Rendición en el Vagón Oscuro
En el metro de medianoche, Diego y Bruno se follan con ganas en el vagón oscuro.
El vagón del metro olía a metal caliente, a sudor viejo y a la humedad que se cuela bajo tierra pasada la medianoche. Las luces fluorescentes parpadeaban con un zumbido flojo, dejando tramos en penumbra donde las sombras se alargaban sobre los asientos naranja desgastados. Diego, de veintiocho años, hombros anchos de obrero de la construcción, brazos marcados por el cemento y el sol, estaba sentado con las piernas abiertas, la camiseta gris pegada al pecho sudado. Frente a él, a dos filas de distancia, Bruno —veinticuatro, abogado moreno de pelo corto y oscuro, traje arrugado después de un día largo— lo miraba sin disimulo desde hacía ya varias paradas.
Diego no apartaba la vista. Sentía la polla removérsele dentro del pantalón de trabajo cada vez que Bruno cruzaba y descruzaba las piernas. El joven abogado, de ojos negros y labios carnosos, separó las rodillas con deliberación. El bulto en sus vaqueros se marcaba claro, grueso, creciendo a la vista de Diego. Bruno pasó una mano por el muslo interior, rozando apenas el paquete, y sonrió de lado, sin vergüenza. Diego tragó saliva. La tensión le subía por la entrepierna como una corriente eléctrica. Ambos eran adultos, ambos lo sabían: se deseaban abiertamente, sin rodeos.
Cuando el metro frenó en la penúltima estación, los pocos pasajeros restantes se levantaron y bajaron. El vagón quedó casi vacío. Solo quedaban ellos dos y el ruido sordo de los rieles. Bruno no se movió. Diego tampoco. Las puertas se cerraron. La luz parpadeó otra vez y el vagón entró en un tramo oscuro del túnel. El silencio se espesó.
Diego se levantó despacio. Sus botas resonaron en el suelo de goma. Avanzó entre los asientos con la polla ya semi-dura apretándole la cremallera. Bruno lo siguió con la mirada, pasó la lengua por los labios inferiores y se pasó el dorso de la mano por la boca, como anticipando el sabor. La sonrisa era hambrienta, casi feroz.
—Ven —susurró Bruno, voz baja y ronca—. Cógeme si te atreves.
Diego se agarró el paquete por encima de la tela, apretando la polla gruesa y venosa que ya empujaba contra el algodón. Bruno se levantó a su encuentro. Se tocaron primero por encima de la ropa: la mano grande de Diego bajó directo al bulto del abogado, lo masajeó con fuerza, sintiendo cómo latía. Bruno jadeó y le devolvió el toque, metiendo la mano entre las piernas de Diego, palpando el peso duro. Se besaron de golpe, lenguas chocando, dientes rozando labios, saliva compartida en un choque brusco y consentido. El sabor a menta barata y a deseo crudo. Diego empujó a Bruno contra el panel del vagón, la adrenalina de poder ser descubiertos en cualquier parada les subía la excitación a mil.
Bruno se arrodilló sin que se lo pidieran. Las rodillas golpearon el suelo del metro. Con dedos torpes de ganas le bajó la cremallera a Diego y tiró del pantalón y del calzoncillo hacia abajo. La polla de Diego saltó libre: gruesa, venosa, la cabeza ya brillante de precum, olor a macho y a jornada larga. Bruno no perdió tiempo. Abrió la boca y se la metió hasta donde pudo, chupando con ganas, lengua plana recorriendo el lado de abajo, saliva babéandole la barbilla. Diego gruñó y le agarró el pelo corto, empujando despacio pero firme, sintiendo la garganta de Bruno abrirse y cerrarse alrededor.
—Joder, qué bien chupas… —masculló Diego, la voz grave—. Más profundo. Eso es.
Bruno gorgoteó alrededor de la polla, babeando sin control, ojos mirando hacia arriba mientras se tocaba el propio bulto por encima de los vaqueros. Diego lo sacó de la boca con un pop húmedo y lo levantó de un tirón. Le bajó los vaqueros y el boxer de un golpe hasta los muslos. El culo de Bruno quedó al aire: redondo, moreno, el agujero ya contraído de anticipación. Diego escupió en dos dedos y los metió sin ceremonia, abriéndolo, sintiendo el calor interno. Bruno gimió alto, empujando hacia atrás.
—Mierda, sí… fóllame ya —pidió Bruno, la voz rota—. Quiero tu polla dentro.
Diego lo giró contra la pared del vagón, pecho pegado al frío panel publicitario. Le separó las nalgas, alineó la cabeza gruesa y empujó. Entró de una embestida profunda, hasta el fondo. Bruno gritó un taco ahogado, las manos aplastadas contra el cristal oscuro. Diego no se anduvo con suavidades: folló en posición de perrito de pie, embestidas fuertes, profundas, el sonido húmedo de piel contra piel mezclado con el traqueteo del tren. Cada embestida hacía que el culo de Bruno temblara. Diego le agarró las caderas con fuerza de obrero, clavándole la polla hasta que los huevos le golpeaban las nalgas.
—Más duro —gimió Bruno—. Rómpeme el culo, joder. Así… ¡así!
