a ellos, se sacó la polla y empezó a masturbarse despacio, sin perder detalle de cómo los labios de su mujer se estiraban alrededor de aquella verga italiana.
—Joder, cómo la chupa —gruñó Carlos—. Trágatela, nena. Enséñale lo puta que eres para mí.
Damon le agarró el pelo y la embistió con suavidad controlada, follándole la boca.
—Qué boca más puta… Tu marido tiene suerte. Y yo también esta noche.
Cuando Renata ya bababa y tenía los ojos vidriosos de excitación, Damon la levantó, la tiró en la cama y le subió el vestido hasta la cintura. No llevaba bragas. Él se corrió el bóxer del todo, se colocó entre sus muslos y le rozó la cabeza gruesa por el coño empapado.
—Mírale la cara a Carlos mientras te la meto.
Empujó de un solo golpe. Renata gritó, arqueándose. Damon la folló en misionero salvaje, caderas golpeando con fuerza, el sonido de carne contra carne llenando la suite. Le sujetó las muñecas sobre la cabeza y le habló al oído entre embestidas:
—Eres una puta caliente de tu marido. Una zorra preciosa que se deja reventar por un desconocido mientras él se pajea. ¿A que te encanta?
—Sí… sí, me encanta… ¡más fuerte!
Carlos se corría el prepucio con rapidez, jadeando.
—Dásela toda, Damon. Ábrela.
Damon la volteó de golpe, la puso a cuatro patas y la penetró en perrito hasta el fondo. Le agarró las caderas y la embistió sin piedad, las bolas golpeándole el clítoris. Renata gritaba contra la almohada, los pechos colgando y rebotando. Damon le dio una nalgada sonora.
—Correte en mi polla, puta. Quiero sentir cómo te estrujas.
Ella se corrió gritando, el coño pulsando alrededor de la verga gruesa. Damon no paró; la siguió follando a través del orgasmo hasta que ella temblaba. Entonces Carlos se acercó a la cama, la polla roja y goteando.
—Los dos a la vez —pidió Renata con voz rota de placer—. Quiero a los dos.
Se montó a horcajadas sobre Carlos, se impaló en la polla de su marido y se inclinó hacia adelante. Damon se colocó detrás, le abrió los glúteos y empujó la cabeza contra su entrada ya follada y resbaladiza. Con un gemido gutural se la metió también, estirándola, compartiéndola. Renata aulló de puro exceso. Mientras cabalgaba a Carlos, Damon la embestía por detrás, más profundo, hasta que el italiano gruñó:
—Me corro… dentro… llénate de mí delante de tu marido.
Se derramó a chorros calientes en su coño, empujando hasta el final. Renata se corrió otra vez, apretando a los dos, y Carlos la siguió un segundo después, disparándose dentro de ella mientras la abrazaba.
Después, jadeando, Damon se retiró con cuidado. Se limpió, se vistió a medias y se inclinó para darle a Renata un beso profundo, lento, saboreándola. Luego le tendió la mano a Carlos; se la estrecharon con fuerza, dos hombres que acababan de compartir lo más íntimo.
—Gracias por la noche —dijo Damon, la voz todavía ronca—. Sois una pareja de puta madre. Si queréis… ya sabéis dónde encontrarme.
Salió dejando el aroma a sexo y colonia cara. La puerta se cerró. Renata y Carlos se quedaron abrazados en la cama revuelta, el semen de ambos escurriéndole a ella entre los muslos, el corazón todavía desbocado. Ella le besó el pecho a su marido y susurró contra su piel:
—En el próximo puerto… lo repetimos. Quiero que me follen otra vez mientras tú miras. Más duro. Más tiempo.
Carlos le apretó el culo con posesión nueva y le mordisqueó el hombro.
—Lo haremos. Y esta vez le pediré que te deje marcada. Que te folle hasta que no puedas caminar derecho por la pasarela.
Renata sonrió contra su cuello, ya sintiendo de nuevo el calor subirle entre las piernas a pesar del cansancio. Afuera, el barco cortaba la noche mediterránea hacia la siguiente costa, y la promesa flotaba entre ellos como un segundo deseo todavía sin saciar.
