Fugaz Deseo entre Carritos y Luces

En el supermercado 24 horas, la MILF Renata de 42 años se folla con ganas al repartidor Emmett de 24 en el almacén.

28 min read September 09, 2026New

En el supermercado abierto las veinticuatro horas, las luces fluorescentes parpadeaban con un zumbido constante sobre los pasillos desiertos. Renata, una divorciada de cuarenta y dos años con curvas generosas que atraían miradas sin esfuerzo, empujaba su carrito con lentitud. Sus caderas anchas se balanceaban bajo la falda negra ajustada que apenas contenía sus nalgas redondas y firmes. La blusa ligera se tensaba sobre sus tetas grandes y pesadas, y el escote dejaba ver el valle profundo entre ellas. Después del divorcio había descubierto el placer de coquetear sin vergüenza, y esa noche, sola en casa con insomnio, había decidido salir a comprar tonterías solo para sentir el roce de la vida.

Al doblar la esquina del pasillo de conservas, se topó de frente con Emmett. El repartidor de veinticuatro años cargaba una caja pesada sobre su hombro, y su uniforme gris se pegaba a los músculos marcados de los brazos y el pecho ancho. Era descarado, de mandíbula fuerte y ojos oscuros que recorrían sin disimulo el cuerpo de una mujer. Sus miradas se cruzaron como un chispazo. Renata sintió un calor inmediato entre los muslos, un latido traicionero que le humedeció las bragas. «Joder, qué joven tan follable», pensó ella, notando cómo los bíceps de él se hinchaban bajo la tela. Emmett, por su parte, se detuvo un segundo de más. Esa madura tenía carne donde a él le gustaba agarrar: tetas que rebotarían con fuerza y un culo hecho para ser azotado. El deseo fue mutuo e instantáneo, crudo, sin adornos.

Pasaron uno al lado del otro en el estrecho pasillo. El carrito de Renata rozó la cadera de Emmett, y luego fue el brazo de él el que rozó deliberadamente el pecho de ella. El contacto fue eléctrico. Renata sintió el calor del cuerpo joven contra su piel y soltó un suspiro suave que no disimuló. Él inhaló su perfume mezclado con el olor natural de hembra excitada. Ninguno ocultó lo que sentía. Las miradas se sostuvieron: la de ella, hambrienta y coqueta; la de él, directa y depredadora. El supermercado estaba casi vacío a esa hora, solo el cajero lejano y el zumbido de las neveras. El aire entre los estantes parecía cargado de electricidad estática.

Renata siguió avanzando, pero su pulso se había acelerado. Sentía los pezones duros rozando la tela del sostén y un cosquilleo insistente en el coño. Emmett dejó la caja en el suelo y se giró para observarla sin disimulo. Cuando ella se detuvo frente a una estantería alta, fingiendo buscar algo, supo que era su momento. La tensión sexual ya era insoportable, como un cable a punto de romperse.

—Oye, guapo —dijo Renata con voz ronca y juguetona, girándose hacia él—. ¿Me echas una mano? No llego a esas latas de arriba.

Emmett se acercó sin decir nada al principio. Se colocó justo detrás de ella, más cerca de lo necesario. Su pecho presionó contra la espalda de Renata y, cuando estiró el brazo para alcanzar el producto, su entrepierna dura y caliente se pegó contra las nalgas de ella. La polla gruesa de Emmett, ya medio erecta, quedó atrapada entre las curvas de su culo. Renata sintió claramente cómo latía y se hinchaba contra la tela fina de su falda. Un gemido bajito se le escapó.

—Vaya… qué fuerte te sientes —murmuró ella con una sonrisa pícara, sin apartarse ni un centímetro. Movió las caderas muy ligeramente, frotándose contra esa verga prometedora—. Tienes un cuerpo que da ganas de probar.

Emmett soltó una risa baja y grave, sin retirar la presión. Su aliento cálido le rozó la oreja.

—Y tú tienes un culo que me está poniendo la polla como una piedra, Renata. Desde que te vi empujando ese carrito supe que querías que te follaran como se debe.

Ella giró la cabeza lo suficiente para mirarlo a los ojos. La confesión abierta la excitó aún más. No había juegos, no había disimulos. Solo deseo puro.

—Me encanta que seas tan directo —susurró ella, sintiendo cómo su coño se mojaba más—. Yo también te deseo, Emmett. Quiero sentir esa polla gruesa abriéndome entera. Ahora.

La mirada de Renata fue una invitación descarada. Sin decir más, soltó el carrito y caminó hacia el fondo del supermercado, contoneando las caderas con descaro. Emmett la siguió como un animal en celo, dejando la caja olvidada. Atravesaron la puerta de “Solo personal” que daba al almacén trasero. El lugar estaba semioscuro, iluminado solo por unas luces fluorescentes que parpadeaban con irregularidad. Había carritos apilados, estanterías metálicas llenas de mercancía y el olor a cartón y limpiador. El espacio era estrecho, íntimo, peligroso. Perfecto.

