Revelación en la Azotea: La Desconocida de Chat Se Abre para Mí
Carlos, ingeniero de 32, se folla brutalmente el culo de su vecina Fiona de 28 en la azotea después de reconocerse en el chat.
El calor de julio pegaba como una losa sobre el cemento de la azotea. Carlos, ingeniero de treinta y dos años, subió las escaleras de servicio con la camiseta pegada a la espalda y una cerveza sudando en la mano. El edificio se había convertido en un horno; el aire acondicionado de su piso se había rendido a las once y la única alternativa era el cielo abierto, las antenas y el zumbido lejano del tráfico. Llevaba semanas hablando con Luna69. Noches enteras de mensajes cada vez más sucios: ella describiendo cómo le gustaba que le abrieran el culo sin compasión, él contándole el grosor de su polla, el modo en que la clavaría de un solo empujón hasta los huevos. Nunca se habían visto. Solo textos, audios roncos a las tres de la mañana y una foto borrosa de unas tetas pesadas y un culo redondo, enmarcado por la cintura de unos shorts blancos.
Empujó la puerta de metal y el aire caliente le golpeó la cara. Al otro lado, apoyada contra el muro de ladrillo junto a las tuberías, había una mujer. Veintiocho años, según el perfil, aunque él no lo sabía todavía. Pelo oscuro recogido en un moño desordenado, camiseta fina sin sujetador, pezones marcados contra la tela, short vaquero corto que dejaba a la vista el arranque de unos muslos firmes. Tenía el móvil en la mano y sonreía con esa media sonrisa de quien acaba de mandar algo prohibido. Carlos se detuvo. El corazón le dio un vuelco bruto.
Ella levantó la vista. Lo miró de arriba abajo: hombros anchos de quien pasa horas en obra y gimnasio, barba de tres días, la polla ya medio dura solo de oler el calor y la posibilidad. Sus ojos se entrecerraron.
—Tú… —empezó ella, la voz baja, ronca—. Eres el de las manos grandes. El que dijo que me partiría el culo en dos sin preguntarme si estaba lista.
Carlos soltó una risa corta, incrédula. Dio un paso más cerca. El olor a piel caliente y a colonia barata de ella le llegó de lleno.
—Luna69 —dijo, no era pregunta—. Fiona. Eres Fiona del 4B. Te he visto en el ascensor. Te he oído gritar cuando follabas con ese tío del pelo largo hace dos meses.
Ella no se inmutó. Guardó el móvil en el bolsillo del short y se enderezó. El pecho se le movió libre bajo la camiseta. Se pasó la lengua por el labio inferior, deliberada.
—Y tú eres Carlos, el ingeniero del 7A que se pajea pensando en mi culo mientras me manda audios de cómo me lo va a destrozar. Semanas, cabrón. Semanas describiéndome lo que me harías y resulta que vivíamos a tres pisos de distancia.
El silencio que siguió pesaba. Solo el zumbido de un aire acondicionado lejano y el crujido de la grava bajo las zapatillas de él. Carlos dejó la cerveza en el suelo. Se acercó hasta quedar a un palmo. Podía ver el sudor brillando en la base del cuello de ella, el modo en que los pezones se le habían endurecido del todo.
—Reconocí tu voz en el último audio —admitió él—. Esa risa sucia cuando te dije que te iba a abrir el culo a hostias. Me la imaginé mil veces. Nunca pensé que eras tú.
Fiona levantó la barbilla. Sin miedo. Con hambre.
—Pues ya lo sabes. Y ahora que estamos aquí, solos, con este calor de mierda… —extendió una mano y le palpó la entrepierna por encima del pantalón, sin permiso previo pero con toda la intención del mundo—. Quiero que me folles el culo. Ya. Sin preliminares suaves. Sin besitos. Sin “¿estás segura?”. Llevo semanas mojándome con tus mensajes. Llevo semanas metiéndome dedos en el culo pensando en tu polla. No quiero caricias. Quiero que me uses.
La polla de Carlos respondió al instante, gruesa y dura contra la palma de ella. Él soltó un gruñido bajo y le agarró la muñeca, no para apartarla, sino para apretarle los dedos contra su bulto.
—Dilo otra vez —ordenó, la voz ya ronca de deseos—. Dime exactamente lo que quieres, puta.
Ella sonrió, sucia, y le apretó más fuerte.
—Quiero que me bajes los shorts, que me escupas en el culo y que me la metas entera de un empujón. Quiero sentir cómo me abres. Quiero que me folles brutalmente el culo aquí mismo, contra este puto muro, hasta que se me salgan los jugos por las piernas. Sin prepararme como una princesa. Si duele, mejor. Si me haces llorar de ganas, todavía mejor. ¿Me oyes, ingeniero? Quiero tu polla en mi culo ahora.
