Nieve y Vapor con la Madre de su Mejor Amigo
Javier, de 24 años, se folla salvajemente en la sauna a Fiona, la voluptuosa MILF de 46 años y madre de su mejor amigo.
La carretera de montaña se estrechaba entre paredes de nieve compacta cuando Javier giró el volante del coche alquilado por última vez. Veinticuatro años, recién salido de la facultad de ingeniería, el cuerpo todavía marcado por las noches de estudio y las mañanas de gimnasio: hombros anchos, muslos firmes, una barba de tres días que le daba un aire de hombre hecho. El GPS parpadeó. Había llegado.
La cabaña de los Vargas se alzaba entre pinos cargados de blanco, madera oscura, ventanales enormes y una chimenea que ya echaba humo gris contra el cielo plomizo. Javier aparcó, bajó la maleta y el equipo de esquí, y sintió el frío morderle las mejillas. El silencio de la montaña era absoluto. Ni una sola huella fresca en el porche.
Llamó. La puerta se abrió casi de inmediato.
Fiona Vargas tenía cuarenta y seis años y el divorcio le sentaba como un traje a medida. Cabello castaño con mechas doradas recogido en un moño flojo del que escapaban mechones húmedos, como si acabara de salir de la ducha. Llevaba un jersey de lana gruesa color crema que se ceñía a unos pechos pesados, generosos, el escote dejando ver la sombra profunda del canalillo. Debajo, unos leggings negros marcaban las caderas anchas, el culo redondo y firme de mujer que aún hacía yoga tres veces por semana, y esos muslos gruesos que se rozaban al caminar. Los pies descalzos sobre la tarima caliente. Una sonrisa lenta, casi traviesa, le iluminó el rostro cuando lo reconoció.
—Javier… —su voz era grave, ronca, con ese acento de quien ha fumado algún cigarrillo de más en la vida—. Qué sorpresa más agradable. Emmett me dijo que llegaríais los dos el viernes, pero él… bueno, él se retrasó. Problemas con el vuelo desde Barcelona.
Javier tragó saliva. El mejor amigo, Emmett, no estaba. Solo ella. Solo Fiona. La misma mujer a la que había mirado de reojo durante años en cumpleaños, barbacoas y Navidades, fingiendo que no notaba cómo se le endurecía la polla cada vez que ella se inclinaba a servir la ensalada o se reía con la cabeza echada hacia atrás, enseñando el cuello.
—Hola, Fiona —logró decir, y su propia voz le sonó más grave de lo normal—. Pensé que estaríais los dos. ¿Emmett llega hoy?
Ella se hizo a un lado para dejarlo pasar. El calor de la cabaña lo envolvió de golpe: olor a madera, a café recién hecho, a algo dulce horneándose en el horno. Fiona cerró la puerta tras él y al hacerlo su pecho rozó el brazo de Javier. Un contacto mínimo, casi accidental, que le mandó una corriente directa a las ingles.
—Mañana por la noche, como muy pronto —respondió ella, sin apartarse del todo—. Una tormenta de nieve ha cerrado el aeropuerto de conexión. Así que… seremos solo nosotros dos un par de días. Espero que no te moleste.
Javier dejó la maleta junto al sofá de cuero. La sala era amplia, con vistas a la ladera nevada y un jacuzzi exterior medio tapado por la nieve. Al fondo, la puerta de cristal de la sauna finlandesa, todavía apagada.
—No me molesta —mintió a medias—. Al contrario. Me viene bien desconectar.
Fiona sonrió de lado y se pasó la lengua por el labio inferior, un gesto que Javier había memorizado sin querer. Se acercó a él, le quitó el abrigo con naturalidad y al hacerlo sus dedos rozaron la nuca del chico. La piel de Javier se erizó.
—Estás más… —ella midió con la mirada los hombros, el pecho bajo la camiseta térmica, la forma de la polla que ya empezaba a remarcarse un poco contra el pantalón de esquí—, más hombre. La universidad te ha sentado bien.
—Y a ti el divorcio —soltó Javier antes de poder frenarse.
