Encuentro Cegado en la Pared de Escalada
Simone, una ejecutiva casada de 32 años, se deja follar salvajemente por su instructor de escalada Theo de 28 en la pared del gimnasio.
Simone tenía treinta y dos años, era ejecutiva de una firma de consultoría y llevaba casada cinco años con un hombre que ya no la miraba como al principio. Aquella noche, después del cierre, el gimnasio de escalada olía a magnesio, goma y sudor frío. Las luces de emergencia bañaban de un blanco sucio la pared artificial. Solo quedaban ella y Theo, el instructor de veintiocho años, hombros anchos, brazos marcados por años de agarre y un culo firme que Simone había mirado demasiado veces fingiendo concentrarse en la vía.
—Última del día —dijo Theo, cerrando con llave la puerta de cristal—. ¿Seguimos un rato, Simone?
Ella asintió, tragando saliva. Venía varias noches a la semana a desahogarse del matrimonio que se le había vuelto una rutina de emails y sexo tibio los domingos. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo al quedarse a solas con él. Cada vez que Theo se acercaba a corregirla, sentía el calor de su pecho contra su espalda y se mojaba el slip. La traición ya estaba en su cabeza mucho antes de que nada pasara.
Se abrochó el arnés sobre los leggins negros. El tejido se le pegaba al coño. Theo la observó sin disimulo mientras se ajustaba el suyo.
—Sube esa azul —ordenó él, voz grave—. Hoy vamos a trabajar cadera y pies.
Simone empezó a trepar. Las presas le rozaban las yemas. Theo se colocó justo detrás, asegurando la cuerda, tan cerca que cuando ella falló un pie y resbaló un poco, su culo apretado chocó contra la polla de él, ya medio dura bajo el pantalón de escalada. El contacto duró un segundo de más. Ninguno se apartó de inmediato.
—Otra vez —murmuró Theo contra su oreja, subiendo con ella en paralelo—. Respira. Empuja con los glúteos.
Sus manos grandes y callosas le agarraron las caderas para reposicionarla. Los pulgares se hundieron en la carne blanda justo encima del arnés. Simone soltó un gemido suave, imposible de disimular. Theo no retiró las manos. Las deslizó un poco más abajo, rozando la parte alta de los muslos, separándolos un centímetro.
—Joder, se te nota lo tensa que estás… y lo bien que te queda este culo apretado contra mí —susurró, la boca rozándole el lóbulo—. Cada vez que vienes me miras como si quisieras que te la meta aquí mismo, contra la pared. ¿Me equivoco?
Simone cerró los ojos. El coño le latía. Sentía el hueco del slip empapado.
—No te equivocas —admitió, la voz ronca—. Llevo semanas mojándome cada vez que me tocas “para corregir”. Mi marido no… no me folla así. Ni me mira así.
Theo apretó más fuerte las caderas, pegándola del todo contra su erección gruesa y dura.
—Entonces dilo claro, Simone. Quiero oírlo de tu boca de casada.
Ella giró la cabeza lo justo para mirarlo. Los ojos le brillaban de vergüenza y ganas.
—Quiero que me folles. Aquí. Ahora. Sin importarme las consecuencias. Métela toda y úsame.
Eso bastó. Theo soltó un gruñido animal, le arrancó el arnés de un tirón seco —hebillas chirriando—, le bajó los leggins y el slip a la vez hasta las rodillas y la empujó de cara contra la pared de escalada. Las presas le rozaban las tetas a través de la camiseta fina. Él se bajó el pantalón lo justo para sacar la polla gruesa, venosa, ya goteando. Le separó los glúteos con las manos y se frotó la cabeza hinchada por el coño chorreante.
—Qué puta más mojada… y casada —escupió, y la penetró de un solo embestida brutal hasta el fondo.
Simone gritó. Theo le tapó la boca con la mano grande, ahogando el sonido contra la pared. Empezó a follarla con fuerza, embestidas secas y profundas que le hacían rebotar las tetas y le machacaban el clítoris contra la textura áspera de la pared. El sonido obsceno de piel contra piel llenó el gimnasio vacío. Ella babearon sobre sus dedos, gimiendo y empujando el culo hacia atrás para que le llegara más hondo.
