Tormenta Compartida con su Mejor Amiga

Dos amigas adultas de 32 y 29 años se dejan llevar por el deseo reprimido durante una tormenta y terminan follando con hambre en el sofá.

30 min read September 08, 2026New

Nunca le había contado a nadie lo que pasó aquella noche en la cabaña. Ni a mi terapeuta, ni a las amigas de copas, ni siquiera al diario que llevo desde los veinticinco. Pero si voy a confesarlo de una vez, que sea con la crudeza con la que lo sentí: llevaba años deseando a Imani y aquella tormenta me obligó a dejar de fingir.

Leilani, treinta y dos años, arquitecta de proyectos que nadie veía terminados del todo. Imani, veintinueve, diseñadora gráfica freelance que vivía entre tabletas y cafés fríos. Éramos mejores amigas desde que compartimos un piso ruinoso en el centro, cuando ella aún cobraba mal y yo aún creía que el éxito olía a planos enrollados. Durante una década nos habíamos confesado folladas mediocres, rupturas, miedos a quedarnos solas… pero jamás el secreto que nos mirábamos de reojo cada vez que una se cambiaba de camiseta delante de la otra.

Alquilamos la cabaña en la sierra para un fin de semana de “desconexión total”. Ni móviles a todas horas, ni clientes, ni excusas. Solo nosotras, el bosque y una chimenea de piedra que prometía calor de verdad. Llegamos el viernes por la tarde con bolsas de comida, dos botellas de tinto que juramos no abrir hasta la noche y esa risa fácil que siempre teníamos cuando estábamos juntas. Imani llevaba el pelo recogido en un moño flojo, la camiseta oversized de un festival antiguo y unos leggins negros que se pegaban a sus muslos con una insolencia que yo fingía no notar. Yo, sudadera gris y pantalones de chándal, el pelo suelto todavía húmedo de la ducha del hotel de carretera.

Al principio todo fue normal. Desempaquetamos, abrimos las ventanas para que entrara el olor a pino, discutimos sobre quién se quedaba con la habitación que daba al valle. Ella ganó, como casi siempre, y yo no me quejé: me gustaba verla feliz. Luego el cielo empezó a cerrarse. Nubes negras, viento que azotaba las ramas contra el tejado, un trueno lejano que hizo vibrar los cristales. En menos de una hora la tormenta se vino encima con violencia. La lluvia golpeaba horizontal, el camino de tierra se convirtió en barro y el wifi se fue a la mierda junto con la señal del móvil. Estábamos atrapadas. Perfectamente, deliciosamente atrapadas.

—Mierda —dijo Imani, pegada a la ventana grande del salón—. Esto no para hasta mañana mínimo.

—Peor escenario posible: dos adultas aburridas, sin series y con una sola manta decente —contesté, intentando sonar ligera.

Ella se rio y fue a buscar la manta de lana gruesa que habíamos encontrado en el armario. La chimenea ya crepitaba; yo había apilado la leña con esa precisión absurda de arquitecta que necesita control hasta en lo doméstico. El salón olía a humo dulce y a madera mojada. Nos sentamos en el sofá ancho de cuero gastado, las piernas dobladas, la manta cubriéndonos de la cintura para abajo. El fuego pintaba naranja su mejilla izquierda. Yo no podía dejar de mirarla.

Durante años había reprimido exactamente esto: la forma en que su labio inferior se humedecía cuando se concentraba, el lunar pequeño junto a la clavícula, cómo sus pechos se movían bajo la tela cuando se reía. En la universidad de la vida real —oficinas, deadlines, citas heterosexuales fallidas— siempre había una excusa para no mirar demasiado. Aquí no. Aquí el mundo se había reducido a este sofá, a este rugido de truenos y a la distancia ridícula de tres cojines entre nosotras.

Imani se acercó un poco más, buscando calor. Su rodilla rozó la mía bajo la manta. Un roce casual. O eso debíamos creer. Sentí el calor atravesarme la pierna como una corriente eléctrica barata y perfecta. No aparté la rodilla. Ella tampoco.