El silencio que siguió fue espeso, cargado. Fiona no se ofendió. Al contrario: sus pupilas se dilataron un milímetro y una risa baja le vibró en la garganta.
—Directo. Me gusta. Sí… el divorcio me ha sentado de puta madre. Por fin puedo mirar lo que me da la gana sin que nadie me diga que no debo.
La frase quedó flotando entre ellos. Javier sintió cómo se le recalentaba la sangre. Llevaba años reprimiendo fantasías con esta mujer: la boca de Fiona alrededor de su polla, esos pechos rebotando mientras él la follaba contra la encimera, el culo de MILF abriéndose para él. Nunca había cruzado la línea. Emmett era su hermano de otra madre. Pero Emmett no estaba. Y Fiona lo miraba ahora como si pudiera olerle el deseo.
—¿Quieres café? —preguntó ella, girándose hacia la cocina abierta. El movimiento hizo que el jersey se le subiera un poco en la espalda, dejando ver la curva baja de la cintura y el borde de un tanga negro. Javier se maldijo por mirar, y se maldijo más por no poder dejar de mirar—. O algo más fuerte. Tengo whisky. Y la sauna lista para cuando quieras. El vapor quita el frío de los huesos… y otras rigideces.
Él se acercó a la isla de la cocina. Fiona le sirvió un café negro humeante. Sus dedos se rozaron al pasarle la taza. Esta vez el contacto duró un segundo de más. Ella no retiró la mano de inmediato. Javier notó la suavidad de su piel, el anillo de matrimonio ya ausente, solo una marca pálida donde había estado.
—Siempre has sido un buen chico, Javier —murmuró Fiona, mirándolo a los ojos con una intensidad que le removió las tripas—. Demasiado bueno, a veces. Emmett me contaba cómo te matabas a estudiar, cómo rechazabas fiestas… ¿Nunca te has permitido algo prohibido de verdad?
Javier bebió un sorbo para ganar tiempo. El café le quemó la lengua. El calor no era solo del líquido.
—Depende de lo que llames prohibido.
Fiona se apoyó de cadera contra la encimera, cruzando los brazos bajo el pecho y empujándolo hacia arriba. Los pezones se le marcaban bajo la lana, duros por el contraste de temperatura o por otra cosa. Javier no sabía. Quería saberlo.
—Prohibido como follarte a la madre de tu mejor amigo en su propia cabaña mientras él está atrapado en un aeropuerto —dijo ella, tan bajo y tan claro que el aire se le trabó en los pulmones a Javier—. Así de simple. Así de sucio.
El corazón le latía en las sienes, en la garganta, en la polla que ya empujaba contra la cremallera. Fiona no bromeaba. Había una humedad distinta en su mirada, una hambre contenida durante demasiado tiempo. Él dio un paso hacia ella. El espacio entre sus cuerpos se redujo a un palmo. Olía a vainilla y a piel caliente.
—Fiona…
—Shhh. —Ella levantó una mano y le rozó el pecho con la yema de los dedos, dibujando el contorno del pectoral a través de la tela—. No digas nada todavía. Solo… quédate. Observa. Siente. Esta noche hay tormenta. La nieve va a aislarnos del mundo. Y yo llevo meses sin que un hombre joven y duro me mire como me estás mirando tú ahora.
Javier tragó. Su mano, casi por voluntad propia, subió y se posó en la cadera de ella, palma abierta sobre la curva carnosa. Fiona exhaló un suspiro tembloroso y se acercó un milímetro más. Sus pechos rozaron el pecho de él. El roce fue delicioso, torturante.
—Si Emmett se enterara…
—Emmett no se va a enterar de nada que no queramos —susurró ella contra su mandíbula, sin llegar a besarla—. Y yo quiero muchas cosas, Javier. Quiero que me mires mientras me desnudo. Quiero que me digas qué se te pone dura cuando piensas en mí. Quiero que uses esa boca para algo más que hablar educado.
La polla de Javier palpitaba, completamente erecta ahora, marcada sin pudor en el pantalón. Fiona bajó la mirada a propósito, sonrió con lascivia y volvió a alzar los ojos.
