Primer Toque Femenino en la Pared de Escalada
Un joven escalador de 22 años se folla a su amiga divorciada Carla, una MILF de 41, contra la pared del rocódromo después de cerrar.
Soy Hugo, tengo 22 años y vivo pegado a las paredes de escalada desde que descubrí este rocódromo indoor hace un par de años. Cada tarde, después de mi turno en la tienda de material deportivo, vengo aquí a entrenar. Y cada tarde, sin falta, aparece ella: Carla, una MILF de 41 años, divorciada y madre de un amigo del gimnasio que ya casi ni aparece por el barrio. Carla tiene un cuerpo que parece esculpido a propósito para volver loco a cualquiera: piernas largas y tonificadas por las horas de vía, cintura estrecha y un culo redondo, firme y alto que marca cada costura de sus leggins negros. Sus tetas, grandes y naturales, se mueven con cada movimiento bajo el top deportivo ajustado. Yo intentaba disimular, pero era imposible no mirarla cuando se estiraba o cuando el sudor le corría por el cuello y se perdía entre sus pechos.
Aquella tarde la tensión se volvió insoportable. Carla estaba intentando una vía de grado alto, casi vertical, con pequeños agarres que exigían mucha precisión. Se quedó pegada a mitad de camino, sin poder avanzar ni bajar con facilidad. Me gritó desde arriba:
—Hugo, asegúrame bien, que no quiero caerme de golpe.
Yo ya estaba abajo, con la cuerda en las manos, el arnés apretándome la cintura. Cuando Carla intentó un movimiento lateral, su cuerpo se balanceó y su culo perfecto bajó directo contra mi entrepierna. Sentí cómo sus nalgas se apretaban contra mi polla a través de la fina tela de los leggins y mis pantalones de escalada. El roce fue lento, deliberado. Ella se quedó ahí un segundo más de lo necesario, fingiendo buscar el siguiente agarre, mientras yo tensaba la cuerda y notaba cómo mi verga empezaba a endurecerse sin control.
El calor de su cuerpo atravesaba la ropa. Podía oler su sudor mezclado con el aroma ligero de su gel de ducha, algo dulce y femenino. Cada vez que intentaba subir, su culo volvía a rozarme, frotándose de arriba abajo contra mi erección creciente. Yo tragaba saliva, concentrado en la cuerda, pero mi mente iba a mil. Joder, Carla, sabes perfectamente lo que estás haciendo, pensaba. Ella no dijo nada, pero su respiración se volvió más pesada, y juraría que movió las caderas un par de veces con intención, como si estuviera midiendo exactamente lo dura que se me ponía.
Cuando por fin logró llegar al top y pidió que la bajara, el descenso fue una tortura lenta. Su cuerpo descendía centímetro a centímetro, rozando su espalda contra mi pecho, su culo contra mi polla completamente empalmada. Al tocar el suelo se giró despacio. Tenía las mejillas sonrojadas, el pelo pegado a la frente por el sudor y una sonrisa descarada que nunca le había visto.
—Vaya… —dijo bajando la voz mientras se acercaba un paso más de lo normal—. Me encanta sentir cómo se te pone dura mientras me aseguras, Hugo. Llevas semanas así, ¿verdad?
Me quedé helado. El rocódromo ya estaba casi vacío, solo quedaban un par de chicos recogiendo material al fondo. Carla me miraba directamente a los ojos, sin vergüenza. Su mano rozó “accidentalmente” mi muslo.
—Carla, yo… —balbuceé, pero la excitación pudo más que la prudencia—. Llevo semanas imaginándote desnuda contra esta misma pared. Follandote mientras te tengo sujeta con la cuerda. No sabes las veces que me he corrido pensando en tu culo apretándome.
Ella soltó una risita baja, cachonda, y se mordió el labio inferior. Sus dedos subieron por mi brazo, clavándome las uñas ligeramente.
—Pues hoy vamos a dejar de imaginar, chaval. Cierra la puerta cuando salgan los últimos. Yo me encargo de apagar las luces principales.
El deseo nos envolvió como una ola. Durante la siguiente media hora, mientras fingíamos recoger material, los coqueteos fueron subiendo de tono. Carla se agachaba delante de mí para guardar magnesio, ofreciéndome una vista perfecta de su culo enfundado en leggins. Yo pasaba a su lado y dejaba que mi mano le rozara la cintura, bajando un poco más de lo correcto hasta tocar la curva de su nalga. En un momento, me susurró al oído:
—Estoy empapada solo de pensar en lo que vamos a hacer.
