Ojos que se encuentran a medianoche
Una divorciada de 42 años descubre que su vecino Víctor, un arquitecto de 38, se masturba con las cortinas abiertas y empieza a mirarlo cada noche hasta que
Vanessa, una divorciada de cuarenta y dos años que había convertido su apartamento en un refugio de plantas y libros después de que su matrimonio se disolviera dos años atrás, nunca imaginó que su mayor entretenimiento nocturno llegaría de la ventana de enfrente. El edificio antiguo del centro tenía patios interiores estrechos, y las luces de los vecinos se convertían en teatros involuntarios después de medianoche. Víctor, el arquitecto de treinta y ocho años que vivía exactamente frente a ella, era un hombre de sonrisa fácil y hombros anchos que siempre la saludaba con un cortés «buenos días, Vanessa» cada vez que coincidían en el ascensor. Ella respondía con igual educación, bajando la mirada para no delatar cómo se fijaba en la forma en que la camisa se le ajustaba al pecho. Nada más. Hasta aquella madrugada.
No podía dormir. El calor pegajoso de finales de verano la había empujado hasta la cocina a buscar un vaso de agua fría. Al pasar por la sala, la luz del apartamento de Víctor estaba encendida y las cortinas completamente abiertas, como si nadie en el mundo pudiera verlo. Y allí estaba él: de pie junto al sofá, completamente desnudo, con una mano rodeando una polla gruesa y venosa que brillaba bajo la lámpara. Se masturbaba con fuerza, casi con rabia, la cabeza echada hacia atrás y los abdominales marcándose con cada movimiento de su puño. Vanessa se quedó petrificada. El vaso se le resbaló entre los dedos y cayó sin romperse sobre la alfombra. En lugar de apartar la mirada, apagó la luz de su propia sala con un movimiento torpe y se quedó allí, escondida en la oscuridad, respirando como si hubiera corrido un maratón.
«Esto no está bien, Vanessa. Mañana vas a cruzártelo en el ascensor y te vas a morir de vergüenza», pensó. Pero su coño ya había decidido por ella. Notaba el calor húmedo empapándole las bragas. Se mordió el labio inferior y, sin pensarlo dos veces, deslizó una mano dentro de su camisón. Sus dedos encontraron el clítoris hinchado y empezaron a frotarlo en círculos lentos mientras observaba cómo Víctor apretaba más fuerte, cómo su bíceps se tensaba y cómo una gota gruesa de precum le caía por los nudillos. El espectáculo era crudo, animal, y absurdamente hermoso. Cuando él se corrió —lanzando chorros espesos que salpicaron el respaldo del sofá— Vanessa se corrió también, ahogando un gemido contra su propio antebrazo. Las piernas le temblaban. Se sintió ridícula y excitada al mismo tiempo, como una adolescente pillada haciendo algo prohibido. «Soy una pervertida de cuarenta y dos años. Genial. Mañana le sonreiré como si no le hubiera visto sacarse el alma a pajas».
Aquella fue solo la primera noche. Las siguientes se convirtieron en una rutina que Vanessa perfeccionó con una mezcla de culpa y entusiasmo casi científico. Apagaba todas las luces a las once y media, se ponía un camisón negro transparente que había comprado por internet con la excusa de «regalarme algo», y se sentaba en su sillón favorito junto a la ventana. Había descubierto que si inclinaba un poco la butaca podía ver perfectamente sin ser vista… o eso creía. Se masturbaba con más descaro cada vez. Primero solo con los dedos, luego con el vibrador pequeño que guardaba en la mesita de noche. Se abría de piernas, apoyaba los talones en el alféizar y dejaba que el juguete zumbara contra su clítoris mientras veía a Víctor recorrer su polla de arriba abajo, a veces lento, a veces rápido, como si supiera que alguien lo estaba disfrutando.
La cuarta noche fue la que lo cambió todo. Víctor estaba de pie, iluminado por la luz cálida de una lámpara de pie, acariciándose con una lentitud casi insultante. Vanessa tenía el vibrador enterrado hasta el fondo en su coño, moviéndolo en círculos mientras se pellizcaba un pezón. Sus miradas se encontraron de repente. Ella se congeló. Él también. Por un segundo eterno solo hubo silencio y cristales entre ellos. Luego Víctor sonrió. No fue una sonrisa avergonzada ni de sorpresa. Fue una sonrisa torcida, pícara, llena de «te pillé». En vez de cerrar las cortinas, dio un paso más cerca de la ventana, abrió más las piernas y empezó a masturbarse solo para ella: lento, exagerado, girando la muñeca en la cabeza de su polla para que brillara. Le guiñó un ojo.
Vanessa soltó una risa nerviosa que sonó ridícula en su apartamento vacío. «Me va a dar un infarto», pensó, pero no se movió. Él levantó una ceja, señalándose a sí mismo y luego a ella con un gesto claro: «¿Quieres venir?». Ella se mordió el labio, todavía con el vibrador dentro, y asintió. Una vez. Dos. Con una claridad absurda. Víctor soltó una carcajada muda al otro lado del patio y levantó el pulgar en señal de aprobación. Ambos se rieron al mismo tiempo, cada uno en su lado del cristal, como si acabaran de descubrir que el mundo era mucho más divertido de lo que creían.
Vanessa tardó menos de tres minutos en cruzar el pasillo. Llevaba solo el camisón negro y una bata ligera que ni se molestó en cerrar. Cuando Víctor abrió la puerta, estaba completamente desnudo, la polla todavía dura y apuntando hacia arriba. No hubo palabras torpes ni explicaciones. Él la agarró por la cintura, la metió dentro y cerró la puerta de un empujón.
—Así que la vecina educada del ascensor resulta que es una mirona de primera —dijo con voz ronca, pero con una chispa de humor en los ojos—. Llevo cuatro noches sabiendo que me miras, Vanessa. ¿Sabes lo difícil que es no correrme en cuanto te veo asomarte?
Ella no respondió con palabras. Se arrodilló directamente sobre la alfombra del salón, tomó esa polla gruesa entre sus manos y se la metió en la boca con ganas. Chupó con hambre, lamiendo desde los huevos hasta la punta, dejando que la saliva le cayera por la barbilla. Víctor soltó un gemido mezclado con risa.
—Joder, qué boca tienes… Chúpamela más profundo, divorciada traviesa. Así, eso es. Mira cómo te brillan los ojos. ¿Cuántas veces te has corrido mirándome, eh? ¿Diez? ¿Veinte?
