Medianoche en la Azotea: Su Primer Beso

Dos vecinas adultas, Paulina de 32 y Martina de 28, se comen los coños y se corren en tijera en la azotea a medianoche.

26 min read September 09, 2026New

El calor del asfalto de la ciudad todavía subía como un aliento denso a pesar de la medianoche. Paulina, ejecutiva de treinta y dos años, empujó la puerta de metal de la azotea con el hombro y sintió el respiro de aire más fresco golpearle la cara. Llevaba solo un camisón de seda fina, casi transparente, que se le pegaba a las tetas y a los muslos por el sudor. No había podido dormir: el aire acondicionado de su piso se había jodido y el cuerpo le pedía escape. Se pasó la lengua por los labios, saboreando la sal de su propia piel, y avanzó descalza por las losas calientes.

Entonces la vio.

Martina estaba recostada contra el pretil, de espaldas a la ciudad, con una camiseta holgada de algodón que le llegaba a mitad de muslo y nada más. La fotógrafa de veintiocho años, su vecina del quinto, tenía el pelo suelto y pegado a la nuca. La luna llena le bañaba el perfil: la curva de la cadera, el pezón duro marcando la tela, el brillo de humedad en el hueco de la garganta. Paulina sintió un tirón bajo el ombligo, ese mismo que llevaba meses reprimiendo cada vez que se cruzaban en el ascensor.

—No esperaba compañía —dijo Martina sin girarse del todo, la voz ronca de quien también venía de dar vueltas en la cama—. El calor me está matando. ¿A ti también?

Paulina se acercó. El camisón se le pegó más a la raja cuando caminó. Podía olerla ya: un rastro dulce de jabón barato y piel caliente, y debajo algo más animal.

—Insomnio de puta madre —admitió—. Bajé a por aire y… bueno. Aquí estás tú.

Martina se volvió por fin. Sus ojos bajaron sin vergüenza por el cuerpo de Paulina: las tetas pesadas moviéndose libres bajo la seda, el triángulo oscuro apenas tapado, los muslos brillantes de sudor. Tragó saliva. El pecho le subía y bajaba rápido.

Durante un rato solo se oyeron los cláxones lejanos y el zumbido de algún aire acondicionado. Paulina se apoyó en el pretil a su lado. Sus brazos casi se rozaban. El calor que salía de Martina no era solo del clima.

—Llevo meses mirándote —soltó Martina de golpe, sin maquillaje ni rodeos—. En el ascensor. Cuando sales a correr. Cuando abres la puerta en bata. Me masturbo pensando en ti, Paulina. En cómo te sabrá la boca. En cómo te olerá el coño cuando te lo abra con los dedos. Llevo meses fantaseando con besarte hasta dejarte sin aire. Y no es un rollo poético. Es que me pongo empapada solo de imaginar cómo me clavarías la lengua.

Paulina notó cómo se le endurecían los pezones hasta doler. El camisón no ocultaba nada. Entre sus piernas se le había hecho un charco tibio que le resbalaba hacia el muslo interno. El corazón le golpeaba la garganta.

—Joder… —susurró. Miró la boca de Martina, carnosa, entreabierta—. Yo también. Cada puta noche. Me toco el clítoris pensando en tus tetas, en cómo me montarías la cara. Hoy subí esperando… no sé. Quizá encontrarte. O quizá no. Pero ahora que lo dices… sí. Te deseo. Te quiero besar hasta que se nos olviden los nombres. Quiero sentir tu lengua y tu saliva y tu coño frotado contra el mío.

Se miraron. La luna les pintaba las caras de plata y hambre. Martina dio un paso. Luego otro. El pecho de ambas se rozó: tela contra seda, pezones duros chocando. Paulina soltó un gemido bajo, involuntario. Martina levantó una mano y le rozó la mandíbula con los dedos callosos de quien aprieta el obturador demasiadas horas.

—Dime que puedo —pidió Martina, la voz hecha un hilo de deseo crudo—. Dime que quieres que te coma la boca ahora mismo.

—Quiero —respondió Paulina, y su mano fue directa a la cadera de Martina, metiéndose bajo la camiseta para agarrarle el culo desnudo, caliente, firme—. Quiero que me beses como si fueras a follarme con la lengua. Quiero tu saliva corriendo por mi cuello. Hazlo.

Martina no esperó más. Le agarró la nuca con las dos manos y le estrelló la boca. El primer contacto fue torpe de tanta urgencia: dientes, labios abiertos, lengua empujando de inmediato. Paulina abrió la boca y la recibió toda, chupándole la lengua con un gemido gutural que se le escapó directo a la garganta de la otra. El sabor era sal y menta vieja y ganas acumuladas. Se besaron como dos perras en celo, sin delicadeza: Martina le mordió el labio inferior hasta casi sacarle sangre, Paulina le chupó la lengua y se la metió más adentro, frotándose el coño ya chorreante contra el muslo de Martina.