Cuando el último cliente se marchó y cerré la puerta principal, Carla me tomó de la mano sin decir nada más. Me llevó hasta la zona de búlder, la parte menos iluminada del rocódromo, donde las luces de emergencia apenas dibujaban sombras sobre las paredes inclinadas. Allí, contra un panel de agarres multicolores, me empujó contra la pared y me besó con hambre voraz.
Su lengua entró en mi boca sin pedir permiso, caliente y exigente. Mis manos bajaron directamente a su culo, apretándolo con fuerza mientras ella gemía contra mis labios. Nos besábamos como animales, mordiendo, lamiendo, respirando agitados. Carla frotaba su pelvis contra mi polla dura como una piedra.
—Aquí mismo —susurró entre beso y beso—. Quiero que me folles contra esta pared, Hugo. Ahora.
Se arrodilló con una rapidez que me dejó sin aliento. Sus dedos hábiles bajaron mi pantalón y liberaron mi polla, que saltó pesada y venosa frente a su cara. Carla sonrió con lujuria pura, como una MILF que sabe exactamente lo que quiere.
—Mmm, qué polla tan rica y joven —murmuró antes de metérsela entera en la boca.
La mamada fue glotona, profunda, sin piedad. Me agarró las nalgas con las dos manos, clavándome las uñas mientras tragaba hasta el fondo, haciendo arcadas suaves que solo aumentaban el placer. Su saliva chorreaba por mi verga, bajando hasta los huevos. Me miraba desde abajo con ojos de puta experimentada, sin dejar de chupar, lamiendo la vena gruesa de abajo y succionando el glande como si quisiera sacarme el alma. Yo gemía sin control, agarrándole el pelo.
—Joder, Carla… así, trágatela toda.
Ella se puso de pie, se bajó los leggins y las bragas de un tirón, mostrando su coño depilado, hinchado y brillante de excitación. Se colocó a cuatro patas contra la pared de escalada, apoyando las manos en dos agarres grandes, arqueando la espalda y ofreciéndome ese culo espectacular.
—Fóllame duro por detrás —exigió con voz ronca—. Agárrame del pelo y métemela hasta el fondo, Hugo. Quiero sentir cómo me rompes.
No me lo pensé. Me coloqué detrás, escupí en mi mano, lubriqué mi polla y la penetré de un solo empujón. Su coño estaba ardiendo, apretado, chorreando. Carla soltó un gemido largo y gutural.
—¡Sí! Así… más fuerte, cabrón. Tira de mi pelo.
La agarré del cabello como si fueran riendas y empecé a follarla con golpes secos y profundos. El sonido de mi pelvis chocando contra sus nalgas resonaba en el rocódromo vacío. Sus tetas colgaban pesadas, moviéndose con cada embestida. Cambiamos de posición cuando ella empezó a temblar: se giró, me empujó al suelo sobre un colchón de caída y se subió encima.
Ahora me montaba de frente, cabalgándome salvajemente. Sus tetas grandes rebotaban delante de mi cara. Las atrapé con la boca, chupando y mordiendo sus pezones duros mientras ella se clavaba hasta el fondo, girando las caderas en círculos viciosos.
—Cómemelas, Hugo… ¡ay, sí! Dame nalgadas.
Le di varias palmadas fuertes en el culo, dejando marcas rojas en su piel blanca. Carla aceleró, follándome como una posesa, su coño tragándose mi polla entera una y otra vez. Sus gemidos se volvieron gritos.
—Me voy a correr… ¡me corro, joder!
Su orgasmo fue brutal. Se contrajo alrededor de mi verga, temblando, gritando sin control mientras su jugo me empapaba los huevos. Eso me llevó al límite. La sujeté de las caderas y empujé hacia arriba, corriéndome dentro de ella con chorros calientes y espesos que le llenaron el coño hasta rebosar.
Cuando por fin bajamos de la ola, Carla se levantó despacio. Mi semen espeso le chorreaba por los muslos. Con una sonrisa satisfecha y aún jadeante, se quitó la camiseta deportiva, se limpió los hilos blancos que bajaban por su piel y luego se pasó la prenda por el coño, recogiendo lo que salía de ella. Se acercó, todavía desnuda de cintura para abajo, y me dio un beso largo, profundo, metiendo su lengua con mi sabor todavía en la boca.