Vanessa gimió alrededor de su polla, excitada por lo absurdo y caliente de la situación. Él la sujetó del pelo con suavidad, follándole la boca con movimientos controlados mientras le decía guarradas que sonaban ridículamente cariñosas.
—Qué buena vecina… Mañana cuando nos crucemos en el ascensor voy a recordarte que tienes mi polla grabada en la garganta.
Después la levantó, la giró y la puso a cuatro patas contra la ventana. El cristal frío le rozaba las tetas. Desde allí podía verse reflejada: pelo revuelto, cara de placer, boca abierta. Víctor se colocó detrás, le dio un azote juguetón que resonó en la sala y la penetró de un solo empujón profundo. El gemido que soltó Vanessa fue casi un grito.
—Mírate —le susurró al oído mientras empezaba a follarla con fuerza—. Mírate mientras te follo, mirona. Esto es lo que querías, ¿no? Verla de cerca.
Los azotes eran juguetones, seguidos de caricias y embestidas que le llegaban al fondo. Cada vez que entraba del todo, él soltaba una risita baja, como si no pudiera creer la suerte que tenía. Luego la levantó, la sentó en el borde de la mesa del comedor y se colocó entre sus piernas. Se besaron con lengua, salvajes y risueños, mientras él la penetraba de frente. Vanessa le rodeó la cintura con las piernas y se corrió gritando su nombre, contrayéndose alrededor de su polla con tanta fuerza que Víctor apenas pudo aguantar.
—Voy a correrme dentro, Vanessa… ¿Quieres sentirme?
—Sí, joder, sí —jadeó ella entre risas y gemidos.
Víctor se dejó ir con un gruñido ronco y divertido, llenándola con chorros calientes mientras ambos se miraban a los ojos y se reían de lo absurdo, de lo perfecto, de lo ridículamente caliente que era todo aquello.
Después, todavía jadeando y con las piernas temblorosas, Víctor miró el reloj de la pared.
—Las tres de la mañana. Perfecto. ¿Café?
Preparó dos tazas sin molestarse en vestirse. Vanessa se quedó desnuda en el sofá, con las piernas cruzadas y el semen de él todavía escurriéndose lentamente por su muslo. Cuando Víctor volvió con las tazas humeantes, se sentó a su lado, completamente desnudo también, y le pasó una. Se miraron de reojo, sonriendo como dos adolescentes que acaban de hacer una travesura enorme.
—Esto… no podemos dejarlo en una sola noche, ¿verdad? —preguntó él, soplando su café con esa sonrisa pícara que ahora tenía un significado completamente nuevo.
Vanessa bebió un sorbo, sintiendo el calor bajar por su garganta y el pulso todavía acelerado entre las piernas. El ascensor de mañana ya no sería el mismo. Y mientras lo pensaba, una nueva idea, peligrosa y deliciosa, empezó a formarse en su cabeza. Porque ahora que los ojos se habían encontrado a medianoche, ninguno de los dos parecía dispuesto a volver a bajar la mirada.
Vanessa dejó la taza de café a medio beber sobre la mesa baja y sintió cómo una gota tibia del semen de Víctor se deslizaba por el interior de su muslo, recordándole lo real que había sido todo. A sus cuarenta y dos años, con un divorcio a cuestas que la había convertido en una experta en regar plantas y devorar novelas eróticas en soledad, la situación le parecía tan absurda como deliciosa. Miró a Víctor, todavía desnudo, con esa polla gruesa que descansaba semierecta entre sus piernas fuertes de arquitecto de treinta y ocho años, y soltó una risita que no pudo contener.
—No puedo creer que te haya chupado la polla hace quince minutos como si fuera lo más normal del mundo —murmuró ella, mordiéndose el labio inferior mientras sentía un nuevo calor subirle desde el coño.
Víctor se recostó en el sofá, cruzando los brazos detrás de la cabeza, y la observó con esa sonrisa torcida que ya empezaba a volverla loca. Su pecho ancho subía y bajaba todavía agitado, los abdominales marcados por el esfuerzo reciente.
—Ni yo que la vecina educada del ascensor tuviera una boca tan viciosa. Llevo semanas dejándote cortinas abiertas a propósito, Vanessa. La primera vez fue casual, pero cuando te vi la segunda noche con la mano entre las piernas… joder, me corrí pensando que estabas ahí, mirándome como una pervertida adorable.
Ella soltó una carcajada genuina, tapándose la cara un segundo con las manos antes de separar los dedos y espiarlo entre ellos. El ridículo de la situación la excitaba más de lo que quería admitir. Su mente, que minutos antes había empezado a tejer una idea peligrosa, ahora la gritaba con claridad. Quería más. No solo follar. Quería que el juego del voyeurismo siguiera vivo, que creciera, que se volviera un ritual compartido y cada vez más arriesgado.
—Tengo una propuesta —dijo al fin, descruzando las piernas para que él pudiera ver cómo su coño todavía brillaba, hinchado y rosado—. Mañana por la noche… vuelvo a mi apartamento. Dejo las luces encendidas, las cortinas bien abiertas. Y te hago un show. Solo para ti. Pero no quiero que sea silencioso. Quiero que abras tu ventana y me hables. Que me digas exactamente qué quieres que me haga. Y yo te respondo desde la mía.
Víctor se incorporó lentamente, su polla dando un visible salto al escuchar la idea. Sus ojos verdes se oscurecieron de deseo, pero la chispa humorística no desapareció.
—¿Quieres que gritemos guarradas a través del patio a las dos de la mañana? La señora del tercero va a creer que nos están asesinando… o follando como animales. Probablemente las dos cosas.
Vanessa se rio otra vez, pero sintió cómo su clítoris palpitaba solo de imaginarlo. Se levantó del sofá y caminó desnuda hasta la ventana de él, apoyando las manos en el cristal frío. Desde allí podía verse su propio salón al otro lado del estrecho patio interior, oscuro y lleno de plantas. La idea de exponerse así, de convertir sus apartamentos en un escenario mutuo, le aceleraba el pulso de una forma casi juvenil.
—Exacto. Quiero que me veas correrme desde lejos otra vez… pero sabiendo que ahora estamos los dos metidos en esto. Y después… cruzo el pasillo y me follas contra esa misma ventana para que cualquiera que mire pueda imaginarse lo que pasa.
