Cuerdas que Despiertan el Deseo
Vanessa, una ejecutiva de 32 años, le entrega a Gideon las cuerdas de seda para que la ate, azote y folle sin piedad toda la noche.
Vanessa cerró la puerta del apartamento con el hombro, el bolso todavía colgando de un brazo y el corazón latiéndole en la garganta. Tenía treinta y dos años, llevaba el traje sastre gris aún puesto después de la última reunión, y el olor a su propio perfume mezclado con el cansancio del día no lograba disimular lo que llevaba entre las piernas desde hacía una semana: una humedad constante, una expectación que los mensajes de Gideon habían ido alimentando frase a frase. Él ya estaba dentro. Treinta y cinco años, hombros anchos bajo la camisa negra arremangada, esa mirada que la desnudaba sin tocarla. El dominante con el que llevaba meses explorando límites y al que esta noche le iba a entregar todo.
—Te estaba esperando —dijo él, sin sonreír del todo—. Quítate los zapatos.
Ella obedeció. Los tacones cayeron junto a la entrada. Del bolso sacó el ovillo de cuerdas de seda negra que había comprado ella misma, la textura suave y fría contra la palma. Se las tendió sin dramatismo, aunque la voz se le quebró un poco al susurrar:
—Quiero que me ates. Que me uses sin piedad toda la noche. Por favor, Gideon. Hazlo.
Él tomó las cuerdas. Las sopesó, las pasó entre los dedos como si midiera el peso exacto de su rendición. Se acercó, le rodeó la cintura con una mano y le besó el cuello, despacio, oliéndola.
—Dilo otra vez. Más claro.
—Átame. Azótame. Fóllame hasta que no pueda pensar. Soy tuya esta noche.
La tensión le subió por la espalda como un escalofrío eléctrico. Gideon la guió hacia el dormitorio. La luz de la mesilla era baja, cálida; la cama grande, con cabecero de madera maciza y sábanas ya retiradas. Él se detuvo delante de ella y empezó a desabrocharle la chaqueta del traje, botón a botón, sin prisa. El blazer cayó al suelo. Después la blusa, abriéndola hasta dejar al aire el sujetador negro de encaje que ella había elegido sabiendo que él lo destrozaría con la mirada. Vanessa respiraba por la boca. Sentía el coño latirle, los labios hinchados dentro de las bragas.
—Qué puta tan lista, vistiéndote de ejecutiva todo el día y viniendo a casa solo para que te trate como lo que eres —murmuró él, rozándole un pezón por encima de la tela—. Digelo.
—Soy tu puta —respondió ella, la voz ronca—. Quiero que me desnudes del todo.
Gideon le bajó la falda. El cierre crujió. La tela se deslizó por las caderas y ella quedó en lencería y medias. Él se arrodilló un instante para bajarle las bragas con los pulgares, despacio, dejando que el olor de su coño mojado le subiera a la cara. Vanessa se estremeció. Él le separó un poco los labios con dos dedos y vio el brillo espeso que ya le corría por el muslo interior.
—Empapas la ropa interior como una perra en celo. Perfecto.
La hizo subirse a la cama. La acomodó de espaldas, rodillas abiertas. Tomó la primera cuerda de seda negra y le rodeó una muñeca, el nudo firme pero cuidado, la seda brillante contrastando con su piel. La pasó por el cabecero y ató la otra muñeca igual, tirando hasta que los brazos de Vanessa quedaron estirados por encima de la cabeza, los pechos levantados, la espalda arqueada a medias. Ella tiró una vez, probando. El roce de la seda le quemaba de gusto.
—Más fuerte —pidió, casi gimiendo—. Quiero sentir que no puedo escapar. Trátame como tu puta atada. Dime lo que soy.
Gideon sonrió con los dientes. Ajustó los nudos, otro tirón, y las muñecas le quedaron perfectamente inmóviles. Después bajó a los tobillos. Le abrió las piernas del todo, hasta que los tendones de la ingle tiraron, y ató cada tobillo al borde de la cama con lazadas dobles, la seda rodeándole el hueso y la carne. Vanessa quedó expuesta: coño abierto, labios hinchados y brillantes, el culo ligeramente levantado por la tensión de las cuerdas. Se retorció, no para huir, sino para sentir cómo la seda le mordía la piel.
—Mírame —ordenó él—. Estás completamente abierta. Vulnerable. Cualquiera podría follarte ahora y no podrías hacer nada. Eso es lo que querías, ¿verdad, puta?
—Sí… joder, sí. Más. Degrádame. Dime que soy solo un agujero para ti.
Él se inclinó sobre ella, le pellizcó un pezón y luego le dio una palmada seca en la cara interior del muslo. Vanessa gimió. Gideon se incorporó a un lado de la cama, le rodeó una nalga con la mano y la azotó con la palma abierta. El sonido fue húmedo, carnoso. Ella saltó contra las cuerdas, el coño contrayéndose a la vista.
—Cuenta.