Pero cuando separó sus labios, sus ojos brillaban con algo más que simple satisfacción. Me miró de arriba abajo, lamiéndose los restos de semen de la comisura de la boca, y susurró:
—Esto no se acaba aquí, Hugo. Ni mucho menos. Recoge tus cosas… y sígueme. Todavía tengo llaves del almacén de material.
Su mano bajó y apretó mi polla semierecta, que volvió a endurecerse al instante entre sus dedos. El rocódromo estaba en silencio, pero yo sabía que la noche acababa de empezar de verdad.
La mano de Carla apretó mi polla con esa seguridad que solo tiene una mujer de cuarenta y un años que ya no pide permiso para nada. Sentí cómo se hinchaba de nuevo entre sus dedos, recuperando toda la dureza en cuestión de segundos mientras ella me miraba con los párpados pesados y la boca entreabierta. Recogí los pantalones del suelo sin decir una palabra. El rocódromo vacío parecía más grande ahora, solo el eco lejano de nuestras respiraciones rompía el silencio. Carla se pasó la camiseta deportiva por el coño una vez más, recogiendo los restos de semen que seguían escapando de ella, y luego se subió los leggins negros hasta las caderas, pero sin prisas, dejando que viera cómo la tela se pegaba a su piel húmeda.
Caminamos hacia el almacén sin soltarnos la mano. Cada paso hacía que su culo se balanceara delante de mí, redondo, alto, marcado por las costuras de los leggins. Pensé que era imposible que una MILF de su edad tuviera un cuerpo tan firme después de haber parido y de divorciarse. El sudor todavía le brillaba en la nuca y yo quería lamerlo. Cuando llegamos a la puerta metálica del almacén, ella sacó las llaves y abrió con un giro lento, como si estuviera saboreando el momento. La luz automática se encendió con un zumbido, revelando el caos ordenado de rollos de cuerda, arneses colgados, cajas de magnesio y pilas de colchonetas gruesas que olían a goma y a esfuerzo.
Nada más cerrar la puerta con llave, Carla me empujó contra una estantería. El golpe hizo caer un par de presas de plástico que rebotaron en el suelo. Su boca se estrelló contra la mía con hambre renovada, la lengua exigente, caliente, buscando la mía como si quisiera follarme ya solo con el beso. Gemí dentro de su boca mientras mis manos bajaban directas a ese culo que me había vuelto loco toda la tarde. Lo apreté con fuerza, clavando los dedos en la carne firme, separando las nalgas por encima de la tela. Carla frotó su pelvis contra mi verga dura y soltó una risita baja, cachonda.
—Todavía la tienes como una piedra, Hugo. Me encanta que un chico de veintidós años se recupere tan rápido. Las pollas jóvenes son lo mejor que me ha pasado desde el divorcio.
Se quitó el top otra vez y sus tetas grandes, pesadas, naturales, cayeron libres. Los pezones estaban duros como piedras. Bajé la cabeza y capturé uno con la boca, succionando fuerte, mordiendo justo lo suficiente para que ella arqueara la espalda y soltara un gemido ronco. Mientras tanto, metí la mano dentro de sus leggins, encontré su coño empapado y metí dos dedos de golpe. Estaba resbaladizo, caliente, todavía lleno de mi semen. Lo removí dentro de ella, haciendo que sonara húmedo y obsceno.
—Sigue, cabrón… méteme los dedos más profundo —jadeó, mordiéndome el cuello.
La giré de repente y la incliné sobre una pila de colchonetas altas. Le bajé los leggins y las bragas hasta las rodillas de un tirón. Su coño y su ano quedaron expuestos, brillantes, marcados por nuestra primera follada. Me arrodillé detrás y le di un lametazo largo desde el clítoris hasta el culo, recogiendo el sabor salado de mi propia corrida mezclada con sus jugos. Carla tembló y empujó el culo hacia atrás.
—Come todo lo que me dejaste dentro, Hugo. Quiero sentir tu lengua limpiándome como una puta.
Metí la lengua en su coño, follándola con ella, tragando lo que salía. Luego subí y empecé a rimarle el ano con círculos lentos y viciosos. Ella gemía cada vez más alto, agarrándose a la colchoneta con las uñas. Le metí dos dedos en el coño mientras le comía el culo y sentí cómo se contraía, cómo su respiración se volvía entrecortada. Cuando se corrió, fue brutal: soltó un grito gutural y me inundó la mano y la cara con un chorro caliente. Sus piernas temblaban tanto que tuve que sujetarla por las caderas.
