Deseo Mutuo Bajo las Estrellas con su Madrastra
Un joven de 24 años y su madrastra Nadia, de 42, se entregan a un deseo mutuo y prohibido bajo las estrellas de la piscina.
La brisa nocturna mecía las copas de los pinos alrededor de la casa de campo, un refugio aislado a kilómetros de cualquier vecino. Víctor, de veinticuatro años, acababa de bajar las maletas del coche cuando su padre lo interceptó en la entrada con la chaqueta ya puesta y el maletín en la mano.
—Hijo, me voy ahora mismo al aeropuerto. El negocio en Europa no puede esperar. Estaré fuera al menos una semana, tal vez diez días. Cuida todo… y cuida a Nadia —dijo el hombre con prisa, dándole una palmada en el hombro antes de subir al todoterreno y desaparecer por el camino de grava.
Víctor se quedó quieto bajo el umbral, el pulso ya acelerado. Sabía exactamente quién quedaba en la casa: Nadia, su madrastra de cuarenta y dos años, la mujer que llevaba años robándole el sueño. Alta, de curvas generosas, con unos pechos pesados y firmes que se movían con cada paso, caderas anchas y un culo redondo que parecía hecho para ser agarrado con fuerza. Su piel morena siempre olía a vainilla y a algo más oscuro, prohibido. Desde que su padre la trajo a casa cuando él tenía dieciocho, Víctor había luchado contra la erección que le provocaba cada vez que ella se inclinaba para recoger algo o salía al jardín en bikini. Era la esposa de su padre. Su madrastra. Y eso solo hacía que la deseara más.
Esa misma noche, el calor era pegajoso. Víctor no podía dormir. Bajó a la piscina infinita que se asomaba al valle, iluminada solo por las estrellas y la luz azulada del fondo. El agua brillaba como un espejo negro salpicado de puntos de luz. Se detuvo al borde cuando vio la silueta de Nadia. Llevaba solo un fino camisón de seda blanca que apenas le llegaba a medio muslo. La tela era casi transparente bajo la luz de la luna; se le marcaban los pezones oscuros, duros, y la sombra de su coño rasurado se adivinaba entre los muslos gruesos.
—Víctor… —susurró ella con voz ronca, girándose. Sus ojos verdes lo recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en el bulto que ya empezaba a formarse bajo sus pantalones cortos—. No podía dormir sabiendo que estamos solos. ¿Te unes a mí?
Él tragó saliva. El corazón le golpeaba las costillas.
—Nadia, no sé si es buena idea…
Ella sonrió con esa mezcla de dulzura y putería que siempre lo volvía loco. Se acercó hasta quedar a un metro. El camisón se pegaba a sus tetas por el sudor nocturno.
—Llevo años viéndote mirarme, hijastro. Crees que no me doy cuenta de cómo se te pone dura la polla cuando me agacho delante de ti o cuando salgo de la ducha con la toalla demasiado corta. —Dio otro paso—. Tu padre se fue. Nadie va a venir. Nadie va a saber. ¿Quieres seguir fingiendo o vas a admitir que deseas follarte a tu madrastra tanto como yo deseo que me folies?
Víctor sintió que le ardía la cara y la entrepierna. Su polla ya estaba completamente dura, empujando contra la tela.
—Joder, Nadia… Sí. Te deseo desde hace años. Cada noche me pajeo pensando en ti, imaginando cómo gemirías si te metiera la polla hasta el fondo. Eres la mujer de mi padre y eso me pone todavía más cachondo.
La confesión salió como un gemido. Nadia se mordió el labio inferior y, sin decir nada más, se quitó el camisón por la cabeza. Sus tetas grandes y pesadas rebotaron libres, pezones erectos apuntando al cielo estrellado. Su coño estaba completamente depilado, los labios hinchados y brillantes de humedad. Se dio la vuelta despacio, mostrándole el culo redondo y firme.
—Entonces ven. Vamos a nadar desnudos. Quiero sentir el agua en mi coño mientras te miro.
Víctor se arrancó la ropa en segundos. Su polla saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza ya mojada de precum. Nadia la miró con hambre descarado y se metió en el agua. Él la siguió. Nadaron cerca, rozándose “accidentalmente”. Primero fueron las manos de ella en su pecho, luego los pechos de Nadia presionando contra su espalda. Cada roce enviaba descargas eléctricas. Al final, se detuvieron donde el agua les llegaba a la cintura, frente a frente.
—He fantaseado con tu polla dentro de mí desde que tenías veinte —confesó ella, la voz temblorosa de excitación—. Me tocaba en la ducha pensando en que eras tú quien me abría las piernas, no tu padre. Quería ser tu puta madrastra secreta.
Víctor ya no aguantó más. La agarró por la nuca y la besó. Fue un beso sucio, desesperado, lenguas enredándose, dientes chocando. Nadia gimió dentro de su boca y le rodeó el cuello con los brazos, apretando sus tetas contra el pecho de él. Sus manos bajaron hasta agarrarle el culo, clavándole las uñas.
—Bésame más fuerte, hijastro —jadeó contra sus labios—. Quiero que me uses.
El beso se volvió más brutal. Víctor le mordió el labio inferior mientras una mano bajaba hasta apretarle una teta con fuerza, pellizcándole el pezón. Nadia jadeaba y se restregaba contra su polla dura que latía entre sus cuerpos.
De pronto ella se separó, lo miró con ojos oscuros de pura lujuria y se hundió en el agua hasta arrodillarse en el escalón sumergido. Sin aviso, abrió la boca y se tragó la polla de Víctor hasta la garganta en un solo movimiento.
—Joder, Nadia… —gruñó él, agarrándola del pelo mojado.