Las manos de Paulina subieron por la espalda desnuda bajo la camiseta, le clavaron las uñas y bajaron otra vez al culo, abriéndole los glúteos, rozándole con un dedo el agujero apretado y la raja húmeda. Martina estaba empapada. El fluidito le resbalaba por los labios del coño hasta el muslo. Paulina lo notó y se le puso el clítoris a latir como un puto tambor.

—Estás hecha un río —jadeó contra su boca—. Me vas a dejar la mano babosa solo de tocarte.

—Y tú hueles a puta caliente —contestó Martina, bajándole ya el tirante del camisón para morderle el hombro y luego el pezón por encima de la seda—. Llevo meses oliéndote en el pasillo y tocándome el coño hasta correrme con tu nombre en la boca. Ahora te tengo aquí. Te voy a chupar estos pezones hasta que grites. Te voy a bajar este camisón y te voy a oler el coño antes de comértelo entero.

Paulina le agarró la cara y la besó otra vez, más sucio todavía: lengua profunda, saliva compartida que les escurria por las barbillas. Se frotaban sin pudor, caderas empujando, el monte de Venus de Paulina golpeando contra el de Martina a través de la poca tela que quedaba. El camisón se había subido casi hasta la cintura. Martina metió la mano entre las piernas de Paulina y le encontró el coño afeitado, hinchado, goteando. Dos dedos se deslizaron entre los labios y buscaron el clítoris hinchado, dándole círculos lentos y firmes mientras seguían besándose como si se quisieran devorar.

—Así… joder, Martina, así —gimeó Paulina, abriendo más las piernas sobre la azotea—. Mételos. Quiero sentir tus dedos dentro mientras me besas. Quiero correrme en tu mano antes de que me bajes a comer el coño.

Martina le metió dos dedos de golpe, curvados, buscando ese punto esponjoso mientras el pulgar le machacaba el clítoris. El sonido era obsceno: chapoteo húmedo, gemidos ahogados en la boca de la otra, el roce de piel contra piel. Paulina le correspondió metiendo la mano bajo la camiseta de Martina, encontrando sus tetas firmes, pellizcándole los pezones duros y bajando después a su coño peludo y chorreante. Se tocaban mutuamente, dedos entrando y saliendo, jugos resbalando por las muñecas, besos cada vez más desesperados.

La luna las iluminaba enteras. Nadie más en la azotea. Solo el olor a coño caliente y a saliva y a sudor de mujeres que por fin se tenían. Paulina sentía que se le venía la primera corrida solo de los dedos y de la lengua de Martina follándole la boca. El vientre se le contraía. Las piernas le temblaban.

—Me voy a correr —advirtió, la voz rota—. Me voy a correr en tus putos dedos y quiero que me los chupes después. Quiero probar cómo me sabe mi propio coño en tu boca.

Martina le aceleró el ritmo, follándola con la mano con ganas brutales, y le mordió el labio otra vez.

—Córrete. Mójame toda. Y después te voy a tumbar en este puto suelo y te voy a abrir las piernas con la cara. Te voy a lamer hasta el culo. Te voy a hacer tijera hasta que las dos acabemos gritando. Pero primero… esto.

Paulina se corrió con un gemido largo y ronco que Martina le tragó con otro beso. El coño se le contrajo a latigazos alrededor de los dedos, chorreando más aún, empapándole la palma. Martina no paró hasta que los temblores bajaron un poco. Entonces se sacó los dedos, brillantes y viscosos, y se los metió en la boca delante de los ojos de Paulina, chupándolos con lengüetazos lentos, saboreando el jugo espeso y salado.

Paulina, todavía temblando, le bajó la camiseta a Martina por encima de la cabeza y se la quitó del todo. Quedaron tetas al aire, pezones oscuros y duros, el coño negro de vello brillante de humedad. Paulina se agachó lo justo para morderle un pezón y chuparlo con fuerza mientras le metía ya tres dedos de una tacada. Martina arqueó la espalda y le agarró el pelo.

—Más… más profundo… joder, Paulina, follame la concha con la mano y después bésame con mi gusto en la lengua.