Víctor se acercó por detrás, pegando su cuerpo caliente al de ella. Su polla, ya casi completamente dura de nuevo, se acomodó entre las nalgas de Vanessa. Le besó el cuello con dientes juguetones mientras sus manos grandes le cubrían los pechos, pellizcándole los pezones con esa mezcla perfecta de fuerza y risa contenida.
—Eres una divorciada peligrosa, ¿lo sabías? A mis treinta y ocho años pensaba que ya había probado casi todo, pero tú… tú estás sacando al exhibicionista que ni sabía que tenía.
Ella empujó las caderas hacia atrás, frotándose contra su erección con descaro. El cristal estaba frío contra sus tetas, y la sensación contrastaba brutalmente con el calor del cuerpo de él. Víctor bajó una mano y le metió dos dedos de golpe en el coño empapado, curvándolos justo donde sabía que la volvía loca. Vanessa jadeó, apoyando la frente en la ventana.
—Más fuerte… —pidió entre risas entrecortadas—. Quiero que mañana, cuando estés diseñando esos aburridos planos de edificios, solo puedas pensar en cómo me voy a abrir de piernas para ti desde mi sillón.
Él gruñó contra su oreja, follándola con los dedos más rápido mientras su polla se restregaba entre sus nalgas. El humor no desaparecía; cada pocos segundos uno de los dos soltaba una risita nerviosa, como si no pudieran creer que estuvieran planeando un espectáculo voyeurista a plena luz de sus salones.
—Vas a tener que usar ese vibrador grande que te vi la otra noche —le susurró él, mordiéndole el lóbulo de la oreja—. El que te enterraste hasta el fondo mientras me mirabas. Quiero verte correrte tan fuerte que tiembles. Y cuando cruces el pasillo, te voy a comer ese coño hasta que me ruegues que te folle.
Vanessa se corrió de repente con un gemido ahogado, las piernas temblando mientras los dedos de Víctor seguían moviéndose dentro de ella. El orgasmo fue rápido, casi sorpresa, y dejó una mancha húmeda en el cristal. Él se rio bajito, orgulloso y cariñoso al mismo tiempo.
—Mira cómo mojas mi ventana, vecina traviesa. Mañana vas a mojar la tuya mucho más.
Sin darle tiempo a recuperarse del todo, Víctor la giró, la levantó como si no pesara nada y la sentó en el borde de la mesa del comedor. Le separó las piernas con las manos y se arrodilló entre ellas. Su lengua fue directa al clítoris hinchado, lamiendo con hambre mientras dos dedos volvían a penetrarla. Vanessa le agarró el pelo castaño, tirando sin delicadeza, riendo y gimiendo al mismo tiempo.
—Joder, Víctor… eres demasiado bueno con esa boca para ser un simple arquitecto. ¿También diseñas coños o qué?
Él levantó la vista entre sus muslos, con la barbilla brillante de sus jugos, y soltó una carcajada ronca antes de volver a chupar con más fuerza, succionando el clítoris entre los labios. Los sonidos eran obscenos: el chupar húmedo, los gemidos de ella, el crepitar de la madera de la mesa bajo su culo. Vanessa sintió que otro orgasmo se construía rápido, más profundo esta vez. Cuando llegó, arqueó la espalda y gritó su nombre sin preocuparse por el volumen, las tetas rebotando mientras él seguía lamiendo hasta que ella le empujó la cabeza, demasiado sensible.
—Ven aquí… —jadeó Vanessa, todavía riendo entre respiraciones agitadas—. Quiero montarte. Quiero que me veas desde abajo mientras pienso en cómo voy a tocarme mañana para ti.
Víctor se levantó, la polla tiesa y brillante de precum. Se sentó en el sofá y ella se subió a horcajadas, guiándolo dentro de su coño de un solo movimiento lento y profundo. Ambos soltaron un gemido largo. Ella empezó a cabalgarlo con ritmo, las manos apoyadas en su pecho ancho, sintiendo cada centímetro grueso y venoso abrirla. Víctor le agarraba las caderas, guiándola, pero sin quitarle el control. Sus miradas se mantenían fijas, divertidas y ardientes.
—Así, Vanessa… móntame como la mirona que eres. Mañana voy a estar en mi ventana, polla en mano, diciéndote lo puta que te ves abriéndote para mí. Voy a contarte cómo quiero que te metas tres dedos mientras me miras a los ojos.
Ella aceleró, riendo entre gemidos porque la palabra «puta» sonaba absurdamente cariñosa en su boca. El sonido de sus cuerpos chocando llenaba la sala: carne contra carne, el sofá crujiendo, sus respiraciones mezcladas con risitas ocasionales cuando alguna frase salía demasiado ridícula. Le pellizcó los pezones a él, tirando suavemente, y Víctor echó la cabeza hacia atrás con un gruñido placentero.
—Más rápido, divorciada… quiero sentir cómo te corres alrededor de mi polla otra vez.
Vanessa obedeció, moviendo las caderas en círculos apretados mientras bajaba del todo, tragándoselo entero. El placer era casi insoportable. Pensaba en el día siguiente, en dejar las cortinas abiertas de par en par, en encender todas las luces para que él pudiera verla perfectamente mientras se abría con los dedos, mientras usaba el vibrador y le contaba a gritos lo mojada que estaba. La idea la empujó al borde. Se corrió con fuerza, contrayéndose alrededor de él, gritando su nombre entre carcajadas ahogadas porque hasta el orgasmo le parecía ridículamente perfecto.
Víctor la sujetó fuerte de las caderas y se corrió segundos después, llenándola otra vez con chorros calientes y espesos. Se quedaron abrazados, sudados, riendo bajito contra el cuello del otro.
—Esto se nos está yendo de las manos —murmuró él, besándole el hombro—. Y no quiero que pare.
Vanessa se apartó lo suficiente para mirarlo a los ojos. Su idea original había crecido. Mañana no solo sería un show. Quería que ambos abrieran las ventanas de par en par. Quería oír su voz ronca dándole órdenes desde el otro lado del patio mientras ella se masturbaba. Quería que el riesgo de que algún vecino insomne los escuchara o viera aumentara la excitación. Y después… quería que él cruzara, la empujara contra su propia ventana y la follara sabiendo que cualquiera podría asomarse.
Se levantó con piernas temblorosas, el semen escurriéndose por sus muslos, y recogió su bata ligera sin cerrarla.
