Deseo Desatado en la Casa Ajena
Yvonne, arquitecta de 32 años, se arrodilla ante Marco, empresario de 38, y le ruega que la domine y discipline con su cinturón en la casa ajena
Yvonne tenía treinta y dos años y el cuerpo firme de quien pasa horas inclinada sobre planos de edificios, pero aquella noche la tensión no venía del trabajo. Caminaba descalza por el mármol frío de la casa de sus amigos comunes, una mansión de cristal y madera oscura que debían cuidar el fin de semana. Marco, el vecino de treinta y ocho años, empresario exitoso de hombros anchos y mirada que no se apartaba de ella, cerró la puerta del refrigerador con una botella de agua en la mano.
—Esto es absurdo —dijo ella, riendo bajo mientras se apoyaba en la isla de la cocina—. Estamos solos en una casa que parece sacada de una revista, y lo único que se me ocurre es confesarte algo estúpido.
Marco se acercó, el olor limpio de su colonia mezclado con el calor de su piel. —Dime.
Yvonne mordió el labio inferior, los pezones ya duros bajo la blusa fina. —Siempre he fantaseado con que me dominen. De verdad. Que me digan qué hacer, que me aten, que me usen… y que me castiguen cuando lo merezca. Lo digo entre bromas, pero no es broma.
El silencio se espesó. Marco dejó la botella y la miró de arriba abajo, despacio. —Yo tengo experiencia en eso. BDSM. Cuerdas, cinturones, control total. Si lo dices en serio, Yvonne, podemos explorarlo aquí. Ahora. Con todo el consentimiento. Tú paras cuando digas la palabra.
Ella tragó saliva, el coño ya húmedo contra la tela de las bragas. —La palabra es “rojo”. Y sí. Quiero. Te lo pido. Domíname.
Marco asintió una sola vez, la voz bajando a un tono que le erizó la nuca. —Bien. Entonces vamos a recorrer la casa. Tú delante. Camina despacio. No te toques. Si te ordeno algo, lo cumples al instante.
Yvonne sintió el latido entre las piernas al empezar a subir la escalera de caracol. Cada peldaño hacía que su falda corta se pegara a los muslos. Marco iba detrás, tan cerca que su aliento rozaba su oreja.
—Párate —ordenó cuando llegaron al rellano del primer piso—. Date la vuelta. Mírame.
Ella obedeció. Los ojos de él eran oscuros, seguros. —Súbete la falda hasta la cintura. Enséñame cómo estás.
Las manos le temblaban de excitación al obedecer. La falda quedó arremangada, las bragas negras ya manchadas. Marco pasó un dedo por el borde de la tela, sin entrar todavía.
—Estás empapada solo con órdenes suaves. Qué puta más lista. Sigue caminando. Habitación principal.
En el pasillo amplio, él la detuvo otra vez junto a un ventanal. —De rodillas. Aquí. Frente a mí.
Yvonne se arrodilló sobre la alfombra gruesa, las rodillas abiertas, la falda aún subida. Miró hacia arriba. —Úsame, Marco. Por favor. Haz lo que quieras conmigo. Soy tuya esta noche.
Él se desabrochó el cinturón del pantalón con calma deliberada, el cuero crujiendo. No lo sacó del todo aún. —Levántate. Entra.
La habitación principal olía a sábanas limpias y madera de cedro. La cama king size tenía un cabecero de hierro forjado. Sobre un sillón de terciopelo, Yvonne vio un set de cuerdas de seda negra —regalo decorativo de los dueños, o eso pensó— y un par de corbatas largas. Marco las tomó.
—Quítate todo. Despacio. Quiero verte desnuda y disponible.
Yvonne se despojó de la blusa, el sujetador, la falda y las bragas. El aire acondicionado le endureció los pezones. Estaba completamente desnuda, el vello del pubis recortado, los labios del coño hinchados y brillantes. Marco la rodeó, las cuerdas en la mano.
—Muñecas juntas a la espalda.
Ella las ofreció. Él las ató con precisión, la seda suave pero firme, nudos que apretaban sin cortar la circulación. Luego le pasó otra cuerda por el pecho, cruzándola bajo los pechos para levantarlos y dejarlos expuestos, y la bajó hasta la cintura, separándole las piernas con un lazo en cada muslo que las mantenía abiertas. Yvonne jadeaba. Cada tirón de la seda le enviaba una descarga directa al clítoris.
—Ahora de rodillas otra vez —dijo Marco, y la guió hasta el borde de la cama. Ella se arrodilló, las rodillas abiertas por las ataduras, el culo en alto, la espalda arqueada, las tetas colgando pesadas. Él se puso delante, se bajó la cremallera y sacó la polla gruesa, ya dura, las venas marcadas. —Ábrela. Chúpala. Sin manos. Solo boca.
