Amigos Compartiendo al Marido en el Jacuzzi
Tres machos adultos —bombero de 32, entrenador de 29 y chef de 35— se follan salvajemente en un jacuzzi.
El vapor se elevaba en gruesas nubes desde el jacuzzi privado, envolviendo el patio trasero de la casa de Diego en una bruma cálida que olía a cloro y a noche fresca. Carlos, bombero de treinta y dos años, dejó escapar un largo suspiro mientras el agua burbujeante masajeaba sus músculos agotados. Su cuerpo era puro poder: hombros anchos y redondeados por años de cargar equipo pesado entre llamas, pectorales gruesos cubiertos de vello oscuro que bajaba en una línea tentadora hasta su ombligo, y brazos venosos que brillaban mojados bajo las luces tenues del jardín. Tenía las piernas abiertas bajo el agua, su polla gruesa y pesada flotando perezosamente entre los muslos, rozada por los jets que enviaban pulsos de placer directo a sus huevos. A su lado, Diego, entrenador personal de veintinueve años, estiraba los brazos sobre el borde de la tina con una sonrisa satisfecha. El cuerpo de Diego era una máquina definida: abdominales que se marcaban incluso relajados, pectorales duros como piedra y unas piernas de corredor que parecían talladas para follar sin piedad. Su polla, ligeramente más larga que la de Carlos, descansaba contra su muslo, la cabeza rosada visible cada vez que una burbuja la movía.
Habían pasado la tarde en el gimnasio casero de Diego, levantando hierro hasta que el sudor les corría por la espalda y las venas se les hinchaban como cables. Después de la última serie de sentadillas, Diego había propuesto el jacuzzi sin ropa. «Para que el agua te toque todo, carnal», había dicho con esa sonrisa de cabrón que siempre ponía a Carlos en alerta. Ahora, desnudos los dos, la tensión flotaba más espesa que el vapor.
—Joder, Diego, me has destrozado —gruñó Carlos, echando la cabeza hacia atrás. El agua caliente le lamía las pelotas, relajando los músculos pero despertando otra cosa más abajo—. Mañana en el cuartel voy a sentir cada kilo que me hiciste levantar.
Diego soltó una risa baja, ronca, que vibró en el pecho de Carlos como un toque físico. Giró la cabeza y lo miró directamente, sus ojos negros recorriendo sin disimulo el torso del bombero.
—Te quejas como una puta, pero te encanta. Mira esa polla tuya, ya medio llena solo por el agua. O quizá es que sabes que Marco está en la casa y se te pone cachondo pensando en él.
Carlos sintió un latigazo de calor en la ingle. Su marido siempre tenía ese efecto. Pensó en Marco, en cómo sus manos de chef sabían exactamente cómo apretar, cómo su boca se abría ansiosa cuando Carlos se la metía hasta el fondo. Pero esa noche, con Diego desnudo a centímetros, la fantasía se ampliaba. Imaginó las manos de su amigo sobre el cuerpo de Marco, sujetándolo mientras él lo follaba. Sacudió la cabeza, pero su polla traicionera dio un latido visible bajo el agua.
—Cállate, hijo de puta —respondió con una sonrisa tensa—. Marco es mío, aunque a veces… —No terminó la frase. Las miradas que habían cruzado los tres en las últimas cenas ya no eran inocentes.
Justo entonces la puerta de cristal se abrió. Marco apareció, solo con una toalla blanca atada baja en las caderas. Chef de treinta y cinco años, tenía un cuerpo que hacía babear: torso ancho y sólido de tanto mover mercancía pesada en la cocina, brazos fuertes, piernas musculosas y un culo redondo que la toalla apenas disimulaba. Su piel oliva brillaba bajo la luz, y el bulto de su polla ya se marcaba claramente contra la tela. El vello recortado en su pecho bajaba hasta perderse bajo la toalla.
—¿Interrumpo la reunión de machos sudorosos? —preguntó Marco con esa voz grave y burlona que siempre ponía la polla de Carlos en posición de firmes.