—Mira qué bien respondes… Qué rico. Ve a dejar tus cosas en la habitación de invitados. La de al lado de la mía. La puerta no tiene pestillo, por si acaso. Yo prepararé algo de cenar. Y después… quizá encendamos la sauna. El vapor abre los poros. Y otras cosas.
Se separó de él con una lentitud deliberada, rozándole toda la longitud del torso al pasar. Javier se quedó un segundo clavado en el sitio, respirando el perfume que ella había dejado en el aire. Cogió la maleta con manos que le temblaban de ganas y subió las escaleras de madera.
La habitación de invitados olía a sábanas limpias y a pino. Desde la ventana se veía el bosque blanco y la nieve que ya empezaba a caer más espesa. Oyó a Fiona tararear abajo, el ruido de ollas, el chasquido de un vino abriéndose. Se cambió de camiseta, se ajustó la polla dolorida dentro del bóxer y se miró al espejo. Los ojos le brillaban. Estaba jodido. Estaba perdido. Y no quería ser encontrado.
Bajó de nuevo. Fiona había cambiado el jersey por una bata de satén corta, del color del champagne, que apenas le cubría el culo. Al inclinarse sobre la mesa para servir dos platos de pasta, la bata se abrió lo justo para enseñar el borde interno de un pecho pesado, la areola oscura asomando un instante. Javier se sentó enfrente. Las rodillas se les rozaron bajo la mesa. Ninguno apartó la pierna.
Comieron despacio. Hablaron de tonterías —el divorcio, el trabajo nuevo de ella en una galería de arte, los planes de esquí que Emmett se estaba perdiendo— pero cada frase venía cargada de subtexto. Cada “pásame la sal” era un “quiero que me folles”. Cada risa era una caricia anticipada. Cuando Fiona se lamió una gota de salsa de la comisura de los labios, Javier sintió un tirón brutal en las ingles.
—La sauna estará a punto en veinte minutos —dijo ella al final, levantándose y recogiendo los platos. Al pasar a su lado, le acarició el hombro desnudo con los dedos, dejándolos deslizar hasta el bíceps—. Yo voy a darme una ducha rápida. Si quieres… puedes ir preparándote. Toallas en el armario del pasillo. Y Javier…
Se detuvo en el umbral de la escalera, mirándolo por encima del hombro. La bata se le había abierto del todo por delante: pechos pesados, vientre suave, el triángulo negro del tanga y el inicio de los muslos gruesos.
—No te contengas esta vez. Yo tampoco lo haré.
Subió. Javier se quedó solo en el comedor, con la erección latiéndole contra la tela y la certeza de que, antes de que amaneciera del todo la tormenta, iba a tener las manos llenas de la madre de su mejor amigo. El vapor de la sauna ya se filtraba como una promesa caliente desde el fondo de la cabaña. Él se levantó, se quitó la camiseta y caminó hacia allí con el corazón martilleándole las costillas, listo para cruzar la línea que ambos habían trazado en silencio durante años.
Javier empujó la puerta de cristal de la sauna y el calor lo golpeó como una ola espesa. El vapor ya llenaba la cabina de madera de pino, denso, húmedo, impregnado de ese olor a resina caliente que se le pegaba a la piel. Se había quitado todo excepto la toalla blanca anudada a la cintura; la polla le palpitaba debajo, todavía medio dura de la cena, de la bata abierta de Fiona, de la promesa que había dejado colgando en el aire. Se sentó en el banco superior, las piernas abiertas, el sudor empezando a perlarle la frente y el pecho.
No esperó mucho. La puerta se abrió de nuevo y Fiona entró envuelta solo en una toalla del mismo color, anudada justo encima de los pechos. La tela apenas cubría: los pechos pesados empujaban hacia arriba, el canalillo profundo brillaba ya de humedad, y abajo la toalla se le abría al caminar, dejando ver muslos gruesos, la curva interna donde la piel se volvía más suave y el borde del pubis afeitado al ras. Cuarenta y seis años y ese cuerpo de mujer que había parido, que había follado, que sabía exactamente lo que quería. Se sentó frente a él, a un metro escaso, y se pasó una mano por el cuello, recogiendo el cabello húmedo.