Ella no tuvo piedad. Chupaba con ruido, saliva espesa corriendo por la barbilla, gorgoteando cuando la gruesa verga le invadía la garganta. Sus ojos lujuriosos no se apartaban de los de él, lagrimosas pero llenas de deseo. Sacaba la polla solo para babearla entera, lamerle los huevos y volver a tragársela hasta que la nariz tocaba el vientre de Víctor. El sonido húmedo, obsceno, llenaba la noche junto con los gemidos ahogados de ella.
—Así, puta madrastra… trágatela toda —gruñó Víctor, follando su boca con movimientos cortos y profundos.
Nadia gemía alrededor de la polla, vibrando, y metía dos dedos en su propio coño mientras lo mamaba. Cuando sintió que él estaba cerca, se sacó la verga con un hilo espeso de saliva y se puso de pie.
—Fóllame ahora. Quiero sentirte dentro.
Víctor la sacó del agua como si no pesara nada y la tumbó sobre el borde de piedra fría de la piscina, abriéndole las piernas. Su coño estaba empapado, hinchado, brillando. Colocó la cabeza gruesa en la entrada y empujó de un solo golpe brutal hasta el fondo. Nadia arqueó la espalda y soltó un gemido largo y gutural.
—¡Sí! ¡Así, hijastro! ¡Rómpeme el coño!
Empezó a follarla en misionero con fuerza salvaje. Cada embestida hacía que sus tetas rebotaran violentamente. El sonido de carne contra carne resonaba bajo las estrellas. Víctor la miraba a los ojos mientras la penetraba, viendo cómo su cara se contorsionaba de placer prohibido.
—Eres mi madrastra y te estoy follando como una perra —gruñó, acelerando.
La puso a cuatro patas sobre la piedra mojada. El culo de Nadia se abrió ante él, redondo y perfecto. Escupió sobre su polla y la metió otra vez de un golpe, agarrándola del pelo como riendas. Le dio una fuerte nalgada que dejó la marca de su mano.
—Puta madrastra mía… ¿esto es lo que querías?
—¡Sí! ¡Más fuerte! ¡Azótame mientras me follas!
Le dio nalgada tras nalgada mientras la taladraba por detrás, el coño de Nadia chorreando por sus muslos. Ella empujaba hacia atrás, desesperada, gimiendo cada vez más alto, sin importarle que alguien pudiera oírla desde lejos.
Finalmente Víctor se sentó en el borde y Nadia se subió encima como una posesa. Se empaló hasta el fondo con un solo movimiento y empezó a cabalgarlo con desesperación. Sus tetas rebotaban delante de la cara de él, que las agarraba y chupaba los pezones con fuerza mientras ella subía y bajaba como una loca.
—Voy a correrme… ¡en tu polla, hijastro! —gritó.
Su coño se contrajo violentamente alrededor de la verga gruesa. Nadia echó la cabeza hacia atrás, gimiendo con fuerza mientras el orgasmo la sacudía, chorros de corrida caliente empapando la polla y los huevos de Víctor. Él la sujetó por las caderas y la obligó a seguir moviéndose hasta que ella temblaba de sobreestimulación.
Exhaustos, se dejaron caer sobre una tumbona ancha junto a la piscina. Nadia se acurrucó contra su pecho, aún con la polla medio dura dentro de ella, besándolo ahora con ternura, lenguas perezosas, mordiscos suaves en los labios. Sus dedos le acariciaban el pecho con complicidad.
—Esto solo es el comienzo, Víctor —susurró contra su boca, la voz ronca de tanto gemir—. Este verano va a estar lleno de encuentros secretos cada noche que tu padre esté lejos. Voy a follarte en todas las habitaciones de esta casa… pero tenemos que ser muy cuidadosos. Porque si alguna vez nos descubre… todo se irá a la mierda. Y eso solo hace que me moje más.
Víctor le besó la frente, el corazón todavía acelerado, sabiendo que mañana la desearía otra vez con la misma fuerza prohibida. La noche aún era joven y el verano acababa de empezar. El riesgo flotaba en el aire como una promesa caliente, peligrosa, irresistible.
La brisa nocturna se había enfriado un poco, pero el cuerpo de Nadia seguía ardiendo contra el de Víctor. Acurrucada sobre su pecho, con la polla semierecta aún alojada en su coño caliente y lleno de su propia corrida, ella movió las caderas en un círculo lento, casi perezoso, como si no quisiera dejarlo salir nunca. El semen de ambos chorreaba entre sus muslos gruesos, resbalando por la piel morena y brillando bajo la luz de las estrellas. Víctor sintió cómo su verga respondía al instante, hinchándose de nuevo dentro de aquellas paredes sedosas que lo apretaban con codicia.
—Joder, hijastro… ya estás duro otra vez —murmuró Nadia con esa voz ronca que lo volvía loco. Levantó la cabeza y lo miró a los ojos, sus pechos pesados aplastados contra él, los pezones todavía erectos rozándole la piel—. Llevo tanto tiempo queriendo esto que no pienso parar en toda la noche. Tu padre está a miles de kilómetros y yo tengo el coño empapado solo de pensar que eres tú quien me ha llenado.
Víctor tragó saliva. Su mente era un torbellino de culpa y lujuria. Es la mujer de mi padre, pensó, la madrastra que me vio crecer y ahora está follándome como una perra en celo. Pero esa misma idea le hizo palpitar la polla dentro de ella. Agarró aquellas nalgas redondas con ambas manos y las abrió, empujando un poco más profundo.
—No puedo creer que esté pasando, Nadia. Te he deseado tanto… Cada vez que te veía en la cocina con esa bata corta, se me ponía dura imaginando cómo te doblaría sobre la mesa y te daría por el culo hasta que gritaras.