La mañana siguiente el crucero atracó en un puerto de calas blancas y agua turquesa. Renata despertó con el cuerpo todavía sensible, el coño hinchado y pegajoso del semen de la noche anterior. Carlos la miraba desde la almohada, ya duro, y le pasó la mano por el vientre con posesión lenta.
—Hoy lo buscamos —dijo él, voz ronca de sueño y ganas—. Y esta vez no lo dejo irse tan pronto.
Ella se estiró, abrió las piernas solo para que él viera el estado en que la habían dejado, y sonrió.
—Quiero que me use más. Que me deje coja. Que tú veas cada segundo.
Se ducharon juntos. Carlos le jabonó los pechos, le metió dos dedos en el coño todavía resbaladizo y la hizo gemir contra el azulejo, pero no la dejó corrers.e
—Te guardo para él —susurró—. Quiero verte empapada otra vez solo de pensar en su polla.
Renata eligió un vestido corto blanco de tirantes, sin bragas, pezones marcados bajo la tela fina. Carlos le puso la mano en el culo en el ascensor y le murmuró al oído que se le veía el contorno del coño cuando se movía. Ella se mojó al instante.
Lo encontraron en la terraza del bar del puerto, tomando un espresso. Damon levantó la vista, los reconoció y sonrió con esa misma seguridad insolente. Llevaba camisa abierta hasta el pecho y pantalones que no disimulaban nada. Se levantó, besó a Renata en ambas mejillas —demasiado cerca de la comisura de los labios— y estrechó la mano de Carlos con fuerza.
—Pensé que no os atreveríais a repetir tan pronto.
—Ella lo pidió —respondió Carlos sin rodeos—. Más duro. Más tiempo. Quiero que la marques.
Damon miró a Renata de arriba abajo. El vestido se le pegaba a los muslos con el calor.
—Entonces vamos a mi camarote. Es más grande. Y esta vez no me voy a contener.
Subieron sin prisa, el silencio cargado de anticipación. En cuanto la puerta se cerró, Damon no esperó. Empujó a Renata contra la pared, le subió el vestido de un tirón y le metió la mano entre las piernas. Dos dedos grueso entraron de golpe en su coño mojado.
—Mira qué puta… ya chorrea y ni siquiera te he besado. Carlos, ven. Mírala.
Carlos se sentó en el borde de la cama, se bajó la cremallera y sacó la polla, ya dura y pesada. Se acarició despacio mientras Damon le follaba el coño a su mujer con los dedos, abriéndola, haciendo ruidos obscenos.
—Dile lo que quieres —ordenó Damon.
—Quiero tu polla —jadeó Renata—. Quiero que me la metas entera y me folles como una zorra delante de mi marido. Quiero que me dejes el culo rojo y el coño abierto.
Damon le arrancó el vestido por la cabeza. Se quedó desnuda, pechos pesados, pezones duros. Él se quitó la ropa sin prisa, dejando que vieran su erección gruesa, venosa, la cabeza ya brillante. La hizo arrodillarse otra vez, pero esta vez le agarró la mandíbula.
—Abre. Y no mires a otro lado. Quiero que Carlos vea cómo te atragantas.
Se la metió hasta la garganta de un solo empujón. Renata tosió, babas corriendo por la barbilla, ojos llorosos de placer. Damon le folló la boca con ritmo brutal, caderas golpeándole los labios, mientras Carlos se masturbaba más rápido, gruñendo.
—Joder, qué bonita se ve tragándotela… Sigue, nena. Sé su puta.
Cuando la babosa y jadeante, Damon la levantó, la tiró bocabajo sobre la cama alta y le separó las nalgas con las dos manos. Le escupió en el culo y le rozó la polla por el coño y el agujero apretado sin entrar todavía.
—Hoy te voy a usar los dos agujeros. ¿Lo quieres?
—Sí… joder, sí. Mete lo que quieras.