—Uno…
Otra azotaina, más fuerte, en la otra nalga. La piel empezó a enrojecer.
—Dos… joder, Gideon…
Él no se detuvo. Palmadas firmes, rítmicas, alternando nalgas hasta que el ardor se le extendió por todo el culo. Vanessa se retorcía, la saliva reuniéndosele en la comisura de los labios, el clítoris tan duro que creía que iba a reventar solo de aire. Entonces la mano de él bajó y le dio una palmada directa en el coño. El golpe húmedo resonó. Ella gritó un gemido largo, las caderas empujando hacia arriba en un reflejo inútil.
—Otra —suplicó—. Azótame el coño otra vez. Trátame como tu puta sucia. Dime que no valgo para otra cosa que para chorrear y abrir las piernas.
—Eres una zorra ejecutivita que pasa el día mandando y por la noche solo sirve para que le aten las extremidades y le magullen el coño —gruñó él, y le propinó tres palmadas seguidas en los labios hinchados, el golpeteo salpicando un poco de su propio jugo—. Mira cómo chorreas. Estás empapando las sábanas. Qué asco tan rico das.
Cada golpe le mandaba una descarga blanca a la base del cráneo. Vanessa tiraba de las muñecas, la seda cantándole contra la piel, los tobillos inmóviles, las piernas abiertas a la fuerza. El ardor del culo se mezclaba con el del coño azotado; sentía el clítoris latir, los labios escocerle, y aun así empujaba la pelvis hacia la siguiente palmada. Gideon le separó los pliegues con dos dedos y le dio otra cachetada precisa sobre el botón hinchado. Ella gimió tan alto que la voz se le quebró.
—Por favor… te lo ruego… fóllame. Métimela ya. Necesito tu polla. Úsame. Rómpeme.
Él se pasó la mano por el bulto duro dentro del pantalón, sin abrirse aún del todo, solo dejándole ver el contorno grueso mientras le acariciaba el coño abierto con la yema de los dedos, recogiendo el hilo transparente que le colgaba y llevándoselo a la boca de ella.
—Chupa. Prueba lo puta que estás.
Vanessa chupó sus propios jugos de los dedos de él, la lengua sucia, los ojos vidriosos. Seguía atada, pechos subiendo y bajando, el culo y el coño ardiendo, el hueco entre las piernas palpitándole con cada latido. Gideon se inclinó y le mordió un pezón, tirando hasta que ella chilló de placer.
—Todavía no —dijo él contra su piel—. Primero voy a dejarte tan desesperada que me lo vas a rogar con lágrimas. Quiero oírte pedir que te folle como a una perra atada mientras te azoto otra vez. Pídelo bien.
Ella se arqueó lo que las cuerdas le permitían, el coño contrayéndose en el aire vacío, la voz ya rota de ganas:
—Gideon… te lo suplico… azótame otra vez y después fóllame sin piedad. Úsame toda la noche. Soy tu puta. Estoy abierta y mojada y atada solo para ti. Métimela. Por favor, joder, fóllame…
Él le dio una última palmada seca, profunda, justo en el centro de su coño chorreante, y el sonido húmedo llenó el cuarto mientras Vanessa se sacudía contra la seda negra, el orgasmo rozándole los bordes sin caer del todo, el cuerpo temblando de necesidad absoluta, las cuerdas tensas, la noche apenas empezando y su ruego todavía colgando entre los dos como otra atadura.
Gideon se quitó la camisa de un tirón y abrió el pantalón. La polla le saltó gruesa, venosa, ya goteando por la punta. Vanessa lo miró con la boca entreabierta, las pierdas todavía abiertas a la fuerza por la seda, el coño rojo e hinchado de los azotes anteriores. Él se colocó entre sus muslos, agarró las cuerdas de los tobillos y tiró de ellas hacia afuera, abriéndola todavía más hasta que los tendones le crujieron de placer.
—Ahora sí, puta —gruñó, y se clavó de un solo embiste hasta el fondo.
Vanessa gritó. La polla le abrió el coño de golpe, estirándola, rozándole el punto profundo que le hacía ver estrellas. Gideon no le dio tiempo a acostumbrarse: empezó a follarla con fuerza, embestidas largas y brutales, sacando casi toda la verga y volviendo a enterrarla hasta que los huevos le golpeaban el culo. Cada vez que entraba a fondo tiraba de las cuerdas de las piernas, manteniéndola abierta como un insecto clavado, y entre embestida y embestida le azotaba los pechos con la palma abierta. El sonido era seco, carnoso; los pezones le ardían, se le ponían duros y rojos bajo los golpes.
—Joder… más fuerte… azótame las tetas mientras me follas —jadeó ella, arqueándose lo que las muñecas le permitían—. Úsame, Gideon. Rómpeme el coño.
Él obedeció. Palmada en el pecho izquierdo, embestida profunda. Palmada en el derecho, otra embestida que le sacó el aire. El coño de Vanessa hacía ruidos obscenos, chapoteando, chorreando por el culo y empapando las sábanas. Ella tiraba de las muñecas, la seda dejándole marcas ya rojas, y cada vez que él le magullaba un pecho sentía el clítoris latirle contra la base de la polla.
