Nieve que Forzó su Rendición en la Cama Compartida
En la cabaña nevada, la madura Petra de 32 años se rinde y deja que Bruno de 38 la folle duro delante de su cornudo marido Otto.
La carretera de montaña había desaparecido bajo un manto blanco cuando Petra aparcó el todoterreno frente a la cabaña. Treinta y dos años, curvas generosas bajo el abrigo grueso, mejillas rosadas por el frío, bajó y estiró la espalda mientras Otto, su marido de treinta y cinco, descargaba las bolsas con esa expresión de siempre: solícito, un poco tenso. Bruno ya estaba en el porche. Treinta y ocho años, hombros anchos, barba corta oscura, la sonrisa fácil de quien sabe el efecto que produce. Amigo de Otto desde hacía años. Compartían la cabaña cada invierno. Esta vez la nevada los había cazado de lleno.
—Os habéis librado por los pelos —dijo Bruno, tomando una de las maletas de Petra. Sus dedos rozaron los de ella un segundo de más—. Mañana no se mueve ni un alma. Estamos atrapados unos días.
Dentro olía a madera y a lumbre. Petra se quitó el abrigo. El jersey ceñido marcaba pechos pesados y cintura. Bruno no disimuló la mirada. Otto lo vio. Un pinchazo de celos le subió por el pecho… y debajo, traicionero, un calor incómodo en la ingle. Petra notó ambas cosas. Sonrió apenas, humedeciéndose los labios.
La tarde se alargó entre el crepitar de la chimenea y el viento aullando afuera. Bruno preparó vino caliente. Se sentó cerca de ella en el sofá amplio. Otto ocupó el sillón de enfrente, fingiendo revisar el móvil sin cobertura.
—Ese jersey te queda de puta madre, Petra —dijo Bruno sin bajar la voz—. Te marca todo. Otto tiene suerte… o no sabe lo que tiene.
Petra se rio, baja, y cruzó las piernas. El movimiento subió la falda de punto hasta media muslo. Bruno siguió:
—En serio. Esas caderas. Ese culo. Si fueras mía no te dejaría ni un día sin follarte.
Otto se removió. La polla se le endurecía contra el pantalón y odiaba admitirlo. Petra le lanzó una mirada de soslayo: vio la erección, vio la vergüenza, y algo voraz se le encendió entre las piernas. Se mordió el labio inferior, despacio, mirando a Bruno.
—Cuidado, Bruno —murmuró ella—. Que mi marido está oyendo.
—Que oiga —contestó él—. Que vea.
La cena fue peor. O mejor. Bruno sirvió guiso y no dejó de hablar del cuerpo de Petra como si Otto no existiera. “Ese escote…”, “cómo se te marcan las tetas cuando te ríes…”, “apuesto a que estás ya mojada solo de escucharme”. Petra se mordía el labio una y otra vez, cruzaba y descruzaba las piernas bajo la mesa, y en un momento su pie descalzo rozó la pantorrilla de Bruno. Otto tragó saliva. La cara se le había puesto roja.
—Carlos… Otto —se corrigió Bruno con una sonrisa—, ¿te molesta que le diga a tu mujer lo que cualquier tío con dos ojos pensaría?
Otto balbuceó. La vergüenza le quemaba la garganta, pero la excitación era peor, más grande, más sucia.
—N-no… es que… joder, Bruno… me pone. Me pone verla así. Deseándote. Está mal, pero me pone muchísimo.
El silencio que siguió fue eléctrico. Petra se levantó. Rodeó la mesa. Se plantó delante de Bruno, le agarró la cara con las dos manos y lo besó con hambre, lengua profunda, gemido ahogado. Otto se quedó petrificado, polla palpitando. Cuando Petra se separó, le susurró a Bruno contra la boca, lo bastante alto para que su marido oyera:
—Quiero que me folles delante de él. Duro. Que me llene. Que él lo vea todo.
Bruno no necesitó más. La levantó casi en peso. La cabaña tenía una sola habitación grande con la cama de matrimonio ancha y un sofá cama; esa noche la nieve y el acuerdo tácito los empujaron a la misma cama. Petra ya se estaba quitando el jersey cuando Bruno la empujó de espaldas contra el colchón. Otto se sentó en la silla al pie de la cama, pantalones abiertos, mano temblando sobre su propia polla rígida. No se atrevía a tocarla a ella. Solo a mirar.
Bruno le bajó la falda y las bragas de un tirón. El coño de Petra brillaba, labios hinchados, jugos corriendo ya por el muslo interior. Él se desnudó sin prisa: torso velludo, polla gruesa y pesada, más larga que la de Otto, la cabeza ya húmeda. Petra se puso a cuatro patas mirando a su marido. Bruno se arrodilló detrás, le abrió los glúteos con las manos y le metió la polla de un solo empujón hasta el fondo.
—¡Joder! —gritó ella, la espalda arqueándose—. Qué gruesa… Otto, míralo. Míralo cómo me abre.
