Agarre Mutuo en la Pared Vertical
En el gimnasio de escalada, la española de 28 años Camila y el fuerte instructor afroamericano de 32 años Roman se excitan tanto con sus roces sudorosos que terminan fol
En el bullicioso gimnasio de escalada urbana del barrio de Malasaña, en Madrid, el sol de la tarde se filtraba por los ventanales altos, iluminando la pared vertical de doce metros que desafiaba a cualquiera con su ruta de boulder marcada en presas rojas y negras. Camila, la extrovertida escaladora española de 28 años que trabajaba como diseñadora gráfica pero vivía para los fines de semana en la roca, ajustaba su arnés con una sonrisa pícara. Su cuerpo tonificado, cubierto por unos leggings negros ajustados y un top deportivo que apenas contenía sus pechos firmes, brillaba ya con las primeras gotas de sudor. Frente a ella, Roman, el fuerte instructor afroamericano de 32 años, contratado por el gimnasio para impartir clases de técnica avanzada, observaba la misma presa alta con esos brazos musculosos y venosos que parecían tallados en ébano.
Ambos se lanzaron al mismo tiempo hacia la ruta difícil. Los dedos de Camila rozaron la presa superior justo cuando la mano grande y negra de Roman se cerraba sobre ella. Sus cuerpos sudorosos colisionaron sin aviso: el pecho de ella presionó contra el torso ancho de él, y el culo redondo de Camila se aplastó un segundo contra la entrepierna del instructor. El roce fue eléctrico, accidental pero cargado. Roman soltó una risa grave, profunda, mientras se mantenía pegado a la pared con una sola mano.
—Joder, española, tienes un agarre decente —dijo él con ese acento americano que convertía cada palabra en caramelo derretido—, pero parece que te tiemblan las piernas cuando te rozo. ¿O es que mi presencia te hace perder el equilibrio?
Camila giró la cabeza, sus ojos castaños chispeando con humor y algo mucho más caliente. Sentía el calor que emanaba de ese cuerpo macizo, el bulto que empezaba a notarse bajo sus pantalones cortos de escalada. Madre mía, este negro está empalmándose ya y ni siquiera hemos empezado a provocarnos de verdad, pensó ella, mordiéndose el labio inferior.
—Uy, Roman, no presumas tanto. Ese agarre tuyo es grande y fuerte, sí, pero yo sé cómo sujetarme bien cuando algo se pone duro —respondió con descaro, bajando la voz en la última palabra mientras movía las caderas de forma casi imperceptible contra él—. ¿O vas a decirme que no te gusta sentir cómo me aprieto contra ti?
La tensión subió como la ruta misma. Se separaron apenas unos centímetros, pero cada movimiento siguiente fue deliberado. Roman colocó su pie al lado del de ella para alcanzar la siguiente presa y su muslo rozó el interior de la pierna de Camila, subiendo lentamente. Ella fingió perder el equilibrio para dejarse caer un poco hacia atrás, permitiendo que sus nalgas se deslizaran contra el abdomen marcado de él. Ambos jadeaban, no solo por el esfuerzo. Las risas se mezclaban con gemidos ahogados.
—Venga, que parece que compites más por restregarte que por llegar arriba —bromeó Roman, sus dientes blancos contrastando con la piel oscura mientras la miraba de reojo—. ¿Quieres que te enseñe cómo se agarra de verdad una pared… o prefieres que te agarre a ti?
Camila soltó una carcajada entrecortada, el sudor perlándole el escote. La atracción interracial crecía con cada roce: la piel morena de ella contra la negra profunda de él era un contraste que los ponía a ambos al límite. Cuando Roman descendió un metro para “corregir” su postura, sus manos grandes y negras se posaron sin pudor en las caderas de Camila. Los dedos se hundieron ligeramente en la carne firme, guiándola hacia una posición más abierta.
—Así, arquea la espalda un poco más. Siente la pared contra tu coño… digo, contra tu centro de gravedad —corrigió con una sonrisa lobuna.
El contacto fue demasiado. Un gemido involuntario escapó de la garganta de Camila, ronco y genuino. Hostia, sus manos son enormes, me están quemando incluso a través de la tela. Quiero que me apriete más fuerte, pensó ella, sintiendo cómo su coño se humedecía dentro de los leggings. Se giró con una sonrisa traviesa, aún colgando de la pared, y lo miró directamente a los ojos.
—Vale, grandullón. Te reto. Quien caiga primero de esta puta pared le debe al otro un favor sexual. Sin excusas, sin vergüenza. Lo que el ganador quiera. ¿Aceptas o te da miedo que te haga gritar antes de llegar al suelo?
Roman soltó una risa gutural que resonó en el gimnasio casi vacío. Sus ojos negros brillaban de deseo consentido y puro juego.
—Acepto, Camila. Pero que sepas que voy a rozarte a propósito hasta que te tiemblen las piernas de verdad. Que gane el mejor… agarre.
La escalada se volvió una danza provocativa. Cada presa compartida era una excusa para que sus cuerpos se pegaran: el pecho de Roman rozando la espalda de ella, la mano de Camila “resbalando” y terminando sobre el muslo duro de él, cerca de donde su polla ya empujaba visiblemente contra la tela. Los comentarios pícaros volaban.
—Tu polla parece que tiene mejor agarre que tus manos —se burló Camila entre jadeos, sintiendo el bulto caliente contra su culo cuando él se pegó para alcanzar una presa alta.
—Y tu coño está tan mojado que podrías resbalar de la pared en cualquier momento —replicó Roman, riendo pero con la voz ronca de excitación—. Me encanta cómo gimes cada vez que te toco, española.
Bajaron al tatami casi al mismo tiempo, fingiendo un empate. En cuanto sus pies tocaron el suelo acolchado, Camila se lanzó como una gata en celo. Lo besó con hambre voraz, metiendo la lengua en su boca mientras sus manos exploraban esos hombros anchos y negros. Roman gruñó de placer, la levantó sin esfuerzo agarrándola por el culo y la estampó contra la pared vertical acolchada que había junto a la ruta.
—Joder, sí —murmuró él contra sus labios, arrancándole los leggings de un tirón fuerte que rasgó la tela a la altura de la entrepierna. Su polla, gruesa, larga y oscura, saltó libre, venosa y palpitante. Camila rodeó su cintura con las piernas, cruzando los tobillos detrás de la espalda de él.
—Fóllame ya, Roman. Quiero sentir cómo me abres con esa polla negra —exigió ella entre risas entrecortadas y gemidos, mordiéndole el labio.
Él no se hizo de rogar. La penetró de pie, de un solo empujón profundo que la empaló hasta el fondo. Camila gritó de placer, clavando las uñas en su nuca mientras él la follaba con embestidas intensas y rítmicas. El sonido húmedo de su coño tragándose esa verga gruesa llenaba el rincón. Cada golpe la levantaba contra la pared, sus tetas rebotando dentro del top.