Carlos no necesitó más. La giró de un manotazo contra el ladrillo caliente. Fiona jadeó al sentir el cemento áspero contra las tetas. Él le bajó el short y la braga en un solo tirón; el tejido quedó atrapado en los tobillos. El culo de ella quedó al aire: redondo, firme, con un pequeño lunar en la nalga izquierda y el agujero ya contraído de anticipación, rosado y apretado. Carlos se escupió en la mano y se lo untó entre las nalgas, grueso, sin delicadeza. Dos dedos gruesos empujaron de golpe. Fiona soltó un gemido gutural y empujó hacia atrás.
—Así… joder, así de bruto —jadeó ella—. No me mimes, cabrón.
Él se desabrochó el pantalón. La polla le saltó fuera, gruesa, venosa, la cabeza ya brillante de precum. Se alineó. La punta rozó el agujero apretado de Fiona. Ella tembló.
—Métela —exigió, la voz rota—. Métela toda. Quiero sentirte reventarme.
Carlos agarró sus caderas con fuerza suficiente para dejar marcas y empujó. El glande forzó la entrada. Fiona gritó contra el muro, un sonido crudo, animal, mientras el culo se le abría a la fuerza. Él no se detuvo. Siguió empujando centímetro a centímetro, sintiendo cómo el anillo de músculo se rendía, cómo las paredes internas lo estrujaban con una presión asfixiante. Hasta el fondo. Los huevos le golpearon la carne suave de ella.
—Hostia puta… —gruñó él, sudor cayéndole por la frente—. Qué culo más puto estrecho. Llevas semanas pidiéndomelo y ahora me aprietas como una virgen.
Fiona tenía la frente apoyada en el ladrillo, la boca abierta, babeando. Cada respiración le salía entrecortada.
—Muévete —ordenó, aunque la voz le temblaba—. Fóllame. Úsame el culo como me prometiste en el chat. Dime lo que me ibas a hacer mientras me la clavas.
Carlos retrocedió casi del todo y volvió a entrar de un embiste seco. El sonido húmedo y obsceno de carne contra carne llenó la azotea. Empezó a follarla con ritmo brutal, profundo, sin piedad. Cada embestida le sacaba un gemido ahogado a ella. Le agarró el moño y le tiró de la cabeza hacia atrás para hablarle al oído mientras la polla le desaparecía entera una y otra vez en ese agujero grasiento y caliente.
—Te iba a decir que te iba a dejar el culo abierto y baboso. Que te iba a llenar de leche hasta que te goteara por las piernas bajando al piso. Que te iba a follar tan fuerte que no ibas a poder sentarte mañana sin acordarte de mí. ¿Lo sientes? ¿Sientes cómo te lo estiro?
—Sí… joder, sí… más duro —rogó ella, empujando el culo hacia cada embestida—. Habla sucio. Dime que soy tu puta del chat. Dime que mi culo es tuyo.
Él le dio una palmada seca en la nalga. La carne tembló. Otra. El sonido crujió en el aire caliente.
—Eres mi puta del chat. La que se corría describiéndome cómo le gustaba que le abran el culo a lo bestia. Ahora lo tienes. Toda mi polla enterrada en tu agujero de zorra. Apriétame. Quiero sentir cómo me ordeñas con el culo.
Fiona apretó. El canal se cerró alrededor de él como un puño. Carlos soltó un taconazo de placer y aceleró. Las embestidas se volvieron más cortas, más salvajes. El sudor resbalaba entre sus cuerpos. Él miró hacia abajo: el agujero de ella se abría y se cerraba alrededor de su rabo, rosado, brillando de saliva y de los jugos que ya le resbalaban desde el coño ignorado. Cada vez que salía del todo, el anillo quedaba entreabierto un segundo antes de tragárselo otra vez.
—No pares —jadeó Fiona—. No te atrevas a parar. Quiero que me dejes el culo hecho una mierda. Quiero irme cojeando a mi piso oliendo a tu semen.
Carlos le metió dos dedos en la boca. Ella los chupó con ganas, babeando, mientras él le follaba el culo sin piedad. El calor de la azotea, el riesgo de que alguien subiera, el hecho de que por fin tenían cuerpos reales después de semanas de pantallas… todo se acumulaba. Él sentía los huevos tensos, listos, pero no quería correrce todavía. No en este acto. Quería alargarlo. Quería verla rogar más.
Sacó la polla de golpe. Fiona gimió por la pérdida súbita, el culo quedando abierto y palpitante. Él se arrodilló un segundo, le separó las nalgas con las dos manos y le escupió directo al agujero dilatado. Luego se puso de pie otra vez y se la volvió a clavar hasta la base.