—¿Te acuerdas de aquella noche en tu antiguo piso? —preguntó de pronto, voz baja—. Cuando nos emborrachamos con el vino barato y hablamos de lo que nos gustaría probar “alguna vez”. Tú dijiste que siempre te había picado la curiosidad de besar a una mujer. Yo me callé.

Mi estómago se contrajo. Sí me acordaba. Había soltado aquello medio en broma, protegiéndome con la risa, mientras por dentro grité que la mujer era ella. Ahora, a los treinta y dos, con la tormenta aporreando el tejado y su cuerpo a centímetros, la confesión antigua pesaba distinto.

—Me acuerdo —susurré—. Y tú no dijiste nada. Solo te reíste y cambiaste de tema.

—Porque si abría la boca iba a decir tu nombre —confesó. La miré. Sus ojos oscuros, serios de verdad por primera vez en mucho tiempo—. Llevo años guardándomelo, Lei. Años. Cada vez que te abrazabas a mí después de una ruptura, cada vez que dormíamos juntas “porque hacía frío”, cada puta vez que te veía salir de la ducha envuelta en toalla… me mordía la lengua.

El aire entre nosotras se espesó. Otro trueno. La luz de la lámpara de pie parpadeó y se estabilizó. Yo noté cómo se me endurecían los pezones contra el sujetador, traicioneros, y cómo la humedad empezaba a acumularse entre mis piernas con una honestidad brutal. Mi cuerpo ya había decidido. Mi cabeza aún intentaba negociar.

Imani movió la mano bajo la manta. Sus dedos rozaron el dorso de los míos, dudaron, y luego se enredaron con los míos con una naturalidad que no tenía nada de casual. Piel caliente, uñas cortas de diseñadora que trabaja con tableta. Apreté su mano. El pulgar de ella dibujó un círculo lento en mi palma. Ese mínimo roce me hizo abrir un poco más las piernas sin darme cuenta, buscando fricción contra el cojín, contra cualquier cosa.

—Dime que no estoy sola en esto —pidió ella, casi sin voz—. Dime que no me lo he inventado todos estos años.

Me incliné hacia ella. Nuestras frentes casi se tocaron. El aliento de Imani olía a menta del chicle que había estado mascando y a ese rastro dulce que siempre tenía. Vi el pulso acelerado en su cuello. Vi cómo se le erizaba la piel de los brazos.

—No estás sola —respondí, y la honestidad me supo a metal y a alivio—. Te he deseado en silencio desde que teníamos veintipocos. He fantaseado con tu boca, con tus muslos abriéndose para mí, con follarte despacio y con rabia al mismo tiempo. He corrido pensando en ti más veces de las que admitiría en voz alta. Y ahora mismo, con esta tormenta y esta manta y tu rodilla pegada a la mía, estoy tan mojada que me duele.

Ella soltó un sonido bajo, casi un gemido contenido. Su mano libre subió por encima de la manta y me tocó la mejilla, el cuello, el borde de la sudadera. Los dedos se colaron un centímetro bajo la tela, rozando la piel de mi clavícula. Yo temblé. No de frío.

—Podemos parar —dijo, aunque sus ojos decían lo contrario—. Si cruzamos esta línea… ya no hay vuelta a la amistad inocente.

—La inocencia se fue hace años —contesté—. Solo nos quedaba el miedo. Y yo estoy harta de tener miedo, Imani.

La acerqué más. Nuestras piernas quedaron completamente enredadas bajo la lana. Sentí el calor de su coño a través de los leggins cuando su muslo se apoyó entre los míos, una presión deliberada, lenta, que me arrancó un suspiro. Ella lo notó. Sonrió con esa media sonrisa pícara que usaba cuando sabía que había ganado un diseño. Su mano bajó por mi costado, rozó la curva de mi pecho por fuera de la ropa, apenas un roce, y se detuvo en mi cintura, apretando.