—Qué coño tan apretado y caliente tienes, hostia —gruñó Roman, riendo entre jadeos por lo absurdo y caliente de la situación—. Te estás riendo mientras te follo como un animal…
—Es que tu polla es ridículamente grande y me encanta —respondió ella entre carcajadas que se convertían en gemidos altos.
La bajó al tatami, la puso a cuatro patas y se arrodilló detrás. Su lengua experta atacó primero su coño chorreante, lamiendo los labios hinchados y el clítoris con hambre, para luego subir y devorar su culo sin vergüenza. Camila se retorció, riendo y gimiendo al mismo tiempo.
—Roman, joder, me estás comiendo el culo como si fuera tu postre favorito… ¡Sí, así, no pares!
Las palmadas fuertes llegaron cuando la penetró por detrás. Cada embestida venía acompañada de un sonoro plaf en sus nalgas, dejando marcas rojas en la piel morena. Camila empujaba hacia atrás, follándolo con el mismo ímpetu.
—Más fuerte, negro. Quiero que me dejes el culo marcado para la próxima escalada —pidió entre risas jadeantes.
Cambió de posición y lo tumbó sobre el tatami. Se subió encima y comenzó a cabalgarlo salvajemente, sus caderas girando y bajando con fuerza mientras sus tetas rebotaban. Roman la sujetaba por las caderas con esas manos enormes, guiándola, pero dejando que ella marcara el ritmo.
—Voy a correrme, Roman… ¡Me corro en tu polla! —gritó Camila, contrayéndose alrededor de él.
—Juntos, nena. Córrete conmigo —respondió él, riendo con la voz rota de placer.
Ambos explotaron gritando, él llenándola con chorros calientes mientras ella se sacudía en un orgasmo que la dejó temblando. Se derrumbaron jadeando, sudados y pegajosos. Entre risas entrecortadas, Roman cogió una toalla cercana y comenzó a limpiarle el sudor de los pechos y los fluidos que chorreaban por sus muslos. Camila, aún riendo, le pasó otra toalla por la polla semierecta y el torso brillante.
—Esto ha sido la mejor escalada horizontal de mi vida —dijo ella, besándolo juguetona en la comisura de los labios.
—Quedamos en repetir la semana que viene, entonces. Pero con más apuestas —contestó Roman, dándole una palmada sonora en el culo que hizo que Camila soltara otra carcajada.
Se vestían a toda prisa, aún con sonrisas satisfechas, cuando la puerta principal del gimnasio se abrió con un chirrido. Petra, la amiga inseparable de Camila, una escaladora de 29 años con el pelo corto y actitud sarcástica, entró cargando su mochila. Sus ojos se abrieron al verlos a ambos sudorosos, con la ropa mal colocada y el olor inconfundible del sexo flotando en el aire.
—¿Interrumpo algo, Camila? Porque esa cara de recién follada no me la quitas ni con magnesio —dijo Petra con una ceja arqueada, claramente divertida pero curiosa.
Camila y Roman se miraron. La tensión regresó de golpe, ahora mezclada con el riesgo de ser descubiertos y la promesa de mucho más que aún no habían explorado. El pulso de Camila se aceleró de nuevo. La semana que viene no va a ser suficiente… y Petra no se va a creer que esto fue solo un roce accidental, pensó mientras fingía una sonrisa inocente y Roman disimulaba ajustándose el pantalón. El juego acababa de complicarse, y ninguno de los dos quería que terminara.
Camila sintió que el pulso se le desbocaba en la garganta mientras Petra avanzaba por el tatami con esa mochila colgando del hombro y la ceja todavía arqueada como un gancho de presa. El olor a sexo flotaba espeso en el aire, mezclado con el sudor de los dos cuerpos que acababan de follar como animales contra la pared. Roman carraspeó, intentando disimular el bulto evidente que aún marcaba sus pantalones cortos de escalada, esa polla negra y gruesa que Camila sentía palpitar en su memoria como si siguiera dentro de ella.
—Petra, joder, qué oportuna eres siempre —soltó Camila con una risa que sonó demasiado aguda, incluso para ella. Se pasó la mano por el pelo revuelto y notó que sus leggings rotos a la altura de la entrepierna seguían abiertos, dejando que un hilillo caliente del semen de Roman se deslizara por el interior de su muslo moreno. Madre mía, todavía me chorrea. Si Petra se acerca dos pasos más va a olerlo todo, pensó, y el solo hecho de pensarlo hizo que su coño se contrajera de nuevo, sensible y ansioso.
Petra, con sus veintinueve años bien cumplidos y esa actitud de escaladora sarcástica que la hacía famosa en todo Malasaña, dejó caer la mochila y cruzó los brazos. Su camiseta técnica se pegaba a unos pechos pequeños pero firmes, y sus shorts cortos dejaban ver unas piernas tonificadas por años de rutas duras.
—Oportuna o no, aquí huele a coño recién follado y a polla satisfecha. Y tú, Camila, tienes la cara como si te hubieran metido un dedo en el enchufe. O algo mucho más grande. —Sus ojos se desviaron hacia Roman, deteniéndose sin disimulo en el pecho ancho y negro que brillaba de sudor, en los brazos venosos que habían sujetado las caderas de su amiga minutos antes—. ¿Este es el famoso instructor del que me hablabas? Joder, ya veo por qué te brillan los ojos.
Roman soltó una risa grave, profunda, de esas que vibraban en el pecho y bajaban directo al clítoris de Camila. Se pasó una mano por la cabeza rapada y dio un paso adelante, colocándose entre las dos mujeres como si pudiera bloquear la evidencia con su mera presencia imponente.
—Roman, treinta y dos tacos y todavía sin aprender a disimular cuando me pongo cachondo en horario laboral —dijo él con ese acento americano que convertía cada palabra en puro chocolate derretido—. Encantado, Petra. Y sí, tu amiga y yo… digamos que hemos estado practicando agarres mutuos bastante intensos.
Camila le dio un codazo disimulado en las costillas, pero el contacto con esa piel oscura y caliente la hizo morderse el labio. Hostia, con Petra aquí mirándonos como si fuéramos un espectáculo y yo solo puedo pensar en volver a sentir esa verga abriéndome otra vez. Esto se está poniendo demasiado bueno y demasiado peligroso.
—Nada que no se pueda explicar con una buena sesión de técnica avanzada —intervino ella, intentando sonar casual mientras se agachaba a recoger los restos de sus leggings rotos. Al inclinarse, el culo redondo y todavía marcado por las palmadas de Roman quedó expuesto un segundo, y sintió la mirada de ambos clavada allí. Petra silbó bajito.
—Chica, tienes el culo como un tomate maduro. ¿Eso son marcas de manos o es que has caído de culo contra la pared?