Se besaron de nuevo, ahora con el sabor de Paulina todavía en la boca de Martina y el de Martina empezando a manchar los labios de Paulina. Las manos no paraban: se abrían los labios del coño mutuamente, se rozaban los clítoris hinchados, se preparaban el terreno para lo que ambas sabían que venía. El aire de la azotea olía ya a sexo puro. Paulina sintió cómo Martina le empujaba suavemente hacia el suelo caliente de las losas, cómo le abría las piernas con las rodillas, cómo se situaba encima para frotar coño contra coño, labios hinchados resbalando, clítoris chocando en una fricción sucia y deliciosa.

—Esto es solo el principio —susurró Martina contra su boca, moviendo las caderas en círculos lentos, ensuciándose las dos—. Te voy a comer el coño hasta que me ruegues. Y después vamos a hacer tijera hasta que no nos quede jugo. Toda la puta noche. Aquí. Bajo esta luna.

Paulina levantó la cadera para aumentar la presión, el camisón ya hecho un guiñapo alrededor de la cintura, las tetas al aire, el coño abierto y expuesta a la lengua y al cuerpo de su vecina. El corazón le latía desbocado. El deseo no había bajado; se había multiplicado. Sabía que lo siguiente iba a ser la boca de Martina entre sus piernas, la lengua abriéndola, chupándole el clítoris como una puta famélica, y después el roce brutal de coño contra coño hasta correrme las dos a gritos.

Pero todavía no. Aún se estaban reconociendo con las manos y la saliva, todavía se estaban comiendo la boca como si fuera el primer y el último banquete. Martina le bajó la cara hasta el pecho, le chupó un pezón y luego el otro, y volvió a subir para besarle con los labios húmedos de todo. Paulina le agarró el culo con las dos manos y la apretó más contra su raja, frotándose sin vergüenza, gimiendo en la boca de la otra.

El calor de la azotea ya no era solo el de la noche. Era el de dos cuerpos adultos, mojados, dispuestos, con meses de fantasía a punto de volverse carne y lengua y corridas compartidas. Paulina miró a Martina a los ojos, a centímetros, y le dijo con la voz hecha un hilo de lujuria:

—No pares. Lo quiero todo. Tu boca. Tu coño. Tu tijera. Ahora.

Martina sonrió, salvaje, y se deslizó un poco más abajo, dejando un rastro de besos y mordiscos por el vientre de Paulina, acercándose al olor fuerte y dulce de su coño abierto. Las piernas de Paulina se abrieron solas. El aliento caliente de Martina ya le rozaba los labios hinchados. El primer lengüetazo estaba a un segundo de distancia.

Y la noche, en la azotea, apenas empezaba.

El aliento caliente de Martina ya le rozaba los labios hinchados del coño. Paulina abrió más las piernas sobre las losas todavía calientes, el camisón hecho un guiñapo alrededor de la cintura, las tetas al aire subiendo y bajando con cada respiración entrecortada. Tenía treinta y dos años y nunca había sentido el coño tan abierto, tan baboso, tan putamente necesitado como en ese segundo exacto en que la lengua de su vecina rozó por fin la raja.

Martina no empezó suave. Clavó la lengua plana desde el agujero hasta el clítoris hinchado y lo aplastó de un lengüetazo largo, sucio, que hizo a Paulina arqueearse y soltar un gemido ronco que se perdió en el zumbido de la ciudad. El sabor la golpeó de inmediato: salado, espeso, ahembrado, el jugo de la corrida anterior todavía resbalando. Martina gruñó contra la carne y abrió los labios del coño con los pulgares, exponiendo todo, el clítoris palpitante, el agujero contrayéndose, el vello fino de la comisura brillante de babas propias.

—Joder, hueles a puta en celo —murmuró contra el coño, la voz vibrándole dentro—. Llevo meses oliéndote en el ascensor y ahora te tengo chorreándome la cara. Voy a chuparte hasta dejarte seca y después voy a volver a mojarte yo misma.

Volvió a la carga. Lengua dura, punta rápida contra el clítoris, chupones fuertes que hacían un ruido obsceno de succión. Paulina le agarró el pelo con las dos manos y le empujó la cara más adentro, frotándose contra la boca abierta, los muslos temblando a ambos lados de la cabeza de Martina.

—Así… más fuerte… chúpame ese clítoris como si te fuera la puta vida —jadeó Paulina, la voz rota—. Métela. Métela toda. Quiero sentir tu lengua dentro de mi coño mientras me miras.

Martina obedeció. Empujó la lengua lo más hondo que pudo, follándola con ella, moviendo la cabeza de lado a lado para abrirla más. Los jugos le empapaban la barbilla, le resbalaban por el cuello, le manchaban las tetas que colgaban pesadas mientras se arrodillaba entre las piernas abiertas. Cada lengüetazo hacía que Paulina soltara un sonido gutural, medio gemido medio ladrido de perra. El coño se le contraía alrededor de la lengua, intentando chupársela adentro.

