Devorados por el Deseo en el Stockroom
Vanessa, una MILF de 42 años dueña de la tienda, se folla salvajemente al repartidor de 24 en el stockroom.
Vanessa tenía cuarenta y dos años, una tienda de ropa de barrio que se sostenía a base de echarle horas y un cuerpo que seguía provocando silbidos no tan discretos cuando cruzaba la calle con tacones y vaqueros ceñidos. El almacén olía a cartón nuevo, a plástico y a ese perfume barato que ella se echaba en las muñecas cada mañana «para no oler a jefa de stock». Había contratado a Theo, el repartidor de veinticuatro años de la empresa de logística, para que le echara una mano tres tardes a la semana ordenando cajas y bajando rollos de tela. Él era alto, de hombros anchos, sonrisa fácil y esa forma de llevar el uniforme azul que hacía que la tela se tensara en sitios muy concretos. Vanessa lo había pillado mirándola el primer día. Y el segundo. Y el tercero.
—Theo, cariño —dijo ella apoyada en el mostrador del almacén, jugando con un bolígrafo entre los dedos—, si miras un segundo más mi escote te va a saltar un ojo. Y necesito que veas las etiquetas, no mis tetas.
Theo se atragantó con la risa, las orejas rojas, pero no apartó del todo la mirada. Vanessa llevaba una blusa negra un botón más abierta de lo profesional y un pantalón que le dibujaba el culo como un anuncio de descuentos.
—Perdona, jefa. Es que… la luz da de una manera. Y tú das de otra.
—¡Muy listo! —ella soltó una carcajada y le lanzó un rotulador a la altura del pecho—. Sigue así y te hago fichar las horas extras mirándome el culo. ¿Cuánto cobras la hora de ojeo?
—Depende de si el ojeo incluye propina —respondió él, ya más suelto, subiendo una caja a la estantería alta. El movimiento le tensó los bíceps y Vanessa se pilló a sí misma mirando. Qué hipócrita.
Llevaban semanas así: bromas de doble sentido, roce de manos al pasar inventarios, miradas que se alargaban un segundo de más. Vanessa se iba a casa y se masturbaba pensando en cómo sería agarrarle el pelo y sentarse en esa cara joven. Theo, por su parte, se duchaba a chorros fríos y se la jalaba imaginando a su jefa de cuarenta y dos años gemiendo su nombre entre cajas de lencería. Ninguno lo había dicho en voz alta. Todavía.
Aquella tarde el almacén estaba casi vacío de clientes; la tienda cerraba en una hora. Vanessa le indicó el fondo, donde se acumulaban las cajas mal etiquetadas de la última temporada.
—Necesito la caja 47-B. La de los leggins con estampado de… no sé, piñas o lo que sea. Está al fondo del todo, detrás de esas montañas de cartón. Si te pierdes, grita. Si gritas de placer, también vale, pero avisa.
Theo se rió por lo bajo y la siguió entre pasillos estrechos de estanterías. El aire era más denso allí atrás, cálido, con olor a polvo y a ella: vainilla barata y sudor ligero. Vanessa se agachó delante de él para mirar las etiquetas de las cajas bajas. Lo hizo despacio, sabiendo exactamente el espectáculo que montaba. El pantalón se le clavó entre los glúteos, la blusa se le subió un palmo dejando ver la piel de la cintura y el borde del sujetador. Theo se quedó congelado un segundo, con la polla ya media dura dentro del uniforme, y cuando se inclinó para ayudarla «sin querer» le rozó las caderas con las palmas abiertas, dedos firmes, calor de chocante.
—Ups —murmuró él, sin quitar las manos del todo—. Perdona. Estaba… equilibrándome.
Vanessa se quedó agachada un instante más, disfrutando del contacto, sintiendo cómo el roce le mandaba un calambre directo al coño. Luego se giró de cuclillas, lo miró desde abajo con una sonrisa de tiburón divertido y se puso de pie despacio, casi rozándole el pecho.
