Reencuentro Ardiente con el Amigo de la Juventud
Renata, la divorciada de 42, se folla con pasión al bombero de 26, amigo de su hermano, en un reencuentro ardiente lleno de deseo reprimido
Renata aparcó el coche frente a la casa de su madre con el corazón latiéndole más de la cuenta. Cuarenta y dos años, divorciada hacía dieciocho meses, y de vuelta al pueblo como si el tiempo no le hubiera pasado factura en las caderas ni en la forma en que la blusa le ceñía los pechos. Bajó del vehículo, estiró la espalda y sintió la mirada antes de verlo.
Wesley estaba apoyado en la camioneta de bomberos, brazos cruzados, camiseta oscura pegada al pecho ancho y a esos hombros que no recordaba tan macizos. Veintiséis años. El mejor amigo de Rafael, su hermano menor. El chaval al que ella miraba de reojo cuando aún vivía aquí, fingiendo que solo era “el amiguito”. Ahora el amiguito tenía mandíbula marcada, antebrazos vetados de venas y una sonrisa que le llegó directo entre las piernas.
—Renata —dijo él, y la voz grave le rozó la nuca aunque estuviera a tres metros—. Qué bueno verte.
—Wesley. Has… crecido —respondió ella, y se maldijo por lo obvio y lo húmedo que sonó.
Él se acercó sin pedir permiso y le quitó la maleta grande de la mano. Al rozarle los dedos, Renata sintió la callosidad de quien carga mangueras y cuerpos. El olor a humo viejo, jabón barato y piel caliente le subió por la nariz. Levantó la vista. Wesley la miraba a la boca.
—Déjame —murmuró él—. Peso de verdad.
Subieron la escalera del porche. Ella iba delante; notó cómo la mirada del bombero se clavaba en el balanceo de su culo, en la falda que le subía un poco al inclinarse. Dentro, la casa olía a guiso de la madre. Rafael salió del salón, los abrazó a los dos, y la charla familiar tapó por un rato la electricidad. Pero cada vez que Wesley pasaba cerca, el aire se espesaba. Cuando se agachó a dejar la maleta en el cuarto de invitados, la camiseta se le subió y Renata vio la línea de vello que bajaba hacia el pantalón, el bulto nada discreto. Tragó saliva. Él se enderezó, la pilló mirando y no apartó los ojos.
—Siempre fuiste así de directa con la mirada —dijo bajito, solo para ella.
—Y tú siempre fingiste no darte cuenta.
Sonrió de lado, peligroso.
—Mentira. Me daba cuenta de sobra. Solo que entonces eras la hermana mayor de mi colega y yo un crío con la polla dura y cero valor.
Renata sintió el calor subirle al cuello, a los pezones, más abajo. Se cruzó de brazos para disimular.
—Ahora ya no eres un crío.
—Y tú ya no estás casada.
La cena fue un tormento delicioso. Rafael y la madre se retiraron pronto: él a un turno de noche, ella a dormir la siesta de siempre. Quedaron platos, risas a medias y Wesley secando vasos en la cocina como si perteneciera al lugar. Renata se quedó en la puerta, observando cómo se movía, cómo los músculos de la espalda se marcaban bajo la tela.
—Te acompaño a casa —ofreció de pronto—. La de tu madre queda a dos calles, pero la noche está rara y… quiero hablar contigo.
Ella asintió. No confió en su voz.
Salieron. La calle estaba en penumbra, farolas amarillas, el calor de verano pegajoso en la piel. Caminaban cerca. Demasiado cerca. El brazo de Wesley rozaba el suyo a cada paso.
—No has cambiado de perfume —dijo él.
—Y tú sigues oliendo a incendio y a ganas de joder.
Wesley soltó una risa baja, ronca.
—Directa otra vez. Me encanta. Cuando tenías treinta y yo dieciocho te miraba follar con la imaginación cada vez que te veía en bañador. Te imaginaba abriéndome las piernas en el asiento trasero de cualquier coche. Me corría pensando en tu boca.
