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Azotea Desierta: Ella Observa Cómo Su Marido Me Abre El Culo

Renata, una ejecutiva de 32 años, observa excitada cómo su marido le abre el culo a Xavier, el fotógrafo de 28, en la azotea desierta.

19 min read October 03, 2026New

La noche de verano envolvía la azotea desierta como un abrazo caliente y pegajoso. Renata, una ejecutiva de 32 años que dirigía equipos enteros en una agencia de publicidad con mano firme y tacones altos, había organizado todo con esa precisión que la caracterizaba. Junto a su marido Roman, de 35 años, un ingeniero estructural de mandíbula cuadrada y cuerpo trabajado en el gimnasio cada mañana antes del amanecer, habían subido mantas gruesas, cojines grandes, una nevera portátil con hielo y una botella de vino tinto intenso que prometía soltar las lenguas. El edificio era viejo, la azotea casi nunca se usaba después de las diez, y esa noche parecía completamente suya. Las luces de la ciudad parpadeaban abajo como un tapiz lejano, y el viento ocasional traía olor a asfalto caliente y jazmines de los balcones vecinos.

Invitaron a Xavier, el fotógrafo de 28 años que vivía dos pisos más abajo y cuyos trabajos eróticos en blanco y negro habían visto en una exposición del barrio. Era atractivo de una forma descuidada: mandíbula afilada, brazos definidos por cargar equipo pesado todo el día, y una mirada que parecía desnudar todo lo que enfocaba. Llegó puntual, con una camisa de lino blanca que se pegaba a su torso por el calor y unos vaqueros oscuros que marcaban el bulto discreto entre sus piernas. «Gracias por invitarme. Después de pasarme el día editando fotos de cuerpos desnudos, necesitaba aire fresco y buena compañía», dijo con una sonrisa ladeada mientras aceptaba la copa que Renata le tendía.

Ella se había vestido para provocar. Un vestido corto de algodón fino, rojo oscuro, con tirantes delgados y un escote que apenas contenía sus tetas llenas y pesadas. La falda terminaba justo debajo de la curva de su culo, y cada vez que se movía, la tela rozaba sus muslos suaves y bronceados. Se sentó entre los dos hombres sobre los cojines, cruzando las piernas de forma que el vestido se subió peligrosamente, dejando ver la parte interna de sus muslos y el borde de encaje negro de su tanga. «Xavier, cuéntame… ¿qué se siente capturar la piel, el sudor, la excitación de alguien a través de la lente?», preguntó ella con voz baja y melosa, inclinándose hacia adelante para servirle más vino. Sus tetas casi se derramaron del escote, y su mano rozó deliberadamente el antebrazo del fotógrafo, sintiendo el calor de su piel.

Roman observaba todo en silencio al principio, con una copa en la mano y los ojos brillantes. Su esposa coqueteaba sin disimulo: reía con la cabeza echada hacia atrás, tocaba el hombro de Xavier, dejaba que su rodilla presionara contra la de él. Cada gesto era calculado. Roman sentía su polla engordando dentro de los pantalones cortos de lino. En su cabeza giraban las conversaciones sucias que habían tenido en la cama durante meses. «Quiero ver cómo otro te abre», le había confesado a Renata muchas noches mientras la follaba. Pero esa noche, mirando el culo firme de Xavier cada vez que el joven se movía, la fantasía había mutado. Quería ser él quien abriera, quien metiera su polla gruesa en un agujero apretado y virgen mientras su esposa miraba y se corría.

El vino bajó rápido. Tres copas después, la tensión era espesa como el aire. Renata deslizó los dedos por el muslo de Xavier, subiendo un poco más cada vez, rozando casi la costura de sus vaqueros. «Tienes unas piernas fuertes… me imagino cómo se tensarían si estuvieras empujando fuerte», murmuró ella, mordiéndose el labio. Xavier respiraba más pesado, su polla ya marcándose claramente contra la tela. Roman decidió hablar. Puso su copa en el suelo y miró directamente al fotógrafo.

