Un Último Beso Antes de Partir
Dos amigas adultas, Lucía de 34 y Sofía de 31, se dan un último polvo lésbico apasionado antes de que una se vaya a Canadá.
La luz del mediodía caía como miel líquida sobre la terraza de la villa costera, donde el mar Mediterráneo lamía las rocas con un rumor constante. Lucía, arquitecta de treinta y cuatro años cuya firma acababa de firmar un contrato de tres años en Canadá, permanecía de pie junto a la barandilla de madera clara, con el viento cálido pegando la fina blusa de lino a sus pechos. Sabía que en cinco días subiría a un avión y todo esto —el olor a romero, el calor de la piedra, la mujer que ahora la observaba desde la puerta— quedaría atrás.
Sofía, chef de treinta y un años y dueña del restaurante más cotizado de la costa, cruzó la terraza con pasos lentos y deliberados. Llevaba una falda de gasa color arena que se movía con la brisa y una blusa sin mangas que dejaba ver la curva suave de sus hombros bronceados. En las manos traía una botella de tempranillo y dos copas. Sus miradas se encontraron y, sin necesidad de palabras, el aire se espesó. Ambas conocían el motivo real de aquella cita. No era solo una despedida educada. Era el último permiso que se concedían para devorarse.
—Lucía… —la voz de Sofía sonó más grave de lo habitual—. No voy a fingir que solo he venido a desearte buen viaje.
Lucía se giró por completo. Sus ojos oscuros recorrieron el cuerpo de su amiga con hambre descarada. Recordaba cada centímetro: la forma en que los pezones de Sofía se endurecían con solo un soplo de aliento, el sabor salado de su nuca después de cocinar todo el día, el modo exacto en que su coño se contraía alrededor de los dedos cuando estaba a punto de correrse.
—Yo tampoco quiero fingir —respondió, dando un paso hacia ella—. Llevo semanas intentando convencerme de que esto que sentimos ya pasó. Pero cada vez que cierro los ojos te veo debajo de mí, gimiendo mi nombre. Y ahora que me voy… solo quiero un último beso. Uno que no termine hasta que las dos estemos temblando y empapadas.
Sofía dejó la botella y las copas sobre la mesa de hierro forjado. El tintineo del vidrio sonó como una campana de inicio. Se acercó hasta que sus pechos casi se rozaron.
—Entonces no lo llames beso —susurró, con los labios a un centímetro de los de Lucía—. Llámale lo que siempre fue: un polvo de despedida. Duro. Largo. Sin prisas. Y las dos sabemos que lo queremos.
Lucía sintió que el calor se le concentraba entre las piernas. Asintió una sola vez, consciente y completamente sobria. Ninguna estaba bebida. Ninguna necesitaba excusas. Solo deseaban.
Sirvieron el vino. Bebieron la primera copa casi sin hablar, mirándose por encima del borde. Sofía se pasó la lengua por el labio inferior recogiendo una gota y Lucía siguió el movimiento con tanta intensidad que se le escapó un suspiro. La segunda copa la compartieron más cerca, sentadas en el mismo banco de madera. Los muslos se tocaban. Las manos se encontraban al dejar las copas. Un roce en la rodilla. Otro en la cintura. Hasta que Sofía ya no aguantó más.
—Dime cuánto has extrañado mi cuerpo —exigió en voz baja, inclinándose hasta que sus alientos se mezclaron.
Lucía tragó saliva. Su mano subió por el muslo de Sofía, metiéndose bajo la falda sin pedir permiso.
—He extrañado tus tetas en mi boca, el peso de tu culo cuando te sientas encima de mí, el sabor de tu coño cuando estás tan mojada que me chorreas en la lengua. He extrañado cómo gritas cuando te meto dos dedos y te chupo el clítoris al mismo tiempo. Y sobre todo… he extrañado la cara que pones cuando te corres sabiendo que soy yo quien te lo provoca.
Sofía gimió bajito. Sus labios se estrellaron contra los de Lucía con toda la hambre acumulada de meses. El beso fue inmediato, profundo, casi violento. Lenguas que se buscaban, dientes que mordían con cuidado, saliva compartida. Las manos de Sofía se colaron bajo la blusa de Lucía y encontraron sus pezones ya duros como guijarros. Los pellizcó, los rodó entre sus dedos, tirando lo justo para arrancarle un gemido ronco que vibró dentro de su boca.
—Joder, Lucía… estás empapada, lo noto en tu respiración —jadeó Sofía contra sus labios mientras su otra mano bajaba y tiraba de la falda de Lucía hacia arriba, buscando el calor entre sus muslos.
Lucía respondió tirando de la cinturilla de la falda de Sofía, desabrochando el botón con dedos torpes por la urgencia. Se besaban como si el mundo fuera a desaparecer en cualquier momento. Los gemidos se mezclaban con el sonido lejano de las olas. Las copas de vino quedaron olvidadas sobre la mesa, balanceándose peligrosamente.
—Adentro —ordenó Lucía con voz temblorosa—. Ahora. No quiero que la primera vez que te corras sea aquí. Quiero que sea en mi boca.
Casi corrieron hacia el dormitorio. La puerta se cerró de un golpe. La ropa empezó a desaparecer entre besos desesperados. Sofía empujó a Lucía sobre la enorme cama blanca y se arrodilló entre sus piernas abiertas. No hubo preliminares suaves. Bajó la cabeza y pasó la lengua entera por el coño ya brillante de Lucía, recogiendo sus jugos con un gemido de pura satisfacción.
—Qué rica estás… siempre tan dulce cuando estás cachonda —murmuró antes de cerrar los labios alrededor del clítoris hinchado y chupar con devoción.
Lucía arqueó la espalda, clavando los talones en el colchón. Sus manos se enredaron en el cabello oscuro de Sofía, empujándola más cerca.
—Así… lame más fuerte. Méteme los dedos, por favor.
