Máscara y Rendición en la Casa Vacía
Dos arquitectos adultos, Marco y Diego, se follan salvajemente con máscara en una casa vacía.
La casa olía a pintura fresca y a madera nueva. Diego, arquitecto de treinta y dos años, caminaba por el salón vacío con las manos en los bolsillos de la chaqueta, midiendo con la mirada los ventanales que daban al jardín. Marcos, promotor inmobiliario de treinta y cuatro, cerró la puerta principal de un golpe seco y el eco se perdió entre las paredes blancas. Estaban solos. Ningún comprador hasta las seis. El silencio era espeso, casi palpable.
—Esta cocina vende sola —dijo Marcos, golpeando con los nudillos la isla de mármol—. Espacio abierto, luz natural…
Diego no contestó de inmediato. Ajustó la chaqueta y, al hacerlo, algo se deslizó: el borde negro de una máscara veneciana asomó entre la tela y la camisa. Marcos lo vio. Frunció el ceño, luego sonrió con esa media curva de quien acaba de pillar un secreto.
—¿Qué cojones es eso?
Diego se quedó quieto. El calor le subió al cuello. Sacó la máscara completa: negra, con arabescos dorados en los bordes, los ojos recortados en almendras largas. La sostuvo entre los dedos como si pesara más de lo que pesaba.
—Fantaseo con… follarme a un desconocido aquí. Anónimo. En una casa vacía como esta. Con la máscara puesta para no ser nadie. Solo un cuerpo.
Marcos lo miró fijamente. La polla se le endureció contra el pantalón con una rapidez que le robó el aliento. Dio un paso, luego otro, hasta quedar a un metro de Diego.
—¿Y estás dispuesto? —preguntó, la voz baja, ronca—. Porque yo no soy un desconocido del todo, pero puedo serlo. Puedo usarte como mi puta con esa mierda en la cara y no preguntarte el nombre mientras te abro el culo.
Diego tragó saliva. Sus ojos brillaban, hambrientos, sin vergüenza.
—Más que dispuesto —admitió—. Quiero que me trates como a una zorra cualquiera. Quiero que me degradas y me folles hasta que no pueda pensar.
Marcos le arrebató la máscara y se la puso él mismo a Diego, ajustándola detrás de la cabeza. Los labios del arquitecto quedaron al descubierto; el resto de la cara, oculto. Solo boca y mandíbula. Solo carne disponible.
—Quiero usarte como mi puta con la máscara puesta —dijo Marcos, sin adornos—. Quiero tu boca, tu culo, tus gemidos. Quiero que me ruegues.
Diego se abrió la camisa botón a botón. El pecho le temblaba. Bajó la cremallera, metió la mano y se agarró la polla ya dura, masturbándosela despacio mientras miraba a Marcos a través de los huecos de la máscara.
—Úsame —suplicó—. Degrádame. Hazme tu puta enmascarada. Por favor. Fóllame la garganta, el culo, lo que quieras. Necesito que me rompas.
Se acercaron. El beso fue brutal: lenguas, saliva que resbalaba por la barbilla, dientes rozando labios. Marcos le apretó la nuca y lo empujó hacia abajo.
—De rodillas. Ahora.
Diego eligió. Se arrodilló sobre el suelo de porcelánico frío, abrió la boca y sacó la polla de Marcos con manos torpes de ganas. Era gruesa, venosa, ya goteando. La lamió desde las bolas hasta la punta, luego se la metió hasta el fondo, atragantándose a propósito. Babas. Sonidos húmedos y obscenos que llenaban el salón vacío. Marcos le agarró el pelo a través de las cintas de la máscara y embistió la garganta con embestidas cortas y profundas.
—Eso es, puta. Trágatela entera. Mírame mientras te ahogas en mi polla.
Diego miraba hacia arriba, ojos brillantes detrás de la máscara, llorando un poco por el reflejo, pero empujando la cabeza hacia adelante para tomarla más. Se tocaba a sí mismo sin permiso, la mano rápida en su propia polla. Marcos lo sacó de un tirón, un hilo de saliva uniendo la glande a los labios hinchados de Diego.
—De pie. Contra la pared.
Lo empujó hasta el ventanal del salón. Diego apoyó las manos en el cristal frío. Marcos le bajó los pantalones y los calzoncillos de un jalón, le abrió las nalgas y le escupió en el culo. Un dedo, luego dos, abriéndolo sin delicadeza. Diego gemía, la máscara pegada a la sudorosa frente.
—Puta enmascarada —le gruñó Marcos al oído mientras alineaba la polla y se la metía de un solo empujón hasta las bolas—. Esto es lo que querías, ¿no? Que un tío te empalara en una casa que ni siquiera es tuya.
