Noche de Hall Pass en la Azotea

Dos amigas universitarias comparten un hall pass lésbico en la azotea.

35 min read August 27, 2026New

La música del piso de abajo llegaba amortiguada, un bajo sordo que hacía vibrar el concreto bajo los pies descalzos de Hana cuando empujó la puerta de metal y salió a la azotea. El aire de octubre le golpeó la cara con olor a humo de cigarrillo y a la humedad tibia de la ciudad. Llevaba un disfraz de gata negra demasiado ceñido: el body de lycra le marcaba los pezones endurecidos por el fresco, las medias de red subían hasta la mitad del muslo y las orejas de diadema se le habían ladeado. Detrás de ella, Roxanne cerró la puerta con el codo, sosteniendo dos vasos de plástico llenos de algo rojizo y dulce.

—Joder, por fin se oye menos ese reggaetón de mierda —murmuró Roxanne, riendo bajo. Su disfraz de bruja era un vestido corto de terciopelo negro que se le pegaba a las caderas anchas y dejaba ver el escote profundo; el sombrero lo había abandonado en el sofá horas atrás. El pelo castaño le caía suelto, un poco revuelto por el baile.

Hana se acercó a la barandilla de concreto y apoyó los antebrazos. Desde allí se veían las luces de los edificios vecinos y, más lejos, el resplandor naranja de la avenida. Tenía veintiocho años, las manos de alguien que pasaba el día entre planos y maquetas, y esa noche sentía la piel demasiado despiera. El hall pass que había negociado con su novio todavía le zumbaba en la cabeza como un permiso caliente: una sola noche, solo mujeres, sin preguntas al día siguiente. Roxanne había conseguido lo mismo con el suyo. Dos amigas de la facultad de arquitectura, siete años después, subiendo a esconderse del ruido con ese pacto compartido como un secreto húmedo entre las piernas.

Roxanne le pasó el vaso. Sus dedos se rozaron un segundo de más.

—Salud por los pases libres —dijo, y bebió un trago largo. El líquido le brilló en el labio inferior antes de que lo pasara la lengua.

Hana bebió también. El alcohol le bajó caliente por la garganta y se le instaló en el estómago. Miró de reojo el perfil de su amiga: la curva de la mandíbula, el lunar cerca de la clavícula, la forma en que el vestido se le ceñía al culo cuando se inclinaba un poco hacia adelante para mirar la calle.

—¿Tú de verdad se lo contaste todo? —preguntó Hana, la voz más baja de lo normal—. O sea… lo de que querías probar con una tía.

Roxanne soltó una risa corta, nerviosa y sincera a la vez.

—Se lo solté de una. Le dije que llevaba años con la fantasía guardada, que me corría pensando en bocas de mujer, en tetas contra las mías, en mojarle el coño a alguien con los dedos. Se quedó callado un rato y después me dijo que si era contigo… que le parecía hasta caliente. Qué hijo de puta más raro. ¿Y el tuyo?

Hana apretó el vaso. El recuerdo de la conversación le subió color a las mejillas, aunque la oscuridad de la azotea lo disimulaba.

—Más o menos lo mismo. Le dije que me moría de ganas de besar a una mujer despacio, de olerle el cuello, de bajarle la braga con los dientes. No le di tu nombre al principio. Pero cuando mencioné que eras tú la única con la que me sentiría segura… se le puso cara de “hazlo y después me lo cuentas con lujo de detalle”. Menudos cabrones tenemos.

Se miraron. La risa salió de las dos al mismo tiempo, pero debajo había otra cosa: un calor que no venía solo del trago. Hana notó cómo se le endurecían los pezones contra la lycra y cómo el roce de las medias de red le recordaba cada centímetro de piel. Roxanne se pasó la lengua por los dientes y apartó la mirada un segundo, hacia las luces lejanas, antes de volver a clavársela.

—Llevo meses tocándome pensando en ti —confesó Roxanne de golpe, sin adornos—. En cómo se te marcan las tetas cuando te ríes fuerte. En esa vez en la playa, el verano pasado, que se te transparentó el bañador blanco y se te veían las aureolas oscuras. Me corrí en el baño del chiringuito con los dedos empapados, imaginando que te los metía yo.

Hana sintió un tirón directo en el clítoris, una contracción caliente que le humedeció la entrepierna dentro del body. Tragó saliva.

—Joder, Roxanne…

—¿Te molesta?

—No. Me pone. Muchísimo. —Hana dejó el vaso en la barandilla y se giró del todo hacia ella, de espaldas a la ciudad—. Yo también. Esa noche que te quedaste a dormir en mi piso después de la cena de exalumnos… saliste de la ducha con la toalla y se te abrió un poco. Se te vio el coño, el vello recortadito, los labios. Me fui al sofá y me metí dos dedos pensando en lamiértelo hasta que temblaras.

El silencio que siguió estuvo lleno del ruido lejano de la fiesta y del viento que movía una guirnalda de calabazas de plástico olvidada en una esquina. Roxanne dio un paso más cerca. Ahora estaban a menos de un brazo. Hana podía oler su perfume —vainilla y algo más oscuro— mezclado con el sudor dulce de haber bailado.

—Hall pass —susurró Roxanne, como probando la palabra en la boca—. Una noche. Tú y yo. Sin que nadie mire.

Hana asintió despacio. El corazón le golpeaba contra las costillas. Levantó la mano y, con el pulgar, le limpió una gota imaginaria del labio inferior a Roxanne; el roce fue deliberado, lento, y sintió el calor de la piel ajena.

—Si te beso ahora —dijo Hana—, no voy a querer parar en la boca.

—Entonces no pares en la boca —respondió Roxanne, y su voz salió ronca—. Pero ve despacio. Quiero sentir todo.