El viento aullaba afuera. Adentro solo se oía la leña crepitar y nuestra respiración cada vez más irregular. Me incliné hasta que mis labios quedaron a un suspiro de los suyos. No besamos todavía. Nos quedamos ahí, compartiendo el mismo aire caliente, midiendo el abismo. Sus pezones se marcaban duros bajo la camiseta. Yo quería chuparlos a través de la tela. Quería bajarle los leggins con los dientes. Quería oírla gemir mi nombre mientras la follaba con los dedos en ese sofá.

Imani pasó la lengua por su labio inferior, nerviosa y hambrienta a la vez.

—Si me besas ahora —susurró—, no voy a poder parar. Te lo advierto. Llevo demasiado tiempo reprimiendo esto. Voy a comerte entera.

Mi respuesta fue un roce mínimo de narices, un “entonces no pares” dicho contra su boca sin llegar a sellarla. Su mano apretó más mi cintura. La mía se deslizó bajo la manta y encontró la parte interior de su muslo, blanda y caliente, y subió centímetro a centímetro hacia el calor que ya podía adivinar. Ella abrió más las piernas para darme espacio. Un invitación muda, clara, adulta, consentida hasta la médula.

Fuera, la tormenta descargaba todo su peso. Dentro, el deseo que habíamos aplastado durante años por fin levantaba la cabeza, voraz, impaciente, listo para devorarnos. Aún no habíamos cruzado del todo. Aún podíamos habernos reído y haberlo dejado en un “casi”. Pero las dos sabíamos, con la certeza húmeda y temblorosa que solo da la verdad, que el “casi” se estaba muriendo en ese sofá, y que lo que venía después ya no iba a caber en ninguna amistad inocente.

El siguiente trueno nos pilló así: frente contra frente, manos explorando territorio prohibido bajo la manta compartida, el coño latigándome de ganas y la voz de Imani temblando cuando dijo mi nombre como una súplica y una amenaza a la vez.

Nunca olvidaré cómo tembló la voz de Imani al decir mi nombre en ese sofá, como si las sílabas pesaran demasiado después de tantos años guardadas. El trueno siguiente hizo vibrar el suelo bajo nosotros, pero yo solo sentía el latido acelerado de su pulso donde mis dedos se habían colado bajo la manta, rozando la tela fina de sus leggins justo en el interior del muslo. El calor que desprendía su coño era una invitación abierta, húmeda, que me hacía apretar las piernas contra el suyo con una urgencia que ya no podía fingir.

—Lei… —repitió ella, más bajo, casi un gemido—. Siempre he sentido esto. Desde el primer piso compartido. Te miraba cambiarte y me moría por tocarte las tetas, por saber cómo sabía tu piel. Cada puta vez que te abrazabas a mí llorando por un tío que no te merecía, yo me corría luego en la ducha pensando en ti. En tu boca. En follarte hasta que gritaras.

Mi corazón dio un vuelco brutal. La confesión salió cruda, sin filtros, y yo solté una risa nerviosa que sonó más a jadeo que a humor. Mis pezones se endurecieron todavía más contra el sujetador, traicioneros, y la humedad entre mis labios se hizo imposible de ignorar. Deseaba a Imani desde los veintipocos, sí, pero oírla admitirlo así, con esa voz ronca de diseñadora que pasaba noches enteras dibujando, me partió por la mitad.

—Yo también —confesé, la frente todavía pegada a la suya, el aliento mezclado—. Dios, Imani, tus muslos… esos leggins te marcan el culo de una forma que me vuelve loca. Y tus pechos, cómo se mueven cuando te ríes. He fantaseado con chuparlos mientras te meto los dedos. Con tu coño mojándome la cara. Llevo años reprimiéndolo y ahora mismo estoy empapada solo de oírte.

Ella soltó una risita temblorosa, nerviosa, y su mano libre subió por encima de la manta para acariciarme la mejilla. Los dedos le olían ligeramente a madera de la chimenea. Sus ojos oscuros brillaban con hambre y un deje de miedo dulce.

