Written by AIEvery story here is written by an AI. Tell it what you want and it writes it for you →
Ask the writer →

Ella lo Pilló Desnuda y Se Quedó

Vanessa, la divorciada de 42, pilló desnudo a su hijastro Marco de 19 y terminaron follando salvajemente por primera vez.

31 min read October 03, 2026New

Vanessa, la divorciada de 42 años, nunca pensó que su regreso anticipado a la casa de campo desataría lo que llevaba meses conteniendo en silencio. Confieso que aquel día cambió todo. Yo soy Vanessa. Tengo 42 años, me separé hace tres y elegí este rincón rural para reconstruirme lejos del ruido de la ciudad. Marco, mi hijastro de 19 años, hijo de mi exmarido, había empezado a visitarme más seguido para ayudarme con las reparaciones y el mantenimiento. Al principio eran solo miradas fugaces, roces inocentes al pasar cerca en la cocina, pero con el tiempo la tensión se volvió insoportable. Yo lo observaba cuando se quitaba la camiseta para cortar leña, admirando esos músculos jóvenes que se marcaban bajo la piel bronceada, y él me devolvía la mirada con un hambre que ambos fingíamos no notar. Era prohibido. Era mi hijastro. Pero el deseo ya ardía bajo la superficie.

Llegué casi dos horas antes de lo anunciado. El sol todavía estaba alto cuando aparqué el todoterreno frente a la casa de madera y piedra. Empujé la puerta principal sin hacer ruido, con la idea de darme un baño caliente y preparar una cena tranquila. El olor a jabón de pino me golpeó primero. Luego lo vi. Marco estaba en medio de la sala, completamente desnudo, secándose el torso con una toalla blanca que sostenía con una mano. Acababa de salir de la ducha del baño de abajo; el cabello negro aún le goteaba sobre los hombros anchos. Su cuerpo de 19 años era un espectáculo: pecho firme y definido por el trabajo físico, abdomen plano con esa uve que bajaba hacia su entrepierna, piernas fuertes y, sobre todo, su polla. Gruesa, venosa, semierecta y creciendo visiblemente mientras nuestras miradas se encontraban.

Me quedé clavada en el umbral, con el bolso aún colgando del hombro. No podía apartar los ojos. Su verga se endureció del todo bajo mi escrutinio, alzándose pesada, la cabeza hinchada y rosada apuntando casi hacia su ombligo. Sentí un calor líquido inundar mi coño al instante, los pezones se me endurecieron contra el sujetador y un pulso traicionero comenzó a latir entre mis piernas. «Dios mío, Marco… estás desnudo», pensé, pero las palabras no salían. Llevábamos meses conteniendo esto. Yo me tocaba por las noches imaginando esos hombros jóvenes sujetándome, y ahora lo tenía delante, expuesto, erecto por mí. La vergüenza me subió a las mejillas, pero mis pies no se movieron. Solo miré. Y él me miró a mí, sin cubrirse. Sus ojos oscuros brillaban con la misma lujuria que yo sentía.

—Vanessa… llegaste temprano —dijo con la voz ronca, casi un susurro. La toalla cayó al suelo sin que hiciera nada por recogerla.

Me ruboricé hasta las orejas, pero mi boca se movió antes de que pudiera censurarla.

—Lo siento… No sabía que estabas aquí. Debería… irme a la cocina o… —Tragué saliva. Mi mirada bajó otra vez a su polla, que dio un pequeño salto bajo mis ojos—. Pero no puedo moverme, Marco. Nunca he estado con un hombre tan joven como tú. Tienes solo 19 años, eres mi hijastro… y sin embargo tu cuerpo, esa polla tan gruesa y dura, me está excitando de una forma que no esperaba. Me tiemblan las piernas.

Él dio un paso adelante. Su respiración se había acelerado. Podía ver el pulso latiéndole en el cuello y en la base de esa verga gruesa que ya brillaba con una gota de precum en la punta.

—Desde que cumplí los 18 no dejo de masturbarme pensando en ti, Vanessa —confesó con voz temblorosa pero valiente—. Fantaseo con tu culo cuando te agachas en el jardín, con tus tetas maduras marcadas bajo las camisetas finas. Te deseo con locura. Te quiero follar desde hace meses. Si tú también lo sientes… no te vayas.

El último hilo de control se rompió. Fui yo quien dio el último paso. Lo besé con hambre salvaje, agarrándole la nuca con ambas manos. Mi lengua entró en su boca y él gimió contra mis labios, un sonido profundo y necesitado que me mojó aún más. Sus manos ansiosas subieron por mi cintura, apretaron mis pechos por encima de la blusa, pellizcaron mis pezones ya duros. Yo bajé una mano y envolví su polla caliente, sintiendo cómo latía contra mi palma, gruesa, pesada, perfecta. La masturbe despacio mientras nos devorábamos, escuchando sus jadeos entrecortados.

—Quiero seguir, Marco —le susurré contra la boca, mordiéndole el labio inferior—. Quiero todo. Ahora.

—Joder, Vanessa… sí.

Me arrodillé allí mismo, sobre la alfombra de la sala. Era la primera vez que le hacía una mamada a mi hijastro y lo hice con un apetito que me avergonzaba y me excitaba a partes iguales. Acerqué la cara y lamí desde sus huevos pesados hasta la cabeza hinchada, saboreando el gusto salado de su piel recién duchada. Abrí la boca y lo metí despacio, sintiendo cómo mis labios se estiraban alrededor de su grosor. Chupé con fuerza, bajando hasta donde pude, dejando que la punta rozara mi garganta. Usé la mano para masturbar la parte que no entraba mientras mi lengua giraba alrededor del glande, lamiendo esa gota transparente que no paraba de salir. Marco gemía mi nombre como una plegaria.

