Rendición Fugaz en el Karaoke
Valeria, una ejecutiva de 32 años, se rinde completamente al dominante arquitecto de 35 en un karaoke privado lleno de azotes, mamadas atadas y sexo duro consentido
Valeria, una ejecutiva de 32 años que dirigía con mano firme un equipo de finanzas en una multinacional, entró al reservado de karaoke privado con los hombros cargados de tensión. La semana había sido un infierno de reuniones interminables y cifras que no cerraban. Buscaba desahogo en ese espacio pequeño y aislado, con luces rojas tenues, un sofá de terciopelo negro y una pantalla que brillaba con promesas de liberación. No esperaba que Emmett, el arquitecto de 35 años cuya firma había colaborado en varios proyectos corporativos, estuviera allí por la misma razón. Alto, de hombros anchos y mandíbula marcada, con el cabello oscuro algo revuelto después de quitarse la chaqueta del traje, él exudaba esa autoridad natural que siempre la había perturbado en las reuniones de trabajo. Sus miradas se engancharon nada más cerrar la puerta.
Ella eligió una balada sensual, una de esas canciones cargadas de gemidos graves y promesas carnales. Al cantar, su voz ronca llenó el reservado. Movía las caderas con lentitud, la falda lápiz ajustada marcando el contorno de sus nalgas firmes, la blusa de seda entreabierta dejando ver el encaje negro del sujetador que contenía sus pechos llenos. Emmett la observaba desde el sofá, los ojos entrecerrados, una sonrisa lenta curvando sus labios. Cuando la última nota vibró en el aire, él se puso de pie y se acercó hasta quedar a solo un paso. El aroma de su colonia, madera y especias, invadió el espacio entre ellos.
—Has cantado como si llevaras fuego dentro, Valeria —dijo con esa voz grave que parecía acariciar la piel—. Pero sé que hay más. Te reto a un juego de verdades y retos. Reglas claras: yo domino, tú te sometes. Obedecerás cada orden sin dudar. Si te ríes, si desobedeces o si te rindes, pagarás el precio que yo decida. Nada de medias tintas. ¿Aceptas?
En su interior, Valeria sintió un relámpago de humedad entre los muslos. Llevaba meses masturbándose en su apartamento de lujo imaginando exactamente esto: un hombre como Emmett que le arrancara el control que tanto defendía en la oficina, que la obligara a arrodillarse y rendirse por completo. Su mente, siempre calculadora, se apagó. Solo quedó el pulso acelerado y el calor que subía por su vientre.
—Acepto —respondió sin titubear, mirándolo a los ojos—. Quiero jugar, Emmett. Quiero someterme.
La escalada llegó como una marea caliente. La química sexual crecía con cada respiración compartida. Emmett señaló el micrófono con un gesto autoritario.
—Arrodíllate ahora. Canta la siguiente canción con las manos bien juntas detrás de la espalda. No las muevas. Quiero ver cómo tiemblas mientras obedeces.
Valeria sintió las rodillas flojas. Se arrodilló sobre la alfombra suave, separando ligeramente las piernas para mantener el equilibrio. Juntó las muñecas en la espalda, lo que obligó a su pecho a proyectarse hacia delante. Los pezones se le endurecieron contra la seda, visibles como dos puntos duros. Empezó a cantar, pero la voz le salía entrecortada, cargada de excitación. Emmett se colocó detrás de ella, alto e imponente. Sus dedos fuertes acariciaron la curva de su cuello, bajando lentamente hasta la base de la nuca, presionando lo justo para recordarle quién mandaba. Se inclinó hasta que sus labios casi rozaron la oreja de ella.
—Buena puta —susurró—. Siente cómo te controlo. Imagina mi polla gruesa abriéndote la garganta mientras intentas cantar para mí. Tu coño ya está mojado, ¿verdad? Dime lo que quieres de verdad, Valeria. Sé sucia.
Cada palabra autoritaria era como una caricia directa a su clítoris. Valeria sentía el tanga empapado pegado a sus labios hinchados. Su mente, acostumbrada a dar órdenes en la sala de juntas, se deshacía en un charco de deseo. Quería más. Necesitaba más. Cuando la canción terminó, confesó con la voz rota por la excitación:
—Deseo que me ates, Emmett. Quiero que me uses sin piedad. Quiero ser tu sumisa, que me folles la boca, que me azotes el culo hasta que me arda y me corra solo cuando tú me lo permitas. Llevo meses fantaseando con entregarte todo el control. Por favor… cierra la puerta y hazlo.
Emmett soltó una risa baja y oscura. Caminó hasta la puerta, giró la llave con deliberada lentitud y el clic resonó como una sentencia. El reservado quedó completamente aislado del mundo.
—Entonces empecemos la escena que ambos queremos. Es consentido. Dime “rojo” si es demasiado, pero sé que no lo harás. Vas a rendirte exactamente como has soñado.