Diego aceleró. El vagón oscuro olía ya a sexo: a precum, a sudor fresco, a culo abierto. Sacó la polla casi del todo y volvió a clavar, una y otra vez, hasta que Bruno temblaba de piernas. Entonces lo giró otra vez, lo sentó de cara a él en su regazo sobre el asiento. Bruno, vaqueros aún a media pierna, se dejó caer sobre la polla gruesa, abriéndose otra vez, cabalgando con ritmo salvaje. Arriba y abajo, el culo tragándose cada centímetro. Diego le masturbaba la polla al mismo tiempo, puño apretado y rápido, mientras Bruno le agarraba los abdominales duros bajo la camiseta levantada.
—Mírame mientras me la montas —ordenó Diego, dominando pero con la respiración entrecortada—. Dime lo que quieres.
—Quiero que me corras dentro —suplicó Bruno entre gemidos explícitos, rebotando más rápido—. Lléname… fóllame más fuerte, Diego, no pares. Tu polla me está destrozando y me encanta. Más… ¡más!
Se follaron así, cara a cara, lenguas mezclándose otra vez en besos babosos, el ritmo volviéndose irregular cuando Diego sintió subir la corrida. Empujó hacia arriba con fuerza bruta, clavando hasta el fondo, y se corrió dentro de Bruno con un gruñido largo, chorros calientes llenándole el culo. Bruno gritó y se corrió casi al mismo tiempo, la polla latiendo en la mano de Diego, semen espeso salpicando los abdominales marcados del obrero, goteando por los surcos del vientre.
Se quedaron jadeando un momento, unidos, el semen de Diego resbalando ya por el muslo de Bruno cuando se separaron despacio. Diego se quitó la camiseta gris, todavía caliente de su cuerpo, y se la pasaron: limpiaron el semen de los abs, del culo resbaladizo, de las pollas brillantes. El tren empezó a frenar. Estación final.
Se subieron los pantalones a toda prisa, cremalleras, cinturones. Bruno todavía tenía las mejillas sonrojadas y la mirada brillante. Diego le pasó el número escribiéndolo con el dedo en la pantalla del móvil del abogado; Bruno le devolvió el suyo. Se miraron. Una sonrisa cómplice, sucia, de quien sabe exactamente lo que acaba de pasar y quiere más.
Las puertas se abrieron. Bajaron juntos del vagón oscuro, hombro casi rozando hombro, el olor a corrida todavía en la piel bajo la ropa. La noche afuera olía a asfalto húmedo. Ninguno dijo “hasta mañana” en voz alta, pero la promesa iba en el modo en que Bruno le rozó los dedos a Diego al separarse en el andén, y en cómo la polla de Diego volvía a remexerse solo de imaginar la próxima medianoche. El hambre no se había apagado del todo. Quedaba gusto a más.
El andén todavía olía a freón y a corrida seca. Bruno no soltó del todo los dedos de Diego; los apretó una vez más, lo suficiente para que el obrero sintiera la llamada muda. Diego se detuvo a medio paso. La luz amarilla de los fluorescentes del metro nocturno les caía encima como un foco barato.
—No me voy a casa con tu leche todavía resbalándome por dentro y la polla ya otra vez dura —murmuró Bruno, voz baja, casi contra la boca de Diego—. Hay un baño de servicio al final del andén. La puerta no cierra bien. Nadie pasa a estas horas.
Diego no contestó con palabras. Le agarró la nuca, le besó con lengua y dientes, saboreando todavía el menta y el precum, y lo empujó hacia el pasillo estrecho que olía a desinfectante barato y a hierro. La puerta del baño chirrió. Dentro solo había un lavabo mugriento, un espejo rayado y un retrete sin tapa. La bombilla parpadeaba igual que en el vagón. Bruno cerró con el hombro y ya estaba de rodillas otra vez, abriéndole la cremallera a Diego con prisa de puta caliente.
La polla del obrero salió pesada, todavía brillante de la corrida anterior y de la saliva vieja. Bruno la olió, la lamió de base a glande, empujando la lengua bajo el prepucio, chupando el resto de semen que se había cuajado en la ranura. Diego le agarró el pelo corto y se la embutió hasta la garganta de un solo golpe. Bruno se atragantó, babas gruesas le cayeron por la barbilla hasta la camisa abierta, pero no se echó atrás; al contrario, se abrió más, dejando que Diego le follara la boca con embestidas cortas y brutales, los huevos golpeándole la barbilla.
—Así, trágatela entera —gruñó Diego, mirando cómo la garganta de Bruno se abultaba—. Quiero verte con los ojos llorosos de tanto chupar mi polla. Más profundo, abogado de mierda… joder, qué puta eres cuando te dejas usar.
Bruno gorgoteó un sí mojado, se bajó los vaqueros hasta los tobillos y se metió dos dedos en el culo todavía resbaladizo de la primera corrida. Se abrió a sí mismo mientras Diego le usaba la boca, los muslos temblando. Cuando Diego lo sacó con un pop espeso, un hilo de saliva y precum unió la cabeza roja a los labios hinchados de Bruno.
—Date la vuelta —ordenó Diego—. Manos en el lavabo. Quiero verte la cara en el espejo mientras te abro otra vez.
