Tormenta Que Despertó a la Divorciada

Laura, una divorciada de 42 años, le pide permiso a su cornudo marido Carlos para que el bombero Marco de 38 la folle duro toda la noche.

10 min read September 15, 2026New

La cabaña olía a pino húmedo y a leña recién cortada cuando Laura empujó la puerta con la cadera, arrastrando la maleta. A sus cuarenta y dos años, el cuerpo voluptuoso le pesaba de ganas reprimidas: tetas pesadas que rebotaban bajo el suéter, culo redondo apretado en leggins negros, y esa hambre de divorciada que el matrimonio con Carlos no había saciado del todo. Él, de cuarenta y cinco, entró detrás torpe, tropezando con el umbral y soltando un «joder, casi me mato» que la hizo reír.

—Carlos, cariño, si caes ahora no llegamos ni a la chimenea —bromeó ella, y él se sonrojó como un colegial, ajustándose los pantalones donde ya empezaba a notarse algo.

La tormenta llegó sin avisar. Truenos que sacudían los cristales, lluvia que convertía el camino en barro. Estaban incomunicados: ni móvil, ni luz estable, solo la chimenea crepitando. Laura se había quitado el suéter y lucía un top ceñido que marcaba los pezones duros por el frío. Carlos observaba, manso, mientras abría una botella de vino tinto con más fuerza de la necesaria y se manchaba la camisa.

Fue entonces cuando alguien golpeó la puerta. Tres golpes firmes. Laura abrió y se topó con Marco: treinta y ocho años, bombero del pueblo cercano, empapado hasta los huesos, camiseta blanca pegada al pecho musculoso, hombros anchos, barba de tres días y esa sonrisa segura que prometía problemas deliciosos. El agua le chorreaba por el cuello y le dibujaba los abdominales.

—Perdón… la tormenta me pilló de camino. Soy Marco, vivo en la cabaña de al lado. ¿Puedo…?

Laura lo miró de arriba abajo y sintió un calor subirle entre las piernas. Carlos, detrás, notó la mirada de su mujer y algo se le revolvió en la entrepierna: celos y una humillación excitante que lo dejó tieso al instante.

—Pasa, por Dios —dijo ella, casi jadeando—. Te vas a congelar. Carlos, trae toallas.

Marco entró, se sacudió el agua y aceptó la toalla. Mientras se secaba el pelo, sus ojos no se apartaban de las curvas de Laura. Ella le alcanzó una copa de vino y sus dedos rozaron.

Junto a la chimenea, las risas fluyeron con el segundo vaso. Marco se sentó en el sillón grande, piernas abiertas, y hablaba de incendios y rescates con esa voz grave que hacía que Laura se retoriera en el sofá.

—Joder, Laura —dijo él sin rodeos, mirándole el escote—, ese cuerpo no es de mujer que se quede en casa bordando. Esas curvas… parecen hechas para agarrarlas fuerte. Y esa risa… me la imagino gritando otra cosa.

Carlos se atragantó con el vino. Laura soltó una carcajada nerviosa y “accidentalmente” dejó que su rodilla rozara el muslo húmedo de Marco. El contacto fue eléctrico. Ella se lamió los labios.

—Eres un descarado —respondió, voz ronca—. Pero no te equivocas. Llevo demasiado tiempo… digamos… en modo diésel. Y tú llegas oliendo a hombre de verdad.

Carlos estaba rojo hasta las orejas. Su polla latía contra el pantalón, traicionera. Observaba cómo Marco le rozaba el brazo a su mujer, cómo ella se inclinaba enseñando más pecho, cómo el bombero le susurraba algo al oído que la hizo soltar un gemido bajito. La humillación le sabía a miel caliente. Quería protestar, pero la excitación lo callaba.

La tensión creció hasta que Laura se levantó, se plantó delante de Carlos y le tomó la cara con las dos manos. Su voz salió clara, excitada, sin vergüenza:

—Carlos… quiero que Marco me folle. Toda la noche. Duro. ¿Me das permiso, mi cornudo guapo?

El silencio solo lo rompió el crepitar del fuego. Carlos tragó saliva, la polla doliéndole de lo dura que estaba, y asintió con un hilo de voz:

—Sí… sí, hazlo. Quiero… quiero verlo. Por favor.

Laura le dio un beso rápido en la frente, casi paternal, y se giró hacia Marco con una sonrisa depredadora.

—Entonces ven aquí, bombero.

Se arrodilló entre las piernas de Marco. Le bajó el cierre con ansia, liberando una verga gruesa, venosa, ya semidura y que se endureció del todo al aire caliente de la chimenea. Laura la miró con hambre, le pasó la lengua por la cabeza salada y luego se la metió entera hasta la garganta, chupando con ruidos obscenos, babas cayéndole por la barbilla mientras le sostenía la mirada a Marco.

—Joder, qué puta más golosa —gruñó él, agarrándole el pelo—. Tu marido se está tocando, ¿lo ves?