Paulina pensaba que se iba a volver loca. El calor de la azotea, el olor a sexo puro, la luna iluminándoles los cuerpos sudados… y esa boca famélica comiéndole el coño como si fuera el último banquete. Levantó la cadera y se la frotó entera por la cara de Martina, untándole los labios, la nariz, las mejillas.

—Mírame —exigió, tirándole del pelo para que levantara la vista sin dejar de lamer—. Quiero verte con la cara llena de mi coño. Quiero que me digas cómo te sabe.

Martina levantó los ojos, verdes y salvajes, la boca brillante, la lengua todavía trabajando el clítoris en círculos lentos y firmes.

—Te sabes a corrida y a ganas acumuladas —contestó, la voz pastosa de jugos—. Te sabes a lo que me he corrido tantas noches imaginando. Ahora cállate y córrete en mi puta boca. Quiero tragármelo todo.

Aceleró. Dos dedos se metieron de golpe mientras la lengua se concentraba solo en el clítoris, chupándolo, mordisqueándolo suave, lamiendo alrededor con la punta. Paulina gritó bajito, mordiéndose el labio para no despertar a todo el edificio. El vientre se le contrajo. Las tetas le rebotaban. Sintió la corrida subiendo como una ola sucia desde el coño hasta la garganta.

—Me corro… me estoy corriendo en tu cara… joder, Martina, chúpamelo, no pares—

El orgasmo la partió. El coño se le cerró a latigazos alrededor de los dedos, chorreando un hilito claro que Martina lamió con avidez, bebiéndoselo, gimiendo ella misma de lo rico que le sabía. Paulina se sacudió entera, las uñas clavadas en el cuero cabelludo de la otra, las piernas abiertas de par en par sobre la azotea, el camisón olvidado. Martina no aflojó hasta que los temblores se calmaron un poco; entonces subió lamiendo el camino, dejando un rastro de saliva y jugo por el vientre, por entre las tetas, hasta la boca de Paulina.

Se besaron otra vez. Paulina chupó la lengua de Martina con desesperación, saboreándose a sí misma, el gusto salado y espeso mezclado con la saliva de la fotógrafa. Las manos se buscaron de inmediato. Paulina le agarró las tetas, le pellizcó los pezones duros hasta hacerla gemir, y bajó directo al coño peludo y empapado.

—Ahora tú —susurró contra su boca—. Tú me has comido el alma. Ahora me toca a mí. Túmbate. Quiero olerte el coño de cerca. Quiero chuparte hasta que me dejes la cara igual de babosa.

Martina se dejó tumbar sobre las losas calientes, la camiseta ya tirada no sabía dónde, las piernas abiertas sin vergüenza. El coño negro de vello le brillaba a la luna, los labios hinchados, el clítoris asomando, un hilo de jugo resbalándole hacia el culo. Paulina se arrodilló entre sus muslos y por un segundo solo miró, respirando el olor fuerte, animal, a mujer caliente que se ha estado tocando meses pensando en ella.

—Qué coño más rico —murmuró, y bajó.

Primera lamida larga, desde el agujero hasta el clítoris. Martina arqueó la espalda y le agarró la cabeza con las dos manos.

—Joder sí… así… ábreme con la lengua… chúpame ese clítoris hinchado, Paulina… llévatelo entero a la boca.

Paulina lo hizo. Se lo metió entre los labios y chupó fuerte, rítmico, mientras dos dedos se deslizaban dentro, curvados, buscando. El coño de Martina era más apretado, más peludo, más chorreante todavía. Cada vez que Paulina metía la lengua hondo, Martina le empujaba la cara y soltaba un gemido gutural que hacía eco en la azotea vacía.

Se comieron así un rato largo, sucio, sin prisa y con toda la prisa del mundo al mismo tiempo. Paulina le chupaba el clítoris y le follaba el coño con los dedos; Martina le devolvía el favor cuando podían girarse, lamiéndose mutuamente en un 69 torpe y desesperado sobre las losas, las caras enterradas, los jugos mezclándose, los gemidos ahogados contra la carne mojada. Se mordían los muslos internos. Se metían la lengua en el culo un segundo solo para oír el gemido sorprendido y volvían al coño. Se hablaban por lo bajo, voces rotas:

—Más profundo… ábreme más…

—Chúpame los labios… así, joder, así…

—Quiero correrme en tu boca otra vez…

—Y yo quiero que me dejes la cara hecha un desastre…

Paulina sintió otra corrida acercándose cuando Martina le volvió a clavar la lengua y le metió un dedo en el culo al mismo tiempo, solo la yema, apenas, suficiente para hacerla ver estrellas. Se corrió de nuevo, más fuerte, empujando el coño contra la cara de Martina mientras le devolvía la mamada con ganas brutales. Martina la siguió segundos después, el coño palpitándole contra la boca de Paulina, un chorro tibio que le llenó la lengua y se le escapó por las comisuras.