Las nalgadas sonaron secas, fuertes, dejando marcas rojas. Diego gritaba sí, más, fóllame más duro, cada embestida lo aplastaba contra el cristal. Marcos le tiraba del pelo, le mordía el hombro, le hablaba sucio sin parar: zorra de arquitecto, culo barato, máscara de puta de carnaval. Diego se corría casi solo de las palabras, pero se contuvo, queriendo durar.
Marcos lo sacó, lo arrastró hasta la isla de la cocina y lo tumbió de espaldas sobre el mármol. Le levantó las piernas, se las abrió en V y volvió a entrar profundo, misionero salvaje, las bolas golpeándole el culo. Escupió en la boca abierta de Diego y este lo tragó con un gemido gutural.
—Di que quieres más leche —ordenó Marcos, embistiendo sin piedad—. Grita.
—Quiero tu leche —gritó Diego, la voz rota—. Lléname el culo, córrete dentro, hazme tu puta llena de semen. Por favor, Marcos, más… más profundo…
Las embestidas se volvieron irregulares, brutales. Marcos lo volteó otra vez: a cuatro patas sobre la isla, el pecho aplastado contra el mármol frío, el culo en alto. Se la volvió a meter hasta el fondo y lo destrozó a embestidas largas y salvajes, la mano en la nuca de Diego, la otra azotándole la nalga ya roja. La máscara se le torció un poco; Diego no la arregló. Solo gemía y empujaba hacia atrás para recibirlo entero.
—Me corro —anunció Marcos entre dientes—. Te la voy a soltar toda dentro, puta.
Se clavó hasta el tope y se corrió a chorros calientes, abundantes, llenándole el culo mientras gruñía y le apretaba las caderas. Diego lo sintió latir adentro, el semen caliente dilatándolo. Cuando Marcos se retiró, un hilo blanco espeso le cayó por los muslos.
—Límpiame —dijo Marcos, presentándole la polla todavía medio dura, brillante de semen y saliva—. Con la lengua. Toda.
Diego, todavía con la máscara puesta, se arrodilló otra vez junto a la isla y lamió. Lamió la cabeza, el tronco, las bolas, recogiendo su propio sabor mezclado con el de Marcos. El semen le chorreaba por los muslos internos, bajaba hacia las rodillas. Se masturbó con furia mientras limpiaba, mirando a Marcos a los ojos a través de la máscara.
—Gracias —jadeó al corrirse, salpicando el suelo y la base de la isla—. Gracias por usarme… por follarme así…
El orgasmo le dobló la espalda. Quedó temblando, la respiración entrecortada, la máscara empañada por dentro. Marcos lo miraba desde arriba, todavía con la polla fuera, sin guardársela del todo. El silencio de la casa volvió, pero ya no era el mismo: olía a sexo, a sudor, a semen fresco.
Diego se pasó la lengua por los labios hinchados. Todavía arrodillado, con el culo goteando y la polla sensible, levantó la vista.
—No hemos terminado —susurró, la voz ronca de tanto tragar polla—. Quiero que me folles otra vez antes de que llegue nadie. Quiero que me dejes marcas. Quiero…
Marcos le acarició la mandíbula bajo la máscara, el pulgar rozándole la comisura babosa. Sonrió, pero había algo nuevo en la mirada: no solo lujuria gastada, sino hambre que no se había apagado.
—Levántate —ordenó en voz baja—. La planta de arriba está vacía también. Y yo aún no he terminado de degradarte, puta enmascarada.
Diego se puso de pie con las piernas flojas. El semen le resbalaba por dentro del muslo. Se subió los pantalones a medias, la camisa abierta, la máscara todavía firmemente atada. Marcos no se abrochó del todo. Ambos miraron hacia la escalera de caracol que subía al piso superior, donde las habitaciones esperaban sin muebles, sin testigos, con las persianas a medio bajar.
El reloj de la pared marcaba apenas las cuatro y diez. Quedaba tiempo. Demasiado tiempo. Y la tensión, lejos de disolverse con el primer corrido, se había espesado como el aire caliente entre ellos: la promesa de más posiciones, más insultos, más uso, y la certeza de que la máscara no saldría hasta que Marcos lo decidiera.
Diego dio el primer paso hacia la escalera. Marcos lo siguió de cerca, la mano ya en su culo otra vez, los dedos hundidos en la carne aún sensible, recordándole de quién era esa puta enmascarada por el resto de la tarde.
Diego subió la escalera de caracol con las piernas aún temblorosas y el semen de Marcos resbalándole por el muslo interno, pegajoso y caliente bajo la tela a medias subida de los pantalones. Cada peldaño crujía bajo sus zapatos; el eco se perdía en el vacío de la casa nueva. Marcos iba justo detrás, la mano clavada en su culo, dos dedos metidos entre las nalgas todavía abiertas y resbaladizas, empujando el resto de su corrida más adentro cada vez que Diego daba un paso.
