Su Mejor Amiga se Entrega por Primera Vez

Carla, de 19 años, se entrega por primera vez a su mejor amiga Sofía en una noche llena de placer lésbico.

12 min read September 06, 2026New

La noche de verano pesaba sobre la ciudad como una sábana húmeda. Aún oía, lejanos, los restos de la fiesta: risas, un motor que se alejaba, el eco de una canción que ya nadie bailaba. Yo estaba en mi habitación, con la ventana entreabierta y el ventilador girando perezoso, cuando Sofía apareció en el umbral sin llamar. Llevaba el vestido corto negro que se había puesto para salir, el maquillaje un poco corrido en los ojos y esa sonrisa de siempre, la que me conocía mejor que yo misma.

—¿Puedo entrar, Carla?

Asentí. Me senté en el borde de la cama, todavía con la camiseta holgada que me había puesto al llegar a casa y los shorts de dormir. El corazón me latía raro, no por el alcohol —apenas había bebido—, sino por ella. Sofía cerró la puerta con el pie, se quitó las sandalias y se dejó caer a mi lado, tan cerca que sentí el calor de su muslo contra el mío.

Durante años habíamos compartido secretos, llantos, noches de estudio y confesiones a media voz. Ella siempre había sido la abierta, la que hablaba de chicos y de chicas con la misma naturalidad, la que a los veinte ya sabía lo que quería y cómo pedirlo. Yo, a los diecinueve, seguía siendo la virgen curiosa, la que se sonrojaba cuando las películas se ponían intensas y luego se masturbaba a escondidas pensando en cosas que no se atrevía a nombrar delante de nadie… excepto, a veces, delante de ella, a medias, con vergüenza.

Aquella noche la miré de reojo. Sofía tenía el cabello suelto, oscuro, pegado un poco a la nuca por el sudor del baile, y esos labios carnosos que yo había observado demasiadas veces sin atreverme a admitir por qué.

—Te vi mirándome en la fiesta —dijo de pronto, con esa voz baja y traviesa que usaba cuando quería hurgar—. No como siempre. Diferente.

Tragué saliva.

—No sé de qué hablas.

Ella rió bajito, se giró hacia mí y apoyó la espalda en la cabecera, estirando las piernas. El dobladillo del vestido subió un poco más por sus muslos morenos.

—Sí sabes. Carla… llevo meses conteniéndome. Y esta noche, cuando te vi sola en el balcón, con esa cara de querer algo que no te atreves a pedir, se me acabó la paciencia.

Mi estómago dio un vuelco. El ventilador zumbaba. Afuera, un grillo insistía.

—¿Qué quieres decir? —pregunté, aunque la voz me salió más fina de lo normal.

Sofía me sostuvo la mirada. No había burla en sus ojos; solo deseo claro, paciente y voraz a la vez.

—Que siempre he querido ser la primera en enseñarte el placer de verdad. No con prisas. No con un tío torpe que no sepa dónde tienes el clítoris. Yo. Quiero ser yo quien te abra, quien te haga venirte por primera vez con otra persona, quien te pruebe y te deje temblando. He fantaseado con eso más de lo que te imaginas. Con tu boca. Con cómo te pondrías si te chupara despacio. Con oírte gemir mi nombre la primera vez que te corras contra mi lengua.

El calor me subió a las mejillas de golpe. Noté cómo se me endurecían los pezones bajo la camiseta fina, traicioneros. Apreté los muslos sin querer. Nunca nadie me había hablado así. Nunca nadie había puesto en palabras exactamente el hambre que yo también sentía y escondía.

—Sofía… —empecé, y tuve que humedecerme los labios porque se me habían secado—. Yo… también lo he pensado. Más de una vez. Cuando te quedabas a dormir y te abrazabas a mí por la espalda, sentía cosas. Me daba miedo. Pensaba que si te lo decía ibas a reírte o a mirarme raro.

Ella negó con la cabeza, suave.

—Nunca me reiría de eso. Eres mi mejor amiga. Y además eres jodidamente hermosa. Esa boca, esas tetas que intentas esconder, ese culo cuando te agachas… Me vuelves loca desde hace tiempo. Y sé que eres virgen. Sé que tienes miedo y curiosidad a partes iguales. Por eso quiero que sea contigo, despacio, y solo si tú lo quieres de verdad.

