Noche en el Diner con el Mecánico
La esposa Laura se excita con el mecánico dominante mientras su marido cornudo observa humillado.
La medianoche caía espesa sobre la carretera secundaria cuando el motor del viejo sedán tosió por última vez y murió con un estertor metálico. Laura apretó los muslos bajo la falda corta de mezclilla mientras Carlos, pálido y sudoroso, empujaba el vehículo hasta el único edificio iluminado en kilómetros: un diner de carretera con taller adosado, neón parpadeante y olor a grasa y café quemado. Ella tenía veintinueve años, curvas generosas que la blusa blanca apenas contenía, pechos pesados que se marcaban con cada respiración, y esa boca pintada de rojo oscuro que siempre prometía más de lo que su marido tímido sabía reclamar.
Diego salió del taller limpiándose las manos en un trapo negro. Alto, hombros anchos, brazos cubiertos de tinta que subían por el cuello hasta la mandíbula cuadrada, camiseta sin mangas manchada de aceite que se pegaba al pecho musculoso. La mirada del mecánico bajó sin disimulo al escote de Laura, se detuvo en el valle profundo entre sus tetas y luego recorrió las piernas desnudas hasta el borde de la falda. Carlos balbuceó algo sobre el radiador. Diego sonrió con dientes blancos y dijo que tardaría horas, que el repuesto había que ir a buscarlo al pueblo de al lado y que podían esperar en el diner o, si preferían, en el taller donde hacía menos frío.
—Pásate, guapa —le dijo a Laura, la voz grave, rasposa—. El café está fresco.
Dentro del taller el aire olía a metal caliente y goma quemada. Laura se apoyó contra el capó del coche mientras Diego abría el capó y se inclinaba. Ella no apartó la vista de la forma en que los músculos de su espalda se tensaban. Carlos se quedó junto a la puerta, retorciéndose las manos. Diego se giró, le pasó el trapo por el cuello sudado y sus ojos volvieron a clavarse en el pecho de Laura.
—Con esa blusa tan escotada te vas a resfriar, cariño —murmuró, acercándose más de lo necesario—. O tal vez no. Parece que te gusta el calor.
Laura sintió un tirón caliente entre las piernas. Devolvió la mirada, lenta, provocadora, y se mordió el labio inferior. Carlos tragó saliva con ruido. Diego le pidió que le pasara una llave; ella se acercó, rozó deliberadamente su cadera contra el muslo duro del mecánico y notó la erección ya marcada bajo el pantalón de trabajo. El roce no fue accidental. Diego bajó la voz hasta el oído de ella mientras fingía señalar algo en el motor:
—Tienes olor a puta mojada, Laura. Tu marido te folla tan flojo que vienes buscando una polla de verdad, ¿verdad?
Ella jadeó, casi imperceptible, y se frotó un poco más contra él. Carlos lo vio todo: cómo su mujer abría la boca, cómo se le endurecían los pezones bajo la blusa, cómo dejaba que la mano aceitosa de Diego le rozara la cintura y luego el culo. Laura se giró hacia su marido con las mejillas encendidas y la voz ronca de deseo.
—Carlos… quiero que me folle. Quiero la polla de este tío dentro de mí. Dime que sí. Por favor. Mírame. Estoy empapada solo de oírlo.
Carlos se corrió casi solo de la vergüenza y la excitación. Asintió, la voz quebrada:
—Hazlo… haz lo que quieras. Yo… yo miro.
Diego soltó una risa baja y victoriosa. Agarró a Laura por el pelo y la empujó suavemente hacia abajo. Ella cayó de rodillas en el suelo sucio del taller, el cemento frío contra sus rodillas desnudas, y abrió la bragueta del mecánico con dedos torpes de ansia. La polla de Diego saltó gruesa, pesada, venosa, mucho más larga y gruesa de lo que Carlos había visto nunca en su propia vida. Laura gimió al verla, sacó la lengua y lamió desde las bolas hasta la cabeza brillante de precum, mirando fijamente a su marido mientras se la metía entera hasta la garganta. Babeaba, mocos y saliva le corrían por la barbilla, sonidos obscenos de succión llenaban el taller. Diego le agarraba la cabeza con las dos manos y le follaba la boca con embestidas profundas.