Nada más cruzar la puerta, Renata se arrodilló con hambre. Sus rodillas tocaron el suelo frío mientras sus manos expertas bajaban la cremallera del uniforme de Emmett. Sacó la polla gruesa y venosa que ya estaba completamente dura. Era grande, pesada, con una cabeza hinchada y brillante de precum.

—Joder, qué polla tan rica tienes —murmuró ella antes de abrir la boca y tragársela hasta el fondo.

Emmett gruñó, agarrándola del pelo. Renata lo chupó con ganas, sin vergüenza. Sus labios carnosos se estiraban alrededor del grosor mientras bajaba y subía la cabeza, tragando casi toda la longitud. La saliva le corría por la barbilla, goteando sobre sus tetas. Lo miraba a los ojos desde abajo, con esa mirada de MILF viciosa que decía “fóllame la garganta”. Emmett empujaba las caderas, follándole la boca con movimientos cortos y profundos. El sonido húmedo de arcadas controladas y gemidos llenaba el almacén.

—Así, mamita… trágatela toda. Tienes una boca hecha para esto —gruñó él.

Pero Renata quería más. Se levantó, se limpió los labios con el dorso de la mano y lo miró con los ojos brillantes de lujuria.

—Fóllame ya, Emmett. No aguanto más.

Él la levantó como si no pesara nada, demostrando esa fuerza que tanto le había gustado a ella. La empujó contra una estantería metálica. Las luces parpadeantes les daban un aspecto casi irreal. Le subió la falda hasta la cintura, le arrancó las bragas de un tirón y metió dos dedos en su coño empapado. Estaba chorreando.

—Estás empapada, puta rica —dijo él con crudeza.

Renata jadeó cuando sintió la cabeza gruesa de la polla abrirle los labios vaginales. Emmett la penetró de pie con una embestida brutal, metiéndosela hasta el fondo de un solo golpe. Ella soltó un grito ahogado de placer.

—¡Sí! ¡Así! ¡Fóllame fuerte!

Las estanterías temblaron mientras él la taladraba con embestidas salvajes. Sus tetas rebotaban dentro de la blusa. Emmett metió una mano dentro del escote, sacó una teta y la apretó con fuerza, pellizcándole el pezón. Renata le clavaba las uñas en los hombros, gimiendo sin control. El sonido de carne contra carne era obsceno, húmedo, resonando entre los carritos apilados.

Luego él la giró, la dobló sobre un carrito metálico frío. La falda subida hasta la cintura dejaba su culo redondo completamente expuesto. Emmett le dio una nalgada fuerte que dejó la marca roja de su mano.

—¿Esto es lo que querías, Renata? ¿Que un joven te folle como una perra en el almacén?

—Sí… ¡más fuerte! ¡Domíname! ¡Quiero que me rompas el coño!

Emmett la agarró del pelo, tirando su cabeza hacia atrás mientras la penetraba por detrás con embestidas brutales y profundas. Su otra mano apretaba una teta grande, amasándola con rudeza. Las nalgadas se sucedían, cada una más fuerte, haciendo que el culo de Renata se pusiera rojo. Ella temblaba, empujando hacia atrás para recibir cada centímetro. El placer era crudo, animal. Sentía la polla joven golpearle el fondo del útero una y otra vez.

El orgasmo les llegó casi al mismo tiempo. Emmett gruñó como un animal y se corrió dentro de ella, soltando chorros calientes y espesos que llenaron su coño maduro. Renata tembló violentamente, apretando la polla con las paredes de su vagina mientras el clímax la atravesaba como una descarga eléctrica. Sus jugos mezclados chorrearon por los muslos de ambos.

Se quedaron unos segundos así, jadeando, unidos todavía. Luego él se retiró lentamente. Renata se incorporó, con las piernas temblorosas y el semen empezando a escapársele del coño. Se arreglaron la ropa con sonrisas cómplices, miradas cargadas todavía de deseo. Ella se acercó, lo agarró por la nuca y le dio un beso profundo, metiéndole la lengua con la misma hambre con la que había chupado su polla. Cuando separaron los labios, Renata le susurró al oído, todavía agitada:

—Esto no se acaba aquí, Emmett. Mi casa está a solo diez minutos y todavía quiero que me folles en mi cama hasta que no pueda caminar. Pero ahora tenemos que salir… creo que he oído la puerta del pasillo.

Los dos se tensaron al mismo tiempo. Las luces parpadeantes seguían titilando sobre sus caras sudorosas mientras pasos lejanos se acercaban por el corredor principal. El deseo seguía ardiendo, más fuerte que nunca, prometiendo mucho más que un polvo rápido entre carritos y luces.

Los dos se tensaron al mismo tiempo. Las luces parpadeantes seguían titilando sobre sus caras sudorosas mientras pasos lejanos se acercaban por el corredor principal. El deseo seguía ardiendo, más fuerte que nunca, prometiendo mucho más que un polvo rápido entre carritos y luces.

