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Máscara Rota: La Compañera de Piso que Deseaba

La tatuadora de 32 años domina a su compañera de piso de 28 y la folla con arnés hasta que grita.

13 min read September 27, 2026New

Naomi, la fotógrafa de 28 años recién llegada a Madrid desde el norte, arrastraba sus maletas por el pasillo estrecho del piso en Malasaña cuando la mirada de Selena la clavó en el sitio. La tatuadora de 32 años la esperaba apoyada en el marco de la puerta de la cocina, con los brazos cruzados bajo los pechos y una camiseta vieja que apenas le tapaba las bragas de encaje negro. Sus tatuajes serpenteaban por los muslos y los hombros como promesas de dolor y placer, y sus ojos oscuros la recorrieron de arriba abajo sin disimulo. «Bienvenida, Naomi. Espero que no seas de las que se asustan con un poco de ruido», dijo con esa voz grave que parecía raspar la piel. Naomi sintió un latigazo caliente entre las piernas y solo pudo asentir, tragando saliva mientras pensaba que aquella mujer ya la había desnudado con una sola mirada.

Desde el primer día la tensión fue espesa, casi tangible. En la cocina, al preparar el café por las mañanas, Selena se pegaba a ella para alcanzar el azúcar, presionando las caderas contra su culo con una lentitud que no tenía nada de accidental. El roce de sus tetas contra la espalda de Naomi hacía que se le endurecieran los pezones al instante. «Perdona, el espacio es pequeño», murmuraba Selena con una sonrisa torcida, pero sus dedos siempre rozaban la cintura de la fotógrafa un segundo más de lo necesario. Por las tardes la tatuadora se paseaba casi desnuda, solo con unas braguitas que se le clavaban entre los labios del coño, los pezones perforados brillando bajo la luz del salón. Naomi fingía leer en el sofá, pero sus ojos seguían el movimiento de aquellas nalgas firmes y tatuadas, imaginando cómo se sentirían abiertas bajo su lengua.

Las noches eran lo peor. Desde su habitación, con la puerta entreabierta, Naomi escuchaba todo. Primero el zumbido bajo del vibrador, luego los gemidos roncos y sin vergüenza de Selena. «Joder… más adentro, cabrona», gruñía la tatuadora mientras se follaba a sí misma. Naomi se quedaba paralizada en la cama, con la mano ya dentro de las bragas, frotándose el clítoris hinchado al ritmo de aquellos sonidos. Se corría mordiendo la almohada, imaginando que era ella quien estaba entre las piernas de Selena, lamiendo esos jugos que imaginaba espesos y calientes. «La deseo tanto que me duele», se repetía cada noche, el coño latiéndole incluso después de correrse. El deseo se había convertido en una herida abierta que crecía con cada roce, cada mirada, cada gemido filtrado a través de la pared.

Aquella noche de agosto el calor era asfixiante. El aire parecía pegajoso, el ventilador del salón solo removía el bochorno. Abrieron una botella de vino tinto y se sentaron en el sofá, las piernas desnudas rozándose sin querer. Después de la segunda copa las confesiones salieron solas. Selena, con la voz más baja y peligrosa, admitió: «Hace seis meses que no dejo que nadie me toque. Mi coño está desesperado, Naomi. Y tú… tú has estado volviéndome loca desde que llegaste». Naomi sintió que se le mojaban las bragas al instante. «Yo tampoco he follado con nadie desde que me mudé. Te oigo por las noches… y me toco pensando en ti», confesó con las mejillas ardiendo.

Selena dejó la copa en el suelo y se acercó como un animal acechando. Sus ojos brillaban con hambre pura. Con dos dedos tomó la máscara decorativa que Naomi usaba como diadema, esa pieza ligera de encaje negro que sujetaba su pelo revuelto. La sostuvo frente a sus caras y susurró contra los labios de la fotógrafa: «Llevo semanas queriendo romper esta mierda contra la pared. Cada vez que te la pones pienso en romperte a ti hasta que solo sepas gritar mi nombre». Naomi jadeó, el pulso retumbándole en el coño. Se miraron un segundo eterno, cargado de consentimiento y necesidad brutal. Luego sus bocas chocaron con violencia. El beso fue mordiscos, lenguas furiosas, saliva compartida. Selena le tiró del pelo y Naomi gimió dentro de su boca: «Úsame como te dé la gana. Quiero que me rompas, Selena. Por favor… hazme tuya».