Sofía obedeció. Dos dedos gruesos se hundieron en el coño empapado de Lucía hasta el fondo, curvándose, follándola con ritmo preciso mientras su lengua no dejaba de atormentar el clítoris. El sonido era obsceno: húmedo, chupón, lleno de gemidos ahogados. Lucía sentía cada lametón como una descarga eléctrica que le subía por la columna. Pensaba, entre oleadas de placer, que nunca nadie la había comido el coño como Sofía. Nadie conocía ese punto exacto donde la presión y la succión la volvían loca.
—Voy a correrme si sigues así… —advirtió entre jadeos.
Pero Sofía no se detuvo. Al contrario, aceleró, follando más rápido con los dedos mientras succionaba el clítoris como si quisiera tragárselo. Lucía estalló con un grito agudo, las paredes de su coño contrayéndose alrededor de los dedos de Sofía, inundándole la boca con un chorro caliente.
Apenas había terminado de temblar cuando Lucía se incorporó, agarró a Sofía por los hombros y la giró. La colocó a cuatro patas sobre la cama, con la falda subida hasta la cintura y las bragas arrancadas de un tirón. El culo redondo y perfecto de Sofía quedó expuesto, el coño hinchado y brillante, el ano fruncido invitándola.
Lucía no esperó. Se agachó y pasó la lengua desde el clítoris hasta el culo en una larga lamida posesiva. Luego se concentró en follarla con la lengua, penetrando el coño todo lo que podía mientras su pulgar presionaba el ano, entrando apenas, abriéndola.
—Te encanta que te coman el culo, ¿verdad? —gruñó Lucía contra la carne caliente—. Dímelo.
—Sí… joder, sí. Méteme el dedo mientras me lames —suplicó Sofía, empujando hacia atrás, ofreciéndose sin vergüenza.
Lucía introdujo el dedo corazón en el culo apretado de su amante hasta el segundo nudillo, moviéndolo al mismo ritmo que su lengua dentro del coño. Sofía gemía como una posesa, el rostro hundido en las sábanas, el culo moviéndose en círculos buscando más profundidad.
El placer de las dos crecía otra vez, imparable. Lucía se tumbó de espaldas y tiró de Sofía hasta colocarla encima en posición de sesenta y nueve. Sus bocas atacaron los coños al mismo tiempo. Lucía estaba arriba, dominando, frotando su coño contra la cara de Sofía mientras devoraba el de ella con lametones largos y agresivos. Sofía, debajo, se sometía con gusto, chupando el clítoris de Lucía con hambre sumisa, metiendo dos dedos otra vez en su coño y follándola sin piedad.
Se comían mutuamente con pasión salvaje y consentida. Gemidos vibraban contra la carne sensible. Culos y caderas se movían en un ritmo perfecto. El dormitorio olía a sexo, a sudor femenino y a vino derramado en la terraza lejana.
Sofía fue la primera en romperse. Su orgasmo la atravesó como un rayo; gritó contra el coño de Lucía mientras sus jugos le inundaban la boca. El sabor y los temblores empujaron a Lucía al borde. Se corrió con fuerza, apretando los muslos alrededor de la cabeza de Sofía, gimiendo su nombre como una plegaria rota.
Quedaron temblando, exhaustas, con las caras brillantes de fluidos y las respiraciones agitadas. Lucía se giró, se colocó junto a Sofía y besó suavemente sus labios hinchados por los besos y los gemidos. Sus ojos se encontraron. Había ternura, sí, pero también un fuego que aún no se había apagado del todo.
—Sofía… —susurró contra su boca, acariciándole la mejilla con el pulgar—, esto no ha sido suficiente. Ni de lejos. Aún te siento en cada centímetro de mi piel y ya quiero más. Quiero que me folles otra vez antes de que caiga la noche. Quiero que uses ese strap-on que guardas en el cajón y que me abras mientras me miras a los ojos. Dime que tú también lo necesitas… porque si solo tenemos unos días, pienso aprovechar cada hora que nos quede para que me lleves al límite una y otra vez.
Sofía sonrió con los labios aún temblorosos, los ojos brillantes de deseo renovado. Sus dedos bajaron lentamente por el vientre de Lucía, rozando de nuevo su coño sensible.
—Entonces no te vistas todavía… porque esto solo acaba de empezar.
Sofía sonrió con los labios aún temblorosos, los ojos brillantes de deseo renovado. Sus dedos bajaron lentamente por el vientre de Lucía, rozando de nuevo su coño sensible.
—Entonces no te vistas todavía… porque esto solo acaba de empezar.
Lucía exhaló un suspiro entrecortado cuando aquellos dedos expertos separaron sus labios hinchados y encontraron el calor resbaladizo que aún palpitaba después de los orgasmos previos. A sus treinta y cuatro años, como arquitecta que acababa de cerrar un contrato de tres años en un estudio de Vancouver, sentía que su cuerpo ya no le pertenecía del todo; era de Sofía, de esa chef de treinta y un años cuya mano sabía exactamente cómo tocarla para que el mundo se redujera a gemidos y humedad. El dedo corazón de Sofía se hundió despacio, girando dentro de ella, mientras el pulgar presionaba el clítoris con esa presión perfecta que siempre la deshacía.
—Quiero que me uses hasta que duela de lo rico que es —susurró Lucía, mirándola directamente a los ojos oscuros. En su mente solo había espacio para el ahora: el olor a sexo que impregnaba la habitación, el sabor salado que aún tenía en la lengua de haber devorado el coño de Sofía, y la certeza de que en cinco días subiría a ese avión dejando atrás la única persona que conseguía hacerla correrse con solo mirarla.
Sofía sacó los dedos brillantes y se los llevó a la boca, lamiéndolos con lentitud deliberada mientras sonreía con malicia. Se levantó de la cama con ese andar felino que siempre volvía loca a Lucía, las caderas balanceándose, el culo redondo y firme marcando cada paso. Abrió el cajón de la mesilla y sacó el arnés de cuero negro que guardaban solo para ellas. La polla de silicona gruesa, venosa y ligeramente curvada hacia arriba, se balanceó cuando Sofía se lo ajustó alrededor de las caderas. Apretó las correas contra sus muslos bronceados, asegurándose de que la base presionara justo sobre su propio clítoris. Lucía se incorporó sobre los codos, las piernas abiertas, tocándose perezosamente mientras observaba el espectáculo. Ver a Sofía así, equipada y lista para follársela, le provocaba un nudo de anticipación en el estómago.