—Vas a aguantar todo lo que yo quiera —le dijo al oído, follándola con embestidas largas y profundas—. Esta azotea es tuya y mía esta noche. Todavía no te he hecho gritar de verdad. Todavía no te he obligado a correrte solo con la polla en el culo. Y cuando te llene, lo vamos a repetir. ¿Entiendes, Luna?
Ella asintió con la cabeza contra el muro, los ojos vidriosos de placer, el short en los tobillos, las piernas temblando.
—Entiendo… joder, Carlos, entiéndelo tú también: no me sueltes. No pares. Fóllame el culo hasta que no pueda ni hablar.
Él le rodeó la cintura con un brazo y le buscó el clítoris con los dedos, frotando en círculos brutales mientras la follaba sin freno. Fiona empezó a soltar gemidos más altos, más rotos. El orgasmo se le acercaba como un tren. Carlos lo notó en cómo el culo se le contraía a espasmos alrededor de su polla.
Pero no la dejó llegar. Sacó los dedos. Redujo el ritmo a embestidas lentas y profundas, solo para mantenerla al borde, temblando, maldiciendo entre dientes.
—No todavía —murmuró él, la voz cargada de promesa sucia—. Primero quiero oírte confesar más. Quiero que me digas todas las putadas que imaginaste mientras chateábamos. Y después… después te voy a dar lo que pediste. Todo. Hasta dejarte incapaz de bajar las escaleras sin que se te escape mi leche.
Fiona soltó una risa rota, llena de necesidad, el culo aún empalado hasta el fondo, el cuerpo tenso como un arco.
—Entonces pregunta, ingeniero. Pregunta lo que quieras. Esta noche mi culo es tuyo y yo no pienso callarme ni una sola porquería.
El viento caliente movió una bolsa de plástico olvidada en una esquina. Abajo, en la calle, un coche pitó. En la azotea, Carlos empezó a moverse otra vez dentro de ella, lento, posesivo, construyendo la siguiente oleada de brutalidad mientras ella jadeaba su nombre y el de Luna69 como si fueran la misma cosa.
Carlos empujó despacio, sintiendo cada pliegue interno de Fiona apretarle la polla como si quisiera ordeñársela a la fuerza. El calor del ladrillo le quemaba las palmas donde la sujetaba, y el sudor le resbalaba por la espalda hasta empaparle el culo de los pantalones bajados a media nalgas. Ella jadeaba su nombre entremezclado con Luna69, la voz rota, y él notó cómo el coño ignorado le goteaba por el perineo hasta untarle los huevos.
—Cuéntame —ordenó él, clavándosela hasta el fondo y quedándose quieto, solo palpitando dentro—. Todas las putadas. Las que te corrías sola en tu piso del 4B mientras leías mis audios.
Fiona apretó el culo a propósito, un espasmo deliberado que le arrancó un gruñido. Se giró un poco la cara contra el muro, la mejilla marcada por el cemento áspero, y sonrió con esa misma media sonrisa sucia del chat.
—Me imaginaba tu verga exactamente así… gruesa, venosa, abriéndome sin avisar. Me metía tres dedos en el culo y me frotaba el clítoris hasta empapar las sábanas pensando en cómo me la ibas a meter entera de un solo golpe. Me decía puta en voz alta. Me decía que mi agujero estaba hecho para que me lo destrozaras. Una noche me corrí tan fuerte que grité tu nombre inventado y el vecino del 4A golpeó la pared. ¿Lo oíste alguna vez, ingeniero? ¿Me oíste gemir por ti sin saber que eras tú?
Carlos retrocedió casi del todo y volvió a entrar con un embiste seco que le sacó el aire. La polla le latía pesada, brillante de los jugos que ya mezclaban saliva y el liquidito claro que le salía a ella del coño. Él le soltó el moño y le agarró el cuello por delante, sin apretar de verdad, solo para sentir cómo tragaba saliva mientras hablaba.
—Sigue. Quiero oír lo de la verga por el culo. Dime lo puta que te sientes ahora mismo.
Ella soltó una risa entrecortada y empujó el culo hacia atrás, buscándolo. Entonces hizo algo que lo dejó aún más duro: se separó un centímetro del muro, metió una mano entre su propio cuerpo y el ladrillo y se tocó el coño por encima… no, ya no tenía short. El short seguía enredado en los tobillos. Se tocó directo, dos dedos abriéndose los labios hinchados mientras él la follaba lento.
—Me siento como la puta más barata de Madrid —susurró, la voz pegada a su oreja cuando él se inclinó—. Al imaginarte metiéndome esta polla por el culo… joder, Carlos, me mojo sola solo de pensarlo. Llevo semanas con el culo pidiendo a gritos que me lo uses. Tócame. Siente cómo me chorreo mientras me la clavas.
