Reencuentro Ardiente en la Azotea: Su Esposa se Entrega al Amor que Escapó

Carlos, de 42 años, observa humillado cómo su esposa Roxanne, de 38, se entrega en la azotea a su ex Reid, que la folla como nadie mientras

23 min read September 14, 2026New

Soy Carlos, un ejecutivo de cuarenta y dos años que siempre creyó tener el control de su vida. Llevo once años casado con Roxanne, mi atractiva esposa de treinta y ocho, esa mujer de caderas generosas, pechos firmes y una mirada que todavía me derrite cuando quiere. Aquella noche estábamos en la azotea de un hotel de lujo, en una reunión de viejos conocidos de nuestra época de juventud, copas en mano y luces tenues sobre la ciudad. Todo parecía inocente hasta que lo vi a él.

Reid apareció como si el tiempo no le hubiera pasado factura. Cuarenta y un años, traje impecable, sonrisa confiada de quien ha construido un imperio empresarial con sus propias manos. El ex de Roxanne. El hombre del que ella me habló una noche borracha de sinceridad, años atrás: “Nadie me ha follado como él, Carlos. Nadie”. Esas palabras me habían perseguido siempre, y ahora las veía cobrar vida delante de mis ojos.

Roxanne se sonrojó en cuanto lo reconoció. Se le iluminó la cara de una forma que yo no lograba provocarle desde hacía mucho. Se acercó a saludarlo y yo me quedé a unos metros, fingiendo charlar con Wesley, un conocido lejano, mientras mi estómago se encogía. Reid la abrazó más tiempo del necesario. Su mano bajó hasta la curva de su cintura, rozando justo encima del culo. Ella rio bajito, ese sonido suave y pícaro que guarda solo para cuando está excitada. Yo observaba humillado, con la polla ya semidura dentro del pantalón, odiándome por sentir eso.

La conversación entre ellos se alargó. Reid le susurraba cosas al oído y Roxanne se mordía el labio inferior, mirándolo de reojo como si estuviera recordando cada embestida de antaño. Flirteaba abiertamente: se tocaba el cuello, se acomodaba el escote del vestido negro ceñido, se reía demasiado. Cada risa era una puñalada. Sabía exactamente lo que estaba pasando. Mi esposa, la mujer que dormía a mi lado todas las noches, se estaba entregando otra vez a la fantasía de ese hombre.

En un momento ella se separó un poco y vino hacia mí con las mejillas encendidas. Me miró con deseo culpable, esa mezcla de vergüenza y lujuria que me conocía demasiado bien.

—Carlos… —susurró pegada a mi oído, mientras Reid esperaba a unos pasos—. Quiero sentirlo de nuevo. Solo esta noche. Por favor. Sé que es una mierda pedírtelo, pero… me está volviendo loca. Tú sabes cómo me ponía.

Mi corazón latía desbocado. La humillación me quemaba la cara, pero debajo de ella ardía una excitación sucia, confesable solo en la oscuridad de mi pecho. Asentí. La voz me salió ronca, derrotada y deseosa a la vez.

—Hazlo. Quiero… quiero verte. Tienes mi permiso. Explícito. Ve con él.

Sus ojos se abrieron con sorpresa y alivio. Me besó rápido en la comisura de los labios y volvió junto a Reid. Le dijo algo al oído. Él sonrió como un depredador que acaba de recibir el plato favorito. Se escabulleron hacia un rincón oscuro de la azotea, detrás de unas jardineras altas y una chimenea de ventilación que los ocultaba a medias de los demás invitados. Yo los seguí a distancia, el corazón martilleándome, y me escondí tras un muro bajo, lo bastante cerca para verlo y oírlo todo, lo bastante lejos para no ser descubierto de inmediato.

Allí, bajo la luz débil de las farolas lejanas, Reid la empujó contra la pared y la besó con hambre. Fue un beso posesivo, profundo, de lenguas chocando y gemidos ahogados. Las manos de él le subieron por los muslos, levantándole el vestido hasta la cintura. Roxanne ya no llevaba bragas; se las había quitado en el baño minutos antes, lo supe por la forma en que se movió. Su coño afeitado quedó expuesto al aire fresco de la noche. Reid le metió dos dedos de golpe y ella jadeó contra su boca.