Roman no pudo evitar reírse con ganas, y su risa contagió a Camila, que acabó doblada sobre sí misma entre carcajadas nerviosas y genuinas. El absurdo de la situación —recién corridos, con Petra oliéndolo todo y ellos fingiendo que no pasaba nada— solo servía para que el calor entre sus piernas creciera otra vez. Se incorporó y, sin pensarlo demasiado, rozó deliberadamente el brazo de Roman al pasar. El contacto eléctrico hizo que él apretara la mandíbula.
—Venga, Petra, súbete con nosotros —propuso Camila de repente, la voz ronca todavía por los gemidos anteriores—. Roman estaba dándome una clase particular. Muy… particular. Puedes unirte. Cuanto más apretado, mejor, ¿no?
Petra entrecerró los ojos, divertida, pero Camila vio el brillo curioso en ellos. Su amiga nunca había sido mojigata; habían compartido confidencias mucho más sucias en noches de vino después de competiciones.
—Está bien. Pero como os pille restregándoos otra vez como gatos en celo, me uno al espectáculo. No pienso hacer de sujetavelas mientras vosotros jugáis al escondite con la polla.
Roman arqueó una ceja, claramente excitado por la provocación. Se ajustó el arnés con movimientos lentos, dejando que sus dedos gruesos se deslizaran por la tela de forma casi obscena. Camila tragó saliva al recordar cómo esos mismos dedos habían abierto su coño minutos antes.
Subieron los tres a la pared vertical. El sol de la tarde ya bajaba, tiñendo las presas de tonos anaranjados. Petra empezó fuerte, subiendo con agilidad por la ruta más fácil, pero Roman se quedó abajo “corrigiendo” posturas. Primero colocó una mano enorme en la cadera de Camila, guiándola hacia una presa alta. Sus dedos se hundieron en la carne justo donde antes habían dejado marcas rojas.
—Arquea más esa espalda, española —murmuró él cerca de su oreja, lo suficientemente bajo para que Petra no lo oyera desde tres metros arriba—. Siente cómo tu coño se abre cuando estiras la pierna. Igual que cuando te tenía empalada.
Camila soltó un gemido disimulado que fingió convertir en esfuerzo. El calor de esa palma negra contra su piel morena la estaba volviendo loca. Joder, Roman, si sigues hablándome así voy a mojar la pared entera. Petra está justo encima y yo solo quiero que me bajes los pantalones otra vez.
Mientras Petra alcanzaba una presa lejana y gritaba de triunfo, Roman aprovechó para pegarse completamente a la espalda de Camila. Su polla, otra vez completamente dura, presionó contra el culo de ella a través de la ropa. Movió las caderas en un círculo lento, simulando un ajuste de postura, pero ambos sabían exactamente lo que estaba haciendo.
—Sientes eso, ¿verdad? —gruñó bajito, mordiéndole el lóbulo de la oreja un segundo—. Todavía tengo tu corrida y la mía mezcladas en esa rajita caliente. Quiero follarte otra vez mientras tu amiga nos mira.
Camila giró la cabeza lo justo para morderse el labio inferior y responder con voz entrecortada:
—Cállate, cabrón, que me estás poniendo a mil. Si Petra baja ahora mismo me va a pillar con el coño chorreando otra vez. Pero no pares… apriétame más fuerte.
Las manos de Roman bajaron descaradamente hasta ahuecarle las nalgas, separándolas ligeramente por encima de la tela. Un dedo atrevido presionó justo en la costura rota de los leggings, rozando los labios hinchados de su coño. Camila tuvo que agarrarse con fuerza a una presa para no caer. El humor de la situación la golpeó de repente y soltó una carcajada entrecortada que hizo que Petra mirara hacia abajo.
—¿Todo bien ahí abajo? Parecéis dos adolescentes cachondos en el instituto —gritó Petra, riendo.
—Todo perfecto —respondió Roman con voz ronca, sin apartar el dedo de la entrepierna de Camila—. Solo estoy enseñándole a… agarrar bien las presas difíciles.
Camila aprovechó que Petra volvía a concentrarse en la ruta para girarse ligeramente y meter la mano entre sus cuerpos. Sus dedos se cerraron alrededor de la polla de Roman por encima del pantalón, apretando la longitud gruesa y venosa que tanto placer le había dado antes. Lo masturbó con movimientos cortos y precisos, sintiendo cómo la tela se humedecía con el precum que ya empapaba la punta.
—Qué polla más cabrona tienes, Roman —susurró ella, mirándolo a los ojos con picardía—. Todavía está empapada de mí. Si Petra no estuviera aquí te ponía de rodillas y te la comía hasta que me llenaras la garganta.
Él gruñó, empujando contra su mano. Sus ojos negros brillaban con ese deseo salvaje y juguetón que la volvía loca. La escalada se había convertido en una coreografía de roces prohibidos: cada vez que Petra subía un metro, ellos se restregaban más abiertamente. Roman metió dos dedos por la rotura de los leggings y los hundió despacio en el coño empapado de Camila, follándola con ellos mientras ella seguía masajeándole la verga.
—Estás chorreando, joder —dijo él entre dientes, riendo bajito—. Se oye el chapoteo cada vez que meto los dedos. ¿Quieres que te haga correrte mientras tu amiga escala encima de nosotros?
Camila asintió frenéticamente, las piernas temblándole. El contraste de su piel morena contra la mano negra de él era hipnótico. Sentía el orgasmo acercándose otra vez, rápido y sucio, mientras Petra gritaba indicaciones desde arriba sobre una presa difícil. El riesgo de ser descubiertos solo lo hacía más intenso. Camila movió las caderas contra esos dedos gruesos, follándoselos sin vergüenza, mordiéndose el antebrazo para no gemir alto.
—Más rápido, Roman… voy a correrme en tu mano como una puta en celo —jadeó ella, la voz rota de risa y placer.
Pero Petra empezó a descender, bajando con saltos controlados. Roman sacó los dedos justo a tiempo, llevándoselos a la boca para chuparlos con descaro mientras miraba a Camila. Ella apenas tuvo tiempo de recolocarse la ropa antes de que su amiga tocara el tatami con un salto suave.
—Vale, confieso —dijo Petra, sudorosa y con las mejillas sonrosadas—. El ambiente aquí está demasiado cargado. O folláis delante de mí o me voy a tener que tocar yo sola en el vestuario pensando en lo que sea que estabais haciendo.
Camila y Roman se miraron. La tensión sexual era casi visible, espesa como el magnesio en el aire. El coño de Camila palpitaba, insatisfecho y ansioso por más. La polla de Roman empujaba contra su pantalón como si quisiera romperlo. Petra los observaba con una sonrisa traviesa, claramente excitada por el espectáculo.