Bruno la folló con fuerza desde el primer momento, caderas golpeando el culo de Petra, el sonido húmedo y obsceno llenando la habitación. Nalgadas secas, rojas. Cada vez que entraba hasta las bolas le decía a Otto:
—Está más apretada que las putas con las que te has tirado tú, ¿verdad? Este coño te lo reserva para los tíos de verdad. Se te escapa la mujer, cornudo.
Petra miraba a Otto sin pestañear, ojos vidriosos de placer, boca abierta. Cada embestida le sacaba un gemido gutural. Bruno le agarró el pelo y le levantó la cabeza.
—Dile lo que sientes.
—Me está destrozando el coño —jadeó Petra—. Tu amigo me folla mejor… más hondo… Otto, soy una puta y me encanta que me veas así… ¡ah, más duro, Bruno!
Bruno la volteó. La puso de espaldas, le subió las piernas hasta apoyárselas en los hombros y se hundió otra vez, más profundo aún, el glande rozándole el fondo del útero. Petra gritaba ya sin contención. Las tetas le rebotaban. Otto se masturbaba con la mano torpe, pre-semen brillando en la punta, incapaz de dejar de mirar cómo la polla de Bruno entraba y salía brillante de jugos de su mujer.
—Córrete dentro —suplicó Petra, voz rota—. Lléname delante de él. Quiero que me deje goteando mientras él se corre solo como el cornudo que es. Otto, mírame… mírame recibir la leche de otro… ¡me corro, me corro!
El orgasmo la sacudió entero: coño contrayéndose a convulsiones alrededor de la polla de Bruno, muslos temblando, un grito largo y sucio. Bruno no se detuvo. Embistió tres, cuatro veces más y se vació con un gruñido, chorros calientes bombeando dentro de Petra, llenándola hasta que el semen empezó a escapar alrededor del tronco. Otto se corrió en ese mismo instante, chorro débil cayéndole sobre la mano y el vientre, gemido ahogado de humillación y placer.
Bruno se quedó dentro un momento, pulsando. Luego se retiró despacio. El coño de Petra quedó abierto, rojo, rebosante; un hilo espeso de semen le resbaló por el perineo hasta el culo. Bruno miró a Otto, todavía con la respiración agitada, y le hizo un gesto con la cabeza.
—Ven aquí.
Otto se acercó a la cama como hipnotizado. Bruno le agarró de la nuca con firmeza, no brutal, pero sin dejar duda de quién mandaba, y lo acercó al sexo de Petra, al desastre caliente y cremoso que él mismo había dejado.
—Míralo bien —ordenó Bruno con voz baja y ronca—. Huele. No la toques todavía. Solo mira lo que le he hecho a tu mujer… y prepárate, porque la noche es larga y esta cabaña no tiene a dónde escapar.
Petra, todavía temblando, abrió más las piernas y miró a su marido con una sonrisa lenta, satisfecha y cruel. Afuera la nieve seguía cayendo sin piedad. Dentro, el aire olía a sexo y a rendición. Y Otto, arrodillado al borde del colchón con la cara a centímetros del coño rebosante de su esposa, entendió que aquello no había terminado. Ni mucho menos.
Otto se quedó arrodillado, la respiración entrecortada, la cara a unos centímetros del coño de su mujer. El olor le golpeó primero: semen caliente de Bruno mezclado con el jugo espeso de Petra, un tufo animal y salado que le hizo la polla latir otra vez aunque acabara de correrse. Miró sin parpadear. Los labios hinchados, rojos, entreabiertos; un hilo blanco y cremoso resbalaba lento desde el agujero todavía abierto, bajaba por el perineo y se perdía entre las nalgas. Bruno le apretó la nuca un poco más.
—Huele profundo, Otto. Aspira. Esa es la leche de un tío de verdad dentro de tu puta. ¿La sientes?
Otto obedeció. Inspiró. El olor le subió directo a la cabeza y a la ingle. Petra se rio bajito, todavía con las piernas abiertas, y empujó la cadera hacia adelante para que el semen gotease más cerca de la boca de su marido.
—Lámeme, Otto —ordenó ella con voz ronca, satisfecha—. Limpíame con la lengua. Quiero que saborees lo que Bruno me ha metido. No te atrevas a meterla dentro todavía. Solo lame lo que se sale.
Bruno soltó la nuca de Otto y se apartó un paso, cruzado de brazos, polla todavía medio dura y brillante de jugos. Otto dudó un segundo. La vergüenza le quemaba la cara, pero la excitación era más fuerte, más sucia. Sacó la lengua y dio el primer lametón largo, desde el perineo hasta el clítoris hinchado. El sabor le explotó: amargo, salado, espeso. Petra gimió y se agarró las tetas, pellizcándose los pezones.
—Así… más. Chupa. Trágatelo todo, cornudo. Es tuyo limpiar el desastre que deja un hombre de verdad.
Otto chupó. Lengua ancha, lamiendo los labios hinchados, succionando el semen que seguía saliendo a impulsos. Cada trago le sabía a derrota y a calentura. Bruno se acercó por detrás de Petra, se inclinó y le agarró la cara para besarla con lengua mientras su marido le limpiaba el coño. Petra gemía entre la boca de Bruno y la lengua de Otto.