Bruno obedeció. El espejo le devolvió la imagen de un tipo moreno, traje arrugado, mejillas encendidas, con el culo al aire y el agujero rosado, abierto, goteando todavía el semen blanco de Diego. Diego escupió directo en la raja, restregó la cabeza gruesa arriba y abajo, y empujó. Entró más fácil esta vez, pero igual de profundo, hasta que los huevos le tocaron las nalgas. Bruno gritó un taco que resonó en los azulejos.
Diego no empezó despacio. Folló como si el metro fuera a volver a arrancar en cualquier segundo: embestidas largas y duras, caderas de obrero golpeando, el sonido húmedo y obsceno de polla entrando y saliendo de un culo ya usado. Cada vez que sacaba casi del todo, el agujero de Bruno se contraía intentando retenerlo, y Diego volvía a clavar hasta el fondo. Le dio una palmada fuerte en una nalga, luego otra, dejando la marca roja.
—Mírame —exigió, tirándole del pelo para que levantara la cara al espejo—. Mírame cómo te destrozo el culo. Dime qué se siente.
—Se siente… joder… se siente que me estás partiendo en dos —jadeó Bruno, empujando hacia atrás para encontrarse cada embestida—. Tu polla está más gorda que antes. Llenándome otra vez… me encanta, Diego, fóllame como si fuera tu puta de andén. Más fuerte. Quiero que me duela caminar mañana.
Diego aceleró. Le rodeó la cintura con un brazo grueso, le agarró la polla dura de Bruno y la masturbó al ritmo de las embestidas, el prepucio subiendo y bajando rápido, el glande ya goteando hilos transparentes sobre el lavabo. Bruno temblaba, las rodillas flojas, el culo haciendo plop plop cada vez que Diego le daba hasta el fondo. El olor a sexo fresco, a sudor de sobacos y a semen viejo llenaba el baño diminuto.
Diego lo sacó de golpe. Bruno gimió por la pérdida. El obrero se sentó en el retrete sin tapa, polla enhiesta y brillante apuntando al techo, y le hizo una seña.
—Súbete. Espalda contra mí. Quiero metértela hasta que te salga por la boca y masturbarte mientras te la clavo.
Bruno se subió de espaldas, las piernas abiertas a ambos lados de las de Diego, y se dejó caer. La polla gruesa lo abrió otra vez, centímetro a centímetro, hasta que el culo del abogado estuvo sentado del todo sobre la base. Diego le levantó la camisa, le pellizcó los pezones duros, y empezó a empujar hacia arriba con fuerza de pistón. Bruno rebotaba, el culo tragando y soltando, la polla propia rebotando contra su vientre. Diego le masturbaba con la mano derecha, pulgar restregando la ranura, mientras con la izquierda le sujetaba el pecho para que no se cayera.
—Habla sucio —le exigió Diego al oído, mordiéndole el lóbulo—. Quiero oír lo que te hace mi polla.
—Me está abriendo… me está llenando tanto que siento los huevos contra el culo —suplicó Bruno, voz rota, rebotando más rápido—. Cada embestida me toca ese punto y se me pone la polla de piedra. Correme otra vez dentro. Quiero salir de aquí goteando por las piernas, con tu leche caliente bajándome hasta los calcetines. Fóllame como un animal, Diego… úsame, rómpeme, lléname hasta que no pueda más.
Diego gruñó y aceleró hasta que el banco del retrete crujió. El ritmo se volvió salvaje, casi violento de ganas consentidas. Bruno echó la cabeza hacia atrás sobre el hombro de Diego, boca abierta, lengua fuera, gimiendo sin control cada vez que la polla le golpeaba la próstata. Diego sintió cómo el culo de Bruno se apretaba en oleadas; sabía que estaba cerca.
—Córrete ya —ordenó—. Quiero sentir cómo me aprietas mientras te vacías.
Bruno se corrió con un grito ahogado, chorros espeso saliendo a pressure sobre el lavabo y el espejo, la polla latiendo en el puño de Diego. El culo se le cerró como un puño alrededor de la verga del obrero. Diego no aguantó: empujó tres veces más, profundas, brutales, y se vació otra vez dentro, gruñendo contra el cuello de Bruno, chorros calientes inundándole las entrañas por segunda vez en menos de una hora. Siguió embistiendo lento mientras se corría, ordeñándose dentro del calor apretado, hasta que no quedó nada.
Se quedaron así, jadeando, unidos, el semen de Diego empezando a salir alrededor de la polla todavía semi-dura cada vez que Bruno se movía. Diego le dio un beso sucio en la sien, le lamió el sudor.
—Todavía no he terminado contigo —susurró, voz grave, sacándole la polla despacio. Un hilo grueso de corrida cayó al suelo del baño—. Esta noche no se acaba en un baño de metro. Tengo un piso a tres calles. Quiero verte en mi cama, con las piernas abiertas, chupándote el culo hasta que ruegues otra vez. ¿Vienes?
Bruno se levantó torpe, se subió los vaqueros sin limpiarse del todo, sintiendo cómo la leche le resbalaba por el muslo interior. Se miró en el espejo: labios hinchados, cuello marcado, camisa manchada. Sonrió, esa misma sonrisa feroz del vagón.
—Llévame —contestó, voz ronca—. Pero en el camino quiero que me toques por encima de la ropa. Quiero llegar a tu casa ya duro otra vez. Y esta vez vas a correrme en la cara antes de volver a metérmela. Trato hecho.