—Sigue mojada para mí después de todos estos años —gruñó él.

Yo me agarré la polla por encima de la tela, humillado hasta el tuétano y más duro que nunca.

Reid la hizo arrodillarse sobre el suelo frío de la azotea. Se desabrochó el pantalón y sacó una polla gruesa, larga, con las venas marcadas y la cabeza ya brillante de precum. Mucho más grande que la mía; eso lo vi con claridad dolorosa. Roxanne no dudó. Se la metió entera en la boca con devoción, mejillas hundidas, saliva corriendo por la base. Chupaba con ganas, mirándome de reojo exactamente como él le había indicado con un gesto de cabeza. Sus ojos se clavaron en los míos mientras tragaba aquella verga.

—Es mucho más grande que la tuya, cariño —dijo entre lametones, la voz pastosa de saliva y deseo—. Joder, se me olvida lo bien que me llena la garganta…

Reid le agarró el pelo y la embistió la boca un par de veces más antes de levantarla. La giró, la pegó de pie contra la barandilla de metal que daba a las luces de la ciudad y le alzó el vestido por completo. Le separó las piernas y se la metió de un solo empujón en posición de perrito. El gemido de Roxanne se perdió en el viento. Él la follaba duro, profundo, con palmadas secas en el culo que dejaban marcas rojas al instante.

—Mi puta favorita —le gruñía al oído mientras la azotaba otra vez—. Siempre lo fuiste. Este coño me recuerda exactamente. Aprieta. Así. Buena chica.

Yo no pude apartar la vista. Cada embestida hacía rebotar el culo de mi esposa. El sonido húmedo de su coño tragándose aquella polla gruesa me llenaba los oídos. Roxanne miraba hacia atrás, hacia mí, con la boca abierta y los ojos vidriosos.

—Nunca… nunca dejé de extrañar tu verga, Reid —gimió ella, la voz rota de placer—. Nadie me folla como tú. Nadie.

Reid la sacó de la barandilla, se sentó en un banco bajo escondido y se la montó a horcajadas. Ella bajó sobre su polla con fuerza, cabalgándolo sin piedad, las tetas casi saliéndose del escote. Subía y bajaba, el clítoris rozando la base de él, el coño haciendo ruidos obscenos. Se corrían las palabras entre gemidos:

—Dile a tu marido lo que eres —ordenó Reid, agarrándole las caderas para clavársela más hondo.

—Soy tu puta —obedeció Roxanne, mirándome directo mientras rebotaba—. La puta de Reid. La que nunca superó esta polla.

El orgasmo de él llegó con un gruñido animal. La llenó por dentro, embistiendo hasta el fondo mientras se corría en chorros espesos. Roxanne se corrió también, temblando, el coño contrayéndose alrededor de aquella verga que la reclamaba. Cuando él terminó, la besó con posesión, una mano todavía en su nuca.

—Siempre serás mía —le dijo contra los labios—. No lo olvides.

Roxanne se bajó con las piernas temblorosas. El semen de Reid ya le chorreaba por los muslos internos, goteando hasta las rodillas, brillante bajo la poca luz. Se acomodó el vestido como pudo y caminó hacia donde yo seguía escondido, el pecho agitado, el maquillaje corrido un poco. Me besó. Su boca sabía a él, a saliva y a sexo crudo. Me susurró pegada a mi oído, la voz todavía rota de placer:

—Te amo por esto, Carlos. Por dejarme… por mirarme mientras me usa. Pero no ha terminado. Reid quiere más. Y yo también. Esta noche apenas empieza, y quiero que veas todo lo que me va a hacer…

Roxanne se separó un poco de mí, todavía con el semen de Reid resbalándole por dentro de los muslos. Me miró a los ojos con esa mezcla de gratitud y voracidad que me conocía de memoria, y yo solo pude tragar saliva, la polla durísima apretada contra la cremallera.

—Vuelve con él —logré decir, la voz rota—. Quiero verlo todo.