—Míralo cómo se esmera —dijo Bruno contra los labios de ella—. Parece un perro. ¿Te gusta tener al marido lamiéndote la polla de otro?
—Me encanta —jadeó Petra—. Se le nota en cómo se le pone otra vez. Otto, enseña esa polla. Quiero verla mientras me comes la leche de Bruno.
Otto se bajó los pantalones del todo, se arrodilló desnudo, polla ya otra vez dura y goteando pre-semen a pesar de haberse corrido minutos antes. Siguió lamiendo, ahora metiendo la punta de la lengua un poco más adentro para sacar más semen. Petra se arqueó y le empujó la cabeza contra el coño.
—Más hondo. Sácalo todo. Quiero que me dejes limpia… para que Bruno me la vuelva a ensuciar.
Bruno se rio y se subió a la cama. Se arrodilló a horcajadas sobre el pecho de Petra, polla ya completamente dura otra vez, y se la puso entre las tetas. Petra las apretó con las manos, formando un canal caliente y suave, y Bruno empezó a follárselas con embestidas cortas y profundas mientras Otto seguía abajo, lengua trabajando sin descanso.
—Tetas de puta perfectas —gruñó Bruno—. Otto, mira cómo se me hunden entre esas tetas gordas que tú apenas tocas. Se las folla mejor que tú.
Cada vez que la cabeza de la polla de Bruno asomaba por arriba del escote, Petra sacaba la lengua y la lamía. El glande le dejaba hilos de líquido precum en la barbilla. Otto no podía dejar de mirar desde abajo: la polla gruesa deslizándose entre las tetas de su mujer, el coño todavía goteando residuales de semen que él se tragaba.
Bruno se cansó del tetéo. Se bajó, se colocó entre las piernas de Petra otra vez y le dio una nalgada seca a Otto para que se apartara.
—Aparta la cara, cornudo. Ahora te la voy a llenar otra vez y vas a verla de cerca.
Otto se echó atrás apenas lo suficiente. Bruno alineó la polla y entró de un solo golpe seco. Petra gritó. El coño, todavía sensible y resbaladizo, se abrió de par en par alrededor del tronco grueso. Bruno no tuvo piedad. Empezó a follarla con embestidas largas y brutales, caderas golpeando, huevos golpeando el culo de Petra. El sonido húmedo y obsceno llenaba la cabaña: plaf-plaf-plaf, mezclado con el crujido de la cama y los gemidos guturales de ella.
—¡Joder, Bruno… más fuerte! —gritó Petra, mirando fijamente a Otto—. Mírame cómo me abren. Tu polla nunca llega tan hondo. Nunca me deja temblando así. Soy la puta de tu amigo y te encanta.
Bruno le dobló las piernas hasta casi doblarla por la mitad, rodillas junto a las orejas, y embistió aún más profundo. El glande le rozaba el fondo del útero con cada golpe. Petra soltó un grito largo, ojos en blanco un segundo.
—Dile a tu marido lo que eres —ordenó Bruno, sudor corriendo por el pecho velludo.
—Soy una puta de coño goloso —jadeó ella sin dudar—. Me encanta que me folle duro delante de ti, Otto. Me encanta que me llene y que tú te quedes solo mirando y lamiendo. Quiero que me dejes el coño abierto y goteando toda la noche. Quiero que me veas correr y que te corras tú solo como el cornudo que eres.
Otto se masturbaba despacio, mano torpe, polla palpitando. No se atrevía a tocarla a ella. Solo miraba cómo la polla de Bruno entraba y salía brillante, cómo los labios de Petra se aferraban al tronco y se invertían un poco cada vez que salía. Bruno le agarró el pelo a Otto y le acercó la cara otra vez hasta que la mejilla le rozó el muslo de Petra.
—Más cerca. Quiero que sientas el golpe. Que oigas cómo te la follan.
Cada embestida hacía que el cuerpo de Petra temblara y que un poco de saliva o jugo salpicara cerca de la cara de Otto. El olor a sexo era denso, caliente. Petra se corrió de nuevo sin avisar: un grito ahogado, coño contrayéndose a sacudidas alrededor de la polla de Bruno, un chorrito claro que salió alrededor del tronco y le mojó los huevos a Bruno y la mejilla a Otto. Bruno no paró. Siguió follándola a través del orgasmo, alargándolo, haciéndola gritar más alto.
Cuando las contracciones bajaron, Bruno se salió de golpe. El coño de Petra quedó abierto otra vez, rojo, palpitando, un hilo de jugo y semen anterior resbalando. Bruno se puso de pie sobre la cama, polla rígida y goteando, y miró a Otto.
—Ábrele las piernas más. Sujétaselas. Quiero que la veas abierta mientras te la follo de pie.