Yvonne abrió los labios y la tomó. El sabor salado de la piel, el calor, el peso en la lengua. Chupó con hambre, humedeciéndola, empujando hasta que la cabeza le golpeó la garganta. Marco sujetó su pelo y embistió suave al principio, luego más profundo.
—Mírame mientras me chupas la polla, puta. Eso es. Más profundo. Quiero ver lágrimas de esfuerzo en esos ojos.
Ella gimió alrededor del glande, babas escurriéndole por la barbilla. El coño goteaba sobre la alfombra. Cuando él se retiró, un hilo de saliva la unió a él.
—En la cama. Boca abajo, culo arriba.
Marco la ayudó a subirse. Con las muñecas atadas a la espalda y las piernas abiertas por las cuerdas, Yvonne quedó expuesta: el culo redondo, el coño rosado e hinchado, el ano apretado. Él pasó la palma por su espalda, bajó hasta los glúteos y los separó.
—Te miro y se me pone más dura. Pídemelo. Dime exactamente qué quieres.
La voz de Yvonne salió ronca, necesitada. —Discípliname con tu cinturón, Marco. Te lo ruego. Pégame. Márchame el culo. Úsame después. Quiero sentir el cuero, quiero gritar, quiero que me folles mientras aún arda. Por favor. Domíname de verdad.
Marco se quitó el cinturón por completo. El cuero negro, grueso, doblado en su mano. Lo hizo chasquear una vez en el aire. El sonido solo ya hizo que a Yvonne se le contrajera el coño.
—Vas a contar cada golpe. Vas a agradecerme. Y si te corro demasiado lejos, usas la palabra. ¿Entendido?
—Sí, señor —susurró ella, el corazón martilleándole el pecho, el deseo desatado latiéndole entre las piernas abiertas—. Por favor… hazlo.
Él se colocó a un lado de la cama, la mano libre apoyada en la base de su espalda para mantenerla quieta. La punta del cinturón rozó primero la piel sensible de sus nalgas, trazando círculos lentos, provocando. Yvonne temblaba, el aliento entrecortado, anticipando el primer latigazo que aún no caía. El aire de la habitación olía a sexo y a cuero. Marco levantó el brazo, el cinturón tenso, y la dejó esperando un segundo eterno, el cuerpo de ella arqueado y ofrecido, la humedad brillando entre sus muslos abiertos por las sedas.
—Prepárate —murmuró él, la voz cargada—. Esto es solo el comienzo de lo que voy a hacerte en esta casa.
Marco levantó el cinturón y lo dejó caer. El cuero golpeó la nalga derecha de Yvonne con un sonido seco y carnoso. Ella gritó, el ardor blanco recorriéndole la piel al instante.
—Uno —jadeó—. Gracias, señor.
Otro latigazo, simétrico, en la izquierda. La carne tembló. Yvonne apretó los ojos, el coño contrayéndose con cada impacto.
—Dos. Gracias.
Marco no se detuvo. Alternó mano y cinturón: primero la palma abierta, cálida y pesada, que aplastaba la nalga ya sensible; después el cuero, más preciso, dejando bandas rojas que se hinchaban. Cada golpe iba acompañado de su voz baja y dueña.
—Cuenta, mi puta sumisa. Di lo que eres.
—Tres… cuatro… ¡ah! Soy tu puta sumisa —sollozó ella, la saliva escapándole de la comisura—. Gracias por azotarme el culo, señor.
Cinco, seis, siete. El ardor se acumulaba hasta convertirse en un calor vivo que le subía por la espalda y le bajaba directo al clítoris. Las cuerdas en los muslos la mantenían abierta; no podía cerrar las piernas ni aliviar la presión. El coño goteaba sin control, un hilo brillante que bajaba por el muslo interno.
Marco se detuvo solo el tiempo suficiente para deshacer los nudos de las muñecas y de los muslos. Yvonne gimió al sentir la sangre fluir de nuevo. Él la volteó con firmeza sobre la cama king size, la espalda contra las sábanas frescas, y volvió a atarla: muñecas a los postes del cabecero de hierro, tobillos a los de los pies, piernas y brazos abiertos en perfecta águila. Completamente expuesta. Pechos levantados por la respiración agitada, coño hinchado y brillante, culo ya rojo y marcado.
—Así —murmuró él, pasando la mano por las marcas calientes—. Mi puta sumisa abierta para lo que yo quiera. Mírate. No puedes ni taparte.
Yvonne tiró de las sedas; no había escape. El corazón le martilleaba. —Úsame. Por favor.
Marco se subió a la cama, se quitó el resto de la ropa y le puso la polla gruesa contra los labios. —Abre. Voy a follarte la boca hasta que babeees como la zorra que eres.