—Así, joder… rómpeme —suplicó cuando él le soltó un segundo la boca.
Theo la sacó, la giró de un manotazo y la levantó en vilo como si no pesara nada. Simone rodeó su cintura con las piernas; él la empaló otra vez y la folló en el aire, brazos tensos, culo apretado, embestidas verticales que le hacían ver estrellas. Cada subida y bajada le sacaba un grito ahogado. La polla le rozaba el punto exacto una y otra vez.
—Mírame mientras te follo el coño de casada —ordenó él—. Dime de quién es ahora.
—Tuyo… es tuyo, Theo… ah, joder, más duro—
La bajó de golpe, la puso de rodillas sobre el colchón de seguridad al pie de la pared. Simone ni esperó: le abrió la boca y se tragó la polla entera, saboreando su propio jugo mezclado con el precum. Theo le agarró el pelo y le embistió la garganta hasta que le saltaron las lágrimas y la babas le corrían por la barbilla. Ella se tocaba el clítoris desesperada mientras le chupaba, ojos vidriosos fijos en los de él.
—Qué buena puta chupando… así, hasta el fondo. Tu marido no se la mete así, ¿verdad?
Ella negó con la cabeza sin soltar la verga, haciendo gárgaras obscenas. Cuando Theo sintió que iba a corrérsele en la boca, la sacó con un pop húmedo, la puso a cuatro patas en el suelo del gimnasio y se le montó encima. La empaló otra vez en posición de perrito, agarrándole las caderas con fuerza suficiente para dejar marcas, y la embistió salvaje, las bolas golpeándole el clítoris hinchado.
—Puta infiel… casada y aquí abriéndome las piernas en mi gimnasio. Te voy a llenar este coño de semen. Vas a volver a casa chorreando de mí.
—Sí… lléname… soy tu puta… ah, me corro, me corro—
Simone se vino gritando, el coño contrayéndose con fuerza alrededor de la polla de Theo, chorros calientes mojándole los muslos y las bolas. Él no se detuvo. Siguió follándola a través del orgasmo, brutal, hasta hundirse hasta el fondo y disparar chorros espesos de semen dentro de su coño casado, gritando su nombre entre dientes. Las contracciones de ella le ordeñaban cada gota.
Quedaron jadeando, sudorosos, el olor a sexo y magnesio mezclado en el aire viciado del gimnasio cerrado. La polla de Theo salió con un sonido húmedo y el semen le empezó a bajar por los muslos internos a Simone, espeso y caliente. Ella se quitó la camiseta, se limpió torpemente los muslos y el coño con la tela empapada de sudor y leche, y se la metió en el bolsillo del arnés tirado. Todavía temblando, se levantó un poco, le agarró la cara a Theo y le dio un beso sucio, profundo, saboreando su propia saliva y el sabor de la polla.
—La semana que viene vuelvo —susurró contra su boca, la voz ronca de gritar—. Y quiero que me vuelvas a llenar el coño hasta que no pueda caminar derecho. Que me dejes marcada otra vez. Mi marido no se entera de nada… y yo no pienso dejar de venirme a que me uses.
Theo le apretó el culo todavía expuesto, metiéndole dos dedos en el coño dilatado y lleno, empujando su propio semen más adentro. Simone gimió y se le arqueó la espalda.
—Vendrás —dijo él, sonrisa oscura—. Y la próxima vez no te voy a dejar ni respirar. Te voy a follar en cada rincón de esta puta pared hasta que solo sepas decir mi nombre.
Ella se subió los leggins a medias, el semen todavía resbalándole entre las piernas cada vez que daba un paso. La tensión no se había ido; se había clavado más hondo. Mientras recogían arneses y apagaban las luces de emergencia, Simone sentía el peso de la promesa y el ardor del coño usado. Fuera esperaba su coche y la vida de ejecutiva casada. Dentro del gimnasio, Theo le había abierto algo que ya no iba a poder cerrar la semana siguiente… ni la siguiente.
