Noche de bodas con la amiga
La esposa besa a su amante lesbiana en la suite nupcial.
La suite nupcial olía a rosas blancas y a la euforia todavía caliente de la fiesta. Miriam, de veintiocho años, se había quitado ya el velo y las horquillas, pero el vestido de novia seguía ceñido a su cuerpo como una segunda piel de encaje y seda. Estaba sentada al borde de la cama king size cuando la puerta se abrió y entró Imani, su mejor amiga desde la universidad, veintisiete años, el vestido de dama de honor todavía puesto y los ojos brillantes de una emoción que no era solo alegría por la boda.
Bruno se había marchado hacía apenas media hora. Una llamada urgente: su madre había sufrido un accidente leve en el aeropuerto y necesitaba que fuera de inmediato. «Vuelve mañana temprano», le había dicho Miriam con un beso en la mejilla, y él había desaparecido entre disculpas. Ahora solo quedaban ellas dos, el silencio acolchado de la suite y la botella de champagne sin abrir sobre la mesita.
Imani se acercó despacio, se sentó a su lado y tomó su mano.
—Miriam… no sé cómo decirlo sin estropearlo todo.
—Dilo —susurró ella, sintiendo ya el nudo en la garganta y algo más caliente entre las piernas.
—Siempre te he deseado. Desde el primer verano que compartimos piso. Y en la despedida de soltera, cuando nos besamos detrás del bar… no fue solo el alcohol. Yo quería más. Quería esto.
Miriam cerró los ojos un segundo. El recuerdo de aquel beso le recorrió el cuerpo como un escalofrío delicioso: labios de Imani sabiendo a tequila y a promesa, lenguas tímidas al principio y después hambrientas, manos en la cintura, el corazón latiéndole en la garganta. Había sonreído después y había fingido que era solo una broma entre amigas. Mentira.
—A mí también me despertó algo —confesó Miriam, mirándola a los ojos—. Algo que no he podido apagar. Ni siquiera hoy. Sobre todo hoy. Quiero explorarlo. Contigo. Libremente. Si tú también…
Imani no respondió con palabras. Se inclinó y apoyó la frente contra la de ella. Sus respiraciones se mezclaron. La tensión se volvió espesa, dulce, inevitable.
Se quedaron sentadas en la cama, las piernas rozándose. Empezaron a recordar en voz baja: la noche en que se peinaron mutuamente en el baño del piso de estudiantes y Miriam se quedó mirando el cuello de Imani demasiado rato; el viaje a la playa en el que compartieron toalla y Miriam sintió el muslo desnudo de su amiga pegado al suyo durante horas; el beso de la despedida, tan húmedo, tan breve y tan eterno.
Mientras hablaban, la mano de Imani bajó con lentitud deliberada y se posó sobre el muslo de Miriam, por encima de las capas de tul y encaje del vestido de novia. Acarició en círculos suaves, subiendo centímetro a centímetro. Miriam se mordió el labio inferior, el calor subiendo por su vientre como lava. Giró el rostro hacia ella. Sus bocas se encontraron.
El beso empezó lento, profundo, casi reverente. Labios entreabiertos, lenguas que se probaron con hambre contenida. Miriam soltó un gemido bajo cuando Imani la sujetó por la nuca y profundizó el contacto. Las manos de ambas empezaron a moverse con urgencia creciente y absolutamente consentida: Imani exploraba la espalda de Miriam a través del corpiño, Miriam deslizaba los dedos por el escote del vestido de dama de honor, rozando la piel caliente. Se besaban como si el mundo se hubiera reducido a esa cama y a ese instante.
—Quiero verte —susurró Miriam contra la boca de Imani—. Toda.
Miriam tomó la iniciativa. Empujó suavemente a Imani para tumbarla un poco hacia atrás y bajó a su cuello. Besó la piel salada, lamió la línea de la clavícula, mientras sus dedos bajaban la cremallera del vestido verde esmeralda. El tejido cayó de los hombros. Miriam le bajó las copas del sujetador y se quedó un segundo admirando los pechos firmes, los pezones ya endurecidos y oscuros. Se inclinó y los tomó con la boca uno tras otro: chupó con avidez, lamió en círculos lentos, mordisqueó con suavidad mientras Imani arqueaba la espalda y gemía su nombre.