El clímax de la rendición llegó sin piedad. Emmett se quitó la corbata de seda negra con movimientos precisos, mirándola como si ya fuera suya. La colocó de rodillas frente a la barra metálica del karaoke y ató sus muñecas con el tejido suave pero firme, estirándole los brazos hacia arriba y fijándola a la estructura. La posición la dejaba completamente expuesta: rodillas abiertas, falda subida hasta la cintura, tanga negra empapada y el culo redondo ofrecido. Sus pechos subían y bajaban con respiraciones agitadas.
—Ahora vas a mamármela como la zorra ansiosa que eres —gruñó él, bajando la cremallera y sacando su polla gruesa, venosa y completamente dura. La cabeza brillaba ya con precum.
Agarró un puñado del cabello de Valeria y tiró hacia atrás para abrirle la boca. Empujó su verga entre los labios pintados, follándola profundo desde el primer golpe. La polla le llenó la lengua, golpeando el fondo de la garganta. Valeria gimió alrededor de la carne caliente, la saliva escapando por las comisuras de sus labios y goteando sobre sus pechos. Cada embestida le hacía lagrimear, pero el placer era brutal. Sentía la humillación como un afrodisíaco puro.
—Trágatela toda, puta ejecutiva —le decía Emmett con voz ronca mientras le follaba la boca sin piedad—. En la oficina das órdenes, pero aquí estás atada de rodillas chupándome la polla como una puta barata. Mira cómo te babeas. Eso es, gime más fuerte. Quiero oírte atragantarte con mi verga.
Valeria gemía sin control, el coño chorreando hasta mojar la alfombra. Pensaba, entre embestida y embestida: “Sí, degrádame. Úsame. Esto es lo que he querido siempre. Me rindo”. La mandíbula le dolía, la garganta se contraía alrededor de la polla invasora, pero no quería que parara.
Emmett la mantuvo así varios minutos, alternando embestidas lentas y profundas con tirones de pelo que le arrancaban gemidos ahogados. Luego la desató de la barra solo para doblarla con brusquedad sobre la mesa. El torso de Valeria quedó aplastado contra la madera fría, los pechos aplastados, el culo elevado y marcado ya por las ataduras. Emmett comenzó a azotarla con la mano abierta, golpes secos y fuertes que resonaban en el reservado. Cada impacto hacía que sus nalgas rebotaran, la piel pasando de rosa intenso a un rojo furioso y caliente.
—Cuenta, sumisa —ordenó entre golpe y golpe.
—Uno… gracias… Dos… ¡ah!… gracias, Emmett… Tres… —jadeaba ella, la voz quebrada por el escozor delicioso que se convertía en placer líquido entre sus piernas.
Cuando el culo le ardía como fuego, Emmett se colocó detrás, tiró de su cabello para arquearle la espalda y la penetró de un solo golpe brutal en posición de perrito. Su polla gruesa abrió el coño empapado hasta el fondo, llenándola por completo. Empezó a follarla con fuerza salvaje, sujetándola inmovilizada por el pelo y la cadera. El sonido húmedo de piel contra piel era obsceno.
—No te corras todavía —le advirtió con tono estricto mientras le daba otro azote en el culo enrojecido—. Este coño es mío. Te corres solo cuando yo lo diga. ¿Entendido, zorra?
—Sí… señor —gimió Valeria, al borde del abismo. Cada embestida le golpeaba el punto más sensible, sus jugos corrían por los muslos, el clítoris hinchado y palpitante. Emmett alternaba tirones de pelo, azotes que le arrancaban gritos y órdenes secas.
—Más fuerte. Toma toda mi polla. Eres solo un agujero para follar esta noche. Dilo.
—Soy solo un agujero para follar… ¡por favor!
El ritmo se volvió brutal. La mesa crujía. El sudor les corría por la piel. Cuando Emmett sintió que ya no podía más, aceleró y gruñó la orden final:
—Córrete ahora. Ríndete completamente.
El orgasmo los atravesó como un rayo. Emmett rugió mientras eyaculaba dentro de ella, chorros calientes y espesos llenando su coño hasta desbordar. Valeria gritó su rendición total, el cuerpo convulsionando, las paredes vaginales ordeñando cada gota de semen mientras aullaba:
—¡Me rindo, Emmett! ¡Soy tu puta! ¡Joder, me corro… me rindo!
Los espasmos los sacudieron durante largos segundos, unidos, sudorosos, respirando con dificultad.