—Entonces… ¿otra ruta? —propuso Camila, la voz cargada de promesas—. Pero esta vez sin reglas. Quien llegue primero arriba… elige cómo nos follamos los tres.
Roman soltó una carcajada gutural y Petra levantó una ceja, interesada. Nadie se movió hacia la pared todavía. El juego acababa de volverse mucho más grande, mucho más sucio, y la noche aún era joven en el gimnasio casi vacío. Camila sentía el corazón latiéndole en el clítoris, el culo todavía ardiendo por las palmadas anteriores y la promesa de mucho más roce, mucha más carne negra contra su piel morena, y quizá, solo quizá, la lengua de su mejor amiga uniéndose a la fiesta.
Camila soltó una carcajada nerviosa que le salió del fondo del pecho, todavía con las piernas flojas por los dedos de Roman que acababan de abandonarle el coño. El magnesio flotaba en el aire junto al olor espeso de sudor y semen seco, y Petra los miraba a los dos con esa sonrisa torcida que siempre anunciaba que estaba a punto de meterse en líos.
—Sin reglas entonces —repitió Petra, quitándose los shorts de un tirón y quedándose solo con unas bragas negras de deporte que se le clavaban entre los labios del coño—. Quien toque la puta cima elige cómo nos follamos. Pero como me dejéis con las ganas, os juro que os tiro de la pared yo misma.
Roman se rio con esa risa grave que parecía salirle de las pelotas, ajustándose la polla dentro del pantalón corto sin ningún disimulo. Sus bíceps negros brillaban bajo las luces del gimnasio, venas marcadas como rutas de escalada. Se colocó detrás de las dos, una mano enorme posándose primero en la cadera de Camila y la otra directamente sobre el culo firme de Petra. Los dedos se hundieron con autoridad, separando las nalgas por encima de la tela.
—Empezamos fuerte entonces —murmuró él, la voz ronca de deseo—. Subid despacio. Muy despacio. Quiero corregir cada postura… con detalle.
Camila fue la primera en atacar la pared. Sus dedos se cerraron sobre una presa roja a un metro veinte de altura, pero apenas había estirado la pierna cuando sintió el pecho ancho de Roman pegarse a su espalda. La polla de él, otra vez dura como roca, se clavó entre sus nalgas a través de la tela rota de los leggings. El calor que desprendía era brutal. Joder, cómo puede estar empalmado otra vez tan rápido, pensó ella, mordiéndose el labio inferior hasta que le dolió. El contraste de esa verga negra y gruesa contra su culo moreno la volvía loca.
—Así no, española —susurró Roman en su oreja, mordisqueándole el lóbulo mientras su mano bajaba descaradamente por el vientre de ella hasta colarse por la rotura de los leggings—. Abre más las piernas. Siente la pared contra el clítoris cuando estiras.
Dos dedos gruesos volvieron a hundirse en su coño de golpe, sin aviso pero con total consentimiento. Camila soltó un gemido que intentó disfrazar de esfuerzo, pero le salió demasiado agudo. Los dedos de Roman la follaban con movimientos lentos y profundos, curvándose justo donde sabía que la volvía gelatina. El chapoteo húmedo se escuchaba claramente cada vez que entraban y salían. Ella empujaba hacia atrás, follándose la mano sin vergüenza mientras Petra escalaba dos metros por encima, ajena todavía… o fingiendo serlo.
Petra miró hacia abajo desde su presa y soltó una risita sarcástica.
—¿Ya estáis otra vez? Se oye el chof-chof desde aquí arriba, coño. Parecéis un documental de National Geographic pero en versión guarra.
Camila se rio entre jadeos, las tetas aplastadas contra la pared mientras Roman le metía los dedos hasta los nudillos. El sudor le corría por el escote, pegándole el top al cuerpo. Cada embestida de esos dedos negros hacía que sus paredes internas se contrajeran con fuerza, recordando cómo esa misma polla la había abierto hace menos de media hora. Quería más. Quería que Petra bajara y se uniera ya.
—Baja aquí y compruébalo tú misma —jadeó Camila, la voz rota de placer—. Roman tiene las manos… joder… enormes.
Petra no se lo pensó dos veces. Descendió con agilidad felina, saltando los últimos dos metros y aterrizando en el tatami con las mejillas encendidas. Sus pezones se marcaban duros contra el sujetador. Sin decir nada, se acercó por el lado y metió la mano directamente bajo el top de Camila, agarrándole una teta con posesión. Los dedos de Petra eran más delgados, más juguetones, pellizcándole el pezón con esa mezcla exacta de fuerza y burla que siempre usaba cuando se contaban sus polvos.
—Hostia, Camila, estás empapada —susurró Petra cerca de su boca, tan cerca que sus alientos se mezclaban—. Y tú, Roman, no pares de meterle los dedos. Quiero oír cómo chapotea mientras la beso.
El beso llegó como un choque. Petra devoró la boca de su amiga con hambre real, lenguas enredándose con risas entrecortadas y gemidos. Camila sintió que el orgasmo se le acercaba peligrosamente mientras Roman seguía follándola con los dedos y Petra le chupaba la lengua. El contraste era brutal: la mano negra enorme entre sus piernas y la mano blanca más pequeña torturándole las tetas. Su coño palpitaba, chorreando por la muñeca de Roman, que reía bajito contra su nuca.
—Mirad cómo se corre la española —gruñó él, acelerando el ritmo—. Aprieta mis dedos como si quisiera romperlos. ¿Quieres correrte ya, nena? ¿Delante de tu amiga?
Camila asintió frenéticamente, las piernas temblándole. Pero Roman sacó los dedos de repente, dejándola al borde, vacía y protestando con un gemido frustrado. Él se llevó los dedos a la boca de Petra, que los chupó sin dudar, saboreando los jugos de Camila con los ojos cerrados de placer.
—Joder, sabe dulce —dijo Petra, lamiéndose los labios después—. Mejor que el magnesio, desde luego.
La escalada se había convertido en una excusa ridícula. Ninguno subía más de dos metros antes de bajar a tocarse. Roman se sentó en el tatami con las piernas abiertas, la polla negra y venosa asomando por un lado del pantalón corto como un mástil oscuro. Camila se arrodilló primero, sin que nadie se lo pidiera, y la sacó del todo. Era pesada, caliente, con esa cabeza gruesa que brillaba de precum. La lamió desde los huevos hasta la punta con lentitud teatral, mirando a Petra a los ojos.
—¿Quieres probarla? —preguntó Camila con voz traviesa, ofreciéndole la verga como si fuera un premio de escalada.
Petra no contestó con palabras. Se arrodilló al lado, hombro con hombro con su amiga, y las dos empezaron a lamer la polla de Roman al mismo tiempo. Lenguas rosadas contra la piel oscura, subiendo y bajando por los lados de esa verga gruesa, chocando entre ellas en besos húmedos alrededor del glande. Roman gruñó, apoyando las manos enormes en sus cabezas, sin empujar, solo guiando. Su risa gutural se mezclaba con los sonidos obscenos de succión.