—Pensé que no vendrías —dijo con esa voz ronca, mirándolo directo a los ojos—. O que te echarías atrás en el último momento, como el buen chico que siempre has sido.
Javier tragar saliva. El vapor le hacía arder los pulmones.
—Estoy aquí. Tú lo dijiste: no me contengo esta vez.
Fiona sonrió despacio, esa sonrisa lasciva que le conocía de años de miradas robadas. Se inclinó un poco hacia delante y la toalla se le abrió más, lo justo para que un pezón oscuro asomara un segundo antes de que ella lo cubriera con un gesto deliberadamente lento.
—Siempre te he deseado, Javier. Desde que tenías diecinueve y venías a casa a estudiar con Emmett y yo te veía de reojo mientras te cambiabas de camiseta en el jardín. Esos hombros… esa polla que se te marcaba cuando pensabas que nadie miraba. Me masturbaba pensando en ti. Me metía los dedos imaginando que eras tú quien me abría las piernas en el sofá de la sala mientras mi hijo dormía arriba. ¿Te da asco o te pone más duro?
La confesión le cayó encima como un cubo de agua hirviendo. La polla de Javier se puso completamente rígida bajo la toalla, levantándola sin pudor. Él no apartó la mirada.
—Me pone más duro —admitió, la voz grave—. Llevo años follándome la mano pensando en tus tetas, en cómo te gemirías si te las chupara, en ese culo redondo abriéndose para mí. Nunca lo dije. Emmett…
—Emmett no está. Somos nosotros dos, el vapor y esta puta nieve que nos tiene atrapados. —Fiona se pasó la lengua por los labios, secos de calor—. Dime qué quieres hacerme. Sin filtros. Quiero oírlo todo.
Javier se pasó una mano por el pecho sudado, bajó hasta el nudo de la toalla y lo apretó, sintiendo el bulto latirle contra la palma.
—Quiero quitarte esa toalla. Quiero chuparte los pezones hasta que te tiemble la voz. Quiero meterte los dedos en el coño y sentir lo mojada que estás por mí. Y después quiero follarte aquí mismo, contra la madera caliente, hasta que grites mi nombre y se te corra el maquillaje con el sudor. Quiero verte de rodillas chupándome la polla con esa boca de MILF que me ha vuelto loco durante años. ¿Eso es suficientemente explícito?
Fiona exhaló un sonido bajo, casi un gemido. Sus muslos se apretaron un segundo y luego se abrieron un poco más, la toalla subiendo por el movimiento. Ahora se le veía el inicio del coño, los labios hinchados, brillantes de algo que no era solo vapor.
—Más. Sigue. Me encanta oírte hablar así, tan crudo. Siempre fuiste educado delante de mí… ahora no lo seas.
—Quiero correrme dentro de ti. Quiero llenarte el coño y verte goteando mientras te das la vuelta y me pides que te lo meta también por el culo. Quiero marcar esas tetas con la boca, chuparte el cuello, oírte decirme que soy mejor que cualquier hombre que hayas tenido. Incluido el padre de Emmett.
Fiona se rió, grave, y se levantó. Dio dos pasos y se plantó entre las piernas abiertas de Javier. La toalla de él rozaba las suyas. El calor del cuerpo de ella era distinto al del vapor: más denso, más real. Ella levantó una mano y le tocó la mandíbula, el pulgar rozándole el labio inferior.
—Siempre lo supe. Que me mirabas. Que se te ponía dura cuando me inclinaba. Yo también te miraba. Me cambiaba delante de la ventana de tu habitación a propósito, esperando que me vieras. Una vez me toqué el coño en la ducha imaginando tu lengua y me corrí tan fuerte que tuve que morder la toalla para no gritar. Tengo cuarenta y seis años, Javier. Sé lo que quiero. Y te quiero a ti. Ahora. Aquí. Con el vapor abriéndonos los poros y la nieve sellándonos fuera del mundo.