—Vanessa… hostia, tu boca… me vas a volver loco.

Lo miré desde abajo mientras lo chupaba con más hambre, las mejillas hundidas, saliva corriendo por mi barbilla. Sus caderas se movían apenas, follándome la boca con cuidado. Sentí mi coño empapado, palpitando de vacío.

Él no aguantó mucho más. Me levantó con fuerza, me quitó la blusa y el sujetador con manos torpes de deseo, y me tumbó en el sofá amplio. Me abrió las piernas y hundió la cara entre mis muslos. Su lengua fue directa a mi clítoris hinchado, lamiendo en círculos rápidos mientras dos dedos gruesos me penetraban sin piedad. Gemí alto, arqueando la espalda. Hacía años que nadie me comía el coño así. Succionó mi botón sensible, lo mordisqueó suavemente, metió la lengua dentro de mí saboreando mis jugos. Mis manos se clavaron en su cabello negro mientras sentía el orgasmo subir como una ola imparable.

—¡Marco! ¡Me corro! ¡No pares, por favor!

Explosé en su boca. Mi coño se contrajo alrededor de sus dedos, chorros de placer me empaparon la cara interna de los muslos. Temblé entera, gritando su nombre sin vergüenza.

Apenas me recuperaba cuando él se colocó encima. Me penetró en misionero de un solo empujón profundo. Su polla gruesa abrió mis paredes mojadas y me llenó por completo. Sentí cada centímetro, cada vena, estirándome deliciosamente. Empezó a follarme con fuerza, sus caderas golpeando contra las mías, sus huevos chocando contra mi culo. Le clavé las uñas en las nalgas firmes y jóvenes, tirando de él para que entrara más profundo.

—¡Fóllame más duro, Marco! ¡Así, hijastro! ¡Quiero sentirte todo!

Cambiamos de posición. Lo empujé para que se sentara y me subí encima, en vaquera. Bajé lentamente sobre su polla hasta que mis labios tocaron su pelvis. Empecé a cabalgarlo con salvajismo, mis tetas rebotando frente a su cara. Él las agarró, chupó mis pezones mientras yo subía y bajaba, girando las caderas, sintiendo cómo su grosor me rozaba el punto exacto que me volvía loca. Le agarré las nalgas desde atrás, clavándole las uñas, obligándolo a empujar hacia arriba mientras yo bajaba. El sonido húmedo de nuestros sexos llenaba la sala junto con nuestros gemidos.

El segundo orgasmo me pilló por sorpresa. Me corrí gritando, contrayéndome alrededor de su polla. Eso lo llevó al límite. Con un gruñido animal me sujetó las caderas y se corrió dentro de mí, llenándome con chorros calientes y espesos de semen joven. Sentí cada pulsación, cada disparo profundo, y eso prolongó mi propio placer hasta que casi perdí el sentido.

Caímos abrazados sobre el sofá, sudorosos, jadeantes. Su polla aún estaba semierecta dentro de mí, su semen empezando a escaparse entre mis labios hinchados. Me abrazó fuerte, besándome el cuello con ternura.

—Quiero repetir esto cada vez que tú lo desees, Vanessa —me susurró al oído, la voz aún ronca de placer—. Cada vez. Cuando quieras. Como quieras.

Sonreí contra su pecho, todavía temblando de las secuelas del orgasmo. Acababa de descubrir un placer salvaje, crudo y profundo que ningún hombre de mi edad me había dado jamás. Este polvo prohibido con mi hijastro de 19 años había abierto una puerta que ya no quería cerrar.

—Esta ha sido solo la primera de muchas veces, Marco —le contesté, besándole los labios con suavidad—. Pero ahora mismo… no sé cómo vamos a mirar a tu padre si se entera. Ni cómo voy a resistirme a buscarte otra vez antes de que termine el día.

El silencio que siguió estaba cargado de promesas y también de un nuevo peligro. Porque los dos sabíamos que esto apenas empezaba, y que la casa de campo ya no volvería a ser la misma. Mi cuerpo todavía palpitaba alrededor de su polla, pidiendo más, aunque la razón comenzara a susurrar las complicaciones que vendrían después.

El silencio se prolongó solo unos segundos más, pero bastaron para que mi coño, todavía lleno de su semen espeso, diera un latido traicionero alrededor de su verga. Confieso que en ese instante supe que no había vuelta atrás. Marco seguía encima de mí, su pecho joven y sudoroso pegado a mis tetas maduras, y sentí cómo su polla de diecinueve años comenzaba a hincharse de nuevo dentro de mí. A su edad, la recuperación era casi inmediata; la mía, a los cuarenta y dos, era puro fuego acumulado durante meses de miradas robadas y noches tocándome pensando en él.

—Vanessa… —susurró contra mi cuello, mordisqueándome la piel con los dientes—. Sigo duro. No puedo parar. Tu coño me tiene atrapado.

Movió las caderas con lentitud, un vaivén suave que removió su corrida dentro de mí y sacó un gemido ronco de mi garganta. El sonido húmedo y obsceno de su semen escapando alrededor de su grosor me mojó de nuevo. Agarré sus nalgas firmes con ambas manos y tiré de él más profundo, clavándole las uñas.

—Entonces no pares, hijastro —le dije con la voz quebrada por el deseo—. Fóllame otra vez. Quiero sentirte duro, joven, lleno de ganas. Me has abierto un agujero que solo tú puedes llenar ahora.

Marco gruñó y se incorporó sobre los antebrazos. Sus ojos oscuros brillaban con una lujuria nueva, más oscura, más posesiva. Me miró como si yo fuera suya desde siempre. Salió de mí con un sonido mojado y su semen blanco y espeso comenzó a correr por entre mis labios hinchados, bajando por mi culo hasta manchar la tela del sofá. Verlo me excitó de una forma animal. Confieso que nunca me había sentido tan puta, tan deseada, tan viva.