—Dos escaladoras españolas peleándose por mi polla negra… esto es lo mejor que me ha pasado desde que llegué a Madrid —bromeó él, la voz rota—. Chupad más fuerte, joder. Camila, meteosla hasta la garganta como antes. Petra, lame los huevos. Así. Hostia, qué boca tenéis las dos.
Camila se la tragó hasta donde pudo, sintiendo cómo la cabeza gruesa le abría la garganta. Las lágrimas le asomaron a los ojos, pero eran de puro placer y risa contenida. Petra lamía y chupaba los testículos pesados, metiéndose uno en la boca mientras su mano libre se colaba entre las piernas de Camila para frotarle el clítoris hinchado. El círculo se cerraba: Roman recibiendo dos bocas hambrientas, Petra tocando a Camila, y Camila gimiendo alrededor de la polla con la vibración que hacía que Roman maldijera en inglés y español a la vez.
El sudor les corría por la espalda. El tatami estaba ya mojado bajo las rodillas de las chicas. Petra se quitó el sujetador sin dejar de lamer, dejando al aire sus tetas pequeñas y puntiagudas. Camila hizo lo mismo, y las dos se rozaron los pezones mientras compartían la verga. Roman las observaba con los ojos entrecerrados, disfrutando del contraste: piel morena de Camila, piel más clara de Petra, ambas brillantes de saliva y sudor, adorando su polla como si fuera la presa más codiciada de la pared.
—Vale, me toca elegir a mí —dijo Roman de repente, poniéndose de pie y levantándolas a las dos sin esfuerzo, un brazo bajo cada culo—. Nadie ha llegado a la cima todavía, pero yo decido ahora. Camila contra la pared otra vez. Petra, tú te pones de rodillas entre las dos y comes lo que te dé la gana.
La colocaron de nuevo contra la pared vertical acolchada. Camila rodeó la cintura de Roman con las piernas, sintiendo la cabeza gruesa de su polla negra frotándose contra su entrada empapada. Petra se arrodilló justo debajo, entre las piernas de ambos, y empezó a lamer alternativamente el clítoris de Camila y los huevos de Roman, preparándolos. Su lengua era rápida, juguetona, y cada lametazo venía acompañado de algún comentario sarcástico que los hacía reír incluso en medio del jadeo.
—Madre mía, qué coño más hinchado tienes, Camila. Parece que te ha pasado un camión por dentro… un camión negro y muy grueso —se burló Petra antes de meter la lengua directamente dentro de su amiga, saboreando los restos de la corrida anterior.
Camila arqueó la espalda, clavando las uñas en los hombros de Roman. El roce de la lengua de Petra combinado con la polla de él frotándose contra su clítoris la estaba volviendo loca. Quería que la penetrara ya. Quería sentir cómo Petra lamía el punto exacto donde la verga entraba y salía. El riesgo de que alguien entrara por la puerta principal del gimnasio solo aumentaba la excitación. El corazón le latía en la garganta, en las tetas, en el coño.
—Fóllame ya, Roman —suplicó entre risas y gemidos—. Métemela hasta el fondo mientras Petra nos come a los dos. Quiero que me abras otra vez con esa polla enorme.
Roman gruñó, posicionando la cabeza en su entrada. Empujó despacio, centímetro a centímetro, abriéndola otra vez mientras Petra lamía con devoción el clítoris hinchado y los labios estirados alrededor de la verga. El placer era tan intenso que Camila empezó a temblar antes siquiera de que él estuviera completamente dentro. Petra subió la boca y lamió también el punto donde se unían, saboreando la mezcla de fluidos con gemidos de aprobación.
—Así, despacio… —susurró Petra desde abajo, la voz amortiguada contra la carne caliente—. Quiero ver cómo esa polla negra desaparece dentro de ti. Y luego quiero que me folies a mí con ella mientras Camila se sienta en mi cara.
Roman se rio, empujando más profundo, levantando a Camila con cada embestida. El sonido húmedo de carne contra carne llenaba el rincón. Camila sentía cada vena de esa verga rozándole las paredes internas, y la lengua de Petra no daba tregua. El orgasmo se le estaba formando otra vez, más grande, más sucio, pero Roman ralentizó el ritmo deliberadamente, sacando casi todo y volviendo a entrar con tortuosa lentitud.
—Aún no, españolas —dijo él con esa sonrisa lobuna que le iluminaba la cara oscura—. La noche es larga. Quiero que las dos estéis al borde cuando decida quién llega primero a la cima de verdad. Y cuando eso pase… vamos a necesitar la pared entera para lo que tengo en mente.
Camila y Petra se miraron a los ojos por encima del hombro de Roman. Ambas temblaban de anticipación, coños chorreando, bocas entreabiertas en sonrisas cómplices y cachondas. El juego acababa de volverse colectivo, húmedo y sin freno. Petra lamió una última vez la unión de sus cuerpos y se incorporó para besar a Camila con fuerza, compartiendo el sabor de los tres. Ninguno quería parar. La pared vertical los observaba en silencio, esperando la próxima ruta mucho más sucia que estaban a punto de abrir. Y el gimnasio, casi vacío, parecía contener la respiración ante lo que vendría después.
Camila devolvió el beso a Petra con la misma hambre, sus lenguas enredándose en un baile húmedo y burlón mientras el sabor salado de los tres cuerpos se mezclaba en sus bocas. Roman seguía sosteniéndola contra la pared acolchada, su polla negra y gruesa deslizándose entre los labios hinchados de su coño sin llegar a entrar del todo, frotando el glande venoso contra el clítoris sensible. El contraste de la piel oscura de él contra la morena de ella y la más clara de Petra era un espectáculo que los hacía reír incluso en medio del jadeo.
—Hostia, Petra, si sigues besándome así me voy a correr solo con la fricción —murmuró Camila entre risas entrecortadas, mordiendo el labio inferior de su amiga—. Y tú, grandullón, deja de torturarme con esa verga. Métemela ya o te juro que me bajo y te la muerdo.
Roman soltó una carcajada grave que vibró contra el pecho de ella. Sus manos enormes, negras y callosas de tanto agarrar presas, la sujetaron por las nalgas y la levantaron un poco más, alineando la cabeza gruesa con su entrada chorreante.
—Tranquila, española de veintiocho años con más boca que agarre —bromeó él con ese acento americano que derretía todo a su paso—. Voy a follarte como si la pared fuera tu nueva mejor amiga. Petra, tú no te quedes ahí mirando como una principiante. Lamé donde se unen, quiero oírte chapotear.