Otto obedeció. Se arrodilló entre las piernas de su mujer, le agarró los muslos y se los abrió hasta el límite. Petra se dejó, mirándolo con esa sonrisa cruel y caliente. Bruno se colocó de pie al borde de la cama, agarró las caderas de Petra y entró otra vez de un embujón profundo. Ahora Otto tenía la cara a pocos centímetros: veía cada vena de la polla de Bruno, veía cómo los labios se estiraban, veía el punto exacto donde el glande desaparecía dentro.
—Dile lo que ves —exigió Bruno, follando con fuerza, cada golpe haciendo rebotar las tetas de Petra.
—Veo… veo tu polla gruesa abriéndola —balbuceó Otto, voz rota—. Se le mete entera… se le dilata… joder, se le ve el semen de antes saliendo alrededor…
—Más. Di que te gusta.
—Me gusta… me pone ver cómo te la follas. Me pone que la llenes. Soy un cornudo de mierda y me encanta.
Petra se rio, jadeante, y le acarició la cabeza a Otto mientras Bruno la destrozaba.
—Buen chico. Ahora chúpame el clítoris mientras me folla. Sin molestar su polla. Solo el clítoris.
Otto obedeció. Sacó la lengua y lamió el clítoris hinchado de su mujer mientras la polla de Bruno entraba y salía a milímetros de su cara. El sabor, el olor, el roce accidental de los huevos de Bruno contra la mejilla… todo le tenía la polla a punto de estallar otra vez. Petra se retorcía, empujando el coño contra la cara de su marido y contra la polla de Bruno a la vez.
Bruno cambió el ritmo. Más lento, más profundo, casi sacándola entera y volviendo a hundirla hasta las bolas. Cada embestida hacía que Petra soltara un gemido largo y sucio.
—Voy a correrme otra vez dentro —anunció Bruno—. Y esta vez no te la vas a limpiar todavía, Otto. Vas a quedarte mirando cómo se me sale la leche por el coño de tu mujer. Luego te la voy a hacer chupar otra vez. Y después… todavía no hemos acabado. Esta cabaña está aislada. Mañana seguirá nevando. Y yo voy a follarme a tu puta todas las veces que me dé la gana mientras tú miras y lame y te corres solo.
Petra se corrió otra vez solo de oírlo: un grito roto, cuerpo sacudiéndose, coño apretando la polla de Bruno con fuerza. Bruno gruñó, embistió tres veces más y se vació profundo, chorros calientes bombeando otra vez dentro de ella. Otto lo vio todo de cerca: el tronco pulsando, el semen escapando alrededor, el coño de Petra intentando retenerlo y fallando. Bruno se quedó hundido hasta el fondo un largo rato, respirando pesado, mirando a Otto con una sonrisa lenta.
Luego se salió despacio. El semen salió a borbotones, espeso, blanco, resbalando por el coño abierto de Petra y cayendo sobre las sábanas. Otto seguía sujetándole las piernas, cara cerca, polla goteando sin que se la tocara.
Petra se incorporó un poco sobre los codos, pechos pesados subiendo y bajando, y miró a su marido con los ojos todavía vidriosos de placer.
—No te corras todavía, Otto —susurró—. Quiero que te aguantes. Quiero que me veas goteando toda la noche. Bruno… tráeme un vaso de vino. Y después quiero que me pongas a cuatro patas otra vez. Quiero que me folles el culo delante de él. Lento. Que me lo prepares bien. Y que Otto me sostenga abierta mientras lo haces.
Bruno se rio bajo, se limpió la polla con la sábana y fue hacia la cocina sin molestarse en vestirse. Afuera el viento aullaba y la nieve seguía cayendo gruesa. Dentro, Otto seguía arrodillado entre las piernas de su mujer, mirando el semen fresco que le resbalaba, la polla doliéndole de ganas, la humillación y la excitación mezcladas en un nudo caliente en el pecho. Petra le acarició la mejilla con el pie descalzo, sonriendo.
—Todavía no has visto nada, cariño. La noche es larga. Y yo acabo de empezar a rendirme de verdad.
Bruno volvió de la cocina con tres vasos de vino caliente, todavía completamente desnudo, la polla pesada balanceándose entre las piernas y brillando de los restos de Petra. Se los entregó sin prisa. Petra bebió un trago largo, el líquido oscuro resbalándole por la comisura de los labios hasta el pecho, y luego se giró a cuatro patas en el centro de la cama ancha. El semen de Bruno le goteaba aún por el muslo interior, un hilo espeso que se enfriaba contra la piel caliente. Otto seguía arrodillado al borde, la cara cerca, la polla erecta y dolorida contra el vientre, sin atreverse a tocarla.
—Sujétame las nalgas —ordenó Petra, mirando a su marido por encima del hombro—. Ábremelas bien. Quiero que veas cómo me prepara el culo. Quiero que veas cada centímetro.
Otto obedeció con las manos temblorosas. Agarró los glúteos firmes de su mujer y los separó hasta que el agujero rosado y fruncido quedó expuesto del todo, todavía tenso, brillando un poco por el jugo que había resbalado hasta allí. Bruno se arrodilló detrás, escupió grueso sobre el culo de Petra y untó la saliva con dos dedos gruesos, rodeando el anillo sin entrar todavía. Petra jadeó y empujó hacia atrás.