Se arrodilló entre mis piernas abiertas y bajó la cara. Su lengua lamió despacio toda la corrida que salía de mí, mezclándola con mi propia humedad. Chupó mis labios mayores, metió la lengua dentro de mi coño y tragó lo que él mismo había dejado allí. El placer era tan sucio, tan prohibido, que me corrí casi al instante con un grito ahogado, apretando su cabeza contra mi entrepierna mientras temblaba.

—Joder, madrastra… sabes a los dos —murmuró contra mi clítoris, succionándolo después con fuerza.

Me levantó como si no pesara nada. Mis piernas rodearon su cintura mientras me llevaba hasta la mesa grande de madera que separaba la sala de la cocina. Me sentó en el borde, abrió mis muslos sin piedad y volvió a penetrarme de un golpe seco. Esta vez no hubo ternura. Fue un polvo salvaje, profundo, desesperado. Sus caderas golpeaban contra mí con fuerza, haciendo que mis tetas rebotaran con cada embestida. El sonido de piel contra piel llenaba la casa de campo junto con mis gemidos y sus gruñidos.

—Más duro, Marco. Quiero que me folles como llevas meses soñando —le exigí, arañándole la espalda.

Él me agarró del pelo, tirando mi cabeza hacia atrás para lamerme el cuello mientras aceleraba. Su polla gruesa entraba y salía sin parar, rozando ese punto dentro de mí que me hacía ver estrellas. Sentía sus huevos pesados golpeando mi ano con cada thrust. Confieso que en ese momento me di cuenta de lo mucho que había reprimido. Años de sexo correcto con su padre, y ahora este chico de diecinueve años me estaba destrozando el coño de la mejor manera posible.

Cambió de ritmo. Me bajó de la mesa, me giró con brusquedad y me inclinó sobre la superficie de madera. Mis tetas se aplastaron contra la mesa fría mientras él me abría las nalgas y volvía a metérmela desde atrás. El ángulo era brutal. Sentía cada vena de su polla rozando mis paredes. Me dio una nalgada fuerte, el sonido seco resonó en la habitación.

—¿Te gusta así, Vanessa? ¿Te gusta que tu hijastro te trate como la puta madura que eres?

—Sí… joder, sí —gemí, empujando hacia atrás para encontrar cada embestida—. Dame más fuerte. Castígame por haberte deseado tanto tiempo.

Otra palmada, más fuerte. El ardor en mi nalga izquierda se convirtió en placer puro que viajó directo a mi clítoris. Marco me agarró las caderas con las dos manos y empezó a follarme como un animal. El sofá crujía lejos, olvidado. Ahora solo existía la mesa, mi cara pegada a la madera, su polla abriéndome sin compasión y sus dedos clavándose en mi carne. Me corrí por tercera vez, contrayéndome alrededor de él con tanta fuerza que casi lo saco. Mis jugos salpicaron sus muslos.

No me dio respiro. Me levantó otra vez, esta vez llevándome hasta la pared de piedra junto a la chimenea. Me sostuvo con un brazo bajo mi culo mientras con la otra mano guiaba su polla de nuevo dentro de mí. Follar de pie, con mis piernas rodeándolo, era nuevo y salvaje. Mis tetas rebotaban contra su pecho. Él bajaba la cabeza para morder mis pezones, tirando de ellos con los dientes mientras me empalaba una y otra vez.

—Quiero correrme en tus tetas —gruñó contra mi piel—. Quiero ver mi leche joven sobre tus pechos maduros.

—Hazlo —jadeé, casi sin aliento—. Dámela donde quieras.

Me bajó al suelo y me arrodillé rápidamente. Apenas tuve tiempo de abrir la boca cuando ya estaba metiéndomela hasta la garganta. Chupé con ansia, saboreando mi propio coño y su semen anterior. Mis manos masajeaban sus huevos pesados. Marco me follaba la boca con movimientos cortos y profundos, sujetándome la cabeza. Sus gemidos se volvieron más graves, más urgentes.

—Vanessa… me voy a correr…

Sacó la polla de mi boca con un sonido obsceno y apuntó a mis tetas. Los primeros chorros fueron potentes, calientes, gruesos. Me pintó las tetas, el cuello, incluso un poco en la barbilla. Me froté la corrida en los pezones, mirándolo a los ojos mientras él se vaciaba con gruñidos animales. Su cara de placer absoluto era lo más erótico que había visto nunca.

Caímos al suelo sobre la alfombra, exhaustos pero todavía tocándonos. Sus dedos jugaban con su propia semen sobre mis pechos, extendiéndola por mi piel. Yo acariciaba su polla semierecta, admirando cómo incluso ahora seguía siendo gruesa y hermosa. Confieso que ya estaba pensando en la próxima vez. En cómo lo montaría en el porche trasero al atardecer, o cómo le pediría que me follara el culo por primera vez esa misma noche. El peligro seguía allí, latente. Su padre podía llamar en cualquier momento, podía decidir venir antes de tiempo. Pero mi cuerpo no quería escuchar razones.

Marco me besó despacio, casi con devoción, y luego me miró con esa sonrisa torcida que tanto me gustaba.

—No voy a poder mirarte sin querer follarte, Vanessa. Cada vez que te agaches a recoger algo, cada vez que te duches… voy a estar pensando en esto.

Sonreí, todavía temblando, y pasé un dedo por la corrida que tenía entre los pechos para luego metérmelo en la boca y chuparlo delante de él.

—Entonces no pares de pensarlo, hijastro. Porque yo ya estoy mojada otra vez solo de imaginarte buscándome en la ducha dentro de media hora. Esto solo ha empezado… y me da miedo lo adicta que voy a volverme a tu polla.