Él metió la mano por debajo y le encontró los dedos de ella ya resbaladizos. Le apartó los dedos y le frotó el clítoris con la yema gruesa, rápido, brutal, al mismo ritmo que las embestidas. Fiona soltó un gemido largo y se contrajo alrededor de él otra vez. La conversación se volvió un intercambio sucio, casi un desafío.
—Dime cómo me la ibas a preparar en tus fantasías —exigió ella—. ¿Me ibas a escupir? ¿Me ibas a abrir con la lengua primero?
—Te iba a poner de rodillas en mi salón, te iba a separar las nalgas y te iba a comer el culo hasta dejártelo blando y baboso —contestó él, acelerando un poco—. Te iba a meter la lengua hasta donde llegara, te iba a besar ese agujero apretado como si fuera tu boca. Y después te la iba a clavar sin avisar. Exactamente como ahora.
—Entonces hazlo —jadeó Fiona de pronto, la voz cargada de una necesidad nueva—. Sácala. Date la vuelta… no, yo me doy. Quiero que me comas el culo ahora. Prepárame otra vez. Quiero sentir tu lengua antes de que me la vuelvas a meter entera. Por favor, Carlos. Sé la puta del chat. Déjame serlo.
Él obedece. Sacó la polla de un tirón. El agujero de ella quedó abierto, rosado, palpitando, un hilo de saliva y precum colgando. Fiona se giró del todo, de espaldas al muro ahora, y se agachó un segundo para terminar de quitarse el short de los tobillos. Lo lanzó a un lado. Se quedó solo con la camiseta fina subida hasta debajo de las tetas, los pezones duros al aire caliente. Se dio la vuelta otra vez, se apoyó con las manos en el muro bajo y arqueó la espalda, ofreciéndole el culo redondo, el lunar en la nalga izquierda brillando de sudor.
—Cómemelo —pidió explícita, mirándolo por encima del hombro—. Ábreme con la lengua. Chúpame el agujero. Prepárame el culo para que me lo folles otra vez más bruto. Quiero babearme entera. Quiero que me dejes lista para que me partas.
Carlos se arrodilló en la grava caliente sin dudar. Le separó las nalgas con las dos manos, los pulgares abriéndole el anillo ya dilatado. El olor a sexo, a sudor y a ella le subió directo a la polla, que le latía pesada contra el muslo. Escupió primero, un chorro grueso que le cayó justo en el centro. Después acercó la boca y le pasó la lengua plana de abajo arriba, desde el perineo hasta el agujero, saboreando lo salado y lo íntimo. Fiona gimió alto, sin frenarse.
—Así… joder, sí. Métela. Métela la lengua.
Él lo hizo. Empujó la punta de la lengua contra el músculo y la clavó dentro, removiendo, follándola con la boca. Los labios le sellaron alrededor mientras chupaba, ruidoso, obsceno. Fiona empujaba el culo contra su cara, frotándose, y con una mano se volvió a tocar el coño, circulando el clítoris con dos dedos empapados. La conversación no paró.
—Qué puta te pones cuando te como el culo —gruñó él entre lametones—. Lo sientes, ¿verdad? Cómo se te abre. Cómo me lo ofreces. En el chat me decías que te gustaba que te lo dejaran baboso. Pues aquí lo tienes. Mi lengua dentro de tu agujero de zorra.
—Más… más profundo —rogó ella—. Prepárame bien. Quiero que cuando me la metas otra vez me entre de un golpe hasta los huevos. Quiero que me uses el culo como un coño. Habla. Dime lo que me vas a hacer después.
Carlos le metió un dedo junto a la lengua, después dos, abriéndola mientras la chupaba. Los sonidos húmedos llenaban la azotea: chupeteos, gemidos, el roce de su barba contra la carne suave. Él pensaba en las semanas de mensajes, en cómo se había pajado imagínandoselo exactamente así, y ahora lo tenía real, el culo de Fiona dilatado y entregado bajo su boca. Sacó la lengua, le dio un mordisco suave en la nalga y se puso de pie otra vez. La polla le apuntaba recta, dura como el cemento, la cabeza morada y goteando.
—Ahora te la voy a meter otra vez —anunció—. Pero primero quiero que te toques el coño mientras me miras. Quiero ver cómo te mojas de solo pensar en mi verga volviendo a tu culo.
Fiona se enderezó un poco, se giró de lado y se abrió las piernas. Se metió dos dedos en el coño sin vergüenza, sacándolos brillantes, y se los ofreció a la boca de él. Carlos los chupó enteros mientras alineaba la polla otra vez contra el agujero baboso.
—Métela —susurró ella—. Ya estoy preparada. Cómeme el culo con la polla. Fóllame como me prometiste.