—Ven aquí, mi amor —dijo Carlos inmediatamente, sintiendo cómo su erección crecía del todo. El agua ya no ocultaba nada.
Diego no perdió el momento. Se inclinó hacia delante, los codos sobre las rodillas, y soltó con tono juguetón:
—Míralo, Carlos. Se te está poniendo cara de perro en celo solo con ver a tu marido en toalla. Apuesto a que debajo del agua ya tienes la polla como una piedra. ¿Verdad que sí, Marco? Tu bombero se calienta rápido cuando te ve.
Marco sonrió de lado, una sonrisa lenta y peligrosa que prometía problemas deliciosos. Sin decir nada más, soltó la toalla. La tela cayó al suelo con un ruido suave, dejando al descubierto su polla gruesa, ya semierecta, colgando pesada sobre unos huevos grandes y bien rasurados. Su culo se flexionó, dos globos firmes y suaves, mientras bajaba los escalones y entraba al jacuzzi. El agua lo recibió con un chapoteo, envolviéndole la cintura. Un gemido bajo escapó de su garganta cuando los jets le golpearon la espalda y las nalgas.
—Joder, qué buena temperatura —murmuró, sentándose primero frente a ellos. Pero solo duró unos segundos. Sus ojos pasaron de la polla visible de Carlos a la de Diego, y algo cambió en el aire. La tensión sexual se volvió casi sólida.
Diego siguió bromeando, pero ahora su voz era más baja, más sucia:
—Siempre he dicho que sería una putada caliente compartir al marido, ¿eh? Imagina a este chef rico en medio de los dos, gimiendo como una zorra mientras le metemos las pollas por turnos. Tú primero, Carlos, que eres el esposo… y después yo, abriéndole ese culo de chef que tiene.
Carlos tragó saliva. Su pierna rozó accidentalmente la de Diego bajo el agua, pero ninguno la apartó. El contacto de piel mojada contra piel mojada envió una descarga directa a su polla. Marco, que había estado observando en silencio, se movió con deliberación y se colocó entre los dos hombres, su cuerpo presionando el costado de cada uno. El agua subió de nivel con el movimiento. Ahora los tres estaban pegados: el muslo de Marco contra el de Carlos, el hombro de Marco rozando el de Diego.
—Las bromas se te están yendo de las manos, Diego —dijo Marco, pero su tono era todo menos de protesta. Tenía una sonrisa lobuna, y sus ojos brillaban de pura lujuria.
—No son bromas si los tres estamos pensando lo mismo —respondió Diego, más directo ahora. Su mano desapareció bajo el agua y Carlos sintió claramente cómo los dedos fuertes del entrenador le recorrían el muslo, subiendo lento, posesivos, hasta detenerse a centímetros de sus huevos—. ¿O me equivoco, Marco? Porque te veo la polla tiesa ya.
Carlos no pudo resistir más. Su propia mano bajó y encontró el muslo de Diego, apretándolo con fuerza, sintiendo el músculo duro y caliente. Al mismo tiempo, la pierna de Marco se abrió, rozando ambas pollas. El chef soltó una risa baja, casi un gemido, y entonces hizo lo que los tres estaban esperando.
Bajo el agua, las manos de Marco envolvieron al mismo tiempo las dos pollas endurecidas. Una en cada puño. Carlos gruñó cuando sintió los dedos expertos de su marido cerrarse alrededor de su grosor, acariciando de la base a la cabeza con lentitud cruel. Diego soltó un jadeo similar cuando Marco le hizo lo mismo a él, apretando justo debajo del glande.
—Hostia… —susurró Diego, echando la cabeza hacia atrás.
Marco los miró a ambos, alternando, su voz ahora explícita y sin una gota de vergüenza:
—Quiero que me folléis los dos esta noche. A los dos. Quiero sentir la polla de mi marido abriéndome primero y después la de su mejor amigo metiéndomela hasta los huevos. Quiero que me uséis como una puta en este jacuzzi, que me llenéis la boca y el culo, que me hagáis gritar mientras me compartís. ¿Está claro? Soy vuestro agujero esta noche.