Diego se subió el pantalón, se guardó la polla todavía sensible, y le abrió la puerta. El andén seguía vacío. Salieron juntos, hombro contra hombro, el olor a sexo pegado a la piel. Afuera la noche olía a lluvia cercana. Diego le metió la mano en el bolsillo trasero a Bruno mientras caminaban, apretándole el culo usado a través de la tela, un dedo rozando la raja todavía mojada. Bruno jadeó bajito y le devolvió el roce, palmeándole el paquete por encima del pantalón de trabajo.
Tres calles. Un portal oscuro. Las escaleras crujiendo. Diego ya estaba pensando en cómo iba a tumbarlo en el colchón, en cómo le iba a abrir las piernas con los hombros, en el sabor del culo lleno de su propia corrida. Bruno, al lado, ya tenía la polla otra vez semi-dura solo de imaginarlo. El hambre no había hecho más que crecer. La noche apenas empezaba y los dos sabían que el siguiente round iba a ser todavía más sucio, más largo, más hondo.
El portal olía a humedad y a basura acumulada. Diego empujó la puerta del piso con el hombro, todavía con la mano metida en el bolsillo trasero de Bruno, apretándole el culo resbaladizo a través de la tela gruesa. El pasillo estaba a oscuras; solo una bombilla amarilla del rellano se colaba por la rendija. Bruno entró primero, tropezando un poco con los vaqueros aún mal abrochados, sintiendo cómo la corrida de Diego le resbalaba entre los muslos y le manchaba la entrepierna. El olor a sexo fresco se le pegaba a la piel como una segunda capa.
Diego cerró de un golpe y lo pegó contra la pared del recibidor antes de encender la luz. Le besó con lengua profunda, mordiéndole el labio inferior hasta sacarle un gemido. La polla del obrero ya volvía a ponerse dura dentro del pantalón de trabajo, rozando el muslo de Bruno.
—Quítate todo —ordenó Diego, voz ronca, quitándose la camiseta manchada y tirándola al suelo—. Quiero verte desnudo en mi cama. Piernas abiertas. Ahora.
Bruno no discutió. Se desabrochó la camisa arrugada con dedos torpes, se la quitó y la dejó caer. Los vaqueros y el boxer bajaron de un tirón hasta los tobillos; los pateó a un lado. Se quedó en pelotas, la polla semi-erecta palpitándole contra el vientre, el culo todavía brillando de semen. Diego se quitó las botas, el pantalón y los calzoncillos. Su polla gruesa y venosa apuntaba hacia arriba, la cabeza ya otra vez húmeda de precum. El olor a macho, a sudor de obra y a corrida vieja llenaba el piso pequeño: un salón con sofá desvencijado, una cocina al fondo y la puerta abierta del dormitorio.
Diego lo agarró de la nuca y lo empujó hacia la cama. El colchón crujió cuando Bruno cayó de espaldas. Diego se arrodilló entre sus piernas, le abrió los muslos con las manos grandes y le miró el agujero rosado, dilatado, goteando todavía hilos blancos.
—Mírate —dijo, escupiendo directo sobre la raja y restregando la saliva con el pulgar—. Lleno de mi leche y ya pidiendo más. Te voy a chupar este culo hasta que ruegues.
Bruno arqueó la espalda cuando la lengua de Diego bajó. Primero lamió el perineo, saboreando el sabor salado y amargo de su propia corrida mezclada con el sabor a culo usado. Después abrió las nalgas con los pulgares y metió la lengua plana, lamiendo el borde hinchado, empujando dentro, chupando el semen que salía. Bruno gimió alto, agarrándose las rodillas para abrirse más.
—Joder, Diego… así, méteme la lengua —suplicó, la voz rota—. Chúpame el culo sucio. Quiero sentir cómo me limpia y me abre otra vez.
Diego gruñó contra la carne y profundizó. La lengua entraba y salía, húmeda, obscena, el sonido de chupetones mezclado con los jadeos de Bruno. Le metió dos dedos al mismo tiempo, curvándolos para buscar la próstata mientras lamiía alrededor. Bruno temblaba, la polla rebotando contra su vientre, goteando hilos transparentes sobre los abdominales. Diego sacó la lengua, escupió otra vez y metió tres dedos de golpe, abriéndolo en tijera.
—Habla —exigió, mirándolo desde abajo, la barba rascándole el interior del muslo—. Dime lo que quieres que te haga.
—Quiero tu polla otra vez… pero primero córreme en la cara como dijimos —jadeó Bruno, empujando el culo contra los dedos—. Quiero tragarla, quiero que me salpiques la lengua y los ojos. Después fóllame en cuatro, duro, hasta que el colchón se mueva. Y no te saques hasta que me llenes otra vez. Quiero despertarme mañana con tu leche todavía dentro.
Diego se levantó, se subió a la cama y se arrodilló a horcajadas sobre el pecho de Bruno. Le puso la polla gruesa contra los labios hinchados.
—Abre. Chúpamela bien. Quiero correrme mirándote a la cara.
Bruno abrió la boca y se la metió hasta la garganta. Diego le folló la boca con embestidas cortas y profundas, sujetándole la cabeza con ambas manos. La saliva babéaba por la barbilla de Bruno, cayendo al pecho. Cada vez que la cabeza tocaba el fondo, Bruno gorgoteaba y se atragantaba un poco, pero no se echaba atrás; al contrario, se tocaba la polla con una mano mientras con la otra se abría el culo.