Cuando las dos pudieron respirar otra vez, Martina la atrajo hacia arriba y se frotaron coño contra coño, labios hinchados resbalando, clítoris chocando en círculos lentos y sucios. La tijera empezaba ahí, torpe todavía, las caderas buscando el ángulo exacto, el roce directo, delicioso, que las hacía gemir en la boca de la otra.

—Esto… esto es lo que quería —jadeó Martina, moviendo la cadera, ensuciándose las dos, los jugos haciendo un ruido chapoteante cada vez que se golpeaban—. Tu coño contra el mío. Toda la puta noche. Voy a frotarme contra ti hasta que no nos quede una gota.

Paulina levantó una pierna y se la pasó por encima del hombro de Martina para abrir más el ángulo. El clítoris le rozaba directo el de la otra, hinchados, sensibles, casi doliendo de lo duros que estaban. Se miraron a los ojos a centímetros, sudor corriendo entre las tetas, saliva y jugos en las barbillas.

—No pares —pidió Paulina, la voz hecha un hilo—. Frota más fuerte. Quiero correrme otra vez solo de esto. Quiero sentir cómo me mojas la raja con tu corrida.

Martina aceleró. Las caderas se movían con fuerza ahora, coño contra coño, labios abiertos frotándose, el sonido obsceno llenando la azotea. Se besaban entre gemidos, lenguas perezosas, manos agarrando culos y tetas y muslos. Paulina sentía otra ola subiendo, más profunda, más sucia. Martina también: el coño se le contraía, se le abría, se le volvía a contraer cada vez que el clítoris de Paulina le daba de lleno.

—Me voy a correr… otra vez… joder, Paulina, tu coño me está follando el mío…

—Juntas… córrete conmigo… moja todo…

Estaban al borde otra vez, las piernas temblando, el roce cada vez más desesperado, cuando Martina de pronto se detuvo un segundo, solo un segundo, lo bastante para mirarla a los ojos con una sonrisa salvaje y susurrar:

—Todavía no. Quiero alargarlo. Quiero que me comas el coño otra vez mientras me meto los dedos en el culo. Quiero probar tu lengua ahí. Y después sí… después te monto la cara y te hago tijera hasta que gritemos las dos y nos oiga medio barrio.

Paulina sintió el clítoris latirle como un tambor. Asintió, la boca abierta, la respiración rota. Se dejaron caer de nuevo sobre las losas, cuerpos enredados, manos buscando, bocas buscando. El aire olía solo a ellas. La luna las bañaba enteras. Y la noche en la azotea seguía siendo solo el principio de todo lo que todavía se debían.

Paulina no esperó. Se arrodilló entre los muslos abiertos de Martina sobre las losas todavía calientes de la azotea y hundió la cara de golpe. El olor la golpeó primero: fuerte, salado, a coño peludo y empapado que llevaba meses deseando. Abrió los labios hinchados con los pulgares y lamió de un solo trazo largo desde el agujero contrayéndose hasta el clítoris hinchado que latía contra su lengua. Martina arqueó la espalda y le clavó las uñas en el pelo.

—Joder, sí… ábreme toda, Paulina… chúpame ese clítoris como una puta hambrienta.

Paulina lo hizo con avidez brutal. Se lo metió entero entre los labios y chupó fuerte, rítmico, succionando el bultito duro mientras la lengua lo azotaba por debajo. Dos dedos se deslizaron dentro de golpe, curvados, buscando ese punto esponjoso que hizo a Martina soltar un gemido ronco que se perdió entre los cláxones lejanos. El coño de la fotógrafa estaba chorreante; los jugos le resbalaban por la muñeca a Paulina, le manchaban la barbilla, le goteaban hasta las tetas que colgaban pesadas mientras se la comía. Metió la lengua más hondo, follándola con ella, moviendo la cabeza de lado a lado para abrirla del todo. El sabor era espeso, animal, a mujer caliente que se había corrido ya varias veces y todavía pedía más.

Martina empujaba la cadera contra la cara de Paulina, frotándose sin vergüenza, los muslos temblando a ambos lados de su cabeza.

—Más fuerte… chúpamelo hasta que me duela… mételos hasta el fondo, joder, follame el coño con la mano mientras me lames.