Petra, la escaladora sarcástica de veintinueve que había compartido con Camila más confidencias guarras que rutas completas, se arrodilló de nuevo con una sonrisa torcida. Su pelo corto se pegaba a la frente por el sudor y sus tetas pequeñas apuntaban hacia arriba, pezones duros como presas de agarre fácil. Bajó la cara hasta quedar justo debajo de ellos y sacó la lengua, lamiendo primero los huevos pesados de Roman y luego subiendo hasta el punto exacto donde el glande de él presionaba el coño de Camila.
—Joder, qué vista más ridícula y cachonda —dijo Petra con la voz amortiguada contra la carne caliente—. Parece que estás intentando meter un tronco de ébano en un tubo de magnesio mojado. Abre más, Camila, que quiero ver cómo te estiras.
Roman empujó entonces, centímetro a centímetro, abriendo el coño de Camila con esa polla gruesa que ya conocía cada pliegue. Ella arqueó la espalda contra la pared vertical, clavando las uñas en los hombros anchos y negros de él. El estiramiento era delicioso, casi demasiado, y el sonido húmedo y obsceno llenó el rincón del gimnasio casi vacío. Petra no perdía detalle: su lengua rápida pasaba del clítoris hinchado de su amiga a la base de la verga de Roman, saboreando los jugos que ya empezaban a chorrear por los muslos morenos.
—Más adentro, cabrón… ¡sí, así! —gimió Camila, riendo a pesar del placer que le hacía temblar las piernas—. Madre mía, Roman, tu polla parece que tiene más venas que la ruta negra de la esquina. Me estás llegando al fondo y Petra me está comiendo el botón como si fuera su presa favorita.
Pensó que el riesgo de que alguien entrara por la puerta principal —el conserje, otro escalador nocturno— solo hacía que su coño se contrajera más fuerte alrededor de la invasión. Roman empezó a bombear con ritmo constante, levantándola con cada embestida como si pesara nada. Sus tetas rebotaban dentro del top rasgado, y Petra se incorporó un poco para atrapar uno de los pezones con la boca, chupando fuerte mientras seguía frotando el clítoris de Camila con dos dedos.
—Qué rica estás, joder —gruñó Roman entre risas—. Tu coño me aprieta como si quisiera sacarme la leche antes de tiempo. Petra, métete un dedo en tu propio coño mientras nos comes. Quiero verte chorreando en el tatami.
Petra obedeció con una carcajada ahogada. Se bajó las bragas del todo, quedándose completamente desnuda de cintura para abajo, y se tocó mientras lamía. El trío se convirtió en una coreografía absurda y sudorosa: Roman follando a Camila contra la pared con embestidas profundas y rítmicas, Petra alternando entre lamer la unión de sus cuerpos y chupar los pezones de su amiga, y los tres riéndose cada vez que un gemido salía más agudo de lo esperado.
—Esto es mejor que cualquier competición —jadeó Petra, sacando la lengua para lamer una gota de sudor que bajaba por el abdomen marcado de Roman—. Tu polla negra desapareciendo dentro de ella es lo más gracioso y lo más caliente que he visto. Camila, estás haciendo ruidos de escaladora novata en su primera ruta dura.
Camila no podía responder con palabras coherentes. El orgasmo se le acercaba como una caída libre, pero Roman debió notarlo porque ralentizó el ritmo, sacando casi toda la polla hasta dejar solo el glande dentro y luego volviendo a entrar con una lentitud tortuosa. Ella protestó con un gemido frustrado y le clavó los talones en la espalda.
—No seas cabrón, Roman. Déjame correrme o te bajo de un mordisco.
—Todavía no, nena —respondió él con esa sonrisa lobuna que iluminaba su cara oscura—. La de veintiocho años que se cree la reina de Malasaña va a tener que esperar. Petra, ven aquí. Te toca probar el agarre mutuo.
Sin salir del coño de Camila, Roman giró ligeramente el cuerpo y atrajo a Petra hacia ellos. La colocó de lado, de modo que su cara quedara a la altura de las tetas de Camila, y le metió dos dedos gruesos en el coño empapado de la recién llegada. Petra soltó un gemido ronco y se agarró al brazo de Roman como si fuera una presa de la pared.
—Hostia puta, qué dedos más grandes tienes —rio Petra, moviendo las caderas contra la mano de él—. Parece que me estás metiendo media ruta de boulder. Camila, bésame mientras este animal nos folla a las dos con lo que tenga.
Las dos españolas se besaron de nuevo, esta vez con más saliva y risas, mientras Roman alternaba: embestidas lentas y profundas en el coño de Camila y movimientos de dedos expertos en el de Petra. El gimnasio resonaba con los sonidos húmedos, las palmadas suaves de carne contra carne y las bromas entrecortadas.
—Venga, profesora gráfica —se burló Petra contra la boca de Camila—, cuéntame cómo se siente tener veintiocho años y que te estén partiendo el coño con una polla que parece sacada de una película americana. ¿Es tan bueno como decías en esas noches de vino?
—Es mejor, joder —admitió Camila entre jadeos y carcajadas—. Me llega donde nadie había llegado y tú estás ahí abajo lamiendo como si fueras mi sujetadora personal. Roman, muévete más fuerte… quiero sentir cómo me levanta las tetas con cada golpe.
Roman obedeció, acelerando el ritmo hasta que los tres cuerpos sudorosos chocaban con un plaf húmedo y constante. Levantó a Camila un poco más alto contra la pared, usando las presas acolchadas como apoyo improvisado, y empezó a follarla con más fuerza. Petra se arrodilló otra vez y metió la cara entre los dos, lamiendo el clítoris de Camila y la base de la polla de Roman al mismo tiempo. Su propia mano no dejaba de masturbarse, los dedos entrando y saliendo de su coño con ruido audible.
El sudor les corría por la espalda, por el pecho, por los muslos. El olor a sexo era tan denso que parecía magnesio líquido. Camila sentía que el orgasmo regresaba, más intenso, pero Roman volvió a ralentizar, sacando la polla por completo esta vez. La dejó resbalar por los labios hinchados de ella y la frotó contra la cara de Petra, que abrió la boca encantada.
—Chúpala, escaladora sarcástica —ordenó Roman con humor en la voz—. Saboréate a tu amiga en mi polla. Camila, ponte de rodillas también. Quiero veros a las dos peleándoos por mi verga como si fuera la última presa de la ruta.
Las dos mujeres se arrodillaron en el tatami, hombro con hombro, desnudas y brillantes de sudor. Petra fue la primera en tragar la polla de Roman hasta donde pudo, sus labios estirados alrededor de la grosura oscura. Camila se dedicó a lamer los huevos pesados, metiéndose uno en la boca y tirando suavemente mientras miraba hacia arriba con picardía. Roman gruñó, apoyando una mano en cada cabeza rapada y morena respectivamente.