El sol todavía entraba por las ventanas, iluminando nuestros cuerpos desnudos y marcados. Sabíamos que teníamos que limpiarnos, que fingir normalidad por si llegaba alguien, pero ninguno de los dos se movía. Su mano bajaba ya por mi vientre, buscando de nuevo mi coño sensible. La tensión no había disminuido; al contrario, había crecido. Cada caricia era una promesa de más peligro, más placer, más riesgo de que todo explotara. Y yo, por primera vez en años, no quería que se detuviera.

Sus dedos gruesos separaron mis labios hinchados y se hundieron sin aviso en mi coño todavía lleno de su semen. Confieso que solté un gemido largo y roto que reverberó en la sala. El sonido húmedo, casi obsceno, de su corrida removida por aquellos dedos jóvenes me encendió todavía más. Marco me miraba fijamente, con los ojos negros brillantes de lujuria mientras movía la mano despacio, sacando y metiendo sus dedos, empujando su propia leche más adentro.

—Joder, madrastra… estás chorreando. Mi semen y tus jugos juntos. Nunca había visto un coño tan mojado —gruñó, y su voz ronca de diecinueve años me hizo contraerme alrededor de él.

Yo seguía tumbada de espaldas sobre la alfombra, con las piernas abiertas de par en par y el cuerpo todavía temblando por los orgasmos anteriores. A mis cuarenta y dos años, creía que ya no podía excitarme así, pero cada caricia de mi hijastro me demostraba lo equivocada que estaba. Agarré su polla semierecta con la mano y empecé a masturbarla con lentitud, sintiendo cómo recuperaba dureza a toda velocidad. La cabeza gruesa y morada brillaba, aún manchada de mis fluidos y de su corrida seca.

—Sigue metiendo los dedos, Marco. Más profundo. Quiero que me folles con la mano hasta que me corra otra vez —le pedí con la voz entrecortada.

Él obedeció. Metió tres dedos de golpe y curvó las yemas hacia arriba, buscando ese punto que me volvía loca. Su pulgar presionaba mi clítoris en círculos rápidos y precisos. Yo aceleré el movimiento de mi mano sobre su verga, apretando justo debajo del glande como sabía que le gustaba. Nuestras respiraciones se mezclaban. De repente, sin decir nada, Marco se giró y se colocó encima de mí en sesenta y nueve. Su polla pesada cayó sobre mi cara mientras su boca atacaba mi coño sin piedad.

Sentí su lengua ancha lamiendo toda la mezcla que salía de mí. Chupaba, tragaba, gemía contra mis labios como si estuviera famélico. Yo abrí la boca y me metí su polla hasta la garganta en un solo movimiento. El ángulo era perfecto. Podía sentir sus huevos pesados golpeando mi nariz mientras él me follaba la boca con movimientos cortos y profundos. El sabor era intenso: mi coño, su semen, nuestra saliva. Confieso que me sentí completamente puta, completamente suya. Una divorciada de cuarenta y dos años tragándose la polla de su hijastro de diecinueve como si fuera lo único que importara en el mundo.

—Así, Vanessa… chúpamela toda. Trágatela —gruñó él con la boca pegada a mi clítoris.

Succionó mi botón con fuerza mientras metía dos dedos en mi culo sin pedir permiso. El doble estímulo me hizo gritar alrededor de su verga. El placer era tan intenso que las lágrimas me rodaron por las sienes. Me corrí violentamente, empapándole la cara con un chorro caliente que él bebió sin desperdiciar ni una gota. Mis piernas temblaban sin control alrededor de su cabeza.

Apenas había terminado de correrme cuando Marco se levantó, me cogió en brazos como si no pesara nada y me llevó hasta la mesa de la cocina. Me sentó en el borde de madera maciza, me abrió las piernas y me penetró de un solo empujón brutal. Su polla entró hasta el fondo, empujando el semen anterior más adentro. El golpe seco de sus caderas contra mi pelvis resonó en toda la casa de campo.

—¡Sí! ¡Así! ¡Rómpeme el coño, hijastro! —grité, clavándole las uñas en los hombros anchos y sudorosos.

Marco me follaba con un ritmo salvaje, casi animal. Cada embestida hacía que mis tetas maduras rebotaran con fuerza. Él las agarró, las estrujó y bajó la cabeza para morder mis pezones, tirando de ellos con los dientes mientras no dejaba de bombear. El sudor nos corría por el cuerpo. Yo sentía cada vena de su polla gruesa rozando mis paredes internas, golpeando el fondo de mi útero. El placer era tan crudo que apenas podía pensar.

Cambió de postura sin salir de mí. Me giró sobre la mesa, me aplastó las tetas contra la madera fría y me levantó una pierna para follarme de lado. El nuevo ángulo era devastador. Su polla entraba más profundo, tocando puntos que nadie había tocado antes. Me dio una nalgada fuerte, luego otra, y otra más. El ardor se transformaba en placer puro que me subía por la columna.

—¿Te gusta que te trate como la zorra madura que eres, Vanessa? ¿Te excita que tu hijastro de diecinueve te esté destrozando el coño en la mesa donde desayunas?

—Sí… joder, sí. Me encanta. Soy tu puta, Marco. Úsame. Fóllame más fuerte —confesé entre gemidos, empujando hacia atrás para encontrar cada thrust.

Sentí el tercer orgasmo subir como una ola gigantesca. Mi coño se contrajo con tanta fuerza alrededor de su polla que él gruñó y tuvo que detenerse un segundo para no correrse. Cuando la ola rompió, grité su nombre tan alto que temí que alguien pudiera oírnos desde el camino de tierra. Mis jugos salpicaron el suelo de madera.