No hubo más palabras. Selena la empujó contra la pared con tanta fuerza que un cuadro tembló. Le arrancó la camiseta de un tirón seco, dejando sus tetas al aire. Su boca cayó sobre los pezones como un animal, chupando con fuerza salvaje, mordiendo hasta que Naomi arqueó la espalda y soltó un grito ahogado. Al mismo tiempo metió dos dedos sin pedir permiso, hundiéndolos hasta el fondo en el coño empapado que llevaba semanas preparándose para ella. Los movía con rudeza, curvándolos, frotando la pared interna mientras su pulgar castigaba el clítoris hinchado. «Estás chorreando como una puta barata», gruñó Selena contra su pecho, tirando del pezón con los dientes. Naomi solo podía gemir y abrir más las piernas, pensando que nunca había estado tan excitada, que quería que aquella mujer la usara hasta romperla.

Selena la tiró en el sofá como si no pesara nada. Se quitó las bragas de un movimiento y se sentó sobre la cara de Naomi, aplastando su coño mojado y caliente contra su boca. «Come. Lame bien profundo, zorra. Quiero sentir tu lengua dentro». Naomi obedeció con desesperación, hundiendo la lengua entre aquellos labios hinchados, saboreando el gusto fuerte y dulce de su excitación. La lamió con velocidad, follándola con la lengua mientras Selena se movía encima de ella, frotando su clítoris contra su nariz y su boca. Los jugos le resbalaban por la barbilla. Selena gemía alto, tirándole del pelo para guiarla. «Así, más adentro… chúpame el clítoris, puta. Hazme correr». Cuando Selena se corrió, lo hizo con un gruñido animal, inundando la boca de Naomi con un chorro caliente que esta tragó con avidez.

Pero Selena aún no había terminado. Le dio la vuelta, puso a Naomi boca abajo y le abrió las nalgas con las dos manos. Su lengua atacó directamente el ano fruncido, lamiendo con hambre, penetrándolo con la punta mientras dos dedos volvían a follarle el coño sin piedad. El pulgar le frotaba el clítoris en círculos rápidos y duros. Naomi gritaba contra el cojín del sofá, el placer tan intenso que le nublaba la vista. «¡Me corro, joder, me corro!» El orgasmo la atravesó como un rayo, sus paredes contrayéndose alrededor de los dedos de Selena mientras esta seguía follándole el culo con la lengua sin detenerse.

Selena se levantó, fue a su habitación y volvió con el arnés ya puesto. El consolador era grueso, negro, venoso, más grande de lo que Naomi había tenido nunca. La puso a cuatro patas en la alfombra, agarró su pelo como riendas y escupió sobre la polla de silicona. «Ahora vas a tomar todo lo que te dé». Empujó de una sola vez, abriéndola brutalmente. Naomi soltó un grito largo y ronco al sentirse tan llena. Selena empezó a follarla con embestidas salvajes, tirándole del pelo, dándole nalgadas que resonaban en el salón. El sonido húmedo y obsceno de la polla entrando y saliendo de su coño empapado llenaba el aire. «Mira cómo te traga el coño, puta mojada. Estás hecha para que te folle así. Dilo». «Soy tu puta… fóllame más fuerte, Selena, por favor», suplicaba Naomi entre gemidos, empujando hacia atrás para recibir cada golpe. Selena aceleró, sudando, gruñendo, tirándole del pelo hasta que Naomi se corrió de nuevo, gritando tan fuerte que la voz se le quebró, el cuerpo convulsionando mientras la polla seguía entrando y saliendo sin misericordia.

Exhaustas y sudorosas, con el salón oliendo a coño y sudor, Selena se quitó el arnés y lo dejó caer al suelo junto a los restos de la máscara rota. Se tumbó detrás de Naomi en el sofá, abrazándola desde atrás con fuerza posesiva. Sus tetas se aplastaban contra la espalda mojada de la fotógrafa, una mano grande descansando sobre su vientre tembloroso. El abrazo era intenso, casi tierno después de la brutalidad, pero los dedos de Selena seguían trazando círculos lentos justo encima del coño sensible de Naomi. La respiración de la tatuadora era caliente contra su nuca cuando susurró: «Esto solo ha sido el aperitivo, preciosa. Mañana, cuando vuelva del estudio, voy a atarte y a follarte hasta que no puedas caminar… y ni siquiera he empezado a mostrarte todo lo que puedo hacerte».

Naomi cerró los ojos, el cuerpo todavía latiendo, el coño palpitando alrededor del vacío que había dejado la polla. La máscara estaba hecha pedazos en el suelo, igual que sus defensas. Pero mientras el abrazo de Selena se apretaba y sus dedos bajaban un poco más, rozando el clítoris hinchado otra vez, Naomi supo que aquello no había terminado. Solo acababa de empezar. Y la idea de lo que vendría después la hizo mojarse de nuevo, temblando entre los brazos de la mujer que ya la había reclamado como suya.