—Mañana a las doce y media. Luces encendidas. Ventanas abiertas. Y prepárate, arquitecto… porque pienso hacer que te corras sin tocarte hasta que cruces el pasillo.
Víctor se quedó sentado, observándola con hambre renovada y esa sonrisa pícara que prometía travesuras mayores.
—Vas a matarme, Vanessa. Pero qué bonita manera de morir.
Ella salió al pasillo todavía desnuda bajo la bata, el corazón latiéndole con fuerza. Al cerrar la puerta de su apartamento, se apoyó contra ella y soltó una risa nerviosa. La idea ya no era solo una fantasía. Mañana por la noche el patio interior se convertiría en su teatro privado y, tal vez, en el de alguien más. El pensamiento la hizo tocarse distraídamente entre las piernas otra vez, imaginando ya cómo se abriría para él, cómo le gritaría guarradas a través del aire nocturno, cómo la tensión subiría hasta que ninguno de los dos pudiera soportarlo.
Y mientras se metía en la ducha, todavía sintiendo su semen dentro, supo que esto solo acababa de empezar a escalar. Mañana sería más sucio, más audible, más expuesto. Y ella ya estaba contando las horas.
Vanessa cerró el grifo de la ducha y se miró en el espejo empañado, con el semen de Víctor todavía escurriéndose por el interior de sus muslos. A sus cuarenta y dos años, después de un divorcio que la había dejado más seca que sus plantas de interior, aquello parecía una comedia erótica de bajo presupuesto en la que ella era la protagonista torpe pero cachonda. Sonrió de lado, se secó el pelo con una toalla y ya empezó a imaginar el espectáculo del día siguiente. El corazón le latía con una mezcla ridícula de vergüenza y excitación que le humedecía el coño otra vez. «Voy a arrepentirme… o no. Probablemente no».
El día siguiente transcurrió entre cafés nerviosos y miradas al reloj. Cada vez que pensaba en las cortinas abiertas y las ventanas de par en par, sentía un cosquilleo entre las piernas. A las once de la noche ya había preparado el escenario: todas las luces encendidas, el sillón colocado estratégicamente frente a la ventana, el vibrador grande y el pequeño sobre la mesita, una botella de agua por si se le secaba la garganta de tanto gemir y gritar. Se puso solo una bata de seda negra que se abría con solo respirar. Nada debajo. A las doce y veinte se asomó. El patio interior estaba en silencio, solo el zumbido lejano de algún aire acondicionado. La ventana de Víctor estaba cerrada todavía. Vanessa respiró hondo, abrió las suyas de golpe y el aire cálido de la noche le rozó los pezones endurecidos.
—Allá vamos, divorciada pervertida —se dijo en voz baja, riéndose sola mientras se sentaba en el sillón y abría las piernas hacia el vacío del patio.
A las doce y media exactas, las luces de enfrente se encendieron. Víctor apareció desnudo, su polla ya medio dura balanceándose entre sus piernas fuertes. Abrió su ventana con un gesto teatral y se apoyó en el marco, mirándola directamente. La distancia entre ellos era de apenas seis metros, pero aquella noche parecía un escenario de teatro pornográfico al aire libre. Vanessa sintió que el rubor le subía por las mejillas y al mismo tiempo que su coño se contraía de pura anticipación.
—Buenas noches, vecina —dijo Víctor con voz clara, lo suficientemente alta para que ella la oyera perfectamente y, probablemente, la señora del tercero también—. ¿Estás lista para que todo el edificio sepa lo puta que eres cuando te tocas?
Vanessa soltó una carcajada nerviosa que resonó en el patio. Se abrió más la bata, dejando que sus tetas de cuarenta y dos años quedaran completamente expuestas bajo la luz amarilla de su salón.
—Más que lista, arquitecto exhibicionista —respondió ella, elevando también la voz—. Pero si la señora Ramírez llama a la policía, la culpa es tuya por ponerme tan mojada.
Víctor se agarró la polla con una mano y empezó a acariciarla lentamente, sin prisa, mientras la señalaba con la otra.
—Quiero verte las tetas. Pellízcate esos pezones hasta que te duelan un poco. Quiero oírtelo. Y abre más las piernas, que desde aquí no veo bien ese coño que me chupó anoche como si tuviera hambre de tres semanas.
Ella obedeció con una risita entrecortada. Sus dedos atraparon los pezones, tirando de ellos con fuerza mientras gemía de forma audible. El sonido viajó por el patio como una confesión pública. Sentía los ojos de Víctor clavados en ella, pero también imaginaba a los demás vecinos apagando sus luces para asomarse. La idea, en lugar de aterrarla, le provocó un latigazo de placer entre las piernas.
—Así… joder, Vanessa, mírate. Cuarenta y dos años y todavía te pones como una perra en celo solo porque te miro —dijo él, acelerando un poco el movimiento de su puño. Su polla ya estaba completamente dura, gruesa y venosa bajo la luz—. Ahora baja una mano y ábrete el coño con dos dedos. Quiero ver lo mojada que estás antes de que uses ese vibrador.
Vanessa deslizó la mano derecha por su vientre y separó los labios hinchados de su coño, mostrándoselo sin pudor. Un hilo de humedad brilló bajo la luz.
—Estoy empapada, Víctor. Mira cómo me brillan los dedos… Todo esto es por ti. Por saber que vas a decirme guarradas mientras me corro.
Él soltó una risa ronca que cruzó el patio.
—Más fuerte, mirona. Métete dos dedos y fóllate con ellos mientras me cuentas qué pensaste todo el día en la oficina. ¿Pensaste en mi polla? ¿En cómo te llené dos veces anoche?
—Sí… —jadeó ella, penetrándose con los dedos mientras su otra mano seguía torturando un pezón—. Pensé en esto todo el puto día. Mientras regaba las plantas imaginaba tu voz diciéndome que soy una divorciada viciosa que se abre de piernas para el vecino. Y me mojé tanto que tuve que cambiarme las bragas dos veces.
Víctor gruñó de placer y se masturbó más rápido, pero sin dejar de mirarla.
—Saca los dedos y coge el vibrador grande. El que te vi enterrarte hasta el fondo la otra noche. Quiero que te lo metas entero mientras me miras a los ojos. Y no te corras todavía. Quiero oírte suplicar.
Vanessa obedeció entre risas y gemidos. Encendió el aparato, que zumbó obscenamente fuerte en el silencio del patio. Lo colocó contra su clítoris primero, frotándolo en círculos, y luego lo bajó y lo empujó dentro de su coño con un gemido largo y teatral.