—Más rápido, puta —gruñó Marcos al oído—. Quiero verte gatear por esas habitaciones vacías con mi leche chorreándote.
Diego obedeció. La máscara le apretaba las sienes; el aliento le empañaba el interior y le hacía sudar. Llegaron al rellano del piso superior. Tres puertas abiertas, habitaciones sin muebles, solo el olor a yeso y a madera sin barnizar. Marcos lo empujó hacia la más grande, la que daba al jardín trasero. Las persianas a medio bajar dejaban entrar franjas de luz amarilla de la tarde. El suelo de tarima crujía.
—Quítate todo —ordenó Marcos, ya sacándose la chaqueta y abriéndose la camisa—. Todo menos la máscara. Quiero verte desnudo y anónimo, solo un culo y una boca listos para usarse.
Diego se despojó de la chaqueta, la camisa abierta, los pantalones y la ropa interior. Quedó en pelotas, la polla otra vez dura y goteando contra el vientre, el culo brillante de semen seco y fresco. La máscara negra con dorados le cubría la cara; solo la boca hinchada y la mandíbula quedaban al descubierto. Marcos se le acercó, le agarró las tetillas y las retorció con fuerza hasta arrancarle un grito.
—Esto es mío ahora. Tu cuerpo de arquitecto de mierda es mi juguete hasta las seis. Di que sí.
—Sí —jadeó Diego—. Úsame. Degrádame más. Quiero que me dejes marcado por dentro y por fuera.
Marcos le escupió en la cara, justo sobre los labios. Diego abrió la boca y lo tragó. Entonces Marcos lo hizo arrodillarse otra vez en medio de la habitación vacía y le metió los dedos en la garganta, tres a la vez, hasta que Diego se atragantó y babas le caían por la barbilla hasta el pecho.
—Chúpamelos limpios, zorra. Después te voy a follar la garganta hasta que te salgan lágrimas de verdad.
Diego chupó los dedos con hambre, lamiendo entre ellos, mirando hacia arriba a través de los huecos almendrados de la máscara. Marcos se sacó la polla —ya dura otra vez, gruesa, venosa, todavía brillante de la corrida anterior— y se la estrelló contra la cara enmascarada de Diego. Le dio de tortazos suaves con la verga en las mejillas, en la boca, en la frente cubierta.
—Abre. Más.
Diego abrió. Marcos le empaló la garganta de un solo empujón, hasta que las bolas le aplastaron la barbilla. Se quedó hondo, sin moverse, sintiendo cómo la garganta de Diego se contraía alrededor. Diego se atragantaba, lágrimas le corrían por debajo de la máscara, pero no se apartó; al contrario, se agarró a los muslos de Marcos y empujó más, tragando, salivando, convirtiéndose en un agujero húmedo y dispuesto.
—Eso es… trágatela entera, puta enmascarada. Eres solo una boca y un culo hoy. Nada más.
Marcos empezó a follarle la cara con embestidas largas y brutales. El sonido era obsceno: babas, gorgoteos, el golpe de las caderas contra la nariz cubierta. Diego se tocaba la polla sin permiso otra vez, rápido, desesperado. Marcos se lo notó y le dio una patada suave en la muñeca.
—Sin tocarte. Te corres cuando yo diga, o no te corres. Entendido?
Diego asintió lo mejor que pudo con la polla enterrada hasta el fondo. Marcos lo sacó de un tirón; un hilo grueso de saliva y precum unió la glande a la lengua de Diego. Lo levantó del pelo, casi a rastras, y lo llevó hasta la pared contraria al ventanal. Allí lo puso de cara a la pared, manos arriba, piernas abiertas.
—Quédate así. No te muevas.
Marcos le abrió las nalgas con las dos manos y le escupió directo al agujero ya rojo y usado. Luego le metió la lengua. La comió el culo sin delicadeza, lamiendo su propio semen, mordisqueando el borde, clavando la lengua lo más hondo que pudo mientras Diego gemía contra la pared y empujaba el culo hacia atrás.
—Joder… sí, cómemelo… limpia tu puta leche de mi culo…
Marcos se rió contra la carne. Se incorporó, se alineó y volvió a entrar de un solo golpe seco. Diego gritó. El mármol de abajo había sido frío; aquí la tarima y la pared eran distintas, más crudas. Marcos le folló el culo con embestidas profundas y pesadas, agarrándolo de las caderas con fuerza suficiente para dejar moratones. Cada embestida sacaba un “ah” roto de Diego.
—Dime qué eres —exigió Marcos, acelerando.
—Tu puta… tu zorra enmascarada… el culo barato que se deja empalmar en casas vacías…
—Más alto.
—¡Tu puta de arquitecto! ¡Fóllame más duro, lléname otra vez, márcame por dentro!
