Dare Ardiente en el Almacén de Libros
La madura Simone de 42 años se folla salvajemente a su joven empleado Wesley en el almacén de su librería.
Simone, la voluptuosa dueña de cuarenta y dos años de la librería “El Rincón Olvidado”, cerró la puerta principal con llave después de que el último cliente se marchara. El viejo edificio olía a papel antiguo, cuero y un leve rastro de humedad que siempre se concentraba en el almacén del fondo. Esa noche había contratado a Wesley, su empleado de veinticuatro años, para que la ayudara a reorganizar todo el inventario que llevaba meses acumulándose como una montaña caótica. Wesley era alto, de hombros anchos y mandíbula marcada, con ese tipo de atractivo juvenil que hacía que las clientas más jóvenes se demoraran más de lo necesario en la caja. Simone lo había observado durante semanas, disimulando el calor que le subía por el vientre cada vez que él se agachaba para colocar libros en las estanterías bajas.
—Ven, el almacén está por aquí —le dijo con voz suave pero firme, guiándolo entre las estanterías estrechas del depósito. La luz era tenue, solo una bombilla amarillenta colgando del techo y la linterna del teléfono de Wesley—. Necesito que todo esté clasificado antes de que llegue el proveedor la próxima semana. ¿Crees que podrás con ello, Wesley?
Él sonrió, mostrando una dentadura perfecta. Sus ojos verdes recorrieron sin disimulo la blusa ajustada de Simone, donde sus pechos generosos amenazaban con hacer saltar un botón.
—Claro, jefa. Para eso estoy aquí. Además… trabajar de noche contigo no suena nada mal.
El roce llegó casi de inmediato. Las estanterías apenas permitían que dos personas pasaran de lado. Cuando Simone se inclinó para señalar una pila de tomos viejos, su culo redondo y firme rozó sin querer la cadera de Wesley. Ella sintió el calor del cuerpo joven contra la fina tela de su falda lápiz y un escalofrío le recorrió la espalda. Wesley tragó saliva, pero no se apartó. Al contrario, fingió buscar un libro más arriba y su pecho rozó el brazo de ella, presionando ligeramente contra la curva de su seno izquierdo.
—Perdón… el espacio es muy estrecho —murmuró él, pero su voz tenía un timbre más grave, cargado.
Simone giró la cabeza y lo miró por encima del hombro. Sus labios, pintados de rojo oscuro, se curvaron en una sonrisa lenta.
—No te disculpes, Wesley. Me gusta sentir que hay alguien fuerte cerca. Llevo demasiado tiempo sola aquí dentro… reorganizando, sudando, imaginando cosas que quizá no debería.
Las palabras flotaron entre ellos como una invitación. Wesley sintió que su polla empezaba a despertar dentro de los vaqueros. Simone era una MILF en todo su esplendor: caderas anchas, cintura aún definida, tetas pesadas que se movían con cada respiración. El olor de su perfume mezclado con el leve sudor de la noche lo estaba volviendo loco.
Siguieron trabajando, pero cada movimiento era deliberado. Cuando ella se agachó para recoger un libro caído, lo hizo lentamente, abriendo las piernas lo justo para que la falda se tensara sobre su culo. La tela se subió un par de centímetros, revelando el borde de unas medias negras de encaje. Wesley se quedó congelado, con una erección evidente empujando contra la bragueta. No podía ocultarla. No quería.
—Joder, Simone… —susurró él, sin poder contenerse más.
Ella se incorporó despacio, girándose. Sus ojos castaños brillaban con descaro al ver el bulto grueso que marcaba los pantalones de él.
—¿Qué pasa, Wesley? ¿Te molesta algo? —preguntó con voz ronca, dando un paso hacia él. Sus pechos casi rozaron el torso del joven.
—Llevo semanas mirándote —confesó él con la respiración agitada—. Cada vez que te agachas en la tienda, cada vez que te muerdes el labio al leer las facturas… Me pones como una puta piedra, Simone. Eres una mujer increíblemente sexy.
Ella sonrió con triunfo y lujuria. Su coño ya estaba empapado; sentía la humedad pegajosa entre los muslos.
—Y yo llevo semanas fantaseando con follarte, Wesley. Con tener esa polla joven y gruesa dentro de mí, aquí mismo, entre los libros viejos. Quiero que me des duro, que me uses como la puta madura que soy. ¿Estás dispuesto?