Hana se acercó hasta que sus pechos se rozaron, lycra contra terciopelo. El contacto le arrancó un escalofrío que le bajó directo al coño. Inclinó la cabeza y besó primero la comisura de los labios de Roxanne, apenas un roce. Después la boca entera: labios suaves, sabor a ponche y a gloss de fresa. Roxanne abrió la boca con un gemido bajo y metió la lengua, húmeda, insistente. Se besaron como si llevaran años guardándolo. Las manos de Hana subieron a la cintura de Roxanne, apretando la tela del vestido; las de Roxanne se enredaron en el pelo corto de Hana y tiraron un poco, lo justo para profundizar el beso.

Cuando se separaron, un hilo de saliva brilló un instante entre ellas. Hana respiraba agitada. Miró hacia abajo y vio el escote de Roxanne subiendo y bajando, los pechos apretados, el pezón izquierdo marcándose contra el terciopelo.

—Quiero verlas —dijo Hana, sin rodeos—. Quiero tocártelas.

Roxanne miró hacia la puerta de la azotea, cerrada, y después hacia las azoteas vecinas, oscuras a esa hora. Nadie. Solo ellas y el ruido lejano. Con las manos temblorosas —de ganas, no de miedo—, se bajó un poco el escote del vestido y se sacó un pecho, después el otro. Eran redondos, pesados, con pezones oscuros y duros por el aire fresco. Hana se le quedó mirando un segundo, tragando seco, y después se inclinó y le lamió el pezón derecho con la lengua plana, caliente. Roxanne soltó un “ay, joder” ahogado y le agarró la nuca. Hana chupó con ganas, rodeando la aureola, mordisqueando despacio mientras su otra mano amasaba el pecho libre, pesándolo, pellizcando el pezón entre el índice y el pulgar.

—Me tienes empapada —jadeó Roxanne—. Se me está corriendo por los muslos.

Hana soltó el pezón con un sonido húmedo y levantó la vista, los labios brillantes.

—Enséñame.

Roxanne se subió el vestido hasta la cintura. No llevaba braga. El vello castaño, recortado en un triángulo fino, estaba pegado de lo mojada que estaba; los labios del coño se le veían hinchados, brillantes, y un hilo de lubricante le bajaba hacia el muslo interior. Hana se agachó un poco, sin arrodillarse del todo aún, y pasó dos dedos por esa rendija caliente, recolectando la humedad. Después se los llevó a la boca y los chupó, mirándola a los ojos.

—Sabe dulce —murmuró—. Quiero comértelo aquí, contra la barandilla, hasta que no puedas tenerte en pie.

Roxanne le agarró la muñeca y se volvió a meter los dedos de Hana entre las piernas, frotándoselos contra el clítoris hinchado en círculos torpes, urgentes.

—Hazlo. Pero quítate eso también. Quiero verte las tetas mientras me lames.

Hana se bajó el body hasta la cintura con torpeza, sacándose los brazos. Sus pechos quedaron al aire: más pequeños que los de Roxanne, firmes, con pezones rosados y erectos. El aire frío le erizó la piel. Roxanne se inclinó y le mordió uno con suavidad, chupando, mientras seguía frotándose con la mano de Hana. El cuerpo de Hana tembló entero; sintió cómo se le empapaba más el already soaked crotch del body, cómo el clítoris le latía pidiendo fricción.

Se besaron otra vez, más sucio, con dientes y lengua, pechos rozándose, piel contra piel. Las manos de Roxanne bajaron y le metieron los dedos por dentro del body, encontrando el coño de Hana afeitada, resbaladiza, abierta. Le metió un dedo hasta el nudillo y Hana gemió dentro de su boca.

—Así —susurró Hana contra sus labios—. Más adentro. Joder, sí…

Abajo, alguien gritó el nombre de alguien más y hubo risas. Arriba, en la azotea, el tiempo parecía más espeso. Hana sacó los dedos del coño de Roxanne, se arrodilló del todo sobre el concreto frío y le abrió los muslos con las manos. El olor le subió directo a la cabeza: sexo, perfume y ganas acumuladas. Sacó la lengua y le dio una lamida larga desde la entrada hasta el clítoris, despacio, saboreando. Roxanne se apoyó en la barandilla con las dos manos, el vestido subido, los pechos al aire, y empujó la cadera hacia la boca de su amiga.

—Ahí… justo ahí, Hana… no pares…

Hana no paró. Lamió con ganas, chupó el clítoris entre los labios, metió la lengua lo más adentro que pudo y la sacó para volver a centrarse en ese bultito duro y resbaladizo. Con una mano se tocó a sí misma por encima del body, frotándose el coño en círculos urgentes; con la otra le abrió más los labios a Roxanne para poder enterrar la cara. El sabor, el calor, los gemidos ahogados de su amiga… todo le subía por la espalda como una corriente.

Roxanne miró hacia abajo, vio la cabeza de Hana entre sus piernas, las orejitas de gata todavía puestas, y se le escapó una risa rota mezclada con un gemido.

—Si nos pillan… —empezó.

—Que nos pillen —contestó Hana contra su coño, la voz vibrándole en la carne húmeda—. Tengo hall pass y tengo tu coño en la boca. No me muevo de aquí hasta que te corras en mi lengua.

Roxanne le agarró el pelo con más fuerza y empezó a mover las caderas en círculos cortos, follándole la boca con descaro. Hana notó cómo se le tensaban los muslos, cómo le temblaba el abdomen. Ella misma estaba a punto de correrme solo de frotarse y de oírla. Pero todavía no. Quería alargar esto, bajar más despacio, meterle los dedos mientras la chupaba, hacerla mendigar.

Se separó un segundo, jadeando, la boca brillante de saliva y de Roxanne, e miró hacia arriba con una sonrisa torcida.

—Esto no se queda solo en la azotea —dijo—. Cuando baje un poco la fiesta… nos vamos a tu coche. O al baño del fondo. Quiero meterte la lengua más profundo. Quiero que me montes la cara hasta que se me entumezca la mandíbula.

Roxanne la miró con las pupilas dilatadas, los pechos subiendo y bajando, el coño palpitándole a centímetros de la boca de Hana.