—Dios… está muy grueso esta noche —dijo casi gritando—. Me llena tanto… ¿Así te gusta, Víctor? ¿Ver cómo me follo con esto mientras tú te pajeas para mí?
—Más profundo. Quiero verte temblar. Y pellízcate el clítoris al mismo tiempo. Quiero que la señora del tercero sepa exactamente qué sonido hace una mujer de cuarenta y dos años corriéndose como una guarra.
Los dos se rieron al mismo tiempo, una risa entrecortada y nerviosa que hizo que el momento fuera aún más caliente. Vanessa empujó el vibrador hasta el fondo, moviéndolo en círculos mientras su pelvis se sacudía. Sus tetas rebotaban con cada movimiento. Podía ver perfectamente cómo Víctor apretaba su polla, girando la muñeca en la cabeza brillante, conteniéndose para no correrse demasiado pronto.
—Dime qué quieres ahora —pidió ella casi sin aliento, subiendo el volumen de su voz a propósito—. Dímelo alto para que todo el patio lo oiga.
—Quiero que te corras gritando mi nombre, Vanessa. Quiero que te tiemblen las piernas y que mojes ese sillón. Y cuando termines, quiero que te quedes ahí abierta, mostrándome ese coño rojo e hinchado mientras yo te digo lo que te voy a hacer cuando cruce el pasillo.
El orgasmo la golpeó como un tren. Vanessa arqueó la espalda, clavó los talones en el suelo y gritó su nombre sin ninguna contención:
—¡Víctor, joder, me corro! ¡Me corro mirándote, cabrón!
Las contracciones fueron tan fuertes que el vibrador casi se le escapó. Un chorro de humedad salpicó el asiento del sillón. Al otro lado, Víctor soltó una carcajada triunfal mezclada con un gemido.
—Buena chica… Buena vecina traviesa. Ahora quédate abierta. Mírame.
Se corrió también, lanzando chorros espesos que salpicaron el alféizar de su ventana. Algunos cayeron al patio. Los dos se quedaron jadeando, mirándose a través de los seis metros de aire nocturno, riendo como idiotas felices.
Vanessa todavía temblaba cuando vio que Víctor desaparecía de su ventana. Treinta segundos después oyó sus pasos en el pasillo. Abrió la puerta sin preguntar y él entró desnudo, polla todavía medio dura y brillante, con una sonrisa pícara que prometía más travesuras.
—Creo que la señora Ramírez ha apagado todas las luces —susurró él cerrando la puerta de un empujón—. O nos está grabando. No sé qué me pone más cachondo.
Vanessa no le dio tiempo a más charla. Lo empujó contra la ventana de su propio salón, la que seguía abierta de par en par, y se arrodilló delante de él. Se metió la polla en la boca con hambre, saboreando el gusto de su corrida reciente mientras él le sujetaba el pelo.
—Chúpamela aquí mismo —gruñó Víctor, mirando hacia el patio por encima del hombro de ella—. Que si alguien mira desde arriba vea cómo la divorciada educada del quinto se traga la polla del arquitecto.
Ella gimió alrededor de la carne gruesa, lamiendo desde los huevos hasta la punta, dejando hilos de saliva que le caían por las tetas. Víctor la levantó después de un minuto, la giró y la empujó contra el marco de la ventana. Sus tetas se aplastaron contra el cristal frío mientras él la penetraba de un solo empujón desde atrás.
—Fóllame más fuerte —jadeó ella, elevando la voz otra vez—. Quiero que se oiga.
Víctor le dio un azote sonoro y empezó a embestirla con ritmo profundo, haciendo que sus cuerpos chocaran con fuerza. Cada golpe producía un sonido húmedo y obsceno que viajaba por el patio. Le mordió el hombro y le susurró al oído, pero lo suficientemente alto para que se oyera:
—Esto es lo que querías, ¿verdad? Que todo el edificio sepa que te estoy llenando el coño. Cuarenta y dos años de señora correcta y mira cómo gritas como una puta cuando te follo contra la ventana.
Vanessa se corrió por segunda vez, contrayéndose alrededor de él con tanta fuerza que Víctor tuvo que ralentizar. Pero no salió. Siguió follándola más lento, más profundo, mientras le pellizcaba los pezones y le hablaba entre risas entrecortadas.
—No voy a correrme todavía. Quiero que me ruegues otra vez. Y después vamos a repetir esto mañana, pero más alto. Tal vez deje mi puerta entreabierta cuando vengas… o tal vez hagamos que nos oigan desde la calle. ¿Qué te parece, mirona mía?
Ella giró la cabeza, lo besó con lengua sucia y respondió entre gemidos:
—Más. Quiero más riesgo. Quiero que mañana me hagas correrme mientras alguien podría estar mirando de verdad.
Víctor aceleró otra vez, follándola con fuerza renovada contra el cristal. Los dos sabían que aquello solo estaba escalando. Que la noche siguiente sería aún más sucio, más audible, más peligroso. Y mientras se corría dentro de ella por tercera vez aquella noche, gruñendo su nombre con una risa ronca, Vanessa pensó que ya no había vuelta atrás. El patio interior ya no era solo un patio. Era su escenario. Y el público invisible solo hacía que todo fuera mucho más húmedo.
Vanessa sintió cómo el semen de Víctor se derramaba por sus muslos mientras él salía de ella con un último gemido entrecortado. Apoyada aún contra el cristal abierto, con las tetas aplastadas y el aliento empañando la noche, soltó una carcajada que resonó en el patio interior. Él la abrazó por detrás, mordisqueándole el hombro con esa mezcla de cariño y picardía que ya la tenía enganchada.
—Hostia, Vanessa, si la señora Ramírez no se ha despertado con esto, es que está muerta —murmuró él, todavía riendo bajito mientras su polla semierecta se restregaba entre sus nalgas húmedas.
Ella giró la cabeza, lo besó con lengua perezosa y respondió sin apartarse de la ventana:
—Que se joda la señora Ramírez. O mejor, que se toque si quiere. Mañana subimos la apuesta, arquitecto. Quiero que dejes tu puerta entreabierta cuando vengas. Quiero follar sabiendo que cualquiera que pase por el pasillo pueda oír cómo me estás rompiendo el coño.
Víctor soltó una risotada ronca y le dio un azote juguetón que hizo que sus tetas rebotaran contra el vidrio.