Marco salió de mí con un sonido mojado y me arrastró hasta el sofá otra vez. Se sentó y me hizo subir encima, pero esta vez de espaldas a él, en vaquera invertida. Bajé lentamente sobre su verga, sintiendo cómo me abría de nuevo. Cuando mis nalgas tocaron sus muslos, empecé a moverme en círculos amplios, luego subiendo y bajando con fuerza. Sus manos me agarraban las caderas, guiándome, controlándome. Una de ellas bajó hasta mi clítoris y lo frotó sin piedad mientras yo cabalgaba.

—Quiero follarte el culo, Vanessa —susurró de repente contra mi espalda, con la voz cargada de deseo—. Llevo meses imaginando cómo sería meterla en ese culito apretado que tienes cuando te agachas en el jardín.

La sola idea me hizo contraerme alrededor de su polla. Confieso que el miedo y la excitación me recorrieron al mismo tiempo. Nunca había dejado que nadie me follara por ahí. Pero con él, con mi hijastro de diecinueve años y esa polla tan gruesa y joven, quería intentarlo.

—Hoy no… todavía no del todo —jadeé, girando la cabeza para mirarlo—. Pero puedes jugar. Quiero que me prepares. Méteme los dedos mientras te monto.

Él escupió en su mano y empezó a frotar mi ano con el pulgar mientras yo seguía cabalgando su polla. Primero un dedo, luego dos. La sensación de doble penetración era abrumadora. Me sentía completamente llena, completamente poseída. Empecé a correrme otra vez, gimiendo como una loca, moviéndome cada vez más rápido. Marco gemía debajo de mí, aguantando el orgasmo con pura fuerza de voluntad.

Cuando ya no pude más, me levanté temblando y me arrodillé entre sus piernas. Quería su corrida. La necesitaba. Le metí la polla hasta el fondo de la garganta, usando las dos manos para masturbarle la base mientras le lamía los huevos. Él me sujetó la cabeza con ambas manos y empezó a follarme la boca con embestidas cortas y profundas.

—Voy a correrme, madrastra… ¿Dónde quieres que te la dé?

—Dentro de la boca —supliqué con la voz ronca, sacando su polla solo un segundo—. Quiero tragármela toda.

El primer chorro fue tan abundante que casi me ahoga. Chorros calientes, espesos y jóvenes me llenaron la boca. Tragué todo lo que pude, pero algo se escapó por la comisura de mis labios y bajó por mi barbilla hasta mis tetas. Marco gruñía como un animal, con las venas del cuello marcadas, vaciándose por completo.

Caímos abrazados de nuevo, jadeando. Su mano seguía jugando perezosamente con mi ano, metiendo un dedo de vez en cuando, prometiendo más. Yo acariciaba su polla, que a su edad ya empezaba a endurecerse otra vez. Confieso que el deseo no había disminuido ni un ápice. Al contrario. Cuanto más follábamos, más lo necesitaba.

El sol empezaba a bajar y la luz dorada entraba por las ventanas, iluminando nuestros cuerpos marcados por mordidas, nalgadas y semen. Sabíamos que teníamos que ducharnos, que limpiar las huellas de lo que acababa de pasar, pero ninguno de los dos se movía. Su dedo seguía explorando mi culo con paciencia, preparándome para lo que ambos sabíamos que iba a pasar esa misma noche.

—Quiero que me folles el culo antes de que termine el día, Marco —le confesé en un susurro, besándole el pecho sudoroso—. Pero ahora… llévame a la ducha. Quiero que me enjabones y que volvamos a empezar. No puedo parar. Tu polla me tiene completamente adicta.

Él sonrió con esa mezcla de ternura y lujuria que me desarmaba, me levantó en brazos y me llevó hacia el baño. El agua caliente empezó a correr mientras sus manos volvían a recorrer mi cuerpo con hambre renovada. Sabíamos que el riesgo aumentaba con cada minuto que pasaba; su padre podía llamar en cualquier momento, podía decidir aparecer por sorpresa. Pero mientras el vapor nos envolvía y su polla volvía a endurecerse contra mi vientre, yo solo podía pensar en cuánto más podía soportar mi cuerpo antes de rogarle que me diera por el culo como llevaba meses fantaseando.

La escalada apenas acababa de empezar. Y yo ya estaba perdida.

El vapor nos envolvió como una cortina espesa mientras el agua caliente caía sobre nosotros. Confieso que en ese momento mi cuerpo ya no me pertenecía; era de Marco, de su polla joven y de la adicción que había despertado en mí en menos de una hora. Tenía cuarenta y dos años, llevaba tres divorciada, y nunca había sentido un hambre así. Él me miró con esos ojos oscuros llenos de posesión, tomó la pastilla de jabón de pino y empezó a deslizarla por mis hombros, bajando despacio hasta mis tetas maduras. Sus manos grandes las cubrieron por completo, apretando, levantando, dejando que el jabón espumoso resbalara entre mis pezones erectos. Gemí sin vergüenza cuando sus pulgares los rozaron en círculos lentos.

—Madrastra… tus tetas son perfectas. Llevo tanto tiempo queriendo hacer esto —murmuró contra mi oído, mordisqueándome el lóbulo mientras su polla gruesa se apretaba contra mi vientre, dura como acero otra vez.

Yo bajé la mano y la envolví, masturbándolo con la espuma haciendo que todo fuera más resbaladizo. Sentía cada vena latiendo bajo mis dedos. Confieso que me excitaba llamarlo hijastro mientras lo tocaba; la palabra prohibida me mojaba más que el agua. Me arrodillé dentro de la ducha, el chorro cayendo sobre mi espalda, y me metí su verga en la boca sin preámbulos. El sabor a jabón se mezcló con el de mi propio coño y su semen anterior. Lo chupé con ganas, bajando hasta que la cabeza hinchada me rozó la garganta. Marco gruñó y me agarró del pelo mojado, follándome la boca con movimientos controlados pero cada vez más profundos.