Paulina aceleró. Los dedos entraban y salían con chapoteo obsceno, el pulgar de vez en cuando rozándole el agujero del culo solo para oírla gemir más alto. Chupaba el clítoris hinchado como si quisiera arrancárselo a chupones, la lengua plana y rápida, la saliva mezclándose con los fluidos que le salían a Martina a borbotones. Pensaba en cómo la había visto meses en el ascensor, en cómo se había tocado imaginando exactamente esto: arrodillada en la azotea a medianoche, comiéndole el coño a su vecina hasta dejarla hecha un desastre. El calor le subía por el cuello. Su propio coño goteaba sobre las losas, el clítoris latiéndole con fuerza, pero no se tocó. Quería concentrarse en el sabor, en el olor, en cómo Martina le apretaba la cara con los muslos.

—Me voy a correr… Paulina, no pares, chúpame todo…

Martina se corrió con un grito ahogado, el coño cerrándose a latigazos alrededor de los dedos de Paulina, un chorro tibio que le llenó la boca y se le escapó por las comisuras hasta el cuello. Paulina no aflojó. Siguió lamiendo y chupando hasta que los temblores bajaron, saboreando cada gota, metiendo la lengua otra vez para limpiarla entera. Entonces subió, la cara brillante de jugos, y se la frotó por las tetas de Martina, por la boca, besándola sucio para que probara su propia corrida.

Martina la empujó de repente, salvaje, y la hizo girar. La puso de pie contra la barandilla de metal, de espaldas a la ciudad, las tetas aplastadas contra el pretil frío, el culo en alto. Le abrió los glúteos con las dos manos y le escupió directo en la raja.

—Ahora te toca a ti, puta. Quiero comerte el culo y el coño desde atrás hasta que grites. Agárrate fuerte.

Paulina se agarró a la barandilla con los nudillos blancos. Tenía treinta y dos años y nunca se había sentido tan expuesta, tan mojada, con el aire de la medianoche rozándole el coño abierto y el culo al aire. Martina se arrodilló detrás y clavó la lengua primero en el agujero apretado del culo. Lamió en círculos lentos, sucios, empujando la punta dentro un poco, haciendo que Paulina soltara un gemido largo y temblara de pies a cabeza.

—Joder… Martina… la lengua en el culo… sí…

Martina gruñó contra la carne y bajó al coño. Lamió desde atrás, de un trazo largo y plano que recogía todo el jugo que le resbalaba por los labios hinchados. Chupó los labios uno por uno, metió la lengua en el agujero, la sacó, volvió al culo, alternando sin piedad. El sonido era obsceno: succiones, lengüetazos húmedos, el jadeo de Paulina cortado por gemidos guturales. Le metió dos dedos de golpe en el coño, fuertes, curvados, follándola con la mano mientras la lengua se dedicaba al culo, abriéndolo, lamiendo alrededor, empujando dentro otra vez.

—Más… más duro… fóllame con los dedos y cómeme el culo… me voy a correr otra puta vez…

Martina obedeció. Los dedos entraban hasta el fondo, el pulgar a veces rozando el clítoris por debajo, la lengua trabajando el agujero del culo sin descanso. Paulina empujaba el culo hacia atrás, buscando más, el metal de la barandilla frío contra las tetas, la luna iluminándole la espalda sudada. Sentía la corrida subiendo como una ola sucia desde el coño hasta la garganta. Martina le metió un tercer dedo y aceleró, follándola con ganas brutales, la lengua clavada en el culo.

—Córrete. Grita. Quiero oírte.

Paulina se corrió gritando, el grito ronco y largo que se perdió en el zumbido de la ciudad. El coño se le contrajo a latigazos alrededor de los dedos, chorreando un hilito claro que le resbaló por los muslos hasta las rodillas. Martina no paró. Siguió lamiendo y follándola con la mano hasta que los temblores la dejaron floja, jadeando, las piernas a punto de fallarle. Entonces se levantó, le dio la vuelta y la besó con la boca llena de su gusto, saliva y jugos compartidos escurríéndoles por las barbillas.

—Ahora la tijera —jadeó Martina—. Quiero frotar mi coño contra el tuyo hasta que nos corramos las dos otra vez. Aquí. Contra esta puta barandilla si hace falta.

Se tumbaron de nuevo sobre las losas, pero Martina la acomodó de lado, una pierna de Paulina por encima de su cadera, y juntó los coños mojados. Labios hinchados contra labios hinchados, clítoris rozando clítoris en un contacto directo, resbaladizo, sucio. Empezaron a moverse. Lento al principio, círculos, buscando el ángulo exacto. Luego más fuerte. El roce era delicioso y brutal a la vez: carne hinchada frotándose, jugos mezclándose con un chapoteo obsceno que llenaba la azotea, clítoris chocando una y otra vez.