Me levanté, la polla tan dura que me dolía. Carla se giró, se limpió la boca con el dorso de la mano y me miró con ojos de auténtica zorra experimentada.
—Ahora te toca a ti. Siéntate ahí.
Me empujó sobre una colchoneta y se subió encima en cuclillas, de espaldas a mí. Agarró mi verga y se la metió en el coño de un solo movimiento, bajando hasta que sus nalgas tocaron mis huevos. Empezó a cabalgarme como una posesa, subiendo y bajando con golpes secos que hacían rebotar sus tetas. Yo le di una nalgada fuerte, luego otra, viendo cómo la piel blanca se ponía roja. Carla aceleró, girando las caderas en círculos viciosos, apretándome el interior del coño como si quisiera ordeñarme.
—Dame más fuerte, Hugo. Quiero que me dejes el culo marcado.
Le di varias palmadas seguidas, cada una más fuerte. Ella gemía cada vez más alto, casi gritando. Cambié de agujero sin avisar: escupí en su ano y empujé la cabeza de mi polla contra él. Carla respiró hondo, empujó hacia atrás y me dejó entrar. El calor era infernal, el apretón brutal. Poco a poco fui metiéndola toda hasta que mis huevos quedaron pegados a su coño chorreante. Empecé a follarla el culo con embestidas lentas pero profundas, sintiendo cada centímetro de su interior.
—Joder… sí… rómpeme el culo, chaval. Nadie me había follado así desde hace años.
La agarré del pelo y tiré hacia atrás, arqueando su espalda mientras seguía dándole por el culo. El sonido de la carne chocando contra carne llenaba todo el almacén. Sudábamos los dos. Le metí dos dedos en el coño al mismo tiempo y sentí cómo se corría otra vez, contrayéndose alrededor de mi polla y de mis dedos, gritando mi nombre.
La saqué, la puse de rodillas y le metí la verga en la boca sin piedad. Carla me miró desde abajo con lágrimas en los ojos por las arcadas, pero sin dejar de tragarla hasta el fondo. La saliva le caía por la barbilla y goteaba sobre sus tetas. La follé la cara durante un rato largo, sujetándole la cabeza con las dos manos, hasta que sentí que volvía a estar al borde.
—No te corras todavía —ordenó, sacándosela de la boca con un hilo de saliva colgando—. Quiero más.
Me tumbó de espaldas y se sentó sobre mi cara, frotando su coño y su ano contra mi boca y mi nariz mientras se inclinaba hacia delante para chupármela en sesenta y nueve. Su boca era pura gloria: succionaba, lamía la vena gruesa, me metía los huevos en la boca uno por uno. Yo le comía el coño y el culo con desesperación, metiendo la lengua lo más profundo que podía. Carla temblaba encima de mí, gimiendo alrededor de mi polla.
Cuando ya no aguanté más, la levanté, la puse contra la pared del fondo del almacén —una superficie rugosa llena de agujeros donde colgaban arneses— y la penetré de pie, de frente. Le levanté una pierna, la sujeté por el culo y empecé a follarla con todo. Sus tetas rebotaban contra mi pecho. Nos besábamos de forma sucia, mordiéndonos los labios, intercambiando saliva. Carla me clavaba las uñas en la espalda y me susurraba al oído:
—Quiero que me llenes otra vez. Córrete dentro de mi coño, Hugo. Déjame llena de tu leche joven.
Aceleré hasta que los golpes sonaban como latigazos. Cuando sentí que llegaba, empujé hasta el fondo y me corrí con fuerza, soltando chorros espesos que la llenaron hasta rebosar. Carla se corrió al mismo tiempo, mordiéndome el hombro para ahogar un grito largo y salvaje. Nos quedamos pegados, jadeando, mi polla todavía dentro de ella, latiendo, mientras el semen empezaba a escaparse y a correrle por los muslos.
Pero Carla no me dejó descansar. Me besó el cuello, lamió el sudor de mi pecho y bajó la mano para acariciarme la verga sensible. Ya estaba empezando a endurecerse otra vez.
—Esto no ha hecho más que empezar —susurró con voz ronca, lamiéndose los labios donde todavía tenía restos de saliva y semen—. Tengo cuerdas aquí que podemos usar. Quiero que me ates las muñecas a esa barra alta, que me dejes colgando y me folles como si estuviera en una vía imposible. Y después… tengo una idea todavía más sucia con un arnés completo. Recupera el aliento, mi escalador. Mi coño y mi culo todavía quieren más de ti esta noche.