—Ven aquí y métemela —pidió Lucía con voz ronca—. Quiero que me folles mirándome a los ojos, como te pedí. Que no quede ni un centímetro de mí que no sientas tuyo antes de que me vaya.
Sofía gateó sobre el colchón hasta colocarse entre sus muslos. Tomó la polla gruesa con una mano y la frotó arriba y abajo por el coño empapado de Lucía, golpeando el clítoris con la cabeza ancha cada vez que subía. El sonido era obscenamente húmedo, un chapoteo constante que hacía que ambas respiraran más rápido. Lucía levantó las caderas, impaciente, pero Sofía la sujetó por las caderas y la mantuvo quieta.
—Pídemelo bien —exigió la chef, inclinándose hasta que sus tetas rozaron las de Lucía—. Dime exactamente cómo quieres que te abra ese coño tan rico que tienes.
—Quiero que me folles fuerte y profundo —jadeó Lucía, las mejillas ardiendo—. Quiero sentir cómo esa polla gruesa me abre, cómo me llenas hasta el fondo y me haces chorrear otra vez. Fóllame como si quisieras que me acuerde de ti cada vez que me siente en Canadá.
Sofía empujó entonces, despacio al principio, dejando que la cabeza ancha separara los labios y se hundiera centímetro a centímetro. Lucía sintió cada relieve de la silicona estirándola, abriéndola, ocupando todo el espacio dentro de ella. Cuando la polla estuvo completamente enterrada, Sofía se detuvo un segundo, pelvis contra pelvis, y la miró fijamente. Luego empezó a moverse. Embistidas largas, controladas, que sacaban casi toda la longitud solo para volver a clavarla con un golpe seco que hacía rebotar las tetas de Lucía.
El ritmo aumentó. La cama crujía con cada impacto. Sofía se inclinó más, apoyando las manos a ambos lados de la cabeza de Lucía, y la besó con lengua mientras sus caderas seguían follándola sin piedad. El sudor les corría por la espalda. Los gemidos de Lucía se volvieron más agudos, entrecortados. Sentía la polla curvada rozando exactamente ese punto que la volvía loca, y la base del arnés golpeando su clítoris hinchado con cada embestida.
—Así… joder, así… no pares —suplicó Lucía, clavando las uñas en la espalda de Sofía. En su cabeza solo repetía una frase: “Esto no puede terminar nunca. No todavía.”
Sofía cambió de posición sin salir de ella. Se incorporó, sujetó las piernas de Lucía contra su pecho y empezó a follarla desde arriba, más profundo, más salvaje. El sonido de sus pelvis chocando era constante, húmedo, obsceno. Lucía sentía cómo sus jugos le corrían por el culo, mojando las sábanas. El orgasmo se le estaba formando como una ola gigantesca que no podía detener.
—Me corro… Sofía, me corro en tu polla —gritó.
El cuerpo de Lucía se tensó entero. Su coño se contrajo violentamente alrededor de la silicona gruesa, apretándola, ordeñándola. Un chorro caliente salió de ella, empapando el arnés y el vientre de Sofía. Sofía siguió follándola a través del orgasmo, más lento pero profundo, prolongando cada contracción hasta que Lucía quedó temblando, sin aliento, con los ojos vidriosos.
Apenas le dio tiempo a recuperarse cuando Sofía se retiró. La polla salió con un sonido mojado y Lucía sintió un vacío inmediato que la hizo gemir de protesta. Sofía se quitó el arnés rápidamente, lo lanzó a un lado y se lo tendió a Lucía con una mirada que no admitía discusión.
—Ahora tú. Quiero que me folles tú. Quiero sentir cómo me abres mientras piensas que es la última vez que me tienes así.
Lucía se colocó el arnés con manos temblorosas de excitación. La base presionaba directamente sobre su clítoris aún sensible y eso la hizo morderse el labio. Sofía se puso a cuatro patas, ofreciéndole el culo perfecto y el coño hinchado, brillante de sus propios jugos y los de Lucía. Esta última no perdió tiempo. Se arrodilló detrás, agarró las caderas de Sofía y frotó la polla contra su entrada antes de hundirla de un solo golpe hasta el fondo.
Sofía soltó un grito gutural, empujando hacia atrás para tomarla entera. Lucía empezó a follarla con fuerza, viendo cómo la polla desaparecía entre aquellos labios hinchados y reaparecía brillante. Cada embestida hacía temblar la carne del culo de Sofía. Le dio un par de palmadas sonoras que dejaron marcas rojas y eso solo hizo que Sofía gimiera más alto y pidiera más.
—Más fuerte… rómpeme ese coño, Lucía. Quiero llevarme tus marcas cuando te vayas.
Lucía aceleró, follándola con un ritmo brutal y preciso. Una mano bajó para frotar el clítoris de Sofía mientras la polla entraba y salía sin descanso. El dormitorio se llenó de gemidos, del sonido húmedo de la carne siendo follada, del olor espeso a coños excitados y sudor femenino. Lucía sentía que la base del arnés la estaba llevando otra vez al borde, frotando su clítoris hinchado con cada golpe.
Sofía fue la primera en correrse esta vez. Su espalda se arqueó, el coño se cerró como un puño alrededor de la polla y un chorro caliente salió disparado, mojando los muslos de Lucía y las sábanas. Gritó el nombre de Lucía como si fuera una maldición y una plegaria al mismo tiempo. El sonido y la presión llevaron a Lucía al límite. Se corrió con un gemido ronco, presionando el arnés contra su propio clítoris mientras seguía clavando la polla en el coño convulsionante de Sofía.