—Theo… —dijo entre risas, acercándose hasta que sus narices casi se tocaban—. Llevo semanas viéndote mirarme el culo como si fuera el puto menú del día. Y tú llevas semanas con esa cara de «me la voy a comer» cada vez que me agacho. No me vengas con el cuento del equilibrio, nene. Sé exactamente lo que quieres.
Él abrió la boca para soltar otra broma, pero ella ya le había agarrado la camiseta del uniforme y lo había atraído. El beso fue hambriento, torpe al principio por la risa que les salía a los dos, dientes chocando, lenguas buscando. Vanessa gemió dentro de su boca cuando sintió la dureza de Theo empujándole la cadera. Él le agarró el culo con las dos manos, apretando, y ella se rio contra sus labios.
—Joder, jefa…
—Vanessa. Cuando te la estás comiendo de besos se dice Vanessa —jadeó ella, mordiéndole el labio inferior—. Y sí, llevo semanas deseando follarte como una loca. ¿Tú también o solo eras mirón de almacén?
—Semanas —admitió él, ya sin vergüenza, la voz ronca—. Desde el día que te doblaste a recoger un alfiler y casi me corro en los pantalones del curro. Estás… joder, estás buenísima. Y te ríes de mí y eso me pone todavía más.
Vanessa le metió una mano entre las piernas, palmeando la polla dura a través de la tela, y soltó una carcajada baja, sucia.
—Mira qué bien se te pone el reparto. ¿Esto lo traes para todas las clientas o soy especial?
—Solo para la dueña que me mira el paquete cuando cree que no me doy cuenta —replicó Theo, empujándola suavemente contra una estantería de cajas. El metal vibró. Ella enganchó una pierna en su cadera y él le subió la blusa hasta dejarle las tetas sujetas solo por el sujetador negro. Se las miró con devoción idiota y le besó el escote, lamiendo el surco entre ellas mientras Vanessa se reía y le revolvía el pelo.
—Eres un cerdo adorable —susurró ella—. Sigue. Tócame. Que llevo el coño hecho un desastre de solo pensar en que me den por fin en este puto stockroom.
Las manos de Theo le bajaron el pantalón a medias, torpes de ganas, y ella le ayudó empujando la tela. Los dedos de él le encontraron la braga ya empapada y se le escapó un «hostia» entre dientes. Vanessa se arqueó cuando le rozó el clítoris por encima de la tela mojada, y los dos rieron otra vez, nerviosos y calientes, como dos adolescentes que por fin se atreven pero con cuerpos de adultos que sabían muy bien lo que querían.
—Semanas, Theo —repitió ella contra su boca, jadeando mientras le abría la cremallera del uniforme y le sacaba la polla gruesa, caliente, ya goteando—. Semanas deseando que me la metas aquí mismo, entre cajas de leggins de piña y etiquetas mal puestas. ¿Vas a seguir rozándome «sin querer» o me vas a follar de una vez?
Él la miró a los ojos, la risa todavía en la comisura de los labios, la polla palpitándole en la mano de ella.
—Las dos cosas —dijo—. Primero te voy a tocar hasta que me ruegues, y después te follo contra estas cajas hasta que el vecino de al lado piense que estamos mudándonos los muebles a hostias.
Vanessa soltó una carcajada ronca, le dio un tirón suave a su polla y lo besó otra vez, más hondo, más sucio, frotándose contra él sin pudor. El almacén olía ahora a sexo anticipado, a cartón y a ganas acumuladas. Fuera, en la tienda, todavía quedaban minutos de horario. Dentro, entre las estanterías del fondo, los dos sabían que aquello no iba a quedarse en un beso ni en un roce «accidental».
Las manos de Theo le bajaron del todo la braga; los dedos se le metieron entre los labios hinchados, mojados, y Vanessa mordió su hombro para no gritar. Él le susurró al oído, entre risas y jadeos:
—Dime otra vez que lo sabías. Que sabías lo que quería.