Primero se la clavó en el coño de un golpe seco. Renata gritó contra las sábanas. Damon la embistió sin piedad, profundo, las bolas golpeándole el clítoris hinchado, una mano en la nuca sujetándola contra el colchón. Cada embestida hacía rebotar sus pechos y le sacaba gemidos rotos. Carlos se acercó, se arrodilló junto a la cama y le ofreció la polla a la boca de su mujer. Ella la chupó con desespero mientras el italiano la reventaba por detrás.
—Mírala —jadeó Carlos—. Compartida. Llena de dos pollas. Eres mía y te presto como quiero.
Damon le dio una nalgada fuerte, luego otra, dejando la marca roja. Le tiró del pelo hacia atrás hasta que Renata arqueó la espalda.
—Correte en mi verga. Ahora. Que te vea tu marido estrujándome.
Ella se vino con un alarido, el coño contrayéndose en espasmos violentos. Damon no paró; la folló a través del orgasmo hasta que ella temblaba y pedía más entre sollozos de placer. Entonces se retiró, le abrió más las nalgas y empujó la cabeza gruesa contra su culo.
—Respira. Quiero este agujero también.
Renata asintió con la cara contra la sábana, empujando hacia atrás. La entrada ardió y luego se abrió. Damon entró centímetro a centímetro, gruñendo, hasta que se la enterró hasta las bolas. Se quedó quieto un segundo, dejándola acostumbrarse, y luego empezó a moverse: primero lento, profundo, después más rápido, follándole el culo con fuerza creciente.
—Qué estrecha… Carlos, mírala. Tu mujer tiene el culo lleno de un desconocido y se corre otra vez.
Carlos se tocaba con mano frenética, pre-semen brillando en la punta.
—Dásela toda. Ábrela. Quiero verla incapaz de cerrar las piernas después.
Damon la embistió sin piedad, el sonido de carne contra carne llenando el camarote, las nalgas de Renata rojas y temblando. Ella se corrió de nuevo, gritando el nombre de los dos, el coño chorreando sobre las sábanas mientras el culo se le contraía alrededor de la polla gruesa. Damon la sacó casi del todo y se la volvió a clavar de un golpe.
—Me voy a correr dentro de tu culo. Quiero que camines por la pasarela con mi leche escurriéndote.
—Hazlo… lléname… joder, sí—
Se derramó a chorros calientes, empujando hondo, sujetándole las caderas con fuerza hasta dejar moretones que mañana serían morados. Renata gimió al sentirlo latir y llenarla. Cuando él se retiró, el semen espeso le bajó por el muslo. Carlos no aguantó más: se puso de pie, le puso la polla en la boca a su mujer y se corrió disparando en su garganta mientras ella tragaba y gemía todavía empalada en el regusto del orgasmo.
Damon se dejó caer a su lado, respirando agitado, y le pasó la mano por la espalda sudada con una caricia inesperadamente lenta.
—Todavía no he terminado contigo —dijo, voz grave—. Quédate. Carlos puede mirar cómo te la chupo otra vez y te dejo el coño rojo hasta la cena.
Renata, temblando, se giró hacia su marido. Los ojos de Carlos brillaban de lujuria no saciada.
—Quédate —ordenó él—. Quiero ver cómo te la vuelve a meter. Quiero oírte pedir que te folle más fuerte todavía.
Damon sonrió, ya medio duro de nuevo solo de mirarla abierta y marcada. Le separó los muslos con las manos grandes y bajó la cabeza. La lengua le recorrió el coño hinchado, saboreando el desastre que habían hecho, chupándole el clítoris hasta que Renata arqueó la espalda y se agarró a las sábanas.
Afuera el puerto bullía de turistas, pero dentro del camarote el aire olía a sexo crudo y a promesa. Carlos se acomodó en el sillón otra vez, la mano ya volviendo a su polla blanda que empezaba a latir de nuevo, y murmuró:
—Esta tarde no sales de aquí andando derecha. Y mañana… mañana le pediré que te folle en la cubierta privada mientras yo filmo solo para nosotros. ¿Lo quieres, Renata?
Ella jadeó contra la boca de Damon, que ya le clavaba dos dedos otra vez y le mordía el interior del muslo.
—Lo quiero —susurró, la voz rota y caliente—. Quiero que me usen hasta que no sepa ni mi nombre. Y que tú mires cada puto segundo.