—Mira cómo te come la polla tu puta, cornudo —gruñó Diego—. Se atraganta y le encanta. Más. Ábrete más la garganta, zorra.
Laura se atragantó a propósito, lágrimas de esfuerzo en los ojos, y no apartó la mirada de Carlos ni un segundo. Cuando Diego la levantó, le subió la falda hasta la cintura, le bajó las bragas empapadas y la dobló sobre el capó del coche. La penetró de un solo empujón brutal. Laura gritó, las uñas arañando la chapa, el culo blanco sacudiéndose con cada embestida salvaje. Diego la follaba en perrito como un animal, manos enormes aplastándole las tetas contra el metal frío, dedos pellizcándole los pezones hasta hacerla llorar de placer.
—Eres la puta de un marido cornudo —le gruñía al oído, follándola más duro—. Dilo. Dilo fuerte para que te oiga.
—¡Soy la puta de mi marido cornudo! ¡Fóllame más fuerte, Diego, lléname!
Carlos se había bajado los pantalones en la esquina, la polla pequeña y dura en su puño, masturbándose con la cara ardiendo de humillación mientras veía cómo el mecánico le abría las piernas a su mujer, cómo le sacaba la polla brillante de jugos y se la volvía a meter entera. Diego la giró, la subió al capó de espaldas, le puso las piernas sobre los hombros y la embistió en misionero profundo, el ángulo perfecto para aplastarle el clítoris con el pubis. Laura se corrió gritando, el coño apretándole la polla en espasmos violentos. Diego no se detuvo. Unos embistes más y se vació dentro de ella con un rugido, chorros calientes de semen llenándole el útero mientras la llamaba otra vez puta de cornudo y le daba una palmada fuerte en el muslo.
Se salió. El semen espeso le goteaba a Laura por el coño y le bajaba por el culo hasta el capó. Diego no había terminado. Se puso delante de ella, le agarró el pelo otra vez y le metió la polla todavía medio dura en la boca.
—Límpiame. Y trágate lo que te quede.
Laura chupó con devoción, saboreando su propio jugo mezclado con el semen del mecánico, hasta que Diego se puso otra vez de piedra y se corrió por segunda vez directo en su garganta y en su lengua. Ella mantuvo la boca abierta un segundo, enseñándole a Carlos la carga blanca antes de cerrar los labios. Carlos, en ese preciso instante, eyaculó en su propia mano con un gemido lastimero, el semen cayéndole entre los dedos.
Laura se levantó tambaleante, se acercó a su marido y lo besó con la boca todavía llena. El semen de Diego pasó de su lengua a la de Carlos: salado, espeso, humillante. Ella le susurró contra los labios, voz ronca y dulce al mismo tiempo:
—Esta noche apenas ha empezado, amor. Voy a seguir follándome a Diego hasta que salga el sol. Quiero que me deje el coño destrozado y lleno otra vez. Tú te quedas mirando. Y si te portas bien… a lo mejor te dejo lamer lo que se derrame.
Diego se rio bajo, ya abrochándose el pantalón a medias, y le dio una palmada posesiva en el culo a Laura. Carlos temblaba, mezclado de vergüenza y una excitación que lo superaba, mientras el mecánico sonreía victorioso bajo la luz sucia del taller.
Laura se giró hacia el reloj de pared del diner, aún con el semen resbalándole por el muslo interno, y murmuró casi para sí misma, con una sonrisa lenta y fría que ninguno de los dos hombres esperaba:
—Claro que todo esto lo planeé yo desde que llamé al taller esta tarde… el radiador nunca se rompió solo.
Rate this story
Popular Collections
Browse Categories