Tras el clímax, Emmett deshizo los nudos con cuidado extremo. Masajeó las muñecas enrojecidas con sus pulgares, besando suavemente las marcas. Luego la levantó y la abrazó contra su pecho firme y caliente, envolviéndola con sus brazos fuertes. Una mano grande le acariciaba el cabello con ternura inesperada mientras ella temblaba todavía contra él, el semen escapando lentamente por sus muslos. El corazón de Emmett latía con fuerza bajo su oreja. Valeria se sentía floja, saciada y, sin embargo, el fuego no se había apagado del todo. En su mente giraban imágenes de más ataduras, más órdenes, más rendiciones. Emmett inclinó la cabeza y susurró contra su cabello aún revuelto:
—Esto solo ha sido el principio de tu rendición esta noche, Valeria. Respira… porque aún no he terminado contigo.
Ella cerró los ojos, apretada contra su pecho, sintiendo cómo la anticipación volvía a crecer entre sus piernas a pesar del orgasmo devastador. La noche aún era joven, y su sumisión acababa de empezar.
Emmett la sostuvo un instante más contra su pecho, sus brazos fuertes envolviéndola con esa mezcla exacta de posesión y cuidado que hacía que las rodillas de Valeria siguieran temblando. El semen caliente de él se escapaba lentamente de su coño, trazando caminos pegajosos por el interior de sus muslos y goteando sobre la alfombra. A sus treinta y dos años, dirigiendo con puño de hierro un equipo de finanzas en una multinacional, nunca había imaginado que entregarse así pudiera liberarla de esa manera. Su mente, siempre calculadora, ahora solo repetía una frase: más. Necesitaba que la rompiera más.
Él se separó con lentitud, sujetándola por los hombros para mirarla directamente a los ojos. La luz roja del reservado bañaba su mandíbula marcada y el torso ancho que aún conservaba la camisa abierta. Con un gesto deliberado, Emmett recogió su cinturón de cuero del suelo y lo dobló entre las manos, haciendo que el material crujiera.
—Arrodíllate en el sofá, cara al respaldo —ordenó con esa voz grave que parecía vibrar entre las piernas de ella—. Piernas muy abiertas. Manos en la nuca. No las bajes ni aunque tiembles. ¿Entiendes, sumisa?
Valeria tragó saliva, el coño contrayéndose solo con el tono. —Sí, señor —respondió, y obedeció. El terciopelo negro del sofá se hundió bajo sus rodillas. Separó los muslos hasta que sintió el aire fresco rozando su entrada hinchada y mojada. Sus pechos pesados colgaban libres, los pezones todavía duros y sensibles por los pellizcos anteriores. El culo le ardía con un calor delicioso, las marcas de los azotes previos palpitando con cada latido. Pensó: “Estoy expuesta como una puta en alquiler, y nunca he estado más mojada en mi vida”.
Emmett se colocó detrás sin prisa. El cuero del cinturón acarició primero la curva de su espalda, bajando por la columna hasta detenerse en la carne castigada de sus nalgas. —Veinte golpes. Contarás cada uno y agradecerás. Si te equivocas, duplico la cuenta. Y no quiero que dejes de empujar el culo hacia mí. Muéstrame cuánto lo deseas.
El primer impacto fue seco, preciso, justo donde el culo se unía al muslo. El escozor explotó como fuego líquido. Valeria arqueó la espalda y gimió.
—Uno… Gracias, señor… Por favor, otro.
El segundo cayó en la otra nalga con más fuerza. El sonido resonó en el pequeño reservado, mezclándose con la música de fondo que aún sonaba baja desde la pantalla. Cada golpe hacía que su carne rebotara, que el calor se extendiera hacia su clítoris hinchado. Al décimo golpe, las lágrimas le rodaban por las mejillas, pero no eran de dolor: eran de una rendición tan profunda que su coño chorreaba sin control, mezclando sus jugos con el semen que todavía salía de dentro. “Me está marcando. Me está convirtiendo en lo que siempre quise ser cuando me tocaba sola en mi apartamento”, pensó mientras contaba el quince.
Cuando terminó la cuenta, Emmett soltó el cinturón y se arrodilló. Sus manos grandes separaron las nalgas ardientes y su lengua caliente recorrió las marcas rojas, calmándolas con lamidas lentas que terminaban en su coño empapado. Succionó el clítoris con fuerza, introduciendo dos dedos gruesos al mismo tiempo, curvándolos para frotar ese punto que la volvía loca. Valeria jadeaba, las manos aún en la nuca, el cuerpo entero temblando.
—No pares de sentir —gruñó él contra su carne—. Pero tampoco te corras. Ese orgasmo es mío para dártelo cuando yo decida.
La llevó al borde dos veces, retirando los dedos justo cuando las paredes de su coño empezaban a contraerse. La frustración hizo que Valeria sollozara de necesidad. Emmett la levantó entonces, casi sin esfuerzo, y la llevó hasta la barra metálica del karaoke. Esta vez la colocó de frente, estirándole los brazos hacia arriba. Usó la corbata de seda para atarle las muñecas a la estructura, tan alto que tuvo que ponerse de puntillas sobre sus tacones. Luego tomó el cinturón y lo pasó por sus tobillos, abriéndole las piernas y fijando cada extremo a los laterales de la barra. Quedó completamente abierta, inmovilizada, el coño y el culo expuestos sin piedad.