Él empujó. El glande se hundió fácil esta vez, gracias a la lengua y la saliva, pero el canal seguía estrecho, caliente, rogándole que lo llenara. Entró centímetro a centímetro hasta que los huevos le golpearon. Fiona soltó un grito ahogado y se tocó más rápido el clítoris.
—Hostia… qué bien me la comes con el culo —jadeó Carlos, empezando a moverse con embestidas largas—. Apriétame. Ordéñame. Dime que eres mi puta de la azotea.
—Soy tu puta —contestó ella, la voz temblando de placer—. La de los chats. La que se abre el culo para ti. Fóllame más duro. Quiero sentirte en las tripas. Quiero que me dejes el agujero abierto y rojo. Habla sucio. Dime que me lo vas a llenar.
Él aceleró. Las embestidas se volvieron brutales otra vez, el sonido de piel contra piel crujiendo en el aire caliente de julio. Le agarró las tetas por debajo de la camiseta, pellizcándole los pezones mientras la follaba sin piedad. Fiona se tocaba el coño sin parar, los dedos resbalando, el orgasmo construyéndose otra vez en oleadas que le hacían contraer el culo a espasmos.
—Te voy a follar hasta que no puedas cerrar las piernas —le dijo al oído—. Te voy a sacar la polla y te voy a volver a comer el culo cuando quiera. Te voy a tener aquí horas. Y cuando bajes a tu piso, cada escalón te va a recordar cómo te abrí. ¿Lo quieres?
—Sí, joder, sí. No pares. Prepárame más si hace falta. Sácala y chúpame otra vez si quieres. Pero no dejes de usarme.
Carlos sacó de golpe otra vez. Fiona gimió por el vacío. Él se arrodilló de nuevo, le separó las nalgas y le clavó la lengua una vez más, profunda, removiendo el interior ya follado, saboreando su propio precum mezclado con ella. Le dio tortazos suaves en el agujero con la lengua y los labios hasta que ella temblaba. Después se levantó, le escupió otra vez y se la volvió a clavar hasta la base de un solo empujón.
El ritmo se volvió posesivo, profundo, construyendo sin prisa la siguiente subida. Él le hablaba al oído de todas las noches de chat, de cómo se había imaginado este culo exactamente, de cómo pensaba llenárselo y después hacérselo tragar. Fiona respondía con confesiones cada vez más sucias: que se había metido un consolador pensando en él, que se había mirado al espejo abriéndose el culo con los dedos y mandándole la foto borrosa, que quería que la usara hasta dejarla coja.
El viento caliente seguía moviendo cosas olvidadas. Abajo pitaban coches. En la azotea, Carlos la follaba el culo con embestidas lentas y pesadas, manteniéndola al borde otra vez, los dedos de ella todavía en su propio coño, el cuerpo entero tenso y entregado. Ella miró por encima del hombro, los ojos vidriosos, y le pidió más.
—Sigue preparándome con la boca cuando quieras. Sigue clavándomela. Esta noche no se acaba aquí. Quiero que me dejes el culo tan usado que mañana no pueda ni sentarme sin mojarme de solo recordarlo. ¿Me oyes, ingeniero? Mi agujero es tuyo. Úsalo.
Carlos no sacó la polla de inmediato. La mantuvo enterrada hasta la raíz, palpando dentro de ese culo caliente y grasiento mientras el sudor le corría por la nuca y el calor de julio le pegaba a la espalda como una segunda piel. Fiona jadeaba contra el ladrillo, el coño goteándole sin parar, los dedos todavía resbaladizos entre sus labios hinchados. Él se inclinó, le mordió el lóbulo de la oreja y gruñó:
—Ahora sí te voy a preparar como dios manda, puta del chat. Quiero tu culo baboso y abierto antes de partírtelo otra vez.
Sacó el rabo de un tirón seco. El agujero de Fiona quedó entreabierto, rosado, contrayéndose al vacío, un hilo de saliva y precum colgándole hasta el perineo. Ella gimió por la pérdida, las piernas temblándole, y se giró lo justo para mirarlo con esos ojos vidriosos de zorra necesitada.
Carlos se arrodilló en la grava caliente sin importarle que le pinchara las rodillas. Le separó las nalgas con ambas manos, los pulgares abriéndole el anillo ya usado, y le escupió directo al centro. El saliva espeso le cayó en el agujero y resbaló. Después acercó la cara y clavó la lengua de golpe, profunda, sin miramientos. La empujó dentro, removiendo, follándola con la boca mientras los labios le sellaban alrededor y chupaba con ruidos obscenos que llenaban la azotea. Fiona soltó un gemido largo, animal, como una perra en celo, y empujó el culo contra su cara.
—Joder… sí, cómemelo… métela más… —aulló ella, la voz rota—. Así, cabrón, ábreme el culo con esa lengua de puto.