Paulina levantó la cadera y empujó más fuerte. Sentía el clítoris de Martina duro como una piedrita contra el suyo, los labios abriéndose y cerrándose con cada movimiento, el fluido caliente resbalándoles por los muslos internos, bajando hasta el culo, manchando las losas. Se agarraron de las manos, de las tetas, de los culos. Se besaban entre jadeos, lenguas perezosas, mirándose a los ojos a centímetros.

—Así… frota más duro… tu coño me está follando el mío… joder, Martina, qué rico…

—Más… ábrete… quiero sentir cómo me mojas toda… vamos a corrernos juntas otra vez…

Aceleraron. Las caderas se movían con fuerza ahora, desesperadas, el roce cada vez más preciso, más sucio. Paulina sentía otra ola subiendo, más profunda, más sucia que las anteriores. El vientre se le contraía. Los pezones le dolían de lo duros que estaban. Martina también: el coño se le abría y se le cerraba contra el de Paulina, los jugos haciendo un hilo brillante entre ellas cada vez que se separaban un milímetro y volvían a chocar.

—Me corro… me estoy corriendo otra vez… no pares…

—Juntas… moja mi raja… córrete conmigo…

Se corrieron al mismo tiempo, gritando contra la boca de la otra, los cuerpos sacudiéndose, los coños contrayéndose uno contra el otro en espasmos violentos. Un chorro tibio les resbaló por los muslos, mezclado, espeso, bajando hasta las rodillas mientras seguían frotándose en los estertores del orgasmo, sin poder parar del todo. Jadeaban, sudor corriendo entre las tetas, la luna bañándoles los cuerpos temblorosos, el aire de la azotea oliendo solo a sexo y a corrida compartida.

Pero no se soltaron. Martina siguió moviendo la cadera despacio, ensuciándose todavía más, y le mordió el labio inferior.

—Todavía no hemos terminado —susurró, la voz hecha un hilo de lujuria cruda—. Quiero que me montes la cara ahora. Quiero que me folles la boca con ese coño hasta que no pueda respirar. Y después te voy a poner de rodillas otra vez y te voy a lamer el culo hasta que me ruegues que te meta los dedos otra vez. Toda la puta noche, Paulina. Aquí. Bajo esta luna. Todavía nos debemos más gritos.

Paulina asintió, el clítoris todavía latiéndole, el cuerpo entero pidiendo más. Se miraron. El deseo no había bajado; se había multiplicado. La noche en la azotea seguía abierta, caliente, llena de posibilidades sucias que todavía no habían agotado.

Después de aquella corrida compartida que las dejó temblando y chorreando una sobre la otra, Paulina y Martina no se separaron de inmediato. Los coños seguían pegados, labios hinchados resbalando en un roce perezoso y baboso, el clítoris de cada una todavía latiendo contra el de la otra como si no quisieran soltarse. El jugo espeso les manchaba los muslos internos, bajaba hasta el culo y hacía un charco oscuro entre las losas calientes. Paulina jadeaba con la boca abierta contra el cuello de Martina, saboreando la sal de su piel, y Martina le agarraba el culo con las dos manos para seguir frotándose un poco más, solo un poco, hasta que los espasmos se calmaron del todo.

—Joder… —susurró Martina, la voz ronca y satisfecha—. Me has dejado el coño hecho una papilla. Siento tu corrida resbalándome hasta el agujero del culo.

Paulina sonrió contra su piel y levantó la cara. Se miraron a centímetros, sudor corriendo entre las tetas, el pelo pegado a las sienes, las barbillas brillantes de saliva y fluidos. Sin decir nada más, Paulina se inclinó y la besó. Ya no era el beso salvaje de antes; era lento, profundo, tierno, labios suaves chupándose con calma mientras las lenguas se rozaban sin prisa. Martina le devolvió el beso igual de despacio, metiéndole la lengua solo lo justo para saborear el gusto mezclado de las dos corridas. Paulina sintió un nudo raro en el pecho, algo que no era solo lujuria.

Se separaron un segundo y Martina pasó los dedos por la raja de Paulina, recogiendo el jugo blanco y espeso que todavía le salía a hilos. Se los llevó a la boca y los chupó despacio, mirándola a los ojos, la lengua limpiando cada gota entre los nudillos.

—Así te sabes después de correrte en mi coño —murmuró—. Dulce y salado a la vez. Como una puta bien follada.