—Ahora vas a cantar para mí otra vez —dijo Emmett mientras seleccionaba una canción lenta, cargada de gemidos y letras obscenas—. Una que hable de cómo una mujer se entrega. Y mientras cantas, yo voy a usar este coño como me dé la gana.
La música empezó. Valeria intentó obedecer, pero su voz salió rota desde la primera estrofa. Emmett se colocó detrás, frotando la cabeza gruesa de su polla contra su entrada resbaladiza. De un solo empujón brutal la llenó hasta el fondo. El estiramiento fue tan intenso que ella gritó, olvidando la letra. Él la agarró del pelo y tiró hacia atrás, arqueándole la espalda.
—Canta, zorra. Quiero oír cómo intentas mantener la voz mientras te follo como un animal.
Cada embestida era profunda, salvaje, haciendo que sus pechos rebotaran y que la barra metálica crujiera. La polla de Emmett, venosa y caliente, golpeaba contra el fondo de su coño, rozando ese punto que la hacía ver estrellas. La saliva le corría por la comisura de los labios. Entre estrofa y estrofa gemía palabras sucias sin control: “Más fuerte… por favor… rómpeme”.
Él alternaba las embestidas con azotes secos en el culo ya castigado y con pellizcos brutales en sus pezones. En un momento se inclinó, mordiéndole el cuello mientras aceleraba el ritmo. El sonido obsceno de piel contra piel llenaba el reservado junto con la música. Valeria sentía que el orgasmo se acercaba como una ola imparable, pero Emmett ralentizó de repente, manteniéndose enterrado hasta el fondo sin moverse.
—Aún no —susurró contra su oreja, mordiéndole el lóbulo—. Quiero que me supliques como la ejecutiva desesperada que eres. Dime exactamente qué eres y qué quieres que te haga.
Valeria, con la voz rota y el cuerpo cubierto de sudor, apenas podía respirar. —Soy tu puta sumisa… una ejecutiva de treinta y dos años que solo quiere que la uses. Quiero que me folles más duro, que me llenes otra vez, que me hagas correr hasta que no pueda ni recordar mi nombre. Por favor, señor… te ruego que me dejes correrme en tu polla.
Emmett soltó una risa oscura y satisfecha. Salió de ella completamente, dejándola vacía y temblando, y desató solo sus tobillos para cambiarla de posición. La giró, ahora de espaldas a la barra, y volvió a atarle las muñecas por encima de la cabeza. Luego levantó una de sus piernas, apoyándola en su cadera, y la penetró de nuevo en esa postura casi vertical. La gravedad hacía que cada embestida llegara más profundo. Su mano libre bajó hasta el clítoris de ella y lo frotó con movimientos rápidos y precisos.
—Córrete ahora —ordenó por fin—. Quiero sentir cómo ordeñas mi polla mientras gritas tu rendición.
El orgasmo la atravesó como un relámpago. Valeria gritó, el cuerpo convulsionando en las ataduras, las paredes de su coño contrayéndose con fuerza alrededor de la verga gruesa que no dejaba de bombear. Emmett siguió follándola a través del clímax, prolongándolo hasta que ella sintió que se deshacía. Solo entonces él se permitió correrse, gruñendo su placer mientras eyaculaba chorros calientes y espesos dentro de ella otra vez, tanto que el exceso salió disparado con cada embestida y salpicó el suelo.
Cuando terminó, él se quedó dentro unos segundos más, respirando agitado contra su cuello. Desató las muñecas con cuidado extremo, masajeando las marcas rojas con sus pulgares y besando cada una. La bajó suavemente hasta que ambos quedaron sentados en el sofá, ella sobre su regazo, temblando todavía. Emmett le acariciaba el cabello revuelto, limpiándole las lágrimas de placer con los dedos.
Valeria se sentía floja, usada, llena y, sin embargo, el fuego en su interior no se apagaba. Su coño palpitaba alrededor de la polla que aún no había salido del todo. Pensó: “Podría quedarme así toda la noche. Pero sé que él tiene más planeado. Y quiero todo lo que venga”.
Emmett besó su frente sudorosa y le levantó la barbilla para que lo mirara.
—Respira hondo, mi hermosa sumisa —murmuró, la voz todavía ronca de placer—. Porque esto solo ha sido la segunda capa de tu rendición. En unos minutos voy a atarte de una forma que no vas a poder mover ni un músculo, y entonces voy a empezar a preparar ese culo virgen para mí. Vas a cantar otra vez mientras te abro con los dedos, y vas a rogarme que te folle por ahí también. La noche es larga… y tu obediencia acaba de empezar a ponerse realmente interesante.