Renata se detuvo bajo un árbol. El pecho le subía y bajaba.
—Yo también —confesó, sin filtro—. Te veía llegar sudado del instituto, con Rafael, y me mojaba los bragas. Me tocaba por las noches pensando en esa polla de adolescente que ni siquiera había visto. Después te hice el vacío mental porque… edad, hermano, vergüenza. Pero no se me olvidó. Nunca.
Wesley dio un paso. Otro. La acorraló sin tocarla todavía contra el tronco.
—Dilo otra vez.
—Siempre te deseé. Y ahora que te veo hecho un hombre… me duele el coño de lo mucho que te quiero dentro.
Él exhaló como si le hubieran dado un puñetazo suave en el estómago.
—Yo te follo en la cabeza desde hace años, Renata. Te imagino encima, gritando, con esas tetas en mi cara. Te imagino de rodillas. Te imagino pidiendo más edad, más fuerza, más polla. Y no se me ha pasado.
Siguieron caminando, pero ya no había distancia segura. Las palabras se volvieron peores, mejores: lo que le haría con la lengua, cómo le sujetaría las muñecas, si le gustaba que le hablaran sucio, si ella se corría fácil o había que trabajarla despacio y sucio. Renata le contó que desde el divorcio solo se había follado a sí misma y a un vibrador que ya no bastaba. Wesley admitió que la última vez que se corrió fue pensando exactamente en ella, tres noches atrás, con el puño apretado y el nombre de Renata entre dientes.
Llegaron a la casa. Oscura. Vacía. La madre se había quedado en la de Rafael “para no molestar”. Renata abrió la puerta con dedos torpes. Entraron. La cerró. El clic del pestillo sonó como un disparo.
Se miraron en el recibidor estrecho.
Wesley dio el primer paso. Le sujetó la cara con las dos manos grandes, callosas, y la besó como quien lleva años muriéndose de sed. Boca abierta, lengua profunda, dientes rozando labio inferior. Renata gimió dentro del beso, le agarró la camiseta y se la subió, palpando abdomen duro, pecho velludo, pezones ya erectos. Él la empujó contra la pared, le alzó la falda de un tirón y le metió la mano entre las piernas. Encontró la braga empapada, el calor, el bulto hinchado del clítoris.
—Joder, estás chorreando —gruñó contra su boca—. Para mí. Todo esto para mí.
—Sí —jadeó ella—. Tocame. No pares.
Le rozó el coño por encima de la tela, presionó, dibujó círculos lentos mientras la besaba el cuello, mientras le mordía el lóbulo. Renata le abrió el cinturón, bajó la cremallera, metió la mano y sacó la polla gruesa, caliente, ya goteando por la ranura. La palma se le llenó de peso y de promesa. Lo masturbó despacio, sintiendo cómo latía, cómo se ponía todavía más duro.
—Quiero follarte esta noche hasta que no puedas caminar mañana —dijo Wesley contra su oreja—. Quiero oírte decir mi nombre mientras te la meto entera. Quiero verte correrte en mi cara y después otra vez en mi polla. ¿Lo quieres?
—Lo quiero todo —respondió Renata, la voz rota de ganas—. Llevo años reprimiendo esto. Ya no. Fóllame, Wesley. Úsame como has fantaseado. Yo te voy a chupar y te voy a montar y te voy a pedir que me des más duro porque me encanta la diferencia, me encanta que seas joven y fuerte y que me mires como si yo fuera el puto premio.
Se besaron otra vez, más sucios, más profundos. Manos por todas partes: él bajándole la braga hasta los muslos, ella acariciándole los huevos pesados, los dos jadeando en la penumbra del pasillo. La falda subida, la camiseta de él por el pecho, la polla rozándole el vientre bajo, dejando un hilo de precum en la piel de Renata.
Wesley se apartó lo justo para mirarla a los ojos, pupilas dilatadas, labios hinchados.
—Habitación. Ahora. O te cojo aquí mismo contra esta pared y no me arrepiento de nada.