—Y yo quiero que me digas todas las putadas que nunca te atreviste a decirme en la uni —respondió—. Ahora bájame otra vez esa lengua. Estoy a punto de correrme y quiero hacerlo mirándote a los ojos mientras me la comes.

Hana volvió a acercarse, pero esta vez más lento, dejando besos húmedos en el interior de los muslos, alargando el momento, sabiendo que la noche apenas empezaba y que el permiso que ambas llevaban tatuado en la piel les daba horas por delante para ensuciarse todo lo que quisieran.

Hana volvió a acercar la boca, pero esta vez se tomó su tiempo. La lengua recorrió el muslo interior de Roxanne con una lentitud deliberada, saboreando el hilo de lubricante que ya le había bajado hasta casi la rodilla. El concreto le helaba las rodillas a través de las medias de red, pero el calor que subía del coño de su amiga lo anulaba por completo. Roxanne olía a sexo acumulado, a vainilla sudada y a esa urgencia que ambas habían guardado demasiado tiempo. Hana abrió los labios hinchados con los pulgares y sopló aire fresco sobre el clítoris brillante antes de pegar la lengua plana y lamer despacio, de abajo arriba, una y otra vez.

—Míralo cómo late —susurró contra la carne húmeda—. Llevo años imaginando exactamente esto. Esa vez en el taller, cuando te inclinaste sobre los planos con la camiseta escotada… se te veía el sujetador negro y yo solo pensaba en bajártelo con los dientes.

Roxanne soltó un gemido ronco y le agarró más fuerte el pelo corto, tirando lo justo para que Hana levantara la vista sin dejar de lamer.

—Y tú con ese body de gata… joder, Hana, se te marcan hasta los pezones. Desde que salimos a la azotea no dejo de mirarte las tetas apretadas contra la lycra. Quería tocarte ya abajo, en medio de la fiesta, rozarte “sin querer” el muslo como ahora…

Mientras hablaba, Roxanne deslizó una pierna entre las de Hana, todavía arrodillada, y le rozó deliberadamente el interior del muslo con la pantorrilla. El contacto “accidental” hizo que Hana se estremeciera; el body empapado se le pegaba al coño afeitado y el roce le mandó una corriente directa al clítoris. Las dos se miraron y soltaron una risa baja, cómplice, cargada de todo lo que nunca se habían dicho en la facultad.

—Lo reconocemos de una vez —dijo Hana, la voz pastosa de saliva y de Roxanne—. Llevo deseándote desde el primer año. Cada vez que te reías fuerte y se te movían las tetas… me mojaba. Cada vez que salías de la ducha en los viajes de estudios y se te pegaba la toalla al culo… me tocaba después pensando en ti. Años, Roxanne. Años guardándomelo.

Roxanne se inclinó hacia delante, los pechos pesados colgando libres del escote del vestido de bruja, y le acarició la mejilla con los nudillos.

—Yo igual. Me corría en silencio en mi cama imaginando que eras tú quien me abría las piernas. Y ahora estás aquí, con las orejas de gata torcidas y la cara brillante de mi coño. Ya basta de fantasías.

Fue Roxanne quien tomó la iniciativa esta vez. Tiró de Hana hacia arriba con ambas manos en la nuca, la obligó a ponerse de pie y la besó con hambre pura. La lengua de Roxanne entró profunda, sabiendo a ponche y a su propio sabor mezclado, chupándole los labios, mordiéndole el inferior con una necesidad que hizo gemir a Hana dentro de su boca. Hana respondió con la misma furia: le agarró el culo con las dos manos, apretó las nalgas firmes bajo el terciopelo subido y frotó su montículo contra el muslo de Roxanne, buscando fricción desesperada. Los pechos se aplastaron juntos —los pesados y oscuros de Roxanne contra los firmes y rosados de Hana— y el roce de piel contra piel les arrancó un escalofrío compartido.

Se separaron solo lo necesario para respirar. Un hilo de saliva las unía todavía. Roxanne bajó la mirada al body de Hana, bajado hasta la cintura, y le pellizcó un pezón con dos dedos.

—Qué escote más puta llevas, aunque sea de gata. Se te salen casi del todo. Quiero chupártelas mientras me metes los dedos.

Hana no esperó. La empujó suavemente hasta que la espalda de Roxanne quedó contra la barandilla de concreto. Con una mano le sostuvo un pecho y se lo llevó a la boca, chupando el pezón duro con fuerza, mordisqueando la aureola mientras la otra mano bajaba entre las piernas abiertas de su amiga. Dos dedos se deslizaron sin resistencia dentro de aquel coño empapado; el calor interno la envolvió al instante. Roxanne arqueó la espalda y empujó las caderas hacia delante.

—Más… ábreme del todo —jadeó—. Quiero sentirte hasta el fondo. Joder, cómo te he deseado esto.

Hana curvó los dedos y buscó ese punto esponjoso mientras su pulgar rodeaba el clítoris hinchado en círculos lentos, tortuosos. Al mismo tiempo lamió el otro pecho, dejándolo brillante de saliva. Roxanne le metió una mano por dentro del body y le encontró el coño afeitado, resbaladizo; le metió un dedo y después dos, follándola con el mismo ritmo con que Hana la penetraba a ella. Se besaron otra vez, sucio, con dientes y lengua y gemidos ahogados que se perdían en el viento de octubre y en el bajo lejano de la fiesta.

—Mírame —exigió Roxanne contra su boca—. Quiero verte la cara mientras te corro en los dedos. Llevo años aguantando y ahora no pienso disimular ni un segundo.

Hana aceleró el movimiento de la muñeca. Sentía cómo las paredes internas de Roxanne se contraían alrededor de sus dedos, cómo el lubricante le empapaba la palma y le bajaba por la muñeca. Su propia respiración se hacía corta; los dedos de Roxanne dentro de ella daban exactamente en el punto que la volvía loca. El body de lycra le apretaba las caderas, las medias de red le rozaban la piel sensible, y el aire frío le erizaba los pezones ya duros como piedras.