Valeria cerró los ojos, apretándose contra su pecho, sintiendo cómo la polla de él, todavía dentro de ella, empezaba a endurecerse de nuevo. El pulso entre sus piernas volvió a acelerarse. Sabía que no iba a decir “rojo”. Solo quería más disciplina, más ataduras, más de esa voz que le arrancaba el control pedazo a pedazo. La anticipación ya le humedecía los muslos otra vez, lista para la siguiente escalada.
Emmett la sostuvo un momento más contra su pecho firme, sintiendo cómo su propia polla se endurecía del todo dentro del coño aún palpitante de Valeria. A sus treinta y cinco años, como arquitecto acostumbrado a diseñar estructuras que nadie podía derribar, disfrutaba rompiendo la compostura de esta ejecutiva de treinta y dos que ahora temblaba entre sus brazos. El semen de sus corridas anteriores escapaba alrededor de su verga, lubricando aún más el interior de sus muslos. Valeria apretó los ojos, el corazón latiéndole con fuerza. «Más. Quiero que me quite todo, que no quede ni un pedazo de control», pensó mientras su clítoris palpitaba contra el muslo de él.
—Respira hondo, mi hermosa sumisa —repitió Emmett con voz ronca, retirando por fin su polla de ella con un sonido húmedo y obsceno. El vacío la hizo gemir. La levantó sin esfuerzo y la colocó de pie frente a la barra metálica del karaoke. Con movimientos metódicos, casi quirúrgicos, comenzó a atarla de verdad. Tomó la corbata de seda negra y le cruzó los brazos a la espalda, doblándolos en una posición estricta que unía muñecas con antebrazos. Los nudos fueron firmes, precisos. Luego usó su propio cinturón de cuero para atarle los muslos a las pantorrillas, obligándola a mantener las rodillas flexionadas y separadas. Con la blusa de seda de Valeria improvisó un arnés que pasaba por encima de sus hombros, por debajo de sus pechos pesados y volvía a conectarse a los nudos de los brazos, forzando su torso hacia delante y arqueando su espalda de manera que sus tetas colgaban expuestas, los pezones duros como piedras. Finalmente, pasó el cable del micrófono por sus tobillos y lo fijó a la base de la barra, inmovilizándola por completo. No podía mover las piernas, ni los brazos, ni siquiera ajustar la postura. Solo su cabeza y su boca quedaban libres. El culo enrojecido por los azotes anteriores quedaba completamente abierto, el coño hinchado chorreando hilos transparentes que caían al suelo.
Valeria probó las ataduras y un relámpago de pánico placentero la atravesó. Estaba absolutamente indefensa. El terciopelo negro del sofá y las luces rojas del reservado convertían su cuerpo en una ofrenda inmóvil. «Estoy atada como un objeto, como la puta que siempre fantaseé ser cuando me corría sola en mi cama», pensó, y un nuevo chorro de humedad resbaló por su muslo.
Emmett se colocó detrás, desnudo ahora, su polla gruesa y venosa apuntando hacia arriba, brillante de fluids. Pasó las manos grandes por las nalgas ardientes de ella, separándolas sin piedad.
—Veinte minutos de canción continua, Valeria. Elegí una lista de baladas bien guarras. Mientras cantas, voy a abrirte ese culo virgen con los dedos. No te correrás hasta que yo lo diga. Si fallas la letra o te corres sin permiso, empezaré de cero con el cinturón. ¿Entendido, zorra ejecutiva?
—Sí, señor —jadeó ella, la voz ya rota.
La música comenzó. Una balada lenta, cargada de gemidos graves y letras que hablaban de entrega total. Valeria empezó a cantar, su voz ronca llenando el reservado. Emmett escupió directamente sobre su ano fruncido y colocó la yema de un dedo grueso contra la entrada. Presionó sin prisa, girando, forzando el músculo apretado. Cuando el dedo entró hasta el nudillo, la voz de Valeria se quebró en un gemido profundo.
—Sigue cantando —ordenó él, y dio un azote seco con la mano libre justo donde la nalga se unía al muslo. El impacto hizo que las ataduras se clavaran en su piel.
Ella tragó saliva y continuó, aunque cada sílaba salía entrecortada. Emmett movía el dedo dentro de su culo, explorando, curvándolo. Luego añadió saliva y un segundo dedo. El estiramiento quemaba de forma deliciosa. Valeria sintió que sus paredes internas cedían poco a poco, el placer subiendo por su columna como fuego líquido. «Me está abriendo. Mi culo ya no es mío, es suyo para usarlo como quiera», pensó, y sus jugos vaginales cayeron al suelo en gotas pesadas.