Damon se incorporó, la polla otra vez gruesa y lista, y se colocó entre sus piernas abiertas. Le rozó la entrada sensible sin entrar del todo, mirando a Carlos.
—Entonces agárrate. Porque ahora te voy a follar despacio. Muy despacio. Hasta que ruegues que te deje correrte. Y tu marido va a decidir cuándo te lo permito.
Renata abrió más las piernas, el corazón desbocado, el cuerpo ya entregado otra vez. El barco se mecía suave contra el muelle, y la tarde apenas empezaba.
Damon empujó despacio. La cabeza gruesa de su polla abrió el coño hinchado de Renata centímetro a centímetro, tan lento que ella sintió cada vena, cada latido. El italiano no le dio más. Se detuvo a mitad de camino, sujetándole los muslos abiertos con las manos grandes, y la miró a los ojos.
—Pide —ordenó, voz grave—. Pide que te la meta entera. Y que Carlos te diga si puedes.
Renata arqueó la espalda, el vestido ya olvidado en el suelo, los pechos subiendo y bajando con la respiración entrecortada. El roce era un tormento delicioso. Notaba el semen anterior todavía resbaladizo mezclado con su propia humedad, y el ardor suave del culo usado le recordaba lo que acababa de recibir.
—Métela… joder, Damon, métela toda —jadeó—. Quiero sentirla hasta el fondo. Carlos… déjame, por favor…
Carlos se había acomodado otra vez en el sillón de cuero, la polla ya dura otra vez entre los dedos. Se pasaba el pulgar por la punta brillante sin prisa, disfrutando del espectáculo. Sonrió con esa posesión nueva que le quemaba la sangre.
—Todavía no, nena. Quiero verte rogar más. Damon, sácala casi del todo y vuelve a entrar igual de lento. Que sienta cada puto centímetro.
Damon obedeció. Se retiró hasta que solo la cabeza le estiraba la entrada y luego empujó otra vez, milímetro a milímetro. Renata gimió largo, las uñas clavándose en las sábanas. El italiano le hablaba al oído entre embestidas tortuosas:
—Tu marido decide. Eres su puta prestada. Una zorra de treinta y dos años que se abre para un desconocido de treinta y ocho mientras él se pajea mirándote. ¿A que te encanta estar así de llena y no poder correrte todavía?
—Sí… me encanta… más hondo, por favor…
Cuando por fin se la clavó hasta las bolas, Renata soltó un grito ahogado. Damon se quedó quieto, profundamente enterrado, y empezó a mover las caderas en círculos lentos, rozándole el punto exacto por dentro. Carlos se acercó, se arrodilló junto a la cama y le ofreció los dedos a la boca de su mujer.
—Chúpame. Y mira cómo te folla. Dile lo que eres.
Ella chupó los dedos de Carlos con avidez, la lengua girando, mientras Damon empezaba a embestir de verdad: todavía despacio, pero más profundo, el sonido húmedo de su polla entrando y saliendo llenando el camarote. Cada embestida hacía rebotar los pechos de Renata. Él le agarró un pezón y lo retorció con firmeza justa.
—Correte cuando yo diga —recordó Carlos, la voz ronca—. No antes. Quiero que te acumules hasta que no puedas más.
Damon aceleró un poco. Le levantó las piernas, se las puso sobre los hombros y se inclinó, follándola en un ángulo que la dejaba sin aire. La polla gruesa golpeaba fondo una y otra vez. Renata bababa alrededor de los dedos de su marido, los ojos vidriosos.
—Por favor… Carlos… necesito correrme… me está reventando…
—Todavía no.
Damon sonrió, sudor corriendo por su pecho velludo, y se retiró de golpe. Renata sollozó de frustración. Él la volteó con facilidad, la puso a cuatro patas otra vez y le abrió las nalgas. El agujero del culo todavía estaba rosado y semiabierto del semen anterior. Le escupió encima y empujó la cabeza contra la entrada apretada.
—Ahora este. Lento otra vez. Hasta que ruegues.