—Eres una puta peligro de cuarenta y dos años, divorciada. Yo tengo treinta y ocho y pensaba que ya había hecho todas las locuras posibles en la cama, pero tú me estás convirtiendo en un exhibicionista con polla de acero. Mañana entonces. Luces, ventanas, puertas… y te voy a hacer gritar tan fuerte que el patio entero va a necesitar una ducha fría.
Se separaron a regañadientes, todavía riendo como dos críos que acaban de romper un jarrón carísimo. Vanessa cruzó el pasillo envuelta solo en su bata abierta, con el coño palpitante y el semen escurriéndose por sus piernas. Al cerrar su puerta, se apoyó contra ella y se tocó distraídamente, imaginando ya la noche siguiente. El riesgo ya no era solo mirar. Era ser mirados. Era que el edificio entero se convirtiera en su público silencioso.
Al día siguiente, el ascensor fue una comedia. Se encontraron a las ocho de la mañana. Víctor llevaba camisa ajustada y pantalones de traje que no ocultaban del todo el bulto que se le marcaba al verla. Vanessa vestía una falda lápiz que le apretaba las caderas y una blusa con dos botones abiertos de más.
—Buenos días, vecina —dijo él con voz neutra, pero los ojos le brillaban como un demonio.
—Buenos días, arquitecto —contestó ella, mordiéndose el labio para no reír—. ¿Dormiste bien? Se oyeron ruidos raros anoche por el patio.
—Ruidos muy húmedos, sí. Creo que alguien estaba… regando las plantas con demasiado entusiasmo.
La señora Ramírez entró en el ascensor en el tercer piso, una viuda de sesenta y tantos con el pelo teñido de azul y cara de haber dormido poco. Los miró de reojo. Vanessa sintió que se le humedecían las bragas solo con la posibilidad de que la mujer supiera. Víctor tosió para disimular una risa. Cuando se bajaron en la planta baja, él le susurró al oído:
—Esta noche dejo la puerta abierta. Prepárate, mirona. Voy a follarte tan fuerte que hasta las plantas se van a correr.
El día se le hizo eterno a Vanessa. Regó sus macetas tres veces, intentó leer pero cada párrafo le recordaba la polla gruesa de Víctor abriéndola. Se tocó dos veces en la ducha, imaginando las ventanas abiertas, las puertas entreabiertas, las voces viajando por el hueco del patio. A las once de la noche ya estaba lista. Luces encendidas en todo el salón y el dormitorio. Sillón colocado de frente a la ventana. Vibrador grande, uno más pequeño con forma de bala, lubricante y hasta un plug anal que había comprado por internet esa misma tarde. La bata negra transparente era lo único que llevaba. Abrió la ventana de par en par y después, con el corazón latiéndole en la garganta, dejó su propia puerta del apartamento entreabierta. Solo una rendija. Suficiente para que cualquier vecino que subiera las escaleras oyera todo.
A las doce y cuarto las luces de Víctor se encendieron. Apareció desnudo, polla ya dura balanceándose. Abrió su ventana y, teatralmente, dejó también su puerta del apartamento entreabierta. La distancia entre ambas puertas abiertas era de apenas diez metros de pasillo compartido. Cualquiera que pasara por allí los oiría. O peor: los vería si se asomaba.
—Buenas noches, divorciada viciosa —gritó él a través del patio, sin ninguna vergüenza—. ¿Ya tienes el coño empapado para mí?
Vanessa se rio, se abrió la bata y se sentó en el sillón con las piernas abiertas sobre los reposabrazos. Sus tetas grandes se bamboleaban con el movimiento.
—Empapada no, Víctor. Chorreando. Mira cómo me brillan los labios —respondió ella elevando la voz, sabiendo que el sonido rebotaba en las paredes del patio—. ¿Ves? Me he comprado un plug para el culo. ¿Quieres que me lo meta mientras te miro?
Él soltó una carcajada que debió oír medio edificio y se agarró la polla con fuerza, masturbándose lento.
—Joder, sí. Métetelo, Vanessa. Quiero verte el culito abierto mientras te follas el coño con el vibrador grande. Y hazlo ruidoso. Quiero que la señora Ramírez sepa exactamente qué clase de vecina eres.
Vanessa cogió el plug, lo untó generosamente en lubricante y lo presionó contra su ano mientras mantenía las piernas abiertas hacia la ventana. El metal frío entró despacio, centímetro a centímetro, arrancándole un gemido largo y teatral que resonó en todo el patio.
—Ahhh… me llena el culo, Víctor… lo tengo dentro hasta el fondo —jadeó, pellizcándose un pezón con la mano libre—. Ahora dime qué hago. Dímelo alto para que todo el edificio te oiga.
Desde su ventana, Víctor aceleró el puño. Su bíceps se marcaba, la polla brillaba con precum bajo la luz.
—Ahora coge el vibrador grande. Métetelo entero en ese coño de cuarenta y dos años que tanto me gusta. Fóllate fuerte mientras me miras. Quiero oír cómo chapotea. Y no te corras todavía, mirona. Suplícame primero.
Ella obedeció. El zumbido del vibrador se oyó claro en la noche cuando lo hundió de golpe. El plug en el culo hacía que todo estuviera más apretado, más intenso. Empezó a bombearlo con fuerza, las tetas rebotando, la cara contorsionada de placer. Cada embestida producía un sonido húmedo y obsceno que viajaba por el patio.
—¡Me estoy follando el coño para ti, Víctor! —gritó, sin importarle ya nada—. ¡Mira cómo me lo meto entero! ¿Te gusta ver a tu vecina divorciada convertida en una guarra?
—Más fuerte —rugió él desde su lado, masturbándose con rabia—. Gira el plug mientras te follas. Quiero que sientas las dos cosas. Y pellízcate el clítoris. Quiero que tiembles.
Vanessa giró el plug anal y el placer la atravesó como un rayo. Su grito fue casi un aullido. Justo entonces oyeron una puerta que se abría en el piso de abajo. Pasos en la escalera. Alguien subía. El riesgo era real. Podían cerrar las puertas… pero ninguno lo hizo. Al contrario. Víctor sonrió como un diablo.
—No pares, Vanessa. Que nos oiga quien sea. Sigue follándote.