El silencio que siguió estuvo cargado. Me temblaban un poco las manos. Me atreví a mirarla a los labios otra vez y luego a sus ojos.

—Lo quiero —susurré—. Quiero que seas tú. Quiero entregarme a ti. Completamente. Por primera vez. No sé cómo se hace bien, pero… quiero aprenderlo contigo. Quiero que me toques. Que me beses. Que me… saborees, como dijiste.

La palabra me salió torpe y ardiente a la vez. Sofía sonrió, lenta, y el aire entre nosotras cambió de densidad.

Nos quedamos sentadas en la cama, de cara la una a la otra, con las piernas dobladas. Ella acercó la mano y la posó primero sobre mi rodilla. Sus dedos eran cálidos. Subió un centímetro, luego otro, acariciando la piel interior de mi muslo con la yema, sin prisas, como si estuviera memorizándome.

—Eres preciosa, Carla —murmuró, inclinándose un poco—. Piel suave… y ya estás temblando. ¿Sientes cómo se te pone la piel de gallina solo con esto?

Asentí, incapaz de hablar. Su mano siguió subiendo, lenta, rozando la tela del short por el borde interior. No llegó a tocarme el coño todavía; se limitó a dibujar círculos perezosos en la carne sensible de mi muslo, cada vez más arriba, haciendo que el calor se me concentrara entre las piernas. Noté la humedad empezar a empaparme la braga. Me avergonzó un segundo y luego me excitó más aún el hecho de que ella lo supiera, de que pudiera olerlo quizá.

—Quiero saborearte —continuó, la voz ronca junto a mi oído—. Quiero bajarte estos shorts, abrirte las piernas y lamerte despacio hasta que no sepas ni cómo te llamas. Quiero sentir cómo te mojas en mi boca la primera vez. Quiero que me agarres del pelo cuando te corras. Y después quiero meterte los dedos, curvarlos justo ahí dentro, y besarte mientras te vienes otra vez. Todo eso. Pero solo si me lo pides con esas palabras bonitas y claras que acabas de usar.

Me estaba volviendo loca. El corazón me martilleaba en las sienes, en la garganta, entre las piernas. Sus dedos seguían acariciándome el muslo, ahora con un poco más de presión, el pulgar rozando casi la entrepierna. Yo respiraba por la boca. Mis pezones dolían de lo duros que estaban. Sin pensarlo demasiado, levanté una mano y se la puse en la mejilla. Su piel estaba caliente. Me miró a los ojos y yo, por fin, dejé de contarme mentiras.

Me incliné y la besé.

Fue torpe al principio: labios contra labios, un roce inseguro. Luego ella abrió la boca y yo también, y el beso se profundizó. Su lengua me buscó con suavidad y yo respondí, aprendiendo el ritmo, saboreando el resto del alcohol dulce y algo puramente suyo. Un gemido bajo se me escapó dentro de su boca. Sofía pasó el brazo por mi cintura y me atrajo más cerca, hasta que mis pechos se aplastaron contra los suyos. Sentí el contorno de su sujetador bajo el vestido. Su mano en mi muslo apretó con más ganas y subió del todo, cubriéndome el short justo encima del coño, sin meter los dedos todavía, solo presionando la tela húmeda contra mi clítoris hinchado.

Aparté la boca solo lo suficiente para poder hablarle contra los labios, con la respiración entrecortada y las mejillas ardiendo.

—Sofía… quiero esto. Quiero entregarme a ti por completo. Quiero que seas la primera. Quiero que me folles con la boca y con los dedos y con lo que quieras. Estoy mojada solo de escucharte. Besame más. Tócame. Enséñame. Por favor. Me entrego a ti esta noche. Toda.

Ella soltó un sonido gutural, casi un gruñido de satisfacción, y me volvió a besar con más hambre. Su mano ya no se limitaba a presionar: los dedos se deslizaron bajo el dobladillo del short y encontraron la tela empapada de mi braga. Frotó mi ranura por encima de la tela, de arriba abajo, reuniendo mi humedad, y yo abrí un poco más las piernas sin que me lo pidiera, temblando, con la frente apoyada contra la suya cuando el beso se rompió un segundo.