Ella soltó una risita baja y perversa, mordiéndole el labio inferior mientras empezaba a cabalgarlo con movimientos cortos y profundos. Sus tetas grandes rebotaban pesadamente contra el pecho de él. El sonido húmedo de su coño tragándose la verga gruesa llenaba el silencio de la noche.
—Pues ahora puedes hacer todo lo que imaginabas, Víctor. Soy tu puta madrastra. Quiero que me uses hasta que no pueda caminar derecho. Méteme los dedos en el culo mientras me follas el coño… quiero sentirme llena de ti.
Sin esperar, Víctor escupió en sus dedos y los llevó hasta la entrada arrugada de su ano. Nadia se arqueó con un gemido largo cuando sintió el primer dedo entrar. Su coño se contrajo violentamente alrededor de la polla, exprimiéndola. Cabalgaba cada vez más rápido, las tetas saltando, el sudor brillando entre sus pechos. Víctor metió un segundo dedo en su culo, abriéndola, preparándola, mientras ella jadeaba como una loca.
—Más fuerte, hijastro… ¡rompe a tu madrastra! ¡Hazme sentir que soy tuya y no de él!
El placer era tan intenso que Víctor tuvo que morderse la lengua para no correrse ya. La levantó de golpe, sacando su polla con un sonido obsceno de succión. La colocó de rodillas sobre la tumbona, con el culo en pompa hacia él. El coño de Nadia estaba rojo, hinchado, chorreando una mezcla de sus jugos y el semen anterior. Sin piedad, Víctor hundió la cara entre sus nalgas y lamió desde el clítoris hasta el ano, saboreando todo. Su lengua entró en el coño, follándola con ella mientras sus dedos pellizcaban el clítoris hinchado.
Nadia gritó, empujando el culo contra su cara.
—¡Sí! ¡Cómemelo todo, mi niño! ¡Lame el coño que te crió… joder, me voy a correr en tu boca!
El orgasmo la atravesó como un rayo. Chorros calientes de squirt salpicaron la cara y el pecho de Víctor, que no paraba de lamer y chupar, tragando todo lo que podía. Las piernas de Nadia temblaban sin control, pero él no le dio respiro. Se puso de pie, agarró su melena oscura y metió la polla de un solo golpe brutal hasta el fondo del coño. Empezó a follarla como un animal, las nalgas chocando contra sus caderas con golpes secos y fuertes. Cada embestida hacía que sus tetas se balancearan violentamente hacia adelante.
—Eres una zorra, Nadia. La esposa de mi padre y estás aquí, dejando que tu hijastro te destroce el coño bajo las estrellas. Dime cuánto te gusta.
—Me encanta… ¡me encanta ser tu puta secreta! —gritaba ella entre gemidos—. Más duro, Víctor. Quiero que me duela mañana cuando me siente. Quiero que me dejes el coño abierto y lleno de tu leche.
Víctor la sacó del coño y apuntó su verga contra el ano dilatado. Nadia miró hacia atrás con ojos vidriosos de pura lujuria y asintió.
—Hazlo. Fóllame el culo, hijastro. Quiero sentir cómo me partes en dos.
Escupió abundantemente sobre su polla y sobre el agujero, luego empujó. La cabeza gruesa entró con dificultad. Nadia soltó un gemido gutural, largo, casi animal, clavando las uñas en la tumbona. Centímetro a centímetro, Víctor fue enterrando toda su longitud en el culo virgen de su madrastra. Cuando sus huevos tocaron el coño empapado de ella, se quedó quieto, disfrutando la presión asfixiante.
—Joder… está tan apretado… —gruñó él.
—Muévete… por favor… fóllame el culo como si me odiaras —suplicó Nadia, la voz rota.
Víctor empezó a bombear. Primero lento, luego más rápido, más salvaje. Sus manos agarraban aquellas caderas anchas con fuerza, dejando marcas rojas. El culo de Nadia se abría obscenamente alrededor de la verga gruesa, tragándosela entera con cada embestida. Ella metía dos dedos en su propio coño, follándose al mismo ritmo, y el squirt volvió a salir, salpicando los muslos de ambos.
—Soy tu madrastra anal, Víctor… ¡tu puta de verano! ¡Córrete dentro de mi culo!
El placer era demasiado. Víctor sintió que las pelotas se le contraían. Aceleró hasta que el sonido de carne contra carne era casi violento. Le dio una nalgada brutal que resonó en la noche, luego otra y otra, dejando la piel morena marcada con la huella de su mano. Nadia se corrió de nuevo, el ano apretando la polla como un puño, ordeñándola.
Con un rugido animal, Víctor se enterró hasta el fondo y explotó. Chorros gruesos y calientes de semen inundaron el interior del culo de su madrastra. Siguió empujando mientras se vaciaba, prolongando el orgasmo hasta que le dolieron las piernas. Cuando por fin salió, un río blanco y espeso brotó del ano abierto de Nadia, resbalando por su coño y cayendo sobre la tumbona.
Ambos cayeron exhaustos, jadeando. Nadia se giró y lo besó con lengua sucia, lamiendo sus propios jugos de la boca de él. Sus dedos jugaban con la polla sensible, untándola con la mezcla de fluidos.
—Esto no ha terminado —susurró contra sus labios, aún temblando—. Mañana quiero que me folles en la ducha, y en el sofá del salón, y en la cama que comparto con tu padre. Quiero que me dejes tu olor en todas partes. Pero tenemos que ser listos… si él sospecha algo…
En ese momento, el teléfono de la casa sonó dentro, un timbre agudo que cortó la noche como un cuchillo. Ambos se tensaron. Nadia miró a Víctor con los ojos muy abiertos, el semen todavía chorreando de su culo y su coño. El teléfono siguió sonando. Era casi la una de la mañana. Solo podía ser una persona.