Ella asintió y se giró. Reid la esperaba junto a la chimenea de ventilación, el pantalón todavía abierto, la verga gruesa y brillante de su propia corrida anterior, medio erecta otra vez. La atrajo hacia sí sin pedir permiso. La besó profundo, lamiéndole la boca que todavía sabía a mí, y sus manos le bajaron el escote del vestido negro hasta dejarle las tetas al aire. Los pezones duros, rosados, se le erizaron con el aire de la noche. Reid se los chupó con ganas, uno y luego el otro, mientras Roxanne gemía bajito y me miraba por encima del hombro de él.

Yo me acerqué más, saliendo a medias de mi escondite. Ya no importaba si alguien nos veía; la humillación me tenía el corazón latiendo en la garganta y la polla palpitando. Me bajé la bragueta y saqué mi miembro, más pequeño, más delgado, y lo empecé a masturbar despacio mientras los observaba.

Reid levantó la mirada y sonrió al verme.

—Ahí está el maridito —dijo, la voz grave, burlona—. Míralo, Roxanne. Se toca la pollita mientras yo te uso. Dile lo que quieres ahora.

Ella se arqueó contra él, las tetas aún en su boca.

—Quiero que me folles el culo, Reid —confesó sin vergüenza, la voz pastosa de deseo—. Nadie me lo ha abierto como tú. Carlos… Carlos solo me lo lame a veces. Necesito sentirte ahí dentro otra vez. Y quiero que él vea cómo me lo destrozas.

Mi mano se detuvo un segundo. Once años de matrimonio y ella nunca me había pedido eso con tanta crudeza. El ardor en las mejillas me quemaba, pero la excitación sucia me obligó a seguir masturbándome.

Reid no esperó. La giró de espaldas a él, la empujó hacia delante hasta que se apoyó con las manos en el banco bajo. Le levantó el vestido otra vez, le separó las nalgas con las palmas y escupió directo sobre su culo. El hilo de saliva cayó entre las mejillas y él lo extendió con el pulgar, empujando el dedo grueso dentro del agujero apretado de mi esposa. Roxanne jadeó, empujando hacia atrás.

—Sigue tan cerrado… —gruñó él—. Pero se acuerda de mí. Carlos, ven más cerca. Quiero que veas cómo se abre para mi polla.

Obedecí. Me acerqué hasta quedar a dos metros, la verga en la mano, gotas de precum brillando en la punta. Vi cómo Reid sacaba el dedo, se alineaba y empujaba. La cabeza gruesa de su polla se hundió despacio en el culo de Roxanne. Ella soltó un gemido largo, gutural, las uñas clavándose en la madera del banco.

—Joder… es enorme… —gimió ella, la voz temblando—. Más gruesa que nunca. Me está abriendo del todo, Carlos. Mírame. Mírame cómo me lo trago entero.

Reid empujó hasta el fondo de un solo movimiento. Sus caderas chocaron contra el culo de mi mujer con un sonido húmedo. Empezó a follarla despacio al principio, sacando casi toda la longitud y volviendo a clavar. Cada embestida hacía que el semen anterior le saliera a chorros del coño, goteando sobre el suelo de la azotea. Las tetas de Roxanne colgaban y rebotaban. Yo masturbaba mi polla al ritmo de ellos, odiándome por lo duro que estaba, por lo mucho que me excitaba verla convertida en la puta de otro.

—Dile lo que sientes —ordenó Reid, acelerando el ritmo. Las palmadas en las nalgas sonaban secas, dejando marcas rojas nuevas.

—Siento… siento tu polla destrozándome el culo —obedeció ella, mirándome directo a los ojos, la boca abierta, saliva cayéndole por la comisura—. Nadie me folla así. Tú no puedes, Carlos. Eres demasiado fino, demasiado cuidadoso. Reid me usa como se merece una puta. Aprieta… joder, aprieta más fuerte…

Reid la agarró del pelo y la obligó a arquear la espalda. Empezó a embestirla con fuerza bruta, el sonido de carne contra carne llenando el rincón oscuro. Roxanne gritaba ahogado, intentando no llamar la atención de los otros invitados que reían a lo lejos, ajenos o fingiendo no ver. Su coño goteaba sin parar, el clítoris hinchado y visible entre los labios hinchados.