—Así de mojada… por mí —susurró—. Mi buena chica curiosa. Voy a cuidarte. Voy a comerte despacio. Pero primero quiero mirarte. Quiero quitarte la ropa y verte desnuda por primera vez sabiendo que eres mía esta noche.

Mis manos subieron por su espalda, buscando la cremallera del vestido casi por reflejo, torpes de ganas. El ventilador seguía girando. La noche seguía caliente. Entre mis piernas el pulso era un tambor salvaje y Sofía me miraba como si fuera a devorarme el alma junto con el cuerpo.

Aún teníamos la ropa puesta. Aún no me había tocado la piel directa del coño ni me había bajado la braga. Pero yo ya estaba perdida, confesándome en cada jadeo, ofreciéndome, con el sabor de su boca todavía en la mía y la certeza absoluta de que, en cuanto ella decidiera el siguiente movimiento, yo iba a abrirme del todo y dejar que me enseñara lo que significaba correrme en los brazos de otra mujer por primera vez.

Sofía me tumbó suavemente de espaldas sobre las sábanas, se colocó a horcajadas sobre un muslo mío —sin sentarse del todo, solo rozándome— y me miró desde arriba, con el pelo cayéndole a los lados de la cara y los ojos oscuros de deseo.

—Dime otra vez que lo quieres —pidió, la voz ronca—. Quiero oírlo mientras te desnudo.

Mis manos se aferraron a sus caderas. La humedad me resbalaba ya por la entrepierna. El pecho me subía y bajaba rápido.

—Lo quiero —repetí, clara, sin vergüenza ya—. Quiero que me folles. Quiero tu boca en mi coño. Quiero venirme por ti. Sofía… fóllame. Enséñame todo. Estoy lista. Quiero entregarte mi primera vez ahora mismo.

Ella sonrió, lenta, peligrosa de lo dulce, y bajó la cabeza hacia mi cuello, dejando un beso abierto justo debajo de la oreja mientras sus dedos se cerraban en el bajo de mi camiseta, listos para subírmela.

El verano entraba por la ventana. Yo latía entera bajo ella, virgen todavía por unos minutos más, y completamente dispuesta a dejar de serlo entre sus manos.

Sofía me subió la camiseta con una lentitud que me volvía loca. El tejido rozó mis pezones endurecidos y el aire caliente de la habitación me rozó la piel desnuda. Me quedé sin aliento cuando tiró la prenda al suelo y se quedó mirando mis tetas, redondas, con los pezones rosados y erectos pidiéndole atención.

—Mírate… —susurró, y bajó la cabeza—. Tan perfectas y nunca nadie las ha chupado de verdad.

Sus labios se posaron primero en el hueco de mi cuello, luego bajaron por el esternón dejando un rastro húmedo. Besó el contorno de cada pecho, rodeándolos sin tocar todavía los pezones. Yo arqueaba la espalda, ofreciéndome, y cuando por fin cerró la boca alrededor de uno y chupó con ternura, un gemido largo se me escapó. Su lengua daba vueltas lentas, lamía el pezón hinchado y lo succionaba con suavidad mientras la otra mano me acariciaba el otro pecho, pellizcando apenas.

—Sofía… joder, se siente tan bien…

Me desabrochó el short y me lo bajó junto con la braga empapada de un solo tirón. Quedé completamente desnuda bajo ella. Se detuvo un segundo solo para mirarme: piernas abiertas, el coño virgen brillante de jugos, el clítoris ya hinchado y visible.

—Eres mía esta noche —dijo, y volvió a mis pezones. Chupaba uno y luego el otro con devoción, salivándolos, mordisqueando muy suave mientras su mano libre bajaba entre mis muslos. Un dedo me recorrió la ranura de arriba abajo, reuniendo la humedad, y después, con infinita paciencia, empujó la yema dentro de mi coño.

Sentí el estiramiento suave, el ardor dulce de ser penetrada por primera vez. Era solo un dedo, pero me llenaba de una forma que nunca había sentido con los míos. Sofía lo metió hasta el nudillo, lo curvó un poco y lo movió despacio mientras seguía lamiendo y chupando mis pezones.

—Tan apretadita… tan virgen… —murmuraba contra mi piel—. Respira, cariño. Déjame dentro.