Mi polla dio un respingo entre sus dedos. El almacén, con todo su material de escalada, acababa de convertirse en nuestro nuevo rocódromo privado, y yo sabía que la verdadera escalada —la que nos dejaría exhaustos y marcados— todavía estaba por llegar.
La adrenalina me corría por las venas mientras Carla, esa divorciada de cuarenta y un años con un cuerpo que desafiaba el paso del tiempo, apretaba mi polla entre sus dedos expertos. Sus ojos brillaban con una lujuria madura que me hacía sentir como si yo fuera el primer hombre que la hacía vibrar de verdad desde su divorcio. Mi verga respondió al instante, endureciéndose de nuevo contra su palma caliente, y ella soltó una risita ronca que resonó en el almacén lleno de equipo de escalada.
—Quiero sentir la cuerda mordiéndome las muñecas, Hugo —susurró, mordiéndose el labio inferior mientras se apartaba un mechón de pelo sudado de la cara—. Átame fuerte, como si fuera una vía de grado extremo que no vas a dejar caer. Mi coño ya está chorreando solo de pensarlo.
Cogí un rollo de cuerda dinámica de ocho milímetros, la que usábamos para aseguramientos largos, y la corté a la medida justa con unas tijeras que encontré en una caja. Carla se colocó debajo de la barra metálica alta que cruzaba el techo del almacén, usada normalmente para colgar arneses de prueba. Levantó los brazos sin que se lo pidiera, arqueando la espalda de modo que sus tetas grandes y pesadas se elevaron, los pezones todavía duros y enrojecidos de mis mordiscos anteriores. Le até las muñecas con nudos de escalador seguros pero ajustados, dejando que la cuerda se clavara ligeramente en su piel blanca. No era dolor, era control, y por la forma en que gemía bajito mientras yo tensaba cada vuelta, supe que lo estaba disfrutando tanto como yo.
—Joder, Carla… verte así, colgada para mí, con tu cuerpo de MILF expuesto… —murmuré, dando un paso atrás para admirarla. Sus leggins seguían bajados hasta las rodillas, el coño hinchado y brillante, mezclado con los restos de mi corrida anterior que le resbalaban por los muslos tonificados. Tiré de la cuerda para izarla un poco más, hasta que solo las puntas de sus pies descalzos tocaban el suelo de goma. Sus brazos estirados al máximo marcaban cada músculo de sus hombros y su abdomen plano. Pensé que nunca había visto nada tan jodidamente erótico: una mujer de cuarenta y un años, madre y divorciada, ofreciéndose como una puta de lujo en medio de nuestro rocódromo privado.
Me arrodillé frente a ella y separé sus piernas con las manos. Su olor era intenso, una mezcla de sudor femenino, semen y excitación pura. Le di un lametazo lento desde el ano hasta el clítoris, saboreando el gusto salado de lo que ya le había metido antes. Carla soltó un gemido largo, tirando de las cuerdas que la mantenían suspendida.
—Come, Hugo… méteme esa lengua joven bien adentro. Quiero que me limpies y me pongas más cachonda —jadeó, balanceando las caderas hacia mi cara.
Hundí la lengua en su coño, follándola con ella mientras mis dedos le abrían los labios hinchados. Chupé su clítoris con fuerza, succionándolo entre mis labios, y luego subí para rimarle el ano con círculos viciosos. La cuerda crujía con cada movimiento de su cuerpo, sus tetas rebotaban pesadamente y sus gemidos se volvían más agudos. Metí tres dedos en su coño, curvándolos para frotar ese punto que la hacía temblar, y ella explotó en un orgasmo repentino que le empapó toda la mano y la barbilla. Sus jugos calientes me cayeron por el pecho mientras gritaba mi nombre sin vergüenza.
— ¡Sí, cabrón! ¡Me corro como una zorra atada!
Me levanté con la polla tan dura que palpitaba. La agarré por las caderas, levanté una de sus piernas tonificadas y la penetré de un solo empujón brutal. Su coño, todavía contrayéndose por el orgasmo, me envolvió como un puño caliente y resbaladizo. Empecé a follarla con golpes profundos, sintiendo cómo mis huevos chocaban contra su piel húmeda. La cuerda la mantenía casi colgando, así que cada embestida la hacía balancearse, clavándose más en mi verga. Le di una nalgada fuerte en ese culo redondo y firme que tanto me volvía loco, dejando una marca roja que contrastaba con su piel.
