Reencuentro Prohibido en el Almacén del Libro
Marisol, la madura bibliotecaria española de 32 años, se deja follar salvajemente por el corpulento proveedor negro Kofi de 38 en el almacén.
El almacén olía a papel viejo, a polvo acumulado de décadas y a esa humedad dulzona que solo tienen las librerías madrileñas de verdad. Marisol, bibliotecaria de treinta y dos años con el pelo castaño recogido en un moño descuidado y la blusa blanca un poco abierta por el calor, empujó la puerta metálica y se quedó quieta. Allí estaba él.
Kofi, el proveedor de libros antiguos, corpulento, de treinta y ocho años, piel negra profunda y brazos que llenaban la camisa de lino azul. Llevaba cajas de primeros ediciones de Lorca y de alguna edición prohibida de los años treinta. Cuando levantó la mirada y la vio, la sonrisa le salió lenta, peligrosa.
—Marisol —dijo con ese acento grave, de raíces ghanesas y años en Madrid—. Hace… ¿seis? ¿Siete años?
—Seis —corrigió ella, y la voz le salió más ronca de lo que quería—. La Feria Internacional. Tú me mirabas como si quisieras comerme entre los stands de poesía contemporánea.
Él dejó la caja en el suelo con un golpe sordo. El almacén era estrecho, estanterías de madera oscura hasta el techo, una mesita coja al fondo, una bombilla amarilla que apenas llegaba. El polvo flotaba entre ellos como confeti sucio.
—Y tú me mirabas igual —respondió Kofi, acercándose un paso—. Solo que entonces había gente. Editores. Tu jefe. Y yo tenía que entregar un lote de incunables antes de que cerraran.
Marisol sintió el calor subirle por el cuello. Se acordaba perfectamente: el roce de su mano cuando le pasaba un catálogo, la forma en que la miraba bajar la vista hacia su boca, el momento en que casi la arrinconó detrás de un biombo de stand alemán. Nunca llegaron a tocarlo de verdad. La atracción interracial, prohibida solo por el momento y por el miedo a que alguien los viera, se había quedado ahí, ardiendo.
—Hoy no hay nadie —murmuró ella, y se obligó a coger la lista de inventario—. Vamos a catalogar. Estos van en la sección de teatro español.
Trabajaron lado a lado. Cada vez que ella se inclinaba para anotar un lomo, el culo redondo bajo la falda de lino rozaba casi la altura de su entrepierna. Kofi “tropezaba” al pasar y su pecho ancho rozaba su espalda. Las manos se tocaban al coger el mismo tomo de Valle-Inclán. El roce se alargaba dos segundos de más. Tres. Marisol sentía ya la humedad entre los muslos, el roce de la braga contra el clítoris cada vez que se movía.
Al cabo de media hora, cuando ambos sostenían el mismo volumen pesado de Galdós, ella no apartó la mano. Levantó la vista. Los ojos de Kofi eran negros y fijos.
—Nunca olvidé cómo me mirabas —confesó ella con voz ronca, casi un susurro sucio—. Esa forma de bajarme la ropa con la mirada sin tocarla. Me acostaba pensando en eso. Me tocaba pensando en eso.
Kofi soltó el libro. El polvo se levantó en una nube pequeña.
—Llevo años fantaseando con follarte contra estas estanterías —dijo él, sin adornos, con ese tono grave que le vibraba en el pecho—. Con abrirte las piernas, con meter mi polla negra hasta el fondo de tu coño blanco y oírte gritar entre los libros. Cada puto envío que hacía a Madrid pensaba: “A ver si está ella”. Y ahora estás.
Marisol sintió un chorro de excitación resbalarle por los labios internos. Estaba empapada. Agarró la camisa de lino de Kofi con las dos manos, arrugándola, y lo atrajo hasta que sus bocas casi se tocaban.
—Entonces fóllame ahora —pidió sin vergüenza, la respiración caliente contra su boca—. Aquí. Ya. Quiero que me tomes. Quiero tu polla dentro.
Él la besó con hambre, lengua gruesa, dientes rozando el labio inferior. Luego la empujó suavemente hacia abajo. Marisol se arrodilló sobre el suelo de madera polvorienta sin dudar. Sus dedos temblorosos de ganas le desabrocharon el cinturón, bajaron la bragueta y sacaron la polla. Gruesa, oscura, ya dura, con la cabeza brillante de precum y las venas marcadas. Era más gruesa de lo que había imaginado en todas esas noches.