Renata sintió el semen espeso de Emmett escapando de su coño todavía abierto, bajando en hilos calientes por el interior de sus muslos gruesos. A sus cuarenta y dos años, divorciada y con el cuerpo curvilíneo que había aprendido a disfrutar sin culpa, ese goteo le provocaba una excitación perversa. Su clítoris latía como si no acabara de correrse con fuerza. Emmett, el repartidor de veinticuatro años cuya polla aún brillaba con los restos de su corrida, la agarró del brazo con esa fuerza joven que la volvía loca y la arrastró detrás de la pila más alta de carritos metálicos. El metal frío rozó la espalda de ella cuando se agacharon, el cuerpo musculoso de él pegado completamente al suyo por detrás.

El aliento caliente de Emmett le quemaba la nuca. Su verga, todavía medio dura, se acomodó entre las nalgas redondas y calientes de Renata como si perteneciera ahí. Los pasos entraron al almacén. Era el supervisor nocturno, un tipo de unos cincuenta años que tarareaba bajito mientras revisaba estanterías. Renata apretó los dientes cuando sintió que Emmett, sin decir una palabra, bajaba la mano y metía dos dedos gruesos en su coño empapado. El sonido húmedo quedó disimulado por el zumbido de las luces, pero ella tuvo que morderse el antebrazo para no gemir.

«Este cabrón de veinticuatro años no tiene miedo de nada», pensó ella mientras sus paredes vaginales se contraían alrededor de los dedos invasores. El supervisor se acercaba peligrosamente. Cada paso resonaba como una amenaza. Emmett curvó los dedos justo donde sabía que la volvía loca, frotando ese punto rugoso que la hacía ver chispas. Renata movió las caderas hacia atrás, follándose los dedos en silencio, sintiendo cómo su propio jugo y la corrida anterior le chorreaban hasta la muñeca de él. El peligro la estaba poniendo más perra que nunca. Su blusa seguía abierta, una teta grande colgando fuera, el pezón duro como una piedra rozando contra el metal del carrito.

—Shhh… tranquila, mamita —susurró Emmett en su oreja, mordiéndole el lóbulo—. Ese coño tuyo aprieta como si quisiera romperme los dedos. Te encanta que casi nos pillen, ¿verdad?

Renata giró apenas la cara, los ojos vidriosos de lujuria, y asintió mordiéndose el labio inferior. El supervisor estaba a menos de tres metros. Podía oler el limpiador del piso mezclado con el olor fuerte de sexo que emanaban sus cuerpos. Emmett sacó los dedos y, sin aviso, los metió en la boca de Renata. Ella los chupó con hambre, probando su propio sabor mezclado con la leche espesa del joven. Su coño se contrajo en el aire, vacío y ansioso. El supervisor dejó caer una caja cercana. El ruido los hizo saltar, pero en lugar de separarse, Renata bajó la mano y agarró la polla de Emmett, que ya estaba completamente dura otra vez, gruesa, venosa y caliente.

Lo masturbó lento, apretando la base, sintiendo cómo palpitaba contra su palma. El supervisor silbó más fuerte y, después de una eternidad llena de tensión sexual, finalmente tomó lo que buscaba y salió del almacén. La puerta se cerró con un golpe seco.

Apenas desapareció el eco, Renata se levantó como una animal en celo. Se arrancó la blusa por completo, dejando que sus tetas pesadas rebotaran libres, y empujó a Emmett contra una estantería metálica. Las luces parpadeantes iluminaban los músculos sudados del pecho de él.

—Ahora me vas a follar como se debe, Emmett. Quiero que me rompas entera —gruñó ella, bajándole los pantalones hasta los tobillos.

Se arrodilló otra vez, pero esta vez no fue suave. Se tragó la polla hasta el fondo de la garganta en un solo movimiento, dejando que las arcadas le llenaran los ojos de lágrimas mientras lo miraba desde abajo con esa expresión viciosa de MILF experimentada. La saliva le corría por la barbilla y caía en goterones gruesos sobre sus tetas. Emmett la agarró del pelo con las dos manos y le folló la boca con embestidas cortas y brutales, golpeando el fondo de su garganta.

—Así, puta. Trágatela toda. Tienes cuarenta y dos años y chupas mejor que cualquier zorra de mi edad —jadeó él, los abdominales tensos.

Renata se ahogaba, bababa, pero no se apartaba. Sus manos apretaban las nalgas duras de él, clavándole las uñas. Cuando ya no aguantó más, se levantó, se dio la vuelta y se inclinó sobre un carrito metálico, abriendo las piernas y ofreciendo tanto el coño chorreante como el culo todavía rojo por las nalgadas anteriores.

—Quiero las dos cosas. Primero el coño, después el culo. Fóllame hasta que no pueda caminar, joven.