Cayeron de lado, aún unidas por el arnés, respiraciones agitadas, cuerpos sudorosos pegados. Lucía besó la nuca de Sofía, lamiendo el sudor salado, pero sus manos no se quedaron quietas. Sus dedos bajaron por la curva del culo de su amante y empezaron a rodear el ano fruncido que había jugado antes.
—No hemos terminado ni de lejos —murmuró contra su oreja, la voz todavía ronca de placer—. Quiero follarte el culo con esa polla mientras me miras por encima del hombro… y después quiero que me lo hagas tú a mí en la terraza, donde cualquiera podría vernos si se acerca. Dime que también lo estás imaginando, porque aún me queda fuerza para que me lleves al límite tres veces más antes de que amanezca.
Sofía giró la cabeza, capturó su boca en un beso sucio y profundo, y empujó el culo contra los dedos de Lucía que seguían jugando.
—Entonces date la vuelta y tráeme el lubricante del cajón… porque pienso abrirte de todas las formas posibles antes de que ese avión te aleje de mí. Y aún no hemos sacado los juguetes más grandes.
Lucía obedeció con el pulso acelerado, girándose hacia la mesilla mientras el calor entre sus piernas crecía de nuevo como una marea imparable. A sus treinta y cuatro años, con la firma de arquitectos esperándola en Vancouver, sentía que cada movimiento era una cuenta atrás que solo avivaba el fuego. Sacó el frasco de lubricante y se lo entregó a Sofía, que seguía arrodillada sobre la cama con el arnés todavía ajustado a sus caderas anchas. La chef de treinta y un años lo tomó con una sonrisa lenta, peligrosa, y vertió una generosa cantidad sobre sus dedos y sobre la polla de silicona gruesa que se erguía entre sus muslos.
—Date la vuelta y ábrete para mí —ordenó Sofía con esa voz grave que siempre conseguía humedecerla al instante.
Lucía se colocó de rodillas, el torso pegado al colchón, y separó las nalgas con ambas manos, ofreciéndole el ano fruncido que ya palpitaba de anticipación. Sintió primero el aliento caliente de Sofía sobre su piel, luego la lengua ancha y húmeda que lamió desde su coño chorreante hasta el borde apretado de su culo. El gemido que escapó de su garganta fue largo y roto. Sofía lamió con dedicación, saboreándola, ablandándola con la punta de la lengua mientras sus dedos lubricados empezaban a presionar.
—Relájate… quiero sentir cómo me tragas —murmuró Sofía contra su carne, introduciendo el primer dedo con lentitud exquisita.
Lucía apretó los dientes, el estiramiento inicial quemaba de una manera deliciosa que le nublaba la mente. Pensó en los cinco días que le quedaban, en cómo este último polvo era su forma de tatuar el cuerpo de Sofía en su memoria para siempre. El dedo entró hasta el fondo, girando, abriéndola con paciencia de amante que conoce cada secreto. Pronto fueron dos dedos, luego tres, follando su culo con movimientos suaves pero firmes mientras la lengua de Sofía no dejaba de atormentar su clítoris hinchado.
—Joder, Sofía… así, méteme más —suplicó Lucía, empujando hacia atrás, sintiendo cómo su coño goteaba sobre las sábanas—. Quiero esa polla gruesa abriéndome el culo. Quiero que me folles como si quisieras que me duela recordarte en el avión.
Sofía sacó los dedos con un sonido húmedo y colocó la cabeza ancha del arnés contra el ano reluciente de lubricante. Presionó despacio, observando cómo el músculo cedía centímetro a centímetro. Lucía jadeó fuerte cuando la polla la atravesó, esa sensación de plenitud absoluta que le robaba el aliento. La silicona venosa la estiraba hasta el límite, llenándola de una manera que ningún hombre ni juguete anterior había logrado. Cuando las caderas de Sofía chocaron contra su culo, ambas soltaron un gemido al unísono.
—Todo entero… mírate, tragándotela como la puta cachonda que eres —gruñó Sofía, agarrándola por las caderas con fuerza posesiva.
Empezó a moverse. Al principio con embestidas largas y controladas, sacando casi toda la longitud para volver a clavarla hasta el fondo. Cada golpe hacía que los pechos de Lucía se balancearan y que su coño vacío se contrajera de pura necesidad. El dolor inicial se transformó en un placer oscuro, profundo, que le subía por la columna como electricidad. Sofía aceleró, follándola el culo con ritmo creciente, la base del arnés golpeando su propio clítoris con cada impacto. El dormitorio se llenó del sonido obsceno de carne lubricada chocando, de gemidos guturales y del chapoteo de los jugos de Lucía que seguían corriendo por sus muslos.
Lucía giró la cabeza para mirarla por encima del hombro. Los ojos de Sofía estaban fijos en el punto donde la polla desaparecía dentro de su culo, la boca entreabierta, el sudor brillando entre sus pechos firmes.
—Más fuerte… rómpeme —exigió Lucía, y Sofía obedeció.
Las embestidas se volvieron brutales. El culo de Lucía se abría y cerraba alrededor de la silicona gruesa, tragándola con avidez. Sofía soltó una mano para alcanzar su coño y metió tres dedos de golpe, follándola por ambos agujeros al mismo tiempo. Lucía gritó, el placer era tan intenso que veía puntos de luz detrás de los párpados. Su mente solo repetía una idea: «Esto es lo que voy a perder. Esta mujer que me folla como si me odiara y me amara al mismo tiempo».
El orgasmo la golpeó sin aviso. Su ano se contrajo violentamente alrededor de la polla, su coño apretó los dedos de Sofía y un chorro caliente salió disparado, empapando la muñeca de su amante y las sábanas. Gritó el nombre de Sofía como si fuera una maldición, temblando de pies a cabeza mientras las embestidas no cesaban, prolongando el clímax hasta que pensó que se desmayaría.