—Quédate aquí —dijo ella, levantándose con las piernas temblorosas. Sus tetas pesadas se balanceaban, el cuerpo marcado por nalgadas, mordidas y semen—. Voy a contestar. Si es él… tengo que sonar normal. Pero cuando vuelva, quiero que me tengas dura otra vez, hijastro. Porque esto solo acaba de empezar y cada vez me mojo más pensando en lo cerca que estamos de que nos descubra.
Nadia caminó desnuda hacia la casa, el culo rojo y brillando de semen, dejando un rastro húmedo sobre las baldosas. Víctor se quedó en la tumbona, la polla todavía medio dura, el corazón latiéndole con fuerza por la excitación y el miedo. Miró las estrellas, sabiendo que la próxima vez que la tocara sería aún más sucio, más peligroso. El verano era largo y el riesgo solo hacía que su deseo por su madrastra fuera más salvaje. Escuchó la voz de Nadia contestando el teléfono en la distancia, dulce y calmada, como si no acabara de correrse con la polla de su hijastro en el culo.
Y Víctor sonrió en la oscuridad, esperando su regreso, listo para continuar rompiendo todas las reglas.
Nadia contestó el teléfono con la voz más calmada que pudo, aunque su cuerpo traicionaba cualquier intento de normalidad. El semen espeso de Víctor aún goteaba de su ano dilatado y de su coño hinchado, formando un reguero caliente que bajaba por sus muslos morenos y se acumulaba entre sus pies sobre el suelo de madera. Sus tetas pesadas subían y bajaban con la respiración agitada, los pezones todavía erectos y sensibles por las succiones brutales de antes.
—Hola, amor. Sí, soy yo. ¿Por qué llamas a esta hora? ¿El vuelo llegó bien? —preguntó con tono dulce y conjugal, mientras sus ojos verdes se clavaban en Víctor, que acababa de entrar desnudo desde la terraza. La polla del joven de veinticuatro años estaba completamente dura otra vez, gruesa, venosa y brillante, apuntando al techo como si el mero hecho de verla hablar con su marido la hubiera revivido.
Escuchó la respuesta de su esposo, que explicaba el jet lag y lo mucho que le preocupaba dejarla sola con el calor de la casa de campo. Nadia sonrió con ironía perversa, mordiéndose el labio inferior cuando Víctor se acercó por detrás en silencio y le acarició las nalgas marcadas con las huellas rojas de sus nalgadas. El toque de aquellos dedos fuertes sobre la piel adolorida le provocó un escalofrío que casi le arranca un gemido.
—Todo está perfecto aquí, cariño. La casa está tranquila, el valle se ve precioso bajo las estrellas. Víctor bajó las maletas como le pediste y cenamos algo ligero antes de que cada uno se fuera a su habitación. Yo… bajé un rato a la piscina infinita para refrescarme, el calor no me dejaba dormir. Sí, él me cuida bien, es un joven responsable. No te preocupes por nada, disfruta tu viaje y cierra ese negocio. Te extraño.
Mientras mantenía la conversación con naturalidad, Víctor se arrodilló detrás de ella. Con ambas manos separó aquellas nalgas redondas y firmes, todavía abiertas por la follada anal anterior, y hundió la lengua sin piedad. Lamió el semen que brotaba de su ano, saboreando el gusto salado y prohibido, luego bajó hasta el coño chorreante y metió la lengua lo más profundo que pudo. Nadia apretó los dientes, agarrando el borde de la mesa con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Su mano libre descendió y presionó la cabeza de Víctor contra su culo, empujándolo para que la devorara mientras seguía hablando con su marido.
—Claro que sí, amor. Mañana te llamo temprano. Duerme un poco, que el cansancio del vuelo te va a pasar factura. Te amo. Buenas noches.
Colgó el teléfono con un clic seco. En cuanto la línea se cortó, un gemido largo, gutural y animal escapó de su garganta. Se dobló hacia adelante, ofreciéndole mejor acceso a Víctor, que no paraba de comerle el coño y el ano con hambre salvaje.
—Joder, hijastro… Casi me corro en medio de la llamada mientras me lamías el culo lleno de tu leche. Hablar con tu padre y tener tu lengua metida en mi ano al mismo tiempo me ha puesto más puta que nunca. Eres un enfermo y me encanta.
Víctor se levantó, la giró con brusquedad y la besó con furia, metiendo la lengua para que ella probara el cóctel de corrida, jugos y saliva. Sus manos grandes amasaron aquellas tetas generosas de cuarenta y dos años, tirando de los pezones hasta hacerla jadear dentro de su boca.
—No pude esperar, Nadia. Verte mintiéndole como si no tuvieras el culo y el coño rebosando de la polla de su hijo me ha puesto la verga como hierro. Eres la esposa de mi padre y eso solo me da más ganas de destrozarte.
Ella agarró la polla gruesa con una mano, masturbándola con movimientos lentos y firmes, untándola con los restos que aún chorreaban de su propio cuerpo.
—Pues no vamos a follar aquí en la sala. Vamos arriba. A la cama que comparto con él. Quiero que me rompas en el mismo colchón donde él me toca. Quiero que dejes tu olor joven en las sábanas, que manches todo con nuestra corrida prohibida.
Subieron las escaleras casi corriendo, Nadia delante, contoneando las caderas anchas, el culo rojo y brillante balanceándose con cada paso. Un hilo de semen seguía escapando de su ano y resbalaba por la cara interna de sus muslos. Al entrar al dormitorio principal, la luz plateada de la luna entraba por la ventana grande e iluminaba la enorme cama matrimonial con sábanas de seda azul. El aire olía a vainilla, a colonia masculina y a matrimonio. Sobre la mesita de noche, la foto de boda los observaba: Nadia vestida de blanco, sonriendo al lado del padre de Víctor.