—Hostia… —susurró ella, y se la metió en la boca de un solo impulso.
Chupó con hambre interracial, labios rosados abiertos alrededor de la verga negra, lengua girando bajo el glande, bajando hasta donde le cabía mientras la mano le masturbaba lo que no entraba. Kofi le sujetó el pelo del moño, tirando lo justo para que ella levantara la vista.
—Mírate —gruñó él—. Qué puta te ves con esa boquita blanca llena de mi polla negra. Chúpala más profundo. Eso… así, trágatela.
Marisol gimió alrededor del tronco, saliva resbalándole por la barbilla, ojos entornados de placer. El sabor era salado, masculino, y el contraste de su piel clara contra la suya la volvía loca. Chupó más rápido, más sucio, dejando que los ruidos húmedos llenaran el almacén.
Kofi la levantó de pronto por los brazos. La giró, la empujó contra la estantería más cercana. Los libros temblaron. Le alzó la falda de un tirón, le bajó las bragas hasta los tobillos y las apartó con el pie. Ella ya tenía los muslos brillantes. Él se alineó y la empaló de pie de un solo embiste brutal.
—¡Joder! —gritó Marisol cuando la polla gruesa le abrió el coño de golpe, estirándola hasta el límite.
Kofi la folló contra los estantes con embestidas profundas y salvajes. Cada embiste hacía crujir la madera y caer un libro o dos al suelo. Él le sujetaba un muslo levantado, le mordía el cuello, le hablaba al oído:
—Tan apretado… tu coño blanco me aprieta la polla como si no hubiera follado en años. Tómalo todo. Tómalo.
Marisol se aferraba a los lomos de los libros, gemía sin control, el orgasmo ya rozándole cuando él la sacó, la giró y la tumbó a cuatro patas sobre la mesa vieja del fondo. La madera crujió. Kofi le dio un azote sonoro en el culo redondo, otro, dejando la marca de su mano negra sobre la piel pálida, y la penetró de nuevo por detrás con fuerza.
—Me encanta cómo te queda mi mano en este culo —gruñó mientras le azotaba otra vez y le embestía hasta tocarle el fondo—. Me gusta tu coño blanco apretado. Dime que lo quieres. Dime que quieres que te llene.
—Lo quiero —jadeó ella, empujando el culo hacia atrás para recibirlo más hondo—. Fóllame más fuerte, Kofi. Azótame. Úsame. Quiero correrme con tu polla negra dentro.
Él la folló sin piedad un rato más, el sonido de piel contra piel mezclado con el roce de los libros caídos. Luego se sentó en la silla coja que había junto a la mesa y la atrajo hacia su regazo. Marisol se montó a horcajadas, guió la polla hasta su entrada y se dejó caer de un golpe, clavándosela hasta el fondo. Empezó a cabalgarlo salvajemente, caderas subiendo y bajando, tetas liberadas de la blusa ya abierta, pezones duros que él le chupaba y mordisqueaba.
—Así… cabálgame como la puta que eres solo para mí —le ordenó él, agarrándole las caderas para embestir hacia arriba al mismo tiempo—. Correte en mi polla. Quiero sentirte exprimirme.
Marisol se corrió primero, gritando, el coño contrayéndose en espasmos violentos alrededor de la verga gruesa, jugos resbalándole por los huevos de Kofi. Él la siguió segundos después, rugiendo, llenándola a chorros calientes mientras ella seguía moviéndose encima, exprimiéndole hasta la última gota. Ambos temblaban, sudorosos, el polvo pegado a la piel.
Jadeantes, se besaron con una ternura inesperada, labios lentos, lenguas suaves ahora. Kofi le apartó un mechón de pelo de la cara. Marisol se levantó con cuidado, sintiendo el semen caliente resbalarle por el muslo interno mientras se subía las bragas y se bajaba la falda. Él se abrochó el pantalón, todavía mirándola con hambre no del todo saciada.
Mientras recoloca ban juntos los libros caídos, el silencio se cargó de algo nuevo. Marisol notó que la puerta del almacén no estaba del todo cerrada y que, a lo lejos, se oían pasos en la librería. Kofi le rozó la nuca con los labios y le susurró:
—Esto no ha terminado. Hay más cajas abajo. Y yo no he terminado de follarte como mereces.
Ella sonrió, todavía temblando, y apretó los muslos para retener lo que él le había dejado dentro. La noche, y el almacén, apenas empezaban.