Carlos, desde el sillón, se había bajado los pantalones y se masturbaba despacio, rojo de vergüenza y de placer. La escena lo tenía hipnotizado: su mujer de cuarenta y dos años, la divorciada voluptuosa, tragándose la polla de un bombero de treinta y ocho como si le fuera la vida.

Marco la levantó, la tumbió en la alfombra frente al fuego y le arrancó los leggins y las bragas de un tirón. El coño de Laura estaba chorreando. Él se acomodó entre sus muslos, le abrió las piernas y se la embistió de una sola estocada profunda en misionero. Laura gritó, uñas clavándose en la espalda ancha del bombero.

—¡Ah, sí, así! ¡Más fuerte!

Marco la follaba con golpes secos, caderas chocando, tetas rebotando. Luego la volteó a cuatro patas, le agarró las caderas y la embistió aún más profundo, el sonido de piel contra piel llenando la cabaña.

—Toma, puta divorciada insaciable —jadeaba él—. Tu marido es un cornudo patético mirándonos. ¿Verdad, Carlos? Dile lo que eres.

Carlos, masturbándose más rápido, balbuceó:

—Soy… un cornudo. Mírala cómo se corre con otra polla…

Laura miraba a su marido por encima del hombro mientras Marco la martilleaba, y gimió:

—Sí, míralo, Carlos. Un hombre de verdad me está abriendo el coño. ¡Ahhh!

Se corrió la primera vez temblando, fluidos resbalándole por los muslos. Marco no paró. La sentó a horcajadas encima de él, cowgirl, y ella empezó a cabalgar con furia, tetas pesadas en las manos grandes del bombero que las apretaba y pellizcaba los pezones.

—¡Apriétamelas! ¡Sí! —gritaba Laura, rebotando, el clítoris frotándose contra la base gruesa—. Carlos, mírame. Míra cómo un macho de verdad me hace correrme otra vez. Eres un patético, mi amor, pero me encanta que veas esto… ¡ah, me vengo otra vez!

Se corrió la segunda, contrayéndose alrededor de la polla de Marco, y luego la tercera cuando él le dio una palmada en el culo y la llamó otra vez «divorciada puta». Carlos se corrió en su propia mano con un gemido ahogado, viendo a su mujer montar al bombero como si no existiera mañana.

El fuego seguía crepitando. Fuera, la tormenta no amainaba. Laura, todavía empalada, sudorosa y sonriente, se giró hacia Carlos con los ojos brillantes de lujuria no saciada.

—Todavía no hemos terminado, cornudo…

Laura no bajó de la polla de Marco. Siguió rebotando con esa sonrisa de gata que ha pillado el ratón más gordo del bosque, las tetas pesadas de cuarenta y dos años golpeándole el pecho al bombero mientras el fuego les pintaba la piel de naranja. Carlos, todavía con la mano pringada de su propio corrimiento, intentó subirse los pantalones y falló de forma patética, tropezando con la propia vergüenza.

—Quédate ahí quietecito, cornudo guapo —le ordenó ella entre jadeos, sin perder el ritmo—. Quiero que veas cómo me la como otra vez. Marco, ¿me la das por detrás otra vez? Que este se haga una paja mental de las buenas.

Marco rio con esa voz grave de hombre que apaga incendios y enciende coños. La levantó como si no pesara, la puso a cuatro de nuevo sobre la alfombra de piel falsa y se la clavó de un tajo hasta el fondo. El golpe seco de caderas contra culo maduro llenó la cabaña junto al trueno de fuera.

—Joder, Laura, este coño divorciado me aprieta como si quisiera robarme el alma —gruñó él, agarrándole las caderas con fuerza de manguera a presión—. Carlos, mírala. Tu mujer es una puta profesional. Dile lo que eres otra vez, pero más alto, que se oiga por encima de la tormenta.

Carlos, rojo hasta las orejas y con la polla ya semi-dura de nuevo (traidora de mierda), se pasó la mano limpia por la cara.

—Soy… un cornudo patético —balbuceó—. Un marido que… que le gusta ver cómo un bombero le destroza el coño a su mujer. Hostia, Laura, qué cara de felicidad tienes…

Laura soltó una carcajada que se convirtió en gemido cuando Marco le dio una palmada sonora en el culo izquierdo.

—¡Más fuerte, Carlos! Grita que eres mi puto cornudo mientras me follan. Y tú, Marco, no pares. Quiero que me dejes coja hasta el lunes.

El bombero obedeció. La embistió con golpes largos y brutales, sacándola casi entera y clavándosela hasta que los huevos le golpeaban el clítoris hinchado. Laura miraba a Carlos por encima del hombro, los ojos brillantes, la boca abierta en una mueca de placer exagerada a propósito.

—¿Ves esto, cariño? Esta polla gruesa me llega donde la tuya nunca… ¡ah, joder! Me está abriendo. Siento cómo me remueve las tripas. Eres un inútil delicioso, mi amor. Sigue tocándote. Quiero verte correrte otra vez mientras me llenan.