—Más fuerte, Hugo… tira de la cuerda, hazme tuya —suplicó con voz rota, los ojos entrecerrados de placer. Su cara estaba sonrojada, el pelo pegado a las mejillas, y cada vez que la penetraba hasta el fondo soltaba un gemido gutural que me ponía al borde.
La follé así durante minutos eternos, cambiando el ritmo: lento y profundo para que sintiera cada vena de mi polla, luego rápido y salvaje, haciendo que sus tetas saltaran descontroladas. Me incliné y le mordí un pezón, tirando de él con los dientes mientras aceleraba. Carla se corrió por segunda vez, contrayéndose tanto alrededor de mi verga que casi me saca el orgasmo. Pero me contuve; quería más. Quería escalar esto todavía más alto.
La bajé un poco, aflojé la cuerda de las muñecas solo para girarla y volver a atarla de cara a la pared, con los brazos en cruz sujetos a dos presas grandes que había en el panel. Ahora su culo espectacular quedaba totalmente expuesto, las nalgas separadas, el ano todavía ligeramente abierto de nuestra follada anterior. Escupí en mi mano, lubriqué mi polla y empujé contra su culito apretado. Carla empujó hacia atrás, gimiendo de anticipación.
— Métemela en el culo otra vez… quiero sentirte rompiéndome mientras estoy atada como una puta de vía.
Entré despacio al principio, centímetro a centímetro, sintiendo el calor infernal y la presión brutal de su esfínter. Cuando estuve completamente dentro, empecé a bombear con ritmo creciente, agarrándola de las caderas y tirando de su pelo con la otra mano. El almacén se llenaba de los sonidos obscenos: carne contra carne, la cuerda crujiendo, sus gemidos cada vez más altos y mis gruñidos de esfuerzo. Le metí dos dedos en el coño al mismo tiempo, follándola por ambos agujeros mientras la pared de escalada vibraba ligeramente con cada embestida.
— Eres una MILF increíble, Carla… cuarenta y un años y follas como si tuvieras veinte —gruñí, sintiendo cómo mi orgasmo se acercaba peligrosamente.
Ella se corrió de nuevo, gritando tan fuerte que temí que alguien pudiera oírnos desde fuera, aunque el rocódromo estaba cerrado. Su ano se contrajo alrededor de mi polla como un torno, ordeñándome. Saqué la verga justo a tiempo, respirando agitado, y la desaté con manos temblorosas. Carla cayó de rodillas, jadeando, con hilos de saliva y jugos bajándole por los muslos. Pero no había terminado. Sus ojos seguían brillando con esa hambre insaciable.
—Ahora el arnés completo —dijo con voz ronca, levantándose despacio y caminando hacia una estantería. Cogió un arnés de escalada integral, de esos que cubren piernas, cintura y hombros con correas gruesas y mosquetones. Se lo puso ella misma delante de mí, ajustando las hebillas de modo que las correas le apretaban las tetas y le separaban las nalgas de forma obscena. El coño y el ano quedaban perfectamente accesibles entre las tiras de nylon—. Engánchame a ese punto alto del techo, Hugo. Quiero que me folles suspendida, balanceándome sobre tu polla como si estuviera en una pared de desplome.
La ayudé a enganchar los mosquetones a un anclaje del techo usado para cuerdas de seguridad. La levanté hasta que quedó casi flotando, las piernas abiertas, el cuerpo sostenido por el arnés pero con suficiente juego para que pudiera moverse. Su peso la hacía balancearse ligeramente. Me coloqué entre sus piernas, agarré las correas laterales como si fueran riendas y la penetré en el coño de un golpe seco. El arnés permitía que se moviera hacia mí con cada embestida, creando un vaivén perfecto que hacía que mi polla entrara hasta el fondo y saliera casi del todo.
— ¡Joder, sí! Fóllame suspendida… usa el arnés como quieras —gritaba ella, las tetas rebotando libres entre las correas.
La mecí como un péndulo sexual, follándola con fuerza mientras el metal de los mosquetones tintineaba. Cambié de agujero, metiéndosela en el culo con la misma facilidad, sintiendo cómo el arnés mantenía su cuerpo perfectamente posicionado para recibir cada centímetro. Le di nalgadas que resonaban fuerte, le pellizqué los pezones y le susurré al oído lo puta que parecía colgada de nuestro material de escalada. Carla se corrió otra vez, temblando en el arnés, su jugo salpicando el suelo de goma.