Marisol sintió el semen de Kofi resbalarle aún entre los muslos mientras ambos recogían los tomos caídos. El calor de su corrida le manchaba la braga ya empapada y cada paso le recordaba cómo la había abierto. Los pasos lejanos en la librería se acercaron un segundo y luego se alejaron hacia la sección de narrativa; el corazón le latía en la garganta, pero la puerta del almacén seguía entreabierta solo un palmo. Kofi le pasó la mano por la espalda baja, poseedor, y le susurró contra la oreja:
—Bajamos. Las cajas de filosofía y los raros de poesía negra están en el sótano. Nadie baja allí a estas horas.
Ella asintió sin palabras. La falda de lino le rozaba la piel sensible y el resto de su corrida le bajaba lenta por la cara interna del muslo. Bajaron la escalera estrecha de metal. El sótano olía más denso: cartón viejo, tinta y esa humedad que se cuela en los almacenes de Madrid. Una única bombilla colgaba del techo bajo y las cajas apiladas formaban un laberinto estrecho. Kofi cerró la trampilla detrás de ellos con un golpe sordo. El clic del pestillo fue definitivo.
Marisol se giró. Él ya se había quitado la camisa de lino. El pecho ancho, negro, brillante de sudor residual, los pectorales pesados y el abdomen marcado por años de cargar cajas. La polla aún semi dura le marcaba el pantalón. Ella no esperó. Se abalanzó, le abrió de nuevo la bragueta y sacó aquella verga gruesa que todavía olía a su coño y a semen. Se arrodilló entre las cajas y se la metió entera hasta la garganta de un solo golpe, ahogándose a propósito, saliva espesa resbalándole por la barbilla hasta el suelo de cemento.
—Joder, puta… —gruñó Kofi, agarrándole el moño con las dos manos y embistiéndole la boca—. Trágatela. Quiero verte babearme toda la polla negra otra vez. Más profundo. Eso… mira cómo se te hincha la garganta.
Marisol chupó como una hambrienta, lengua plana bajo la vena gruesa, labios rosados estirados hasta el dolor dulce alrededor del tronco oscuro. Cada vez que él le empujaba la cabeza, ella gemía vibrando alrededor de la carne. El sabor salado de su propia humedad mezclado con el precum fresco la volvía loca. Se tocó por debajo de la falda, dos dedos metiéndose en el coño todavía abierto y resbaladizo de semen, frotándose el clítoris hinchado mientras chupaba.
Kofi la levantó de un tirón, la giró y la empujó contra una pila de cajas de cartón selladas. Le subió la falda hasta la cintura, le bajó las bragas solo hasta media muslo y le separó las nalgas con las manos grandes. El culo pálido de Marisol contrastaba brutal con sus dedos negros. Escupió entre las nalgas y se frotó la cabeza de la polla contra el coño abierto, untándola de su propia corrida anterior.
—Mírate —dijo él, voz grave—. Todavía goteas mi leche y ya quieres más. Dime que eres mi puta blanca de biblioteca.
—Soy tu puta —jadeó ella, empujando el culo hacia atrás—. Métela. Fóllame el coño hasta que no pueda cerrar las piernas. Lléname otra vez, Kofi.
Él embistió de un solo golpe brutal. La polla gruesa abrió de nuevo el canal todavía sensible y Marisol gritó contra el cartón, las uñas clavándose en la cinta de embalaje. Kofi la folló con embestidas largas y profundas, el sonido húmedo y sucio de su verga entrando y saliendo del coño lleno de semen resonando entre las cajas. Cada embiste hacía crujir el cartón y empujaba a Marisol más contra la pila. Él le agarró las caderas con fuerza, le azotó una nalga y luego la otra, dejando marcas rojas de mano negra sobre la piel blanca.
—Tan puto apretado… tu coño me chupa la polla como si quisiera robármela. Siente cómo te estiro. Siente cómo te llego al fondo.
Marisol gemía sin control, el orgasmo subiendo ya otra vez. Él la sacó de golpe, la giró, la sentó sobre una caja baja y le abrió las piernas en ángulo imposible. Se arrodilló entre ellas y le lamió el coño abierto de arriba abajo, lengua ancha y plana recogiendo el semen que le salía, chupándole el clítoris hinchado hasta que ella se arqueó y se corrió en su boca con un grito ahogado, los muslos temblando alrededor de su cabeza. Kofi se limpió la barbilla con el dorso de la mano y sonrió.