—Despacio al principio —murmuró ella—. Quiero sentirlo. Quiero que Otto lo vea todo.
Bruno metió el primer dedo. El culo de Petra se abrió alrededor del nudillo con un gemido bajo y gutural de ella. Otto lo vio de cerca: cómo la carne se estiraba, cómo el dedo desaparecía hasta la segunda falange y salía brillante. Bruno añadió saliva y metió el segundo. Petra apretó los puños contra la sábana.
—Joder… se siente grueso ya solo con los dedos. Otto, mira cómo me lo abre. Tu polla nunca me ha llegado a hacer esto. Nunca me has follado el culo de verdad.
Bruno tijereteó los dedos dentro, estirándola, empujando más saliva y el residual de semen que aún goteaba del coño hacia el agujero. El sonido era húmedo, obsceno. Petra empezó a empujar contra la mano, buscando más. Cuando los dos dedos entraban y salían con facilidad, Bruno los sacó, se escupió en la palma, se untó la polla entera hasta dejarla resbaladiza y se alineó.
—Míralo bien, cornudo —dijo Bruno, la voz ronca—. Ahora se la voy a meter. Y tú la vas a sujetar abierta mientras te la rompo.
Otto apretó más las nalgas de Petra. Bruno empujó. La cabeza gruesa forzó el anillo. Petra soltó un grito ahogado, la espalda arqueándose, el culo resistiendo un segundo antes de ceder. El glande se hundió de golpe y ella gimió largo, temblando.
—¡Ah, joder, qué gorda…! Otto, se me está metiendo entera… se siente enorme… más hondo, Bruno, no pares…
Bruno avanzó centímetro a centímetro, sin prisa, dejando que el culo de Petra se adaptara alrededor del tronco grueso. Cuando las bolas le rozaron ya la piel, se detuvo un momento, pulsando dentro, y miró a Otto.
—Está más apretado que su coño. Se me está comiendo la polla. Dile lo que sientes, puta.
—Me está abriendo el culo —jadeó Petra, voz rota, lágrimas de placer asomando en los ojos—. Tu amigo me está follando el culo delante de ti y me encanta… se siente tan lleno… Otto, soy una puta de culo goloso y te lo estoy demostrando… ¡muévela, Bruno!
Bruno empezó a moverse. Embestidas cortas al principio, solo la mitad, estirando el anillo rosado que se aferraba al tronco y se invertía un poco cada vez que salía. Luego más largas, más profundas, hasta que el sonido de las caderas golpeando el culo de Petra llenó la cabaña otra vez: plaf… plaf… plaf… húmedo y seco a la vez. Otto sujetaba las nalgas abiertas, la cara a pocos centímetros, viendo cómo la polla gruesa desaparecía entera, cómo el agujero se dilataba y contraía, cómo un hilo de saliva y semen anterior brillaba alrededor del tronco.
Petra miraba a su marido sin pestañear, boca abierta, tetas colgando y rebotando con cada embestida.
—Más fuerte… fóllame el culo como si fuera tu puta… Otto, míralo… míralo cómo me lo destroza… tu polla nunca me ha llegado tan hondo por detrás… nunca me has hecho gritar así…
Bruno le agarró la cadera con una mano y el pelo con la otra, tirando hacia atrás para arquearle más la espalda, y embistió de verdad. El culo de Petra aceptaba ya todo el largo, el anillo rojo y brillante, los gemidos de ella cada vez más altos y sucios. Otto sentía la polla latirle contra el muslo, el pre-semen resbalándole por la punta, la humillación quemándole la cara y la excitación nublándole la cabeza. Cada golpe de Bruno hacía que el cuerpo de Petra temblara y que el semen viejo del coño salpicara un poco hacia la sábana y hacia la mejilla de Otto.
—Chúpale el coño mientras te la follo el culo —ordenó Bruno sin dejar de embestir—. Sin quitarme la polla de en medio. Quiero que sientas cómo se me mueve dentro de ella.
Otto se inclinó más. Sacó la lengua y lamió el clítoris hinchado y el coño todavía abierto y cremoso de su mujer mientras la polla de Bruno entraba y salía del culo a milímetros de su nariz. El olor era denso, a sexo y a semen y a sudor. Petra gritó y empujó el culo hacia atrás, contra la cara de su marido y contra la polla de Bruno a la vez.
—Así… lamiendo mientras me rompen el culo… eres un cornudo perfecto, Otto… me corro otra vez… ¡me corro con la polla de tu amigo en el culo!
El orgasmo la sacudió entero. El culo se le contrajo a convulsiones alrededor del tronco de Bruno, el coño goteó un chorrito claro sobre la lengua de Otto, y ella gritó largo, las piernas temblando. Bruno no paró. Siguió follándola a través de las contracciones, más brusco ahora, usando el cuerpo de ella como quería. Cuando las sacudidas bajaron un poco, Bruno se salió de golpe. El culo de Petra quedó abierto, redondo, oscuro por un segundo, palpitando, un hilo de saliva espesa resbalando hacia el perineo.