La respuesta de Wesley fue un beso salvaje. Sus manos grandes agarraron la nuca de Simone y la atrajo con hambre, metiendo la lengua en su boca con urgencia. Ella gimió contra sus labios, respondiendo con la misma ferocidad, clavándole las uñas en los hombros. Las manos de él bajaron por su espalda, apretando su culo con fuerza, levantándole la falda hasta la cintura. Simone tiró de la camiseta de Wesley, rompiendo casi los botones en su prisa por tocar piel caliente y firme. Los pechos de ella quedaron libres cuando él le abrió la blusa de un tirón; los pezones oscuros y duros pedían ser chupados.
Se arrancaron la ropa entre jadeos y besos desesperados. La falda de Simone cayó al suelo junto a los vaqueros de Wesley. Su polla saltó libre, gruesa, venosa y completamente erecta, apuntando hacia arriba con una gota brillante en la punta. Simone la miró con ojos lujuriosos y se lamió los labios.
Se arrodilló sobre el suelo polvoriento del almacén, sin importarle las rodillas. Agarró esa polla caliente con ambas manos y la metió en su boca con glotonería. Wesley gruñó cuando sintió la garganta de su jefa tragársela hasta el fondo. Simone no tuvo arcadas; lo miró desde abajo con ojos vidriosos de placer mientras su nariz tocaba el abdomen marcado de él. Chupaba con hambre, sacando la lengua para lamerle los huevos pesados, volviendo a tragársela entera, babeando sin control. El sonido húmedo y obsceno llenaba el almacén.
—Así, joder… Qué boca tan perfecta tienes, Simone —gruñó Wesley, sujetándole la cabeza y follándole la garganta con movimientos cortos pero profundos.
Ella se masturbaba con una mano mientras lo mamaba, empapándose los dedos con sus jugos. Cuando él la levantó, Simone tenía los labios hinchados y brillantes de saliva.
Wesley la empotró contra una estantería de metal. Los libros temblaron con el impacto. Le levantó una pierna, apartó las bragas a un lado y metió su polla gruesa de un solo empujón brutal. Simone gritó de placer, clavándole las uñas en la espalda.
—¡Sí! ¡Así, Wesley! ¡Fóllame fuerte!
Las embestidas eran salvajes. Cada golpe hacía que sus tetas rebotaran y que los estantes crujieran. El coño maduro y apretado de Simone lo succionaba, chorreando por los muslos de ambos. Él la besaba con violencia, mordiéndole el labio inferior mientras la taladraba sin piedad.
Luego la giró, poniéndola a cuatro patas sobre una pila inestable de libros viejos. El culo redondo y blanco de Simone quedó expuesto, con las nalgas abiertas. Wesley le dio un azote fuerte que resonó en el almacén.
—Qué coño más puta y caliente tienes, Simone. Tan maduro, tan mojado… Llevas semanas queriendo que te destroce, ¿verdad?
—Sí… ¡Azótame más! ¡Soy tu puta madura, Wesley! ¡Fóllame como te dé la gana!
Él la penetró de nuevo, más profundo, sujetándola por las caderas y dándole embestidas brutales que hacían que los libros se desparramaran. Cada azote dejaba una marca roja en su culo. Simone gemía como una perra en celo, empujando hacia atrás para encontrarse con cada golpe.
Finalmente, ella lo empujó hacia una vieja silla de madera y lo obligó a sentarse. Se subió encima, agarrando esa polla resbaladiza y metiéndosela hasta el fondo de un solo movimiento. Empezó a cabalgarlo salvajemente, sus tetas rebotando frente a la cara de Wesley, quien las atrapó con la boca y las chupó con fuerza mientras ella giraba las caderas y se clavaba una y otra vez.
El orgasmo los alcanzó casi al mismo tiempo. Simone gritó, contrayéndose alrededor de la polla gruesa, chorros calientes empapando el abdomen de él. Wesley rugió, sujetándole el culo con ambas manos y corriéndose profundamente dentro de ella, llenándola de leche espesa y abundante.
Con las piernas temblorosas, Simone se levantó lentamente. El semen le corría por el interior de los muslos. Se inclinó, besó a Wesley con lengua profunda y lenta, saboreando el sudor y el deseo compartido.
—Esto solo ha sido el comienzo —le susurró contra los labios, mordiéndole el inferior—. La próxima semana volverás a quedarte hasta tarde… y pienso follarte en cada rincón de este almacén. Todavía hay muchas estanterías por probar.
