Rebote Ardiente con la Amiga de su Ex

Laura, arquitecta de 32 años, se folla con ganas a Valeria, la diseñadora gráfica de 29, en un rebote lésbico ardiente.

13 min read September 14, 2026New

Soy Laura, una arquitecta de 32 años que acaba de salir de una relación que casi me destroza. Carla y yo peleábamos por todo: celos enfermizos, reproches a media noche, acusaciones que dejaban heridas profundas. Cuando por fin cortamos hace una semana, sentí un alivio físico, como si me hubieran quitado un peso del pecho, pero también un vacío extraño en el cuerpo. El sábado por la tarde estaba sola en mi apartamento, vestida solo con una camiseta oversize que apenas cubría mis muslos y unos shorts de algodón. El sol entraba oblicuo por la ventana del salón, calentando el sofá de cuero donde intentaba leer sin conseguir concentrarme. Mi mente volvía una y otra vez a las noches en que Carla me hacía sentir invisible.

El timbre sonó dos veces, seco y urgente. Abrí la puerta y allí estaba ella: Valeria, la que había sido la mejor amiga de Carla durante años. Tenía 29 años y trabajaba como diseñadora gráfica en una agencia del centro, creando portadas y campañas que siempre me habían parecido hermosas y provocativas. Llevaba una caja de cartón bajo el brazo, jeans ajustados que marcaban sus caderas anchas y una camisa blanca de botones que dejaba ver el encaje negro del sujetador. Su pelo castaño caía en ondas rebeldes hasta los hombros, y sus ojos verdes se clavaron en los míos con una intensidad que me secó la boca al instante.

—Laura… —dijo, y su voz sonó más grave de lo que recordaba—. Encontré esto en mi casa. Ropa, libros y un par de cosas que Carla se dejó. Pensé que era mejor traértelo en persona en vez de enviártelo por mensajero.

La tensión fue inmediata, eléctrica. Las dos sabíamos perfectamente lo que Carla nos había repetido hasta el cansancio: «Nunca te acerques a Valeria», me había advertido a mí con veneno en la mirada. Y a ella, seguro, le había dicho lo mismo sobre mí. Era como si Carla hubiera olido desde el principio esa corriente prohibida que ahora crepitaba entre nosotras. Nuestras miradas se sostuvieron más tiempo del necesario. Sentí que mis pezones se endurecían bajo la camiseta solo con ese primer contacto visual. Valeria se mordió ligeramente el labio inferior y sonrió de medio lado, un gesto que parecía inocente pero que me recorrió la espalda como una caricia.

—Pasa —dije, haciendole espacio con la voz más ronca de lo que pretendía—. No te quedes en la puerta. ¿Quieres un café? Acabo de hacer una jarra.

Ella entró, dejando la caja sobre la mesa baja del recibidor. El perfume que llevaba —algo cítrico y cálido— se quedó flotando en el aire. Mientras preparaba las tazas en la cocina, sentía su presencia detrás de mí. Cada movimiento que hacía parecía deliberado: se apoyó en la isla, inclinándose lo suficiente para que su pecho rozara mi hombro cuando estiré el brazo para alcanzar el azúcar. Ninguna de las dos se apartó.

Nos sentamos en el sofá del salón. El café humeaba entre nosotras, pero ninguna bebía. Valeria cruzó las piernas y su rodilla desnuda, porque se había subido un poco los jeans, tocó la mía. El contacto fue breve, pero ninguna lo rompió. El silencio se volvió denso, cargado de todo lo que no nos habíamos dicho en años.

—Siempre te encontré irresistible, Laura —confesó de pronto, mirándome sin vergüenza—. Desde la primera vez que Carla te trajo a casa. Odiaba la forma en que te trataba, como si fueras de su propiedad y al mismo tiempo te menospreciara. Tú eres… demasiado. Demasiado guapa, demasiado inteligente, demasiado todo. Me ponía enferma verla desperdiciarte.

Sentí que el calor subía por mi cuello. Mi coño dio un latido traicionero bajo los shorts. Bajé la mirada a su boca, a esos labios carnosos que ahora estaban entreabiertos, esperando mi respuesta.

—Yo también te fantaseé, Valeria —admití en voz baja, casi un susurro—. Muchas noches, cuando Carla se dormía después de discutir, me tocaba pensando en ti. En cómo sería tenerte encima, en cómo olerías, en cómo gemirías mi nombre. Era tan prohibido que me corría más fuerte que con ella.

Nuestras manos se encontraron sobre el cojín del sofá. Esta vez no fue accidental. Sus dedos largos y finos, con uñas pintadas de rojo oscuro, se deslizaron entre los míos. Su pierna se apretó deliberadamente contra la mía. Podía oler su excitación mezclándose con la mía, un aroma almizclado que llenaba el salón.