—Lo sé, nene —gimió ella, moviendo las caderas contra su mano—. Quieres mi coño de MILF alrededor de tu polla de repartidor. Y yo quiero que me destroces aquí mismo. Pero despacio… primero quiero sentir cómo te pones todavía más duro mientras me tocas. Que se nos note en la cara cuando salgamos. Que el que pase por la puerta sepa que la jefa se está comiendo al chaval del stock.
Theo le metió dos dedos de golpe, curvándolos, y Vanessa soltó un tajo de risa y placer que se le atragantó en la garganta. Se agarró a sus hombros, le mordió el cuello, y entre besos torpes y comentarios soeces siguieron frotándose, quitándose más ropa a medias, tropezando con cajas, riéndose cuando una torre de cartón amenazó con caerse encima de ellos.
El deseo ya no era tensión contenida: era una cosa viva, húmeda, que les subía por la espalda y les empañaba la mirada. Vanessa tenía la blusa abierta, las tetas al aire, el pantalón a medio muslo; Theo el uniforme bajado hasta las caderas, la polla roja y brillante en la mano de ella, los dedos de él todavía dentro de su coño, buscando ese punto que la hacía morderse el labio y soltar tacos entre carcajadas.
—Semanas —repitió ella, casi sin aire—. Y ahora que te tengo aquí no pienso soltarte hasta que me corra gritando contra estas putas cajas.
Él asintió, la miró con esa mezcla de cachondeo y hambre, y la levantó un poco más contra la estantería, preparándose para lo que venía, sabiendo los dos que el almacén todavía tenía muchas esquinas oscuras y que la tarde apenas empezaba a ponerse interesante.
Vanessa le apretó la polla con la mano todavía untada de su propio jugo y se dejó resbalar de rodillas entre las cajas, el pantalón a medio muslo y la blusa abierta como una bandera de rendición. El suelo del almacén estaba frío y polvoriento, pero a ella le daba exactamente igual; lo único que importaba era esa verga gruesa, roja y brillante que le palpitaba a la altura de la boca. Theo se agarró a la estantería con una mano y con la otra le enredó los dedos en el pelo, sin tirar todavía, solo sujetándola, mirándola desde arriba con esa sonrisa de idiota hermoso que a Vanessa le hacía el coño un desastre.
—Joder, jefa… o sea, Vanessa —corrigió él entre risas ahogadas—. Si te arrodillas así te voy a creer que realmente me quieres destrozar la polla.
—Cállate y goza, repartidor —murmuró ella, y le pasó la lengua plana desde las bolas hasta la punta, saboreando el sabor a sal y a ganas acumuladas—. Llevo semanas imaginándome esto. Si me atraganto, es tu culpa por tenerla tan gruesa.
Se la metió entera de un golpe, sin tonterías, hasta que la punta le rozó la garganta y los ojos se le humedecieron de placer. Theo soltó un gemido grave, casi un ladrido, y le apretó el pelo con más fuerza, no para forzarla, sino porque las piernas le temblaban. Vanessa se rio con la polla dentro, un sonido vibrante y sucio que le subió por el tronco a él como una corriente eléctrica. Chupaba con ganas, babosa, ruidosa, subiendo y bajando la cabeza mientras una mano le apretaba las bolas y la otra se le metía entre las piernas para frotarse el clítoris encima de la braga ya inútil. Cada vez que él gemía «joder, Vanessa» ella se hundía más, tragándosela hasta el fondo, la nariz aplastada contra el vello del bajo vientre, saliva resbalándole por la barbilla y cayendo sobre las cajas de leggins de piña.
—Así, nene… usa mi boca —jadeó ella al separarse un segundo, un hilo de saliva uniendo sus labios a la cabeza hinchada—. Agárrame el pelo de verdad. Quiero que me follas la cara un poco antes de follarme el coño.