—Joder, qué bocas tenéis las españolas —rio él, la voz rota—. Petra, más garganta. Camila, lame más abajo… sí, ahí. Me estáis poniendo las pelotas como piedras. Si seguís así voy a llenaros las caras antes de que lleguemos a la segunda parte de la noche.
Camila levantó la vista y vio la polla de Roman desaparecer entre los labios de su mejor amiga, las venas palpitando bajo la piel negra y brillante de saliva. El contraste la ponía cardíaca. Pensó que nunca había estado tan cachonda en su vida: con veintiocho años, recién follada contra una pared de escalada y ahora compartiendo una polla enorme con Petra mientras el gimnasio podía iluminarse en cualquier momento con la llegada de alguien.
—Déjame a mí ahora —exigió Camila, empujando suavemente a Petra. Se metió la verga hasta el fondo de la garganta, sintiendo cómo la cabeza gruesa le abría el conducto. Las lágrimas le asomaron pero eran de pura risa y placer. Petra no se quedó quieta: se colocó detrás de Camila, le separó las nalgas y empezó a lamerle el culo sin vergüenza, metiendo la lengua en el agujero fruncido mientras le metía dos dedos en el coño.
El placer era casi insoportable. Camila gemía alrededor de la polla, vibraciones que hacían que Roman maldijera en inglés y soltara carcajadas roncas. Petra reía contra su culo, el aliento caliente y las burlas constantes.
—Estás chorreando por las dos partes, guarra. Tu culito sabe a pecado y a sudor de escalada. Roman, mírala: tiene la cara roja como una presa de color advertencia.
El trío se movió de nuevo hacia la pared. Roman tumbó a Petra de espaldas contra el tatami acolchado y la penetró de un solo empujón, arrancándole un grito de placer mezclado con risa. Camila se sentó sobre la cara de su amiga, frotando su coño empapado contra la boca de Petra mientras se inclinaba hacia delante para besar a Roman. La lengua de Petra era incansable: lamía el clítoris, metía la punta dentro del coño y subía hasta rozar el culo de Camila con cada movimiento de cabeza.
—Así, fóllate mi cara mientras él me abre el coño —jadeó Petra entre lametazos—. Joder, Roman, esa polla negra es ridícula… me estás llegando al útero y todavía te sobra. Camila, móntame más fuerte, quiero ahogarme en tu corrida.
Roman embestía a Petra con fuerza, sus caderas chocando contra los muslos tonificados de ella. Cada golpe hacía que las tetas pequeñas de Petra rebotaran y que su lengua se hundiera más en Camila. Los tres sudaban profusamente, los cuerpos brillando bajo las luces tenues del gimnasio. El humor no cesaba: Roman hacía comentarios sobre “rutas de dificultad extrema” y “agarrar bien la presa principal”, y las chicas respondían con insultos cariñosos y risas que se convertían en gemidos.
Camila sintió que el orgasmo ya no se podía contener. Empezó a temblar, apretando los muslos alrededor de la cabeza de Petra.
—Voy… voy a correrme en tu boca, Petra… ¡joder, sí!
Pero Roman se retiró de Petra de golpe, dejando a las dos mujeres al borde, frustradas y riendo de pura desesperación cachonda. Su polla palpitaba, brillante de jugos de ambas, y él se la agarró con una mano enorme, masturbándose lentamente mientras las miraba.
—Aún no, chicas —dijo con esa sonrisa lobuna, respirando agitado—. La noche es joven y el gimnasio sigue vacío… por ahora. Quiero que las dos estéis tan mojadas y desesperadas que cuando por fin os deje correros, tengamos que limpiar el tatami con manguera. ¿Qué ruta proponéis ahora? Porque yo tengo una idea que implica la parte más alta de la pared y vuestros culos al aire.
Camila y Petra se miraron, todavía temblando, coños palpitando y bocas abiertas en sonrisas sucias. El pulso les latía en la garganta, en las tetas, entre las piernas. Petra se pasó la lengua por los labios, saboreando los restos de Camila, y soltó una carcajada ronca.
—Pues subamos, entonces. Pero como nos dejes así otra vez, te ato a la pared con tu propio arnés y te follamos nosotras con lo que encontremos. Y el próximo que entre por esa puerta… que traiga más magnesio, porque vamos a necesitarlo.
Roman las ayudó a levantarse, sus manos enormes recorriendo culos y tetas con descaro. Los tres se acercaron a la base de la pared vertical real, la de doce metros, con las presas rojas y negras brillando bajo las luces de emergencia. La tensión sexual era tan espesa que casi se podía escalar en ella. Ninguno había terminado. Ninguno quería parar. Y la promesa de lo que harían cuando por fin llegaran “a la cima” flotaba en el aire cargado de sudor, risas y deseo interracial sin freno, dejando claro que la noche acababa de entrar en su fase más peligrosa y divertida.
Camila fue la primera en impulsarse hacia arriba, sus dedos morenos cerrándose con fuerza alrededor de una presa roja a un metro y medio de altura. El tatami quedaba ya lejos bajo sus pies descalzos, y el aire fresco del gimnasio le erizaba la piel sudorosa de la espalda. Roman, el instructor afroamericano de treinta y dos años, se quedó justo debajo de ella con esa sonrisa lobuna que le iluminaba la cara oscura. Sus manos enormes, negras y callosas, subieron por los muslos tonificados de la diseñadora gráfica de veintiocho años hasta ahuecarle el culo todavía marcado por las palmadas anteriores.
—Así no, española. Separa más las piernas o te vas a caer de culo encima de mi polla —bromeó él con esa voz grave que parecía vibrar directamente en el clítoris de Camila. Sus dedos gruesos separaron las nalgas morenas y uno de ellos presionó sin piedad contra el agujero fruncido de su culo, dibujando círculos lentos mientras ella jadeaba.
Petra, la escaladora sarcástica de veintinueve años, subió a su lado con agilidad felina, completamente desnuda salvo por el arnés que Roman le había ajustado de forma obscenamente innecesaria. Sus tetas pequeñas y firmes se balanceaban con cada movimiento, los pezones duros como puntas de magnesio. Miró hacia abajo y soltó una carcajada ronca al ver cómo Roman metía ya dos dedos en el coño chorreante de su amiga.
—Hostia, Roman, estás convirtiendo la ruta en un puto jacuzzi. Se oye el chapoteo desde aquí arriba —se burló Petra, pero su voz salió entrecortada porque el instructor había cambiado de objetivo y ahora le hundía los mismos dedos mojados en su propio coño, follándola con movimientos profundos y curvados que le hacían temblar las rodillas.
Camila giró la cabeza, el sudor perlando su escote y bajando entre sus tetas firmes. Sentía cada centímetro de esos dedos negros abriéndola, rozando ese punto que la volvía loca. Joder, si sigue así me corro colgando de la pared como una principiante, pensó, mordiéndose el labio para no gemir demasiado alto. El contraste de la piel negra de Roman contra su tono moreno la ponía cardíaca; parecía que la estaba marcando con cada roce.