Marcos le dio una nalgada tan fuerte que el sonido rebotó en las paredes desnudas. Luego otra. Y otra. La piel de Diego se puso roja al instante. Marcos cambió de ángulo, buscando la próstata a propósito, machacándola una y otra vez hasta que a Diego se le doblaron las rodillas y solo se sostenía por los antebrazos contra la pared. La polla de Diego goteaba un hilo continuo al suelo, sin que nadie la tocara.
—No te corras todavía —advirtió Marcos, la voz ronca—. Aguanta. Quiero follarte hasta que ruegues de verdad.
Lo sacó de golpe. Diego gimió por la pérdida. Marcos lo giró, lo empujó al centro de la habitación y lo hizo ponerse a cuatro patas otra vez. Luego se tumbió de espaldas en el suelo de tarima y le ordenó:
—Siéntate en mi polla. Despacio. Quiero verte bajar hasta el fondo con esa máscara de carnaval de puta.
Diego se colocó a horcajadas. Agarró la verga gruesa de Marcos, la guió a su agujero resbaladizo y se impaló centímetro a centímetro, gimiendo sin parar. Cuando las bolas le tocaron el culo, se quedó quieto un segundo, temblando, lleno otra vez hasta el límite.
—Muévete —dijo Marcos—. Fóllate tú solo. Usa mi polla como tu juguete personal, zorra.
Diego empezó a subir y bajar. Al principio despacio, luego más rápido, el culo rebotando, la polla de Marcos desapareciendo entera en cada bajada. Marcos le apretaba las tetillas, le retorcía, le escupía en la boca abierta cada vez que Diego se inclinaba. La máscara se le había torcido un poco hacia un lado; el sudor le corría por el cuello. Diego se follaba con furia, los muslos ardiendo, el agujero haciendo ruidos húmedos y obscenos cada vez que subía.
—Mírame —ordenó Marcos—. Aunque sea por los agujeros de esa mierda. Quiero ver cómo te destruyo.
Diego lo miró. Los ojos brillaban detrás de la máscara, llenos de lágrimas de esfuerzo y de placer. Marcos le agarró la polla de repente y la masturbó al ritmo de las embestidas de Diego, rápido, seco, casi doloroso.
—Ahora sí. Córrete. Pero sin parar de follarte. Quiero que te corras con mi polla enterrada y mi mano en tu verga.
Diego no duró. Se corrió a chorros potentes, salpicando el pecho y el vientre de Marcos, gemiendo tan alto que la voz se le quebró. Las contracciones de su culo apretaron la polla de Marcos como un puño. Marcos gruñó, lo agarró de las caderas y lo embistió desde abajo con fuerza brutal mientras Diego todavía se sacudía en el orgasmo.
—Te voy a llenar otra vez… tómala… tómala toda, puta…
Se clavó hasta el tope y se corrió en oleadas calientes, bombeando semen fresco dentro del culo ya rebosante de Diego. Cuando terminó, no lo sacó. Lo mantuvo empalado, sentado encima, respirando pesado.
Diego temblaba. El semen le salía por los bordes del agujero cada vez que se movía un milímetro. Marcos le acarició la mandíbula bajo la máscara, el pulgar metiéndoselo otra vez en la boca para que lo chupara.
—Todavía no has terminado de servirme —dijo en voz baja, casi cariñosa de lo sucia que sonaba—. Queda la otra habitación. Y el baño de arriba. Y quiero oírte pedir que te folle la garganta otra vez mientras te meto los dedos en el culo lleno de mi leche. ¿Quieres eso?
Diego asintió, la lengua lamiendo el pulgar, la polla ya medio dura otra vez contra el vientre de Marcos.
—Sí… por favor… no pares… sígueme usando… hazme tu puta hasta que no pueda ni andar…
Marcos sonrió. Lo levantó despacio; al salir, un chorro espeso de semen cayó al suelo de tarima entre las piernas abiertas de Diego. Lo puso de pie, le dio una nalgada y le señaló la puerta del pasillo.
—Andando. Gatea si hace falta. La máscara no se quita. Y yo decido cuándo te dejo respirar sin mi polla en la boca.
Diego dio un paso tembloroso hacia el pasillo, el culo goteando, la cara enmascarada, el cuerpo marcado de manos y nalgadas. Marcos lo siguió de cerca, la polla todavía medio dura colgándole, la mano ya otra vez en la nuca de Diego, guiándolo como a una puta domesticada hacia la siguiente habitación vacía. El reloj de abajo marcaba las cuatro y media. Quedaba luz de tarde, quedaba silencio, y la casa nueva seguía oliendo a sexo fresco y a promesas peores.