—Dásele la vuelta —dijo Bruno—. Quiero follárselo de frente. Que te mire a la cara mientras se lo meto otra vez.
Otto ayudó a girar a Petra. Ella se tumbó de espaldas, se agarró las rodillas y se las llevó al pecho, ofreciendo el culo abierto y el coño goteante. Bruno se colocó entre las piernas, alineó y entró de un solo empujón profundo en el culo. Petra gritó otra vez, ojos en blanco un instante. Bruno la folló así, de frente, mirándola a la cara, las tetas rebotando, y le ordenó a Otto:
—Mastúrbate pegado a nosotros. Quiero que te corras en el momento en que yo me corra dentro de su culo. No antes. Aguanta, cornudo.
Otto se arrodilló al lado, mano torpe subiendo y bajando por su propia polla, el glande morado y goteando. Veía todo: la polla de Bruno hundida hasta las bolas en el culo de su mujer, el anillo estirado al máximo, el coño vacío y palpitante justo encima, todavía con restos de semen. Petra le acarició la cara con una mano mientras gemía.
—Vas a ver cómo me llena el culo… vas a ver la leche salir… y después me vas a limpiar otra vez con la lengua… toda la noche, Otto… toda la puta noche…
Bruno aceleró. Embistidas profundas, brutales, el sonido de carne contra carne llenando la habitación junto al aullido del viento afuera. Petra se corrió de nuevo sin avisar, un grito ahogado, el culo apretando con fuerza. Bruno gruñó, hundió hasta el fondo y se vació. Otto lo vio: el tronco pulsando, los chorros calientes bombando dentro del culo de Petra, el semen empezando a escapar alrededor del tronco grueso en el mismo instante en que Otto se corría él también, chorro débil salpicando la sábana y el muslo de su mujer, gemido ahogado de humillación y placer sucio.
Bruno se quedó dentro un largo rato, respirando pesado, mirando a Otto con esa sonrisa lenta y dueña. Luego se salió despacio. El culo de Petra quedó abierto, redondo, rebosante; un hilo espeso y blanco resbaló lento hacia el coño y las sábanas. Petra, todavía temblando, abrió más las piernas y miró a su marido.
—Límpiame —susurró—. Empieza por el culo. Trágatelo todo. Y después… Bruno todavía no ha terminado conmigo. Quiero que me folle el coño otra vez mientras tú me sostienes abierta. Quiero que me use las dos agujeros delante de ti hasta que no pueda más. Y tú te vas a quedar duro y mirando y lamiendo como el cornudo que eres.
Bruno se rio bajo, se limpió la polla con la sábana manchada y se sirvió más vino. Afuera la nieve caía más gruesa, el viento golpeaba las ventanas. Dentro, Otto se inclinó otra vez entre las piernas de su mujer, la lengua ya sacada, el sabor salado y espeso de la leche de Bruno llenándole la boca mientras Petra le acariciaba el pelo y sonreía, satisfecha y voraz. La cama crujía. El aire olía a sexo y a rendición. Y ninguno de los tres había terminado todavía.
Otto se inclinó entre las piernas abiertas de Petra y sacó la lengua. El sabor salado y espeso de la leche de Bruno le llenó la boca al primer lametón largo sobre el culo todavía dilatado y rebosante. Tragó. Petra se arqueó, empujando el culo hacia su cara, y le acarició el pelo con dedos firmes.
—Así, cariño… limpia bien. Quiero sentir tu lengua metiéndose. Sácalo todo.
Otto obedeció. Hundió la punta de la lengua en el anillo rosado y palpitante, succionando los chorros cremosos que aún salían a impulsos. El olor denso a sexo y a semen le subía directo a la polla, que latía otra vez contra su vientre, dura y dolorida a pesar de haberse corrido minutos antes. Bruno se quedó de pie al lado de la cama, bebiendo el vino caliente sin prisa, la polla pesada y brillante balanceándose entre las piernas velludas. Miraba con esa sonrisa dueña, disfrutando cada segundo de la humillación de su amigo.
—Míralo cómo se esmera —dijo Bruno con voz ronca—. Parece que le gusta el gusto de mi leche en el culo de su puta. Otto, más hondo. Sácala toda. Quiero que me dejes el agujero limpio… para ensuciarlo otra vez en un rato.
Otto metió la lengua más adentro, lamiendo las paredes calientes, tragando todo lo que podía. Petra gemía bajo y sucio, las tetas pesadas subiendo y bajando, los pezones duros y erectos. Cada vez que Otto succionaba, ella le apretaba la cabeza contra el culo.
—Joder, se siente tan bien… tu lengua de cornudo limpiándome lo que me ha dejado un hombre de verdad. Bruno, ven. Quiero tu polla en la boca mientras me lame.