Él no se detuvo. La lengua se hundía hasta donde daba, saboreando el sabor salado de ella mezclado con su propio precum, mientras metía dos dedos gruesos junto a ella. Los clavó de golpe, tijereteando, abriéndola, follándola con los dedos al mismo ritmo que la lengua. Fiona gemía sin freno, el sonido crudo y alto, las tetas colgándole bajo la camiseta subida, el clítoris palpitándole. Se tocaba sola con la mano libre, circulando rápido, el coño chorreándole jugos que le untaban los muslos.
—Qué puta más barata te pones —gruñó Carlos entre lametones, la barba rasposa contra la carne suave—. Gimes como una perra cuando te como el culo. Apriétame los dedos. Ordéñamelos. Llevo semanas soñando con este agujero y ahora lo tengo dilatado y baboso bajo mi lengua.
Ella apretó. El canal se cerró alrededor de sus dedos y de la lengua como un puño caliente. Fiona soltó un grito ahogado, el cuerpo entero temblando, el sudor brillándole en la espalda.
—Más… dos dedos y la lengua… joder, Carlos, prepárame… quiero que me partas… soy tu puta del chat, úsame el culo…
Carlos chupó, removió, le dio tortazos suaves con la lengua contra el anillo dilatado hasta que ella temblaba al borde. Entonces se puso de pie de un salto. La polla le latía pesada, morada, goteando. Miró alrededor: había una manta vieja enrollada junto a las tuberías, de esas que dejan los vecinos para secar cosas. La agarró, la extendió de un manotazo sobre la grava más limpia y le dio una palmada seca en el culo a Fiona.
—A cuatro patas. Ahora. Sobre la manta. Quiero verte el culo en alto como la zorra que eres.
Fiona obedeció al instante. Se arrodilló sobre la manta áspera, las rodillas abiertas, la espalda arqueada, el culo redondo y brillante de saliva ofrecido al aire caliente. El lunar de la nalga izquierda le brillaba. Carlos se plantó detrás, le separó las nalgas otra vez y le escupió un chorro grueso directo al ano abierto. La saliva le cayó dentro y resbaló. Se alineó y empujó de un solo golpe brutal. El glande forzó la entrada y la polla entera desapareció hasta los huevos. Fiona gritó, un sonido crudo que se perdió en el zumbido del tráfico lejano, el culo estirándose alrededor de él como si fuera a reventar.
—Hostia puta… qué estrecho me aprietas todavía —gruñó él, agarrándole las caderas con fuerza suficiente para marcar—. Ahora te voy a follar el culo como te mereces.
Empezó a sodomizarla de perrito con embestidas salvajes, profundas, sin piedad. Cada embiste le sacaba un gemido gutural a ella. Le dio una nalgada fuerte, el sonido crujiendo en el aire. Otra. La carne de la nalga le tembló y se puso roja al instante. Le agarró el pelo del moño deshecho y le tiró la cabeza hacia atrás, obligándola a arquearse más mientras la follaba sin freno. El sonido húmedo de carne contra carne, de su rabo entrando y saliendo del agujero baboso, llenaba todo.
—Toma, puta… toma toda mi polla en el culo… —le escupió al oído, tirándole del pelo y nalgueándola otra vez—. Eres mi zorra de la azotea. La que se mojaba con mis audios. Ahora te la clavo hasta que se te salgan los ojos. Apriétame. Ordéñame con ese agujero de perra.
Fiona empujaba hacia atrás, recibiendo cada embestida, gemiendo como una perra en celo, la baba cayéndole por la comisura de la boca.
—Más duro… nalgéame… tírame del pelo… fóllame el culo… joder, sí… soy tu puta… ábreme… déjame el agujero hecho una mierda…
Carlos aceleró. Las nalgadas llovían, fuertes, el pelo tirado con fuerza, la polla desapareciendo entera una y otra vez en ese culo grasiento y caliente. El sudor les resbalaba entre los cuerpos. Él miraba cómo el anillo se abría y se cerraba alrededor de su rabo, rojo, brillante, usado. Después de varios minutos de esa brutalidad de perrito, sacó la polla de golpe. Fiona gimió por el vacío, el culo quedando abierto y palpitante.
—De lado. Ahora —ordenó él, la voz ronca de lujuria—. Levanta esa pierna. Quiero follarte el culo y meterte los dedos en el coño a la vez hasta que grites.
Ella se tumbió de lado sobre la manta, una pierna flexionada y la otra levantada alta, ofreciéndole todo. Carlos se arrodilló detrás, le escupió otra vez al ano dilatado y se la clavó de un empujón hasta el fondo. Empezó a sodomizarla con embestidas largas y brutales mientras le metía tres dedos de golpe en el coño empapado. Los dedos entraron fáciles, resbaladizos, y los movía en tijera, follándola por los dos agujeros a la vez. Fiona gritó de placer puro, el cuerpo entero sacudiéndose.