Roxanne le mordió el hombro, justo encima de la clavícula, y le susurró al oído:

—Cuando te corras quiero lamerte los dedos. Después te voy a tumbar en ese catre viejo que hay al fondo de la azotea y te voy a montar la cara hasta que se te entumezca la mandíbula. Y si todavía nos queda ganas… nos vamos al coche, como dijiste. Quiero follarte con la lengua en el asiento de atrás mientras la gente sigue bailando abajo sin saber una mierda.

Hana gimió alto, sin cuidarse ya de que alguien pudiera oír. Sacó los dedos del coño de Roxanne solo para chuparlos delante de sus ojos, saboreando otra vez ese gusto dulce y salado, y después se los volvió a meter de tres, abriéndola más, follándola con ganas mientras su pulgar castigaba el clítoris. Roxanne le agarró la muñeca con las dos manos y se la empujó más adentro, moviendo las caderas en círculos cortos, usándola.

—Así… joder, Hana, así exactamente… no pares, estoy…

Pero Hana sí paró, solo un segundo, solo lo suficiente para ver la frustración y la lujuria mezcladas en la cara de su amiga. Le sonrió con la boca brillante y le lamió el pezón una vez más.

—Todavía no. Quiero alargarlo. Quiero que me ruegues. Llevamos años aguantando; una noche entera de hall pass no se gasta en cinco minutos contra una barandilla.

Roxanne soltó una risa rota, casi un gruñido, y le pellizcó el clítoris a Hana con dos dedos mojados en venganza.

—Entonces bájame otra vez esa lengua, gata puta. Y esta vez no te detengas hasta que te lo pida yo. Quiero correrme mirándote a los ojos, con las orejitas torcidas y la cara llena de mí. Después te toca a ti. Te voy a comer el coño hasta que grites mi nombre y se enteren hasta los del edificio de al lado.

Hana se arrodilló de nuevo, el corazón desbocado, el coño latiéndole contra el body empapado. Abrió los muslos de Roxanne con ambas manos, respiró hondo el olor espeso de su deseo y volvió a enterrar la lengua exactamente donde su amiga la necesitaba. Arriba, Roxanne se aferró a la barandilla, pechos al aire, vestido subido hasta la cintura, mirándola con pupilas dilatadas y una sonrisa torcida de quien por fin tiene lo que lleva años fantasíaando. Abajo la fiesta seguía; arriba el viento les secaba el sudor de la piel mientras Hana lamiía con hambre renovada, sabiendo que la noche apenas empezaba y que todavía les quedaban el catre, el coche y todas las putadas que nunca se habían atrevido a decirse.

Hana no soltó la lengua ni un segundo más. El clítoris de Roxanne latía contra su boca como un corazón desbocado y ella lo atrapó entre los labios, chupando con fuerza mientras los muslos de su amiga temblaban a ambos lados de su cabeza. El viento de octubre les secaba el sudor de la nuca, pero el calor que subía del coño abierto de Roxanne era un horno. Hana metió dos dedos de golpe, curvóndolos hacia arriba hasta encontrar ese punto esponjoso que hizo que Roxanne arquease la espalda contra la barandilla y soltara un gemido ronco que se perdió entre las luces de la ciudad.

—Joder, Hana… así, más duro —jadeó Roxanne, clavándole las uñas en el pelo corto—. Me voy a correr en tu cara si sigues…

Hana levantó la vista sin apartar la boca. Los ojos de Roxanne brillaban negros bajo las farolas lejanas, los pechos pesados al aire, el vestido de bruja arrugado en la cintura. Con un movimiento brusco, Hana se puso de pie, le agarró las caderas y la empujó hacia el centro de la azotea. El concreto frío y rugoso les raspó las plantas de los pies. Roxanne tropezó hacia atrás riendo y jadeando a la vez hasta que su culo tocó el suelo. Hana la siguió enseguida, tumbándola del todo, abriéndole las piernas con las rodillas y devorándole la boca como si quisiera tragársela entera.

El beso fue brutal, lengas chocando, dientes rozando labios, saliva mezclada con el sabor a coño que todavía le brillaba en la barbilla a Hana. Roxanne se agarró a su espalda, subiendo el body de lycra hasta sacárselo del todo por encima de la cabeza; las orejas de gata cayeron a un lado. Pechos contra pechos, piel caliente contra el aire fresco. Hana le subió el vestido de terciopelo hasta dejarlo hecho un rollo bajo las axilas y se bajó de inmediato a los pezones oscuros y duros. Los chupó uno tras otro, mordisqueando la aureola, tirando con los dientes lo justo para arrancarle un grito ahogado a Roxanne.

—Me duelen de ganas —susurró Hana contra la carne—. Llevo toda la puta noche mirándotelos y ahora los tengo en la boca. Quiero dejarlos marcados.

Bajó por el valle entre los pechos, lamiendo el sudor salado, besando el vientre blando, mordiendo la piel justo encima del ombligo. Roxanne se retorcía bajo ella, abriendo más las piernas, empujando la cadera hacia arriba. Hana olía el sexo espeso que le corría por los muslos y no pudo esperar más. Se acomodó entre las piernas abiertas, abrió los labios hinchados con los pulgares y enterró la cara. La lengua plana recorrió toda la rendija desde el agujero hasta el clítoris, una y otra vez, saboreando el flujo dulce y espeso. Después se concentró: chupó el bultito hinchado entre los labios, lo azotó con la punta de la lengua, lo rodeó en círculos rápidos mientras metía dos dedos y los movía en tijera, abriéndola, follándola.

Roxanne gritó. No fue un gemido, fue un grito roto que hizo eco en las paredes de los edificios vecinos. Las luces de la ciudad parpadeaban abajo como testigos mudos mientras sus caderas se levantaban del concreto y se estrellaban contra la boca de Hana. Hana no aflojó. Chupó más fuerte, metió la lengua lo más hondo que pudo, embadurnándose la cara entera. Sintió las paredes internas contraerse alrededor de sus dedos, el clítoris latir descontrolado contra su lengua, y entonces Roxanne se corrió gritando su nombre, las piernas temblando violentas a ambos lados de su cabeza, el coño palpitando y soltando un chorro caliente que Hana bebió sin apartarse.