Emmett escupió en su mano, lubricó la cabeza hinchada de su polla y la metió de un solo golpe brutal en el coño. Renata soltó un grito ahogado que rebotó entre las estanterías. El carrito se movió hacia adelante por la fuerza de la embestida. Él la agarró del pelo, tirando su cabeza hacia atrás mientras la taladraba con golpes profundos y salvajes. Cada vez que entraba del todo, sus bolas golpeaban el clítoris de ella, produciendo un sonido obsceno y mojado.

—Tu coño maduro me aprieta la polla como si no quisiera soltarme nunca —gruñó Emmett, dándole una nalgada tan fuerte que la marca de su mano quedó blanca un segundo antes de ponerse roja.

Renata empujaba hacia atrás, follándolo con la misma violencia, sintiendo cómo la cabeza gruesa le golpeaba el fondo del útero. El orgasmo la pilló por sorpresa. Se corrió con un gemido largo y gutural, apretando la verga con espasmos tan fuertes que Emmett casi se corre también. Pero él se salió, respirando agitado, y colocó la punta contra el ano fruncido de ella.

—Dime que lo quieres —exigió, la voz ronca.

—Quiero que me rompas el culo, Emmett. Métemela toda. Soy tu puta esta noche —respondió Renata, mirando por encima del hombro con los ojos brillantes de pura lujuria.

Él empujó. Lentamente al principio, abriéndola centímetro a centímetro. Renata sentía el ardor, el estiramiento, pero también un placer oscuro y profundo que le subía por la columna. Cuando estuvo completamente dentro, los dos soltaron un gemido al unísono. Emmett empezó a moverse, primero suave, luego cada vez más rápido, follándole el culo con embestidas fuertes que hacían temblar las tetas colgantes de Renata.

Ella se masturbaba el coño con dos dedos, metiéndolos y sacándolos al mismo ritmo que la polla que le abría el ano. El almacén se llenó de sonidos sucios: carne contra carne, gemidos ahogados, el carrito metálico chirriando bajo el peso de las embestidas. Las luces fluorescentes seguían parpadeando, iluminando el sudor que corría por la espalda ancha de Emmett y las nalgas rojas de Renata.

—Más fuerte… ¡así! ¡Quiero sentirte mañana cuando me siente! —gritaba ella sin control ya.

Emmett le metió dos dedos en el coño mientras le follaba el culo, llenándola por completo. Renata se corrió otra vez, esta vez tan fuerte que sus jugos salpicaron el suelo de concreto. El orgasmo la hizo apretar tanto que Emmett no aguantó más. Sacó la polla del culo justo a tiempo para correrse con chorros potentes y espesos sobre la espalda y las nalgas de ella, pintándola con su leche caliente.

Se quedaron jadeando, apoyados en el carrito. El semen de él se mezclaba con el sudor y chorreaba por la piel de Renata. Ella se incorporó con piernas temblorosas, se giró y lo besó con lengua profunda, mordiéndole el labio inferior.

—Esto no se termina aquí, cabrón —le dijo contra la boca, todavía agitada—. Mi casa está a diez minutos, pero en el coche quiero que me comas el coño mientras conduzco. Y cuando lleguemos… vas a follarme en todas las habitaciones hasta que el sol salga.

Se limpiaron como pudieron con unas toallas de papel que encontraron en una estantería. Salieron del almacén con cuidado, cruzando la tienda desierta. El cajero lejano ni levantó la vista. En el estacionamiento, subieron al auto de Renata. Apenas cerró la puerta, ella se subió la falda hasta la cintura, abrió las piernas y agarró la nuca de Emmett.

—Agáchate y come. No arranques hasta que me corra en tu boca.

Emmett hundió la cara entre los muslos gruesos de ella, lamiendo el coño hinchado y el culo todavía sensible con hambre. Su lengua entraba y salía, succionaba el clítoris, bebía la mezcla de sus fluidos. Renata arrancó el auto y empezó a conducir por las calles vacías, una mano en el volante, la otra apretando la cabeza de él contra su entrepierna.

Cada vez que pasaba un semáforo, gemía más fuerte, las caderas moviéndose contra la cara del joven. El sabor de la corrida anterior lo ponía salvaje. Renata se corrió de nuevo justo antes de llegar a su casa, inundándole la boca con un chorro caliente que él tragó sin desperdiciar ni una gota.

Aparcaron frente a la casa. Entraron casi corriendo, besándose con violencia contra la pared del pasillo. Renata lo empujó hacia el sofá de la sala, se quitó lo poco que le quedaba de ropa y se subió encima de él, guiando la polla todavía dura hacia su coño empapado.

—Ahora vas a follarme en mi territorio, Emmett. Y no voy a dejarte dormir hasta que me hayas llenado tres veces más —susurró mientras empezaba a cabalgarlo con movimientos lentos pero profundos, sus tetas grandes rebotando frente a la cara de él.

El teléfono de la casa empezó a sonar en ese momento. Renata miró la pantalla: era su ex. Sonrió con malicia, sin detener el movimiento de sus caderas, y siguió cabalgando más fuerte, más rápido, mientras el timbre insistente llenaba la habitación. El deseo entre ellos no había hecho más que crecer, peligroso, insaciable, prometiendo una noche que apenas empezaba a descontrolarse del todo.