Nadia se tumbó en el centro del colchón, abrió las piernas de par en par y separó sus labios hinchados con dos dedos, mostrándole el interior rosado y brillante.
—Mírame, hijastro. Mira cómo me has dejado el coño y el culo. Tu madrastra de cuarenta y dos años está destrozada por la verga de su hijastro de veinticuatro. Ven y lame todo antes de volver a follarme.
Víctor se lanzó como un animal. Hundió la cara entre aquellos muslos gruesos y lamió desde el clítoris hinchado hasta el ano abierto, tragando la mezcla cremosa de sus corridas anteriores. Metió la lengua en el coño, follándola con ella mientras dos dedos entraban en el ano, abriéndolo de nuevo. Nadia arqueó la espalda, clavando las uñas en las sábanas y gritando sin control.
—¡Sí, así, mi niño! Cómele el coño y el culo a tu madrastra. Saborea cómo me has llenado. Tu padre nunca me come así, nunca me hace squirtear como tú. ¡Me voy a correr en tu boca otra vez!
El orgasmo la atravesó con violencia. Un chorro caliente de squirt salió disparado contra la cara de Víctor, mojando su pecho y las sábanas matrimoniales. Las piernas de Nadia temblaron sin control, pero él no le dio tregua. Se subió encima, colocó la cabeza gruesa de su polla en la entrada del coño y empujó hasta el fondo de un solo golpe brutal. La cama crujió con fuerza. Empezó a follarla con embestidas salvajes, profundas, haciendo que las tetas grandes rebotaran violentamente.
—Esto es lo que querías, ¿verdad, puta madrastra? Que te folle en la cama donde duermes con mi padre. Dime lo zorra que te sientes ahora mismo.
—Me encanta… ¡me encanta traicionarlo contigo! Tu polla es más gruesa, más larga, me llega donde él nunca ha llegado. ¡Rómpeme el coño, Víctor! ¡Haz que mañana cuando le hable por teléfono todavía sienta que me has abierto!
Víctor la puso de lado, levantó una de sus piernas y la penetró desde ese ángulo, follándola más profundo mientras le mordía el cuello y pellizcaba los pezones. Luego la colocó a cuatro patas, justo frente a la foto de boda. Agarró su melena oscura como riendas y la taladró sin piedad, dándole nalgada tras nalgada que dejaban la piel morena cada vez más roja.
—Mira la foto mientras te destrozo, Nadia. Mira a tu marido mientras su hijo te usa como una perra en su propia cama.
Nadia gemía cada vez más alto, empujando el culo hacia atrás para encontrarse con cada embestida.
—¡Sí! ¡Míralo! Él nunca me ha follado con esta fuerza, nunca me ha hecho gritar así. Soy tu puta madrastra, tu zorra secreta. ¡Fóllame el culo otra vez, por favor!
Víctor escupió abundantemente sobre su verga y sobre el ano dilatado. Empujó la cabeza gruesa y entró centímetro a centímetro hasta enterrarse por completo. El apretón era asfixiante, caliente, perfecto. Empezó a bombear con movimientos largos y salvajes, sus huevos golpeando el coño chorreante de ella. Nadia metió tres dedos en su propio coño, follándose al mismo ritmo, y volvió a correrse con un grito ronco que llenó la habitación. Su ano se contrajo violentamente alrededor de la polla, ordeñándola.
Víctor sintió que las pelotas se le tensaban. Aceleró hasta que el sonido de carne contra carne fue casi violento. Le dio una última nalgada brutal y se enterró hasta el fondo, explotando dentro del culo de su madrastra. Chorros espesos y calientes inundaron sus entrañas, tanto que cuando sacó la polla lentamente, un río blanco y espeso brotó del ano abierto, resbalando por el coño y manchando las sábanas de la cama matrimonial.
Cayeron exhaustos sobre el colchón revuelto. Nadia se giró, lo besó con lengua sucia y perezosa, lamiendo sus propios jugos de la boca de él. Sus dedos jugaban con la polla sensible, untándola con la mezcla de semen y jugos.
—Esto solo es el tercer acto de nuestro verano prohibido, Víctor —susurró contra sus labios, todavía temblando, con el semen chorreando entre sus nalgas—. Tu padre casi nos pilla y eso me ha mojado más que nunca. En unas horas, cuando amanezca, te quiero en la ducha, follándome contra los azulejos mientras el agua corre por nuestros cuerpos. Y después en la cocina, contra la encimera donde preparo el desayuno para él. Pero ahora quédate dentro de mí… porque si vuelve a llamar y no contestamos, el riesgo será aún mayor. Y yo quiero que sea mayor. Quiero que cada noche sea más sucio, más peligroso, más nuestro.
Víctor la abrazó con fuerza, su polla aún medio dura alojada entre las nalgas de ella, sintiendo cómo el semen caliente seguía escapando. Su mente era un torbellino de lujuria y culpa deliciosa. Sabía que no podrían parar. El verano apenas comenzaba y cada encuentro los acercaba más al borde del abismo. La respiración de Nadia se fue calmando contra su pecho, pero sus caderas seguían moviéndose en círculos lentos, provocadoras, manteniendo la erección viva. La noche aún no había terminado, y el deseo mutuo ardía más fuerte que nunca bajo el silencio de la casa vacía.
La respiración entrecortada de Nadia llenaba la habitación matrimonial mientras sus caderas anchas seguían girando en círculos lentos y provocadores sobre el cuerpo de Víctor. El semen de ambos escapaba en hilos espesos desde su ano dilatado y su coño hinchado, empapando las sábanas de seda azul que olían a su marido. A sus cuarenta y dos años, con el cuerpo aún temblando por los orgasmos anteriores, Nadia sentía cada latido de la verga de su hijastro de veinticuatro dentro de ella como una promesa peligrosa.