Diego sintió la corrida subir rápido. Sacó la polla con un pop húmedo, se masturbó tres veces sobre la cara de Bruno y se vació. Chorros espesos y calientes salpicaron la lengua, los labios, un ojo, la mejilla. Bruno abrió más la boca, tragando lo que pudo, lamiendo el resto de la ranura mientras Diego le restregaba el glande por la cara.
—Así… trágatela toda, puta de metro —gruñó Diego, respirando agitado—. Qué bonito te queda mi leche en la cara.
Bruno sonrió con la boca llena, se pasó dos dedos por el semen y se los metió a la boca, chupándolos. Diego no esperó. Le dio la vuelta de un tirón, lo puso a cuatro patas en el colchón y le separó las nalgas. El agujero estaba abierto, brillante, listo. Alineó la polla todavía dura y empujó de una vez hasta el fondo. Bruno gritó un taco, las manos aplastadas contra la almohada.
Diego folló sin piedad. Embestidas largas y brutales, las caderas de obrero golpeando el culo de Bruno con un sonido húmedo y obsceno. Cada embestida hacía que el colchón crujiera y que la cabeza de Bruno se empujara hacia adelante. Le agarró las caderas con fuerza, dejándole marcas de dedos, y aceleró.
—Más duro… rómpeme —suplicó Bruno, empujando hacia atrás para encontrarse cada embestida—. Siénteme cómo me aprieto. Tu polla me está destrozando otra vez y me encanta. Fóllame como si no hubiera mañana.
Diego se inclinó sobre su espalda, le mordió el hombro y le masturbó la polla al ritmo de las embestidas. El prepucio subía y bajaba rápido, el glande hinchado y goteando. Bruno temblaba, el culo haciendo plop plop cada vez que Diego entraba hasta los huevos.
—Córrete en mi mano —ordenó Diego al oído—. Quiero sentir cómo me estrujas la polla cuando te vacías.
Bruno se corrió con un grito largo, chorros espeso saliendo sobre la sábana y la mano de Diego. El culo se le cerró en oleadas, ordeñando la verga del obrero. Diego aguantó un poco más, embistiendo profundo, saboreando el calor apretado, y después se vació por tercera vez. Gruñó contra el cuello de Bruno, clavando hasta el fondo mientras los chorros calientes inundaban las entrañas otra vez. Siguió moviendo las caderas despacio, empujando la corrida más adentro, hasta que se le ablandó un poco.
Se quedaron así un momento, jadeando, el sudor pegándoles la piel. Diego sacó la polla despacio; un hilo grueso de semen cayó sobre los huevos de Bruno y la sábana. Bruno se dejó caer de lado, la cara todavía manchada, la respiración entrecortada. Diego se tumbó detrás, le abrazó por la cintura y le metió dos dedos otra vez en el culo resbaladizo, removiendo la leche.
—Todavía no basta —susurró Diego, mordiéndole la oreja—. Quiero que te quedes la noche entera. Voy a follarte otra vez cuando se me ponga dura. Y después quiero que me la chupes limpia, que me lamas los huevos y que me ruegues que te la meta por la mañana. ¿Te aguantas?
Bruno se rio bajo, la voz ronca de tanto gemir. Se giró un poco y le agarró la polla sensible, acariciándola.
—Me aguanto y pido más —contestó—. Pero ahora quiero que me beses con la boca llena de mi sabor. Y después… después quiero que me tires al suelo y me folles de pie contra la pared. Quiero que me duelan las piernas de tanto abrirme. La noche es larga, Diego. Y yo todavía tengo ganas de que me uses hasta que no pueda caminar derecho.
Diego le besó, saboreando su propia corrida en los labios de Bruno. La polla le dio un latido. El hambre no se había apagado; solo había crecido. Afuera empezaba a llover. Dentro del piso, el olor a sexo era espeso y el colchón ya estaba manchado. Diego le pasó la lengua por el cuello y le susurró al oído lo que le iba a hacer en la siguiente ronda: más profundo, más sucio, sin parar hasta que el sol saliera. Bruno se apretó contra él, la polla ya volviendo a endurecerse solo de oírlo. La tensión seguía ahí, cruda, esperando el siguiente empujón.
Diego le pasó la lengua por el cuello otra vez, saboreando la sal del sudor y el rastro amargo de su propia corrida que todavía brillaba en la mejilla de Bruno. La polla del obrero latía contra el muslo del abogado, ya medio dura otra vez solo de oírle pedir más. El colchón crujió cuando Diego se incorporó, agarró a Bruno por las muñecas y lo tiró al suelo de un jalón brusco pero consentido. Bruno cayó de rodillas sobre la madera fría, riendo ronco, la polla ya levantándose otra vez contra el vientre manchado.
—Contra la pared —ordenó Diego, voz grave, poniéndose de pie—. Manos arriba. Quiero verte las piernas temblando.
Bruno obedeció al instante. Se levantó torpe, se pegó pecho contra el muro descascarado del dormitorio y abrió las piernas. Diego se colocó detrás, le separó las nalgas con las manos grandes y escupió directo sobre el agujero hinchado, todavía resbaladizo de las tres corridas anteriores. La saliva espesa se mezcló con el semen blanco que goteaba. Alineó la cabeza gruesa y empujó de una embestida profunda. Bruno gritó un taco que rebotó en las paredes, las uñas arañando la pintura.