Entró. Renata gritó contra el colchón, el ardor dulce abriéndola de nuevo. Damon se la enterró hasta las bolas con una sola embestida profunda y se quedó quieto, dejándola latir alrededor de él. Carlos se puso de pie, se colocó delante de ella y le metió la polla en la boca de un empujón.
—Así. Llena por los dos lados. Mírame mientras te follan el culo.
Damon empezó a moverse: profundo, rítmico, las bolas golpeándole el coño chorreante. Cada embestida empujaba a Renata hacia adelante, atragantándola un poco más en la verga de su marido. Ella gemía alrededor de la polla, baba corriendo por la barbilla, el cuerpo entero temblando de necesidad.
—Qué culo más puta… —gruñó Damon—. Se me aprieta solo. Carlos, tu mujer está hecha para esto. Para que la usen delante de ti.
—Lo sé —jadeó Carlos, follándole la boca con cuidado pero firme—. Dásela más fuerte. Quiero oírla ahogada.
Damon aceleró. Las nalgas de Renata rebotaban con cada golpe, rojas de nuevo bajo las palmas del italiano. Él le dio una nalgada sonora, luego otra, y le tiró del pelo hacia atrás hasta que ella arqueó la espalda en un arco perfecto, la garganta abierta del todo para Carlos.
—Ahora —dijo Carlos de pronto—. Córrete. Estrújale la polla con el culo. Quiero verte.
El orgasmo la partió. Renata se contrajo en espasmos violentos, gritando alrededor de la verga de su marido, el culo apretando a Damon en oleadas. El italiano no paró; la folló a través del clímax, más duro, más profundo, hasta que ella temblaba y lloraba de placer puro. Cuando los espasmos bajaron, Damon se retiró, la polla reluciente, y se la clavó de nuevo en el coño de un solo golpe.
—Otra. Sin parar.
La embistió salvaje. Carlos se sacó de la boca de ella y se masturbó mirando de cerca cómo la polla gruesa de Damon entraba y salía del coño hinchado, abriéndola, sacando hilos de humedad. Renata se corrió otra vez casi al instante, las piernas fallándole, el cuerpo colapsando hacia adelante. Damon la sujetó por las caderas y la siguió usando, sin piedad, sin prisa de acabarse.
—Todavía no me corro —anunció—. Voy a follarte hasta que no sepas dónde empiezas. Carlos, ven. Métetela tú también.
Se acomodaron. Carlos se tumbó de espaldas. Renata, temblando, se montó a horcajadas y se impaló en la polla de su marido con un gemido roto. Damon se colocó detrás otra vez, le abrió los glúteos y empujó contra el culo ya follado. Entró. Los dos dentro al mismo tiempo. Renata aulló, la cabeza echada hacia atrás, el exceso estirándola hasta el límite.
—Joder… los dos… tan grueso…
Damon y Carlos se movieron a contrapunto: uno entraba mientras el otro salía, llenándola sin descanso. El italiano le mordió el hombro, le habló al oído entre embestidas:
—Eres nuestra puta compartida. Tu marido te presta y yo te reviento. ¿Quieres que te deje el coño y el culo abiertos para toda la tarde?
—Sí… sí, usadme… no paréis…
Carlos le agarró los pechos, le pellizcó los pezones y la miró a los ojos mientras la follaban.
—Dile que te marque más. Que te deje moretones. Que mañana camines coja por la cubierta y todo el mundo sepa que te han follado como una zorra.
—Marcame… Damon, por favor… más fuerte… deja huellas…
Damon le clavó los dedos en las caderas con fuerza suficiente para dejar moretones morados. Aceleró el ritmo en el culo, profundo y brutal, mientras Carlos le subía las caderas para embestirla desde abajo. Renata se corrió una tercera vez, el cuerpo entero convulsionando, un grito largo y roto escapándosele. Los dos hombres la sostuvieron, la usaron a través del orgasmo, el sonido de carne contra carne y gemidos llenando el camarote.
Damon gruñó al final.
—Me corro… otra vez en tu culo… llénate…
Se derramó a chorros calientes, empujando hondo, sujetándola contra Carlos hasta que terminó de latir dentro. Carlos no aguantó: se disparó dentro del coño de su mujer un segundo después, llenándola también, los dos semen mezclándose mientras ella se contraía alrededor de ellos en un último espasmo débil.