Yo no pude más. Me arrodillé delante de ella, debajo del banco, y le lami el coño mientras Reid le follaba el culo. El sabor de la corrida ajena me llenó la boca: amargo, espeso, mezclado con el jugo dulce de Roxanne. Ella se corrió enseguida contra mi lengua, temblando, el culo contrayéndose alrededor de la verga de Reid.

—Buen chico —se burló Reid desde arriba—. Lámpele la puta a tu mujer mientras yo se la abro. Así se hace, Carlos. Así se aprende.

Cuando ella terminó de temblar, Reid la sacó del culo con un pop húmedo. El agujero quedó abierto, rojo, goteando. La levantó como si no pesara nada y la sentó a horcajadas otra vez, esta vez de frente a mí. Se la volvió a meter en el coño de un empujón, el semen anterior haciendo de lubricante. Roxanne empezó a cabalgarlo con fuerza, las tetas en la cara de él, rebotando.

—Chúpame las tetas mientras me folla —le pedí yo, la voz ronca de humillación y lujuria. Me puse de pie y le ofrecí el pecho. Ella se inclinó y me chupó un pezón a través de la camisa abierta, luego el otro, sin dejar de subir y bajar sobre aquella polla monstruosa.

Reid se rió.

—Mira qué bien se porta tu puta. Se corre otra vez solo con pensarlo. Dile, Roxanne. Dile lo que vas a hacer esta noche entera.

Ella levantó la cara, los ojos vidriosos, el maquillaje completamente corrido.

—Voy a dejar que me folle en todas las posiciones que quiera —gimió entre embestidas—. Voy a tragar su corrida, voy a llevarla dentro del coño y del culo todo el camino a casa. Y tú, Carlos… tú me vas a limpiar con la lengua cada vez que él decida llenarme. Porque esta noche soy suya. Completamente suya. Y tú solo eres el maridito que mira y se corre en el suelo.

Reid gruñó y se corrió otra vez dentro de ella, embistiendo profundo, las venas del cuello marcadas. Roxanne se vino con él, gritando su nombre, el cuerpo sacudido por espasmos. Cuando se separaron, el semen le salía a chorros del coño, mezclado con el del culo, resbalando por las piernas hasta los zapatos de tacón.

Ella se bajó temblando y se acercó a mí de rodillas. Me chupó la polla de un solo movimiento, sabiendo a los jugos de los tres. Me corrí enseguida en su boca, humillado, derrotado, más excitado que en toda mi vida. Ella se lo tragó todo y se limpió los labios con el dorso de la mano.

Reid ya se estaba abrochando, pero su mirada decía que no había terminado.

—Hay un suite libre en el piso de abajo —dijo, pasando un brazo posesivo por la cintura de Roxanne—. Pagué la noche entera. Vamos los tres. Quiero follármela en una cama de verdad mientras tú te sientas en la silla y nos miras. Y después… después veremos si te dejo lamerla otra vez o si prefiero que te quedes solo con las manos.

Roxanne me miró, el pecho agitado, el vestido hecho un desastre, el cuerpo marcado y lleno.

—Por favor, Carlos —susurró—. Acompáñanos. Quiero que veas cómo me pasa la noche usándome. Cómo me convierte otra vez en su puta. Esta azotea solo ha sido el principio. Abajo me va a hacer cosas que ni siquiera te he contado nunca.

Asentí, la polla todavía semidura, el corazón martilleando de anticipación y vergüenza. Los seguí hacia el ascensor privado, el semen de Reid todavía goteando por las piernas de mi esposa a cada paso. La noche apenas empezaba, y yo sabía que lo que venía me iba a destrozar y a excitar de una forma de la que jamás me recuperaría.