Las palabras fueron como gasolina. Carlos se lanzó primero, agarrando la nuca de Marco y estampando su boca contra la de él en un beso brutal. Sus lenguas se enredaron, húmedas y agresivas, saboreando el deseo acumulado. Diego no se quedó atrás; atacó el cuello de Marco con mordiscos y lametazos, bajando hasta el hombro mientras su mano libre agarraba una de las nalgas del chef bajo el agua y la apretaba con fuerza, separándola, un dedo atrevido rozando el agujero fruncido.
Carlos gruñó dentro del beso, su mano libre bajando para pellizcar un pezón de Marco, retorciéndolo hasta que el chef gimió en su boca. Diego se movió un poco más cerca, y de repente los tres rostros estuvieron juntos. Las bocas se encontraron en un beso triple desordenado, lenguas lamiendo, dientes chocando, saliva corriendo por las barbillas mojadas. Las manos eran everywhere: Carlos apretaba el culo de Diego, Diego masturbaba lentamente la polla de Carlos bajo el agua, Marco seguía trabajando ambas pollas con movimientos firmes y expertos, recogiendo el precum que salía a borbotones y usándolo para lubricar los movimientos.
El agua chapoteaba con violencia alrededor de sus cuerpos agitados. Carlos sentía la polla de Diego rozar la suya cada vez que Marco las juntaba en sus puños, las cabezas hinchadas chocando bajo la superficie. Pensó que iba a explotar solo con eso, con la imagen de su marido siendo follado salvajemente por ambos, con las promesas sucias que todavía flotaban en el aire. Diego mordió el labio inferior de Marco y luego el de Carlos, gruñendo palabras sucias entre beso y beso:
—Te vamos a destrozar el culo, Marco. Te vamos a dejar abierto y chorreando nuestra leche…
Marco jadeaba, empujando sus caderas hacia las manos que lo tocaban, su propia polla dura como acero rozando los muslos de los otros dos. Sus dedos apretaban más fuerte, masturbando con hambre, mientras los besos se volvían más violentos, más necesitados. Los tres cuerpos se frotaban sin control, piel contra piel mojada, músculos tensos, gemidos roncos llenando la noche.
Nadie quería parar. El jacuzzi parecía demasiado pequeño para la lujuria que acababa de desatarse, y la promesa de lo que vendría después —las pollas entrando, los culos abiertos, los gritos— colgaba en el aire caliente como una amenaza deliciosa que ninguno de los tres pensaba dejar sin cumplir. Las manos seguían explorando, las bocas devorando, las pollas latiendo en los puños… y la noche apenas empezaba.
Marco se arrodilló en el agua burbujeante del jacuzzi, el vapor envolviéndole el torso ancho y sólido de chef de treinta y cinco años mientras el líquido caliente le lamía los pectorales y el vientre. Sus rodillas se hundieron en el asiento acolchado, dejando su cara a la altura perfecta de las dos vergas que palpitaban frente a él. Carlos, el bombero de treinta y dos, y Diego, el entrenador de veintinueve, se miraron con hambre salvaje antes de que sus bocas se estrellaran en un beso brutal. Lenguas gruesas se enredaron con ruido húmedo, saliva corriendo por sus barbillas mientras Marco abría la boca y tragaba primero la polla de su marido.
La verga de Carlos era un tronco grueso, venoso, con una cabeza hinchada que le llenó la garganta al instante. Marco la chupó con hambre, succionando con las mejillas hundidas, la lengua presionando la vena inferior mientras sus ojos llorosos miraban hacia arriba. El sabor salado del precum se mezclaba con el cloro del agua. Sacó la polla con un pop húmedo y giró la cabeza para devorar la de Diego, ligeramente más larga, que le rozó el fondo de la garganta y le provocó una arcada que solo lo puso más cachondo. Alternaba sin piedad: chupaba una, masturbaba la otra con la mano mojada, apretando los huevos pesados de cada uno.