—Hana… joder, Hana… —Roxanne jadeaba, la voz rota, las manos todavía enredadas en el pelo de su amiga—. Ven aquí… ahora te toca a ti…

Todavía temblando del orgasmo, Roxanne se incorporó, empujó a Hana hacia atrás hasta tumbarla de espaldas en el suelo frío y se puso a horcajadas sobre su cara. El vestido quedó olvidado en un montón. Se giró en un movimiento fluido hasta quedar en 69, el culo redondo y brillante de saliva y semen propio justo encima de la boca de Hana, y bajó la cabeza entre las piernas abiertas de su amiga. El coño de Hana estaba afeitado, hinchado, empapado hasta el punto de que un hilo grueso le bajaba por el culo. Roxanne lo lamió de un solo trazo largo, desde el perineo hasta el clítoris, y después se lo comió con hambre pura: lengua profunda, chupones ruidosos, dientes rozando los labios externos.

Hana gimió contra el coño de Roxanne que tenía encima y volvió a lamer, saboreando el orgasmo reciente que todavía goteaba. Al mismo tiempo, Roxanne metió dos dedos gruesos dentro de Hana, los curvó hacia adelante y los empujó hasta el fondo mientras su lengua no dejaba de azotar el clítoris hinchado. El sonido era obsceno: chasquidos húmedos, gemidos, el roce de piel contra piel. Hana levantó las caderas, follando los dedos de su amiga, y al mismo tiempo empujó la lengua más adentro del coño que tenía en la cara. Se comían la una a la otra sin piedad, el 69 apretado, cuerpos sudados pegados al concreto, luces de la ciudad dibujando sombras en sus culos y en sus espaladas arqueadas.

—Más profundo… mete esos dedos hasta el fondo y no pares de lamer —ordenó Hana contra la carne mojada, la voz vibrándole en el coño de Roxanne—. Quiero correrme con tu lengua y tus dedos a la vez. Quiero que sientas cómo te aprieto.

Roxanne obedeció. Aceleró los dedos, los torsió, los sacó casi del todo y los volvió a clavar mientras chupaba el clítoris como si quisiera arrancárselo a chupones. Hana respondió igual de feroz, metiendo tres dedos ahora en Roxanne y lamiendo en círculos locos. El placer subía por las dos al mismo tiempo, una corriente eléctrica que les tensaba el vientre, les hacía temblar los muslos, les robaba el aire. Roxanne sentía el coño de Hana contraerse alrededor de sus nudillos; Hana sentía el de Roxanne palpitando contra su lengua. Se miraron un segundo torcidas, bocas brillantes, ojos vidriosos, y entonces el orgasmo las golpeó juntas.

Fue ruidoso, salvaje, casi violento. Hana gritó contra el coño de Roxanne mientras se corría a chorros, las paredes internas exprimiendo los dedos de su amiga, el clítoris latiendo descontrolado bajo la lengua experta. Roxanne se vino al mismo tiempo, un segundo orgasmo que le sacudió todo el cuerpo, mojando la cara de Hana otra vez, gritando su nombre contra el montículo afeitado. Se sacudieron una contra la otra, culos temblando, piernas encogidas, gemidos rotos que se mezclaban con el bajo lejano de la fiesta. El concreto les raspaba la espalda y las rodillas, pero ninguna se apartaba. Seguían lamiendo suavemente, saboreando los últimos espasmos, prolongando el temblor hasta que los músculos les dolieron.

Cuando por fin se separaron un poco, Roxanne rodó a un lado y se quedó bocabajo, el culo al aire, la cara apoyada en el brazo de Hana. Respiraban agitadas, el pecho subiéndoles y bajándoles rápido. Hana le acarició la espalda sudada con la yema de los dedos, bajando hasta el culo y metiendo un dedo perezoso entre las nalgas solo para sentir el calor residual.

—Todavía no he terminado contigo —susurró Hana, la voz ronca de tanto gemir—. Ese catre del fondo… lo vi cuando entramos. Quiero que me montes ahí hasta que no pueda más. Y después el coche. Quiero follarte con la lengua en el asiento de atrás mientras oímos la fiesta abajo y sé que nadie sabe que me estoy corriendo otra vez dentro de ti.

Roxanne se rio bajo, todavía sin aliento, y le mordió el hombro con suavidad.

—Vas a tener que cargar conmigo hasta allí, gata. Las piernas no me responden. Pero sí… el catre, el coche, lo que sea. Llevo años mojándome por ti y esta noche de hall pass no se acaba hasta que las dos estemos hechas un desastre. Dime más putadas. Dime lo que me vas a hacer cuando baje un poco la música.

Hana se incorporó sobre un codo, mirándola a la luz anaranjada de la ciudad. El body tirado a un lado, el vestido de Roxanne hecho un nudo, las medias de red rotas en una rodilla. Todavía les temblaban los muslos. El aire olía a sexo y a humo lejano. Abajo alguien puso otra canción; arriba, en la azotea, el permiso seguía abierto y caliente entre las piernas de las dos.

—Te voy a abrir las piernas en ese catre y te voy a comer el culo mientras te meto los dedos otra vez —prometió Hana, rozándole el labio inferior con el pulgar—. Quiero oírte mendigar. Quiero que me montes la cara hasta que se me duerma la mandíbula y después quiero que me folles con la mano hasta que grite tan fuerte que se enteren los del piso de abajo. Y si todavía nos queda algo… nos vamos al coche y te chupo los pezones mientras te tocas para mí. Toda la noche, Roxanne. Toda la puta noche.