Sofía se retiró despacio, la polla saliendo con un sonido mojado y obsceno. Lucía se derrumbó de lado, respirando agitada, pero no le dieron respiro. Sofía se quitó el arnés con movimientos rápidos y se lo tendió junto con el lubricante.
—Ahora tú. Quiero que me folles el culo con eso mientras me miras a los ojos. Y después… sacaremos los juguetes grandes.
Lucía se ajustó el arnés con manos todavía temblorosas. La base presionaba su clítoris sensible y cada movimiento le enviaba descargas de placer. Sofía se colocó de espaldas sobre la cama, levantó las piernas y las abrió ampliamente, ofreciendo su coño hinchado y su ano que ya palpitaba. Lucía vertió lubricante generosamente, frotó la polla contra la entrada trasera y empujó.
El primer centímetro entró con facilidad gracias al trabajo previo. Sofía soltó un gemido largo, arqueando la espalda. Lucía siguió avanzando hasta que sus caderas se encontraron, la polla enterrada completamente en el culo apretado y caliente de su amante. Se quedaron un segundo así, mirándose. Los ojos de Sofía brillaban con lágrimas de placer y algo más profundo, esa mezcla de lujuria y tristeza por la despedida inminente.
—Fóllame, Lucía… hazme sentir que eres mía aunque te vayas a Canadá —susurró Sofía.
Lucía empezó a bombear. Embistidas profundas, rotatorias, que hacían que la polla rozara cada nervio sensible dentro del culo de Sofía. Esta última se masturbaba el clítoris con dos dedos, los pechos rebotando con cada golpe. El sudor corría entre sus cuerpos. Lucía se inclinó hacia delante, apoyando las manos a ambos lados de la cabeza de Sofía, y la besó con lengua sucia mientras seguía follándola el culo sin piedad.
—Tu culo me aprieta tan rico… voy a extrañar cómo me ordeñas la polla —jadeó Lucía contra su boca.
Cambió de ángulo, levantando más las piernas de Sofía hasta casi doblarla en dos. Así la penetración era más profunda, más invasiva. Sofía empezó a correrse con un grito ahogado, su ano convulsionando alrededor de la silicona, su coño expulsando jugos que salpicaron el vientre de Lucía. El orgasmo fue tan intenso que todo su cuerpo se sacudió, las uñas clavadas en los hombros de Lucía dejando marcas rojas.
Pero ninguna estaba satisfecha todavía. Lucía salió de ella, se quitó el arnés y abrió de nuevo el cajón. Sacó un consolador más grande, negro, de casi seis centímetros de grosor y con una base ancha que permitía sujetarlo con fuerza. Lo untó generosamente en lubricante mientras Sofía la observaba con los ojos entrecerrados de deseo renovado.
—Este es el que guardábamos para ocasiones especiales —dijo Sofía, incorporándose—. Quiero que me lo metas en el culo mientras me comes el coño. Y luego… quiero que me dejes follarte a ti con él en la terraza, donde el viento nos pegue el sudor a la piel y cualquiera que pase por el sendero de abajo pueda oírnos gritar.
Lucía sonrió con malicia, el corazón latiéndole con fuerza ante la idea de exponerse. Se tumbó boca arriba y tiró de Sofía hasta colocarla encima en sesenta y nueve invertido. Mientras su lengua atacaba el coño empapado de su amante, introdujo la cabeza del grueso consolador en el ano todavía abierto de Sofía. La chef gimió alto, empujando hacia abajo, tragando más y más del juguete hasta que más de la mitad desapareció dentro de su culo.
—Dios… me estás partiendo en dos y me encanta —jadeó Sofía, bajando la cabeza para devorar de nuevo el clítoris de Lucía.
Se devoraron con renovada ferocidad. La lengua de Lucía entraba y salía del coño de Sofía mientras su mano follaba el culo con el consolador grueso, girándolo, empujándolo más profundo. Sofía respondía chupando con fuerza el clítoris de Lucía y metiendo cuatro dedos en su coño, follándola con ritmo salvaje. Los gemidos vibraban contra la carne sensible. El olor a sexo era denso, animal, llenando la habitación junto con el sonido húmedo y obsceno de la penetración anal.
Sofía se corrió por tercera vez, gritando contra el coño de Lucía, su ano apretando el consolador con tanta fuerza que casi lo expulsa. Lucía la siguió segundos después, corriéndose en la boca de su amante mientras sus jugos le bañaban la cara.
Quedaron jadeando, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos, pero los dedos de Sofía seguían jugando perezosamente con el ano de Lucía, abriéndolo de nuevo. Sus ojos se encontraron y la promesa silenciosa flotó entre ellas: aún no habían terminado. El sol de la tarde empezaba a bajar, pero la noche se acercaba y con ella la terraza, el lubricante, el consolador más grande y la necesidad de llevarse la una a la otra hasta el borde del desmayo antes de que el avión separara sus cuerpos para siempre. Sofía rozó con los labios hinchados el oído de Lucía y susurró:
—Tráeme el doble penetrador del fondo del cajón… porque pienso follarte los dos agujeros a la vez mientras me miras y me dices cuánto vas a extrañar que te use como mi puta personal. Y luego saldremos a la terraza. Todavía nos quedan muchas horas para que tu coño y tu culo recuerden exactamente quién te marcó antes de que te vayas.
Lucía se incorporó con las piernas aún temblorosas, el coño y el ano palpitando después de las embestidas brutales. A sus treinta y cuatro años, como arquitecta que ya había firmado el contrato que la ataría tres años a un estudio de Vancouver, cada latido de su cuerpo era una cuenta regresiva que solo multiplicaba el hambre. Caminó hasta la mesilla, abrió el cajón del fondo y sacó el doble penetrador: una pieza gruesa de silicona negra, con dos pollas curvadas y venosas unidas en una base ancha, una más larga y gruesa para el coño, la otra ligeramente más delgada pero con relieve para el culo. El juguete pesaba en su mano como una promesa sucia. Se lo tendió a Sofía, que seguía arrodillada sobre la cama, el sudor brillando entre sus tetas firmes de treinta y un años, esa chef cuya cocina era tan exigente como sus dedos entre las piernas de una mujer.