—Rico. Ahora te lo devuelvo todo dentro otra vez.
La tumbió de espaldas sobre las cajas, le levantó las piernas hasta los hombros y se la volvió a clavar hasta las pelotas. La posición la abría completamente; cada embiste le rozaba el punto exacto y le sacaba un gemido roto. Kofi le chupaba un pezón mientras la follaba, mordisqueando la areola rosada, tirando con los dientes lo justo para que doliera rico. Marisol le arañaba la espalda, dejando marcas claras sobre la piel negra.
—Más fuerte —pidió ella, voz rota—. Úsame. Quiero que me dejes coja. Quiero bajar mañana a la biblioteca y que me duela cada paso porque me has follado el coño como una perra.
Kofi la sacó, la puso a cuatro patas sobre el suelo frío del sótano y se arrodilló detrás. Le metió dos dedos en el culo al mismo tiempo que le clavaba la polla otra vez en el coño. Marisol gritó de placer puro, el doble estímulo la empujó al borde. Él le follaba el coño con fuerza mientras los dedos le abrían el culo, estirándola, preparándola.
—Un día de estos te voy a follar este culo blanco también —prometió él—. Pero hoy quiero llenarte el coño hasta que te gotee por las rodillas. Correte. Correte en mi polla negra otra vez.
Marisol se corrió gritando, el coño contrayéndose en espasmos violentos, exprimiendo la verga gruesa. Kofi no se detuvo; la folló a través del orgasmo, prolongándolo, hasta que ella lloriqueaba de sobreestimulación. Entonces la levantó, la sentó a horcajadas sobre él en el suelo, espalda contra pecho, y la empaló de nuevo desde abajo. La sostuvo por las caderas y la usó como un juguete, subiendo y bajando su cuerpo sobre la polla a voluntad. Ella miraba hacia abajo y veía el contraste brutal: su coño rosado y abierto tragándose aquella verga negra gruesa una y otra vez, el semen anterior saliendo a espumarajos con cada embestida.
—Míralo —le ordenó él al oído—. Mira cómo te la comes toda. Eres mía aquí abajo. Mi bibliotecaria puta. Dilo.
—Soy tuya —jadeó ella—. Tu puta. Tu agujero. Lléname, Kofi, por favor, lléname otra vez…
Él rugió y se corrió profundo, chorros calientes llenándole el útero otra vez, tan fuertes que ella los sintió latir. Marisol se quedó temblando encima de él, el segundo orgasmo arrancándole un gemido largo mientras el semen le desbordaba y le bajaba por las bolas de él hasta el suelo. Se quedaron así un rato, jadeando, sudorosos, el polvo del sótano pegado a la piel.
Pero Kofi no estaba saciado. La polla apenas bajó. La levantó con cuidado, la puso de pie contra la pared de ladrillo frío y le levantó una pierna alta. Se la volvió a meter despacio, mirándola a los ojos mientras le llenaba el coño por tercera vez.
—Todavía no he terminado contigo —susurró contra su boca—. Hay más cajas que “catalogar”. Y esta noche no sales de aquí hasta que no puedas caminar derecho. Dime que lo quieres.
—Lo quiero —respondió Marisol, clavándole las uñas en los hombros, abriéndose más—. Fóllame hasta que amanezca si hace falta. Quiero que me destroces.
Él empezó a embestir de nuevo, más lento esta vez, más profundo, cada movimiento deliberado. El sonido de piel contra piel volvió a llenar el sótano. Arriba, muy lejos, se oyeron de nuevo pasos y el tintineo de llaves, pero ninguno de los dos se detuvo. Marisol sentía el semen anterior salirle a chorros con cada embestida nueva y eso solo la excitaba más. Kofi le mordió el cuello, le chupó la marca y le habló al oído con voz grave:
—Cuando acabemos aquí te voy a follar contra la puerta de la trampilla. Y después te voy a hacer chuparme la polla limpia otra vez. Y si alguien baja… que nos vea. Quiero que sepan que te he llenado el coño de leche negra en su almacén de libros.
Ella se corrió otra vez solo con las palabras, apretándolo, gimiendo su nombre. Kofi sonrió contra su piel y siguió follándola sin prisa, construyendo de nuevo la dureza, el hambre que no se apagaba. Las cajas seguían sin abrir del todo. La noche era larga. Y el sótano, oscuro y privado, aún tenía rincones donde él podía doblarla, azotarla y usarla hasta que la bibliotecaria de treinta y dos años solo pudiera gemir y pedir más.