—Joder, qué boca de puta tienes, Marco —gruñó Carlos entre beso y beso con Diego, su mano grande sujetando la nuca del entrenador mientras sus lenguas seguían luchando—. Míralo, Diego. Nuestro chef tragando verga como si fuera su puta cena.
Diego jadeó contra la boca de Carlos, mordiéndole el labio inferior con fuerza.
—Así, cabrón, alterna. Chúpame los huevos ahora… eso es. Hostia, qué caliente se siente tu lengua. Úsanos esa boca, Marco. Somos tus machos y tú eres nuestro agujero.
Marco gemía alrededor de las pollas, el agua chapoteando contra su pecho con cada movimiento de cabeza. En su mente solo había una cosa: Quiero que me destruyan. Quiero que estos dos machos me usen hasta que no pueda caminar derecho. Sacaba una verga brillante de saliva y la golpeaba contra su lengua antes de pasar a la otra, dejando hilos espesos de baba conectando sus labios con las cabezas moradas. Los dos amigos seguían besándose por encima de él, manos apretando pectorales, pellizcando pezones duros, gruñendo palabras sucias que hacían vibrar el aire caliente.
Carlos no aguantó más. Agarró a Marco por el pelo mojado y lo levantó con rudeza, girándolo contra el borde del jacuzzi. El chef quedó en posición de perrito, los codos apoyados en el borde de piedra, el culo redondo y musculoso asomando fuera del agua. Carlos se colocó detrás, escupió en su mano y frotó la saliva sobre su polla gruesa antes de empujar. El primer embate fue brutal. El ano apretado de Marco se abrió con un pop audible, tragándose centímetro tras centímetro hasta que los huevos de Carlos golpearon contra los suyos.
—¡Sí! ¡Fóllame, joder! —gritó Marco, la voz ronca—. ¡Usa el culo de tu puta, Carlos! Métemela más fuerte, quiero sentir cómo me rompes.
Diego se subió al borde frente a él, rodillas abiertas, y le metió la polla hasta el fondo de la garganta sin piedad. Los dos machos empezaron a follarlo al unísono: Carlos con embestidas salvajes que hacían que el agua salpicara fuera del jacuzzi, sus caderas golpeando el culo firme de Marco con un sonido húmedo y obsceno; Diego sujetándole la cabeza con ambas manos, follándole la boca como si fuera un coño. El cuerpo de Marco se sacudía entre los dos, músculos tensos, el sudor mezclándose con el vapor.
—Esto es lo que querías, ¿verdad, puto? —rugía Carlos, una mano en la cadera de Marco, la otra dándole cachetadas fuertes en las nalgas que dejaban marcas rojas—. Dos vergas grandes abriéndote como la zorra que eres. Pide más, Marco. Dinos qué eres.
Marco sacó la polla de Diego un segundo, jadeando y baboseando.
—Soy vuestra puta… la puta de mis dos machos favoritos. ¡Folladme más duro! ¡Carlos, rómpeme el culo! ¡Diego, ahógame con esa verga! Usadme, llenadme, soy vuestro agujero esta noche. ¡Por favor!
Las palabras desataron algo animal en ellos. Carlos aceleró, follándolo con golpes profundos y brutales que hacían temblar las piernas de Marco. Cada embestida le rozaba la próstata, enviando descargas de placer que le ponían la polla dura como hierro debajo del agua. Diego le follaba la cara sin descanso, los huevos golpeándole la barbilla, el glande hinchado bajando por su garganta. El jacuzzi era un caos de agua agitada, gemidos roncos y carne chocando.