Roxanne se levantó a duras penas, le tendió la mano a Hana y la ayudó a ponerse de pie. Se besaron otra vez, más lento ahora, saboreando el cansancio dulce y la promesa de más. Las luces de la ciudad parpadeaban. El catre viejo las esperaba al fondo de la azotea, medio oculto tras unas macetas muertas, y más allá la puerta de metal que bajaba hacia el ruido. Ninguna de las dos miró el reloj. El hall pass todavía les quemaba la piel y el coño les latía otra vez, pidiendo segunda ronda, tercera, todas las que hicieran falta hasta que el amanecer las pillara hechas un desastre de saliva y gemidos.

Se quedaron abrazadas un rato más contra el pecho de la otra, el sudor enfriándoseles en la piel bajo el viento de octubre, las piernas todavía temblorosas y el coño latiéndoles con esos espasmos dulces que no se van del todo. Hana le pasó la lengua por el cuello a Roxanne, saboreando la sal residual, y Roxanne soltó una risa ronca contra su oreja.

—Si no paramos ahora… —murmuró Roxanne, apretándole el culo con las dos manos—, no vamos a bajar nunca. Y tengo un hambre de mierda. Además… quiero que me vean. Quiero bajar contigo oliendo todavía a lo que me has hecho y que nadie sepa una puta cosa.

Hana asintió, aunque el coño se le contrajo solo de oírla. Se separaron despacio, como si cada centímetro de distancia doliera. El body de lycra estaba tirado a un metro, las medias de red rotas en una rodilla, el vestido de terciopelo hecho un nudo húmedo. Hana se agachó primero, recogió el body y se lo pasó por la cabeza con torpeza. Las orejitas de gata se le habían caído del todo; las dejó olvidadas junto a una maceta muerta. Roxanne la miraba mientras se acomodaba los pechos dentro de la lycra, los pezones todavía duros rozando la tela fría, y no pudo evitar inclinarse para morderle uno por encima de la tela.

—Ay, joder… —Hana se rio y le dio un manotazo suave en el hombro—. Si empiezas otra vez no salimos de aquí.

—Una última —insistió Roxanne, y le bajó un poco el escote del body solo para chupar el pezón rosado un segundo, dejando un brillo de saliva—. Ya. Prometo.

Se rieron las dos, ese sonido bajo y cómplice que solo sale cuando te has corrido tanto que el cuerpo pesa menos. Roxanne se sacudió el vestido de bruja, se lo pasó por encima de la cabeza y se lo acomodó sobre las caderas. El terciopelo se le pegaba todavía a la piel húmeda del culo y de los muslos. No se puso braga; el vello castaño seguía pegado de lo mojada que estaba y un hilo fino le bajaba otra vez por el interior del muslo. Hana lo vio y se lamió los labios sin pudor.

—Vas a ir así, sin nada debajo —dijo, no era pregunta—. Que se te note el coño hinchado cada vez que te sientes.

—Exacto. Y tú con ese body que se te transparenta el pezón si te pones de lado. Quiero mirarte toda la noche y acordarme de cómo me lo has chupado.

Se ayudaron a vestirse entre besos suaves, no los de antes, salvajes y con dientes, sino lentos, de labios hinchados rozándose, de lenguas que entraban solo un poco y se retiraban. Hana le subió el cremallera del vestido a Roxanne y le besó la nuca. Roxanne le ajustó las medias rotas a Hana, subiendo la mano más de lo necesario hasta rozarle el coño por fuera de la lycra y sentir el calor que todavía emanaba.

—Estás empapada otra vez —susurró contra su boca.

—Por tu culpa. Siempre por tu culpa.

Se miraron a los ojos bajo las luces naranjas de la ciudad. El catre del fondo seguía ahí, esperando, y más allá la puerta de metal que bajaba al ruido. Ninguna lo mencionó. El hall pass seguía abierto, caliente, pero ahora también había algo más: la certeza de que esto no se acababa con el amanecer.

Bajaron de la mano. Los dedos entrelazados, la palma de Hana todavía un poco pegajosa del lubricante de Roxanne, la de Roxanne marcando el pulso acelerado de Hana. La escalera de servicio olía a humedad y a cerveza derramada. Cada escalón hacía que el body le rozara el clítoris a Hana y que el vestido se le pegara al culo a Roxanne. En el rellano del último piso se detuvieron un segundo. La música del reggaetón volvía a pegarles en el pecho. Roxanne empujó a Hana contra la pared fría y la besó despacio, profunda, saboreando todavía el gusto a coño que le quedaba en la lengua.

—Esta noche solo fue el comienzo —dijo contra sus labios, la voz baja para que nadie del pasillo las oyera—. Hall pass o no. Quiero más. Quiero noches enteras. Quiero despertarme con tu lengua entre las piernas un sábado cualquiera y que mi novio sepa que me estoy corriendo pensando en ti. ¿Tú también?

Hana le agarró la cara con las dos manos, los pulgares rozándole los pómulos.

—Yo también. Llevo años deseándote en silencio y ahora que te he tenido… no pienso soltarte. Más noches de hall pass. Todas las que haga falta. En la azotea, en el coche, en tu cama cuando él no esté, en la mía. Quiero que me montes la cara hasta que se me duerma la mandíbula y después quiero follarte con los dedos mientras me cuentas lo que le vas a contar a él. Joder, Roxanne… me siento libre. Como si me hubiera quitado un peso de encima que no sabía que cargaba.

Roxanne sonrió, los ojos brillantes, y le mordió el labio inferior con cariño.

—Más unidas que nunca. Y más putas también. Vamos. Quiero que me vean contigo. Quiero bailar pegada a ti y que se te note lo mojada que estás cada vez que te rozo el muslo “sin querer”.

Empujaron la puerta y el ruido las envolvió de golpe: luces de colores, cuerpos sudados, el olor a alcohol y a porro. Nadie miró dos veces a las dos amigas que volvían de la azotea con el pelo revuelto y las mejillas encendidas. Hana notó cómo se le endurecían otra vez los pezones contra la lycra solo de sentir la mano de Roxanne en la suya. Cruzaron el salón de la mano, esquivando a un tío disfrazado de vampiro que les ofreció chupitos. Roxanne rechazó con una sonrisa y le susurró al oído a Hana:

—Más tarde te doy yo el chupito. Directo de mi coño.