—Quédate quieto un momento… —susurró ella con voz rota, pero sus ojos verdes brillaban con esa lujuria perversa que lo desarmaba—. Siente cómo tu leche se mezcla con la mía en el coño que tu padre cree que le pertenece. Me pone tan cachonda saber que estás marcándome por dentro mientras él está en otro continente.
Víctor, con el corazón golpeándole las costillas, agarró aquellas nalgas redondas y marcadas por sus manos, clavando los dedos en la carne morena. La culpa le ardía en el pecho —era la esposa de su padre, la madrastra que lo había visto convertirse en hombre—, pero esa misma traición le hinchaba la polla hasta doler. Empujó hacia arriba con fuerza, enterrándose más profundo en su coño caliente y resbaladizo.
—No voy a durar mucho más si sigues apretándome así, Nadia. Eres una puta adicta a la polla de tu hijastro. Mírate… abierta de piernas en su cama, chorreando mi corrida.
Ella soltó una risa baja y sucia, mordiéndole el cuello mientras aceleraba el movimiento de sus caderas. Sus tetas pesadas y firmes se aplastaban contra el pecho de él, los pezones duros como piedras rozándole la piel sudorosa. El sonido húmedo y obsceno de su coño tragándose la verga gruesa llenaba el dormitorio. Nadia se incorporó un poco, apoyando las manos en el torso de Víctor, y empezó a cabalgarlo con embestidas cortas pero brutales, haciendo que sus tetas rebotaran pesadamente delante de su cara.
—Chúpamelas, hijastro. Muerde los pezones de tu madrastra mientras me follas en la cama matrimonial. Quiero que mañana, cuando le mienta por teléfono, todavía tenga los mordiscos de tu boca en mis tetas.
Víctor obedeció con hambre. Agarró una de aquellas tetas generosas con ambas manos, la estrujó hasta que la carne se desbordó entre sus dedos y succionó el pezón con fuerza, mordiéndolo después hasta hacerla jadear. Nadia echó la cabeza hacia atrás, su melena oscura pegada al sudor de la espalda, y cabalgó más rápido. El colchón crujía con violencia bajo ellos. Cada descenso de sus caderas anchas hacía que la polla de Víctor le rozara el fondo del coño, golpeando ese punto que la volvía loca.
—Joder… me corro otra vez —gruñó ella, contrayéndose violentamente alrededor de la verga. Un chorro caliente de squirt salió disparado, empapando el vientre de Víctor y las sábanas ya manchadas. Sus paredes internas ordeñaban la polla con espasmos codiciosos, pero él no se corrió. La sujetó por las caderas y la obligó a seguir moviéndose incluso mientras ella temblaba de sobreestimulación, prolongando su placer hasta que las lágrimas le rodaron por las mejillas.
Cuando Nadia bajó de él con las piernas temblorosas, un río blanco y espeso brotó de su coño y de su ano, cayendo sobre la polla erecta de Víctor. Ella se arrodilló entre sus piernas, lo miró a los ojos con esa mezcla de dulzura maternal y pura putería, y se tragó la verga hasta la garganta sin previo aviso. El sabor de su propia corrida y la de él le llenó la boca. Chupaba con ruido, saliva espesa cayendo por la barbilla, gorgoteando cuando la cabeza gruesa le invadía la garganta.
—Así, puta… trágate la polla que acaba de destrozarte el culo —gruñó Víctor, agarrándola del pelo y follándole la boca con movimientos profundos.
Los ojos de Nadia lagrimeaban, pero no apartaba la mirada. Metía tres dedos en su propio coño mientras lo mamaba, follándose a sí misma con desesperación. Víctor sentía que las pelotas se le contraían, pero quería más. La levantó de golpe, la giró y la puso a cuatro patas frente a la foto de boda que descansaba en la mesita. La imagen de Nadia vestida de blanco, sonriendo al lado de su padre, los observaba mientras él escupía sobre su ano aún abierto y metía la polla de un solo empujón brutal.
— ¡Míralo! —ordenó Víctor, tirándole del pelo como riendas—. Mira a tu marido mientras su hijo te folla el culo en su propia cama.
Nadia gritó de placer, empujando el culo hacia atrás para encontrarse con cada embestida salvaje. Sus tetas colgaban pesadas, balanceándose con violencia.
— ¡Me encanta traicionarlo contigo! Tu polla es más gruesa, me abre el culo como él nunca podría. ¡Soy tu madrastra anal, Víctor! ¡Tu zorra secreta de cuarenta y dos años que se moja pensando en que nos descubra!
Las nalgadas resonaban en la habitación. Cada golpe dejaba la piel morena más roja, más marcada. Víctor la taladraba sin piedad, sintiendo cómo el ano de ella lo apretaba como un puño caliente. El riesgo de que su padre llamara otra vez latía en su mente, pero solo lo ponía más duro. Cuando sintió que iba a correrse, se retiró, la giró y le pintó las tetas y la cara con chorros gruesos de semen. Nadia abrió la boca, recogiendo lo que pudo con la lengua, gimiendo como una perra en celo.
El amanecer empezaba a teñir el cielo cuando bajaron a la ducha, todavía desnudos y chorreando fluidos. El baño principal era amplio, con azulejos fríos y una mampara de cristal. Nadia abrió el agua caliente y se colocó bajo el chorro, el agua corriendo por sus curvas generosas, lavando parcialmente el semen pero no el olor a sexo prohibido. Víctor entró detrás de ella, la presionó contra los azulejos fríos y le separó las piernas desde atrás.
—Ahora te voy a follar como te prometí —murmuró contra su oreja, mordiéndole el lóbulo mientras su polla, ya dura otra vez, se deslizaba entre sus nalgas—. Contra la pared donde tu marido se ducha cada mañana.