Diego avanzó por el pasillo vacío con las piernas torpes, el semen de Marcos resbalándole por los muslos internos en hilos calientes que se enfriaban al contacto con el aire. La máscara le apretaba las sienes sudorosas; cada respiración le empañaba el interior y le hacía parpadear con los ojos humedecidos detrás de los recortes almendrados. Marcos iba pegado a su espalda, la mano firme en la nuca, los dedos hundidos en la carne sensible, empujándolo hacia la segunda habitación. El suelo de tarima crujía bajo sus pies descalzos. Diego notó cómo la polla se le endurecía otra vez solo con el roce de esos dedos y con la promesa sucia que aún flotaba en el aire.
—Gatea —ordenó Marcos, voz baja y áspera—. Quiero verte arrastrarte como la puta que eres.
Diego no dudó. Se dejó caer de rodillas sobre la madera fría y avanzó a gatas, el culo al aire, las nalgas todavía rojas de las nalgadas anteriores, el agujero entreabierto y goteando restos blancos que le manchaban la parte de atrás de los muslos. Marcos lo seguía de pie, la polla medio dura balanceándose, y de vez en cuando le daba un toque con la punta del pie en una nalga para recordarle el ritmo.
Entraron en la habitación de invitados. Más pequeña, las persianas casi cerradas, solo franjas delgadas de luz dorada cortando el polvo en suspensión. Olor a yeso y a vacío. Marcos cerró la puerta de un golpe seco —aunque no hacía falta— y se quedó mirando a Diego a cuatro patas en el centro del suelo desnudo.
—Date la vuelta. Siéntate sobre los talones. Abre la boca y saca la lengua.
Diego obedeció. La máscara le torcía un poco la visión, pero veía la silueta de Marcos desnudándose del todo: camisa al suelo, pantalones, calzoncillos. La polla gruesa y venosa ya recuperaba la rigidez completa, brillante aún de saliva y semen seco. Diego abrió la boca, sacó la lengua y esperó, el pecho subiendo y bajando deprisa. Quería más. Quería que lo usaran hasta no poder pensar en planos ni en medidas ni en nada que no fuera carne y degradación.
Marcos se acercó, le agarró el pelo a través de las cintas de la máscara y le restregó la polla por la cara: primero las mejillas cubiertas, luego los labios hinchados, la lengua extendida. Le dio tortazos suaves con la verga, el sonido húmedo rebotando en las paredes desnudas.
—Lame. Solo lame. No chupes todavía, zorra enmascarada.
Diego lamió. Recorrió el tronco grueso con la lengua plana, recogió el sabor amargo y salado, bajó hasta las bolas y las chupó una por una mientras Marcos le apretaba la nuca. El arquitecto de treinta y dos años sentía la polla propia rebotando contra el vientre, goteando precum sobre la tarima. Marcos le metió dos dedos en la boca de golpe, los empujó hasta la garganta y los retorció.
—Mójatelos bien. Voy a metértelos en el culo lleno de mi leche mientras te follo la cara.
Diego baboseó los dedos con ganas, mirando hacia arriba a través de la máscara. Cuando Marcos los sacó, un hilo de saliva cayó al pecho de Diego. Entonces Marcos se arrodilló frente a él, lo hizo inclinarse hacia adelante y le metió los dos dedos de un solo empujón en el agujero resbaladizo. Diego gimió alrededor de nada, el sonido ahogado. Los dedos se movían sin piedad, abriéndolo más, empujando el semen que aún quedaba dentro, sacándolo a chorritos que le bajaban por las bolas.
—Ahora sí. Trágatela —gruñó Marcos, y le empaló la garganta de un tajo.
La polla entró hasta las bolas. Diego se atragantó, las lágrimas le saltaron al instante, empapando el interior de la máscara. Marcos no se detuvo. Empezó a follarle la cara con embestidas largas y profundas, la mano en la nuca guiando el ritmo, los dedos del otro mano todavía metidos en el culo, tijereteando, abriendo. El sonido era obsceno: gorgoteos, babas que caían en hilillos gruesos al pecho y al suelo, el golpe húmedo de las caderas contra la nariz cubierta. Diego se dejó usar. Empujaba la cabeza hacia adelante cada vez que Marcos tiraba, queriendo más, queriendo ahogarse en esa polla gruesa. El placer le subía por la espalda en oleadas; la polla le latía sin que nadie la tocara.
Marcos lo sacó de golpe. Diego jadeó, un hilo espeso de saliva y precum uniendo la glande a su lengua hinchada.
—A cuatro patas otra vez. Culito en alto. Quiero comerte mientras te meto la mano entera si hace falta.