El timbre del teléfono seguía perforando el aire de la sala, insistente y molesto, pero Renata no pensaba detenerse ni un segundo. A sus cuarenta y dos años, divorciada y con el cuerpo todavía vibrando por los orgasmos del supermercado, sonrió con pura maldad mientras clavaba las uñas en los hombros anchos de Emmett. Sus caderas anchas subían y bajaban con fuerza, tragándose la polla gruesa del repartidor de veinticuatro años hasta el fondo. Cada descenso hacía que sus tetas pesadas rebotaran delante de la cara sudada de él, los pezones duros y oscuros como cerezas maduras.

—Que suene todo lo que quiera ese hijo de puta —jadeó ella, la voz ronca de placer—. Ahora mismo tengo una verga joven y dura partiéndome el coño como él nunca supo hacerlo.

Emmett gruñó desde abajo, agarrándola por las nalgas con las dos manos y abriéndolas para que su polla entrara aún más profundo. Sentía las paredes calientes y empapadas de Renata apretándolo como un puño mojado, succionándolo con cada movimiento. «Joder, esta madura de cuarenta y dos es una puta máquina. Su coño maduro me está exprimiendo la leche y apenas acabamos de empezar», pensó él, levantando las caderas para encontrarse con las embestidas de ella. El sofá crujía violentamente bajo ellos. El semen que Emmett le había dejado antes en el almacén ahora salía mezclado con los nuevos jugos de Renata, formando hilos espesos que corrían por las bolas del joven y manchaban los cojines.

Renata aceleró el ritmo, girando las caderas en círculos apretados para que la cabeza hinchada de la polla le frotara el punto más sensible dentro. Sus muslos gruesos temblaban del esfuerzo, pero el placer era tan crudo que no podía parar. El teléfono volvió a sonar. Esta vez ella se inclinó hacia la mesita, todavía cabalgándolo sin piedad, y contestó sin salir de encima de él.

—¿Qué coño quieres? —preguntó con la respiración entrecortada, la voz más grave de lo normal.

Del otro lado, su ex empezó a hablar de alguna tontería sobre papeles del divorcio. Renata mordió el labio inferior con fuerza cuando Emmett, con una sonrisa pícara, empujó hacia arriba con más brutalidad, follándola en silencio pero con saña. Ella tuvo que taparse la boca con una mano mientras contestaba con monosílabos. El placer era insoportable. Sentía cada centímetro venoso abriéndola, golpeándole el útero, haciendo que sus jugos chorrearan sin control.

—Está bien… mañana… sí… —logró decir, pero un gemido bajo se le escapó cuando Emmett se incorporó un poco y atrapó uno de sus pezones con la boca, chupándolo con fuerza mientras le apretaba el culo con las dos manos.

Colgó de golpe, tirando el teléfono al suelo.

—Ven aquí, cabrón —gruñó, empujándolo hacia atrás contra el respaldo del sofá—. Me has puesto más perra todavía con ese hijo de puta llamando. Ahora vas a follarme como si quisieras romperme.

Se levantó solo un instante, se dio la vuelta y se sentó de nuevo sobre él en posición invertida. Emmett tuvo una vista perfecta de su culo redondo y todavía marcado por las nalgadas del almacén. Las nalgas se abrieron cuando ella misma guió la polla gruesa hacia su coño chorreante y se dejó caer de golpe, tragándosela hasta las bolas. El grito de ambos coincidió. Renata empezó a rebotar con violencia, haciendo que su culo carnoso golpeara contra los abdominales duros del joven de veinticuatro años. El sonido era obsceno, húmedo, carne contra carne resonando en la sala vacía.

Emmett le dio una nalgada fuerte, luego otra, y otra más. La piel de Renata enrojeció rápidamente.

—Así, mamita. Muévete ese culo rico. Mira cómo te traga la polla —dijo él con la voz rota de lujuria, metiendo el pulgar entre las nalgas para rozarle el ano fruncido que aún conservaba restos de su corrida anterior.

Renata echó la cabeza hacia atrás, el pelo pegado a la espalda sudada. «A mis cuarenta y dos años nunca me habían follado con esta hambre. Este repartidor tiene la verga siempre lista y la resistencia de un toro. Me está volviendo adicta», pensó mientras sentía otro orgasmo creciendo en el fondo de su vientre. Sus tetas grandes se balanceaban pesadamente con cada rebote. Emmett la agarró de las caderas y empezó a subirla y bajarla él mismo, follándola desde abajo con embestidas brutales que la hacían gritar.

El orgasmo la atravesó como un rayo. Renata se contrajo violentamente alrededor de la polla, soltando un chorro caliente que empapó las piernas de Emmett y el sofá. Sus paredes internas palpitaban, ordeñándolo. Pero él no se corrió. Con una fuerza que todavía la sorprendía, se levantó del sofá sin salir de ella, sosteniéndola en el aire. Renata envolvió las piernas alrededor de su cintura y él caminó con ella así, follándola con pasos cortos y profundos hacia la cocina.