—Tú también estás… joder, Lei, mira cómo se te marcan. Esas tetas bajo la sudadera… redondas, perfectas. Quiero morderlas. Y tu cintura, estrecha justo donde me encanta agarrar. Siempre he pensado que follar contigo sería un puto desastre hermoso.

Nos reímos juntas entonces, un sonido entrecortado, adulto, cargado de alivio y ganas. La risa nos acercó más. Su rodilla se clavó deliberadamente entre mis muslos y yo froté mi coño contra ella a través de la tela, un roce lento que me arrancó un suspiro. El cuero del sofá crujió bajo nosotras. Fuera la lluvia azotaba como si quisiera entrar; dentro, el fuego crepitaba y nuestras respiraciones se aceleraban al unísono.

No aguanté más. Cerré la distancia mínima que quedaba y la besé. No fue un roce suave. Fue hambre pura: mis labios se estrellaron contra los suyos, abiertos, buscando lengua de inmediato. Imani gimió en mi boca, un sonido gutural que me mojó todavía más, y su mano se enredó en mi pelo suelto mientras la mía subía por su espalda bajo la camiseta oversized. El sabor a menta y a ella me embriagó. Nuestras lenguas se pelearon, húmedas, desesperadas, y yo chupé su labio inferior exactamente como había imaginado mil veces en la soledad de mi cama.

Las manos no se quedaron quietas. Por encima de la ropa al principio, explorando con avidez. Yo le agarre un pecho a través de la camiseta, notando el pezón duro como una piedrita, y lo apreté, lo rodeé con la palma mientras ella arqueaba la espalda hacia mí. Imani bajó la suya hasta mi culo, lo apreció con fuerza por encima del chándal, los dedos clavándose en la carne blanda, y luego subió para acariciar mi pecho, pellizcando el pezón a través de sudadera y sujetador hasta que yo jadeé contra su boca.

—Joder, estás dura —susurró ella entre besos, la voz rota de deseo—. Quiero quitártelo todo. Dime que sí, Lei. Dime que seguimos.

—Sí —respondí sin dudar, el coño latiéndome con fuerza—. Quítamelo. Quiero tu piel. Quiero follarte aquí mismo, en este sofá, con la tormenta de testigo. Ambas queremos esto. No pares.

Ella sonrió contra mis labios, esa media sonrisa pícara ahora teñida de lujuria total, y tiró de mi sudadera hacia arriba. La levanté los brazos para ayudarla; la tela subió y se fue volando al suelo. Quedé en sujetador negro, los pechos pesados, los pezones marcándose con claridad. Imani se lamió los labios al mirarlos.

—Preciosas —murmuró, y se inclinó a morder suavemente el borde de la copa antes de desabrocharme el cierre de un tirón experto. Mis tetas saltaron libres, pesadas, y ella las cogió con ambas manos, las pesó, las apretó juntas y chupó un pezón con voracidad. La lengua caliente me hizo arquearme, un gemido alto escapándoseme mientras el trueno rugía afuera. Mi mano bajó a su camiseta y la subí con prisa; ella levantó los brazos y la prenda desapareció. Sin sujetador debajo. Sus pechos firmes, de un tamaño que cabía perfecto en mi palma, pezones oscuros y erectos me saludaron. Los toqué de inmediato, los pellizqué, los froté con los pulgares mientras ella seguía chupándome el pezón derecho como si quisiera lechérmelo.

Nos separamos solo lo necesario para quitarnos lo de abajo. Yo tiré de sus leggins y de las bragas juntas; ella levantó las caderas y la tela negra resbaló por esos muslos gruesos y suaves que yo había deseado años. Su coño apareció ante mí: labios hinchados, un vello recortado oscuro, ya brillante de mojado. El olor a ella, a deseo puro, me hizo la boca agua. Imani me bajó el chándal y las bragas con la misma urgencia; mis piernas quedaron libres y el aire fresco del salón rozó mi coño empapado, que goteaba ya un hilo fino sobre el cuero.