El sótano seguía oliendo a cartón húmedo y a sexo crudo cuando Kofi le embistió más hondo contra el ladrillo frío. Marisol, de treinta y dos años, sentía cada centímetro de aquella polla negra gruesa abrirle el coño ya reventado de semen y de embestidas. El contraste de su piel pálida contra el pecho oscuro y sudoroso de él la volvía loca; cada vez que él se hundía hasta las pelotas, el líquido espeso de las corridas anteriores salía a chorros por los lados y le resbalaba por el muslo hasta el suelo de cemento.
—Más despacio no —jadeó ella, clavándole las uñas en los hombros anchos—. Quiero sentirte enterito. Quiero que me destroces el coño otra vez, Kofi. Soy tu puta de biblioteca y lo sé.
Él sonrió contra su cuello, mordiendo la marca que ya le había dejado antes. La levantó la otra pierna también, obligándola a abrirse en un ángulo imposible, y la empaló con embestidas largas y deliberadas. La bombilla amarilla colgaba sobre ellos y proyectaba sombras enormes de sus cuerpos unidos entre las pilas de cajas. Marisol miraba hacia abajo y veía cómo su coño rosado, hinchado y brillante, se tragaba aquella verga oscura una y otra vez. El roce del glande contra su punto más sensible le sacaba gemidos rotos que rebotaban en las paredes de ladrillo.
—Mira cómo te abre —gruñó Kofi, voz grave de raíces ghanesas mezclada con años de Madrid—. Tu agujero blanco no para de chuparme. Está baboso de mi leche y todavía quiere más. Dime que te gusta que te llene como una perra en celo.
—Me encanta —susurró ella, la respiración caliente contra su boca—. Me gusta tu polla negra destrozándome. Me gusta que me dejes goteando. Fóllame más fuerte, joder… azótame el culo mientras me la metes entera.
Kofi le soltó una nalga con la mano abierta. El sonido seco resonó entre las cajas. Luego otra, y otra, hasta que la piel pálida de Marisol se puso roja con la marca perfecta de sus dedos negros. Ella empujaba la cadera hacia adelante para recibirlo más profundo, el clítoris rozándole el pubis cada vez que él llegaba al fondo. El orgasmo le subió de golpe, violento, y se corrió gritando su nombre, el coño contrayéndose en espasmos que le exprimían la verga. Kofi no se detuvo; la folló a través del orgasmo, prolongándolo hasta que ella lloriqueaba de sobreestimulación y el semen anterior le salía a espumarajos.
La bajó con cuidado pero sin sacársela del todo. La giró de espaldas a él, la empujó de bruces sobre una pila baja de cajas selladas de filosofía y le separó las nalgas con ambas manos. Escupió entre el culo y el coño, untó la saliva con la cabeza de la polla y se la volvió a clavar de un solo embiste brutal por detrás. Marisol gritó contra el cartón, las uñas rompiendo la cinta de embalaje. Él le agarró el moño castaño, tiró hacia atrás para arquearle la espalda y la embistió con fuerza salvaje. El sonido húmedo y sucio de piel contra piel llenaba el sótano: el chapoteo de su verga entrando y saliendo del coño lleno, el crujido del cartón, los gemidos de ella.
—Tan puto apretado todavía —jadeó Kofi, azotándole la nalga otra vez—. Después de dos corridas y de follarte como una perra, tu coño blanco me sigue chupando. Voy a dejártelo abierto. Voy a hacer que mañana no puedas sentarte en tu silla de bibliotecaria sin acordarte de cómo te he reventado.
Marisol empujaba el culo hacia atrás para recibirlo entero. Sentía los dedos de él rozándole el ano, presionando, entrando un poco, estirándola. El doble estímulo la volvió loca.
—Mételos… —pidió ella, voz rota—. Mételos en el culo mientras me follas. Prepárame. Quiero que un día de estos me folles el culo también, pero ahora llena mi coño otra vez. Quiero sentir tus chorros calientes otra vez, Kofi. Soy tuya aquí abajo. Tu agujero. Tu puta madura de treinta y dos años que solo quiere tu polla negra.