Ella aceleró, el vibrador entrando y saliendo con fuerza, el plug moviéndose dentro de su culo. Los pasos se acercaron. Se detuvieron un segundo en su planta. Vanessa se corrió violentamente, gritando el nombre de él sin control:
—¡Víctor! ¡Me corro con todo dentro, joder! ¡Mírame!
Su coño expulsó un chorro que mojó el suelo. El orgasmo fue tan fuerte que le temblaron las piernas y casi se cae del sillón. Al otro lado, Víctor gruñó y se corrió también, lanzando chorros espesos que salpicaron su propio alféizar y cayeron al patio. Los pasos en el pasillo se alejaron rápidamente, acompañados de una tos nerviosa que sonó sospechosamente a la señora Ramírez.
Ambos se quedaron jadeando, riendo como locos. Víctor desapareció de su ventana. Veinte segundos después, Vanessa oyó sus pasos acercándose por el pasillo. Dejó su puerta entreabierta, tal como habían planeado. Él entró desnudo, polla todavía goteando, y cerró solo a medias.
—Creo que acabamos de dar un espectáculo a doña Ramírez —susurró riendo mientras la empujaba contra la mesa del comedor, justo frente a la ventana abierta.
—No susurres, cabrón —dijo ella en voz alta, abriendo las piernas y guiando la polla todavía dura hacia su coño empapado—. Quiero que nos oiga follar ahora de cerca.
Víctor la penetró de un golpe seco. El plug seguía en su culo, haciendo que la sensación fuera brutalmente apretada. Empezó a follarla con embestidas profundas, haciendo que la mesa crujiera. Cada choque de pelvis resonaba.
—Así, divorciada traviesa —gruñó él, elevando la voz a propósito—. Toma mi polla mientras tienes el culo lleno. ¿Te gusta que todo el edificio sepa que te estás dejando follar como una perra?
Vanessa le clavó las uñas en la espalda y gritó de placer, sin bajar el volumen:
—¡Sí! ¡Más fuerte, Víctor! ¡Quiero que oigan cómo me llenas!
Él la giró, la puso de cara a la ventana abierta y la folló desde atrás, tirándole del pelo con suavidad. Sus tetas colgaban sobre el alféizar. Cualquiera que mirara desde los pisos superiores podría verlas rebotando. El plug salía y entraba ligeramente con cada embestida. Los gemidos de ambos llenaban el patio. Oyeron otra puerta abrirse en algún piso. Una ventana que se cerraba. El peligro los ponía más cachondos.
—Voy a correrme otra vez —jadeó ella, contrayéndose alrededor de la polla gruesa.
—Córrete, Vanessa. Córrete gritando para que nos oigan todos.
Ella lo hizo. Un orgasmo que la dejó sin aliento, temblando, riendo y gimiendo al mismo tiempo. Víctor aguantó un poco más, salió de ella, le quitó el plug con cuidado y la penetró de nuevo, ahora alternando entre coño y culo con la polla lubricada por sus jugos. La sensación era nueva, sucia y deliciosa. Vanessa empujaba hacia atrás, pidiendo más con la voz rota.
—Quiero que mañana… —dijo él entre embestidas, sin dejar de reír— hagamos esto en el patio mismo. A medianoche. Los dos desnudos contra la pared común. Que nos vean desde todas las ventanas.
Vanessa se corrió solo con la idea, contrayéndose alrededor de él. Víctor se dejó ir por tercera vez aquella noche, llenándole el coño mientras ambos miraban hacia las ventanas oscuras del edificio, sabiendo que mañana el riesgo sería mucho mayor. El patio ya no era suficiente. Querían que los vieran de verdad. Y mientras él se derramaba dentro de ella, riendo contra su cuello, Vanessa supo que la siguiente noche sería el punto sin retorno.
La noche del punto sin retorno llegó envuelta en un silencio cargado que parecía burlarse de ellos. Vanessa bajó al patio interior a las doce y media exactas, completamente desnuda bajo una bata de seda que dejó caer nada más pisar las baldosas frías. Sus cuarenta y dos años se sentían de pronto como dieciocho: el corazón le martilleaba, el coño ya empapado le chorreaba por los muslos y una risa nerviosa le burbujeaba en la garganta. Había pasado el día entero fantaseando con esto, regando sus plantas con una mano mientras la otra se perdía entre sus piernas, imaginando las ventanas iluminadas del edificio convertidas en butacas de primera fila. «Si me ven, que me vean. A la mierda el decoro», pensó, apoyando la espalda contra la pared rugosa del patio. La manta que había bajado estaba extendida a sus pies, pero apenas le importaba. Quería sentir la textura áspera contra su piel.
Víctor apareció treinta segundos después, bajando las escaleras con esa forma de andar confiada de arquitecto de treinta y ocho años que ya no fingía timidez. Iba desnudo, la polla gruesa balanceándose pesada y medio dura, los hombros anchos brillando bajo la luz amarillenta de la farola del patio. Sus ojos se encontraron y ambos soltaron una carcajada simultánea que rebotó en las cuatro paredes.
—Hostia, Vanessa… ¿de verdad vamos a hacer esto aquí? —preguntó él, acercándose hasta quedar a un metro. Su voz no era un susurro; la elevaba a propósito, dejando que el eco la llevara hacia las ventanas oscuras que los rodeaban como ojos curiosos.
—Calla y fóllame, exhibicionista —respondió ella, abriendo la bata del todo y dejando que sus tetas pesadas quedaran expuestas, pezones duros como piedras—. O mejor no calles. Quiero que grites. Que la señora Ramírez y todo el puto edificio sepan que la divorciada del quinto se está dejando comer el coño contra la pared.
Víctor se arrodilló sin más preámbulos. Le separó los labios hinchados con los pulgares, admirando el brillo de su humedad bajo la luz pobre, y hundió la lengua con un gemido ronco que sonó obscenamente alto. Lamió desde el ano hasta el clítoris en lametones largos y planos, luego succionó el botón hinchado entre los labios mientras metía dos dedos gruesos hasta el fondo. El sonido era húmedo, chapoteante, imposible de disimular en el silencio del patio.
—Joder, qué coño más jugoso tienes… —gruñó contra su carne, hablando lo suficientemente alto para que las palabras subieran por el hueco—. Cuarenta y dos años y chorreas como una veinteañera. ¿Sabes que hay una luz que se acaba de encender en el tercero? Nos están mirando, mirona.