Simone volvió la semana siguiente exactamente a la misma hora. El gimnasio ya olía otra vez a magnesio y goma caliente; las luces de emergencia bañaban la pared de un blanco sucio. Theo cerró con llave la puerta de cristal sin decir nada. Solo la miró. Ella tenía treinta y dos años, ejecutaba contratos millonarios de día y aquella noche llegó con el slip ya empapado solo de pensarlo. Se quitó la chaqueta, se abrochó el arnés sobre los leggins negros y se acercó a la pared azul como si de verdad viniera a escalar.
—Sube —ordenó Theo, voz baja—. Hoy no voy a corregirte los pies.
Simone trepó dos metros. Las presas le rozaban las yemas. Él se pegó detrás, la cuerda floja, y le metió la mano entera entre las piernas por encima de la tela. Los dedos callosos le apretaron el coño hinchado a través del slip mojado.
—Joder, ya estás chorreando. ¿Has pensado en esto toda la puta semana mientras firmabas papeles y le dabas un beso seco a tu marido?
—Sí —admitió ella, la voz rota—. Me tocaba en el baño del despacho pensando en tu polla. Ayer me corrí dos veces con los dedos y todavía no me bastaba.
Theo le bajó leggins y slip de un tirón hasta las rodillas. El aire frío del gimnasio le rozó el coño abierto. Él se frotó la verga gruesa y ya dura por los labios hinchados, untándola de su jugo.
—Puta casada. Ábreme las piernas más.
Simone abrió. Theo la penetró de una embestida seca hasta el fondo. Ella gritó contra la pared; las tetas le aplastaron las presas. Él no empezó despacio. Empezó a follarla salvaje, cadera contra culo, el sonido húmedo y obsceno rebotando en el techo alto. Cada embestida le machacaba el clítoris contra la textura áspera. Simone empujaba el culo hacia atrás, pidiendo más sin vergüenza.
—Más duro… rómpeme este coño de casada… ah, joder, Theo—
Él le agarró el pelo, le giró la cabeza y le escupió en la boca abierta. Ella lo tragó y gimió. La polla le entraba entera, las bolas golpeándole el clítoris hinchado. El arnés le rozaba los muslos; las hebillas chirriaban.
—Dime de quién es este coño ahora.
—Tuyo… solo tuyo… mi marido no me llega ni a la mitad… lléname otra vez—
Theo la sacó de golpe, la bajó y la puso de rodillas sobre el colchón de seguridad. Simone abrió la boca sin que se lo pidiera. Se tragó la polla entera, saboreando su propio jugo y el precum espeso. Él le agarró la cabeza con las dos manos y le embistió la garganta. Babas le corrían por la barbilla, lágrimas le saltaban. Ella se tocaba el clítoris desesperada, dos dedos metidos hasta el fondo, follándose mientras le chupaba.
—Qué buena puta tragando… así, hasta que te salgan los ojos. Tu marido se la mete blanda los domingos y tú aquí de rodillas en mi gimnasio, ¿verdad?
Ella asintió sin soltar la verga, haciendo gárgaras obscenas. Cuando Theo sintió que iba a corrérsele, la sacó con un pop húmedo, le dio una bofetada suave en la mejilla y la levantó. La empujó de cara contra la pared otra vez, le separó los glúteos y le metió la lengua en el culo. Simone gritó, el coño contrayéndose en el aire. Él le lamió el agujero apretado, le metió la lengua, le chupó, mientras le metía tres dedos en el coño chorreante.
—Voy a follarte el culo también —gruñó—. Quiero que vuelvas a casa con los dos agujeros llenos de mí.
Simone temblaba. —Hazlo. Úsame. No me importa.