Bruno se subió a la cama, se arrodilló junto a la cabeza de Petra y le puso la polla gruesa entre los labios. Ella la engulló de un solo movimiento, chupando con hambre, lengua trabajando la cabeza ya otra vez dura, saliva resbalándole por la barbilla hasta el pecho. Otto seguía abajo, cara enterrada, lamiendo el culo y el coño a la vez, el sabor mezclado de jugos y semen llenándole la garganta. La humillación le quemaba la cara y le hacía la polla goteando pre-semen sin que se la tocara. Pensó, con un nudo caliente en el pecho: esto es lo que soy ahora. El que limpia. El que mira. El que se corre solo.
Bruno le agarró el pelo a Petra y le folló la boca con embestidas cortas y profundas, los huevos golpeándole la barbilla.
—Qué buena chupada… Otto, mira cómo se la traga tu mujer. Se le marca en la garganta. Cuando termine de limpiarte el culo, te voy a follar el coño otra vez y vas a sostenerla abierta como te dije.
Petra se separó de la polla de Bruno con un hilo de saliva espesa uniéndolos todavía.
—Ya está limpio —jadeó ella—. Otto, sujétame las piernas. Ábreme del todo. Quiero que Bruno me folle el coño ahora mismo y que tú lo veas de cerca, que sientas cada golpe.
Otto se arrodilló entre sus muslos, le agarró las rodillas y se las empujó hacia el pecho, abriéndola hasta el límite. El coño de Petra quedó expuesto, labios hinchados y rojos, todavía cremosos, el clítoris hinchado y brillante. Bruno se colocó entre las piernas, alineó la polla gruesa y entró de un solo empujón brutal hasta las bolas. Petra gritó, la espalda arqueándose, los ojos en blanco un segundo.
—¡Ah, joder… qué profunda…! Otto, míralo. Míralo cómo me llena otra vez. Tu polla nunca llega así. Nunca me destrozas el coño de esta forma.
Bruno no tuvo piedad. Empezó a follarla con embestidas largas y brutales, caderas golpeando el culo de Petra, el sonido húmedo y obsceno —plaf-plaf-plaf— llenando la cabaña junto al aullido del viento afuera. Otto sujetaba las piernas, la cara a pocos centímetros, viendo cada vena de la polla de Bruno entrar y salir brillante de jugos, viendo cómo los labios de Petra se aferraban al tronco y se invertían un poco cada vez que salía. El olor era animal, caliente. Petra miraba a su marido sin pestañear, boca abierta, gemidos guturales saliéndole con cada embestida.
—Dile lo que sientes —ordenó Bruno, sudor corriendo por el pecho velludo, embistiendo más hondo, el glande rozándole el fondo del útero.
—Me está abriendo… me está follando como una puta —jadeó Petra, voz rota—. Me encanta que me use delante de ti, Otto. Me encanta que me llene y que tú te quedes solo mirando y sujetándome. Soy la puta de tu amigo y te corro de solo pensarlo… ¡más fuerte, Bruno, rómpeme!
Bruno aceleró. Le dobló las piernas aún más, casi doblándola por la mitad, y la folló con fuerza salvaje. Cada golpe hacía rebotar las tetas pesadas de Petra y salpicaba un poco de jugo hacia la mejilla de Otto. Otto sentía la polla latirle contra el muslo, el pre-semen resbalándole, la excitación y la vergüenza mezcladas en un nudo que le nublaba la cabeza. No se atrevía a tocarla a ella. Solo a mirar. Solo a sostener.
—Chúpale el clítoris —gruñó Bruno sin dejar de embestir—. Sin molestarme la polla. Quiero que se corra con mi verga dentro y tu lengua fuera.
Otto se inclinó más. Sacó la lengua y lamió el clítoris hinchado de su mujer mientras la polla de Bruno entraba y salía a milímetros de su nariz. El roce accidental de los huevos de Bruno contra su mejilla le hizo gemir. Petra se retorcía, empujando el coño contra la cara de su marido y contra la polla de Bruno a la vez.
—Así… lamiendo mientras me destrozan… eres un cornudo perfecto… me corro, me corro con la polla de tu amigo… ¡ah!
El orgasmo la sacudió entero. El coño se contrajo a convulsiones alrededor del tronco de Bruno, un chorrito claro salió alrededor y le mojó la lengua a Otto, y ella gritó largo, las piernas temblando en las manos de su marido. Bruno no paró. Siguió follándola a través de las contracciones, alargándolas, haciéndola gritar más alto y sucio. Cuando las sacudidas bajaron un poco, Bruno se salió de golpe. El coño de Petra quedó abierto, rojo, palpitando, un hilo de jugo resbalando.
—Ahora el culo otra vez —dijo Bruno—. Quiero los dos agujeros llenos antes de que amanezca. Otto, sujétala igual. Y esta vez te vas a correr cuando yo me corra. No antes. Aguanta como el cornudo que eres.