Se quedaron así un rato, jadeando, conectados. Damon se retiró con cuidado; el semen espeso le bajó a Renata por el muslo interior y se acumuló en las sábanas. Carlos la abrazó contra su pecho, todavía dentro de ella, y le besó la frente sudada.
—Todavía no has terminado —susurró él—. Damon, chúpale el desastre. Quiero verla limpia y luego sucia otra vez.
El italiano sonrió, se arrodilló entre las piernas abiertas de Renata y bajó la cabeza. La lengua le recorrió el coño y el culo hinchados, saboreando la mezcla de los tres, chupando despacio, metiendo la lengua dentro. Renata gimió, hipersensible, las manos en el pelo oscuro de Damon. Carlos se acariciaba ya de nuevo, mirando cómo su mujer se retorcía bajo la boca del otro hombre.
—Esta noche no salimos de aquí —dijo Carlos, voz espesa de lujuria—. Te vamos a follar hasta que caiga el sol. Y después… la cubierta privada. Sin luces. Solo nosotros tres y el mar. Te voy a atar las muñecas a la barandilla y voy a dejar que Damon te la meta mientras yo te chupo los pechos. ¿Lo quieres, Renata?
Ella arqueó la espalda cuando Damon le mordisqueó el clítoris y le metió dos dedos otra vez.
—Lo quiero… joder, lo quiero todo… que me usen hasta que no pueda ni hablar… y que tú mires y decidas cada corrida…
Damon se incorporó, la polla otra vez dura solo de probarla. Se colocó entre sus muslos, le rozó la entrada sensible sin entrar del todo y miró a Carlos esperando la orden. El barco se mecía suave contra el muelle. Afuera se oían risas de turistas y el griterío de las gaviotas, pero dentro del camarote el aire olía a sexo crudo, a semen y a promesa sin terminar. Renata abrió más las piernas, el cuerpo entregado, el corazón desbocado, sabiendo que la tarde apenas empezaba y que su marido no la iba a dejar andar derecha hasta mucho después de que anocheciera.
Damon esperó la orden con la polla gruesa rozándole apenas el coño hinchado a Renata. Carlos, sentado otra vez en el sillón con la mano lenta alrededor de su propia erección, asintió una sola vez.
—Métela. Despacio. Que sienta cómo se le abre otra vez.
Damon empujó. La cabeza caliente separó los labios hinchados de Renata centímetro a centímetro; ella arqueó la espalda y soltó un gemido largo, las uñas clavándose en las sábanas revueltas. El italiano no le dio más de la mitad. Se detuvo, le abrió más los muslos con las manos grandes y empezó a moverse en círculos tortuosos, rozándole por dentro el punto exacto que la hacía temblar.
—Pide —ordenó Damon, voz ronca—. Pide que te la meta entera y que tu marido te deje correrte.
—Métela… joder, Damon, hasta el fondo —jadeó Renata—. Carlos, por favor… necesito…
Carlos se pasó el pulgar por la punta brillante de su polla y sonrió.
—Todavía no, nena. Quiero verte rogar hasta que se te rompa la voz. Damon, sácala casi del todo y vuelve a entrar igual de lento. Que cuente cada vena.
Damon obedeció. Se retiró hasta que solo el glande le estiraba la entrada y luego empujó otra vez, milímetro a milímetro, hasta clavársela completa. Renata gritó, el cuerpo entero tensándose. El italiano se quedó quieto, profundamente enterrado, y empezó a mecer las caderas en un vaivén profundo y pausado. Cada embestida hacía rebotar los pechos de ella; el sonido húmedo de su coño tragando aquella verga llenaba el camarote.
Carlos se acercó, se arrodilló junto a la cama y le metió dos dedos en la boca a su mujer.
—Chúpame. Y míralo cómo te folla. Dile lo que eres.
Renata chupó con avidez, la lengua girando alrededor de los dedos de Carlos mientras Damon aceleraba un poco, todavía controlado, las bolas golpeándole el culo ya sensible. El italiano le agarró un pezón y lo retorció justo lo suficiente para arrancarle otro gemido.