Nadia arqueó la espalda, ofreciéndole el coño y el ano. El agua caía entre sus cuerpos, haciendo que todo fuera más resbaladizo, más obsceno. Víctor metió dos dedos en su coño, luego tres, follándola con ellos mientras le mordía el cuello. Ella gemía alto, sin importarle que el eco pudiera llegar lejos.
—Más adentro, hijastro… méteme la mano entera si quieres. Quiero que me dejes el coño abierto para todo el día.
Él no llegó tan lejos, pero la penetró con la polla de un golpe seco, levantándola casi del suelo con cada embestida. El agua salpicaba por todas partes. Nadia apoyaba las manos en los azulejos, empujando hacia atrás, su culo rebotando contra las caderas de Víctor. Él le metió un dedo en el ano al mismo tiempo, doble penetrándola mientras el vapor llenaba el baño.
—Eres insaciable —jadeó él, acelerando—. A tus cuarenta y dos años sigues teniendo el coño más apretado y vicioso que he probado. Y es mío. De tu hijastro.
Nadia se corrió con un grito ahogado por el agua, su squirt mezclándose con el chorro de la ducha. Sus piernas casi cedieron, pero Víctor la sostuvo, sacándola de la ducha sin secarse. El agua goteaba de sus cuerpos mientras bajaban a la cocina. La luz dorada de la mañana entraba por la ventana grande. Nadia, con el pelo mojado pegado a la espalda y el cuerpo brillando, abrió la nevera para preparar algo de desayuno, pero Víctor no le dio tiempo.
La dobló sobre la encimera de granito frío, donde cada mañana ella preparaba el café para su marido. Le separó las nalgas y hundió la cara entre ellas, lamiendo el ano y el coño con lengua plana y hambrienta. Nadia se agarró al borde, gimiendo.
—Lame todo, mi niño… come el culo que acabas de follarte mientras preparo el desayuno para tu padre. ¡Joder, qué rico se siente tu lengua ahí!
Víctor se puso de pie, colocó la cabeza gruesa en su ano y empujó hasta el fondo. Empezó a follarla con embestidas largas y profundas, haciendo que sus tetas se aplastaran contra la encimera. El sonido de carne mojada contra carne llenaba la cocina luminosa. Nadia giró la cabeza para mirarlo, los ojos vidriosos.
—Más fuerte… rómpeme el culo aquí, donde hago la comida familiar. Quiero que cada vez que entre a esta cocina sienta tu polla dentro de mí.
Estaban en plena embestida, el ano de Nadia tragándose la verga hasta los huevos, cuando el teléfono de la casa volvió a sonar. El timbre agudo cortó el aire como una advertencia. Era él. Otra vez. Nadia jadeó, pero en lugar de detenerse, empujó el culo hacia atrás con más fuerza.
—No pares… —suplicó con voz rota de placer—. Contesta tú si quieres, pero no saques la polla de mi culo. Quiero correrme mientras hablo con él.
Víctor, con el corazón latiéndole en la garganta por la excitación y el terror delicioso, agarró el teléfono inalámbrico que estaba sobre la encimera y se lo pasó. Siguió follándola lento pero profundo, manteniendo el ritmo mientras ella contestaba con la voz más dulce y controlada que pudo.
—Hola, amor… sí, ya estoy despierta. Víctor y yo… estamos preparando el desayuno juntos.
La polla de Víctor se hundió hasta el fondo en ese momento. Nadia mordió su propio brazo para no gemir. Sus paredes anales se contrajeron con fuerza alrededor de la verga, y un nuevo chorro de jugos le corrió por los muslos. Víctor sonrió con malicia, acelerando apenas lo suficiente para hacerla temblar, sabiendo que el verano apenas había comenzado y que cada riesgo los llevaba más cerca del abismo. Nadia seguía hablando con su marido, la voz temblorosa de placer contenido, mientras su hijastro la usaba sin piedad sobre la encimera, los dos sabiendo que la próxima llamada podría ser la que los delatara… y esa idea solo los ponía más calientes, más sucios, más vivos.
Nadia sostenía el teléfono con los nudillos blancos mientras la polla gruesa de Víctor se hundía una y otra vez en su ano dilatado, abriéndola sin piedad sobre la encimera de la cocina. El semen de las corridas anteriores chorreaba de su coño hinchado y resbalaba por sus muslos morenos de cuarenta y dos años, formando un charco viscoso bajo sus pies. Cada embestida brutal hacía que sus tetas pesadas se aplastaran contra el granito frío, los pezones duros y oscuros rozando la superficie como si quisieran taladrarla.
—Hola, amor… sí, ya estoy despierta. Víctor y yo… estamos preparando el desayuno juntos —logró decir con una voz que fingía calma, aunque su hijastro de veinticuatro años le tiraba del pelo mojado y le clavaba la verga hasta los huevos, haciendo que su ano se contrajera como un puño caliente alrededor de él.
Víctor gruñó por lo bajo, el sudor corriéndole por el pecho. Sentía cada pliegue del intestino de su madrastra apretándole la polla y el riesgo de que su padre estuviera al otro lado de la línea le ponía los huevos a punto de explotar. «Esta puta habla con su marido mientras le destrozo el culo. Es lo más sucio que he vivido», pensó, y aceleró, sacando casi toda su longitud venosa solo para volver a empalarla con un golpe seco que resonó en la cocina.
Nadia mordió su propio antebrazo para ahogar un gemido cuando él le metió tres dedos en el coño al mismo tiempo, follándola por ambos agujeros mientras el marido preguntaba si todo estaba bien en la casa.