Los seguí al ascensor privado con las piernas flojas y la polla todavía pegajosa dentro del pantalón. Reid no soltó la cintura de Roxanne ni un segundo. Apenas se cerraron las puertas de acero, él la empujó contra el espejo, le alzó el vestido otra vez y le metió dos dedos en el coño goteante, removiendo su propia corrida. El olor a sexo llenó la cabina al instante. Roxanne gimió contra su boca y yo me quedé pegado a la pared opuesta, mirando cómo aquellos dedos gruesos entraban y salían brillantes.

—Míralo, Carlos —dijo Reid sin siquiera girarse—. Tu mujer ya no se aguanta. En once años de matrimonio nunca la has dejado así de abierta.

Asentí, la voz rota.

—Nunca.

El ding del ascensor nos sacó al pasillo silencioso del piso doce. Reid sacó la llave electrónica y abrió la suite. Era enorme: cama king size de sábanas blancas, sofá largo, minibar y ventanales que daban a la misma ciudad que habíamos visto desde la azotea. Encendió solo una lámpara baja. La luz dorada dibujó las marcas rojas de las palmadas en el culo de Roxanne y los hilos secos de semen en sus muslos.

—Siéntate ahí —ordenó Reid, señalando el sillón de terciopelo junto a la cama—. Manos visibles. Quiero que te toques cuando yo diga, y solo cuando yo diga.

Obedecí. Me dejé caer, abrí de nuevo la bragueta y saqué mi polla, más pequeña, más delgada, ya otra vez dura solo de oler el aire cargado de ellos. Reid desnudó a Roxanne por completo. El vestido negro cayó al suelo. Ella se quedó en tacones y collares, pechos firmes de treinta y ocho años, pezones hinchados, el coño afeitado brillante y el culo todavía semiabierto. Reid se quitó la camisa y el pantalón. Su cuerpo de cuarenta y un años era sólido, vetas de músculo y esa verga gruesa que ya se recuperaba, pesada, con la cabeza morada.

La tumbó de espaldas en el centro de la cama. Le abrió las piernas hasta casi partirla y se arrodilló entre ellas. Sin preliminares se la embistió hasta el fondo. El sonido húmedo fue obsceno. Roxanne arqueó la espalda y soltó un grito ahogado que se convirtió en risa de placer.

—Joder, Reid… me llega al útero. Carlos, míralo. Mírame cómo me abre.

Cada embestida hacía rebotar sus tetas. Reid le agarró las rodillas y las empujó hacia su pecho, follándola en un ángulo que le sacaba el semen anterior a chorros. Yo me masturbaba despacio, odiando lo mucho que me gustaba el contraste: mi mano delgada alrededor de mi miembro versus aquella bestia que destrozaba a mi esposa.

—Dile lo que eres otra vez —exigió Reid, acelerando.

—Soy la puta de Reid —gimió ella, mirándome fijo—. La que se corre más fuerte con la polla de su ex. Tú me haces el amor, Carlos. Él me usa. Y yo necesito que me usen.

Reid la sacó de repente, la giró a cuatro patas y se la volvió a clavar por detrás, esta vez en el culo. El agujero, todavía suelto de antes, lo aceptó con un pop húmedo. Roxanne enterró la cara en la almohada y empujó hacia atrás como una perra en celo. Él le agarró las caderas con fuerza bruta y la embistió sin piedad. El golpe de carne contra carne llenaba la suite. Yo veía el anillo rosado de su culo estirarse alrededor de aquella verga, cómo entraba y salía brillante de saliva y restos de semen.

—Ven aquí, maridito —llamó Reid—. Ponte debajo. Quiero que le chupes el clítoris mientras le rompo el culo.

Me arrastré hasta la cama, me metí entre las sábanas y la pared, y le pegué la boca al coño de Roxanne. Estaba empapado, agrio y dulce a la vez, lleno de la corrida espesa de Reid. Lamí, chupé, metí la lengua lo más hondo que pude mientras él la follaba por el otro agujero. Cada embestida de Reid me empujaba la cara contra ella. Roxanne se corrió contra mi boca a los pocos minutos, temblando, gritando el nombre de él, el culo contrayéndose y expulsando un hilo de semen que me cayó en la mejilla.