Intercambiaron posiciones sin sacar las pollas por completo. Carlos se sentó en el borde y Diego levantó a Marco como si no pesara nada. El entrenador se colocó debajo, guiando su verga larga hasta el ano ya abierto y resbaladizo. Marco se sentó encima en vaquera inversa, de espaldas a Diego, bajando lentamente hasta que toda la polla desapareció dentro de él. Empezó a cabalgar con fuerza, el culo rebotando, los músculos de sus piernas de chef trabajando mientras Diego empujaba desde abajo con embestidas ascendentes.
—Así, móntame, puta —gruñó Diego, las manos apretando las nalgas separadas de Marco, un dedo presionando al lado de su propia verga para estirarlo más—. Muévete más rápido. Quiero verte el culo tragando todo.
Carlos se puso de pie frente a Marco, masturbándose la polla gruesa y brillante a pocos centímetros de su cara.
—Quiero correrme en esa cara de chef rico —dijo con voz ronca—. Abre la boca, Marco. Pide mi leche.
—¡Dámela! —suplicó Marco sin dejar de cabalgar la verga de Diego—. ¡Córrete en mi cara mientras tu amigo me llena el culo! ¡Soy vuestra puta compartida! ¡Uso esto cada puto viernes si queréis!
Diego gruñó y embistió más profundo, sintiendo cómo el ano de Marco lo apretaba como un puño caliente. Carlos no aguantó. Su polla latió y disparó chorros espesos de semen blanco sobre la cara de Marco: en las mejillas, en los labios, en la lengua que sacaba ansioso. Marco gemía como un animal, lamiendo lo que podía mientras Diego daba un último empujón brutal y se corría dentro, inundando el intestino del chef con leche caliente y abundante.
Marco mismo explotó sin tocarse, su polla disparando bajo el agua mientras sentía cómo lo llenaban por ambos extremos. Los tres rugieron al unísono, los cuerpos convulsionando, el agua del jacuzzi ahora mezclada con sudor, saliva y semen.
Cuando los últimos espasmos terminaron, los tres se dejaron caer en el agua caliente. Marco se quedó entre ellos, el semen de Carlos aún goteando por su barbilla y el de Diego escapando de su ano abierto. Se limpiaron con lentitud, usando el agua burbujeante para lavar los restos de la follada salvaje. Las manos que antes habían sido brutales ahora eran suaves: Carlos limpió la cara de su marido con los pulgares, Diego besó con ternura el hombro marcado de mordiscos de Marco.
Se besaron los tres con calma, besos lentos y profundos, sin prisa. Primero Carlos con Marco, después Diego con Carlos, luego los tres labios juntos pero suaves esta vez. El vapor seguía subiendo a su alrededor.
—Esto… cada viernes —murmuró Diego, la voz aún ronca pero llena de cariño—. Sin excusas. Este jacuzzi, los tres, sin ropa y sin límites.
Carlos asintió, abrazando a Marco por la cintura bajo el agua.
—Estoy de acuerdo. Verte así, compartido… joder, es lo más caliente que hemos hecho nunca.
Marco sonrió, los ojos brillantes de placer y algo más. Se apoyó contra el pecho ancho de su marido y besó después los labios de Diego con dulzura.
—Ser compartido por mis dos machos favoritos es ahora mi nueva adicción favorita. No quiero parar nunca. Cada viernes voy a suplicar que me uséis como esta noche. Sois míos y yo soy vuestro agujero oficial.
Los tres rieron bajito, besándose una vez más con esa ternura que contrastaba con la brutalidad de minutos antes. El agua seguía burbujeando, limpiando sus cuerpos exhaustos. Diego cerró los ojos un momento, abrazando a ambos, y una sonrisa secreta se dibujó en sus labios. Carlos nunca sabría que Marco lo había planeado todo con él dos meses atrás, en una larga conversación en la cocina del restaurante donde el chef le confesó su fantasía más oscura y le pidió que lo ayudara a hacerla realidad. Diego guardaría ese secreto para siempre, sabiendo que esto era solo el comienzo de algo mucho más grande. La noche se cerró sobre ellos con el vapor como testigo mudo.
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