Javier levantó las manos y las posó en las caderas de ella, por encima de la toalla. La piel estaba ardiente, suave, con esa carne abundante que cedía bajo los dedos. Deslizó las palmas hacia arriba, hasta el nudo entre los pechos, y tiró suavemente. La toalla cayó. Los pechos de Fiona se liberaron, pesados, las areolas grandes y oscuras, los pezones duros como piedras. El vientre suave, la cicatriz baja y pálida de cuando parió a Emmett, el coño afeitado, los labios abiertos y brillantes de jugos. El olor de ella se mezcló con el vapor: salado, dulce, a sexo puro.
—Joder, Fiona… —murmuró él, la voz rota.
Ella tomó las manos de Javier y se las llevó a los pechos. Él las apretó, las pesó, rozó los pezones con los pulgares y ella arqueó la espalda, un gemido bajo escapándosele de la garganta.
—Tócalos. Chúpamelos. Haz lo que quieras. Yo también voy a hacer lo que quiera contigo.
Javier se inclinó y atrapó un pezón entre los labios. Lo chupó con fuerza, la lengua girando, los dientes rozando apenas. Fiona se agarró a su pelo húmedo y lo empujó más contra su pecho. La otra mano de él bajó por la cintura, por el vientre, hasta el coño. Dos dedos se deslizaron entre los labios hinchados y encontraron el clítoris hinchado, resbaladizo. Fiona abrió más las piernas y se frotó contra su mano.
—Así… joder, sí. Más abajo. Mételos.
Javier metió dos dedos de golpe. El coño de ella estaba empapado, caliente, apretándose alrededor de él. La folló con los dedos despacio, profundo, sintiendo cómo le goteaba por la muñeca. Con la boca pasó al otro pecho, chupando, mordiendo suave. Fiona se movía contra su mano, los pechos rebotando, el sudor corriendo entre ellos.
—Siempre he querido esto —jadeó ella—. Siempre. Desde que eras un crío de veintitantos mirándome como si quisieras comerme. Ahora tienes veinticuatro y una polla de hombre y vas a usarla conmigo. ¿Verdad?
—Sí —gruñó Javier contra su piel—. Voy a follarte hasta que no puedas caminar. Voy a correrme tan adentro que mañana todavía me sientas cuando Emmett llame.
Fiona se soltó de él un segundo, se agachó y le arrancó la toalla de un tirón. La polla de Javier saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza brillante de precum. Ella la rodeó con la mano, la apretó, la subió y bajó una vez, lenta, mirándolo a los ojos.
—Qué gorda… qué dura. La voy a chupar hasta el fondo. Y después te la vas a meter en mi coño y me vas a dar como si no hubiera un mañana. ¿De acuerdo? Di que sí. Di que quieres follarte a la madre de tu mejor amigo como una puta en celo.
—Sí —contestó él sin dudar, la voz ronca de deseo—. Quiero follarte, Fiona. Quiero que me chupes la polla y después quiero metértela entera y destrozarte el coño con ella. Quiero oírte gemir mi nombre mientras te corro dentro. Cruza la línea conmigo. Ahora.
Ella se arrodilló entre sus piernas, el vapor arremolinándose alrededor de sus cuerpos sudados. La mira que le lanzó desde abajo era pura lujuria consentida, adulta, hambrienta. Su lengua salió y lamió la gota de precum de la punta, saboreándola.
—Entonces cruzamos —susurró contra la cabeza de su polla—. Los dos. Sin marcharnos atrás. Sin culpas hasta que la nieve se derrita.
Javier le agarró el pelo húmedo y la guió un poco más abajo. La boca de Fiona se abrió y lo tomó, caliente, húmeda, profunda. Él echó la cabeza hacia atrás contra la madera caliente, un gemido gutural escapándosele del pecho mientras ella empezaba a chupar de verdad, con ganas, con años de deseo acumulado. El vapor los envolvía. La tormenta aullaba fuera. Y la línea que los había separado durante tanto tiempo se disolvía en saliva, sudor y el sonido obsceno de una MILF de cuarenta y seis años mamándole la polla al mejor amigo de su hijo en la sauna de la cabaña familiar.