—Buen chico —se burló Reid desde arriba—. Así se limpia a una puta. Trágatelo todo.

Cuando ella dejó de sacudirse, Reid la levantó como si no pesara y la sentó a horcajadas sobre su regazo, de frente a mí. Se la metió otra vez en el coño y la hizo cabalgar. Las tetas le rebotaban delante de mis ojos. Roxanne se inclinó hacia mí, me agarró la nuca y me besó con la boca abierta, compartiendo el sabor de ambos. Su lengua era blanda, sumisa.

—Te amo por mirarme —susurró contra mis labios—. Te amo por dejarte humillar. Sigue tocando esa pollita. No te corras todavía. Quiero que aguantes toda la noche.

Reid le chupó un pezón mientras la clavaba desde abajo. Luego me miró.

—Carlos, ábrele más las nalgas. Ayúdame a ver cómo se la traga entera.

Obedecí. Con las manos temblorosas le separé las mejillas. Vi la base gruesa de Reid desaparecer por completo dentro de ella, el coño hinchado, los labios estirados. Roxanne bajaba y subía con fuerza, el clítoris rozando el pubis de él, gimiendo sin freno.

—Más hondo… joder, más hondo —suplicaba—. Nadie me llena así. Nadie.

Reid gruñó y se corrió por tercera vez, embistiendo hacia arriba, llenándola otra vez. El exceso le salió a chorros alrededor de su polla y me salpicó los dedos. Roxanne se vino con él, el cuerpo rígido, los ojos en blanco. Cuando se detuvieron, ella se bajó temblando y se arrodilló entre mis piernas. Me chupó la polla con devoción, sabiendo a semen ajeno y a su propio jugo. Me corrí en segundos, humillado, disparando en su garganta. Ella se lo tragó todo y me sonrió con labios brillantes.

—Gracias, cariño.

Reid ya estaba recuperándose otra vez. Su verga seguía semi dura, impregnada de todo lo que había salido de Roxanne. La tumbaron de lado en la cama, él detrás, cuchara. Se la metió despacio por el culo otra vez mientras le frotaba el clítoris con dos dedos. Yo me quedé en el sillón, la polla sensible, mirando cómo la usaban con calma ahora, profunda, posesiva.

—Esta noche no duermes, Roxanne —le dijo al oído, mordiéndole el hombro—. Voy a follarte hasta que no puedas caminar. Y tu marido va a quedarse despierto para limpiarte cada vez. ¿Verdad, Carlos?

—Sí —respondí, la voz apenas un hilo.

Roxanne giró la cabeza hacia mí, los ojos brillantes de lujuria y cariño retorcido.

—Quédate. Por favor. Quiero que veas cómo me convierte otra vez en suya completamente. Hay cosas que todavía no me ha hecho… cosas que te van a doler y a poner duro a la vez. La azotea fue solo el calentamiento. Aquí abajo me va a abrir en todas las formas posibles. Y mañana… mañana ya veremos si me devuelve o si decide llevárseme un rato más.

Reid sonrió contra su cuello y aceleró de nuevo las embestidas, más profundas, más dueñas. El sonido húmedo volvió a llenar la habitación. Yo me toqué otra vez, derrotado y excitado hasta el tuétano, sabiendo que la noche apenas estaba entrando en su fase más oscura y que lo que viniera después me iba a dejar marcado para siempre.

Soy Carlos y mi polla ya dolía de tantas corridas y aún así seguía dura mientras Reid embestía el culo de Roxanne en cuchara. Ella gemía contra la almohada, las piernas abiertas para que yo viera todo: cómo aquella verga gruesa de cuarenta y un años le abría el anillo rosado una y otra vez, cómo el semen anterior le salía a hilillos brillantes cada vez que él sacaba casi toda la longitud. Tenía treinta y ocho años mi esposa, once de casada conmigo, y ahora se dejaba usar como la puta que siempre había sido para él.

—Más fuerte —suplicó Roxanne, mirándome de reojo—. Quiero que Carlos oiga cómo me destrozas.