Él le metió dos dedos en el culo al mismo tiempo que le clavaba la polla hasta el fondo del coño. Marisol se corrió otra vez solo con eso, gritando contra las cajas, el cuerpo entero temblando. Kofi la folló a través del segundo orgasmo del sótano, los dedos moviéndose dentro de su culo, la verga reventándole el canal sensible. Cuando ella empezó a lloriquear de placer puro, la sacó de golpe, la levantó y la sentó a horcajadas sobre él en el suelo frío. Ella se guió sola, se dejó caer de un golpe y se la clavó entera. Empezó a cabalgarlo salvajemente, caderas subiendo y bajando, tetas liberadas rebotando, pezones duros que él le chupaba y mordisqueaba.
—Así… cabálgame —ordenó él, agarrándole las caderas para embestir hacia arriba—. Mírate. Mira cómo tu coño rosado se traga toda mi polla negra. Eres mía. Dilo más fuerte. Quiero oírlo mientras te corro dentro.
—Soy tuya —gritó Marisol, moviéndose más rápido, el semen anterior saliendo a chorros con cada bajada—. Tu puta blanca. Tu bibliotecaria de mierda que se deja follar en el almacén. Lléname, Kofi. Lléname hasta que me baje por las rodillas. Quiero bajar mañana a la sección de teatro y que me duela cada paso porque me has usado como tu agujero.
Kofi rugió y se corrió profundo, chorros calientes llenándole el útero por tercera vez. Ella lo sintió latir dentro, tan fuerte que se corrió con él, el coño exprimiéndole hasta la última gota. Se quedaron unidos, jadeando, sudorosos, el polvo del sótano pegado a la piel. Pero la polla de él apenas bajó. Todavía dura, todavía hambrienta. La levantó con cuidado, la puso de pie y la empujó hacia la trampilla de metal que daba al piso de arriba. La puso de bruces contra la puerta fría, le levantó la falda otra vez y se la metió despacio por detrás, mirando cómo el coño abierto y goteante se la tragaba.
—Cuando acabemos aquí te voy a hacer chuparme limpia otra vez —susurró contra su oreja mientras la embestía lento y profundo—. Y si alguien baja… que nos vea. Quiero que sepan que te he llenado el coño de leche negra tres veces en su puto almacén de libros. Que la madura Marisol se deja reventar por el proveedor ghanés hasta no poder caminar.
Ella empujaba el culo hacia atrás, gimiendo, sintiendo el semen nuevo mezclarse con el anterior y resbalarle por los muslos. Arriba se oyeron de nuevo pasos y el tintineo de llaves, más cerca esta vez. El corazón le latía en la garganta, pero no le pidió que parara. Al contrario: se abrió más.
—Que bajen —jadeó ella—. Que nos vean. Fóllame contra esta trampilla hasta que no pueda más. Quiero que me dejes coja. Quiero que me uses el culo también antes de que amanezca. Métela donde quieras, Kofi. Soy tuya esta noche. Toda tuya.
Él le metió un dedo en el culo otra vez mientras la follaba, estirándola, preparándola de verdad. Luego sacó la polla del coño, la frotó entre las nalgas y presionó la cabeza gruesa contra el ano apretado. Marisol contuvo la respiración, empujó hacia atrás y lo dejó entrar despacio. El ardor dulce la hizo gritar contra el metal. Kofi entró centímetro a centímetro hasta que las pelotas le rozaron el coño goteante.
—Joder… qué culo tan blanco y tan apretado —gruñó él, empezando a embestir con cuidado primero, luego con más fuerza—. Tómalo. Tómalo todo. Esta noche te voy a follar los dos agujeros hasta que no sepas ni tu nombre. Y todavía quedan cajas sin abrir. Y yo no he terminado de destrozarte.
Marisol gemía sin control, el culo lleno de aquella polla negra gruesa, el coño vacío y resbaladizo pidiendo dedos. Él se los metió, follándola en ambos sitios a la vez. El placer era demasiado. Se corrió otra vez, gritando, el cuerpo entero convulsionando. Kofi la sostuvo, la embistió más profundo en el culo y le habló al oído con voz grave y sucia:
—Todavía no. Todavía no te corro aquí. Primero te voy a sacar, te voy a poner de rodillas y te voy a hacer lamer tu propio coño y tu culo de mi polla. Después te voy a follar otra vez contra estas cajas. Y si hace falta te llevo a las cajas de poesía negra del fondo y te azoto hasta que me ruegues que te llene el culo también. La noche es larga, Marisol. Y yo tengo ganas de dejarte tan abierta que mañana no puedas ni cerrar las piernas en la biblioteca.