Valeria se inclinó hacia mí hasta que su aliento me rozó los labios.

—Llevo años queriendo probar tu boca y tu cuerpo —dijo sin rodeos, con la voz temblando de deseo—. Quiero saber a qué sabe tu coño cuando estás empapada por mí. Quiero oírte gemir mi nombre mientras te follo con la lengua. Y sé que tú también lo quieres. Dime que sí, Laura. Dime que vamos a cruzar esta puta línea ahora mismo.

El deseo mutuo quedó expuesto, crudo y brillante entre las dos. No hubo dudas, ni vacilaciones. Solo excitación pura.

—Sí —respondí, y mi voz sonó casi desesperada—. Quiero que me folles, Valeria. Ahora.

Nos lanzamos la una sobre la otra como si lleváramos años conteniéndonos. El beso fue salvaje, hambriento. Nuestras lenguas se enredaron con fuerza, chupando, mordiendo. Sus manos se metieron bajo mi camiseta y me apretaron las tetas con rudeza, pellizcando los pezones ya duros. Yo gemí dentro de su boca y tiré de su camisa, arrancando botones que saltaron por el suelo. Le desabroché el sujetador y sus tetas llenas, de pezones oscuros y erectos, quedaron libres para mis manos.

Valeria me empujó hasta tumbarme de espaldas en el sofá. Me bajó los shorts y las bragas de un tirón, dejándome completamente expuesta. Se arrodilló entre mis piernas abiertas, miró mi coño depilado y brillante de humedad y sonrió con hambre.

—Mírate… ya estás chorreando para mí —murmuró.

Bajó la cabeza y su lengua experta recorrió toda mi raja de abajo hacia arriba, deteniéndose en el clítoris para chuparlo con fuerza. Metió dos dedos curvados dentro de mí sin piedad, frotando ese punto exacto que me hizo arquear la espalda y gritar. Mientras me comía el coño con devoción, no dejaba de hablarme sucio.

—Así, mi puta favorita… gime para mí. Este coño es mío ahora. Carla nunca supo cómo comértelo, ¿verdad?

Le tiré del pelo con fuerza, empujando su cara más profundo contra mi sexo. Mis caderas se movían solas, follándome su boca y sus dedos. El orgasmo se acercaba rápido, pero ella se detuvo justo antes, sonriendo con los labios brillantes de mis jugos.

—No tan rápido. Todavía no he terminado contigo.

Me incorporé, jadeando, y la giré con decisión. La puse a cuatro patas sobre el sofá, con el culo perfecto levantado hacia mí. Le bajé los jeans y las bragas hasta las rodillas. Su coño estaba hinchado, brillante, y su ano pequeño se contraía visiblemente. No lo pensé dos veces. Separé sus nalgas con las manos y pasé la lengua desde su clítoris hasta su culo, lamiendo todo con hambre. Valeria soltó un gemido gutural cuando hundí la lengua en su agujero trasero mientras metía dos dedos gruesos en su coño empapado.

—Joder, Laura… sí, cómeme el culo como la zorra que soy —suplicó.

Le di varias nalgadas fuertes, dejando la marca roja de mi mano en su piel blanca. Mis dedos entraban y salían de su coño con ritmo brutal, curvándose para tocar su punto G mientras mi lengua seguía penetrando su ano. Valeria temblaba, empujando hacia atrás, buscando más.

—Estás tan mojada… tan zorra para mí —le gruñí, mordiendo una de sus nalgas—. Este culo y este coño me pertenecen ahora.

Cuando sentí que estaba al borde, la coloqué de lado y me puse frente a ella. Abrimos las piernas y juntamos nuestros coños empapados en tijera. Empezamos a frotarnos con fuerza, clítoris contra clítoris, resbalando en nuestra mutua humedad. Nos mirábamos a los ojos sin apartar la mirada, gimiendo cada vez más alto, insultándonos con cariño sucio.

—Fóllame, puta… córrete conmigo —jadeé.

Nuestros movimientos se volvieron frenéticos. El salón se llenó de sonidos húmedos, de carne contra carne, de gemidos roncos. El orgasmo nos golpeó al mismo tiempo, violento e intenso. Yo grité su nombre mientras mi coño se contraía y expulsaba jugos sobre el suyo. Valeria se corrió gritando, temblando, clavando las uñas en mi muslo. Nos quedamos unidas, frotándonos lentamente mientras las olas de placer nos recorrían.