—Joder… así… hasta el fondo —jadeó, empujando el culo hacia atrás para tragarse cada centímetro—. Tu polla me parte otra vez y me encanta. Más fuerte, Diego. Quiero que me duela.
Diego no se anduvo con rodeos. Empezó a follarlo de pie, caderas de obrero golpeando con fuerza bruta, el sonido húmedo y obsceno de piel contra piel llenando el piso. Cada embestida hacía que Bruno se aplastara más contra la pared, la mejilla rozando el yeso, la polla propia rebotando libre y goteando hilos transparentes al suelo. Diego le rodeó la cintura con un brazo, le agarró el paquete y lo masturbó al ritmo salvaje, el prepucio subiendo y bajando rápido mientras le clavaba la verga hasta que los huevos le golpeaban las nalgas.
—Mírame cómo te uso —gruñó al oído, mordiéndole el lóbulo—. Eres mi puta de metro, abogado. Lleno de mi leche y pidiendo que te rompa. Dime qué se siente.
—Se siente… mierda… se siente que me estás abriendo más que nunca —suplicó Bruno, voz rota, las piernas ya flojas—. Cada embestida me toca ese punto y se me pone de piedra. No pares. Fóllame como un animal. Quiero salir de aquí cojeando.
Diego aceleró. El olor a sexo fresco —sudor de sobacos, precum, culo usado— era espeso en el aire caliente del piso. Sacó la polla casi del todo, miró cómo el agujero rosado se contraía intentando retenerlo, y volvió a clavar hasta el fondo con un plop húmedo. Bruno temblaba, gemía sin control, empujando hacia atrás para encontrarse cada embestida. Diego le dio una palmada fuerte en una nalga, luego otra, dejando la marca roja que se hinchaba al instante.
Cuando sintió que Bruno estaba al borde, lo giró de golpe. Lo empujó de espaldas contra la pared, le levantó una pierna y se la enganchó al hombro. Entró otra vez de frente, cara a cara, embistiendo profundo mientras le besaba con lengua y dientes, saboreando todavía el semen seco en sus labios. Bruno le agarró los abdominales duros, las uñas clavándose, y le devolvió el beso baboso.
—Córreme en la mano otra vez —pidió entre gemidos—. Quiero verte la cara cuando me llenes.
Diego le masturbó con puño apretado, pulgar restregando la ranura hinchada. Bruno se corrió primero, chorros espesos salpicando el pecho peludo del obrero y el vientre propio, el culo apretándose en oleadas alrededor de la polla gruesa. Diego aguantó tres embestidas más, brutales, y se vació por cuarta vez con un gruñido largo contra la boca de Bruno, chorros calientes inundándole las entrañas otra vez. Siguió moviendo las caderas despacio, empujando la corrida más adentro, hasta que un hilo grueso empezó a salir alrededor de la verga y resbalar por el muslo de Bruno hasta el tobillo.
Se separaron jadeando. Diego sacó la polla brillante y se la restregó por la raja de Bruno, untándole más semen. Bruno se dejó resbalar un poco por la pared, las piernas temblando de verdad, la respiración entrecortada.
—Al sofá —dijo Diego, ya arrastrándolo hacia el salón sin dejarle tiempo a recuperarse—. Quiero que me la chupes limpia y después te voy a montar al revés. Quiero verte el culo tragarla mientras te lamo los huevos.
Bruno se dejó llevar. Cayó de rodillas entre las piernas de Diego cuando este se sentó en el sofá desvencijado. La polla del obrero estaba semi-dura, cubierta de corrida y de los jugos de Bruno. Bruno la olió primero, metió la nariz en la base, lamió los huevos pesados con lengua plana, saboreando el amargo y el salado. Después se la metió entera, chupando con ganas, limpiando cada centímetro, lengua trabajando bajo el prepucio, garganta abriéndose cuando Diego le agarró el pelo corto y empujó.
—Así, trágatela toda —masculló Diego, mirándolo desde arriba—. Chúpame la leche que te acabo de meter. Qué puta tan buena eres cuando te dejas usar.
Bruno gorgoteaba, babeaba, se tocaba el propio culo con dos dedos mientras chupaba, abriéndose a sí mismo, removiendo lo que quedaba dentro. Cuando la polla de Diego volvió a ponerse dura del todo dentro de su boca, se la sacó con un pop espeso y se subió al sofá de espaldas, a horcajadas al revés. Se alineó y se dejó caer sobre la verga gruesa, abriéndose otra vez centímetro a centímetro hasta sentarse del todo. Diego le agarró las caderas y empezó a empujar hacia arriba, follándolo en reverse cowgirl salvaje, el culo de Bruno rebotando, tragando y soltando con sonidos obscenos.
Diego se inclinó, le lamió el perineo, le chupó los huevos que colgaban, lengua sucia recorriendo todo mientras le clavaba la polla desde abajo. Bruno gemía alto, rebotando más rápido, una mano masturbándose la polla dura y la otra apoyada en el pecho de Diego.
—Joder, sí… así… tu lengua en mis huevos mientras me follas —suplicó—. Me estás volviendo loco. Más profundo. Quiero que me corras tan adentro que me salga por la boca.