Diego se colocó. Marcos se situó detrás, le abrió las nalgas con las dos manos y le clavó la lengua en el agujero rojo y usado. Lamió su propio semen, mordisqueó el borde hinchado, empujó la lengua lo más hondo posible mientras Diego gemía contra la tarima y empujaba hacia atrás. Los dedos volvieron: tres ahora, luego cuatro, estirándolo, haciéndolo arder de la mejor manera. Diego gritaba sí, más, ábreme, métemelos todos, puta de mí, mientras la máscara se le resbalaba un poco por el sudor.
—Joder, qué culo de arquitecto tan barato —murmuró Marcos contra la carne—. Te lo voy a destrozar otra vez. Pero primero te vas a montar al revés.
Lo levantó, lo giró y se tumbió de espaldas en el suelo. Diego entendió. Se colocó a horcajadas mirando hacia los pies de Marcos, agarró la polla gruesa y se la guió al agujero. Bajó despacio, centímetro a centímetro, gimiendo sin parar mientras lo sentía abrirse otra vez hasta el límite. Cuando las bolas le tocaron el culo, se quedó temblando, lleno, la máscara torcida, la respiración entrecortada.
—Muévete. Fóllate. Quiero ver cómo te comes mi polla solo.
Diego empezó a subir y bajar. Al principio con cuidado, luego con furia, el culo rebotando, los muslos ardiendo, el agujero haciendo ruidos húmedos y obscenos cada vez que se alzaba y se volvía a empalar. Marcos le agarraba las nalgas, las separaba, le daba nalgadas fuertes que resonaban en la habitación vacía. Cada azote dejaba la piel más roja, más sensible. Diego se tocaba la polla sin permiso; Marcos se lo notó y le dio un manotazo en la muñeca.
—Sin mano. Te corres solo con el culo o no te corres. Di qué eres.
—Tu puta… tu zorra enmascarada… el agujero barato que se deja llenar en casas vacías —jadeó Diego, subiendo y bajando más rápido—. Fóllame… usa mi culo… lléname otra vez…
Marcos se incorporó un poco, le escupió en la espalda y le metió dos dedos en la boca para que los chupara mientras se follaba. Diego lamió, baboseó, miró hacia atrás por encima del hombro a través de los huecos de la máscara. Los ojos de Marcos brillaban con hambre cruda. Entonces Marcos lo empujó hacia adelante, lo hizo apoyar las manos en el suelo y empezó a embestirlo desde abajo con fuerza brutal, las caderas subiendo como pistones, la polla desapareciendo entera una y otra vez.
—Me corro dentro otra vez —anunció entre dientes—. Tómala toda, puta. Quiero verte goteando por el pasillo.
Se clavó hasta el tope y se vació en oleadas calientes, gruñendo, apretándole las caderas con fuerza suficiente para dejar moretones nuevos. Diego lo sintió latir adentro, el semen fresco mezclándose con el anterior, dilatándolo. Cuando Marcos terminó, no lo sacó. Lo mantuvo empalado, respirando pesado, la mano acariciándole la espalda sudada.
—Levántate. Sin limpiarte. Vamos al baño de arriba. Quiero follarte contra el lavabo y verte en el espejo con esa máscara de carnaval mientras te destrozo la garganta otra vez.
Diego se alzó temblando. Al salir la polla, un chorro espeso de semen le cayó entre las piernas y manchó la tarima. Caminó hacia la puerta con las piernas abiertas, el culo goteando, la máscara todavía firmemente atada. Marcos lo siguió, la mano otra vez en su nuca, guiándolo por el pasillo corto hasta el baño sin acabados del todo: solo el lavabo de mármol blanco, el espejo grande sin marco y la ducha sin mampara.
Marcos lo empujó contra el lavabo. Diego apoyó las manos en el borde frío, se miró en el espejo: cara enmascarada, labios hinchados y brillantes de saliva, pecho marcado, polla dura y goteando. Marcos se situó detrás, le abrió las nalgas y entró de un solo empujón. Diego gritó. El ángulo era distinto, más profundo; cada embestida lo aplastaba contra el mármol. Marcos le agarró el pelo, le forzó la cabeza hacia arriba para que se mirara.
—Mírate. Mírate cómo te follo. Eres solo una puta con máscara. Di lo que quieres.
—Quiero tu polla… quiero que me rompas… fóllame más duro, lléname otra vez, hazme tu zorra hasta que no pueda ni cerrar las piernas —suplicó Diego, la voz rota, los ojos fijos en su propio reflejo degradado.
Marcos aceleró. Las embestidas eran salvajes, las bolas golpeándole el culo, la mano libre azotándole la nalga ya roja. Luego lo sacó, lo giró de cara a él y lo hizo arrodillarse delante del lavabo. Le metió la polla en la boca otra vez, follándole la garganta mientras le metía tres dedos en el culo lleno de semen. Diego se atragantaba, las lágrimas le corrían por debajo de la máscara, pero empujaba hacia adelante, chupando, tragando, convirtiéndose en agujero puro. Se tocaba la polla con desesperación; Marcos no se lo prohibió esta vez.