Naomi sintió cómo los dedos de Selena bajaban un poco más, rozando con pericia el clítoris hinchado que aún latía con los restos del último orgasmo. Un escalofrío le recorrió la columna y el coño se le contrajo de puro deseo renovado, soltando un hilo caliente que empapó los muslos de ambas. «No puedo creer que aún quiera más», pensó la fotógrafa de veintiocho años, con el cuerpo todavía temblando entre los brazos posesivos de la tatuadora. Selena, la mujer de treinta y dos que había convertido su llegada a Madrid en una rendición constante, rio bajito contra su nuca, mordisqueando la piel sensible mientras sus yemas separaban los labios empapados y volvían a hundirse despacio, curvándose justo donde sabía que la volvería loca.

—Tu coño no se cansa, ¿verdad, zorra? —gruñó Selena, metiendo un tercer dedo con lentitud calculada—. Está chorreando otra vez solo con que te abrace. Mañana iba a ser el día grande, pero me estás poniendo tan cachonda que no pienso esperar.

Naomi arqueó la espalda, empujando el culo contra la pelvis de Selena, sintiendo el calor húmedo de su compañera de piso pegado a ella. Las tetas perforadas de la tatuadora se aplastaban contra su espalda sudorosa, los piercings fríos contrastando con la piel ardiente. Cada movimiento de aquellos dedos gruesos producía un sonido obsceno, húmedo, que llenaba el salón oscuro. Naomi gemía sin vergüenza, las uñas clavándose en el brazo que la sujetaba por la cintura.

—Fóllame ahora, Selena… No me hagas esperar. Quiero que me uses hasta que no pueda ni pensar —suplicó, la voz rota por la excitación.

Selena sacó los dedos de golpe, dejando un vacío que hizo gemir a Naomi de frustración. La levantó del sofá como si no pesara nada, sus músculos marcados por los tatuajes serpenteantes tensándose bajo la luz naranja que entraba por la ventana. La arrastró hasta su habitación, donde el olor a incienso y sexo viejo se mezclaba con el bochorno de agosto. Sobre la cómoda ya esperaban las cuerdas de seda negra y el arnés con un consolador más brutal que el anterior: más grueso, más largo, con relieves pronunciados que prometían destrozarla por dentro. Selena lo señaló con la barbilla mientras ataba las muñecas de Naomi a la cabecera de la cama con nudos firmes pero que no cortaban la circulación.

—Mírate, abierta de piernas para mí como una puta barata —dijo la tatuadora mientras separaba los tobillos de Naomi y los aseguraba a los postes inferiores, dejando su coño y su ano completamente expuestos—. Llevo todo el día en el estudio pensando en esto, imaginando cómo ibas a gritar cuando te meta hasta el fondo. ¿Lo quieres? Dímelo claro.

Naomi tiró de las cuerdas, probando su resistencia, y el roce de la seda contra sus muñecas le envió un latigazo directo al clítoris. Su coño palpitaba visiblemente, los labios hinchados y rojos brillando con sus propios jugos. «Quiero que me rompa, que me haga suya de verdad», pensó, el corazón latiéndole en la garganta.

—Sí, Selena. Átame más fuerte si hace falta. Quiero tu polla hasta que me duela. Quiero correrte en la cara después. Úsame —respondió, la voz temblorosa pero cargada de hambre real.

Selena se tomó su tiempo. Se puso el arnés con movimientos lentos, ajustando las correas alrededor de sus caderas anchas y tatuadas, dejando que la polla de silicona colgara pesada entre sus muslos. Luego subió a la cama y se arrodilló entre las piernas abiertas de Naomi. Su lengua atacó primero el ano, lamiendo círculos amplios y húmedos, penetrando con la punta mientras dos dedos volvían a follar el coño sin piedad. El pulgar castigaba el clítoris en círculos rápidos, duros. Naomi gritaba, tirando de las ataduras, el placer tan intenso que le nublaba la vista. Los jugos le resbalaban por el culo, facilitando el paso de la lengua de Selena, que no tenía compasión.

—Sabe tan rico tu culo, joder… Tan apretado y caliente. Cuando termine de follarte el coño voy a meterte esto mismo aquí —amenazó Selena, mordiendo suavemente una nalga antes de volver a hundir la lengua.