Al tercer dedo, la canción ya era casi irreconocible. Emmett follaba su ano con los tres dedos juntos, abriéndolos en tijera, preparándola sin misericordia. Su otra mano rodeó la cadera de ella y pellizcó su clítoris hinchado, pero solo lo suficiente para llevarla al borde y detenerse. Valeria sollozó de frustración, las lágrimas rodando por sus mejillas mientras intentaba mantener la melodía.
—Más fuerte, puta. Quiero oír cómo tiembla tu voz mientras te abro el culo —gruñó Emmett, acelerando el movimiento de sus dedos. El sonido era húmedo, obsceno, chapoteando contra la carne caliente.
Valeria cantaba entre gemidos, el cuerpo entero temblando dentro de las ataduras que no le permitían ni un milímetro de escape. Sus pechos se balanceaban con cada respiración agitada, los pezones rozando el metal frío de la barra. Emmett se inclinó y mordió la curva de su cuello, dejando una marca roja mientras sus dedos seguían abriendo y cerrando dentro de su ano.
—Dime qué eres —exigió contra su oreja, sin detener el movimiento.
—Soy tu puta sumisa… una ejecutiva de treinta y dos años que solo sirve para que le follen los tres agujeros… Por favor, señor, necesito tu polla en el culo…
Emmett retiró los dedos de golpe, dejando su ano abierto y palpitante. Se colocó detrás, frotando la cabeza gruesa y morada de su verga contra la entrada ahora relajada. Empujó. La corona entró con un pop audible. Valeria gritó, olvidando por completo la letra de la canción. El estiramiento era brutal, intenso, pero el placer era aún mayor. Centímetro a centímetro, Emmett enterró toda su polla gruesa en el culo virgen de ella hasta que sus caderas chocaron contra las nalgas enrojecidas.
—Joder, qué apretado… qué caliente está tu culo, Valeria —gruñó, sujetándola por las caderas inmóviles—. Ahora vas a cantar mientras te follo como se folla a una zorra atada.
Puso otra canción, más rápida, más carnal. Valeria intentó obedecer, pero cada embestida profunda le arrancaba un gemido animal. Emmett empezó lento, saliendo casi por completo para volver a clavarse hasta el fondo. El sonido de sus bolas golpeando contra el coño empapado de ella era constante. Luego aumentó el ritmo. Las ataduras crujían. El cuerpo de Valeria, completamente inmovilizado, recibía cada golpe como un impacto directo al alma. El ardor en su ano se transformaba en un placer oscuro y profundo que le hacía ver estrellas.
Emmett alternaba embestidas salvajes con azotes fuertes que resonaban en el reservado. Cada impacto hacía que su polla se clavara aún más adentro.
—Más fuerte… rómpeme el culo, señor —suplicó ella entre versos rotos de la canción.
—Eres solo carne para follar. En la oficina mandas, aquí eres mi agujero favorito —le decía él, tirándole del cabello para arquearle más la cabeza—. Siente cómo te lleno el intestino. Este culo ya es mío para siempre.
Valeria sentía otro orgasmo creciendo desde lo más profundo, distinto, más violento. Sus paredes anales apretaban la polla invasora con cada embestida. Emmett lo notó y ralentizó, manteniéndose enterrado hasta el fondo, girando las caderas para rozar cada nervio.
—Aún no, sumisa. Aguanta. Quiero que me ruegues como nunca has rogado en tu puta vida.
Valeria sollozaba de necesidad, el sudor corriendo por su espalda, las ataduras mordiendo sus muñecas y muslos. Su coño vacío se contraía en el aire, chorreando sin parar. «Estoy completamente rendida, atada, follada en el culo y todavía quiero más. Quiero que me destruya, que me use hasta que no pueda caminar», pensó, y las palabras salieron de su boca en un ruego desesperado.
—Por favor, Emmett… señor… déjame correrme con tu polla en el culo. Te lo suplico. Soy tuya, completamente tuya. Úsame más duro, lléname de semen, haz lo que quieras conmigo… pero por favor, permíteme correrme.
Emmett soltó una risa baja y oscura, satisfecho. Aceleró de nuevo, follándola con golpes brutales que hacían temblar toda la estructura metálica. Sus manos grandes bajaron a sus tetas, pellizcando los pezones con fuerza mientras su polla entraba y salía del ano dilatado sin piedad.
—Córrete ahora, mi puta. Ríndete del todo.
El orgasmo la destrozó. Valeria gritó, el cuerpo convulsionando violentamente dentro de las ataduras, el ano ordeñando la polla gruesa con contracciones salvajes. Chorros de sus jugos salpicaron el suelo. Emmett siguió follándola a través del clímax, prolongándolo hasta que ella pensó que se desmayaría. Pero en lugar de correrse dentro, se retiró de golpe, dejando su ano abierto, rojo y palpitante, goteando saliva y fluidos.