Carlos se bajó los pantalones otra vez, ya sin dignidad, y se masturbó con la mano sucia, humillado y tieso a partes iguales. El contraste le resultaba hilarante hasta a él: allí estaba su mujer de leggins arrancados, el top subido hasta el cuello, las tetas colgando y rebotando, montada al revés por un tío que olía a humo y a victoria, mientras él se corría como un adolescente mirando porno prohibido.

Marco la volteó sin sacársela, la puso de lado, le levantó una pierna y siguió martilleándola en esa posición que le dejaba verlo todo a Carlos: la verga venosa entrando y saliendo brillante de jugos, el culo redondo temblando, el coño de Laura abriéndose y cerrándose alrededor como si aplaudiera.

—Eres una máquina, divorciada —jadeó Marco—. Cuarenta y dos años y follas mejor que las de veinte. Carlos, ¿nunca le has dado así? Porque esta se viene a chorros.

Laura se corrió la cuarta vez con un grito ronco, el cuerpo entero convulsionando, un hilo de líquido resbalándole por el muslo hasta la alfombra. Marco no paró. La sentó a horcajadas de nuevo, pero esta vez de espaldas a él, enfrentada a su marido, y la hizo cabalgar en reverse cowgirl mientras le pellizcaba los pezones duros.

—Míralo a los ojos mientras te corro dentro —ordenó el bombero—. Dile lo bien que te la estoy metiendo.

Laura obedeció, bajando y subiendo con furia, las nalgas chocando contra el abdomen marcado de Marco, el clítoris frotándose contra la base gruesa. Miró a Carlos y le sacó la lengua, cómica y obscena a la vez.

—Cariño… me la está dando tan rico que se me olvidan hasta tus calcetines con agujeros. ¡Ah, sí, así, profundo! Soy tu puta divorciada y me encanta que me mires. Eres el mejor cornudo del mundo. ¡Me vengo otra vez, joder!

Se contrajo alrededor de Marco con fuerza, y el bombero gruñó, le agarró las caderas y empezó a embestir hacia arriba como un pistón. Laura gritaba risas entremezcladas con gemidos, sudor corriéndole entre las tetas, el pelo pegado a la frente.

—Vas a correrme dentro, ¿verdad? —jadeó ella—. Lléname. Quiero que Carlos vea cómo me goteas después. Quiero caminar mañana con tu leche resbalándome por las piernas mientras él me trae el café.

Carlos se corrió por segunda vez con un quejido ahogado, salpicándose la camisa manchada de vino. Estaba exhausto, felizmente destruido, y aún así no apartaba la vista.

Marco la tumbó de espaldas otra vez, le puso las piernas sobre los hombros anchos y se la folló en profundidad absoluta, el ángulo perfecto para rozarle ese punto que la hacía ver estrellas. Laura arañaba la alfombra, reía entre gritos, y miraba a su marido con ternura perversa.

—Última, cornudo… mírame correrme con su leche. ¡Dámela, Marco! ¡Relléname, bombero de mierda rico!

Marco apretó los dientes, embistió tres veces más brutales y se corrió con un rugido, inundándola a chorros calientes, pulsando dentro de ella mientras Laura se venía la sexta vez, temblando, el coño contrayéndose y ordeñándolo. Se quedaron así un momento, unidos, respirando agitados, el fuego crepitando como un testigo cómplice.

Laura se bajó despacio, la polla de Marco saliendo con un sonido obsceno y un hilo grueso de semen blancuzco resbalándole por el muslo interno hasta la rodilla. Se puso de rodillas, le limpió la verga con la lengua de forma juguetona, tragando lo que quedaba, y luego se arrastró hasta Carlos. Le besó la frente otra vez, le lamió un poco de su propio corrimiento de los dedos con sorna, y se acurrucó entre los dos hombres, sudorosa, satisfecha y todavía con hambre en los ojos.

—Bueno… —suspiró ella, divertida—. Eso sí que ha sido una tormenta de verdad. Marco, te has ganado la cama grande esta noche. Carlos, tú al sofá de cornudo VIP. Trae más vino cuando recuperes las piernas.

Marco se rio, se pasó la mano por la barba y miró a Laura con complicidad mientras Carlos, agotado y sonriente de forma idiota, asentía como un perrito.

—Como digas, jefa —contestó el bombero—. Aunque la tormenta… ya sabes.

Fuera el viento aullaba menos. Dentro, Laura se estiró, dejó que la leche de Marco le manchara un poco más el muslo a propósito para que Carlos lo viera, y cerró los ojos con una sonrisa pícara. Carlos no sabía que ella había llamado a Marco esa misma mañana, antes incluso de que el cielo se nublara, para pedirle exactamente esto: que “se perdiera” cerca de la cabaña en cuanto empezara a llover. La tormenta había sido real, sí… pero la coincidencia, no. Y ella pensaba repetirlo cada fin de semana que hiciera falta.

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