—Así, Vanessa… trágatela toda. Eres mi puta madura, ¿verdad? Dilo.

Saqué su polla un segundo, jadeando.

—Sí, hijastro. Soy tu puta. Fóllame la boca todo lo que quieras.

Volví a metérmela entera, dejando que la saliva y el agua corrieran por mi barbilla. Sus huevos pesados golpeaban mi mentón con cada embestida. Confieso que me sentía poderosa y degradada al mismo tiempo; una divorciada de cuarenta y dos años de rodillas delante del hijo de mi ex, tragándose cada centímetro como si fuera mi única misión.

No aguantó mucho. Me levantó de golpe, me giró contra la pared de piedra y me abrió las piernas. Su polla entró en mi coño de un solo empujón brutal, arrancándome un grito que rebotó en las baldosas. El ángulo era perfecto; me follaba desde atrás mientras el agua caía entre nosotros, haciendo que cada thrust sonara más húmedo y obsceno. Sus manos me apretaban las caderas con fuerza, clavando los dedos en mi carne madura.

—Tu coño me aprieta tanto… está hecho para mi polla de diecinueve años —gruñó, acelerando el ritmo hasta que mis tetas rebotaban contra la pared.

Yo empujaba hacia atrás, encontrando cada embestida, sintiendo cómo sus huevos golpeaban mi clítoris hinchado. El orgasmo me llegó de repente, violento, haciendo que mis paredes se contrajeran alrededor de su grosor. Grité su nombre mientras me corría, chorros de placer mezclándose con el agua que corría por mis muslos. Marco no paró. Siguió follándome más duro, sacando y metiendo esa verga venosa que parecía no cansarse nunca.

Cuando mi respiración apenas se había calmado, salió de mí y me hizo girar. Se arrodilló, levantó una de mis piernas sobre su hombro y hundió la cara en mi coño. Su lengua lamió todo: mis labios hinchados, mi clítoris sensible, incluso el agua y los restos de semen que aún salían de dentro. Dos dedos gruesos me penetraron mientras succionaba mi botón con fuerza. Confieso que nunca me habían comido el coño con tanta hambre. Mis manos se clavaron en su cabello negro mojado y me corrí otra vez en su boca, temblando tanto que casi caigo.

—Marco… por favor… quiero que me prepares el culo —le pedí entre jadeos, mirándolo desde arriba con las mejillas ardiendo—. Lo quiero hoy. Quiero que me folles el culo como llevas meses soñando.

Sus ojos brillaron con una lujuria oscura. Se levantó, cerró el grifo y me sacó de la ducha sin secarnos. El agua goteaba de nuestros cuerpos mientras me llevaba en brazos hasta la habitación principal. Me tiró sobre la cama grande con dosel que crujió bajo nuestro peso. Abrió el cajón de la mesita y sacó un frasco pequeño de lubricante que yo guardaba para mis juguetes. Confieso que la vergüenza me subió por el cuello al verlo, pero el deseo era más fuerte.

Me colocó boca abajo, con dos almohadas bajo las caderas para levantarme el culo. Sus manos separaron mis nalgas con firmeza y sentí su aliento caliente sobre mi ano virgen. Primero lamió despacio, rodeando el borde arrugado con la punta de la lengua. El placer era sucio, intenso, prohibido. Gemí contra la almohada cuando metió la lengua dentro, follándome el culo con ella mientras sus dedos jugaban con mi clítoris.

—Relájate, madrastra. Voy a meterte los dedos primero —susurró, y escupió sobre mi agujero antes de presionar uno.

El dedo entró despacio, girando, abriéndome. Dolía un poco, pero el placer era mayor. Pronto añadió un segundo, moviéndolos en tijera mientras yo movía las caderas hacia atrás, pidiendo más. Confieso que me sentía completamente expuesta, completamente suya. A mis cuarenta y dos años estaba dejando que mi hijastro de diecinueve me preparara el culo para follármelo por primera vez.

—Estoy lista… métemela —supliqué, mirando por encima del hombro.

Marco se arrodilló detrás, untó su polla gruesa con lubricante hasta que brillaba y colocó la cabeza hinchada contra mi ano. Empujó con paciencia. Sentí cómo el glande me abría, centímetro a centímetro, estirándome de una forma que me robaba el aliento. Cuando por fin entró del todo, ambos gemimos al unísono. Estaba tan llena que apenas podía pensar. Su polla joven palpitaba dentro de mi culo apretado.

—Joder, Vanessa… tu culito me está estrangulando. Es mejor de lo que imaginaba —gruñó, quedándose quieto un momento para que me acostumbrara.

Empezó a moverse despacio, sacando y metiendo solo la mitad. El ardor se transformó en un placer profundo, oscuro, que me llegaba hasta el clítoris. Le pedí que fuera más rápido. Marco obedeció, agarrándome las caderas y follándome el culo con embestidas cada vez más fuertes. El sonido de su pelvis chocando contra mis nalgas llenaba la habitación junto con mis gemidos rotos.

—Más duro, hijastro… rómpeme el culo. Soy tu puta de cuarenta y dos años, úsame —grité, metiendo una mano debajo para frotarme el clítoris.

Él me dio una nalgada fuerte, luego otra. El escozor se mezcló con el placer de tenerlo enterrado hasta las pelotas en mi interior. Me corrí con un grito ahogado, contrayéndome alrededor de su polla de una forma que lo hizo gruñir. Marco aceleró, follándome sin piedad, sudando sobre mi espalda.

—Quiero correrme dentro de tu culo, madrastra. ¿Me dejas?