Reid le mordió el hombro y aceleró. El sonido de carne contra carne llenó la suite. Yo me masturbaba despacio en el sillón, odiando lo mucho que me excitaba el contraste entre mi miembro delgado y aquella bestia que le reclamaba el interior. Él sacó la polla del culo con un pop húmedo, la giró de espaldas y se la clavó de un solo empujón en el coño. Roxanne arqueó la espalda y gritó su nombre. Reid le abrió las piernas en V y me hizo señal.

—Ven, maridito. Ponte encima de su cara. Quiero que te chupe los huevos mientras yo la follo.

Obedecí. Me subí a la cama, me arrodillé sobre su pecho y le metí los testículos en la boca. Roxanne los chupó con devoción, la lengua caliente lamiendo la base de mi polla mientras Reid la embestía sin piedad. Cada embestida de él me empujaba más profundo en su garganta. Ella babeará, los ojos vidriosos fijos en los míos.

—Así se chupa a un cornudo —gruñó Reid—. Trágale los huevos mientras le demuestro quién manda en este coño.

La sacó otra vez, la levantó y la puso a cuatro patas al borde de la cama. Se colocó detrás y se la metió en el culo hasta las bolas. Roxanne empujó hacia atrás como una perra. Él le agarró el pelo y la obligó a mirarme.

—Dile lo que sientes ahora.

—Siento tu polla abriéndome el culo otra vez —gimió ella, saliva corriendo por su mentón—. Es tan gruesa… me llega al estómago. Carlos no puede. Su pollita es demasiado fina. Solo tú me usas como se merece una puta casada.

Reid le dio una palmada seca en la nalga que dejó una marca roja perfecta. Luego otra. Y otra. Roxanne gritaba de placer, el coño goteando sobre las sábanas blancas. Yo me acerqué y le lami el clítoris hinchado mientras él le rompía el culo. El sabor amargo de su corrida anterior me llenó la boca. Ella se vino enseguida, temblando, el anillo contrayéndose alrededor de aquella verga monstruosa y expulsando un chorro de semen que me cayó en la lengua. Me lo tragué entero, humillado y duro.

—Buen chico —se burló Reid—. Limpia bien a tu puta. Ahora ábrele el culo con los dedos. Quiero ver cómo se queda abierto para mí.

Metí dos dedos en el agujero rojo y suelto. Estaba caliente, resbaladizo, todavía palpitando. Reid se rió y me empujó la cara contra él.

—Métete la lengua. Profundo.

Lo hice. Lamí el interior del culo de mi esposa mientras él se masturbaba mirándonos. Roxanne gemía mi nombre mezclado con el de él, pidiendo más. Cuando Reid se cansó de mirar, me apartó de un empujón y se la clavó de nuevo. Empezó a follarla a martillazos, las caderas golpeando el culo con fuerza bruta. Las tetas de Roxanne rebotaban. Yo me quedé arrodillado delante, chupándole los pezones y masturbándome al ritmo.

—Voy a llenarte otra vez —anunció Reid—. Y esta vez quieres que tu marido se lo trague todo. ¿Verdad, puta?

—Sí —jadeó ella—. Quiero que Carlos lame mi culo hasta que no quede ni una gota. Quiero que sepa a ti toda la noche.

Reid gruñó y se corrió profundo, embistiendo hasta el fondo. Las venas del cuello se le marcaron. Cuando sacó la polla, el agujero quedó abierto como un túnel rojo, goteando semen espeso. Me empujó la cabeza.

—Lámelo. Ahora.

Metí la lengua dentro. Chupé, tragué, limpié cada rincón mientras Roxanne se retorcía de placer y vergüenza compartida. El sabor era amargo, denso, puramente de él. Me corrí en el suelo sin tocarla, disparando chorros sobre la alfombra mientras mi cara estaba enterrada en el culo usado de mi mujer.

Reid no paró. La tumbó de espaldas, le subió las piernas a los hombros y se la folló el coño otra vez. El semen del culo le salía a chorros con cada embestida. Yo me subí a la cama y le metí la polla en la boca. Ella chupaba con ganas, mirándome a los ojos mientras Reid la destrozaba abajo.