Theo no necesitaba que se lo repitieran. Le sujetó la cabeza con las dos manos y empezó a mover las caderas, despacio al principio, luego más hondo, mirándola con una mezcla de devoción y cachondeo absurdo. Vanessa le sostenía la mirada desde abajo, ojos brillantes, mejillas hundidas, y cada vez que él le daba hasta el fondo ella gemía alrededor de la carne y se reía después, como si aquello fuera el chiste más guarro del mundo. El almacén olía ahora a sexo puro: saliva, coño mojado, perfume barato y cartón. Fuera, en la tienda, alguien podía entrar en cualquier momento, y esa posibilidad solo les ponía más duros.
—Me voy a correr si sigues así —advirtió él, la voz rota de risa y placer—. Y todavía no te he follado contra estas putas estanterías como te mereces.
Vanessa se separó con un pop húmedo, se limpió la boca con el dorso de la mano y se puso de pie tambaleándose de ganas. La polla de Theo brillaba, goteaba, y ella le dio un último lametón juguetón a la punta antes de girarse y apoyarse de cara a las cajas.
—Entonces levántame, listo. Que mi coño lleva semanas esperándote y no pienso esperar más.
Theo la agarró por la cintura, la levantó como si no pesara nada —aunque ella soltó una carcajada de «ay, qué fuerte eres, nene»— y la puso contra las estanterías metálicas. El frío del metal le recorrió la espalda desnuda. Él le subió lo que quedaba del pantalón y la blusa, le arrancó la braga de un tirón que casi la hizo tropezar de la risa, y se la guardó en el bolsillo del uniforme como un trofeo ridículo.
—Souvenir —dijo él, guiñándole un ojo.
—Eres un cerdo adorable —replicó Vanessa, enganchándole las piernas a la cintura cuando él la alzó otra vez, en misionero de pie, la espalda contra las cajas, el culo apoyado en el borde de una repisa baja—. Ahora métela. Ya. Sin avisos, sin poesía.
La punta le rozó los labios hinchados, resbaladizos, y ambos soltaron un gemido al unísono cuando Theo empujó de una vez, hondo, hasta el fondo. Vanessa se arqueó, las uñas clavadas en sus hombros, y soltó un taco tan largo que Theo se rio contra su cuello.
—Hostia puta, qué apretado lo tienes para ser una MILF de cuarenta y dos que se masturba pensando en mí —jadeó él, empezando a follarla duro, embestidas firmes que hacían crujir las estanterías y bailar las cajas de cartón.
—Y tú… ah, joder… tú la tienes gruesa como para repartir paquetes todo el día y todavía te sobra para destrozarme —contestó ella, riendo y gimiendo a la vez, el clítoris rozándole el bajo vientre cada vez que él entraba hasta el final—. Más fuerte. Que el vecino piense que estamos mudando un piano.
Theo la follaba sin piedad y sin vergüenza, sudor en la frente, el uniforme bajado a las rodillas, las manos agarrándole el culo maduro para mantenerla abierta y alta. Cada embestida sacaba de Vanessa un sonido entre gemido y carcajada. Se decían guarradas a gritos, sin filtro:
—Dime que te gusta mi polla de repartidor en tu coño de jefa.
—Me encanta, cabrón. Me la comes a besos y ahora me la metes como si quisieras dejarme coja. Más. Azótame el culo cuando me gires.
Él la bajó un segundo, la giró de espaldas, le puso las manos en la repisa y le entró otra vez de un golpe, esta vez por detrás. El culo de Vanessa, redondo, firme a pesar de los años, rebotaba con cada embestida. Theo le dio una palmada sonora en un glúteo y ella gritó de placer, riéndose después.
—¡Otra! ¡Más duro! Que se me quede la marca para mañana cuando me siente en la silla de la caja.
Le azotó el otro lado, luego los dos, el sonido seco y guarro mezclado con el chapoteo húmedo de la polla saliendo y entrando. Vanessa empujaba hacia atrás, pidiendo más, el pelo pegado a la nuca de sudor, las tetas colgando y rebotando mientras se agarraba a las estanterías como si de eso dependiera su vida. Los dos gritaban guarradas y se reían de lo ridículamente cachondos que estaban, de lo absurdo de follar entre cajas de leggins de piña a las cinco de la tarde, de cómo las rodillas les temblaban y aun así no paraban.