—Aquí está —dijo Lucía con voz ronca—. Quiero que me lo metas todo. Quiero sentirme tan llena que no pueda pensar en nada más que en tu nombre cuando esté sola al otro lado del océano.
Sofía tomó el doble penetrador, lo untó generosamente con lubricante y se lo ajustó a las caderas con correas nuevas. La base presionaba directamente contra su clítoris hinchado, haciendo que soltara un gemido bajo cuando lo apretó. Sus ojos oscuros se clavaron en los de Lucía con esa mezcla de ternura salvaje y posesión que siempre la desarmaba.
—Ven aquí, mi puta favorita —susurró Sofía, tirando de ella hasta colocarla a horcajadas sobre sus muslos—. Mírame a los ojos mientras te abro los dos agujeros. Quiero ver cómo se te pone esa cara de desesperada que pones cuando sabes que voy a hacerte correrte hasta que llores.
Lucía se colocó encima, guiando con una mano la polla destinada a su coño. La cabeza ancha separó sus labios empapados y entró de un solo empujón lento, estirándola con esa presión deliciosa que le robaba el aliento. Jadeó, clavando las uñas en los hombros de Sofía. La segunda polla, lubricada hasta brillar, presionó contra su ano todavía abierto de la sesión anterior. Sofía sujetó sus caderas con fuerza y empujó hacia arriba, centímetro a centímetro, abriéndole el culo con una lentitud tortuosa que hacía que Lucía sintiera cada relieve, cada vena falsa de la silicona.
—Joder… estás tragándotelo todo —gruñó Sofía, mordiéndole el labio inferior—. Mira cómo te lleno, Lucía. Dos pollas dentro de ti, follándote el coño y el culo al mismo tiempo. Dime cuánto vas a extrañar esto cuando estés en Canadá, rodeada de nieve y edificios fríos.
Lucía echó la cabeza hacia atrás, gimiendo largo y profundo mientras sentía cómo las dos pollas la penetraban hasta el fondo. La sensación de plenitud era abrumadora, casi insoportable de tan rica. Su coño se contraía alrededor de la polla más gruesa, su ano apretaba la otra con espasmos involuntarios. Empezó a moverse, subiendo y bajando con ritmo creciente, follándose a sí misma sobre el arnés doble mientras Sofía empujaba desde abajo, sincronizando cada embestida. El sonido era obsceno: húmedo, chapoteante, lleno de carne lubricada chocando.
—Voy a extrañarlo cada puto día —confesó Lucía entre jadeos entrecortados, mirándola fijamente a los ojos como le habían exigido—. Extrañaré que me uses como tu puta personal, que me llenes los dos agujeros hasta que no sepa dónde termina mi cuerpo y empieza el tuyo. Fóllame más fuerte, Sofía… rómpeme antes de que me vaya.
Sofía aceleró, clavando las caderas hacia arriba con golpes secos y profundos. Sus tetas rebotaban contra las de Lucía, los pezones duros rozándose. Una mano bajó entre ellas y frotó el clítoris hinchado de su amante con movimientos circulares precisos, exactamente como sabía que le gustaba. Lucía sentía el orgasmo formándose como una tormenta, profundo, anal y vaginal al mismo tiempo, una oleada que le subía desde el fondo del vientre. Sus muslos temblaban, el sudor les corría por la espalda y se mezclaba en sus vientres pegados.
—No te corras todavía —ordenó Sofía, deteniéndose de golpe, manteniendo las pollas enterradas hasta la base—. Quiero que te corras en la terraza, donde el viento del mar te pegue el olor de tu coño a la piel. Levántate. Vamos afuera.
Lucía protestó con un gemido de frustración cuando las pollas salieron de ella con un sonido mojado y obsceno, dejando sus agujeros abiertos y palpitantes. Pero obedeció. Se pusieron de pie, desnudas, los cuerpos brillantes de sudor y jugos. Sofía no se quitó el arnés doble; la silicona gruesa se balanceaba entre sus piernas mientras caminaban hacia la terraza. El sol ya descendía, tiñendo el Mediterráneo de tonos naranjas y rojos. La brisa cálida las recibió, cargada de olor a sal, romero y jazmín. Desde la barandilla de madera, el sendero de abajo quedaba visible a lo lejos, pero a esa hora estaba desierto. Aun así, la posibilidad de que alguien oyera sus gritos avivaba el fuego.
Sofía empujó a Lucía contra la barandilla, separándole las piernas con una rodilla. El mar rugía abajo, acompasando sus respiraciones agitadas.
—Agárrate fuerte —dijo Sofía, colocando la punta del doble penetrador otra vez contra sus entradas—. Quiero que el mar se lleve tus gemidos mientras te follo como mereces.
Empujó de nuevo, esta vez con menos piedad. Las dos pollas entraron juntas, abriéndola de golpe. Lucía gritó, el sonido se perdió entre las olas. Sofía empezó a follarla con embestidas largas y brutales, sujetándola por las caderas, haciendo que sus tetas colgaran sobre la barandilla mientras la penetraba sin descanso. Cada golpe hacía que la base del arnés frotara el clítoris de Sofía, arrancándole gemidos graves que vibraban contra la espalda de Lucía.
—Así, mi arquitecta cachonda… abre ese culo y ese coño para mí —gruñó Sofía, mordiéndole el hombro—. Imagina que cada vez que te sientes en ese avión, sientes aún mi polla dentro de ti. Dime que eres mía.
—Soy tuya… joder, toda tuya —jadeó Lucía, empujando hacia atrás para recibir cada embestida—. Mi coño y mi culo son tuyos hasta el último segundo. No pares, Sofía. Quiero correrme gritando tu nombre donde cualquiera pueda oírnos si se acerca.