«Renata no está siendo sutil, y me encanta. Me pone muy cachondo verla coquetear contigo, Xavier. Llevo meses fantaseando con ver a mi mujer siendo follada por otro hombre… pero esta noche, mirándote el culo en esos pantalones, quiero ser yo quien te folle. Quiero abrirte ese agujero apretado con mi lengua, con mis dedos y después con mi polla gruesa mientras ella observa y se toca el coño mojado. ¿Te excita la idea?»

Xavier se quedó callado un segundo, pero su polla dio un salto visible. «Joder, Roman… nunca me lo habían dicho tan directo. Pero sí. Me excita. Llevo mirando tu cuerpo desde que llegué y el de Renata… quiero esto. Quiero que me uses».

Renata gimió bajito al escucharlos. Sentía su tanga completamente empapada, el coño hinchado y palpitante. «Dios mío, Roman… tu voz cuando hablas así me vuelve loca», pensó. Se acercó a Xavier, tomó su cara entre las manos y lo besó con hambre sucia. Sus labios se abrieron, lenguas se enredaron de inmediato, saliva mezclándose. El beso era ruidoso, húmedo, lleno de gemidos. Ella chupaba la lengua del fotógrafo como si fuera una polla pequeña, mordía su labio inferior y jadeaba en su boca. Xavier respondió apretando una de sus tetas por encima del vestido, pellizcando el pezón duro hasta que Renata soltó un gemido agudo dentro del beso.

Roman se acariciaba la polla por encima de la tela, mirándolos. «Así, mi puta. Bésalo más profundo. Muéstrale cómo tragas lengua. Quiero verte babear por él antes de que yo le abra el culo».

El beso duró minutos. Renata frotaba sus tetas contra el pecho de Xavier, sintiendo cómo los pezones se le ponían dolorosamente duros. La mano del joven bajó hasta su culo, metiéndose bajo el vestido corto y apretando la carne desnuda por encima de la tanga. «Qué culo más rico tienes, Renata», gruñó él contra su boca. Ella se separó por fin, con los labios hinchados y brillantes de saliva, y se giró hacia su marido. Acercó la boca a su oreja y susurró con voz temblorosa de excitación:

«Quiero que lo prepares para ti, Roman. Quiero que le comas el culo primero. Que metas la lengua bien adentro de su agujero, que lo lamas hasta que quede brillante de saliva, que lo abras con dos o tres dedos mientras yo miro. Prepáralo bien para que tu polla gruesa entre hasta el fondo. Quiero ver cómo se lo abres. Quiero correrme mirándolo».

Roman gruñó como un animal y besó a su esposa con brutalidad, metiendo la lengua hasta el fondo de su garganta. Luego miró a Xavier, que ya estaba respirando como si hubiera corrido. «Ya oíste a mi mujer. Desnúdate. Quiero ver ese culo que voy a destrozar».

Los tres se pusieron de pie bajo las estrellas. Renata fue la primera. Deslizó los tirantes por sus hombros y el vestido cayó a sus pies como un charco de sangre. Quedó solo con una tanga negra diminuta y tacones. Sus tetas grandes y pesadas quedaron libres, pezones oscuros y duros apuntando al cielo. Bajó la tanga lentamente, mostrando su coño completamente depilado, labios mayores hinchados y brillantes de jugos que ya le corrían por los muslos. Se sentó de nuevo en los cojines, abrió las piernas sin vergüenza y empezó a frotarse el clítoris en círculos lentos.

Xavier se quitó la camisa, revelando un torso marcado, abdominales definidos y una línea de vello que bajaba hasta su polla. Se bajó los vaqueros y los bóxers de un tirón. Su verga saltó libre: gruesa, venosa, con la cabeza morada y brillante de precum. Se dio la vuelta, mostrando un culo redondo, firme, con un ano pequeño y rosado que se contrajo bajo las miradas de la pareja. Roman se desnudó también. Su polla era más grande, casi 22 centímetros, gruesa como una muñeca, con venas marcadas y los huevos pesados colgando. La tenía completamente dura, apuntando hacia arriba.

Xavier se puso en cuatro patas sobre la manta, arqueando la espalda y ofreciendo el culo. Miró por encima del hombro, primero a Renata que se metía dos dedos en el coño mientras lo observaba, y luego a Roman que se arrodillaba detrás de él.