Diego aceleró hasta que el sofá crujió. Le dio palmadas en las nalgas al ritmo de las embestidas, las marcas rojas multiplicándose. Bruno se corrió otra vez sin que nadie lo tocara del todo, chorros saliendo sobre el pecho de Diego y el sofá, el culo cerrándose como un puño. Diego no paró; siguió embistiendo a través del orgasmo de Bruno, saboreando cómo lo ordeñaba, y cuando sintió subir la propia corrida la retuvo a duras penas. Sacó la polla de golpe, se puso de pie, hizo que Bruno se arrodillara otra vez y se la embutió en la boca.
—Trágatela —ordenó—. Quiero ver cómo te tragas mi quinta corrida.
Bruno abrió la garganta y dejó que Diego le follara la boca con embestidas cortas y profundas. Diego se vació con un gruñido, chorros calientes y espesos llenándole la boca. Bruno tragó lo que pudo, el resto le babéó por la barbilla hasta el pecho. Se la limpió con la lengua, lamiendo hasta el último rastro, mirándolo a los ojos con esa sonrisa feroz del vagón.
Diego lo levantó, lo cargó de vuelta a la cama como si no pesara nada y lo tiró de espaldas. Se metió entre sus piernas, le abrió los muslos con los hombros y le miró el agujero dilatado, goteando otra vez.
—Todavía no basta —susurró, metiéndole tres dedos de golpe, curvándolos, buscando la próstata hinchada—. Voy a chuparte el culo otra vez hasta que ruegues. Después te voy a follar despacio, profundo, sin parar, hasta que se me ponga dura otra vez. Quiero que me digas cada suciedad que se te ocurra. Quiero oírte pedir que te rompa hasta el amanecer.
Bruno arqueó la espalda cuando la lengua de Diego bajó otra vez. Lamió el borde hinchado, empujó dentro, chupó el semen fresco que salía, el sonido obsceno de chupetones llenando la habitación. Bruno se agarró las rodillas, se abrió más, la polla ya semi-dura otra vez solo de sentir aquella lengua sucia.
—Méteme la lengua más hondo… joder, Diego… chúpame el culo lleno de tu leche —gimió—. Después fóllame otra vez. Quiero que me tires al suelo del baño y me uses bajo la ducha. Quiero el agua caliente mientras me clavas. Y por la mañana… por la mañana quiero despertarme con tu polla ya dentro, follándome despierto. La noche es nuestra. No pares. No me dejes vacío.
Diego gruñó contra la carne y profundizó, dedos y lengua trabajando juntos, abriéndolo sin piedad. La polla del obrero ya latía otra vez contra el colchón. Afuera la lluvia golpeaba más fuerte. Dentro, el olor a sexo era tan espeso que se pegaba a la garganta. Diego sacó la lengua, se subió encima y empujó la cabeza gruesa otra vez dentro del calor apretado. Entró despacio esta vez, centímetro a centímetro, saboreando cómo Bruno se abría y lo tragaba, y empezó un ritmo profundo, casi cruel de tan hondo, sin sacar casi nada, solo moliendo la próstata una y otra vez.
Bruno gemía sin parar, uñas en la espalda de Diego, piernas enganchadas a la cintura, pidiendo más, siempre más. Diego le besó, le mordió el labio, le susurró al oído todo lo que le quedaba por hacer: la ducha, el suelo, la cocina, el amanecer. La tensión no bajaba; crecía con cada embestida, cruda, hambrienta, esperando el siguiente empujón que los llevaría más lejos todavía.
Diego seguía embistiendo despacio, casi cruel de tan hondo, sin sacar casi nada, solo moliendo la próstata de Bruno una y otra vez con la cabeza gruesa. El calor apretado lo envolvía, resbaladizo de tantas corridas anteriores, y cada movimiento lento arrancaba un gemido ronco del abogado. Bruno tenía las piernas enganchadas a la cintura del obrero, uñas clavadas en la espalda ancha, la boca abierta contra su hombro.
—Más… no pares, joder —suplicó, la voz hecha un hilo—. Siento cómo me abres otra vez. Tu polla late dentro y me vuelve loco. Destrozame despacio hasta que no pueda pensar.
Diego gruñó y profundizó el ángulo, empujando hasta que los huevos le aplastaron el culo. Le mordió el cuello, lamiendo el sudor salado, y aceleró apenas lo suficiente para que el colchón crujiera en protesta. La mano grande le bajó entre los cuerpos y le agarró la polla de Bruno, ya otra vez dura y goteando, masturbándola al ritmo pesado de las embestidas. El prepucio subía y bajaba, el glande hinchado rozando la palma callosa.
Bruno se corrió primero, sin grito esta vez, solo un temblor largo que le recorrió las piernas y le cerró el culo en oleadas alrededor de la verga de Diego. Los chorros calientes salpicaron entre sus pechos pegados. Diego aguantó el apretón, siguió moliendo, y cuando la corrida le subió no la retuvo: se vació por sexta vez con un gruñido gutural, clavando hasta el fondo mientras los chorros calientes llenaban otra vez las entrañas ya empapadas. Siguió moviendo las caderas en círculos lentos, empujando la leche más adentro, hasta que un hilo espeso empezó a salir alrededor de la base y a resbalar por el perineo de Bruno.