El ritmo se volvió salvaje. La polla del coño entraba y salía con chapoteos húmedos, la del culo la estiraba con esa presión oscura y deliciosa que le nublaba la vista. Sofía metió una mano por delante y le pellizcó el clítoris con fuerza, tirando y frotando al mismo tiempo. Lucía sintió que el orgasmo ya no podía contenerse. Sus paredes internas se contrajeron violentamente alrededor de las dos pollas, ordeñándolas. Un chorro caliente salió disparado de su coño, mojando los muslos de Sofía y goteando sobre las baldosas de la terraza. Gritó el nombre de su amante con la voz rota, temblando de pies a cabeza mientras las olas seguían su crescendo.
Pero Sofía no se detuvo. Siguió follándola a través del clímax, más lento pero profundo, prolongando cada contracción hasta que Lucía pensó que se desmayaría de placer. Cuando por fin se retiró, Lucía se giró, le quitó el arnés con manos ansiosas y lo lanzó a un lado. Ahora era su turno de dominar.
Empujó a Sofía contra la mesa de hierro forjado de la terraza, la colocó boca arriba con las piernas abiertas y levantadas. El sol poniente iluminaba su coño hinchado y su ano todavía abierto. Lucía tomó el doble penetrador, se lo ajustó a sus propias caderas y vertió más lubricante. La base presionó su clítoris sensible, enviándole descargas eléctricas.
—Ahora te toca a ti, chef —murmuró Lucía, frotando las dos cabezas contra las entradas de Sofía—. Quiero que sientas cómo te parto en dos mientras el mar nos mira. Y después… quiero que saquemos ese consolador de ocho centímetros que guardamos para cuando realmente queremos destruírnos.
Sofía arqueó la espalda cuando Lucía empujó. Las dos pollas entraron en ella de golpe, llenándola por completo. Sus tetas rebotaron con el impacto. Lucía empezó a follarla con fuerza, clavando las caderas, viendo cómo el juguete desaparecía dentro de ese cuerpo que conocía mejor que el suyo propio. Sofía se masturbaba el clítoris con dos dedos, gimiendo sin vergüenza, los ojos fijos en los de Lucía.
—Más adentro… rómpeme el culo, Lucía. Quiero llevarme esta sensación grabada en la piel cuando te vayas —suplicó entre gemidos.
Lucía aceleró, follándola con embestidas brutales que hacían temblar la mesa. El sudor les corría por la piel, el olor a sexo se mezclaba con el del mar. Sofía se corrió con un grito agudo, su ano y su coño contrayéndose alrededor del doble penetrador, expulsando jugos que salpicaron el vientre de Lucía. Pero ninguna de las dos estaba saciada. Lucía salió de ella, respirando agitada, y la besó con lengua sucia, mordiéndole el labio.
—Trae el consolador más grande —jadeó contra su boca—. Y el lubricante extra. Aún nos quedan horas antes de que amanezca, y pienso follarte en cada rincón de esta terraza hasta que las dos estemos tan destrozadas que apenas podamos caminar. Porque esto no termina hasta que mi avión despegue… y ni siquiera entonces creo que vaya a olvidarte.
Sofía sonrió con los labios hinchados, los ojos brillando con deseo renovado y esa tristeza ardiente que solo avivaba más el fuego. Se levantó, tambaleante, y caminó hacia el interior para buscar el siguiente juguete, sabiendo que la noche apenas comenzaba y que cada orgasmo solo las dejaba queriendo más, queriendo llevarse la una a la otra hasta el borde mismo del desmayo antes de que el adiós se volviera inevitable. El viento les secaba el sudor mientras esperaban, los cuerpos aún vibrando, listas para la siguiente escalada.
Sofía regresó a la terraza con el paso aún inseguro, las piernas brillantes de sudor y jugos que le corrían por los muslos. En una mano llevaba el consolador de ocho centímetros de grosor, esa bestia negra de silicona que solo sacaban cuando querían destruirse de verdad; en la otra, el frasco de lubricante casi vacío. Sus tetas de treinta y un años se balanceaban con cada paso, los pezones todavía duros como guijarros después de tanto placer. Lucía, apoyada contra la barandilla con el coño palpitante y el ano ligeramente abierto, sintió un nuevo latigazo de deseo al verla. A sus treinta y cuatro años, la arquitecta sabía que este era el final de la escalada: el último polvo brutal antes de que el avión la arrancara de esa costa para siempre.
—Esto es lo que querías, ¿verdad? —preguntó Sofía con voz ronca, dejando el juguete sobre la mesa de hierro. El viento mediterráneo les azotaba la piel desnuda, secando el sudor pero sin enfriar el fuego que les ardía entre las piernas—. Quiero que sientas cada centímetro de esta polla abriéndote hasta que no puedas pensar en nada más que en mí cuando estés en Vancouver.
Lucía se acercó, le quitó el frasco y vertió casi todo el lubricante sobre la cabeza bulbosa del consolador. Sus dedos temblaban de anticipación mientras lo extendía, acariciando las venas falsas con devoción. El olor a sexo ya era denso en el aire, mezclado con el salitre del mar y el romero de los macetones. Se arrodilló frente a Sofía, levantó una de sus piernas y la colocó sobre su hombro. Sin mediar más palabras, hundió la lengua en el coño hinchado de su amante, lamiendo los restos de sus orgasmos anteriores mientras su mano guiaba dos dedos lubricados hacia el ano todavía sensible.
—Quiero que me folles con eso después —murmuró Lucía contra la carne caliente, introduciendo los dedos en el culo de Sofía con un movimiento lento y profundo—. Pero primero vas a correrte en mi boca una vez más. Quiero tragarme todo lo que me des.
Sofía se agarró a la barandilla con ambas manos, la cabeza echada hacia atrás, y dejó escapar un gemido largo cuando la lengua de Lucía encontró su clítoris y empezó a succionarlo con fuerza. Los dedos en su ano se movían en círculos, abriéndola, preparándola. El chef de treinta y un años sentía cómo el placer subía otra vez, más oscuro, más urgente. Empujó las caderas contra la cara de Lucía, follándole la boca sin vergüenza, mientras el viento les llevaba los gemidos hacia el sendero vacío de abajo.