«Por favor, Roman… cómeme el culo. Méteme la lengua bien adentro. Lame mi agujero como si fuera un coño. Ábreme con los dedos, escúpeme, hazme tu puta. Quiero sentir cómo me preparas para que me sodomices con esa polla enorme. Métemela toda, rómpeme el culo mientras tu mujer mira y se corre. Por favor… ábreme. Estoy desesperado por sentirte dentro».

Renata jadeaba fuerte, sus dedos entraban y salían de su coño con sonidos húmedos y obscenos. «Hazlo, Roman. Cómele ese culo rico. Quiero ver tu cara enterrada entre sus nalgas. Ábrelo despacio… que yo lo disfrute todo».

Roman se inclinó, separó las nalgas firmes de Xavier con ambas manos y acercó su boca caliente al ano fruncido. Su lengua rozó el agujero una vez, lenta, provocadora. Xavier soltó un gemido largo y tembloroso. La noche aún no había terminado. El verdadero descontrol apenas empezaba, y los tres cuerpos desnudos bajo las estrellas vibraban de anticipación, sabiendo que lo que vendría después sería mucho más sucio y profundo.

Roman separó más las nalgas firmes y redondas de Xavier con sus manos grandes y callosas, clavando los dedos en la carne caliente hasta que la piel se puso blanca alrededor de sus uñas. Su lengua, ancha y húmeda, ya no se conformaba con roces provocadores. La hundió con fuerza, penetrando el ano fruncido del fotógrafo de veintiocho años como si quisiera follárselo solo con la boca. Xavier soltó un gemido ronco, largo, que reverberó en la azotea desierta. El calor de la noche hacía que el sudor les corriera por la espalda, y el olor a sexo ya empezaba a mezclarse con el jazmín lejano.

—Joder, Roman… méteme la lengua más adentro —suplicó Xavier, arqueando la espalda como una gata en celo, empujando su culo contra la cara del marido de Renata—. Lámeme el agujero, ábreme con esa boca sucia.

Roman gruñó contra la carne, vibrando dentro del ano del joven. Su lengua entraba y salía con obscenidad, haciendo ruidos húmedos y sucios, escupiendo saliva espesa que chorreaba por los huevos pesados de Xavier. Renata, a menos de un metro, tenía las piernas abiertas de par en par sobre los cojines. Sus dedos gruesos entraban y salían de su coño depilado con velocidad, el jugo le corría por los muslos bronceados y goteaba sobre la manta. A sus treinta y dos años, la ejecutiva nunca había sentido el clítoris tan hinchado, tan sensible. Ver a su marido, el ingeniero de treinta y cinco con ese cuerpo de gimnasio, comiéndole el culo a otro hombre la estaba volviendo loca.

—Así, mi amor —jadeó ella con voz rota—. Cómele bien ese orto apretado. Quiero verlo brillar de tu saliva antes de que se lo destroces con la polla. Míralo cómo se abre para ti… es una puta ansiosa.

Roman levantó la cara un segundo, los labios brillantes de saliva, y escupió directamente sobre el ano ya entreabierto. Metió dos dedos de golpe, sin piedad, girándolos, abriéndolos en tijera dentro de las entrañas calientes y sedosas de Xavier. El fotógrafo gritó de placer, la frente pegada a la manta, el culo elevado como una ofrenda.

—¡Sí! ¡Dos dedos más, Roman! ¡Ábreme el culo, quiero sentirme usado!

Los dedos entraban y salían con fuerza, lubricados solo con saliva y el sudor de la noche. Roman los curvaba buscando la próstata, masajeándola sin descanso mientras su propia polla, gruesa y venosa de veintidós centímetros, palpitaba dolorosamente entre sus piernas, goteando hilos largos de precum que caían al suelo. Renata se arrastró más cerca, casi pegando su cara al lugar donde los dedos de su marido desaparecían dentro del ano de Xavier. Podía oler el sexo crudo, ver cómo el agujero se dilataba y se contraía alrededor de los nudillos.