Ella abrió. Él empujó de un solo golpe hasta la garganta. Yvonne se atragantó, lágrimas saltándole de inmediato, babas escurriéndole por la barbilla y el cuello. Marco sujetó su pelo y embistió con fuerza, sin piedad, el glande golpeándole el fondo una y otra vez. Sonidos húmedos y ahogados llenaron la habitación. Ella tragaba lo que podía, la lengua aplastada, la saliva goteando en hilos largos hasta el pecho.
—Eso es, mi puta sumisa. Chupa más profundo. Quiero verte babeando toda.
Cuando se retiró, un hilo grueso de saliva la unía a él. Yvonne tosió, respirando a bocanadas, la cara roja y brillante. Marco no le dio respiro. Se colocó entre sus piernas abiertas, alineó la polla empapada con su entrada y la penetró de un embiste seco y profundo en misionero. Yvonne gritó, el coño estrechándose alrededor de él, el ardor del culo golpeado mezclándose con el placer brutal de ser llenada.
Él le puso una mano en el cuello, no lo bastante para cortar el aire, solo para sentir el latido bajo los dedos, y folló con fuerza. Cada embestida hacía crujir la cama. Las tetas de Yvonne rebotaban. Él apretaba el cuello justo cuando entraba hasta el fondo, mirándola a los ojos.
—Di quién eres mientras te follo.
—Tu puta sumisa —jadeó ella, la voz rota—. Tuya. Usa mi coño. Más duro, señor, por favor…
Marco aceleró. El sonido de piel contra piel era obsceno. El cinturón yacía a un lado; él lo recogió y le dio dos latigazos cortos en el muslo exterior mientras seguía follándola, recordándole el ardor. Yvonne se arqueó lo que las ataduras permitían, el orgasmo ya construyéndose como una ola pesada.
De repente él se salió, la desató solo de los tobillos y la volteó otra vez. La puso a cuatro, aunque las muñecas seguían sujetas al cabecero; ella quedó con el culo en alto, el pecho apoyado en el colchón, el pelo cayéndole sobre la cara. Marco la penetró de nuevo por detrás, doggy, y le agarró el pelo con fuerza, tirando la cabeza hacia atrás.
—Ahora sí te voy a destrozar, mi puta sumisa.
Empezó a embestir salvaje, profundo, los huevos golpeándole el clítoris con cada embestida. La mano libre caía en azotes firmes sobre las nalgas ya rojas, el sonido seco mezclado con el chapoteo húmedo de su coño. Tirones de pelo, azotes, embestidas. Yvonne gritaba sin contención, el placer y el control total alternándose hasta que ya no sabía dónde terminaba el dolor dulce y empezaba el éxtasis.
—Vas a correrte cuando yo diga —ordenó él, la voz ronca—. Ahora. Jódete en mi polla y córrete gritando mi nombre.
Yvonne se deshizo. El orgasmo la atravesó como un latigazo interno; el coño se contrajo en espasmos violentos alrededor de la polla de Marco, el grito le salió largo y desgarrado: —¡Marco… joder, Marco!
Él la siguió en segundos, enterrado hasta el fondo, gruñendo su nombre mientras se corría a chorros calientes dentro de ella, las caderas sacudiéndose. Ambos temblaban, el aire de la habitación denso a sexo y cuero y sudor.
Después del intenso clímax, Marco se salió con cuidado. Desató las muñecas de Yvonne con dedos precisos, masajeó los surcos rojos que habían dejado las sedas, y la reunió contra su pecho. Ella temblaba todavía, el cuerpo blando y usado de la mejor manera. Él alcanzó la botella de agua de la mesilla, le acercó el cuello a los labios y la hizo beber a sorbos lentos mientras le acariciaba el pelo pegado de sudor.
—Lo has hecho perfecta —susurró contra su sien, la voz ya suave, dueña de otra forma—. Mi puta sumisa valiente. Tan hermosa abriéndote así. Tan buena tomando todo lo que te di. Estoy orgulloso de ti.
Yvonne cerró los ojos, el corazón todavía acelerado, y se acurrucó más. El ardor del culo latía agradable; el semen le resbalaba despacio por el muslo. Se sentía vacía y llena a la vez, anclada por sus brazos.
—Quiero repetirlo —murmuró ella, la voz ronca—. En nuestra próxima cita. Todo. Más.
Marco sonrió contra su pelo. —Lo haremos. Cuerdas más largas. El cinturón otra vez. Todo lo que me pidas y todo lo que yo decida. Deseos desatados, Yvonne. Sin límite mientras digas que sí.
Sellaron la promesa con un beso profundo, lento, sabores a saliva y a la intensidad que acababan de compartir. La casa ajena guardaba silencio a su alrededor; solo el latido compartido y el calor de dos cuerpos que ya sabían que volverían a desatarse.
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