—Joder, Miriam… así, más fuerte…
Las manos de Imani se enredaron en el pelo de la novia, guiándola. Miriam siguió lamiendo y succionando hasta que los pezones estuvieron hinchados y brillantes de saliva. Entonces Imani se incorporó con decisión, cambió de posición y tumó a Miriam de espaldas sobre las sábanas de seda. El vestido de novia se alzó en montones de encaje. Imani le bajó las bragas de encaje blanco con una lentitud tortuosa, se las quitó por completo y las dejó caer al suelo. El coño de Miriam ya estaba mojado, los labios hinchados y brillantes, el clítoris emergiendo entre ellos.
—Dios, qué preciosa estás —murmuró Imani antes de bajar la cabeza.
La primera lamida fue larga, de abajo arriba, saboreando todo el jugo dulce. Miriam gritó ahogado y abrió más las piernas. Imani la devoró sin prisa y sin piedad: lengua plana contra el clítoris, succiones rítmicas, dedos que se hundieron primero uno y después dos en su interior, curvándose para rozar ese punto que hacía que Miriam se retorciera y empujara las caderas contra su boca. Alternaba profundidad y superficie, metía la lengua junto a los dedos, chupaba los labios hinchados. Miriam se agarraba a las sábanas, gemía sin control, pedía más, pedía que no parara.
—Imani… me voy a correr… no pares…
Pero Imani sí paró un segundo, solo para subir, besarla con la boca llena de su propio sabor y susurrarle:
—Quiero correrme contigo. Dame la vuelta.
Se acomodaron en sesenta y nueve con la urgencia de quien ha esperado años. Miriam quedó debajo, la cara enterrada entre los muslos abiertos de Imani, oliendo su excitación, lamiendo su coño afeitada y empapada con la misma hambre. Imani, encima, volvió a hundir la lengua en Miriam y a chupar su clítoris con fuerza. Se lamiaron y se succionaron mutuamente con desesperación, gimiendo contra la carne mojada de la otra, dedos enterrados, caderas moviéndose en un ritmo salvaje. El sonido húmedo de las lenguas, los gemidos ahogados, el olor a sexo y a perfume de boda llenaba la suite.
Miriam sintió el orgasmo subirle desde el vientre como una ola gigante. Se corrió primero, con un grito ahogado contra el coño de Imani, contrayéndose violentamente alrededor de sus dedos, chorreando jugo que Imani lamió con avidez. El temblor de Miriam y el sabor de su corrida empujaron a Imani al borde. Se vino segundos después, frotándose descaradamente contra la boca de su amiga, gimiendo alto, soltando un hilo de jugo dulce que Miriam bebió sin dejar de lamer hasta que las dos quedaron temblando, agotadas, todavía con la lengua lenta sobre el clítoris sensible de la otra.
Se separaron con un último beso entre las piernas y se giraron para encontrarse cara a cara. Se besaron despacio, saboreando sus jugos mutuos mezclados en las lenguas, sonriendo entre jadeos. Se acurrucaron desnudas entre las sábanas de seda, piel contra piel, piernas entrelazadas. Las manos seguían acariciando con ternura: una espalda, un pecho, el muslo todavía húmedo.
—Esta noche de bodas secreta —susurró Imani contra el cuello de Miriam— solo es el comienzo. Seguiremos. En hoteles, en mi piso, cuando él viaje… Seremos amantes. Tuyo y mía.
—Promételo —respondió Miriam, besándole la frente, la comisura de los labios—. Quiero despertar sabiendo que te tengo así. En secreto. Con esta hambre.
Se rieron bajito, cómplices, acariciándose el pelo, los pechos, el vientre. El champagne seguía sin abrir. Afuera, la ciudad seguía de fiesta por la boda de Miriam y Bruno. Dentro, dos cuerpos saciados y todavía deseosos se abrazaban como si el futuro fuera solo de ellas.
Miriam cerró los ojos, sonriendo, y murmuró una última promesa ronca contra la boca de Imani. Entonces el móvil de Imani vibró sobre la mesita. Ella lo miró, palideció un segundo y se lo enseñó a Miriam: un mensaje de Bruno. «Ya estoy abajo. La emergencia era mentira. Quería daros espacio. ¿Puedo subir ya o necesitáis cinco minutos más, mis dos esposas?».
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