—Qué rico se ve tu culo tragándose los dedos de mi marido —susurró ella cerca del oído de Xavier, mordiéndole el lóbulo—. Eres un puto anal, ¿verdad? Dilo.

—Soy… soy un puto anal —gimió Xavier, la voz quebrada—. Me encanta que me abran el orto… por favor, Roman, méteme la polla ya.

Roman sacó los dedos con un sonido húmedo y obsceno. Colocó la cabeza morada y enorme de su verga contra el ano reluciente de saliva y empujó. El anillo cedió lentamente, tragándose centímetro a centímetro la polla gruesa. Xavier soltó un aullido mezcla de dolor y placer extremo, las venas del cuello marcadas, los nudillos blancos apretando la manta.

—Respira, puto —ordenó Roman con voz grave, sujetando las nalgas abiertas con fuerza mientras seguía empujando hasta que sus huevos pesados chocaron contra los de Xavier—. Eso es… todo adentro. Siente cómo te lleno el culo.

Renata gemía sin parar, ahora metiéndose tres dedos en el coño mientras observaba cómo la polla de su marido desaparecía completamente en el interior de Xavier. El culo del joven se veía obscenamente estirado alrededor de la base gruesa. Roman empezó a follarlo con fuerza en posición de perrito, sacando casi toda la polla y volviéndola a clavar con golpes secos y brutales. El sonido de carne contra carne llenaba la azotea: plap, plap, plap. Cada embestida hacía que las nalgas de Xavier rebotaran.

—Así, mi puta anal —gruñó Roman, sudando profusamente, los abdominales marcados brillando bajo las luces lejanas de la ciudad—. Tu culo me aprieta como un coño virgen. Toma toda mi polla, hasta el fondo.

Xavier tenía la boca abierta, jadeando. Renata no aguantó más y se colocó delante de él, abriendo las piernas y agarrándolo del pelo con autoridad. Tiró de su cabeza hacia abajo y pegó su coño chorreante contra la boca del fotógrafo.

—Chúpame mientras te follan el culo, puto —le ordenó con voz temblorosa de excitación—. Méteme la lengua en el coño como mi marido te la mete en el orto.

Xavier obedeció de inmediato, lamiendo con desesperación el clítoris hinchado de Renata, tragándose sus jugos que le corrían por la barbilla. El doble estímulo lo estaba volviendo loco: la polla enorme de Roman martilleándole la próstata con cada embestida brutal y el coño dulce y empapado de la ejecutiva inundándole la boca. Renata tiraba de su pelo, follándole la cara sin piedad, sus tetas pesadas balanceándose.

—Qué puta anal más rico eres, Xavier —le decía ella entre gemidos—. Mira cómo te abre mi marido el culo. Se te ve el agujero rojo, hinchado, tragándose esa verga gruesa. ¿Te gusta, eh? ¿Te gusta que te usen como una zorra?

—Sí… sí… me gusta —balbuceaba Xavier contra el coño de ella, la voz ahogada en jugos—. Me encanta que me abran el orto… ¡joder, más fuerte!

Roman aceleró, sujetando las caderas de Xavier con fuerza bruta, follándolo como un animal. El sudor les caía a chorros. Los tres cuerpos brillaban bajo las estrellas. El ingeniero sentía cómo el ano del joven lo estrangulaba con cada contracción, un calor apretado y sedoso que lo llevaba al borde.

De pronto Roman ralentizó, sacó la polla con un sonido húmedo y se tumbó de espaldas sobre los cojines, la verga apuntando al cielo, palpitante, cubierta de saliva y fluidos.

—Sube, puto. Quiero verte cabalgarme el culo en reversa. Quiero que Renata vea cómo te lo metes tú mismo hasta el fondo.

Xavier, con las piernas temblorosas, se colocó encima de Roman de espaldas a él. Renata ayudó, sujetando la polla gruesa y alineándola con el ano ya abierto y enrojecido. Xavier bajó lentamente, tragándose toda la longitud otra vez. Cuando estuvo completamente empalado soltó un gemido largo y gutural, sintiendo la polla tocarle lugares que nunca había sentido.