—Joder… los dos… el culo y el coño… me estás partiendo… —aulló ella, la pierna temblando en el aire—. Más fuerte… mételos todos… fóllame el culo mientras me digitas… soy tu puta… lléname…
Carlos le follaba el ano sin piedad, la polla entrando y saliendo grasienta, los tres dedos martilleándole el coño, el pulgar rozándole el clítoris a ratos. El placer le subía por los huevos tensos. Ella se contraía a espasmos alrededor de él, el culo ordeñándole la verga, el coño apretándole los dedos. Ambos gritaban ya, sin freno, el calor de la azotea, el riesgo, las semanas de chat convertidas en esta carne real.
—Te voy a reventar el culo… te voy a dejar abierto y goteando… —rugió él, acelerando, los dedos profundos—. Grita, puta. Grita mi nombre mientras te sodomizo.
—¡Carlos… joder… Luna69… tu polla… mi culo… me corro… me parto…! —gritó ella, el orgasmo explotándole en oleadas que le hacían sacudirse, el culo y el coño contrayéndose salvajes.
Él gritó también, el placer crudo subiéndole por la espalda, follándola anal sin parar, los tres dedos todavía dentro, ambos al borde del abismo. Pero no se dejó ir del todo. Redujo un segundo, jadeando, la polla latíéndole pesada dentro de ella, los dedos quietos pero hundidos. Fiona temblaba, el orgasmo todavía sacudiéndola, el culo abierto y usado alrededor de él, los jugos chorreándole por el muslo hasta la manta.
Carlos le soltó la pierna despacio, le dio una última nalgada suave y se quedó empalado, respirando pesado contra su nuca. El viento caliente movió la bolsa de plástico otra vez. Abajo un coche pitó. Él le mordió el hombro y murmuró, la voz todavía cargada de hambre:
—Todavía no he terminado contigo, Fiona. Todavía no te he llenado. Y cuando lo haga… te voy a hacer tragar lo que te gotee del culo. Esta azotea nos tiene horas. Dime que quieres más. Dime que mi polla sigue siendo tuya para destrozarte.
Ella, jadeando, el cuerpo blando y entregado pero los ojos todavía ardiendo, apretó el culo a propósito alrededor de él y sonrió sucia.
—Quiero más, ingeniero. Quiero que me uses hasta que no pueda ni gatear. Mi culo es tuyo… sigue. No pares todavía.
Carlos no sacó la polla. La mantuvo enterrada hasta la raíz, palpando el interior grasiento y caliente de Fiona mientras el sudor le corría por la nuca y el calor de julio le pegaba a la espalda. Ella apretó a propósito, un espasmo deliberado que le arrancó un gruñido ronco. Él le mordió el hombro y empezó a moverse otra vez, embestidas lentas y pesadas al principio, sintiendo cada pliegue interno ordeñarle la verga.
—Dime que lo quieres todo —ordenó, clavándosela hasta los huevos y quedándose quieto un segundo solo para latirle dentro—. Dime que quieres mi leche quemándote el culo.
—La quiero —jadeó Fiona contra la manta, la voz rota de placer—. Lléname. Relléname el agujero hasta que se me salga por las piernas. Fóllame más duro, ingeniero. Destinózame.
Él obedeció. Aceleró. Las embestidas se volvieron salvajes, profundas, el sonido húmedo y obsceno de su rabo entrando y saliendo del culo baboso llenando la azotea. Le agarró las caderas con fuerza suficiente para dejar moretones y la sodomizó sin piedad, los huevos golpeándole la carne suave una y otra vez. Fiona gritaba ya sin freno, empujando el culo hacia cada embiste, el coño goteándole sin parar sobre la manta áspera.
—Toma… toma toda mi puta polla… —gruñó Carlos, sudor cayéndole a chorros—. Apriétame. Ordéñame con ese agujero de zorra. Voy a reventarte de leche.
Ella se contrajo alrededor de él como un puño. El orgasmo le subía otra vez en oleadas brutales. Carlos metió la mano por debajo y le frotó el clítoris con dos dedos gruesos, rápido, brutal, al mismo ritmo que las embestidas. Fiona aulló, el cuerpo entero sacudiéndose.
—¡Me corro… joder, me parto… el culo… la polla…! —gritó ella, el canal anal cerrándose a espasmos salvajes alrededor de él.