Paulina le imitó. Metió dos dedos entre los labios hinchados de Martina, los empujó dentro un momento solo para sentir cómo el coño todavía se contraía suave, y se los sacó brillantes. Se los metió en la boca y los lamió con lengüetazos largos, saboreando el fluido de la fotógrafa mezclado con el suyo. Después bajó la cara y le lamió el muslo interno, limpiándole con la lengua el rastro que le bajaba hacia la rodilla. Martina jadeó y le agarró el pelo con cariño esta vez, sin apretar.

—Más despacio… así… límpiame toda —pidió—. Quiero que me dejes el coño reluciente con esa boca tuya.

Paulina obedeció. Lamió despacio cada pliegue, chupó los labios uno por uno, recogió hasta la última gota que le resbalaba del clítoris todavía sensible. Martina le devolvió el favor: se arrodilló entre las piernas abiertas de Paulina y le pasó la lengua plana por toda la raja, limpiándola con ternura sucia, chupándole el clítoris hinchado solo lo suficiente para hacerla temblar otra vez sin llevarla al borde. Se besaron después con los labios húmedos de jugos ajenos y propios, un beso largo y perezoso en el que se comían la saliva y se sonreían contra la boca.

—Esto no se queda aquí —dijo Paulina cuando por fin se separaron, la voz baja, casi un secreto—. La próxima medianoche que el aire acondicionado se joda… o aunque no se joda… subo. Quiero más de tu coño. Quiero que me hagas tijera hasta que no pueda caminar. Quiero chuparte los pezones mientras me metes los dedos en el culo otra vez.

Martina le acarició la mejilla con el dorso de la mano, los dedos todavía olorosos a sexo.

—Prometido. Esta no será la última medianoche en la azotea. Cada puta vez que el calor nos mate, nos encontramos aquí. Te voy a follar con la lengua hasta que se te olviden los informes de la oficina. Y tú me vas a montar la cara hasta que me dejes sin aire. Somos vecinas, Paulina. Ahora somos vecinas que se comen el coño. Y me encanta.

Se rieron bajito, el sonido cómplice y sucio. Poco a poco se levantaron. Paulina se sacudió el camisón hecho un guiñapo y se lo bajó lo mejor que pudo sobre las tetas y el culo pegajoso. Martina encontró la camiseta tirada a un metro y se la puso sin sujetador, la tela pegándose de inmediato a los pezones duros y al vello del coño todavía brillante. Se limpiaron un poco más con los dedos, chupándoselos entre risas suaves, y se dieron un último beso lento contra el pretil, las manos entrelazadas en la cadera de la otra.

Bajaron la escalera de metal de la mano. Los dedos de Paulina apretaban los de Martina, calientes, todavía un poco viscosos. En el rellano del quinto se detuvieron. La luz del pasillo era fría después de la luna. Martina le rozó los labios con los suyos una vez más, un roce apenas, y sonrió con esa sonrisa de quien comparte un secreto deliciosamente sucio.

—Hasta la próxima medianoche —susurró.

—Hasta la próxima —respondió Paulina, devolviéndole la sonrisa.

Martina abrió la puerta de su piso, le guiñó un ojo y desapareció dentro. Paulina siguió sola hasta el sexto, el corazón todavía acelerado, el coño latirle suave bajo el camisón, el sabor de Martina pegado a la lengua. Cerró la puerta de su apartamento, se apoyó contra ella y por fin soltó el aire.

Entonces algo se torció.

El silencio del piso era demasiado grande. El aire acondicionado roto seguía soplando calor viciado. Paulina se miró las manos: todavía olían a coño ajeno, a corrida compartida, a azotea y a luna. Se pasó la lengua por los labios y notó el gusto espeso de Martina… y de pronto le subió un nudo a la garganta que no tenía nada que ver con el placer. ¿Qué acababa de hacer? Meses de miradas en el ascensor, de fantasías mientras se tocaba, y ahora lo real olía a sudor y a losas y a gritos ahogados. Se frotó la cara y sintió los restos pegajosos en la mejilla. El cuerpo le pedía más, el clítoris le latía traidor, pero en la cabeza empezaba a girar una duda fría: ¿y si mañana en el pasillo no sabían mirarse? ¿Y si esto era solo calor y coños mojados y después quedaba el vacío de dos adultas que no se conocían de verdad más allá del orgasmo? Se dejó caer en el sofá, las piernas abiertas, el camisón subido, y se tocó sin ganas solo para confirmar que seguía mojada. Lo estaba. Pero el regusto ya no era solo dulce. Había algo amargo debajo, una sombra de “¿y ahora qué?” que le apretaba el pecho mientras la ciudad seguía zumbiendo allá abajo y la azotea se enfriaba sin ellas. Se mordió el labio y cerró los ojos. El secreto era delicioso… y de pronto le pesaba.

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