—Ahora móntala —ordenó Renata, arrodillándose frente a él.

Xavier empezó a cabalgar. Primero lento, subiendo y bajando, sintiendo cada vena de la polla de Roman rozarle las paredes internas. Luego más rápido, rebotando con fuerza, su propio miembro duro y goteante golpeando contra su abdomen. El culo le tragaba la verga completa con cada descenso, produciendo sonidos mojados y sucios.

Renata no perdió tiempo. Se pegó a él, una mano frotando con rapidez la polla de Xavier, masturbándolo con fuerza mientras con la otra le pellizcaba un pezón. Su cara estaba a centímetros de la del fotógrafo.

—Grita, puto. Quiero oírte decir lo mucho que te gusta que te abran el orto. Dilo fuerte mientras cabalgas la polla de mi marido.

Xavier, con los ojos en blanco, el sudor cayéndole por el pecho definido, obedeció entre gemidos ahogados.

—¡Me encanta que me abran el orto! —gritó, la voz quebrándose mientras subía y bajaba con violencia sobre la polla de Roman—. ¡Me gusta que me follen el culo como una puta! ¡Más adentro, Roman! ¡Rómpeme el orto!

Renata aceleró la mano sobre la polla de Xavier, frotando el glande hinchado, recogiendo el precum y extendiéndolo. Su propio coño palpitaba sin tocarlo, chorreando sobre los cojines.

—Más fuerte, dilo más fuerte, cabrón —le exigió ella, mordiéndole el labio inferior—. Quiero que toda la ciudad te oiga confesar que eres el puto anal de mi marido.

—¡SOY EL PUTO ANAL DE TU MARIDO! —aulló Xavier, rebotando salvajemente, el culo tragándose la polla hasta la base con cada movimiento—. ¡ME GUSTA QUE ME ABRA EL ORTO! ¡ME CORRE QUE ME LLENEN EL CULO!

Roman desde abajo empujaba hacia arriba, clavando la polla con fuerza, sujetando las caderas de Xavier para que no pudiera escapar del ritmo brutal. El placer era casi insoportable. Renata seguía masturbándolo sin piedad, rozando con el pulgar la uretra sensible, llevándolo al borde del orgasmo una y otra vez, pero sin dejarlo correrse.

Los tres jadeaban, sudaban, gemían. El aire estaba espeso de olor a sexo, saliva, sudor y coño mojado. Renata sentía que su propio orgasmo estaba cerca solo de mirar y tocar, pero se aguantaba. Quería más. Quería ver cómo su marido se corría dentro de ese culo abierto, quería que Xavier se corriera gritando, quería que los tres llegaran al límite… pero todavía no.

Roman apretó los dientes, sintiendo cómo el ano de Xavier lo ordeñaba. Xavier temblaba entero, la polla morada en la mano de Renata a punto de explotar. Renata los miraba a ambos con los ojos brillantes de lujuria salvaje, el coño contrayéndose en el aire, sabiendo que esta noche apenas estaba empezando a volverse realmente sucia.

El viento cálido de la azotea les acariciaba la piel mojada mientras los gemidos seguían subiendo de volumen, prometiendo que el descontrol iba a llegar mucho más lejos antes de que amaneciera.

Roman no podía contenerse más. Sus caderas se impulsaban hacia arriba con violencia controlada, clavando cada centímetro de su polla gruesa y venosa hasta el fondo del culo de Xavier. El fotógrafo de veintiocho años rebotaba sobre él como un animal en celo, el ano completamente abierto tragándose la verga una y otra vez con sonidos húmedos y obscenos que resonaban en la azotea desierta. El sudor les corría por el pecho, mezclándose con el precum que salía a borbotones de la polla morada de Xavier, cuya cabeza hinchada brillaba bajo la luz tenue de la ciudad.