El vapor se arremolinaba más denso alrededor de sus cuerpos cuando Fiona abrió más la boca y se tragó la polla de Javier hasta la raíz. La glande empujó contra su garganta y ella no retrocedió: tragó, babas espesas resbalándole por la barbilla y cayendo en hilos brillantes sobre sus pechos pesados. Javier gruñó, los dedos enredados en el pelo húmedo de ella, guiándola sin fuerza porque no hacía falta. Fiona chupaba con ansia de años, lengua plana lamiendo la vena gruesa en la subida, labios apretados en la bajada, gluglú obsceno cada vez que la tomaba entera. El calor de la sauna le hacía sudar la frente, gotas que se mezclaban con la saliva que le embadurnaba la cara.
—Joder, Fiona… así, trágatela toda —jadeó él, la voz rota, caderas empujando apenas hacia arriba—. Qué puta boca de MILF… llevo años soñando con esto.
Ella soltó la polla con un sonido húmedo, un hilo de baba uniendo sus labios a la punta roja y brillante, y miró hacia arriba con los ojos entrecerrados de placer.
—Sabe a hombre joven y duro. Me la como entera porque me vuelve loca. ¿Quieres correrte en mi garganta ahora o prefieres destrozaarme el coño primero?
Javier no respondió con palabras. La levantó del suelo como si no pesara, la sentó a horcajadas sobre el banco de madera caliente y le abrió las piernas de un tirón. Los muslos gruesos de Fiona cedieron, el coño hinchado y chorreante expuesto del todo, labios abiertos, clítoris hinchado palpitando. Él se arrodilló un segundo entre ellas, lamió una raya larga desde el agujero hasta el botón y luego se incorporó, alineó la polla gruesa y se la metió de un solo embiste profundo. Fiona gritó, la espalda arqueándose contra la madera, pechos pesados rebotando con el golpe.
—¡Ah, joder, Javier! Entéra… métela toda, no te contengas.
Él la folló en misionero con fuerza bruta, caderas golpeando contra las suyas, el banco crujiendo bajo ellos. Cada embestida sacaba un chapoteo obsceno del coño empapado de ella. Javier se inclinó y atrapó un pezón oscuro entre los labios, chupándolo con avidez mientras empujaba más hondo. La teta era grande, pesada, la carne suave llenándole la boca; la succionó fuerte, dientes rozando, lengua girando, y pasó a la otra sin soltar el ritmo de la polla. Fiona se agarró a sus hombros sudados, uñas clavándose, gimiendo sin freno.
—Sí, chúpamelas… así, duro. Me las estás chupando como un puto animal. Más fuerte, fóllame más fuerte. Quiero sentirla hasta el fondo del útero.
Javier aceleró, el vapor haciendo que el sudor les resbalara entre los cuerpos pegados. Pensaba en Emmett, en lo prohibido, y eso solo le endurecía más la polla dentro de ella. El coño de Fiona se contraía alrededor, caliente, baboso, chupándole la verga con cada retirada. Él soltó un pecho para mirarla a la cara: mejillas sonrojadas, boca abierta, ojos vidriosos de lujuria pura.
—Eres la puta más rica que he follado nunca —gruñó contra su pecho, volviendo a morder el pezón—. La madre de mi mejor amigo… y me tienes el coño chorreando por mí. Dilo. Dime que te encanta que te folle así.
—Me encanta… ¡me encanta que me folles como una zorra! Tu polla es más gruesa que la de cualquiera que me haya metido. Sigue, no pares… me voy a correr si me chupas así las tetas.
Él cambió el ángulo, levantándole un muslo contra el pecho para penetrar más profundo, y siguió chupando, lamiendo el sudor del canalillo, mordiendo la carne blanda hasta dejar marcas rojas. Fiona temblaba, el orgasmo cerca, pero Javier no la dejó terminar aún. Sacó la polla de golpe —ella gimió por la pérdida— y la giró sobre el banco como un muñeco de carne. La puso a cuatro patas, rodillas abiertas sobre la madera caliente, culo redondo y alto ofrecido. Le dio una nalgada seca que resonó en la cabina, la carne temblando, y luego otra más fuerte. Fiona empujó el culo hacia atrás, pidiendo.