Vanessa arqueó la espalda, clavando los talones en la manta. Una mano se enredó en el pelo castaño de él, tirando sin piedad mientras la otra pellizcaba su propio pezón con saña. El placer era eléctrico, sucio, multiplicado por la certeza de que al menos tres ventanas tenían siluetas ahora. Sentía cada pasada de la lengua como una descarga, los dedos de Víctor curvándose justo donde la volvían loca, frotando esa pared rugosa que la hacía ver estrellas.
—¡Más fuerte, cabrón! ¡Lámeme como si quisieras que me oigan hasta en la calle! —gritó ella, y su voz se quebró en una risa ahogada que terminó en gemido largo. «Esto es una locura. Mañana nos mirarán raro en el ascensor y yo solo podré pensar en su boca tragándose mi corrida», pensó, pero el pensamiento solo la excitó más. Sus caderas se movían solas, follando la cara de Víctor con descaro. El orgasmo llegó rápido, brutal: las piernas le temblaron, el coño se contrajo alrededor de los dedos y soltó un chorro caliente que le empapó la barbilla. Gritó su nombre sin filtro, dejando que rebotara en las paredes.
Víctor se levantó limpiándose la boca con el dorso de la mano, la polla ahora completamente dura, venosa y brillante de precum. La agarró por la cintura y la giró, pegándola de cara a la pared.
—Ahora te toca a ti, divorciada traviesa. De rodillas. Quiero que me la chupes sabiendo que nos ven desde arriba.
Vanessa se arrodilló sobre la manta sin dudar. El suelo estaba frío, pero el calor entre sus piernas compensaba todo. Tomó aquella polla gruesa con las dos manos, lamió desde los huevos pesados hasta la cabeza hinchada y se la metió hasta la garganta de un solo movimiento. Las arcadas eran ruidosas, la saliva le caía por la barbilla y goteaba sobre sus tetas. Víctor le sujetó el pelo con suavidad, follándole la boca con embestidas controladas pero profundas.
—Así, eso es… trágatela entera. Mira cómo te brillan los ojos, guarra. La vecina educada del ascensor tragando polla en el patio como una puta en celo. ¿Crees que la señora Ramírez se está tocando ahora mismo? Porque yo sí lo creo.
Ella gimió alrededor de la carne, vibrando la polla con el sonido. Sus ojos lagrimosos miraban hacia arriba, encontrando la mirada pícara de Víctor. Cada vez que él empujaba hasta el fondo, ella sentía el pulso en la garganta y un nuevo latigazo de placer en el coño. Sacó la polla un segundo para respirar y habló alto, sin vergüenza:
—Me encanta que nos miren, Víctor. Quiero que vean cómo me follas la boca hasta que me ahogue. Métemela más profundo… ¡así!
Él gruñó, riendo entre dientes, y aceleró. Los sonidos obscenos llenaban el patio: arcadas, saliva, los huevos golpeando la barbilla de ella. Vanessa sentía las lágrimas correrle por las mejillas, pero también sentía su propio coño palpitar, vacío y ansioso. Después de varios minutos intensos, Víctor la levantó de golpe, la giró y la empotró contra la pared.
—Ahora te voy a follar de verdad. Abre las piernas, Vanessa. Quiero que sientas cada centímetro mientras nos observan.
Le levantó una pierna, apoyándola en su antebrazo, y guió la polla gruesa hasta su entrada empapada. Entró de un empujón brutal, hasta el fondo, arrancándole un grito que debió oír medio edificio. Empezó a bombear con fuerza, el sonido de pelvis contra pelvis resonando como palmadas húmedas. Cada embestida la levantaba un poco del suelo. Las tetas de Vanessa rebotaban contra la pared, los pezones raspando la superficie rugosa.
—¡Más fuerte! ¡Que se oiga cómo me rompes el coño! —jadeó ella entre risas y gemidos. El plug que todavía llevaba en el culo de la noche anterior hacía que todo estuviera más apretado, más intenso. Víctor lo notaba y gruñía cada vez que entraba del todo.
—Estás apretadísima… Joder, divorciada, este coño fue hecho para mi polla. Mira hacia arriba. Hay dos ventanas más encendidas. Nos están viendo follar como animales y a ti te encanta, ¿verdad?
—Sí… me encanta —confesó ella casi a gritos, contrayéndose alrededor de él. El segundo orgasmo la atravesó como un rayo. Se corrió con violencia, chorros calientes salpicando los muslos de Víctor, las piernas temblando tanto que él tuvo que sujetarla con más fuerza. Su risa se mezclaba con los gemidos, ridícula y feliz—. ¡Me corro, Víctor! ¡Me corro en tu polla delante de todo el mundo!
Él no paró. La bajó, la puso a cuatro patas sobre la manta y la montó desde atrás como un toro. El ángulo era más profundo, la polla golpeando el fondo con cada embestida salvaje. Le daba azotes juguetones que resonaban fuerte, seguidos de caricias en la espalda y tirones suaves de pelo.
—Eres lo mejor que me ha pasado en años, Vanessa. Cuarenta y dos años de pura lujuria… y yo con treinta y ocho pensando que ya lo había probado todo. Mañana el ascensor va a ser insoportable. Voy a tener que follarte en el rellano solo para sobrevivir.
Las risas se entremezclaban con los gemidos. Otro orgasmo la sacudió, este más largo, más profundo. Víctor aceleró, sudando, los abdominales tensos, los huevos golpeando su clítoris hinchado. Finalmente, con un gruñido ronco que sonó casi animal, se enterró hasta el fondo y se corrió. Chorros calientes, espesos, la llenaron por completo mientras él temblaba contra su espalda. Se quedaron así, unidos, jadeando, riendo bajito mientras el semen empezaba a escaparse alrededor de la polla todavía enterrada.
Víctor la besó en la nuca, todavía dentro de ella, y susurró contra su piel:
—Esto ha sido perfecto… pero tengo que confesarte algo ahora que hemos terminado. Desde hace tres meses, mucho antes de aquella primera noche que tú viste, yo ya te observaba a ti. Te oí gemir una madrugada con la ventana entreabierta y te vi tocándote en tu sillón. Fui yo el primero que empezó este juego, mirona. Tú solo caíste en mi trampa.
Vanessa giró la cabeza, los ojos muy abiertos, una sonrisa lenta y peligrosa curvándole los labios mientras el semen de él seguía escapando por sus muslos. El patio quedó en silencio, salvo por sus respiraciones y el eco lejano de una ventana que se cerraba suavemente arriba.
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