Cuando recuperamos el aliento, aún entrelazadas y sudorosas, Valeria se inclinó y me besó con una suavidad inesperada. Sus labios apenas rozaron los míos, tiernos después de tanta brutalidad.

—Esto que acaba de pasar… que sea el comienzo de algo nuestro —susurró contra mi boca—. Algo solo tuyo y mío. Carla nunca tiene que enterarse. Podemos ser cuidadosas.

Yo sonreí, todavía con el corazón latiendo fuerte y el coño palpitando de deseo insatisfecho. La miré a los ojos verdes que ahora brillaban con una promesa peligrosa y supe, en lo más profundo de mi vientre, que esto no iba a terminar aquí. Que apenas habíamos abierto la puerta a algo mucho más grande, más adictivo y mucho más arriesgado. Y que, a pesar de todo, ya estaba deseando volver a cruzar esa línea una y otra vez.

El beso tierno de Valeria duró apenas unos segundos antes de que el fuego volviera a prender entre nosotras. Sus labios se separaron de los míos y, sin decir nada, deslizó la mano entre mis muslos otra vez, frotando con dos dedos mi clítoris hinchado y todavía sensible. El contacto me arrancó un gemido ronco que resonó en el salón. Yo seguía tumbada de lado en el sofá, con una pierna encima de la suya, nuestros coños aún pegajosos por los jugos mezclados del orgasmo anterior. Mi mente, nublada por el placer, solo podía pensar en una cosa: quería más. Quería que esta mujer de veintinueve años, diseñadora gráfica de curvas generosas y mirada peligrosa, me destrozara por completo.

—Otra vez —susurré contra su cuello, mordiéndole el lóbulo de la oreja—. No pares ahora, Valeria. Fóllame como si realmente me odiaras por haber estado con ella.

Ella soltó una risa baja, oscura, y me empujó hasta que quedé boca arriba. Se subió encima de mí a horcajadas, sus tetas pesadas balanceándose frente a mi cara. Tenía los pezones oscuros y duros como piedras. Los atrapé con la boca, chupando uno con fuerza mientras pellizcaba el otro. Valeria arqueó la espalda y gruñó, agarrándome del pelo castaño con una mano.

—Así, Laura… muerde. Quiero que me dejes marcas —ordenó.

Mientras yo devoraba sus tetas, ella bajó la mano y metió tres dedos de golpe en mi coño. El estiramiento repentino me hizo gritar alrededor de su pezón. Estaba tan mojada que entraron sin resistencia, pero la brusquedad me provocó un latigazo de placer que me recorrió la columna. Sus dedos se movían dentro de mí con ritmo brutal, curvándose exactamente donde sabía que me volvería loca. El sonido húmedo y obsceno de su mano follándome llenaba el salón, mezclado con mis gemidos ahogados contra su piel.

—Estás chorreando otra vez, puta —me dijo al oído, acelerando el movimiento—. Este coño de treinta y dos años es más goloso de lo que imaginaba. Carla no tenía ni puta idea de cómo usarlo, ¿verdad?

—No… —jadeé, soltando su teta para poder respirar—. Ella nunca me hizo sentir así. Sigue, Valeria. Méteme cuatro. Quiero sentirme llena de ti.

Valeria sonrió con malicia y obedeció. Retiró los tres dedos solo un segundo para añadir el cuarto. La presión era intensa, casi al límite, pero mi cuerpo la aceptó con avidez. Empezó a bombear con fuerza, su palma golpeando mi clítoris con cada embestida. Mis caderas se movían solas, follándome su mano como una desesperada. El sudor nos cubría a las dos; el mío corría por mis sienes y entre mis tetas, el de ella goteaba desde su frente sobre mi pecho. Podía oler el aroma fuerte y almizclado de nuestros sexos excitados, un olor que me ponía todavía más cachonda.

De pronto, sacó la mano y se bajó de mí. Antes de que pudiera protestar, me giró con rudeza y me colocó a cuatro patas sobre el sofá, el culo bien alto. Sentí sus manos abriendo mis nalgas con fuerza y luego su lengua, caliente y húmeda, atacando directamente mi ano. Lamía con hambre, rodeando el agujero apretado antes de empujar la punta dentro. Al mismo tiempo metió los cuatro dedos otra vez en mi coño, follándome los dos agujeros con un ritmo sincronizado que me hizo perder la cabeza.

—Joder… sí… cómeme el culo, Valeria —supliqué, empujando hacia atrás contra su cara—. Soy tu zorra. Úsame.