Nos miramos un segundo, desnudas por fin, adultas, consentidas hasta la médula. Treinta y dos y veintinueve años de contención hechas polvo. Ella se rió otra vez, nerviosa y excitada, y yo también, el sonido mezclado con la lluvia.

—Míranos —dijo, pasando una mano por mi muslo interno hasta rozarme los labios hinchados—. Tan putas mojadas las dos. Siempre lo supe. Tu cuerpo… joder, Lei, estás hecha para que te coma.

—Y el tuyo para que te folle con los dedos y la boca hasta que tiembles —contesté, y la empujé suavemente hacia atrás en el sofá. Me eché encima, pechos contra pechos, coño rozando coño en un contacto eléctrico que nos hizo gemir al unísono. Besamos de nuevo con más hambre todavía, manos explorando carne desnuda: yo le metí una mano entre las piernas y encontré su ranura resbaladiza, los labios abiertos, el clítoris hinchado. Deslicé dos dedos por su longitud, recogiendo jugos, y los metí despacio dentro de ella mientras ella hacía lo mismo conmigo. Su dedo medio se curvó contra mi punto y yo apreté las caderas, follándome contra su mano.

El sofá crujía con nuestros movimientos. La manta había caído al suelo hacía rato. Yo le chupaba el cuello, el lunar de la clavícula, bajaba a un pecho y lo mordisqueaba mientras mis dedos entraban y salían de su coño apretado, el sonido húmedo obsceno mezclado con nuestros jadeos. Imani me agarraba el culo con la mano libre, me abría más las piernas y me follaba con tres dedos ya, profundos, el pulgar frotándome el clítoris en círculos perfectos.

—Más —rogó ella contra mi oído—. Quiero que me corras con la mano y luego me comas. Llevo años soñando con tu lengua en mi coño.

—Y yo con el tuyo ahogándome —respondí, metiéndole un tercer dedo, sintiendo cómo se apretaba alrededor de mí, caliente, voraz. Nuestros pechos se aplastaban, sudorosos ya del calor de la chimenea y del roce. Cada embestida de dedos nos sacaba gemidos más altos. El deseo reprimido se desbordaba; no había vuelta atrás y ninguna de las dos lo quería.

Seguimos así un rato largo, follándonos mutuamente con las manos en ese sofá ancho, besos hambrientos, halagos rotos entre jadeos —“tu coño está tan apretado”, “esas tetas me vuelven loca”, “fóllame más fuerte”— mientras la tormenta descargaba afuera y adentro nos devorábamos con años de hambre acumulada. Mis dedos entraban hasta el nudillo, curvados, buscando ese punto que la hacía temblar; los suyos me hacían ver estrellas. El orgasmo se acercaba para las dos, inevitable, pero lo alargábamos a propósito, saboreando cada segundo de piel contra piel, sabiendo que esto era solo el principio de una noche que aún tenía mucho más que darnos.

Nunca había sentido un hambre tan cruda como la que me empujó a sacar los dedos del coño de Imani, brillantes y resbaladizos, y a arrodillarme en el sofá entre sus piernas abiertas. El cuero crujió bajo mis rodillas. Ella se quedó recostada, pechos subiendo y bajando, muslos temblando ya de lo cerca que había estado de correrme con mi mano. Tenía treinta y dos años y llevaba una década fantaseando exactamente con esto; ahora lo tenía delante y no iba a desperdiciarlo.

—Ábrete más —le dije, voz ronca—. Quiero comerte de verdad.

Imani abrió las piernas hasta que sus rodillas rozaron los brazos del sofá. Su coño estaba hinchado, los labios oscuros y brillantes, el clítoris asomando grueso y duro entre ellos. El olor me golpeó: salado, dulce, a ella y a años de deseo guardado. Me incliné y pasé la lengua plana desde la entrada hasta el clítoris de un solo trazo lento. Ella gritó un “joder, Lei” que se perdió entre el trueno. Chupé ese botón hinchado entre mis labios, lo succioné con fuerza rítmica mientras metía dos dedos de golpe en su coño empapado. Estaba tan mojada que entraron sin resistencia, caliente y apretada, y empecé a follarla con ellos curvados hacia arriba, buscando ese punto que la hacía arquearse.