Yo jadeaba, mirándola, sintiendo cómo el dedo entraba y salía con más facilidad a medida que me mojaba más. El placer subía en oleadas calientes desde el coño hasta los pezones y de vuelta. Cuando sacó el dedo y se bajó entre mis piernas, ya estaba temblando.

Abrió mis muslos con las manos y me miró el coño de cerca.

—Voy a comerte ahora. Voy a chuparte hasta que te corras en mi boca por primera vez.

Su lengua me lamía de abajo arriba, ancha y caliente, recogiendo todo el jugo. Luego se concentró en mi clítoris: lo chupaba, lo rodeaba, lo aplastaba con suavidad contra mis labios hinchados. Metió otra vez el dedo, ahora más profundo, y empezó a follarme con él al mismo ritmo que lamía. Yo me agarré a las sábanas, a su pelo, gemía sin control.

—Ahí… ahí, Sofía… no pares… me voy a…

La lengua se movía más rápido, el dedo se curvaba contra ese punto suave dentro de mí y de pronto el orgasmo me golpeó como un trueno. Me corrí gritando su nombre, el coño contrayéndose alrededor de su dedo, los jugos chorreando en su boca mientras ella me chupaba con devoción, bebiéndome, prolongando cada espasmo hasta que me quedé temblando y sin aire.

Antes de que pudiera recuperarme del todo, Sofía se giró sobre mí y se colocó en 69. Su coño me quedó justo encima de la cara: hinchado, oscuro, goteando. Olor a sexo puro.

—Ahora tú —jadeó—. Chúpame el clítoris. Quiero sentir tu boquita virgen aprendiendo.

Acerqué la cara con ansia. Saqué la lengua y lamí su ranura. El sabor era salado, dulce, adictivo. Encontré su clítoris duro y lo chupé como ella me había chupado a mí: con ganas, con hambre. Sofía gimió alto y volvió a enterrar la cara entre mis piernas, lamiéndome otra vez mientras yo le comía el coño. Estábamos las dos empapadas, chupándonos, follándonos con la boca en un ritmo desesperado. Yo metí la lengua lo más adentro que pude, lamí sus labios, chupé su clítoris con fuerza y ella se frotaba contra mi cara, mojándome la barbilla, la nariz, todo.

—Así… chúpame más fuerte, putita mía… —jadeaba ella contra mi coño.

Cuando no pude más de ganas, Sofía se levantó, se puso a horcajadas sobre mí en posición de tribbing y bajó su coño mojado contra el mío. El contacto piel con piel me arrancó un grito. Empezó a frotar, fuerte, deslizando su ranura hinchada contra la mía, clítoris contra clítoris, jugos mezclándose con un sonido húmedo y obsceno. Yo levanté las caderas para encontrarla, agarré su culo y la apreté más contra mí. Frotábamos con fuerza, sin piedad, el calor creciendo otra vez, más intenso, más sucio.

—Mira cómo se juntan nuestros coños… —gruñó ella, montándome, frotando más rápido—. Vas a correrte otra vez. Las dos juntas.

El roce era brutal y perfecto. Sentía cada pliegue de ella, cada gota que nos unía. El orgasmo llegó como una explosión compartida: yo me contraía, ella se sacudía encima, ambas gritando, chorreando, frotándonos hasta el último temblor mientras los jugos nos resbalaban por los muslos y el coño me latía contra el suyo.

Después Sofía se dejó caer a mi lado, me abrazó con cariño y con la mano limpia me pasó los dedos por los muslos, recogiendo con suavidad nuestros jugos mezclados. Me besó la frente y me susurró al oído:

—Fue tan especial ser tu primera… nadie más va a tocarte así. Eres mía.

Yo sonreí, satisfecha, todavía temblando, y confesé contra su pecho:

—Ahora entiendo el deseo de verdad. Quiero repetirlo pronto. Quiero que me folles así todas las noches.

Nos quedamos abrazadas, el ventilador zumbando, el verano pegajoso. Me fui quedando dormida con su brazo alrededor de mi cintura y pensé que entregar mi virginidad a mi mejor amiga había sido la decisión más excitante de mi vida… y todavía siento su coño chorreante frotándose contra el mío, listo para volver a follarme hasta que me corra otra vez como una puta.

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