—Te voy a comer en mi mesa como la perra en celo que eres —le susurró al oído, mordiéndole el lóbulo.

La sentó de golpe sobre la mesa de madera fría de la cocina. Los vasos que había allí vibraron. Emmett le abrió las piernas al máximo, casi hasta que los talones de Renata tocaron sus propios hombros, y volvió a penetrarla con una estocada salvaje. Desde ese ángulo la polla entraba aún más profundo. Renata se agarró al borde de la mesa con las dos manos, las tetas rebotando descontroladas mientras él la taladraba sin piedad. El sudor corría entre sus pechos y bajaba por su vientre suave.

—Fóllame más duro, Emmett. Quiero que me dejes el coño abierto para toda la noche —suplicó ella, los ojos vidriosos.

Él escupió entre sus cuerpos para lubricar más y aumentó la velocidad. Sus bolas golpeaban contra el culo de ella con un chasquido constante. Renata se corrió otra vez, más fuerte, gritando sin vergüenza mientras sus jugos salpicaban el piso de la cocina. Emmett sacó la polla brillante y la obligó a arrodillarse allí mismo. Renata, con las piernas temblando, abrió la boca como una puta hambrienta y se tragó la verga hasta la garganta. Las arcadas le llenaron los ojos de lágrimas, pero no se apartó. La saliva gruesa le corría por la barbilla y caía sobre sus tetas.

—Chúpala, mamita. Saca el sabor de tu propio coño —ordenó él, agarrándola del pelo con las dos manos y follándole la boca con movimientos cortos y profundos.

Renata lo miró desde abajo con esa expresión viciosa de mujer experimentada. «Me encanta que un chico de veinticuatro años me trate así. Me pone cachonda que sea tan bruto y tan joven», pensó mientras su lengua trabajaba la parte inferior de la polla.

Emmett la levantó de nuevo, la giró y la dobló sobre la mesa. Esta vez apuntó más arriba y empujó la cabeza gruesa contra su ano. Renata jadeó cuando sintió el estiramiento ardiente, pero empujó hacia atrás, queriendo todo. Centímetro a centímetro, la polla gruesa le abrió el culo hasta que las bolas quedaron pegadas a su coño chorreante. El dolor se convirtió rápidamente en un placer oscuro y profundo.

—Rompe ese culo, Emmett… hazme tuya —gimió ella, metiendo dos dedos en su propio coño mientras él empezaba a moverse.

Las embestidas fueron ganando velocidad. El culo de Renata se adaptaba al grosor, apretándolo con fuerza. Emmett le daba nalgadas rítmicas, dejando las marcas rojas de sus manos en la carne madura. El sudor les corría por la espalda. Las luces de la cocina iluminaban cada detalle: el ano estirado alrededor de la verga venosa, los jugos que seguían cayendo al suelo, las tetas aplastadas contra la madera fría.

—Tu culo de cuarenta y dos años es más apretado que el coño de cualquier chica de mi edad —gruñó él, tirándole del pelo para arquearle la espalda.

Renata se corrió de nuevo, esta vez con el culo lleno, apretando tanto que Emmett tuvo que parar un momento para no eyacular. Cuando salió, un hilo de saliva anal quedó colgando de la polla. La giró, la besó con violencia, metiéndole la lengua hasta la garganta, y luego la cargó de nuevo hacia el pasillo.

—Todavía no he terminado contigo, Renata. Vamos a tu habitación. Quiero follarte en tu cama matrimonial hasta que las sábanas huelan solo a sexo y sudor.

La llevó por el pasillo, todavía con la polla dura rozando entre sus nalgas. Renata le mordía el cuello, lamiéndole el sudor, sus curvas pegadas al cuerpo joven y fuerte. Al entrar al dormitorio, la arrojó sobre la cama deshecha. Ella se abrió inmediatamente, ofreciéndole tanto el coño hinchado como el ano rojo y abierto.

—Ven aquí y sigue rompiéndome, joven. Quiero que me llenes las dos agujeros antes de que amanezca —dijo con la voz rota, los ojos brillantes de lujuria insaciable.

Emmett se lanzó sobre ella. La noche seguía espesa afuera, y el deseo entre la MILF de cuarenta y dos y el repartidor de veinticuatro ardía con más fuerza que nunca. Los gemidos volvieron a llenar la casa mientras él la penetraba otra vez, esta vez en el coño, con embestidas lentas pero profundas que prometían muchas horas más de placer crudo, sudoroso y sin límites. El teléfono volvió a sonar a lo lejos, pero ninguno de los dos le prestó atención. Solo existían sus cuerpos chocando, el olor a sexo espeso y la promesa de que aún faltaba mucho para que alguno de los dos se diera por satisfecho.

