Nuestro Secreto en la Casa Flotante
En la casa flotante, Brigitte y su hijastro Cody se dejan llevar por su deseo prohibido y follan como animales toda la semana.
La casa flotante se balanceaba con suavidad sobre el lago, un lujo de madera clara, cristales amplios y una cubierta que parecía hecha para secretos. Brigitte había insistido en venir esa semana: el sol, el agua, el silencio lejos de la ciudad. Nikolai, el padre de Cody, volaba a otro continente por negocios y no regresaría hasta el domingo. Quedaban ellos dos. Ella, cuarenta y dos años, cuerpo firme de gimnasio y trajes de baño que aún le quedaban como un pecaminoso recorte de revista. Él, veinticuatro, hombros anchos, mandíbula marcada y esa mirada que desde hacía años ya no era de niño.
Desde el primer atardecer la tensión se instaló como humedad en la madera. Brigitte salió a la cubierta con un vestido blanco corto, sin sujetador, y Cody, apoyado en la barandilla con una cerveza, la miró demasiado tiempo. Ella se acercó a pedirle que le abriera el vino y sus dedos se rozaron en el cuello de la botella. Un roce “accidental”. El tercero de la tarde. Brigitte sintió el calor subirle por el pecho hasta la garganta. Llevaba años reprimiendo aquello: las duchas largas imaginándolo, las noches en las que se tocaba pensando en la polla de su hijastro, en cómo habría crecido, en cómo la destrozaría si alguna vez se atrevía. Cody, por su parte, había aprendido a esconder la erección cada vez que ella se inclinaba a recoger algo o se pasaba la lengua por los labios al degustar el vino.
—Hace calor —murmuró ella, y se abanicó el escote con la mano.
—Sí —contestó él, voz ronca—. Demasiado.
Pasaron el día en un baile de miradas cargadas, de muslos rozándose al sentarse en el sofá del salón para ver una película que ninguno prestaba atención. Cuando Brigitte se levantó para ir a la cocina, el culo se le marcó bajo la tela fina y Cody tragó saliva. El secreto se volvía insoportable en aquel espacio reducido. No había dónde huir. Solo el lago, la casa y el deseo prohibido que ambos alimentaban en silencio desde que él se había convertido en hombre.
La tormenta llegó al tercer día. El cielo se cerró negro, el viento azotó las amarras y la lluvia tamborileó sobre el techo con furia. Se refugiaron en la cubierta cubierta, bajo el toldo, compartiendo una botella de tinto caro. Brigitte se había puesto otro vestido, negro esta vez, que se le pegaba a los pechos con la humedad del aire. Cody llevaba solo pantalones cortos. Sus rodillas se tocaban.
Ella bebió un trago largo, miró el agua agitada y habló en un susurro que casi se llevó el viento:
—Sueño contigo, Cody. Desde que te vi volver de la universidad hecho un hombre… sueño con tu boca, con tus manos, con esa polla que a veces se te marca cuando me miras. Estoy harta de fingir que no pasa nada.
Cody se quedó quieto un segundo. Luego soltó la copa, la agarró del cuello con una mano y la besó con hambre, sin delicadeza, como quien se ahoga y por fin encuentra aire. Brigitte respondió con igual pasión, abriéndole la boca, chupándole la lengua, gemiendo contra sus labios. El tabú ardió entre ellos como gasolina.
—Quiero follarte —gruñó él contra su boca—. Quiero metértela entera y oírte decir que eres mi puta madrastra.
—Hazlo —jadeó ella—. Fóllame. El hecho de que sea tu madrastra solo me pone más caliente. Llevo años mojándome pensando en ti.
Cody la arrastró al interior. La lluvia golpeaba los cristales. En el pasillo la empujó contra la pared, le subió el vestido hasta la cintura y metió la mano entre sus muslos. Brigitte no llevaba bragas. Estaba empapada, el coño hinchado y resbaladizo. Él le metió dos dedos de golpe y ella gritó, arqueándose.
—Mírate… chorreando por tu hijastro —dijo él, frotándole el clítoris con el pulgar mientras la follaba con los dedos—. Dilo.
—Quiero tu polla, Cody. Quiero que me folles como un animal. Que me uses.
La llevó al camarote principal a empujones, tirándola sobre la cama ancha. Se bajó los pantalones. Su polla saltó gruesa, dura, venosa, la cabeza ya brillante de precum. Brigitte se arrodilló en el suelo sin que se lo pidiera, con devoción, y se la metió a la boca de un solo movimiento. Cody le agarró el pelo con las dos manos y embistió, follándole la garganta con golpes profundos. Ella baboseaba, los ojos llorosos, chupando con ganas, masajeándole los huevos, gimiendo alrededor de aquel tronco que le estiraba los labios.