—Córrete así. Con mi polla en la garganta y mis dedos en tu culo de puta.
Diego no duró. Se corrió a chorros potentes sobre el suelo del baño, gimiendo alrededor de la verga, las contracciones del culo apretando los dedos de Marcos. Marcos gruñó, embistió tres veces más y se vació en la boca de Diego, obligándolo a tragar cada gota. Cuando se retiró, un hilo blanco le bajó por la barbilla a Diego.
Marcos lo levantó, le limpió la boca con el pulgar y se lo metió entre los labios para que lo chupara.
—Todavía queda la terraza de arriba. Y el armario empotrado. Y quiero oírte rogar que te folle contra la barandilla con la máscara puesta mientras el sol se pone. ¿Quieres eso, puta?
Diego asintió, temblando, la polla ya sensible pero media dura otra vez, el culo goteando, el cuerpo entero marcado y usado.
—Sí… por favor… no pares… sígueme degradando… hazme tu juguete hasta las seis…
Marcos sonrió, esa media curva sucia, y lo empujó hacia la puerta del baño. La mano en la nuca otra vez. El reloj de abajo debía marcar cerca de las cinco. Quedaba luz, quedaba silencio, y la casa vacía seguía oliendo a sexo fresco, a sudor y a la promesa de que la máscara no saldría hasta que Marcos decidiera que su puta enmascarada había tenido suficiente. Diego dio el primer paso hacia la escalera que subía a la terraza, las piernas flojas, el semen resbalándole, el hambre intacta.
Diego subió los últimos peldaños hacia la terraza con las piernas abiertas y torpes, el semen de Marcos resbalándole por los muslos en hilos fríos que se secaban al aire de la tarde. La máscara le apretaba las sienes; el interior estaba empapado de lágrimas y aliento caliente. Marcos iba pegado, la mano clavada en su nuca, guiándolo como a un animal de carga. La puerta de cristal se abrió con un chirrido suave. Afuera, el sol bajo teñía de naranja el jardín vacío. La barandilla de acero brillaba. Ningún vecino a la vista. Solo el viento y el olor a sexo que se les pegaba a la piel.
—Contra la barandilla —ordenó Marcos, voz ronca—. Manos al metal. Culito fuera. Quiero follarte mirando el jardín mientras el sol se pone sobre tu cara de puta enmascarada.
Diego obedeció. Apoyó las palmas en el acero frío, abrió las piernas y arqueó la espalda. El aire le rozó el culo abierto y goteante. Marcos se situó detrás, le separó las nalgas con ambas manos y escupió directo al agujero rojo. Luego alineó la polla gruesa, todavía brillante de saliva y corridas anteriores, y entró de un solo empujón hasta las bolas. Diego gritó. El ángulo lo partía; cada centímetro lo llenaba hasta el límite. Marcos no esperó. Empezó a embestir con fuerza brutal, las caderas golpeando el culo ya marcado, las bolas chapoteando contra la carne húmeda.
—Mírate —gruñó al oído, tirándole del pelo a través de las cintas de la máscara para que levantara la cara hacia el horizonte—. Eres mi zorra de arquitecto. Te estoy empalando en una terraza que no es tuya, con mi leche chorreándote y esa mierda de carnaval en la cara. Di lo que eres.
—Tu puta… tu agujero barato… la zorra enmascarada que se deja destrozar en casas vacías —jadeó Diego, la voz rota, cada embestida sacándole un gemido gutural—. Fóllame más duro… lléname otra vez… márcame por dentro hasta que no pueda cerrar las piernas…
Marcos aceleró. Las nalgadas sonaron secas, una tras otra, dejando la piel ardiente y roja. La mano libre le rodeó el cuello sin apretar del todo, solo recordándole quién mandaba. Diego empujaba hacia atrás, buscando más profundidad, la polla propia rebotando contra el vientre, goteando precum que caía al suelo de la terraza. El metal de la barandilla le helaba las palmas. Pensó en los planos, en las medidas, en cómo esta misma terraza vendería el dúplex… y se corrió de vergüenza y de placer al sentir cómo Marcos le machacaba la próstata a propósito.
—Sin correrte todavía —advirtió Marcos, sacándola de golpe. Diego gimió por el vacío—. Gatea hasta el rincón. Quiero comerte el culo otra vez antes de volverte a abrir.
Diego se dejó caer de rodillas sobre el suelo de cemento liso y avanzó a gatas, el culo al aire, el semen fresco mezclado con el anterior resbalándole hasta las bolas. Marcos se arrodilló detrás, le abrió las nalgas y le clavó la lengua. Lamió el agujero hinchado, recogió su propia leche, mordisqueó el borde sensible mientras Diego gemía contra el suelo y empujaba hacia atrás. Tres dedos entraron de golpe, luego cuatro, estirándolo, haciéndolo arder. Diego gritaba sí, más, ábreme entero, métemelos todos, puta de mí.