Se vistieron entre risas cómplices y miradas cargadas de promesas. Simone se arregló el cabello revuelto, pero el olor a sexo era imposible de disimular: una mezcla espesa de coño mojado, semen y sudor que impregnaba el aire polvoriento. Cuando salieron juntos del local, ella le guiñó un ojo y le dio una palmada juguetona en el culo.
—Hasta la próxima, Wesley. No te masturbes pensando en mí… guárdatelo todo para mí.
Cerró la puerta tras ellos, pero mientras caminaban hacia el coche, Simone ya sentía cómo su coño palpitaba de nuevo, ansioso. Sabía que una sola noche no bastaría. La tensión entre ellos apenas había empezado a arder de verdad, y la próxima vez pensaba llevarlo mucho más lejos. El almacén guardaba muchos rincones oscuros y muchos libros por tirar al suelo todavía.
Simone se detuvo en seco bajo la luz mortecina del aparcamiento, el pulso latiéndole con fuerza entre las piernas. El semen de Wesley aún se escurría cálido por el interior de sus muslos, empapando las medias de encaje y haciendo que cada roce de tela fuera una tortura deliciosa. Su coño palpitaba, hinchado y hambriento, negándose a conformarse con una sola sesión. Tiró del brazo de él con dedos firmes, clavándole las uñas a través de la camiseta.
—No puedo esperar hasta la semana que viene, Wesley. Mi coño pide más de esa polla joven ahora mismo. Vuelve adentro conmigo.
Él la miró con los ojos verdes brillantes de sorpresa y lujuria renovada. A sus veinticuatro años, el cuerpo le respondía con la misma ferocidad que a ella, de cuarenta y dos, y su verga ya empezaba a engrosarse dentro de los vaqueros.
—Joder, Simone… eres una zorra insaciable. Me tienes loco.
Regresaron a la librería casi corriendo. Ella abrió la puerta con manos temblorosas, cerrándola de un portazo tras ellos, y lo arrastró de nuevo al almacén donde el olor denso a sexo, papel viejo y sudor aún flotaba espeso. Apenas cruzaron el umbral cuando Wesley la empotró contra una estantería metálica. Los libros vibraron con el impacto. Su boca cayó sobre la de ella con violencia, mordiéndole el labio inferior mientras sus manos grandes rasgaban los botones de la blusa por segunda vez esa noche. Los pechos pesados de Simone saltaron libres, los pezones oscuros y duros como piedras. Él los atrapó con la boca, chupando con fuerza bruta, tirando de ellos con los dientes hasta hacerla arquear la espalda y gemir como una perra.
—Necesito que me comas entera —jadeó ella, empujándolo hacia abajo con ambas manos—. Lame tu leche de mi coño maduro, Wesley. Quiero sentir esa lengua joven limpiándome.
Wesley se arrodilló sobre el suelo polvoriento sin dudarlo. Le subió la falda hasta la cintura, arrancó las bragas de un tirón seco y hundió la cara entre sus muslos abiertos. El coño de Simone chorreaba una mezcla espesa de jugos femeninos y semen blanco. Él lamió desde el ano hasta el clítoris con lametones largos y hambrientos, saboreando el gusto salado y cremoso de su propia corrida. Introdujo la lengua lo más profundo que pudo, follándola con ella mientras succionaba los labios hinchados. Simone agarró su cabello castaño con fuerza, moviendo las caderas contra su boca, follándole la cara sin piedad.
—Así, joder… méteme la lengua hasta el fondo, mi puto joven. Nadie me ha devorado así nunca —gruñó ella, sintiendo cómo el orgasmo se acercaba rápido. Sus muslos temblaban alrededor de la cabeza de él. Wesley metió dos dedos gruesos en su coño, curvándolos para frotar ese punto rugoso que la volvía loca, mientras su lengua azotaba el clítoris sin descanso. Simone explotó con un grito ronco, corriéndose en su boca con chorros calientes que él tragó con avidez, gimiendo contra su carne sensible.
Aún con las piernas flojas, ella lo levantó y se arrodilló frente a él. La polla de Wesley estaba completamente dura otra vez, gruesa, venosa y brillante de saliva y restos de corrida. Simone la miró con ojos vidriosos de pura lujuria, lamiéndose los labios pintados de rojo corrido.
—Ahora te toca a ti, guapo. Voy a sacarte hasta la última gota con la garganta.