—Así, madrastra… chúpamela toda. Qué puta estás hecha —jadeó él, tirándole del cabello para sacársela solo un segundo y volver a enterrársela hasta la base—. Vas a tragar mi leche otra noche, pero ahora te la voy a meter en el coño.
La levantó, la tiró de espaldas sobre la cama y se colocó entre sus piernas. Le abrió los muslos con violencia y se hundió de un embiste seco. Brigitte gritó. Estaba tan mojada que entró hasta el fondo, estirándola, llenándola. Cody folló en misionero con fuerza brutal, las caderas golpeando, la polla entrando y saliendo brillante de jugos. Le sujetó las muñecas sobre la cabeza y le mordió un pezón a través del vestido antes de arrancárselo del todo. Las tetas de Brigitte rebotaban con cada embestida; él las agarró, las apretó, las chupó mientras la penetraba sin piedad.
—Más duro —suplicó ella—. Fóllame el coño, hijastro. Rómpeme.
La volteó de un manotazo. Brigitte se puso a cuatro patas, el culo en alto, la espalda arqueada. Cody le entró por detrás de un golpe seco y empezó a zurrársela con fuerza, las manos clavadas en sus caderas. El sonido de piel contra piel llenó el camarote, mezclado con los gemidos de ella y el chapoteo de su coño empapado. Le dio una nalgada fuerte, luego otra, dejando la marca roja.
—Mi puta madrastra —gruñó, follándola más hondo, el glande rozándole el punto dulce una y otra vez—. Dilo. Dime lo que eres.
—Soy tu puta madrastra —gritó Brigitte, empujando el culo hacia atrás para encontrarse con cada embestida—. Fóllame, Cody. Úsame. Lléname.
Él le agarró el pelo, tiró hacia atrás y la penetró aún más salvaje, los huevos golpeándole el clítoris. Brigitte se corrió la primera vez así, temblando, el coño contrayéndose alrededor de la polla gruesa de su hijastro, chorreando por los muslos. Cody no se detuvo. La sacó, se tumbó de espaldas y la subió encima.
—Cabrégame, madrastra. Quiero ver esas tetas rebotar mientras te corres otra vez en mi polla.
Brigitte se impaló con un gemido largo y empezó a cabalgarlo con furia, subiendo y bajando, moliendo el clítoris contra la base de él. Las tetas le rebotaban pesadas; Cody las agarró, las apretó, le pellizcó los pezones mientras ella se follaba sola contra él. El tabú los volvía locos. Cada “madrastra”, cada “hijastro”, cada recuerdo de que Nikolai no sabía nada y de que estaban en la cama matrimonial de la casa flotante los empujaba más lejos.
—Me voy a correr dentro —advirtió Cody, la voz rota—. Te voy a llenar el coño, Brigitte.
—Hazlo. Échame toda la leche caliente. Quiero sentirla escurrirme después.
Ella apretó el ritmo, cabalgándolo como una desesperada, el culo rebotando, el coño apretándole la polla en espasmos. Cody se arqueó, la agarró de las caderas y se corrió con un rugido, disparándole chorros espesos y calientes en lo más hondo. Brigitte gritó al sentir el semen llenarla, el pulso de la polla dentro, y se vino otra vez, violentamente, chorreando alrededor de él mientras se hundía hasta el fondo.
Se quedaron así, jadeando, sudorosos, unidos. La tormenta seguía afuera. Cuando por fin se separaron, el semen de Cody le resbaló por el muslo interno a Brigitte en un hilo espeso. Él lo recogió con dos dedos y se lo metió otra vez en el coño, empujándolo dentro.
Al amanecer estaban exhaustos, enredados en sábanas húmedas de sexo y sudor. La luz gris del lago entraba por los ventanales. Cody la besó con una ternura que contrastaba con la salvajada de la noche, lento, profundo, saboreándole la boca.
—Esto es nuestro secreto en la casa flotante —susurró Brigitte contra sus labios, acariciándole el pecho—. Cada vez que tu padre se vaya… cada viaje de negocios… volvemos aquí y te follas a tu madrastra hasta que no pueda caminar.
Cody sonrió, todavía medio duro contra su muslo, y le mordisqueó el labio inferior.
—Y el peligro de que nos descubran solo me va a poner más duro. Quiero follarte en cada rincón de este barco. Quiero que salgas a la cubierta con mi leche escurriéndote entre las piernas.
Brigitte se rió bajo, la voz ronca de tanto gritar, y le pasó una pierna por encima de la cadera, frotándose contra él otra vez, ya lista.
—Entonces dime, Cody… ¿vas a empezar otra ronda ahora mismo o me vas a hacer mendigártela como la puta madrastra que soy?
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