—Otra… pégame otra. Trátame como tu puta. Tírame del pelo y métela.
Javier le agarró el moño húmedo con una mano, tiró hacia atrás hasta que ella arqueó el cuello, y con la otra se guió. La polla se hundió de un embiste salvaje hasta las bolas. Fiona aulló de placer, el sonido ahogado por el vapor. Él la folló por detrás sin piedad, caderas golpeando el culo carnoso, nalgadas alternadas con tirones de pelo. Cada embestida hacía que los pechos pesados de ella colgaran y rebotaran bajo su cuerpo, pezones rozando la madera.
—¡Más duro, Javier! ¡Rómpeme el coño! Soy tu puta, la puta de cuarenta y seis años que se deja follar por el amigo de su hijo… ¡dámela toda!
Él le soltó el pelo solo para agarrarle las caderas con ambas manos y clavar más hondo, el sonido de piel contra piel húmeda llenando la sauna junto a los gemidos desesperados de ella. Pensaba en lo mojada que estaba, en cómo el jugo le resbalaba por los muslos y le salpicaba los huevos. Fiona empujaba hacia atrás al encuentro de cada embestida, el culo ondeando, pidiendo más como la zorra que había confesado ser.
—Gime más alto —ordenó él, dándole otra nalgada que dejó la marca de su mano—. Quiero oírte. Dime qué necesitas.
—Necesito que me corras dentro… ¡no, espera, primero hazme correr a mí! ¡Ahí, ahí mismo! No pares, no pares, me estoy…
El orgasmo la golpeó como un tren. Fiona gritó su nombre a pleno pulmón, el cuerpo convulsionando, coño apretándose en espasmos violentos alrededor de la polla de Javier.
—¡Javier! ¡Javier, me corro, me corro contigo follándome el culo! ¡Joder, sííí!
Él la sostuvo mientras ella temblaba, sin dejar de embestir a través del clímax, alargándolo, sintiendo cómo le exprimía la verga. El vapor les quemaba los pulmones. Fuera, la tormenta seguía aullando, sellándolos. Cuando las contracciones de ella aflojaron un poco, Javier se inclinó sobre su espalda sudada, le mordió el hombro y susurró contra su oreja, todavía duro como el acero dentro de ella:
—Todavía no he terminado contigo, Fiona. Queda mucha noche. Y esa nieve no se va a derretir hasta que yo diga.
Ella rió entre jadeos, el culo aún empujando hacia atrás, buscando más, la tensión del deseo lejos de agotarse.
Javier no aflojó el ritmo. Con las manos clavadas en las caderas anchas de Fiona, la embistió más profundo, el vapor espeso haciendo que el sudor les resbalara en hilos calientes entre la piel y la madera. El culo redondo de ella rebotaba contra su pelvis con cada golpe, las nalgas ya rojas de las palmadas anteriores. Fiona gemía sin freno, la voz ronca y rota, empujando hacia atrás para tragársela entera.
—Más… joder, Javier, no pares. Quiero sentirte hasta el fondo cuando te corras —jadeó ella, la cara girada contra el banco, el pelo húmedo pegado a las mejillas.
Él se inclinó sobre su espalda sudada, le mordió el hombro y metió una mano por debajo para frotar el clítoris hinchado. El coño de Fiona se contrajo al instante, baboso, apretándole la polla como si quisiera ordeñarla. Javier gruñó, los huevos tensos, el placer subiendo como lava.
—Juntos —ordenó contra su oreja—. Te vas a correr conmigo dentro. Ahora.
Aceleró. Las embestidas se volvieron salvajes, cortas, brutales. Fiona gritó su nombre cuando el orgasmo la partió en dos: el cuerpo entero le tembló, el coño en espasmos violentos que exprimían la verga de Javier sin piedad. Él no aguantó. Con un rugido gutural se enterró hasta las bolas y se corrió en chorros calientes, profundos, llenándola mientras las contracciones de ella le ordeñaban hasta la última gota. El vapor arremolinaba el olor a sexo, a semen y a jugos de ella. Se quedaron así, pegados, jadeando, el corazón martilleándoles las costillas.