—Mírame el culo, Theo. Míralo mientras me lo follas. ¿Te gusta mi culo de cuarenta y dos?
—Me encanta, jefa. Me voy a correr mirándolo. Dime que te corres tú primero. Quiero sentirte apretarme.
Vanessa se metió una mano entre las piernas y se frotó el clítoris con dedos torpes, el orgasmo subiéndole ya por la espalda como un calor imposible de contener. Las embestidas de Theo se volvieron más irregulares, más profundas, y ella gritó su nombre —no «jefa», no «repartidor», sino Theo— cuando se corrió, el coño convulsionándole alrededor de la polla, las piernas fallándole, un chorro de jugo resbalándole por los muslos mientras se reía y gemía al mismo tiempo, la frente apoyada en el cartón.
—Ahí… ahí… joder, me corro, nene, me destroza…
Theo no aguantó mucho más. Le agarró las caderas con fuerza, le dio tres embestidas brutales y se vino dentro, llenándole el coño de leche caliente a chorros largos y densos, gimiendo contra su espalda, riéndose después de lo fuerte que había sido, de lo tonto que se sentía y de lo bien que le cabía todo. Se quedaron así un momento, jadeando, unidos, el semen empezando a escaparse por los bordes y a resbalar por los muslos de Vanessa en hilos blancos y calientes.
Ella se separó despacio, se giró apoyada en la estantería y miró hacia abajo con una sonrisa pícara. El semen le chorreaba por la parte interna de los muslos, mezclado con sus propios jugos, y ella se limpió con dos dedos, se los lamió sin vergüenza y se secó el resto con un pañuelo de papel arrugado que sacó de no se sabía dónde entre las cajas.
—Mira qué desastre has hecho, repartidor —dijo, riéndose bajito, la voz ronca—. El stockroom va a oler a follada durante días.
Theo, todavía jadeando, el uniforme hecho un asco, la polla ablandándose pero todavía brillante, la miró como si acabara de ganar la lotería y un premio del gordo a la vez. Vanessa se acercó, le dio un beso juguetón, corto, con lengua y un mordisquito final en el labio inferior, y le susurró contra la boca mientras le abrochaba torpemente la cremallera:
—Desde ahora este stockroom es nuestro rincón secreto de folleo diario. Todos los días que vengas a dejar cajas, me las dejas… y luego me dejas a mí también. ¿Trato?
Él asintió, encantado, todavía sin aliento, y se rio cuando ella le guiñó un ojo, se subió el pantalón a medias, se abrochó un solo botón de la blusa y se colocó el pelo con la misma naturalidad con la que habría ordenado un inventario. Los dos volvieron hacia la puerta del almacén como si nada hubiera pasado: ella cojeando un poco de lo bien follada que estaba, él con las orejas rojas y la braga de ella todavía en el bolsillo. El olor a sexo les iba detrás como un perfume nuevo. Fuera, la tienda seguía en horario, los clientes podían aparecer en cualquier momento, y ninguno de los dos se arrepentía de nada.
Vanessa se detuvo en el umbral, se giró hacia Theo con esa sonrisa de tiburón divertido que le había puesto la polla dura desde el primer día, y le lanzó la pregunta por encima del hombro, la voz baja y sucia, mientras se limpiaba una última gota de semen de la comisura de los labios con el pulgar:
—¿Mañana a la misma hora me la chupas tú a mí contra las cajas de la temporada de invierno, o prefieres que te monte yo encima y te deje sin alma antes de que llegue el camión de las seis?
Rate this story
¿Algo falla en esta historia?
Gente real en cam, ahora mismo.
Mira gratis. Sin tarjeta, sin registro.
Ver en directo →Popular Collections
Browse Categories