—Eres la puta prestada de tu marido —le habló al oído—. Una zorra de treinta y dos años que se deja reventar por un desconocido de treinta y ocho mientras él se pajea. ¿A que te encanta no poder correrte todavía?
—Sí… me encanta… más hondo, por favor…
Cuando Damon se la clavó hasta las bolas y empezó a embestir de verdad —profundo, rítmico, el ángulo exacto—, Renata bababa alrededor de los dedos de Carlos, los ojos vidriosos de necesidad. El orgasmo se le acumulaba como una marea que no podía soltar.
—Por favor, Carlos… me está matando… déjame…
—Todavía no.
Damon se retiró de golpe. Renata sollozó de frustración pura. Él la volteó con facilidad, la puso a cuatro patas y le abrió las nalgas. El agujero del culo seguía rosado y semiabierto del semen anterior. Le escupió encima y empujó la cabeza gruesa contra la entrada apretada.
—Ahora este. Lento otra vez. Hasta que ruegues de verdad.
Entró. Renata gritó contra el colchón; el ardor dulce la abrió de nuevo. Damon se la enterró hasta las bolas con una sola embestida profunda y se quedó inmóvil, dejándola latir alrededor de él. Carlos se puso de pie, se colocó delante de su mujer y le metió la polla en la boca de un empujón firme.
—Así. Llena por los dos lados. Mírame mientras te follan el culo.
Damon empezó a moverse: profundo, constante, las bolas golpeándole el coño chorreante. Cada embestida empujaba a Renata hacia adelante, atragantándola un poco más en la verga de su marido. Ella gemía alrededor de la polla, baba corriendo por la barbilla, el cuerpo entero temblando.
—Qué culo más puta —gruñó Damon—. Se me aprieta solo. Carlos, tu mujer está hecha para que la usen delante de ti.
—Lo sé —jadeó Carlos, follándole la boca con ritmo firme—. Dásela más fuerte. Quiero oírla ahogada de placer.
Damon aceleró. Las nalgas de Renata rebotaban rojas; él le dio una nalgada sonora, luego otra, y le tiró del pelo hacia atrás hasta que ella arqueó la espalda en un arco perfecto, la garganta abierta del todo. Carlos le acarició la mejilla con el pulgar.
—Ahora —dijo de pronto—. Córrete. Estrújale la polla con el culo. Quiero verte partirte.
El orgasmo la destrozó. Renata se contrajo en espasmos violentos, gritando alrededor de la verga de su marido, el culo apretando a Damon en oleadas calientes. El italiano no paró; la folló a través del clímax, más duro, más profundo, hasta que ella temblaba y lloraba de puro exceso. Cuando los espasmos bajaron, Damon se retiró, la polla reluciente de ella, y se la clavó de nuevo en el coño de un solo golpe seco.
—Otra. Sin descanso.
La embistió salvaje. Carlos se sacó de la boca de Renata y se masturbó mirando de cerca cómo la polla gruesa del italiano entraba y salía del coño hinchado, abriéndola, sacando hilos de humedad y semen anterior. Renata se corrió otra vez casi al instante, las piernas fallándole. Damon la sujetó por las caderas y la siguió usando sin piedad.
—Todavía no me corro —anunció—. Voy a follarte hasta que el sol se ponga. Carlos, métetela tú también.
Se acomodaron. Carlos se tumbó de espaldas. Renata, temblando, se montó a horcajadas y se impaló en la polla de su marido con un gemido roto. Damon se colocó detrás, le abrió los glúteos y empujó contra el culo ya follado. Entró. Los dos dentro al mismo tiempo. Renata aulló, la cabeza echada hacia atrás, el exceso estirándola hasta el límite delicioso.
—Joder… los dos… tan grueso…
Se movieron a contrapunto: uno entraba mientras el otro salía. Damon le mordió el hombro y le habló al oído entre embestidas:
—Eres nuestra puta compartida. Tu marido te presta y yo te reviento. ¿Quieres que te dejemos el coño y el culo abiertos toda la tarde?