Renata, arrodillada a un lado, no dejaba de masturbarlo con la mano resbaladiza. Sus dedos se cerraban con fuerza alrededor del tronco, subiendo y bajando mientras su pulgar presionaba la uretra sensible. Pero su otra mano ya no estaba ociosa. La ejecutiva de treinta y dos años había escupido generosamente sobre sus propios dedos y los había llevado atrás, rodeando su ano fruncido. Lo masajeaba en círculos, respirando agitada, sintiendo cómo el anillo cedía poco a poco. Dos dedos entraron con facilidad; los giró, los abrió en tijera, dilatándose a sí misma mientras observaba cómo su marido destrozaba el culo del joven.

—Dios… mirad cómo se te abre —jadeó Renata, con la voz ronca de pura lujuria—. Ese orto está hecho para pollas grandes. Roman, rómpeselo más. Quiero verlo completamente destruido antes de que te corras dentro.

Xavier gemía sin control, la cabeza echada hacia atrás, los ojos entrecerrados. Cada descenso hacía que la polla de Roman le rozara la próstata con brutal precisión, enviando descargas eléctricas por todo su cuerpo. Sentía el culo ardiendo, estirado al límite alrededor de esa verga de veintidós centímetros, pero el dolor ya se había convertido en un placer sucio y adictivo.

—Más fuerte, Roman… por favor… quiero sentirte hasta la garganta —suplicó, rebotando con más violencia. Su culo producía chasquidos húmedos cada vez que se empalaba hasta los huevos.

Roman apretó los dientes, los abdominales marcados brillando de sudor. Sentía las paredes internas de Xavier contrayéndose como un puño caliente y sedoso, ordeñándolo sin piedad. Desde abajo, sujetaba las nalgas firmes del fotógrafo y las separaba aún más, disfrutando la visión que le ofrecía a su esposa: el ano rojo, hinchado, completamente tragado por su polla.

—Eres una puta anal perfecta, Xavier. Tu culo me está exprimiendo… joder, no voy a durar mucho más.

Renata aceleró los dedos dentro de su propio ano. Ya tenía tres metidos hasta los nudillos, follándose el orto con movimientos cortos y profundos mientras su coño chorreaba sin que nadie lo tocara. El placer de dilatarse frente a ellos, combinado con la escena brutal que tenía delante, la estaba llevando al borde. Sus tetas pesadas se balanceaban con cada movimiento, los pezones duros como piedras.

—Quiero que te corras dentro de él, mi amor —le dijo a Roman con los ojos brillantes—. Llénalo. Quiero ver cómo le inundas el culo con tu leche caliente. Y tú, Xavier… cuando te corras, vas a hacerlo sobre mis tetas. Quiero sentir tu semen quemándome las tetas mientras me toco el ano dilatado.

El ritmo se volvió salvaje. Xavier cabalgaba como un desesperado, subiendo casi hasta la punta y dejándose caer con todo su peso. La polla de Roman entraba y salía a toda velocidad, abriendo el agujero cada vez más. Renata se acercó aún más, pegando su cara al culo del fotógrafo para verlo todo de cerca: la piel estirada, las venas de la verga de su marido brillando con fluidos, el precum y la saliva chorreando por los huevos pesados.

De pronto Roman soltó un gruñido animal. Sus manos se clavaron con fuerza en las caderas de Xavier, inmovilizándolo.

—Ahora, puto… ¡me corro!

El primer chorro fue violento. Roman empujó hacia arriba con todo su cuerpo, enterrándose hasta la base mientras su polla palpitaba con fuerza dentro del culo abierto. Chorros abundantes y espesos de semen caliente inundaron las entrañas de Xavier, llenándolo por completo. Se podía sentir el calor, la presión, el líquido espeso pintando sus paredes internas. Xavier soltó un gemido largo y gutural, un sonido roto de placer absoluto que pareció vibrar en toda la azotea.

—¡Sí! ¡Lléname! ¡Siento tu corrida dentro… joder, está muy caliente! —gritó el fotógrafo, temblando entero mientras el orgasmo de Roman seguía pulsando, chorro tras chorro, tanto semen que empezó a escaparse alrededor de la polla aún enterrada, formando un hilo blanco que bajaba por los huevos de Roman.

Renata lo observaba todo con la boca abierta, fascinada y excitada hasta el delirio. Sus dedos seguían follándose el ano sin descanso, dilatándolo obscenamente, abriéndolo hasta que pudo meter cuatro dedos con facilidad. El agujero le palpitaba, sensible, hinchado, exactamente como quería.