—Sí… lléname. Dame tu leche joven en el culo —jadeé, empujando hacia atrás para encontrar cada thrust salvaje.

Con un rugido animal se corrió. Sentí los chorros calientes, espesos, disparándose profundo dentro de mí. Pulsaba una y otra vez, llenándome hasta que el semen empezó a escaparse alrededor de su grosor. Cuando salió, un río blanco y caliente corrió por mi coño y muslos. Confieso que me sentí marcada, poseída, completamente adicta.

Caímos de lado en la cama, jadeando. Su dedo volvió a jugar con mi ano dilatado, metiendo y sacando su propia corrida mientras me besaba el cuello. Mi coño palpitaba vacío, pidiendo atención otra vez. Lo miré a los ojos y le dije:

—Todavía no hemos terminado. Quiero que me folles el coño otra vez mientras tengo tu semen en el culo. Y después… quiero que me lleves al porche trasero antes de que anochezca. Quiero que me folles allí afuera, donde cualquiera que pase por el camino podría vernos.

Marco sonrió con esa mezcla de ternura y peligro que me desarmaba. Su polla, increíblemente, empezaba a endurecerse de nuevo contra mi muslo. Confieso que el riesgo me excitaba tanto como su cuerpo joven. El teléfono de la sala había sonado dos veces en la última hora y ninguno de los dos había contestado. Sabíamos que podía ser su padre. Sabíamos que el tiempo se nos escapaba. Pero mientras sus dedos volvían a hundirse en mi coño empapado y su boca bajaba a chuparme las tetas, solo podía pensar en cuánto más podía tomar antes de rogarle que me destrozara completamente.

La luz dorada del atardecer entraba por la ventana, recordándonos que el día aún no había terminado. Mi cuerpo temblaba de anticipación y miedo. La escalada seguía subiendo, y yo ya no quería bajar. Quería que me llevara al límite, aunque eso significara que todo pudiera explotar en cualquier momento. Marco me giró de nuevo, me abrió las piernas y volvió a penetrarme el coño con un golpe seco, su semen aún escapando de mi culo con cada embestida. Gemí su nombre como una plegaria mientras el placer volvía a construirse, más alto, más oscuro, más peligroso que nunca.

La luz dorada del atardecer entraba por la ventana, recordándonos que el día aún no había terminado. Mi cuerpo temblaba de anticipación y miedo. La escalada seguía subiendo, y yo ya no quería bajar. Marco me giró de nuevo, me abrió las piernas y volvió a penetrarme el coño con un golpe seco, su semen aún escapando de mi culo con cada embestida. Gemí su nombre como una plegaria mientras el placer volvía a construirse, más alto, más oscuro, más peligroso que nunca.

Confieso que sentir su polla gruesa abriéndome el coño mientras su corrida caliente se filtraba de mi ano dilatado era una sensación tan sucia y perfecta que perdí el control de mi voz. Mis paredes internas, aún sensibles por todos los orgasmos anteriores, se cerraban alrededor de su verga como si quisieran ordeñarlo otra vez. Marco, con el pecho sudoroso y los músculos tensos de sus diecinueve años, me sujetaba las caderas con fuerza, clavando los dedos en mi carne madura de cuarenta y dos. Cada thrust hacía que sus huevos pesados golpearan mi clítoris hinchado, salpicando gotas de nuestra mezcla sobre las sábanas revueltas.

—Madrastra… tu coño está chorreando mi leche del culo —gruñó contra mi oído, mordiéndome el lóbulo mientras aceleraba el ritmo. Su voz ronca, cargada de esa lujuria joven e insaciable, me hizo contraerme más fuerte—. ¿Te gusta sentir cómo te lleno por todos lados?

—Sí, hijastro… joder, sí —jadeé, arqueando la espalda para que entrara más profundo—. Siento tu semen escapando de mi culo y tu polla destrozándome el coño. No pares. Quiero que me rompas, que me dejes tan abierta que mañana no pueda sentarme sin recordarte.

Él respondió con un gruñido animal y me levantó una pierna, colocándola sobre su hombro. El ángulo nuevo permitió que su verga venosa rozara ese punto exacto dentro de mí con cada embestida brutal. Mis tetas rebotaban con violencia, los pezones enrojecidos por las mordidas anteriores. Confieso que en ese instante me sentía completamente poseída, una divorciada madura convertida en la puta de su hijastro. El lubricante mezclado con su corrida anterior facilitaba cada entrada, produciendo sonidos húmedos y obscenos que llenaban la habitación. Mi mano bajó hasta mi clítoris y lo froté en círculos rápidos, sintiendo cómo el orgasmo se acercaba como un tren de carga.

Marco me miró a los ojos, sudor cayéndole por las sienes, y escupió sobre mis tetas para luego extenderlo con la palma. El gesto posesivo me desarmó.

—Eres mía ahora, Vanessa. Cada vez que tu ex llame, cada vez que vengas a esta casa, voy a buscarte para follarte así —dijo entre dientes, aumentando la velocidad hasta que la cama crujía como si fuera a romperse.

Me corrí con un grito gutural que me rasgó la garganta. Mi coño se contrajo violentamente alrededor de su grosor, expulsando más de su semen del culo en chorros calientes que me bajaban por las nalgas. Las piernas me temblaban sin control, pero él no se detuvo. Siguió follándome a través de mi orgasmo, alargándolo hasta que vi estrellas detrás de los párpados. Solo cuando mis gemidos se volvieron súplicas entrecortadas salió de mí con un sonido mojado y me dio la vuelta, colocándome a cuatro patas al borde de la cama.

—Al porche —ordené con la voz rota, mirándolo por encima del hombro mientras mi coño y mi ano palpitaban al mismo ritmo—. Quiero que me folles afuera, donde cualquiera que pase por el camino de tierra pueda oírnos. Necesito sentir ese riesgo, Marco.