—Dile lo que vas a ser mañana —ordenó él.

—Voy a ser tu puta todo el día —gimió alrededor de mi miembro—. Voy a ir a la oficina de Reid con tu corrida todavía dentro. Voy a dejarte que me folles en su escritorio mientras Carlos espera abajo. Y cuando vuelva a casa, Carlos me va a lamer otra vez. Porque esta noche me has reclamado del todo.

Reid aceleró. La follaba tan duro que la cama crujía. Roxanne se corría una y otra vez, el cuerpo sacudido, gritando obscenidades. Él se salió de repente, se puso a horcajadas sobre su pecho y le corrió en la cara. Chorros espesos le cayeron en la boca, en las mejillas, en el pelo. Ella abrió la boca y se lo tragó todo lo que pudo. Luego me miró.

—Límpiame, Carlos.

Me arrodillé y le lami la cara. Chupé el semen de sus labios, de sus párpados, de su cuello. Ella se rió bajito, sucia, mientras yo lo hacía. Reid ya se estaba recuperando otra vez. Su verga seguía gruesa, brillante. La giró a un lado y se la metió en el culo una vez más, lenta, profunda, posesiva. Yo me puse detrás de él y le abrí las nalgas a Roxanne para que él entrara más hondo. Mis dedos tocaban su base cada vez que embestía.

—Así —gruñó Reid—. Ayúdame a usar a tu mujer. Métete los dedos en el coño mientras yo le rompo el culo.

Metí tres dedos. Ella estaba empapada, suelta, llena. Reid y yo la follábamos al mismo tiempo, uno por detrás y yo con la mano. Roxanne gritaba, el orgasmo golpeándola sin parar. Cuando Reid se corrió por última vez esa ronda, el exceso le salió por ambos agujeros a la vez. Me empujó la cara contra ellos.

—Trágatelo todo, cornudo. Esta es tu cena.

Lamí. Chupé. Tragué hasta que no quedó nada. Mi polla volvió a ponerse dura solo de hacerlo. Roxanne se bajó de la cama temblando, se arrodilló delante de mí y me chupó hasta que me corrí en su garganta otra vez. Se lo tragó, se limpió los labios y miró a Reid.

Él la tumbió de nuevo, le abrió las piernas y le escupió en el coño. Luego se la embistió sin piedad una vez más. Yo me senté en el sillón y me masturbé mirando cómo aquella polla gruesa entraba y salía del interior de mi esposa, cómo el culo le quedaba abierto y rojo, cómo el semen le corría por el culo hasta el coño y de ahí a las sábanas. Roxanne me miró fijo mientras él la usaba.

—Nunca vas a follarme así —gimió—. Nunca. Esta polla me pertenece. Y tú solo eres el maridito que limpia después.

Reid le dio una última embestida brutal y se corrió dentro otra vez. Sacó la verga y me la puso delante de la cara, todavía goteando.

—Chúpala tú ahora, Carlos. Prueba cómo sabe el culo de tu puta en mi polla.

Abrí la boca y la chupé. El sabor de Roxanne y de él me llenó la lengua. Él me folló la boca un par de veces, riendo, y luego se la volvió a meter a ella. La noche seguía. Yo seguía mirando, tocando, lamiendo, tragando. Roxanne ya no podía caminar. Su coño y su culo estaban destruidos, abiertos, llenos. Reid la montó una vez más a horcajadas, la hizo rebotar hasta que se corrieron juntos otra vez, y el semen le salió a chorros por los dos agujeros a la vez, goteando sobre mis rodillas mientras yo me arrodillaba debajo para bebérmelo todo.

Cuando por fin se detuvo, Roxanne se quedó de rodillas en el suelo, las piernas abiertas, el cuerpo temblando, el maquillaje hecho mierda, el semen de Reid corriéndole por la cara, por las tetas, por el coño y por el culo abierto. Me miró con la boca abierta y me dijo la última orden de la noche:

—Abre bien la boca, Carlos, y trágate hasta la última gota de la puta que tu esposa se ha convertido esta noche para la polla que siempre la ha follado mejor que tú.

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