—Mira cómo te abres —dijo él, sudando, el pelo pegado a la frente—. Ejecutiva de mierda de día y agujero chorreante de noche. Dime qué eres.
—Tu puta… tu puta atada… fóllame más duro, por favor…
Gideon cambió el ángulo, agarró ambas cuerdas de los tobillos a la vez y las tiró hacia arriba, doblándola casi por la mitad mientras la martilleaba. Las tetas le rebotaban con cada golpe; él las azotaba otra vez, más fuerte, hasta que la piel le ardía y ella sollozaba de puro gusto. El orgasmo le rozaba otra vez, pero él se salió de repente, dejándola vacía y gemiendo.
Desató los tobillos con movimientos rápidos, le soltó una muñeca y la otra, pero no del todo: le dejó las muñecas atadas entre sí por delante. La giró de un manotazo, la puso a cuatro patas y le volvió a atar las muñecas al cabecero, estirándole los brazos hacia delante. El culo de Vanessa quedó en alto, las nalgas todavía marcadas de rojo, el coño goteando un hilo grueso hasta el colchón.
Él se arrodilló detrás, le agarró el pelo con un puño y le enterró la polla de un solo empujón hasta que le tocó el fondo del útero. Vanessa aulló. Gideon tiró de su cabello hacia atrás, obligándola a arquearse, y empezó a follarla por detrás como un animal, las caderas chocando contra su culo con un ruido húmedo y brutal.
—Grita lo que eres —ordenó, dándole una palmadota en la nalga derecha—. Ahora.
—¡Soy tu puta atada! —chilló ella, la voz rota—. ¡Soy tu puta atada, Gideon! ¡Fóllame el coño, azótame, úsame!
Él le azotó la otra nalga, otra, otra, el ardor extendiéndose mientras la polla entraba y salía a un ritmo salvaje. Con la mano libre le separó una nalga y le metió dos dedos en el culo de golpe, sin lubricante más que su propio jugo. Vanessa se tensó y después se derritió, empujando hacia atrás para clavárselos más profundo. Los dedos le follaban el culo al mismo ritmo que la verga le destrozaba el coño; el pelo le tiraba del cuero cabelludo; las nalgas le ardían.
—Otra vez. Más alto.
—¡Soy tu puta atada! ¡Mételos más hondo! ¡Azótame mientras me follas el culo con los dedos! ¡Joder, soy solo tu agujero!
Gideon le dio tres azotes seguidos, duros, y aceleró. La doble penetración la volvió loca: el coño contrayéndose en espasmos, el culo apretándole los dedos, el clítoris rozando el aire cada vez que él la empujaba hacia delante. El orgasmo le explotó de repente, violento, blanco. Vanessa gritó sin palabras, el cuerpo sacudiéndose, el coño exprimiéndole la polla en oleadas, chorreando hasta mojarle los huevos a él. Él no paró. La folló a través del orgasmo, los dedos torciéndose dentro de su culo, hasta que ella lloriqueó de hipersensibilidad y de puro éxtasis.
Solo entonces se corrió. Se clavó hasta el fondo, gruñó como un perro y se vació dentro de ella a chorros calientes y densos. Vanessa lo sintió latir, llenándola, el semen caliente mezclándose con sus propios jugos y resbalando por los muslos cuando él se salió despacio.
Se quedó un momento detrás de ella, respirando agitados los dos. Después empezó a desatarla con cuidado. Deshizo los nudos de las muñecas, le acarició las marcas rojas que la seda había dejado en la piel, le besó cada roja línea. La giró con suavidad, la acostó de lado y le masajeó los tobillos, las muñecas, los muslos interiores donde la cuerda había apretado. Vanessa temblaba todavía, el coño abierto y goteando semen, los pechos marcados, el culo ardiendo de forma deliciosa.
Él se recostó y la atrajo contra su pecho. Ella le besó la piel sudada, el pezón, la clavícula, todavía con la respiración entrecortada.
—La próxima vez… —susurró ella contra su piel, la voz ronca y satisfecha— la próxima vez seré yo quien te ate a ti. Quiero verte inmóvil, quiero azotarte yo, quiero montarte hasta que me ruegues. ¿Te atreves, Gideon?
Él rio bajo, el pecho vibrándole contra su mejilla, y le apretó la cintura. Se besaron profundo, lenguajes lentas, sabiendo a sexo y a promesa. Las cuerdas de seda negra quedaban enredadas en la sábana, todavía calientes del uso. El juego apenas empezaba.
Vanessa levantó la cabeza, los ojos brillantes, y le sonrió con malicia mientras le mordisqueaba el labio inferior:
—¿Me dejas atarte la polla con seda la próxima noche y follarte la boca hasta que te corras sin tocarte, o te da miedo ser mi puto sumiso?
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