Emmett profundizó sus movimientos, saliendo casi por completo para luego clavarse hasta el fondo con un golpe seco que hacía rebotar las tetas pesadas de Renata contra su pecho sudado. Las sábanas ya estaban empapadas de sudor y fluidos, y el olor espeso a sexo llenaba la habitación apenas iluminada por la lamparita de noche. A sus cuarenta y dos años, Renata sentía cada centímetro de esa verga joven como un martillo que le abría el coño maduro sin piedad. «Joder, este cabrón de veinticuatro no se cansa nunca», pensó ella mientras gemía sin control, las uñas clavadas en los hombros anchos de Emmett. Él la miraba desde arriba con esos ojos oscuros y depredadores, la mandíbula tensa por el esfuerzo.

—Así, mamita… aprieta esa concha que tienes. Tu coño de divorciada me está exprimiendo como si quisiera sacarme hasta la última gota —gruñó él, acelerando el ritmo. Sus caderas golpeaban contra los muslos gruesos de ella con un chasquido húmedo y constante. Cada embestida hacía que la cabeza hinchada de su polla le rozara el punto más sensible, enviando descargas que le subían por la columna.

Renata levantó las piernas y las envolvió alrededor de la cintura de Emmett, abriéndose más para él. Sus tetas grandes se aplastaban contra el torso firme del repartidor, los pezones duros rozando la piel caliente. El placer era brutal, animal. Ella sentía cómo sus paredes vaginales se contraían alrededor de esa verga venosa, ordeñándola. El orgasmo anterior en la cocina todavía le latía en el fondo del vientre, pero este nuevo fuego crecía con más fuerza.

—Más duro, Emmett… Fóllame como si me odiaras —suplicó ella con voz ronca, mordiéndole el cuello. El sabor salado de su sudor le inundó la lengua. Él respondió con un rugido bajo y cambió el ángulo, empujando hacia arriba para que su pubis le frotara el clítoris hinchado con cada golpe. El carrito del supermercado, las estanterías metálicas, el sofá y la mesa de la cocina parecían escenas lejanas ahora. Aquí, en su propia cama matrimonial, el deseo se había vuelto insaciable. Renata sentía el semen seco de las corridas anteriores tirándole de la piel de los muslos, pero eso solo la ponía más perra.

Emmett se incorporó sobre las rodillas sin salir de ella, agarrándola por las caderas anchas y tirando de ella contra su pelvis. El sonido obsceno de carne mojada contra carne llenaba la habitación. Las luces parpadeantes del almacén ya eran un recuerdo; aquí solo había la lámpara amarillenta que iluminaba el sudor que corría entre las tetas de Renata y bajaba por su vientre suave. Él le pellizcó un pezón con fuerza, retorciéndolo entre los dedos mientras la taladraba sin descanso.

—Eres una puta insaciable, Renata. Cuarenta y dos años y todavía quieres que te rompa el coño todas las noches —dijo él entre dientes, los abdominales marcados brillando de sudor.

Ella se corrió con un grito ahogado, las paredes de su vagina contrayéndose en espasmos violentos que casi expulsan la polla de Emmett. Un chorro caliente le salpicó a él el vientre y las bolas. El placer fue tan intenso que por un segundo Renata vio estrellas, el cuerpo temblando como si le hubieran dado una descarga. Pero no quería parar. Apenas bajó de esa ola, empujó a Emmett hacia atrás y se subió encima de él, guiando la verga gruesa de nuevo a su coño chorreante. Se dejó caer de golpe, tragándosela hasta el fondo con un gemido largo.

Ahora era ella quien marcaba el ritmo. Sus caderas anchas subían y bajaban con fuerza, haciendo que sus nalgas redondas golpearan contra los muslos duros del joven de veinticuatro años. Las tetas le rebotaban pesadamente delante de la cara de Emmett, quien las atrapó con las manos y las apretó con rudeza, chupando un pezón y luego el otro como si quisiera devorarlos. Renata le clavaba las uñas en el pecho, girando las caderas en círculos apretados para sentir cómo la cabeza de la polla le frotaba cada pliegue interno.

—Quiero que me llenes otra vez… Quiero sentir tu leche caliente corriéndome por dentro mientras conduzco mañana —jadeó ella, acelerando. El sudor le pegaba el pelo oscuro a la espalda y a los hombros. Emmett levantó las caderas desde abajo, follándola con embestidas ascendentes que la hacían botar. El colchón crujía con violencia. El teléfono había dejado de sonar, pero en la mente de Renata todavía resonaba la voz de su ex, un recordatorio molesto que, en lugar de enfriarla, la ponía más salvaje.

Cambió de posición sin salir de él, girándose para quedar de espaldas. La vista de su culo redondo y todavía marcado por las nalgadas anteriores hizo gruñir a Emmett. Renata se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en las rodillas de él, y siguió cabalgándolo con rebotes violentos. Su ano fruncido y su coño abierto quedaban expuestos por completo. Emmett escupió en su mano y frotó el ano con el pulgar, metiéndolo lentamente mientras ella seguía follándolo.

—Quiero las dos cosas otra vez… Méteme el dedo en el culo mientras te monto —pidió ella, la voz quebrada por el placer.