—Todo perfecto, cariño… solo estoy… moviendo cosas en la cocina —jadeó ella, las palabras entrecortadas. Sus paredes anales palpitaban, ordeñando la verga gruesa que la partía. El squirt empezó a escapársele en pequeños chorros que salpicaban los azulejos. Víctor le susurró al oído, la voz ronca y cruel:
—Sigue hablando con papá, zorra. Dile lo mucho que te gusta que tu hijastro te abra el culo mientras preparas su desayuno. Siente cómo te lleno, madrastra de mierda. Tu coño está chorreando más que nunca porque sabes que esto está mal.
Ella obedeció, la cara contorsionada de placer.
—Sí, Víctor es muy servicial… me ayuda a… ah… remover todo. El calor de anoche me dejó un poco… sensible.
El marido rió inocentemente al otro lado y empezó a contar detalles del viaje. Nadia casi se corre solo con eso, con la traición pura vibrando en su pecho. Víctor sacó la polla de su ano con un sonido obsceno de succión, la giró con brusquedad y la empujó de rodillas. Sin darle respiro le metió la verga —todavía caliente y sucia de su propio culo— hasta el fondo de la garganta. Nadia gorgoteó, los ojos lagrimeando, saliva espesa cayendo en cascadas sobre sus tetas grandes mientras intentaba seguir la conversación en altavoz.
—Claro que sí, amor… mañana te llamo temprano… —balbuceó entre arcadas cuando Víctor le sacó la polla un segundo. Luego volvió a tragársela entera, la nariz pegada al vientre de él, los huevos golpeándole la barbilla. Víctor le agarró la cabeza con ambas manos y le folló la cara sin piedad, los sonidos húmedos y grotescos llenando la cocina.
El marido preguntó por el ruido. Nadia, con la boca llena, tuvo que improvisar entre mamada y mamada.
—Es… la licuadora… estoy haciendo jugo… —mintió, y Víctor se rio en silencio, sacándole la polla para azotarle la cara con ella, dejando hilos de saliva y precum por toda su mejilla.
Cuando por fin colgó, Nadia soltó un grito animal que llevaba conteniendo minutos.
—¡Joder, hijastro! ¡Casi me corro hablando con él mientras me follabas el culo y la boca! ¡Soy una puta asquerosa y me encanta!
Víctor la levantó como si no pesara nada, la dobló otra vez sobre la encimera y le escupió abundantemente en el ano antes de volver a metérsela de un solo golpe brutal. Empezó a taladrarla con furia salvaje, las nalgas morenas rebotando contra sus caderas, el sonido de carne mojada y golpeada retumbando. Le dio nalgada tras nalgada, dejando la piel cada vez más roja y marcada con la huella de su mano.
—Eres la esposa de mi padre y estás aquí dejando que su hijo te use como un retrete, madrastra. Quiero que cuando vuelva le des un beso con mi sabor todavía en la lengua. Quiero que te sientes a su lado con el culo lleno de mi leche.
Nadia empujaba hacia atrás como una perra en celo, los dedos clavados en el borde de la encimera.
—¡Sí! ¡Más fuerte! ¡Rómpeme el intestino, cabrón! ¡Haz que me duela cada vez que tu padre me toque!
El orgasmo la atravesó como un latigazo. Su coño squirtó con fuerza, salpicando los armarios y el suelo mientras su ano se cerraba como una tenaza alrededor de la polla de Víctor. Él no paró. La sacó, la arrastró al suelo y la puso a cuatro patas en el charco de sus fluidos.
—Lame tu propia corrida mientras te follo, zorra.
Nadia bajó la cara y lamió el piso como una perra, lengua plana recogiendo su squirt y el semen que aún goteaba de su ano. Víctor se arrodilló detrás y volvió a penetrarla analmente, follándola con embestidas cortas y violentas que la hacían resbalar sobre el suelo mojado.
Pasaron las horas y la escalada no cesó. La llevó al salón, la tiró en el sofá donde su padre veía los partidos y la montó en vaquera inversa, obligándola a rebotar sobre su verga mientras le metía los dedos en el coño y le pellizcaba el clítoris hasta hacerla gritar. Sus tetas saltaban descontroladas, sudorosas, pesadas. Víctor le escupía en la espalda y le decía lo puta que era, lo mucho que le ponía saber que estaban traicionando al hombre que pagaba esa casa.
Al caer la tarde la sacó a la terraza, bajo las mismas estrellas que los habían visto empezar. La piscina infinita brillaba negra y plateada. Víctor la tumbó en el borde de piedra, le abrió las piernas hasta el límite y le metió la polla en el coño con tanta fuerza que Nadia arqueó la espalda y soltó un alarido que debió oírse en el valle. Le chupó los pezones con dientes, mordiéndolos mientras la taladraba, luego la giró y volvió a su ano favorito.
—Este culo es mío ahora, madrastra. Cada noche que mi padre esté lejos te voy a dejar los dos agujeros destrozados y llenos.
Nadia ya no era persona, solo carne caliente y agujeros. Se corrió otra vez, squirtando dentro del agua de la piscina, el cuerpo convulsionando. Víctor la agarró del cuello, la obligó a mirar las estrellas y aceleró hasta que sus huevos dolieron.
Cuando sintió que no aguantaba más, la sacó del agua, la puso de rodillas en la tumbona y le pintó la cara y las tetas con chorros espesos y calientes de semen. Nadia abrió la boca como una puta bien entrenada, recogiendo lo que pudo, tragando con ruido mientras el resto le corría por las mejillas, el cuello y las tetas pesadas.
Con la cara completamente embadurnada de leche blanca y espesa, el ano todavía abierto y goteando, Nadia se pasó la lengua por los labios, miró a Víctor con ojos de pura degenerada y dijo:
—Vuelve a metérmela en la garganta ahora mismo, hijastro, que quiero vomitar tu corrida mientras tu padre aterriza y yo todavía huelo a puta madrastra recién follada por su hijo.
Rate this story
¿Algo falla en esta historia?
Popular Collections
Browse Categories