Abrió la boca y se la tragó de un solo movimiento hasta que su nariz tocó el vientre marcado de él. La garganta se contrajo alrededor del grosor, pero ella no tuvo arcadas; lo mantuvo allí, babeando profusamente, moviendo la cabeza en círculos mientras sus manos masajeaban los huevos pesados y llenos. Wesley gruñó, sujetándole la cabeza con ambas manos y follándole la boca con embestidas cortas y profundas.
—Qué boca tan puta tienes, Simone… Me la chupas mejor que cualquier chica de mi edad. Trágatela toda, zorra madura.
Las lágrimas corrían por las mejillas de ella, pero sus ojos brillaban de placer. Se masturbaba con dos dedos mientras lo mamaba, el sonido obsceno de arcadas y saliva llenando el almacén. Cuando sintió que él estaba a punto, se apartó con un pop húmedo, los labios hinchados y cubiertos de baba espesa.
—Quiero que me folles el culo esta vez —exigió ella con voz rota, girándose y apoyando las manos en una pila inestable de tomos antiguos. Abrió las nalgas con ambas manos, mostrando el ano fruncido y brillante de sus propios fluidos—. Métemela entera, Wesley. Destrózame.
Él escupió abundantemente sobre su agujero, frotó la cabeza gruesa de su polla contra él y empujó con fuerza controlada. Simone soltó un grito largo y gutural cuando la verga joven la abrió, centímetro a centímetro, hasta que las bolas de él chocaron contra su coño empapado. El dolor inicial dio paso a un placer oscuro y profundo que la hizo empujar hacia atrás, pidiendo más.
—Más fuerte… fóllame el culo como si me odiaras —suplicó, y Wesley obedeció. Empezó a bombear con embestidas brutales, haciendo que sus tetas colgaran y se balancearan con cada golpe. El sonido de su pelvis chocando contra las nalgas redondas de ella resonaba obscenamente. Él le agarró el cabello como riendas, tirando hacia atrás mientras le daba azotes secos que dejaban marcas rojas intensas en su piel blanca.
—Eres mi puta del almacén, Simone. Tu culo aprieta mi polla como un vicio. ¿Te gusta que un chico de veinticuatro años te reviente el ojete, verdad, zorra?
—Sí… soy tu MILF puta. Úsame, Wesley. Quiero correrse con tu polla en el culo.
El orgasmo la atravesó como un rayo, su coño contrayéndose vacío mientras el ano apretaba rítmicamente alrededor de la verga que la taladraba. Wesley rugió, acelerando hasta que no pudo más. La sacó de golpe, la giró con violencia y la empujó de rodillas otra vez. Simone abrió la boca justo a tiempo: chorros espesos y calientes de semen le llenaron la lengua, salpicaron sus mejillas, sus tetas pesadas y su barbilla. Ella tragó lo que pudo, el resto lo untó con las manos sobre sus pezones, mirándolo con ojos lujuriosos y satisfechos.
Ambos cayeron al suelo entre libros desparramados, respirando agitados, los cuerpos cubiertos de sudor, semen y jugos. Simone se acurrucó contra el pecho firme de él, besándole el cuello con ternura posesiva mientras sus dedos trazaban líneas perezosas sobre los abdominales del joven.
Cuando finalmente se vistieron, el almacén parecía un campo de batalla. Simone se pasó los dedos por el cabello revuelto, sonriendo con complicidad mientras se abrochaba la blusa rota. Salieron juntos por segunda vez esa noche. En la puerta, antes de cerrar, ella le dio un beso lento y profundo, saboreando aún el gusto mezclado de ambos.
—Vete a casa, Wesley. Pero guárdate algo para la próxima… porque pienso dejarte seco en cada rincón de esta librería.
Él sonrió, le dio una palmada juguetona en el culo y se dirigió a su coche. Simone lo vio alejarse, el cuerpo todavía vibrando de placer. Cerró la puerta con llave y se apoyó contra ella, sintiendo cómo su coño y su ano palpitaban con delicioso dolor. Una sonrisa lenta y secreta curvó sus labios rojos.
«Si él supiera que todo esto empezó por una apuesta con mis amigas del club de lectura… que me retaron a seducir al empleado joven y follármelo salvajemente aquí dentro antes de fin de mes. He ganado con creces, pero no pienso contárselo nunca. Esto ya no es una apuesta. Es mi vicio.»
El olor a sexo seguía impregnado en su piel mientras apagaba las luces, sabiendo que la próxima noche el almacén volvería a ser testigo de cuánto más podía escalar su deseo.
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