—Sí… usadme… no paréis…
Carlos le agarró los pechos, le pellizcó los pezones y la miró a los ojos mientras la follaban.
—Dile que te marque más. Que mañana camines coja por la cubierta y todo el mundo sepa que te han follado como una zorra.
—Márcame… Damon, más fuerte… deja huellas…
Damon le clavó los dedos en las caderas con fuerza suficiente para moretones morados. Aceleró en el culo, brutal y profundo, mientras Carlos le subía las caderas desde abajo. Renata se corrió una tercera vez, el cuerpo convulsionando, un grito largo escapándosele. Los dos hombres la sostuvieron y la usaron a través del orgasmo.
Damon gruñó al final.
—Me corro… otra vez en tu culo…
Se derramó a chorros calientes, empujando hondo. Carlos se disparó dentro del coño de su mujer un segundo después. Los dos semen se mezclaron mientras ella se contraía en un último espasmo débil.
Se quedaron jadeando, conectados. Damon se retiró; el semen espeso le bajó a Renata por el muslo. Carlos la abrazó contra su pecho.
—La cubierta privada —susurró él—. Ahora. Antes de que anochezca del todo.
Se vistieron a medias. Renata apenas pudo ponerse el vestido blanco; el semen le resbalaba por los muslos y cada paso le recordaba lo abierta que estaba. Subieron a la cubierta privada del camarote de Damon, protegida por toldos y barandillas de cromo, el mar negro ya teñido de naranja. Nadie más. Solo el oleaje y el viento salado.
Carlos le ató las muñecas a la barandilla con el cinturón de Damon, con cuidado pero firme. Renata quedó de pie, piernas abiertas, el vestido subido hasta la cintura. Damon se arrodilló detrás de ella, le separó las nalgas y le metió la lengua primero en el coño, luego en el culo, limpiándola y ensuciándola a la vez. Ella gimió hacia el horizonte.
—Mírala —dijo Carlos, ya duro otra vez, acariciándose—. Atada, marcada, chorreando. Toda nuestra.
Damon se puso de pie, le rozó la polla por la entrada sensible y empujó de un golpe. Renata gritó al mar. Él la folló contra la barandilla, profundo y constante, mientras Carlos le chupaba los pechos, le mordía los pezones y le hablaba al oído:
—Esta noche te usamos hasta que no puedas ni hablar. Y mañana…
Damon aceleró, las manos en las caderas moreteadas de ella, las bolas golpeándole el clítoris. Renata se corrió gritando, el cuerpo sacudido por el viento y por la verga. Damon se derramó otra vez dentro, empujando hasta el final. Carlos se corrió en los pechos de su mujer, marcándola también.
Después la desataron. Renata se dejó caer contra el pecho de Carlos, temblando, el semen de ambos escurriéndole por las piernas mientras el barco se mecía. Damon les pasó una botella de agua y les sonrió, todavía desnudo de cintura para abajo.
—Sois adictivos —dijo—. Si mañana tocamos el siguiente puerto…
Carlos le acarició el culo a Renata con posesión nueva y le susurró contra el pelo húmedo, ya scheming en voz alta para que los dos oyeran:
—Mañana al amanecer te voy a llevar a la playa privada del próximo cala. Damon nos va a seguir. Te voy a poner de rodillas en la arena mojada y voy a dejar que te folle la boca mientras yo te abro el culo con los dedos. Después os voy a hacer follar de pie dentro del agua hasta que el semen se mezcle con el mar. Y por la noche, en nuestra suite, te voy a atar a la cama de verdad y le voy a pedir que te use las dos horas enteras sin dejarte correrte ni una sola vez hasta que yo lo diga. Quiero verte caminar coja tres días seguidos. Quiero que cada turista que te mire sepa que te han reventado. ¿Lo quieres, Renata?
Ella sonrió contra su cuello, el cuerpo destruido y ya volviendo a arder, y murmuró con voz rota de placer:
—Lo quiero. Empieza a planearlo todo. Quiero que me follen otra vez mañana… y pasado… y en cada puto puerto hasta que el crucero acabe.
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