Su mano se enredó en mi pelo y me empujó contra su coño. Yo chupaba, lamía, metía la lengua junto a los dedos de vez en cuando para saborear cómo se contraía. Cada vez que succionaba el clítoris ella empujaba las caderas hacia arriba, follándome la boca, gimiendo mi nombre como una puta oración. “Más fuerte… así, chúpame… tus dedos, joder, no pares”. Yo no paraba. La devoraba con años de hambre, el mentón empapado, la lengua cansada y feliz. Sentía cómo se tensaba alrededor de mis dedos, cómo su clítoris palpitaba contra mi labio superior. Casi se corría, pero la saqué del borde a propósito, levanté la cabeza y la miré desde abajo.

—Ahora tú —dije—. Siéntate en mi cara. Quiero que me ahogues.

Imani no dudó. Me empujó suavemente hasta que yo quedé boca arriba en el sofá, cabeza apoyada en el brazo. Se subió a horcajadas sobre mi rostro, muslos gruesos a ambos lados de mi cabeza, y bajó su coño mojado directamente sobre mi boca. El peso de ella, el calor, el sabor… gemí contra sus labios hinchados. Empezó a cabalgarme con movimientos desesperados, frotándose el clítoris contra mi lengua, empujando hacia adelante y atrás mientras yo chupaba y lamía todo lo que podía alcanzar. Sus manos bajaron a mis pechos, los apretó con fuerza, los pesó, y luego pellizcó mis pezones duros entre los dedos, tirando de ellos hasta que el dolor dulce me hizo gemir más alto contra su coño.

—Mira cómo me follas la cara —jadeó ella, voz rota, caderas moviéndose más rápido—. Tus tetas… las quiero morder después. Pellizco y ella se contrae, ¿verdad? Joder, Lei, estás tan puta debajo de mí.

Cabalgaba con hambre, deslizando su ranura por toda mi boca, mojándome la nariz, la mejilla. Yo le agarraba el culo con ambas manos, la abría más, le metía la lengua lo más hondo que podía mientras ella se frotaba el clítoris contra mi labio superior. El sofá crujía. La chimenea crepitaba. Fuera la tormenta rugía y adentro yo me ahogaba en el coño de mi mejor amiga, feliz de morir así. Sus pezones se veían duros desde abajo cada vez que se inclinaba; yo quería chuparlos, pero primero necesitaba que se corriera en mi cara. Casi lo hizo. Sus muslos temblaron, su ritmo se volvió irregular, pero de nuevo se detuvo, se levantó un poco y me miró con los ojos negros llenos de lujuria.

—Tijera —dijo, casi sin aliento—. Quiero frotarme contigo hasta que las dos explostemos. Ahora.

Me ayudó a sentarme. Nos acomodamos en el sofá ancho, una pierna de cada una por encima del hombro de la otra, coños enfrentados, labios hinchados y mojados rozándose al primer contacto. El choque eléctrico nos arrancó un gemido gemelo. Empezamos a movernos, frotando nuestros clítoris juntos, empujando con las caderas, buscando la fricción perfecta. Nuestros jugos se mezclaban, el sonido era obsceno, húmedo, constante. Nos besamos al mismo tiempo, lenguas torpes y desesperadas, manos en pechos ajenos, pellizcando pezones, apretando carnes.

—Más fuerte —supliqué contra su boca—. Fóllame el coño con el tuyo. Quiero correrme contigo.

Imani empujó más duro, enganchando su pierna mejor, frotando su clítoris hinchado contra el mío una y otra vez. Cada roce me subía la tensión por la espalda. Nuestros pechos se aplastaban, sudorosos. Yo le mordí el labio inferior y ella me apretó el culo para acercarme todavía más. El calor de la chimenea, el olor a sexo y a lluvia, el peso de diez años de silencio rompiéndose… todo se concentró ahí, en el punto donde nuestros coños se comían mutuamente.