Naomi se corrió con un grito agudo, las paredes vaginales apretando los dedos de Selena, un chorro pequeño salpicando la barbilla de la tatuadora. Pero esta no se detuvo. Se incorporó, escupió sobre la polla gruesa y la colocó en la entrada empapada. Empujó de una sola vez, abriendo a Naomi brutalmente, centímetro tras centímetro, hasta que las caderas tatuadas chocaron contra su culo.

— ¡Hostia puta! —aulló Naomi, sintiendo cómo la llenaba por completo, cómo aquellos relieves le frotaban cada nervio interno—. Me estás partiendo… pero sigue, por favor, sigue.

Selena agarró las cuerdas que sujetaban las muñecas de Naomi y las usó como riendas, tirando mientras empezaba a bombear con fuerza salvaje. El sonido húmedo y carnoso de la polla entrando y saliendo llenaba la habitación. Cada embestida hacía rebotar las tetas de Naomi, sus pezones duros como piedras. La tatuadora le daba nalgadas fuertes, dejando la marca de su mano en la piel pálida.

—Dilo. Di que eres mi puta de piso, la que se moja solo con oírme gemir por las noches —exigió Selena, acelerando el ritmo, sudando, los tatuajes brillando bajo una fina capa de sudor.

—Soy tu puta… Tu zorra personal. Fóllame más fuerte, rómpeme el coño, Selena —gritaba Naomi entre sollozos de placer, empujando hacia atrás todo lo que las cuerdas le permitían.

Selena desató los tobillos solo para doblarla mejor. Levantó las piernas de Naomi sobre sus hombros y se inclinó sobre ella, follándola en una posición casi vertical que permitía penetraciones más profundas. La polla golpeaba el fondo con cada embestida, haciendo que Naomi viera destellos blancos. El clítoris de la fotógrafa recibía fricción constante contra el hueso pélvico de Selena. Otro orgasmo la atravesó, más violento, haciendo que su voz se quebrara en un grito largo y ronco que resonó en todo el piso.

Pero la escalada seguía. Selena la giró boca abajo, con las muñecas aún atadas por encima de la cabeza, y la folló desde atrás con renovada brutalidad. Agarraba el pelo de Naomi como riendas, tirando de su cabeza hacia atrás mientras le daba nalgadas que resonaban como latigazos. El consolador entraba y salía a toda velocidad, los jugos de Naomi salpicando las sábanas y los muslos tatuados de Selena.

—Estás empapando todo, puta asquerosa. Mira cómo te tragas esta polla. Tu coño está hecho para que yo lo destroce —gruñía Selena, inclinándose para morderle el hombro, dejando marcas de dientes.

Naomi sentía que perdía la razón. Cada orgasmo era más largo, más profundo. Cuando Selena añadió dos dedos en su ano mientras seguía follándola con el arnés, el placer se volvió casi insoportable. La fotógrafa gritó sin control, el cuerpo convulsionando, los músculos contrayéndose alrededor de la invasión doble. Chorros calientes salían de su coño con cada embestida, empapando el arnés, las sábanas, el suelo.

— ¡Selena! ¡Me corro! ¡Joder, no pares, me estoy corriendo otra vez! —aulló, la voz completamente rota, el grito tan agudo y prolongado que pareció que el aire mismo vibraba.

El último orgasmo fue devastador. Naomi se tensó entera, el cuerpo arqueado en un espasmo que duró casi un minuto, los ojos en blanco, la boca abierta en un grito silencioso después de tanto chillar. Los jugos salían a borbotones alrededor de la polla, empapando todo. Selena siguió moviéndose despacio, prolongando el placer hasta que Naomi quedó laxa, temblando, sin fuerzas.

Solo entonces la tatuadora se quitó el arnés, lo dejó caer al suelo con un golpe sordo y desató las cuerdas con cuidado. Atrajo a Naomi contra su pecho, abrazándola desde atrás con fuerza posesiva pero ahora suave, casi tierna. Sus tetas se aplastaban contra la espalda mojada de la fotógrafa, una mano grande descansando sobre su vientre tembloroso, los dedos quietos, sin exigir más. No hablaron. No era necesario.

El salón olía a coño, sudor y deseo saciado. La máscara seguía hecha pedazos en el suelo del otro cuarto, testigo mudo de cómo todo había empezado. Ahora solo quedaba el silencio. Las respiraciones de ambas se fueron calmando, volviéndose más lentas, más profundas, hasta que incluso ese sonido se disolvió. No había palabras, ni gemidos, ni el eco de nalgadas o súplicas. Solo una quietud absoluta, densa, en la que sus cuerpos entrelazados descansaban por fin, latiendo al mismo ritmo en la penumbra del piso de Malasaña. El deseo había sido devorado. Solo quedaba esa paz muda, pesada y perfecta.

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