Bajaron los tres casi al mismo tiempo, riendo como adolescentes pillados en falta. En cuanto sus pies tocaron el tatami, Roman los levantó a ambas sin esfuerzo, un brazo bajo cada culo. Las estampó contra la pared vertical acolchada, una al lado de la otra, con las piernas abiertas y los coños expuestos. Su polla, gruesa, venosa y de un negro profundo, palpitaba entre ellas como una promesa ridículamente grande.
—Primero tú, Petra. Quiero ver cómo te abre esa cara de sarcástica que tienes —gruñó Roman, posicionando la cabeza gruesa contra la entrada empapada de la escaladora de veintinueve años. Empujó de un golpe seco, empalándola hasta el fondo. Petra soltó un grito que se convirtió en carcajada, clavando las uñas en los hombros anchos del instructor.
—¡Me cago en la puta ruta negra! Esa polla tuya es como escalar un 8b con los ojos vendados —jadeó ella entre risas, moviendo las caderas para follarse la verga que la estiraba sin piedad. Cada embestida la levantaba un poco contra la pared, sus tetas pequeñas rebotando. Camila no se quedó quieta; se arrodilló entre las piernas de ambos y empezó a lamer alternativamente el clítoris hinchado de su amiga y los huevos pesados de Roman, saboreando la mezcla salada y dulce de sus fluidos.
El sonido era obsceno: el plaf húmedo de las caderas de Roman contra el culo de Petra, los gemidos entrecortados, las risas que se escapaban cada vez que alguien resbalaba un poco en el sudor del tatami. Camila pensó, mientras metía la lengua en el punto exacto donde la polla negra desaparecía dentro de su amiga, que nunca había sentido algo tan sucio y divertido a la vez. Petra está chorreando tanto que me está empapando la barbilla, y Roman se ríe como si estuviera ganando una competición.
Roman cambió de agujero sin aviso. Sacó la polla brillante de Petra y la metió de golpe en el coño de Camila, que seguía arrodillada pero ahora con el culo en pompa. La diseñadora gritó de placer, empujando hacia atrás con fuerza.
—Fóllame más fuerte, cabrón. Quiero que me dejes coja para la próxima escalada —exigió entre carcajadas que se rompían en gemidos altos. Roman la sujetó por las caderas con esas manos enormes, embistiendo con ritmo salvaje mientras Petra se tumbaba debajo de Camila y le devoraba el clítoris desde abajo, lamiendo también la base de la polla que entraba y salía sin parar.
Los tres formaban una torre de carne sudorosa y risas. El olor a sexo era tan denso que parecía que el magnesio había sido reemplazado por puro deseo. Petra metía dos dedos en su propio coño mientras lamía, gimiendo contra la carne caliente de su amiga. Roman alternaba: tres embestidas profundas en Camila, luego sacaba y se hundía en la boca de Petra, follándole la garganta con la polla empapada de jugos.
—Sois las dos escaladoras más guarras de Malasaña —rio Roman, la voz rota por el esfuerzo y el placer—. Una morena apretada y una sarcástica que traga como si fuera su presa favorita. Me voy a correr si seguís apretando así.
Camila sintió el orgasmo subir como una ruta imposible. Sus paredes internas se contrajeron alrededor de la polla negra, ordeñándola con fuerza mientras Petra le chupaba el clítoris sin piedad. Gritó, temblando de pies a cabeza, riendo y llorando al mismo tiempo de puro placer. Roman la sujetó para que no se cayera, pero no se detuvo. Sacó la polla y la dirigió hacia Petra, que abrió la boca ansiosa.
—Ahora tú, guapa. Córrete en mi cara mientras él te llena —pidió Camila, todavía jadeando.
Petra se subió encima de Roman, que se había tumbado en el tatami. Se empaló de golpe en esa verga enorme, cabalgándolo con furia, sus caderas girando en círculos amplios que hacían que sus tetas rebotaran. Camila se sentó sobre la cara del instructor, frotando su coño sensible contra su boca experta mientras besaba a Petra con hambre. Lenguas enredadas, saliva compartida, risas que vibraban entre sus bocas.
—Joder, Roman, tu lengua es casi tan grande como tu polla —gimió Camila, moviéndose contra su cara. Petra aceleró el ritmo, follándose la verga con embestidas brutales, el chapoteo resonando en el gimnasio vacío.
El orgasmo las pilló casi al mismo tiempo. Petra se contrajo violentamente alrededor de la polla de Roman, gritando contra la boca de Camila mientras chorros calientes de su corrida empapaban el abdomen negro del instructor. Roman gruñó, levantó las caderas y explotó dentro de ella, llenándola con chorros espesos y calientes que desbordaron por los lados. Camila, sintiendo las vibraciones de los gemidos de Roman contra su clítoris, se corrió por tercera vez esa noche, inundando la cara oscura del hombre con sus jugos.
Los tres se derrumbaron en un montón sudoroso y pegajoso sobre el tatami, respirando agitados, riendo entre jadeos entrecortados. Roman pasó una mano por el culo de cada una, acariciando con ternura ahora que el fuego bajaba. Camila cogió una toalla cercana y limpió con cariño la polla semierecta de Roman, besando la cabeza sensible mientras Petra lamía los restos de semen que chorreaban por sus propios muslos.
—Esto ha sido la mejor escalada de mi vida —murmuró Petra, besando el hombro de Camila con una sonrisa satisfecha—. Repetimos la semana que viene, pero traemos cuerdas de verdad para atarnos a la pared.
Roman soltó una carcajada grave y profunda, incorporándose para darles un beso a cada una, saboreando el sabor mezclado de las tres bocas.
—Sois increíbles, joder. Dos españolas cachondas que saben cómo agarrar bien.
Se vistieron entre bromas, recolocando ropa rasgada y arneses, robándose besos y palmadas en el culo. El gimnasio seguía en silencio, las luces de emergencia tiñendo todo de naranja. Cuando llegaron a la puerta, Camila se detuvo un segundo, mirando a sus compañeros con una sonrisa secreta que solo ella entendía. Petra y Roman jamás sospecharían que ella había planeado cada detalle de esa tarde desde hacía semanas: había sido ella quien le contó a Petra exactamente a qué hora aparecería, quien le había dicho a Roman que la ruta sería perfecta para “practicar agarres mutuos”, y quien había cerrado la puerta principal con llave antes de empezar. Todo para que el roce accidental se convirtiera en esto. El secreto de que la española de veintiocho años había orquestado su propia orgía interracial la hizo sonreír mientras salían al fresco de Malasaña, el pulso todavía latiéndole entre las piernas y la promesa de más noches verticales flotando en el aire.
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