Ella temblaba, asintiendo, empujando el culo hacia atrás para sentirlo entero. Los pasos de arriba se acercaron un segundo más y luego se alejaron, pero ninguno de los dos se detuvo. Kofi sacó la polla despacio, la giró y la obligó a arrodillarse entre las cajas. Marisol, de treinta y dos años, bibliotecaria madura y ahora completamente destrozada de placer, abrió la boca y se tragó aquella verga negra brillando de sus propios jugos y de semen. Chupó con hambre, limpiándola, lamiendo el glande, bajando hasta donde le cabía mientras se tocaba el clítoris hinchado y el culo todavía abierto.
Kofi le sujetó el pelo y embistió su boca con calma cruel.
—Así… trágatela. Limpia tu puta saliva y mi leche. Porque en cuanto termines te voy a volver a empalá. Esta vez contra la pared del fondo. Y no pares de pedírmelo. Quiero oírte mendigar mi polla hasta que amanezca.
Marisol chupó más profundo, ojos entornados, el sabor salado y sucio volviéndola loca. Sabía que esto no había terminado. Sabía que Kofi aún tenía más cajas, más rincones y más hambre. El sótano era suyo esta noche. Y ella, la madura de la biblioteca, solo quería que la usara hasta que no quedara nada de la mujer que había bajado aquellas escaleras horas antes. Él la levantó de nuevo, la empujó hacia el laberinto de cajas del fondo y le sonrió con esa sonrisa peligrosa de siempre.
—Todavía quedan estanterías que hacer crujir —murmuró—. Y yo todavía no te he follado lo bastante salvaje. Ven.
Kofi la empujó entre el laberinto de cajas del fondo, donde la bombilla apenas llegaba y el olor a cartón viejo se mezclaba con el sexo crudo que ya impregnaba el sótano. Marisol, de treinta y dos años, tropezó con una pila baja de volúmenes de poesía negra y se apoyó en ella con las manos abiertas. Él la alcanzó en dos zancadas, le alzó la falda hasta la cintura otra vez y le separó las nalgas con las palmas enormes. La polla negra, todavía brillante de saliva y de los jugos de ella, rozó el culo abierto y el coño hinchado.
—Aquí —gruñó contra su oreja—. Contra estas putas cajas. Quiero verte temblar mientras te abro del todo.
Marisol empujó el culo hacia atrás sin dudar. Sentía el semen anterior resbalarle por los muslos, la braga enredada en un tobillo, el pecho contra el cartón frío. Kofi escupió entre sus nalgas, untó la cabeza gruesa y empujó despacio en el culo. El ardor dulce la hizo gemir alto; ella contuvo la respiración y se abrió más, recibiendo centímetro a centímetro aquella verga que la estiraba hasta el límite.
—Joder… qué culo tan blanco y tan puto apretado —jadeó él, agarrándole las caderas—. Tómalo entero. Empuja. Eso… así. Siente cómo te llego al fondo.
Cuando las pelotas le rozaron el coño goteante, Kofi empezó a embestir. Primero con cuidado, luego con fuerza creciente. Cada embiste hacía crujir el cartón y sacudía a Marisol contra la pila. Ella gemía sin control, una mano bajando para frotarse el clítoris hinchado mientras el culo se le llenaba una y otra vez de aquella carne oscura y gruesa. El contraste la volvía loca: su piel pálida marcada por las manos negras, el sonido húmedo y sucio de la polla entrando y saliendo, el polvo del sótano pegándose al sudor.
—Más fuerte —pidió ella, voz rota—. Fóllame el culo como me follaste el coño. Úsame. Quiero que me dejes abierta por los dos sitios. Soy tu puta de biblioteca, Kofi. Destózame.
Él le azotó una nalga, luego la otra, dejando marcas rojas perfectas. Le metió dos dedos en el coño al mismo tiempo y la folló en ambos agujeros a la vez. Marisol gritó contra el cartón, el placer demasiado intenso. El orgasmo le subió de golpe, violento, y se corrió convulsionando, el culo apretándole la verga en espasmos que casi lo sacan. Kofi no paró; la embistió a través del climax, prolongándolo hasta que ella lloriqueaba de sobreestimulación y el semen viejo le salía a chorros por el coño vacío.
La sacó despacio, la giró y la tumbió de espaldas sobre otra pila de cajas selladas. Le levantó las piernas hasta los hombros, se alineó y se la clavó de un solo embiste brutal en el coño. Marisol arqueó la espalda, las uñas clavándose en los brazos negros de él. Kofi la folló con embestidas profundas y salvajes, el pecho ancho rozándole los pezones duros, la boca bajando para morderle el cuello y chuparle la marca que ya llevaba.