Yo estaba al límite, sudando, con los músculos ardiendo por el esfuerzo de sostenerla y follarla al mismo tiempo. Pero ella, aún jadeante y con la voz entrecortada, me miró por encima del hombro con una sonrisa sucia y satisfecha.
—Esto está siendo brutal, Hugo… pero todavía no hemos usado las presas grandes ni las cuerdas elásticas para sujetarme las piernas abiertas. Recupera fuerzas, chaval. Mi coño y mi culo siguen pidiendo más de esa polla joven. Tengo una idea aún más retorcida para cuando estés listo… algo que involucra el sistema de poleas del techo y que nos va a dejar completamente destrozados de placer.
Mi verga dio otro respingo dentro de ella, todavía enterrada en su culo caliente. El almacén olía a sexo, sudor y magnesio, y yo sabía que la noche se alargaría mucho más, que esta escalada erótica solo estaba ganando altura y que el verdadero vértigo estaba a punto de llegar. Carla contrajo sus músculos internos alrededor de mi polla, provocándome, y yo apreté las correas del arnés con más fuerza, listo para seguir subiendo el grado.
La adrenalina me corría por las venas mientras Carla contraía su ano alrededor de mi polla enterrada hasta el fondo, provocándome con esos músculos de MILF experta que sabían exactamente cómo ordeñar a un tío de veintidós años. Tenía cuarenta y un años, divorciada y con un cuerpo que seguía pidiendo guerra como si el divorcio la hubiera liberado para follar sin límites. El arnés integral le apretaba las tetas grandes y naturales, haciendo que se desbordaran por encima de las correas de nylon, y sus piernas colgaban abiertas, balanceándose con cada pequeño movimiento. Yo apreté las hebillas laterales y tiré de la polea del techo, izándola un poco más hasta que quedó suspendida completamente, flotando a la altura perfecta de mi cintura. El sistema de poleas crujió con un sonido metálico que me puso aún más cachondo.
—Sube el grado, Hugo —jadeó ella, con la voz ronca de tanto gemir—. Quiero que me folles como si estuviera en una vía de desplome total. Ábreme las piernas con esas cuerdas elásticas y úsame hasta que no pueda caminar mañana.
Cogí dos cintas elásticas de las que usábamos para entrenar resistencia y las enganché a sus tobillos. Las tensé fuerte hacia los anclajes laterales del techo, abriéndole las piernas en una V obscena que dejaba su coño hinchado y su ano todavía dilatado completamente expuestos. La tela de los leggins, bajada hasta los tobillos, le cortaba la circulación justo lo suficiente para que la carne se le marcara. Su coño chorreaba una mezcla espesa de mi corrida anterior y sus propios jugos, que goteaban al suelo de goma formando un charco brillante. Pensé que nunca había visto a una mujer de su edad tan puta y tan abierta, colgando como un trozo de carne lista para ser reventada.
Me coloqué entre sus muslos abiertos y escupí directamente sobre su ano antes de metérsela de nuevo en el culo de un empujón seco. El arnés la mantenía suspendida, así que cada vez que tiraba de las correas laterales su cuerpo entero se balanceaba hacia mí, clavándose mi polla hasta los huevos. Carla soltó un grito gutural, tirando de las cuerdas que aún le sujetaban las muñecas a la barra alta.
—¡Sí, cabrón! ¡Rómpeme el culo con esa polla joven! Siente cómo te aprieta una MILF de cuarenta y un años que ya no tiene vergüenza de nada.
Embestí con fuerza, usando el vaivén del arnés para follarla como un pistón. Sus tetas rebotaban descontroladas, golpeándose contra las correas. Le agarré una presa grande de escalada —una de esas jugosas de color naranja que usábamos para vías duras— y la froté contra su clítoris hinchado mientras la taladraba el ano. El plástico rugoso le raspaba el botón sensible y ella se volvió loca, convulsionando en el aire.
—Joder, Hugo… eso… usa las presas para ponerme más zorra. ¡Me corro otra vez!
Su ano se contrajo violentamente alrededor de mi verga, ordeñándome mientras un chorro caliente le salía del coño y me salpicaba el abdomen. No paré. Saqué la polla de su culo con un plop húmedo y se la metí en el coño de golpe, alternando agujeros sin piedad. El cambio de presión era brutal; su interior estaba tan lubricado con semen y jugos que entraba y salía con sonidos obscenos, chap-chap-chap, que llenaban todo el almacén.