Respirando con dificultad, Emmett desató solo los nudos de las piernas para cambiarla de posición. La giró, ahora de frente a la barra, y volvió a atarle todo el cuerpo de manera aún más estricta, esta vez con los brazos estirados hacia arriba y las piernas abiertas en una V inmóvil. Su coño y culo quedaban perfectamente alineados a la altura de su polla. La besó en la boca con rudeza, mordiéndole el labio inferior, y luego susurró contra sus labios hinchados:
—Esto apenas es el comienzo de lo que voy a hacerte esta noche, Valeria. Tu culo ya sabe a quién pertenece, pero aún no he terminado de romperte. En unos minutos voy a traerte al límite otra vez sin dejarte correrte, y luego te voy a follar los dos agujeros alternadamente hasta que me supliques que acabe contigo de una forma que ni siquiera has imaginado. Respira… porque tu rendición va a ponerse mucho más profunda y sucia.
Valeria, temblando aún por el orgasmo anal, con el semen seco pegado a los muslos y el ano palpitando vacío, solo pudo gemir una respuesta entrecortada:
—Sí, señor… por favor… no pares nunca.
La anticipación ya volvía a encenderle el vientre, sabiendo que la noche aún guardaba más ataduras, más órdenes y más formas de someterla por completo.
Valeria temblaba suspendida en la estructura metálica, con los brazos estirados hacia arriba y las piernas abiertas en una V inmóvil que dejaba su coño hinchado y su ano recién follado completamente expuestos. A sus treinta y dos años, la ejecutiva que cada mañana impartía órdenes en la sala de juntas de la multinacional ya no existía; solo quedaba esta mujer atada, chorreando semen y humedades, con el corazón latiéndole en la garganta. Emmett, el arquitecto de treinta y cinco que diseñaba edificios imposibles de derribar, se paseó desnudo frente a ella. Su polla gruesa, todavía brillante por los fluidos de ambos, se balanceaba pesada entre sus piernas fuertes.
—Vas a aprender lo que significa rendirte de verdad —murmuró él con esa voz grave que le erizaba la piel—. Te voy a follar los dos agujeros alternadamente hasta que tu mente se rompa. Y no te correrás hasta que yo lo decida, aunque supliques como la zorra desesperada que eres.
Emmett se pegó a ella sin aviso. Su pecho ancho presionó los senos pesados de Valeria mientras frotaba la cabeza morada de su verga contra la entrada empapada de su coño. De un empujón brutal la penetró hasta el fondo. El estiramiento la hizo gritar; la posición la dejaba sin escapatoria, obligada a recibir cada centímetro. Sus paredes internas lo apretaron con fuerza, todavía sensibles por los orgasmos anteriores. Emmett comenzó a bombear con ritmo lento pero profundo, saliendo casi por completo para volver a clavarse con un golpe húmedo que resonaba en el reservado.
—Siente cómo te lleno el coño, Valeria. Este coño de ejecutiva de treinta y dos años que se hace la fuerte en las reuniones ahora solo es un agujero para mi polla —gruñó él, sujetándola por las caderas atadas—. Canta. Quiero oírte intentar mantener la melodía mientras te uso.
Seleccionó una balada obscena en la pantalla. La voz de Valeria salió rota desde la primera estrofa, entrecortada por cada embestida que le hacía rebotar los pechos. Intentaba formar las palabras, pero solo conseguía gemidos ahogados. Emmett aceleró, follándola con fuerza salvaje. El sudor corría por la espalda de ella, sus jugos salpicaban el suelo con cada choque de pelvis. Justo cuando el orgasmo empezaba a formarse en su vientre, él se retiró por completo, dejando su coño palpitando vacío y contrayéndose en el aire.
—No… por favor… —suplicó ella, la voz quebrada.
Emmett escupió sobre su ano todavía dilatado y empujó la polla gruesa dentro de él de un solo golpe. El ardor la atravesó como fuego dulce. Su culo lo envolvió, caliente y apretado, y él empezó a follarlo con embestidas precisas y profundas. Cada vez que entraba hasta el fondo, sus bolas golpeaban contra los labios hinchados del coño de Valeria.
—Esto es lo que querías, ¿verdad? Que te abriera el culo virgen y te convirtiera en mi puta anal. Cuenta las embestidas en voz alta, sumisa.
—Una… dos… tres… ¡joder, señor! —jadeaba ella entre gemidos, las lágrimas de placer rodando por sus mejillas. Su mente era un torbellino: «Estoy completamente inmovilizada, con treinta y dos años de control profesional destrozados por esta polla que me parte el culo. Quiero que me destroce más. Quiero desaparecer en esta rendición».