Carlos no se contuvo más. Empujó hasta el fondo una última vez y se corrió con un rugido animal. La leche caliente le salió a chorros potentes, inundándole el interior, oleada tras oleada espesa y caliente llenándole el culo hasta el límite. Fiona gritó más alto al sentir el calor líquido reventarle por dentro, el orgasmo explotándole al mismo tiempo: el culo y el coño contrayéndose en un caos de placer, los jugos chorreándole por los muslos mientras la leche de él le rellenaba el agujero dilatado y usado. Temblaba, jadeaba, el cuerpo blando y entregado, el ano todavía empalado y palpitando alrededor de la polla que seguía echándole los últimos chorros.
Él se quedó quieto un momento, respirando pesado, sintiendo cómo su corrida se le escapaba ya un poco por los bordes del anillo abierto. Después sacó la polla despacio. El agujero de Fiona quedó entreabierto, rojo, brillando, un hilo grueso de leche blanca y caliente goteándole por el perineo hasta la manta. Ella gimió por el vacío, las piernas temblándole.
Fiona se giró, todavía temblando, y se arrodilló frente a él sobre la manta. Le miró la polla brillante de saliva, precum y su propia leche, todavía semi-dura y sucia. Sin decir nada se acercó y la tomó con las dos manos, abrió la boca y se la metió entera. Chupó con ganas, la lengua limpiándole el rabo de arriba abajo, saboreando el sabor salado y amargo de su corrida mezclada con el gusto de su propio culo. Carlos le agarró el pelo y jadeó mientras ella lo limpiaba, los labios sellados, babeando, tragando lo que quedaba.
—Qué puta más buena… —murmuró él—. Límpiamela toda. Chupa hasta el último resto.
Ella lo hizo. Le chupó los huevos, le lamió el glande hasta dejarlo limpio y brillante de su saliva, y solo entonces se separó, un hilo de baba conectándoles todavía. Se levantó un poco, se quedó de rodillas mirándolo a los ojos y sonrió sucia, la boca hinchada, el culo todavía goteándole leche por dentro.
—Mañana volvemos —dijo, la voz ronca de tanto gemir—. Misma hora. Quiero que me destroces el culo otra vez. Más bruto. Más hondo. Quiero bajar cojeando y oliendo a ti. Esta adicción es nuestra, ingeniero. Solo nuestra.
Carlos la atrajo hacia arriba y la besó. El beso fue profundo, sucio, lleno del sabor a sexo: su leche, su culo, el sudor, la saliva. Las lenguas se enredaron, los dientes rozaron, y él le apretó el culo con las dos manos, metiendo un dedo en el agujero todavía abierto y lleno solo para sentir cómo le salía más leche caliente por los bordes. Fiona gimió en su boca y le chupó la lengua como si quisiera más.
Se separaron despacio. El viento caliente movió otra vez la bolsa de plástico. Abajo un coche pitó lejos. Se vistieron en silencio: ella se subió el short sin bragas, la camiseta todavía pegada a las tetas sudorosas; él se abrochó el pantalón, la polla ya blanda pero manchada de recuerdos. Se miraron un segundo más.
—Bajamos separados —dijo ella—. Tú primero. Yo espero cinco minutos. Nadie puede saberlo. Este secreto… esta mierda tan sucia… es solo nuestra.
Carlos asintió, le dio una última nalgada y se dirigió a la puerta de metal. Bajó las escaleras de servicio con las piernas todavía temblando un poco, el olor a sexo impregnándole la ropa. Fiona se quedó sola un momento en la azotea, el culo lleno y goteando, el cuerpo marcado, la sonrisa sucia todavía en la cara. Después recogió la manta, se la llevó bajo el brazo y bajó también, cinco minutos después, las piernas abiertas de más, cada escalón recordándole cómo la había abierto.
En el rellano del cuarto piso se separaron del todo. Ella entró en el 4B sin mirar atrás. Él subió al 7A. La puerta de cada uno se cerró con un clic suave.
Dentro de su piso, Carlos se dejó caer en el sofá. El aire acondicionado seguía roto. El calor pegaba igual. Se pasó una mano por la cara y notó que le temblaban los dedos. La polla le dolía de lo duro que se la había follado. El sabor de ella le seguía en la boca. Pero algo se le atragantó en el pecho. No era solo el riesgo de que alguien los hubiera oído. Era la forma en que ella había dicho “mañana” como si fuera una cadena. Como si esta adicción anal fuera a tragarlos enteros. Fiona, en el 4B, se miró en el espejo del baño con el short bajado, el agujero rojo y goteando todavía un hilo blanco. Sonrió… y después la sonrisa se le torció. Se limpió con papel, se sentó en el váter y notó el vacío. El mismo vacío que había sentido después de cada chat a las tres de la mañana. Solo que ahora era real. Y sabía a arrepentimiento. ¿Qué coño habían desatado? El secreto pesaba más que el semen que todavía le resbalaba por dentro. Mañana volverían, sí. Pero algo estaba mal. Muy mal. Y ninguno de los dos sabía todavía qué.
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