Renata le agarró la muñeca y lo guió pasillo adentro, el corazón desbocado, el coño latiéndole al ritmo de los pasos. La casa crujía alrededor como cómplice. En el umbral del cuarto de invitados se detuvieron un segundo, frente a frente, respirando el mismo aire cargado de años y de deseo crudo.
—Una vez que crucemos esta puerta —susurró ella—, no hay marcha atrás. Te voy a pedir cosas que nunca le pedí a nadie.
—Y yo te las voy a dar todas —prometió Wesley, la voz ronca de pure ganas—. Empezando por dejarte temblando antes siquiera de metértela.
La empujó suavemente hacia dentro. La cama estaba hecha. La luz de la calle se filtraba por la persiana a rayas. Renata se sentó al borde, abrió las piernas y lo miró bajarse del todo la ropa, la polla pesada balanceándose, los músculos del abdomen tensos de contención. Él se arrodilló entre sus muslos, le besó el interior de la rodilla, subió con la boca, y el aliento caliente le llegó al coño desnudo justo cuando ella pensó que ya no aguantaba más.
Las manos de Wesley le abrieron los labios húmedos con dedos firmes. La lengua le rozó el clítoris una vez, lenta, deliberada. Renata echó la cabeza atrás y soltó un gemido largo, sincero, de mujer que por fin deja de fingir que no lo necesita.
—Así —rogó—. No pares. Quiero correrme en tu boca antes de que me folles. Y después quiero que me folles como si me debieras años de esto.
Wesley sonrió contra su carne, la miró desde abajo con ojos oscuros de hambre, y volvió a lamer. Más profundo. Más sucio. Renata enredó los dedos en el pelo corto del bombero y se entregó al temblor que ya le subía por las piernas, sabiendo que la noche apenas empezaba y que el deseo reprimido de tantos años estaba a punto de romperse del todo entre esas sábanas.
Wesley no se detuvo. Su lengua se hundió entre los labios hinchados de Renata, lamiendo despacio desde la entrada empapada hasta el clítoris hinchado, dibujando círculos firmes mientras dos dedos callosos se deslizaban dentro de ella. Renata arqueó la espalda, los muslos temblando alrededor de su cabeza, y gimió su nombre como una súplica rota.
—Wesley… joder, así, no pares…
Él gruñó contra su coño, el sonido vibrándole directo al centro, y chupó con fuerza el botón sensible. Renata se corrió de golpe, las caderas sacudiéndose, el jugo chorreándole por el culo mientras él la bebía sin piedad, sin soltarla hasta que los temblores se calmaron un poco. Entonces se incorporó, se limpió la boca con el dorso de la mano y la miró con los ojos oscuros de hambre pura.
—Salón. Ahora —ordenó con voz ronca—. Quiero verte contra la pared, quiero follarte en todos lados de esta puta casa.
Renata asintió, las piernas flojas, y lo siguió medio desnuda por el pasillo. La falda colgaba torcida de su cadera; la blusa ya no tapaba nada. En el salón, la luz de la farola se colaba a rayas por las cortinas. Wesley la agarró de la cintura, la levantó como si no pesara y la empujó contra la pared junto al sofá. Las piernas de ella se enredaron en su cintura un segundo antes de que él se arrodillara otra vez, le abriera los muslos con las manos grandes y volviera a comerla.
La lengua se le clavó hondo, sucia, ruidosa. Renata se agarró a sus hombros anchos, la cabeza echada hacia atrás contra el yeso, y gimió su nombre una y otra vez.
—Wesley… Wesley, me como entero, joder…
Él le chupó el clítoris mientras le metía tres dedos y los curvaba buscando ese punto que la hacía temblar. Renata se corrió otra vez, más fuerte, chorreándole la barbilla, el orgasmo arrancándole un grito ahogado. Wesley se puso de pie, se bajó del todo el pantalón y le levantó una pierna. La polla gruesa y brillante de precum rozó su entrada.
—Dime que me la quieres dentro —exigió, la voz baja, dominante, pero esperando.