Roman siguió corriéndose durante casi veinte segundos, vaciándose por completo en el culo del joven. Cuando por fin dejó de palpitar, sacó la polla lentamente con un sonido húmedo y obsceno. El ano de Xavier quedó abierto como una boca hambrienta, rojo intenso, dilatado varios centímetros, con semen espeso burbujeando desde dentro y chorreando en hilos largos sobre la manta.

—Mirad cómo queda… completamente destruido y lleno de mi leche —dijo Roman con voz satisfecha, respirando como un toro.

Xavier, aún temblando por la sensación de estar tan lleno, se bajó del regazo de Roman con piernas inestables. Su propia polla seguía dura como el acero, morada, a punto de explotar. Renata se tumbó de espaldas sobre los cojines, abriendo las piernas y arqueando la espalda. Sus tetas grandes y pesadas quedaron expuestas, subiendo y bajando con su respiración agitada. Con una mano se pellizcaba un pezón con fuerza; con la otra seguía metida entre sus nalgas, follando su propio ano dilatado con tres dedos que entraban y salían sin piedad.

—Vente encima de mí, Xavier —ordenó con voz temblorosa—. Quiero tu corrida en mis tetas mientras me toco el orto abierto. Roman, ven aquí… tócame también.

Roman se arrodilló a un lado, sustituyendo los dedos de su esposa por los suyos. Metió dos dedos gruesos en el ano ya dilatado de Renata y los movió en círculos, abriéndola aún más mientras ella gemía como una perra. Xavier se colocó sobre el pecho de la ejecutiva, masturbándose con furia justo encima de sus tetas. La cabeza de su polla rozaba los pezones duros.

—Estoy a punto… joder, ver tu ano tan abierto mientras mi semen sale del mío… —gruñó Xavier.

Renata lo miró con ojos vidriosos de placer.

—Córrete, puto. Baña las tetas de la esposa de quien te abrió el culo. Quiero sentirlo caliente sobre mí.

Xavier aceleró la mano. Su polla dio un salto y empezó a disparar. El primer chorro fue tan potente que salpicó desde la base de las tetas hasta el cuello de Renata. Luego vinieron más, gruesos, blancos, pegajosos, cubriendo sus pechos por completo, deslizándose por los pezones y acumulándose en el valle entre ellos. Renata gemía sin parar, follando su ano dilatado con los dedos de Roman, sintiendo cada pulsación de placer en su propio cuerpo.

—Gracias… —jadeó ella cuando Xavier terminó de vaciarse, la voz rota pero llena de satisfacción—. Gracias por cumplir mi fantasía más sucia. Ver cómo mi marido te abría el culo, cómo te follaba como a una puta anal, cómo te llenaba de leche… ha sido mejor de lo que imaginaba. Me tocaba el ano pensando en esto desde hace meses.

Roman sacó los dedos del culo de su esposa con lentitud, dejando el agujero ligeramente abierto y palpitante. Los tres se acercaron, sudados, manchados de semen, saliva y jugos. Sus bocas se encontraron en un beso triple sucio y profundo. Lenguas se enredaron, saboreando el sexo en los labios de los demás. Renata besaba a su marido con posesión y luego lamía la boca de Xavier, mezclando todo en un beso húmedo y prolongado.

—Repetimos mañana por la noche —susurró Roman contra sus labios, aún respirando con dificultad—. En esta misma azotea. Traeré más lubricante y te follaremos los dos a la vez.

Xavier, con el culo aún chorreando semen de Roman, sonrió con los ojos nublados de placer.

—Quiero que me abras más. Y que ella también se deje abrir.

Renata, con las tetas cubiertas de semen y el ano dilatado palpitando, asintió mientras los besaba de nuevo, más suave esta vez, sellando la promesa.

—Mañana. Aquí. Más sucio todavía.

El viento cálido de la noche les secaba el sudor mientras los tres cuerpos permanecían entrelazados, exhaustos y satisfechos, con la promesa de más placer colgando en el aire.

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