El dedo grueso de Emmett entró hasta el nudillo, moviéndose al ritmo de las caderas de Renata. Ella sentía que la llenaban por completo, que cada orificio era usado por ese repartidor joven y fuerte que había conocido apenas unas horas antes entre los pasillos desiertos. El orgasmo la pilló desprevenida otra vez. Se contrajo con tanta fuerza que Emmett soltó un gemido ahogado, pero se contuvo. Quería prolongarlo.

Con un movimiento rápido, él la levantó, la puso a cuatro patas sobre la cama y se colocó detrás. Le dio una nalgada fuerte que resonó en la habitación, dejando la marca roja de su palma sobre la carne madura. Luego metió la polla en su coño de un solo golpe brutal, follándola como un animal. El sonido húmedo de sus bolas golpeando contra el clítoris de Renata era ensordecedor. Él alternaba: sacaba la verga brillante de jugos y la colocaba contra el ano, empujando centímetro a centímetro hasta que el culo de ella lo tragaba entero.

—Tu culo de MILF es una maravilla… Tan apretado y caliente —gruñó Emmett, tirándole del pelo para arquearle la espalda. Renata empujaba hacia atrás, follándose ella misma esa polla que le abría el recto sin compasión. El ardor se mezclaba con un placer oscuro que le hacía ver borroso. Se masturbaba el coño con dos dedos, metiéndolos y sacándolos al mismo compás que las embestidas en su culo.

—Voy a correrme… ¡No pares, por favor! —gritó ella. El clímax la atravesó como un tren. Su ano se contrajo alrededor de la verga de Emmett con espasmos tan fuertes que él no pudo aguantar más. Sacó la polla del culo justo a tiempo y la giró con fuerza. Renata abrió la boca como una puta hambrienta, sacando la lengua. Los primeros chorros espesos y calientes le cayeron en la cara, pintándole los labios, las mejillas y las tetas. Ella tragó lo que pudo, gimiendo, mientras el resto le chorreaba por el cuello y bajaba entre sus pechos.

Emmett se derrumbó a su lado, jadeando como si hubiera corrido un maratón. Sus cuerpos brillaban de sudor. El semen del joven se enfriaba sobre la piel de Renata, mezclándose con sus propios jugos que todavía le goteaban del coño y del ano abierto. Durante varios minutos solo se escucharon las respiraciones agitadas y el zumbido lejano de la nevera en la cocina. La noche fuera de la casa empezaba a clarear; el sol no tardaría en salir.

Renata se pasó una mano por la cara, limpiándose distraídamente la corrida que le cubría un ojo. El placer todavía le latía entre las piernas, el cuerpo dolorido y satisfecho de una forma que no recordaba haber sentido en años. Miró a Emmett, que tenía los ojos cerrados y una sonrisa cansada en los labios. Veinticuatro años. Un repartidor con toda la vida por delante, músculos duros y una polla que parecía no bajar nunca. Ella, con sus cuarenta y dos, divorciada, con un ex que seguía llamando y un vacío que ningún polvo salvaje parecía llenar del todo.

De pronto, algo se quebró dentro de ella. El deseo que había ardido como una llama entre los carritos y las luces fluorescentes ahora parecía fugaz, casi ridículo. «¿Qué carajo estoy haciendo?», pensó mientras sentía el semen espeso bajando por su muslo y manchando las sábanas. El placer había sido real, brutal, delicioso, pero ahora venía el silencio. Emmett no era su pareja, ni siquiera un amante regular. Solo un cuerpo joven que había encontrado en un supermercado a las tantas de la madrugada. Mañana —o mejor dicho, dentro de unas horas— él volvería a su ruta de repartos, a su vida de veinteañero, y ella se quedaría aquí, sola en esta casa demasiado grande, con el coño adolorido y el alma más hueca que antes.

Se incorporó lentamente, las piernas temblorosas, y miró el teléfono tirado en el suelo. La pantalla mostraba varias llamadas perdidas de su ex. Una punzada de duda le apretó el pecho. ¿Había valido la pena arriesgarse a que los pillaran en el almacén, a follar como animales sin pensar en las consecuencias? El cuerpo le decía que sí, pero la mente empezaba a susurrar que no. Emmett abrió los ojos y la miró con esa misma hambre de antes, pero Renata ya no sentía el fuego con la misma intensidad. Solo un cansancio profundo y una pregunta que no quería responder: ¿esto era todo lo que le quedaba, buscar calor en pollas jóvenes y encuentros sucios que terminaban con semen secándose en su piel y un vacío que crecía en lugar de disminuir?

Él estiró la mano para tocarle la cadera, pero ella se apartó un centímetro, fingiendo que solo quería limpiarse. El deseo fugaz entre carritos y luces había terminado. El placer se disipaba, pero la duda se quedaba, pesada, fría, instalándose en el centro de su pecho mientras el primer rayo de sol entraba por la ventana y iluminaba los cuerpos sudorosos y exhaustos.

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