Theo escupió sobre el agujero, se untó la cabeza de la polla y empujó. Entró lento al principio, centímetro a centímetro, mientras ella jadeaba y se agarraba a las presas. Cuando estuvo enterrado hasta las bolas, empezó a embestir. El coño de Simone chorreaba vacío; él le metía los dedos al mismo tiempo, follándola por los dos sitios. El dolor se mezclaba con un placer sucio que le hacía ver estrellas.
—Puta infiel… casada y abriéndome el culo en la pared. Te voy a marcar por dentro.
—Sí… márcome… ah, joder, más hondo—
La sacó del culo, la empaló otra vez en el coño y la folló de pie, levantándola a medias, una pierna abierta contra la pared. Cada embestida vertical le rozaba el punto exacto. Simone se corrió gritando, el coño exprimiendo la polla, chorros calientes mojándole los muslos y las bolas de él. Theo no se detuvo. La bajó a cuatro patas en el suelo, se le montó encima y la embistió salvaje, agarrándole las caderas con fuerza suficiente para dejar moratones. Las tetas le colgaban y rebotaban; el semen de la semana pasada todavía le sabía a traición en la boca.
—Te voy a llenar… vas a volver a casa chorreando y tu marido te va a besar sin saber que te tengo llena—
—Lléname… soy tu puta… córrete dentro… ah—
Theo se hundió hasta el fondo y disparó. Chorros espesos, calientes, una y otra vez, gruñendo su nombre. Simone se corrió de nuevo solo de sentirlo, el coño ordeñándole cada gota. Él siguió embistiendo despacio, empujando el semen más adentro, hasta que la polla se le ablandó un poco y salió con un sonido obsceno. El semen le bajó por los muslos internos a Simone, espeso, blanco, mezclado con su propio jugo.
Quedaron jadeando sobre el colchón. El olor a sexo, magnesio y sudor llenaba el gimnasio cerrado. Theo le metió dos dedos en el coño dilatado, los sacó brillantes de leche y se los metió en la boca a ella. Simone chupó, mirándolo a los ojos.
—La próxima semana… —empezó ella, todavía temblando.
Pero la frase se le quedó a medias.
Se levantaron. Simone se limpió torpemente con la camiseta, se la metió en el bolsillo del arnés y se subió los leggins a medias. El semen le seguía resbalando entre las piernas cada vez que daba un paso. Theo apagó las luces de emergencia una a una. El gimnasio quedó casi a oscuras. Ella recogió su chaqueta. El móvil vibró en el bolsillo. Un mensaje de su marido: “¿Llegas pronto? He pedido cena. Te extraño”.
Simone se quedó mirando la pantalla. El coño le ardía, dilatado, lleno. Las marcas de los dedos de Theo le dolían en las caderas. El sabor de la polla y el semen le quedaba en la lengua. Había conseguido exactamente lo que pidió: que la usaran, que la llenaran, que la dejaran marcada. Y sin embargo, al caminar hacia la puerta de cristal, algo se le hundió en el pecho. No era miedo a que la descubrieran. Era peor. Era la certeza fría de que esto no iba a bastar nunca, de que la semana siguiente volvería a pedir más, y la siguiente, y que cada gota de semen dentro de ella la alejaba un poco más de la mujer que creía ser. Theo le dio un azote en el culo todavía expuesto y sonrió.
—Vendrás.
Ella asintió, pero la voz le salió rara. —Vendré.
Salió al aparcamiento. El aire de la noche le pegó en la cara. Se sentó en el coche, las piernas abiertas un segundo de más, sintiendo cómo le bajaba otro hilo caliente. Arrancó. En el retrovisor se vio a sí misma: ejecutiva de treinta y dos años, casada, el slip empapado de otro hombre, el móvil con el mensaje del marido todavía sin contestar. La promesa de Theo resonaba —te voy a follar en cada rincón hasta que solo sepas mi nombre— y por primera vez no le excitó del todo. Le dejó un hueco raro, como si algo se hubiera roto por dentro y ya no hubiera forma de volver a encajarlo. Condujo hacia casa con el coño latiendo y la duda clavada más hondo que cualquier embestida.
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