La giré en la polea hasta dejarla boca abajo, cabeza hacia el suelo, el arnés sosteniéndola como un puto columpio sexual. Su cara quedó a la altura de mi polla chorreante. Sin que se lo pidiera abrió la boca como una puta bien entrenada y me la tragó hasta la garganta. Las arcadas le hacían babear gruesos hilos de saliva que caían al suelo mezclados con sus lágrimas de placer. Yo le sujetaba la cabeza con una mano y con la otra tiraba de las cuerdas elásticas para abrirla más, follándole la boca mientras su coño y su ano quedaban expuestos justo delante de mis ojos.
—Trágatela toda, Carla. Cuarenta y un años chupando polla como una campeona. Quiero ver cómo te ahogas con mi verga mientras te cuelgo como una perra.
Le metí tres dedos en el coño y el pulgar en el ano al mismo tiempo, follándola por ambos agujeros mientras ella me hacía una garganta profunda salvaje. Sus tetas colgaban hacia abajo, pesadas y llenas de marcas rojas de mis manos anteriores. Sentí cómo se corría otra vez, apretándome los dedos con espasmos tan fuertes que casi me rompe la mano. Saqué la polla de su boca y la dejé colgando un segundo, babeando y jadeando, antes de volver a izarla en posición normal.
Ahora la quería contra la pared del fondo, esa con las presas grandes de agarre profundo. Desenganché el arnés del techo pero dejé las cuerdas elásticas sujetándole las piernas abiertas. La empujé contra el panel inclinado, le até las muñecas a dos presas altas y le metí una presa mediana entre los dientes para que la mordiera y ahogara sus gritos. Su culo quedaba perfecto, arqueado hacia mí, coño y ano palpitando.
—Ahora te voy a destrozar de verdad —gruñí, escupiendo en mi mano y untándome la polla—. Quiero que sientas cada centímetro mientras te follo como si estuvieras en una competición de búlder extremo.
La penetré en el coño primero, agarrándome a las presas de la pared para hacer palanca y metérsela con toda mi fuerza. Cada embestida la aplastaba contra la pared, sus tetas se aplastaban contra el plástico frío y sus gemidos salían ahogados por la presa que mordía. Cambié a su ano sin sacar del todo, alternando entre los dos agujeros con rapidez brutal. El sudor nos chorreaba a los dos; el almacén olía a coño follado, culo abierto, semen y magnesio.
Carla escupió la presa de la boca y gritó:
—¡Más duro, hijo de puta! ¡Quiero que me dejes el coño y el culo destrozados! ¡Lléname otra vez con esa leche espesa de veinteañero!
Le di nalgadas tan fuertes que las marcas se superponían, rojas e hinchadas. Luego cogí dos presas pequeñas y se las metí una en el coño y otra presionando contra su clítoris mientras le follaba el ano sin parar. El doble estímulo la hizo explotar en un orgasmo tan violento que sus piernas temblaron dentro de las cuerdas elásticas y un chorro claro le salió disparado, mojándome las rodillas.
No aguanté más. La saqué, la bajé de un tirón y la puse de rodillas sobre una colchoneta, todavía con las piernas abiertas por las cuerdas. Le metí la polla en la boca y le follé la cara con saña, sujetándole la cabeza con las dos manos, metiéndosela hasta que le golpeaba la garganta. Lágrimas, saliva y restos de semen le caían por las tetas y el mentón.
—Última carga, zorra —jadeé—. Abre bien ese coño de MILF.
La levanté de nuevo, la empotré contra la pared y le metí la polla en el coño hasta el fondo. Bombeé como un animal, sintiendo cómo mis huevos chocaban contra su ano abierto. Cuando llegué al límite empujé hasta que mis huevos quedaron aplastados contra ella y me corrí con chorros potentes, espesos, llenándola hasta que el semen le rebosaba y caía a chorros por sus muslos y por el suelo. Carla se corrió por última vez, gritando como una auténtica puta sin control, contrayendo su coño alrededor de mi polla como si quisiera sacarme hasta la última gota.
Aún con la polla dentro, jadeando, le susurré al oído la última orden de la noche mientras le daba una palmada final en el culo enrojecido:
—Ahora quédate ahí abierta y goteando mi corrida por los dos agujeros como la puta escaladora insaciable que eres, que mañana volveré a asegurarte en la pared y te follaré el coño y el culo hasta que pidas clemencia.
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