Se quedaron jadeando, sudados, el olor a sexo tan espeso que se pegaba a la garganta. Diego sacó la polla despacio; un gluglú obsceno acompañó la salida y un chorro blanco cayó sobre la sábana manchada. Bruno se rio bajo, exhausto y hambriento a la vez.
—Ducha —ordenó Diego, ya levantándose y cargándolo como un saco—. Quiero follarte bajo el agua. Quiero verte el culo abierto mientras el jabón y mi leche se mezclan.
El baño era pequeño, azulejos viejos, agua que tardaba en calentar. Diego abrió el grifo a tope y empujó a Bruno bajo el chorro. El agua caliente les golpeó la espalda, lavando sudor y semen seco. Bruno se pegó de pecho a la pared húmeda, abrió las piernas y miró por encima del hombro con esa sonrisa feroz. Diego escupió en la raja hinchada, alineó y entró de un solo empujón profundo. El agua hacía que todo sonara más sucio: plop, plop, el choque de caderas salpicando.
Folló fuerte, sin piedad, una mano en la nuca de Bruno para mantenerle la cara contra el azulejo, la otra rodeándole la cintura para masturbarle la polla al ritmo brutal. Bruno gritaba tacos que se perdían en el ruido del agua, empujando el culo hacia atrás para tragar cada centímetro.
—Así… rómpeme bajo la ducha —jadeó—. Quiero que el agua se lleve tu leche y que me la vuelvas a meter. Más duro, obrero de mierda. Úsame hasta que las piernas no me sostengan.
Diego aceleró hasta que el vapor llenó el cubículo. Le dio palmadas mojadas en las nalgas, marcas rojas que ardíen bajo el chorro. Cuando sintió que Bruno estaba al borde otra vez, lo giró, lo levantó por los muslos y lo embistió de frente, cara a cara, la espalda de Bruno contra la pared resbaladiza. Las piernas del abogado rodearon su cintura. Se besaron con lengua y dientes, el agua cayéndoles por la cara, saliva y semen mezclados. Bruno se corrió entre sus cuerpos, chorros diluidos por el agua; el culo se le cerró y Diego se vació dentro por séptima vez, gruñendo contra su boca, clavando hasta que los huevos le temblaron.
Bajaron torpes. Diego no lo dejó secarse del todo. Lo arrastró al pasillo, lo tiró de rodillas sobre la madera fría del salón y se le puso delante.
—Límpiame con la lengua. Toda. Huevos, rabo, hasta que brille.
Bruno obedeció con ganas de puta entregada. Lamió la base, chupó los huevos pesados uno por uno, metió la lengua en el pliegue, saboreando el amargo de su propio culo y la corrida fresca. Después se tragó la polla entera, garganta abierta, babas cayendo al pecho mientras Diego le follaba la boca con embestidas cortas. Cuando volvió a ponerse dura del todo, Diego lo levantó, lo pegó de espaldas a la nevera de la cocina y le levantó una pierna.
Entró de nuevo. El metal frío contrastaba con el calor del culo. Folló de pie, profundo, el sonido húmedo llenando la cocina estrecha. Le masturbó a Bruno con la mano libre hasta que el abogado se corrió otra vez, semen espeso salpicando el suelo de linóleo. Diego lo siguió segundos después, octava corrida caliente inundándolo, empujando hasta que le salió por los bordes y le corrió por el muslo hasta el tobillo.
Amanecía. La lluvia había parado. Diego lo cargó de vuelta a la cama, los dos temblando de cansancio y de ganas que no se apagaban. Se tumbaron de lado, cuchara. Diego le metió la polla otra vez, ya casi dolorida de tantas veces, y empezó un ritmo lento, casi perezoso, solo para sentirlo lleno. Bruno se apretaba contra él, gimiendo bajito, la mano de Diego rodeándole el pecho.
—Por la mañana… como pediste —susurró Diego al oído—. Te follé despierto. Ahora quédate así. Quiero correrme dentro una última vez mientras el sol entra.
Bruno asintió, voz ronca:
—Hazlo. Lléname. Quiero despertar del todo con tu leche goteándome.
Diego embistió más firme, buscando ese punto. Bruno se arqueó, se corrió en seco casi, solo un temblor y un hilo transparente. El culo lo ordeñó y Diego se vació por novena vez con un gemido largo, empujando la corrida tan adentro como pudo. Se quedaron unidos, respirando, el sol asomando por la ventana sucia y pintando rayas doradas sobre la piel marcada de chupetones y semen seco.
Diego le besó la nuca, le acarició el vientre. El hambre por fin empezaba a aplacarse, reemplazada por un peso cálido y extraño en el pecho. Bruno se giró despacio, lo miró a los ojos con algo más que lujuria.
—Tres calles —dijo suave—. Un portal oscuro. Escaleras que crujen. Todo igual que aquella noche de hace dos años, cuando te vi por primera vez bajando del mismo vagón de medianoche y no me atreví a hablarte. Esta vez sí. Esta vez me rendí desde el primer cruce de piernas.
Diego se quedó quieto, la polla todavía dentro, el corazón dándole un vuelco. Bruno sonrió, esa misma sonrisa feroz del metro, y añadió la frase que lo cambió todo:
—Y yo no soy abogado, Diego. Soy el dueño del edificio de tu obra. Llevo meses firmando tus horas extra solo para poder follarte esta noche.
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