Hana se rio alto, ese sonido libre que le salía del pecho, y le apretó los dedos. Se metieron entre la gente hasta llegar a la cocina, donde alguien había dejado una bandeja de pizza fría y vasos de plástico. Comieron de pie, dedos grasientos, mirándose por encima de los trozos de pepperoni. Cada vez que Hana se llevaba un dedo a la boca, Roxanne la miraba como si quisiera chupárselo ella. Cada vez que Roxanne se limpiaba el labio con la lengua, Hana sentía el tirón directo en el clítoris.

—Mírame cómo te miro —dijo Roxanne sin bajar la voz del todo—. Si alguien se da cuenta, que se joda. Tengo ganas de meterte la mano por debajo del body ahora mismo y comprobar si sigues chorreando.

—Hazlo —respondió Hana, el corazón desbocado—. Aquí no. Pero en el baño del fondo, dentro de cinco minutos. Quiero que me toques mientras oímos la fiesta y sé que podemos pillarnos en cualquier segundo. Y después volvemos a bailar como si nada. Y mañana… mañana te escribo y te digo que quiero otra noche. Y otra. Y otra.

Roxanne le pasó el brazo por la cintura, abierta, posesiva, y la acercó hasta que sus caderas se rozaron. El terciopelo contra la lycra. El calor de las dos se reconocieron al instante.

—Prometido. Esta noche solo fue el aperitivo. Las noches de hall pass entre nosotras van a ser las putas mejores de nuestra vida. Y cuando se nos acaben los pases… inventamos más. O no inventamos nada y simplemente lo hacemos porque nos da la gana. Porque nos pertenecemos un poco más desde que te corriste en mi cara y yo en la tuya.

Hana apoyó la frente contra la de Roxanne un segundo, respirando el mismo aire, el olor a sexo todavía colgando entre ellas debajo del perfume y el humo. Se sintió ligera, como si el concreto de la azotea se hubiera quedado arriba con todas las dudas. Abajo la fiesta seguía, los cuerpos se movían, alguien gritó por otra ronda de tequila. Ellas estaban en medio de todo eso y al mismo tiempo en otro sitio: un sitio donde las manos se buscaban solas, donde las miradas prometían lengua y dedos y gritos ahogados, donde el futuro tenía forma de más azoteas, más coches, más amaneceres hechos un desastre de saliva.

Roxanne le dio un último beso suave, casi casto de lo lento que fue, y después le soltó la mano solo para agarrarle el culo por encima de la tela y apretar.

—Vamos a bailar un rato. Quiero sentir tu coño contra mi muslo mientras fingimos que solo somos amigas borrachas. Y cuando no aguante más… me arrastras al baño y me follas con la mano contra la puerta. ¿Trato?

—Trato —dijo Hana, la voz ronca de ganas nuevas—. Y después te llevo a casa. O tú a mí. Y si los novios preguntan… les contamos lo justo para que se corran ellos también. O no les contamos una mierda. Esta noche es nuestra. Y las que vengan después también.

Se metieron otra vez en la pista de baile, cuerpos pegados ajenos a su alrededor, luces estroboscópicas pintándoles la piel. Hana se puso de espaldas contra el pecho de Roxanne y movió el culo despacio, deliberado, sintiendo cómo se le endurecía la entrepierna a su amiga a través del terciopelo. Roxanne le pasó los brazos por delante, las manos justo debajo de las tetas, los pulgares rozando los pezones por encima de la lycra como si fuera casual. Nadie miraba. O sí, y les daba exactamente igual.

El bajo les vibraba en los huesos. El alcohol les subía otra vez. El coño les latía en sincronía, pidiendo más, prometiendo más. Hana giró la cabeza y le habló al oído por encima de la música:

—Cuando lleguemos a tu coche… te voy a bajar el vestido otra vez. Quiero lamerte el coño con las piernas abiertas en el asiento de atrás mientras la gente sigue aquí arriba sin saber que me estoy comiendo a mi mejor amiga hasta que tiemble.

Roxanne le mordió el lóbulo de la oreja y le contestó con la boca caliente:

—Y yo te voy a montar la cara hasta que se te entumezca la mandíbula, gata. Y mañana te mando un audio corriéndome con los dedos pensando en cómo me sabías. Noches de hall pass. Todas las que quieras. Estoy tan jodidamente enamorada de esto… de nosotras… que me duele el pecho de lo bien que se siente.

Se rieron otra vez, libres, unidas, las manos buscando excusas para tocarse, el futuro abierto como las piernas que se habían abierto arriba en el concreto. La fiesta seguía. El permiso ardía. Y las dos sabían, con cada roce “accidental”, con cada mirada sucia, que esto apenas acababa de empezar.

Se metieron otra vez entre la gente sudada y las luces de colores, pero Hana ya no aguantaba. El roce deliberado del culo de Roxanne contra su muslo le tenía el coño latiendo otra vez, empapando la lycra hasta el punto de que cada paso le rozaba el clítoris hinchado. Roxanne le susurró al oído por encima del reggaetón:

—Baño del fondo. Ahora. O me corro aquí mismo solo de sentir cómo me miras.

Hana la agarró de la muñeca y la arrastró entre los cuerpos, esquivando un tío con cuernos de diablo y una chica disfrazada de monja borracha. Empujaron la puerta del baño del fondo —el único con pestillo que no se caía— y la cerraron de un golpe. El olor a ambientador barato y a alcohol no disimuló el olor a sexo que todavía les colgaba de la piel. Roxanne empujó a Hana contra el lavabo, le subió el body hasta las tetas y le chupó un pezón con fuerza mientras le metía la mano entre las piernas.

—Estás chorreando otra vez —jadeó contra la lycra mojada—. Quiero follarte con los dedos hasta que grites y se enteren los del pasillo.