—Métela. Toda. Fóllame ya.
La penetró de un solo empujón profundo, el glande abriéndola, el tronco grueso estirándola hasta el fondo. Renata gritó de placer puro. Wesley la sujetó contra la pared y la embistió duro, las caderas golpeando, el sonido húmedo de su coño llenando el salón. Ella se aferraba a su cuello, las uñas clavándose en la piel, sintiendo cada vena, cada latido de esa polla joven y despiadada.
Después la bajó, la llevó al sofá y la tumbó de espaldas. Se metió entre sus piernas abiertas, le alzó las caderas y se la volvió a clavar en misionero. Follaba con fuerza, profundo, las manos aplastándole las tetas, pellizcando los pezones mientras ella gemía y le pedía más.
—Más fuerte… úsame, Wesley, rompeme ese coño que tanto te has imaginado…
Él obedeció. Las embestidas eran brutales, el sofá crujía, el sudor les resbalaba por la piel. Renata sintió otro orgasmo subiendo y se corrió apretándolo, el coño contrayéndose alrededor de él en espasmos calientes. Wesley no paró; se retiró, se tumbó y la subió encima.
—Móntame. Quiero verte rebotar en mi polla.
Renata se impaló de un golpe, la polla enterrándose hasta los huevos. Empezó a cabalgarlo con fuerza, las manos aferradas a su pecho velludo y duro, los dedos clavándose en los pectorales mientras subía y bajaba salvaje. Le exigía mirándolo a los ojos:
—Lléname más profundo… así, joder, más hondo, quiero sentirla hasta el útero… me encanta tu polla joven, me encanta que me folles como un puto animal…
Wesley le agarró las caderas y la empujó hacia abajo al mismo tiempo que subía, golpeándola desde abajo. Las tetas de Renata rebotaban; ella se inclinó, le besó la boca sucia, le mordió el labio. El placer era crudo, sin adornos, solo carne y años de ganas reprimidas reventando.
Cuando sintió que él estaba al límite, se bajó. Wesley la giró, la puso de pie apoyada en el respaldo del sofá y se la metió por detrás de una embestida. La sujetó con fuerza por las caderas, los dedos hundidos en la carne blanda, y la folló de pie, profundo, el ruido de piel contra piel llenándolo todo. Renata empujaba hacia atrás, el coño tragándosela entera, gimiendo su nombre como un mantra.
—Wesley… me corro… joder, me corro contigo…
—Juntos —gruñó él, acelerando—. Te llena… te voy a llenar…
El orgasmo los partió al mismo tiempo. Renata gritó, el coño estrujándolo en oleadas violentas; Wesley se corrió con un rugido, los chorros calientes disparándose dentro de ella, llenándola hasta desbordarse por los muslos mientras seguía embistiéndola en espasmos. Se quedaron así, pegados, temblando, el semen resbalándoles juntos.
Después se dejaron caer al sofá, abrazados, sudorosos, el pecho de él subiendo y bajando contra su espalda. Wesley le besó el cuello, lento, saboreando la sal de su piel, y murmuró contra la oreja:
—Esto solo es el comienzo de nuestro reencuentro, Renata. No pienso dejarte ir tan fácil.
Ella sonrió, satisfecha, el cuerpo aún latiendo, y se giró un poco para mirarlo. Le pasó una mano por el pelo húmedo.
—Quédate la noche conmigo. Toda. Y las que quieras mientras estés en el pueblo. Quiero más de esto… más de ti.
Se besaron de nuevo, profundo, lenguas lentas y saboreándose el uno al otro, sellando la promesa. El salón olía a sexo y a verano. Renata cerró los ojos un momento, acurrucada contra su pecho ancho, sintiendo la polla semidura aún rozándole el muslo.
Wesley no sabía que, tres calles más allá, Rafael había cancelado el turno de noche y ya caminaba de vuelta a casa de la madre con las llaves en la mano, listo para sorprenderlos con café caliente a las siete de la mañana.
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