Otto ayudó a girar un poco a Petra para que ofreciera mejor el culo. Ella se agarró las rodillas, ofreciendo ambos agujeros. Bruno escupió sobre el anillo todavía sensible, se untó la polla y empujó. El culo de Petra cedió con un gemido ahogado, el glande hundiéndose de golpe. Bruno avanzó hasta las bolas y empezó a moverse de inmediato, embestidas profundas y rítmicas, el anillo rosado estirado al máximo alrededor del tronco grueso.
—Joder, qué apretado… se me come la polla —gruñó Bruno—. Otto, dile lo que ves.
—Veo… veo tu polla entera en su culo —balbuceó Otto, voz rota, manos temblando al sostener las piernas—. Se le dilata… se le ve el agujero rojo… joder, se le sale un poco de saliva… me pone… me pone muchísimo ver cómo te la follas el culo…
—Buen chico —jadeó Petra, mirándolo con esa sonrisa cruel y caliente—. Ahora tócate. Mastúrbate pegado a nosotros. Quiero que te corras en el mismo segundo en que Bruno me llene el culo. Y después me limpias las dos cosas con la lengua. Toda la puta noche.
Otto se arrodilló al lado, mano torpe subiendo y bajando por su propia polla morada y goteante. Veía todo de cerca: la polla de Bruno desapareciendo entera en el culo de su mujer, el coño vacío y palpitante justo encima, todavía abierto y cremoso. Bruno aceleró, embistidas brutales, el sonido de carne contra carne llenando la habitación. Petra se corrió otra vez sin avisar, un grito roto, el culo apretando con fuerza alrededor del tronco. Bruno gruñó, hundió hasta el fondo y se vació. Otto lo vio: el tronco pulsando, los chorros calientes bombando dentro del culo de Petra, el semen empezando a escapar alrededor en el mismo instante en que él mismo se corría, chorro débil salpicando la sábana y el muslo de su mujer, gemido ahogado de humillación y placer sucio.
Bruno se quedó dentro un largo rato, respirando pesado, mirando a Otto con esa sonrisa lenta. Luego se salió despacio. El culo de Petra quedó abierto, redondo, rebosante; un hilo espeso y blanco resbaló lento hacia el coño y las sábanas. Petra, todavía temblando, abrió más las piernas y miró a su marido con ojos vidriosos.
—Límpiame las dos —susurró—. Empieza por el culo. Trágatelo todo. Después el coño. Y cuando termines… Bruno me va a follar otra vez. Y otra. Hasta que no pueda más. Y tú te vas a quedar duro y mirando y lamiendo como el cornudo que eres. La nieve no para. Estamos atrapados. Y yo acabo de rendirme del todo.
Otto se inclinó otra vez. Lengua afuera, empezó a lamer el semen fresco del culo dilatado, tragando, el sabor salado y espeso llenándole la boca mientras Petra le acariciaba el pelo y gemía bajo. Bruno se rio, se sirvió más vino y se pasó la mano por la polla ya otra vez entera. Afuera el viento aullaba más fuerte, la nieve golpeaba las ventanas como si quisiera enterrarlos. Dentro, la cama crujía bajo el peso de los tres cuerpos, el aire olía a sexo y a sudor y a rendición absoluta. Otto limpió el culo hasta dejarlo brillante, luego bajó al coño y chupó los restos, la cara mojada, la polla ya dura de nuevo contra las sábanas manchadas. Petra lo miró con esa sonrisa voraz y le susurró:
—Buen cornudo. Ahora sujétame otra vez. Bruno… fóllame el coño. Lento al principio. Quiero sentir cómo me usa mientras mi marido me sostiene abierta y me lame el clítoris. Y cuando te corras dentro… Otto lo traga otra vez. Sin quejas.
Bruno se colocó, entró de un empujón profundo y empezó a follarla con ritmo lento y pesado, cada embestida haciendo que Petra soltara un gemido largo y sucio. Otto sujetaba las piernas, lengua trabajando el clítoris hinchado a milímetros de la polla que entraba y salía. La noche se alargó así: Bruno follando, llenando, saliendo; Otto limpiando, tragando, masturbándose solo cuando se lo ordenaban; Petra gritando, corriéndose, ordenando, rindiéndose cada vez más completa. Tres veces más Bruno se vació dentro del coño. Dos en el culo. Otto se corrió otras dos veces solo, chorros débiles, siempre mirando, siempre lamiendo después. El cuerpo de Petra quedó un desastre caliente y cremoso, ambos agujeros abiertos y goteando, las tetas marcadas de chupetones, la voz ronca de tanto gemir. Bruno se desplomó al fin a su lado, polla blanda y satisfecha. Otto se quedó arrodillado al borde, cara cerca del desastre, respiración entrecortada, la humillación y el placer fundidos en algo permanente.
Petra extendió una mano temblorosa y le acarició la mejilla a su marido, sonriendo con los ojos medio cerrados, la voz apenas un susurro ronco y dueño.
—Duerme ahí abajo, cornudo… mañana cuando amanezca te la vuelvo a dar para que limpies.
Y mientras la nieve sepultaba para siempre cualquier salida, Otto entendió que su lugar ya no estaba a su lado sino arrodillado entre sus piernas.
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