Pasaron largos segundos antes de que Javier se retirara despacio. La polla salió brillante, todavía semidura, un hilo espeso de semen uniéndola al coño abierto y goteante de Fiona. Ella se derrumbó de lado en el banco, las piernas temblando sin control, los pechos pesados subiendo y bajando con la respiración agitada. El orgasmo aún le sacudía el vientre en oleadas suaves.
Javier se sentó junto a ella, la espalda contra la madera caliente, el pecho ardiendo. Fiona se movió entonces. Todavía temblando de placer, se deslizó hasta quedar de rodillas entre sus muslos abiertos. Sin decir nada, tomó la polla gruesa y resbaladiza con ambas manos y la acercó a su boca. La lengua salió lenta, lamiendo desde la base hasta la punta, recogiendo el semen mezclado con sus propios jugos. Chupó con delicadeza, limpiando cada rastro, saboreándolo, los labios hinchados y brillantes. Javier exhaló un suspiro profundo, los dedos enredándose en el pelo húmedo de ella mientras ella lo dejaba impecable, limpio, todavía sensible.
Cuando terminó, Fiona levantó la vista. Los ojos vidriosos de placer se encontraron con los de él. Se incorporó un poco, se acercó a su oído y le susurró con esa voz grave, ronca de gemidos:
—Esto será nuestro secreto cada vez que Emmett no esté. Cada tormenta, cada fin de semana que él se vaya… vendrás y me follarás así. En la sauna, en mi cama, donde sea. ¿Me oyes? Solo nuestro.
Javier la miró. Fiona le sostuvo la mirada, una sonrisa lenta y cómplice curvándole la boca. Él le acarició la mejilla con el pulgar, sintiendo el calor de su piel. Ambos sabían, en ese instante de vapor y silencio, que la aventura de nieve y cuerpos pegados apenas acababa de empezar. La complicidad era densa, casi tangible: años de miradas reprimidas convertidos en esto, en semen dentro de ella y baba en su polla.
Se abrazaron un momento más. Fiona se acurrucó contra su pecho, todavía con temblores residuales en los muslos. Javier le besó la frente, el salado del sudor en los labios. Fuera, la tormenta seguía aullando contra los ventanales, sellándolos del mundo. Dentro, solo el goteo del vapor y sus respiraciones sincronizándose poco a poco.
Pero algo se torció.
Mientras el calor de la sauna empezaba a pesarle en los párpados y el semen de él se enfriaba pegajoso entre los muslos de Fiona, Javier sintió un nudo frío formándose en el estómago. No era el cansancio. Era la imagen de Emmett: la risa del mejor amigo, las cervezas compartidas, las confidencias de madrugada sobre chicas y futuros. Emmett, que lo llamaba hermano. Emmett, cuya madre tenía ahora el coño lleno de él y la boca sabiendo a su corrida.
Fiona murmuró algo dulce contra su pecho, ya casi adormilada de placer, planeando en voz baja la próxima vez. Javier asintió en silencio, pero la complicidad se le atragantó. La polla, limpia y satisfecha, ya no latía con la misma urgencia. Solo quedaba un vacío raro, una duda que crecía con cada segundo que la nieve caía afuera. ¿Qué coño habían hecho? ¿De verdad creía que podría mirar a Emmett a la cara después de esto? ¿Que el secreto aguantaría cuando el hijo volviera y abrazara a los dos sin saber nada?
Fiona se incorporó un poco, buscó sus labios para un beso lento y lascivo, todavía temblando. Él respondió, pero el sabor de ella ya no sabía solo a victoria. Sabía a traición dulce y irreversible. Cuando se separaron, Javier miró hacia la puerta de cristal empañada, hacia la cabaña que olía a hogar de su mejor amigo. La aventura apenas empezaba, sí. Y por primera vez desde que entró en la sauna, deseó que la nieve se derritiera más rápido de lo que había pedido.
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