—Joder, qué culo tan usado —murmuró Marcos contra la carne—. Te lo voy a destrozar una última vez. Levántate. Espalda contra la barandilla. Piernas alrededor de mi cintura.
Diego se alzó temblando. Marcos lo levantó como si no pesara, le enganchó las piernas a las caderas y lo empaló de pie, el culo apoyado en el borde del metal. Diego se agarró a los hombros de Marcos, la máscara torcida, los ojos brillando detrás de los huecos. Marcos lo folló así, vertical, salvaje, las embestidas profundas que lo hacían rebotar. Cada subida y bajada sacaba un chorrito de semen anterior que le manchaba los muslos de Marcos. Se besaron con dientes y saliva; Marcos le mordió el labio inferior hasta sacarle un quejido.
—Mírame mientras te rompo —exigió—. Aunque sea por esa mierda dorada. Quiero ver cómo te destruyo por última vez esta tarde.
Diego lo miró. Los ojos llenos de lágrimas de esfuerzo y de hambre. Marcos le masturbó la polla al ritmo de las embestidas, rápido, casi doloroso. Diego no aguantó. Se corrió a chorros potentes entre sus cuerpos, gimiendo tan alto que la voz se le quebró, las contracciones del culo apretando la verga de Marcos como un puño. Marcos gruñó, lo clavó hasta el tope y se vació en oleadas calientes, bombeando la última corrida dentro del culo ya rebosante. Se quedaron así un momento, pegados, respirando pesado, el semen saliendo por los bordes cada vez que alguno se movía.
Marcos lo bajó despacio. Al salir, un chorro espeso cayó al suelo de la terraza. Diego se tambaleó; las piernas no le respondían. Marcos lo sostuvo por la nuca y lo guió de vuelta al interior, hacia el armario empotrado de la habitación principal. La puerta se abrió. Dentro solo había estantes vacíos y olor a madera nueva. Marcos lo empujó dentro, lo puso de rodillas entre los estantes y le presentó la polla todavía medio dura, brillante de todo.
—Límpiame. Con la lengua. Toda. Quiero sentir tu boca una última vez antes de que se acabe el tiempo.
Diego abrió la boca y lamió. Recorrió el tronco, las bolas, la glande, recogiendo el sabor amargo y salado de ambos. Se atragantó a propósito cuando Marcos le empujó la cabeza, tragando lo que quedaba. La máscara le rozaba los muslos de Marcos. Cuando terminó, Marcos lo levantó, le limpió la barbilla con el pulgar y se lo metió entre los labios para que lo chupara.
—Ya basta —dijo en voz baja, casi suave de lo sucia que sonaba—. Te has portado como la puta perfecta. Ahora te voy a dejar respirar.
Lo sacó del armario. En el pasillo, Marcos le quitó la máscara con cuidado, desatando las cintas. El aire fresco le dio en la cara a Diego; los ojos le lloraban de la luz y del alivio. La cara estaba marcada por las correas, los labios hinchados, la mandíbula roja. Marcos le besó la frente, luego la boca, lento esta vez.
Bajaron juntos. Diego se apoyaba en la pared; el semen le seguía resbalando por dentro. En el baño de arriba se limpiaron a medias con agua del lavabo, sin ducha. Marcos le pasó un paño por el culo con una ternura inesperada que contrastaba con todo lo anterior. Se vistieron en silencio: pantalones, camisas abiertas, chaquetas. La máscara quedó en el bolsillo de Diego otra vez, doblada.
Bajaron la escalera de caracol. El reloj marcaba las cinco y cuarenta. Quedaban veinte minutos. El salón olía a sexo, a sudor, a pintura fresca mezclada con semen seco. Marcos recogió las ropas caídas, las dobló sobre la isla de mármol. Diego se quedó mirando el ventanal donde lo habían follado primero; las huellas de manos sudadas aún se veían en el cristal.
Se sentaron en el suelo del salón, espalda contra la pared blanca, hombros rozándose. Ninguno habló. Diego sentía el culo ardiendo, lleno, marcado. Marcos tenía la mano posada en su muslo, quieta. El sol entraba en franjas doradas. El silencio de la casa volvió, denso, casi sagrado después de tanto ruido. Solo se oía la respiración de los dos y, muy lejos, el zumbido de un coche en la calle.
Marcos apretó suavemente el muslo de Diego. Diego cerró los ojos. No hacía falta decir nada más. La máscara descansaba en el bolsillo. El tiempo corría hacia las seis. La casa vacía los envolvía en su quietud nueva, oliendo aún a lo que habían hecho, pero ya en calma.
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