—Joder, Lucía… así, chúpame más fuerte. Méteme otro dedo en el culo, quiero sentirme llena antes de que me destroces con esa polla.
Lucía obedeció, añadiendo un tercer dedo que estiró el ano de Sofía con esa quemazón deliciosa que ambas adoraban. Su propia coño goteaba sobre las baldosas, excitada solo por el acto de devorar a su amante. Cuando Sofía se corrió, fue con un grito ahogado que se mezcló con el rumor de las olas: su coño contrayéndose contra la lengua de Lucía, su ano apretando los dedos como un puño, y un chorro caliente que Lucía bebió con avidez, gimiendo contra la carne palpitante.
Apenas Sofía dejó de temblar, intercambiaron posiciones. Lucía se subió a la mesa de hierro, abrió las piernas obscenamente y se sujetó las rodillas contra el pecho. El mar se extendía debajo de ellas, testigo mudo de su despedida salvaje. Sofía tomó el consolador enorme, lo untó una vez más y presionó la cabeza gruesa contra el coño empapado de Lucía. Empujó con lentitud cruel, observando cómo los labios se abrían al límite para tragarse aquella verga monstruosa.
—Dios… mírate —gruñó Sofía, los ojos fijos en el punto de unión—. Tu coño de arquitecta cachonda tragándose ocho centímetros como si nada. ¿Esto es lo que vas a extrañar en Canadá, verdad? Que te abran hasta que creas que te vas a romper.
Lucía soltó un grito gutural cuando la polla llegó al fondo, rozando su cervix con presión brutal. El grosor la estiraba de una forma casi dolorosa, pero el placer era tan intenso que le nublaba la vista. Sofía empezó a follarla con embestidas largas y poderosas, sacando casi toda la longitud solo para clavarla de nuevo con un golpe seco que hacía temblar la mesa. Cada impacto enviaba ondas de placer por el vientre de Lucía, y su clítoris hinchado recibía el roce constante de la base ancha.
—Más fuerte… rómpeme el coño, Sofía —suplicó Lucía, clavando las uñas en sus propios muslos—. Quiero llevarme esta sensación en el avión, quiero que me duela sentarme y recordar cómo me follaste como a tu puta personal.
Sofía aceleró, follándola con rabia tierna, sudando bajo la luz naranja del atardecer. Cambió el ángulo para que la polla rozara ese punto exacto dentro de Lucía que la volvía loca. Luego, sin salir de ella, vertió lubricante directamente sobre el ano expuesto y empezó a presionar dos dedos dentro mientras seguía bombeando el consolador en el coño. Lucía arqueó la espalda, sintiéndose doblemente invadida, el placer anal sumándose al vaginal en una ola que crecía imparable.
El siguiente orgasmo de Lucía fue devastador. Su coño se cerró alrededor de la silicona gruesa como si quisiera partirla, y un chorro potente salió disparado, mojando el vientre y los pechos de Sofía. Gritó el nombre de su amante con la voz rota, temblando de pies a cabeza mientras las olas parecían responder con su propio rugido. Sofía no se detuvo; siguió follándola a través del clímax, prolongando cada contracción hasta que Lucía pensó que se desmayaría.
Cuando por fin se retiró, el consolador salió con un sonido húmedo y obsceno, dejando el coño de Lucía abierto y palpitante, rojo de tanto uso. Pero ninguna quería parar. Lucía se levantó tambaleante, le quitó el juguete a Sofía y la giró contra la barandilla, colocándola de espaldas al mar. Ahora era su turno de dominar. Untó el consolador con los restos de lubricante y lo presionó contra el ano de Sofía, que ya estaba preparado y ansioso.
—Mírame por encima del hombro —ordenó Lucía, la voz grave de deseo—. Quiero verte la cara mientras te parto el culo con esto.
Sofía giró la cabeza, los ojos brillantes de lágrimas de placer, y empujó hacia atrás. La cabeza bulbosa entró con dificultad, estirando su ano al límite. Lucía fue implacable: centímetro a centímetro, la fue enterrando hasta que más de la mitad desapareció en ese culo perfecto de chef. Luego empezó a follarla con ritmo brutal, sujetándola por las caderas, haciendo que sus tetas rebotaran contra la barandilla de madera. El sonido era puro porno: carne lubricada chocando, gemidos animales, el viento carrying sus voces hacia la costa.
—Tu culo me aprieta tan rico… —jadeó Lucía, metiendo una mano por delante para frotar el clítoris de Sofía sin piedad—. Córrete para mí, Sofía. Córrete sabiendo que esta es la última vez que te voy a follar así.
Sofía estalló con un alarido que seguro se oyó hasta el sendero. Su ano convulsionó violentamente alrededor del grosor inhumano, ordeñando el consolador mientras su coño expulsaba un chorro largo que salpicó las baldosas y los pies de Lucía. Todo su cuerpo se sacudió, las piernas apenas sosteniéndola, el placer tan intenso que sollozó el nombre de Lucía como una plegaria rota.
Lucía sacó el juguete con cuidado, lo dejó caer al suelo y giró a Sofía para besarla. Fue un beso sucio, profundo, lleno de saliva y gemidos residuales. Sus cuerpos sudorosos se pegaron, tetas contra tetas, coños palpitantes rozándose en un último roce desesperado. Aún temblaban, los fluidos mezclándose entre sus muslos, el aliento entrecortado. Lucía acarició la mejilla de Sofía con el pulgar, sus ojos oscuros llenos de esa mezcla de amor y lujuria que ninguna palabra podía contener.
—Un último beso… —susurró Lucía contra su boca hinchada, mientras sus dedos bajaban perezosamente entre las piernas de Sofía una vez más.
Y allí se quedaron, midiendo el afterglow en respiraciones compartidas, el mar lamiendo las rocas abajo como si también supiera que todo terminaba.
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