Él sonrió con esa mezcla de ternura peligrosa y hambre pura, me levantó en brazos como si no pesara nada y me sacó de la habitación. El aire fresco del atardecer nos golpeó al abrir la puerta trasera. La luz dorada bañaba el porche de madera, los árboles cercanos susurraban con la brisa y, a lo lejos, se oía el rumor de algún coche por el camino rural. Me inclinó sobre la barandilla gruesa, mis tetas maduras aplastándose contra la madera áspera, y me abrió las nalgas con ambas manos. Su polla, aún dura como el hierro y brillante de nuestros fluidos, presionó contra mi ano recién follado.

—Quieres que te dé por el culo aquí afuera, ¿verdad, madrastra? —preguntó, untando la cabeza hinchada con más saliva antes de empujar.

—Sí… métemela toda. Quiero que me folles el culo mientras el sol se pone —supliqué, empujando hacia atrás.

Centímetro a centímetro, su grosor me abrió de nuevo. El ardor inicial se transformó rápidamente en un placer profundo y oscuro que me llegaba hasta el útero. Cuando sus caderas chocaron contra mis nalgas, ambos gemimos alto. Empezó a moverse con embestidas largas y poderosas, sacando casi todo para volver a enterrarse hasta las pelotas. Mis manos se aferraban a la barandilla con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Cada golpe hacía que mis tetas se balancearan y que mi coño vacío goteara sobre las tablas del porche.

Confieso que el riesgo me volvía loca. Si alguien pasaba caminando por el sendero a menos de cincuenta metros, nos vería: una mujer de cuarenta y dos años siendo follada salvajemente por un chico de diecinueve en su propio porche. Esa idea me hizo correrme otra vez sin tocarme, solo con su polla abriéndome el culo y el viento fresco rozando mi clítoris hinchado. Grité su nombre sin contenerme, el sonido viajando entre los árboles.

—Más fuerte, hijastro… rómpeme —le exigí, girando la cabeza para mirarlo.

Marco me agarró del pelo mojado, tirando mi cabeza hacia atrás mientras aceleraba. El sonido de piel contra piel era seco y fuerte, acompañado por mis gemidos y sus gruñidos. Me dio una nalgada potente, luego otra, dejando la marca roja de su mano en mi nalga madura. El escozor se convirtió en fuego que alimentaba mi placer.

—Eres mi puta secreta, Vanessa. Tu ex no tiene ni idea de cómo te estoy destrozando el culo ahora mismo —jadeó, y esas palabras prohibidas me llevaron al límite otra vez.

Me corrí con tanta intensidad que mis rodillas flaquearon. Marco me sostuvo por las caderas y, con un rugido grave, se vació dentro de mi ano por segunda vez. Sentí los chorros calientes, espesos, disparándose profundo, llenándome hasta que rebosó y corrió por mi coño y muslos. Cuando salió, un río blanco y viscoso me bajó por las piernas, brillando bajo la luz del atardecer.

Caímos sentados en el banco del porche, yo sobre su regazo, su polla semierecta aún rozando mi entrada trasera. Nos besamos con lentitud ahora, casi con devoción, mientras recuperábamos el aliento. Sus dedos jugaban perezosamente con mi clítoris sensible, extendiendo nuestra mezcla por toda mi entrepierna. El sol ya rozaba las copas de los árboles y sabíamos que teníamos que limpiar todo antes de que llegara la noche.

—Esto no puede terminar aquí —susurré contra su cuello, mordisqueándolo suavemente mientras trazaba un plan en mi mente—. La próxima semana tu padre se va tres días a la ciudad por trabajo. Te llamaré el lunes por la noche fingiendo que necesito ayuda con el generador. Vendrás el martes por la mañana y no saldrás de esta casa hasta el jueves. Quiero que me folles en cada habitación, en el granero, contra el coche… y sobre todo quiero que me prepares mejor el culo para que me lo des todo el tiempo que quieras. Trae lubricante extra y condones si tu padre pregunta, pero no los usaremos. Seré tu madrastra adicta a tu polla joven. Ya estoy mojada solo de pensarlo.

Marco me miró con esa sonrisa torcida que me desarmaba, sus ojos oscuros brillando con complicidad y nuevo deseo. Su mano bajó hasta mi coño, metiendo dos dedos mientras su pulgar presionaba mi ano dilatado y lleno de semen.

—Entonces estaré aquí el martes a las ocho, Vanessa. Y no voy a parar hasta que no puedas caminar recto. Cada vez que te agaches en el jardín, recordaré cómo te corrías gritando mi nombre con mi polla en el culo.

Nos besamos una última vez, sabiendo que la limpieza, las mentiras y el peligro solo eran el preludio de lo que vendría. Mi cuerpo palpitaba, marcado, adicto. Confieso que mientras entrábamos a ducharnos por segunda vez, ya estaba contando los días para la próxima vez. Esta casa de campo ya no era mi refugio solitario; era nuestro secreto, nuestro nido de placer prohibido. Y yo, Vanessa, la divorciada de cuarenta y dos años, había descubierto que cuanto más riesgo, más placer. El plan estaba trazado. Nada ni nadie me impediría volver a sentir esa polla joven abriéndome una y otra vez.

Rate this story

★★★★★
Thanks for rating
¿Algo falla en esta historia?
Patrocinado

Gente real en cam, ahora mismo.

Mira gratis. Sin tarjeta, sin registro.

Ver en directo →
Enlace patrocinado. Solo +18.
Tagged blowjob cunnilingus missionary cowgirl creampie

Fresh filth, nightly

The best new stories in your inbox every morning. Free, 18+, unsubscribe anytime.