—Mira cómo te tragas toda mi polla negra —le dijo al oído, voz grave—. Tu coño blanco está hecho un desastre de leche y todavía me chupa. Dime que quieres que te llene otra vez. Dime que eres mía.
—Soy tuya —jadeó ella, mirándolo a los ojos—. Tu agujero. Tu bibliotecaria madura de treinta y dos años que se deja reventar en el sótano. Lléname, Kofi. Lléname el coño hasta que me baje por el culo. Quiero sentirte latir dentro.
Él rugió y embistió más hondo, más rápido. El sonido de piel contra piel llenaba el espacio estrecho entre las cajas. Marisol se corrió otra vez solo con las palabras y con el roce del pubis contra su clítoris; el coño se le contrajo en oleadas violentas y Kofi la siguió segundos después, hundido hasta las pelotas, chorros calientes llenándole el útero por cuarta vez. Ella lo sintió latir, tan fuerte que se le escapó un gemido largo mientras el semen le desbordaba y le resbalaba por el culo todavía abierto hasta el cartón.
Se quedaron unidos un momento, jadeando, sudorosos. Pero la polla de él apenas bajó. Todavía dura, todavía hambrienta. La levantó con cuidado, la puso de rodillas entre las cajas y le ofreció la verga brillando de jugos y semen.
—Límpiame —ordenó, voz ronca—. Chúpala toda. Quiero verte tragar lo que te he dejado dentro.
Marisol abrió la boca sin dudar. Se tragó aquella polla negra gruesa hasta la garganta, lengua plana recogiendo el sabor salado y sucio de sus propios agujeros. Chupó con hambre, labios rosados estirados, saliva espesa resbalándole por la barbilla. Kofi le sujetó el moño y embistió despacio, disfrutando de la vista: la madura bibliotecaria de rodillas, ojos entornados, limpiándole la polla después de haberla follado por todos lados.
Cuando estuvo limpia y dura otra vez, la levantó, la empujó contra la pared de ladrillo del fondo y le levantó una pierna alta. Se la metió despacio en el culo esta vez, mirándola a los ojos mientras entraba centímetro a centímetro. Marisol gimió, clavándole las uñas en los hombros, abriéndose más.
—Así… tómalo —susurró él—. Esta noche te he follado el coño y el culo hasta no poder más. Y todavía quiero más. Cabalga mi polla negra con ese culo blanco. Muévete.
Ella se movió, subiendo y bajando con la pierna en el aire, el culo tragándose la verga una y otra vez. Kofi le frotaba el clítoris con el pulgar, le chupaba un pezón, le hablaba sucio al oído. El placer la arrastró otra vez; se corrió gritando su nombre, el culo apretándole en espasmos. Él la sostuvo, embistió más profundo y se corrió dentro del culo con un rugido grave, llenándola a chorros calientes que ella sintió latir y desbordarse.
Se desplomaron juntos contra la pared, todavía unidos. Kofi se salió despacio, el semen espeso resbalándole a ella por los muslos y el culo. Marisol temblaba, las piernas flojas, el cuerpo entero marcado y abierto. Él la atrajo contra su pecho ancho, le apartó el pelo sudado de la cara y le besó la frente con una ternura que contrastaba con la salvajada de antes.
Jadeaban en el silencio del sótano. El polvo flotaba bajo la bombilla amarilla. Arriba, muy lejos, los pasos se habían extinguido. Marisol sentía el calor de las corridas de Kofi dentro de ella, el ardor dulce en el culo y el coño, el sabor de él todavía en la boca. Apoyó la mejilla en su pecho negro y sudoroso, escuchando el corazón grave que le latía bajo la piel.
—Hostia… —susurró ella, voz ronca, casi una risa agotada—. Me has destrozado de verdad.
Kofi le acarició la espalda baja con la mano grande, poseedor todavía, y le rozó los labios con la boca.
—Y tú me has dejado seco —respondió, sonrisa peligrosa suavizada por el cansancio—. Por ahora.
Se quedaron así, pegados, el semen resbalándoles lento, el olor a sexo y cartón viejo envolviéndolos. La noche seguía fuera, pero en el sótano solo quedaba el calor de sus cuerpos y el eco lejano de lo que se habían hecho.
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