Ella gruñó contra mi carne y aumentó la velocidad. Su lengua penetraba mi ano con estocadas cortas y rápidas mientras su mano entraba y salía de mi coño con violencia. Mis jugos caían por mis muslos, mojando el cuero del sofá. El placer era tan intenso que me temblaban los brazos. En mi cabeza solo había espacio para ella: su olor, su voz, la forma en que me estaba reclamando el cuerpo entero. Pensé fugazmente en Carla, en lo furiosa que se pondría si nos viera, y esa idea solo me excitó más. Empujé con más fuerza contra la cara de Valeria.

Cuando estaba a punto de correrme de nuevo, ella se detuvo, me dio una nalgada fuerte que resonó en el salón y me ordenó que me diera la vuelta. Nos colocamos frente a frente, sentadas con las piernas abiertas y entrelazadas. Nuestros coños empapados se tocaron otra vez. Esta vez la fricción fue más salvaje. Valeria me agarró de las caderas y empezó a frotarse contra mí con movimientos circulares duros, presionando nuestros clítoris hinchados uno contra el otro. El roce era eléctrico, resbaladizo, perfecto.

—Mírame a los ojos mientras te follo, Laura —exigió, jadeando—. Quiero verte la cara cuando te corras por tercera vez.

Mantuve la mirada fija en sus ojos verdes, que brillaban de pura lujuria. Nuestros pechos subían y bajaban con rapidez. El sudor hacía que nuestras pieles se deslizaran. Yo también agarré sus caderas anchas y empujé hacia arriba, aumentando la presión. El salón se llenó de los sonidos húmedos y carnales de nuestros sexos chocando, de los gemidos cada vez más altos y de las palabras sucias que no podíamos contener.

—Tu coño es mío ahora —gruñí—. Más fuerte, Valeria. Quiero que nos corramos juntas otra vez. Quiero que me marques con tus jugos.

Aceleramos hasta que el sofá crujía bajo nosotras. Mis músculos internos se contraían con fuerza, el orgasmo acercándose como una ola gigante. Valeria empezó a temblar primero. Sus uñas se clavaron en mis muslos y soltó un grito gutural.

—¡Me corro, Laura! ¡Joder, me corro!

Su coño pulsó violentamente contra el mío y sentí un chorro caliente de sus jugos salpicándome. Eso me empujó al abismo. Me corrí con tanta fuerza que vi puntos negros. Mi coño expulsó un squirt abundante que se mezcló con el suyo, mojándonos el vientre y las piernas. Grité su nombre una y otra vez mientras el placer me atravesaba como electricidad, dejando mis músculos flojos y mi mente en blanco.

Nos quedamos unidas varios minutos, frotándonos suavemente mientras las réplicas nos recorrían. Nuestras respiraciones eran agitadas, los cuerpos exhaustos y brillantes de sudor y fluidos. Poco a poco nos separamos y nos dejamos caer de lado en el sofá, cara a cara. Valeria me acarició la mejilla con una ternura que contrastaba con la brutalidad de minutos antes.

—Esto ha sido… joder, Laura. Mejor de lo que fantaseé durante años —murmuró, besándome la frente.

Yo intenté sonreír, pero algo ya se estaba agriando dentro de mí. El calor del placer se disipaba rápido, dejando un frío extraño en el pecho. Miré hacia la mesa baja del recibidor, donde seguía la caja con las cosas de Carla: una sudadera gris que reconocí, un libro de poemas que le regalé, incluso el maldito cargador de móvil que siempre olvidaba. El peso de lo que acababa de hacer cayó sobre mí de golpe.

¿En qué mierda me había metido? Acababa de follarme con ganas salvajes a la mejor amiga de mi ex, en el mismo sofá donde Carla y yo habíamos vivido los últimos meses de nuestra relación tóxica. El rebote había sido ardiente, sí, pero ahora sentía un regusto amargo subiendo por la garganta. Valeria hablaba de “algo nuestro”, de ser cuidadosas, pero yo ya dudaba de todo. ¿Y si esto no era más que una forma de venganza para ella? ¿Y si Carla se enteraba? La sola idea de la explosión que vendría después me provocaba náuseas.

Mi coño todavía palpitaba con las secuelas del placer, pero el corazón se me había encogido. Miré a Valeria, que me observaba con una sonrisa satisfecha, y por primera vez desde que abrió la puerta sentí que había cruzado una línea que no solo era peligrosa, sino equivocada. El deseo seguía ahí, latiendo bajo la piel, pero encima de él se instalaba una duda pesada, pegajosa, que no se iría fácilmente. Esto no iba a terminar en un bonito secreto entre nosotras. Algo estaba mal. Muy mal. Y yo, con el cuerpo todavía temblando de placer y el alma empezando a arrepentirse, supe que tarde o temprano pagaría el precio de este rebote ardiente.

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