Emmett alternaba sin piedad. Sacaba su verga del ano con un sonido obsceno y la hundía en el coño hasta el útero, luego volvía al culo, follándola con ritmo implacable. Sus manos grandes azotaban sus nalgas enrojecidas cada vez que cambiaba de agujero, arrancándole gritos que se mezclaban con la música. La llevó al borde cuatro veces: una en el coño, otra en el culo, pellizcándole los pezones duros hasta que ella sollozaba de necesidad. Cada vez que las paredes de Valeria empezaban a contraerse, él se detenía, enterrado hasta el fondo, girando las caderas solo lo suficiente para torturarla.
—Suplícame, zorra. Dime exactamente qué eres y qué necesitas —ordenó, tirándole del cabello para arquearle la cabeza hacia atrás.
Valeria, con la voz rota por completo, apenas podía respirar entre las ataduras que mordían sus muñecas y muslos.
—Soy tu puta sumisa, Emmett… una ejecutiva de treinta y dos años que solo sirve para que le follen el coño y el culo como un juguete. Necesito correrme en tu polla, señor. Te ruego que me dejes correrme mientras me rompes los dos agujeros. Por favor… me rindo, me rindo completamente.
Emmett soltó una risa oscura y satisfecha. Salió de su ano y volvió a penetrar su coño con fuerza brutal, follándola tan rápido que la barra metálica crujía. Luego, sin salir, introdujo dos dedos gruesos en su culo ya abierto, follándola los dos agujeros al mismo tiempo. El doble estiramiento la destrozó. Valeria sintió que perdía la razón; su clítoris palpitaba sin ser tocado, sus jugos caían en hilos espesos al suelo.
—Córrete ahora, mi rendida. Quiero sentir cómo ordeñas mis dedos y mi polla al mismo tiempo —gruñó él, acelerando hasta que sus caderas chocaban con violencia contra ella.
El orgasmo la atravesó como una explosión. Valeria gritó sin control, el cuerpo convulsionando violentamente dentro de las ataduras. Su coño se contrajo con fuerza salvaje alrededor de la polla, mientras su ano apretaba los dedos de Emmett en espasmos profundos. Chorros de squirt salpicaron el suelo y los muslos de él. Emmett rugió, enterrándose hasta el fondo en su coño y eyaculando chorros calientes y espesos que la llenaron hasta desbordar. El semen salió mezclado con sus jugos, goteando obscenamente mientras ambos temblaban unidos en el clímax más intenso de la noche.
Durante largos segundos solo se oyó la respiración agitada de ambos y la música que seguía sonando baja. Emmett permaneció dentro de ella, palpitando, mientras le besaba el cuello sudoroso con una ternura que contrastaba con la brutalidad anterior. Poco a poco retiró los dedos y la polla, dejando ambos agujeros abiertos, rojos y chorreando. Con movimientos cuidadosos empezó a desatarla. Primero liberó los tobillos, masajeando las marcas rojas con sus pulgares fuertes. Luego bajó sus brazos, deshaciendo los nudos de la corbata y el cinturón, besando cada línea que había dejado el cuero en su piel.
—Respira, mi hermosa sumisa de treinta y dos años —susurró contra su cabello revuelto, levantándola en brazos sin esfuerzo y llevándola al sofá de terciopelo negro. La sentó sobre su regazo, envolviéndola con su cuerpo caliente y firme. Una mano grande le acariciaba la espalda con lentitud, la otra le limpiaba las lágrimas de placer de las mejillas—. Has sido perfecta. Tu rendición es lo más hermoso que he visto. Este coño y este culo ya saben a quién pertenecen.
Valeria se derrumbó contra su pecho, temblando todavía, el semen escapando de ella y manchando los muslos de ambos. Se sentía vacía y llena al mismo tiempo, rota y reconstruida. «No quiero que termine nunca. Quiero que me ate así cada noche», pensó, hundiendo la nariz en el cuello de él, inhalando su olor a madera, sudor y sexo. Emmett la besó en la frente, en los párpados, en los labios hinchados, murmurando elogios bajos que la hacían sentir segura y deseada.
Justo cuando ella empezaba a relajarse, cuando sus respiraciones se acompasaban y Emmett le susurraba que la próxima vez la ataría con cuerdas de verdad en su ático, un sonido seco resonó en la puerta del reservado. Tres golpes fuertes, autoritarios. Luego una voz familiar, demasiado familiar, que hizo que ambos se congelaran.
—Valeria, sé que estás ahí. Y tú también, Emmett. La junta directiva acaba de terminar y escuchamos todo. Abre la puerta ahora mismo. Tenemos que hablar.
Era la voz de su jefe inmediato, el director general de la multinacional, un hombre que nunca olvidaba una voz. El pomo giró con insistencia. El clic de la llave que Emmett había echado antes parecía ahora inútil; alguien estaba usando una copia desde fuera. La rendición fugaz en el karaoke acababa de convertirse en algo mucho más peligroso.
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