Hana le bajó el vestido de un tirón. Los pechos pesados de Roxanne saltaron libres y Hana se los amasó mientras le separaba los labios del coño con dos dedos. Estaba hinchado, resbaladizo, el clítoris asomando rojizo. Hana se arrodilló en el azulejo frío, le abrió los muslos y le enterró la lengua de un solo trazo largo. Roxanne se agarró al borde del lavabo, arqueó la espalda y empujó la cadera hacia delante.

—Así… más profundo, gata. Métela hasta que se te entumezca la mandíbula como prometiste.

Hana no se anduvo con rodeos. Chupó el clítoris entre los labios, lo azotó con la punta de la lengua y metió tres dedos de golpe, curvándolos hacia ese punto esponjoso que ya conocía de memoria. El lubricante le empapó la palma y le bajó por la muñeca. Roxanne gimió alto, sin cuidarse, y le agarró el pelo corto para follarle la boca con movimientos cortos y urgentes. El sonido era obsceno: chasquidos húmedos, el golpe de la cadera contra la cara de Hana, el agua del grifo que goteaba de fondo.

—Me corro… joder, me corro otra vez —aviso Roxanne, la voz rota—. No pares, no pares…

Hana aceleró. Chupó más fuerte, torsió los dedos y sintió las paredes internas contraerse en oleadas violentas. Roxanne se vino con un grito ahogado, las piernas temblando, el coño soltando un chorro caliente que Hana bebió sin apartarse. Todavía espasmódica, Roxanne la levantó, la hizo girar y le bajó el body hasta las rodillas. Se arrodilló ella ahora, le abrió el coño afeitado con los pulgares y se lo comió con la misma hambre: lengua plana, chupones ruidosos, dos dedos gruesos entrando hasta el fondo.

Hana se miró en el espejo manchado: mejillas rojas, pechos al aire, medias rotas, la cabeza de Roxanne entre sus piernas. El placer le subió como una corriente eléctrica. Empujó las caderas, follándole la cara a su amiga, y cuando Roxanne le rozó el clítoris con los dientes justo al tiempo que le curvaba los dedos, Hana se corrió gritando su nombre, el coño exprimiendo los nudillos, un hilo espeso bajándole por el muslo interior.

Se quedaron un segundo jadeando, el pelo pegado a la frente, las rodillas doloridas. Roxanne se levantó, le limpió la boca con el dorso de la mano y le sonrió con los labios brillantes.

—Coche. Ahora. Quiero más espacio para montarte la cara como se debe.

Salieron del baño arreglándose a medias: el body de Hana torcido, el vestido de Roxanne sin cremallera del todo subida, ninguna con braga. Nadie las miró dos veces en el pasillo. Bajaron las escaleras de dos en dos, las manos enredadas, el coño de las dos todavía latiendo. El coche de Roxanne estaba aparcado dos calles más allá, un compacto oscuro bajo la luz anaranjada de una farola. Roxanne abrió la puerta trasera, empujó a Hana dentro y se metió detrás, cerrando de un portazo.

El espacio olía a ambientador de pino y a cuero barato. Roxanne se subió el vestido hasta la cintura, se puso a horcajadas sobre la cara de Hana y bajó el culo redondo y mojado hasta aplastarle la boca. Hana gemió contra la carne caliente y sacó la lengua, lamiendo desde el agujero hasta el clítoris mientras le agarraba las nalgas con las dos manos y las separaba. Roxanne se meció despacio primero, después más rápido, follándole la cara con descaro, los pechos pesados balanceándose cada vez que se inclinaba hacia delante.

—Chúpame el culo también —ordenó, la voz ronca—. Quiero sentirte ahí mientras me toco el clítoris.

Hana obedeció. Subió la lengua, rodeó el agujero apretado, lo empujó un poco y después volvió al coño empapado. Al mismo tiempo Roxanne se frotaba el clítoris con dos dedos rápidos. El coche se mecía ligeramente. Afuera pasaba gente de la fiesta riendo, ajenos a lo que pasaba dentro. Hana metió dos dedos en el coño de Roxanne desde abajo, los movió en tijera y chupó el clítoris con fuerza. Roxanne se corrió otra vez, mojándole la barbilla, el cuello, el pecho, gritando bajo para no atraer miradas.

Se giró en un movimiento torpe dentro del espacio reducido y se acomodó entre las piernas de Hana. Le abrió los labios hinchados, le sopló aire fresco y después se lo comió sin piedad: lengua profunda, tres dedos entrando y saliendo, el pulgar castigando el clítoris. Hana se agarró al asiento, levantó las caderas y se corrió en la boca de su amiga con un gemido largo, las paredes internas palpitando, el flujo dulce y espeso que Roxanne lamió hasta la última gota.

Todavía no terminaron. Roxanne se tumbió de espaldas lo mejor que pudo, Hana se puso encima en 69 al revés, y se lamieron la una a la otra otra vez, más lento ahora, saboreando el cansancio dulce y la sal del sudor. Los dedos se metían y salían, las lenguas daban vueltas, los gemidos se ahogaban contra la carne mojada. El tercer orgasmo de Hana llegó primero, un temblor profundo que le hizo apretar los muslos alrededor de la cabeza de Roxanne. Roxanne la siguió segundos después, el culo temblando, un último chorrito caliente que Hana recibió con la boca abierta.

Se desplomaron en el asiento trasero, cuerpos enredados, medias rotas, vestido y body hechos un nudo húmedo en el suelo del coche. El aire olía a sexo denso. Afuera la fiesta seguía lejana. Hana le acarició el pecho a Roxanne con dedos perezosos, sintiendo cómo el corazón le bajaba poco a poco.

Roxanne soltó una risa cansada contra el cuello de Hana y murmuró:

—Joder… si mis piernas pudieran hablar le pedirían divorcio a mi cadera y se irían a vivir a un spa. La próxima vez que digamos “hall pass en la azotea” yo me llevo un colchón hinchable y tú el ibuprofeno.

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