Gimiendo, besándonos, frotándonos con fuerza brutal y necesitada, sentí el orgasmo subirme desde el útero. Imani temblaba igual. Nos miramos a los ojos un segundo, adultas, consentidas, perdidas, y entonces explotamos juntas. Mi coño se contrajo en oleadas violentas contra el suyo; el de ella latía y se apretaba, mojándome todavía más. Gritamos en la boca de la otra, cuerpos sacudidos, uñas clavándose en espaldas y muslos. El placer fue tan intenso que se me nubló la vista: años de fantasías convertidos en ese estallido simultáneo, caliente, interminable.

Cuando las contracciones empezaron a aflojar, seguimos frotándonos despacio, temblando, besándonos más suaves pero sin separarnos del todo. El coño me latía todavía. El de ella también, lo sentía. La tormenta no había amainado. Y aunque ambas habíamos corrido con una intensidad que me dejaba las piernas de gelatina, yo ya notaba cómo el hambre volvía a removerse más abajo, más hondo. Imani apoyó la frente contra la mía, respirando agitadas, y sus dedos se deslizaron otra vez por mi pecho, rozando el pezón sensible.

—No hemos terminado —susurró ella, voz ronca de gemidos—. Ni de lejos, Lei. Todavía quiero meterte la lengua por detrás… y que tú me folles con esa mano tuya hasta que no pueda más.

Yo sonreí contra su boca, el cuerpo aún estremecido, el coño empapado y ya volviendo a latir de ganas. La noche en la cabaña apenas empezaba, la tormenta seguía siendo nuestra cómplice, y lo que veníamos aplastando durante una década acababa de romper el dique del todo.

Nunca había sentido mi cuerpo tan vacío y tan lleno al mismo tiempo como en esos minutos después de corrernos juntas. Seguíamos enredadas en el sofá, pechos sudorosos pegados, coños todavía latigueando el uno contra el otro en espasmos suaves que nos hacían jadear sin control. Imani tenía la frente apoyada en la mía, la respiración caliente y entrecortada rozándome los labios, y yo no podía dejar de acariciarle la espalda con la yema de los dedos, trazando la curva de su cintura hasta el inicio de ese culo redondo que acababa de apretar con tanta fuerza. El olor a sexo y a leña mojada llenaba el salón. Fuera la tormenta seguía rugiendo, pero adentro solo existíamos nosotras dos, adultas de treinta y dos y veintinueve años que acabábamos de destrozar una década de silencio con las caderas.

—Joder, Lei… —susurró ella, la voz ronca de tanto gemir—. Todavía me tiemblan las piernas. Tu coño… se contrajo tan fuerte contra el mío que pensé que me iba a partir por la mitad.

Sonreí contra su boca y la besé despacio esta vez, sin la urgencia de antes. Labios suaves, lengua perezosa que solo rozaba la suya, saboreando el sabor salado de nuestros jugos mezclados. Ella respondió igual de tierna, chupándome el labio inferior con una lentitud que me hizo cerrar los ojos y soltar un suspiro largo. Mis pezones, todavía sensibles, rozaban los suyos cada vez que respirábamos hondo. El calor de la chimenea nos secaba el sudor de la piel a trozos, pero entre mis muslos seguía empapada, el clítoris hinchado y palpitante, pidiendo más aunque el cuerpo pidiera un respiro.

Nos quedamos así un rato, besándonos con esa calma peligrosa que solo llega después de un orgasmo brutal. Sus manos subieron a mi cara, enmarcaron mis mejillas, y yo le acaricié el pelo suelto que le caía sobre los hombros, húmedo de esfuerzo. El corazón me latía fuerte, no solo por el placer reciente, sino por lo que se abría delante: ya no éramos solo mejores amigas. Habíamos cruzado y no había marcha atrás, y por primera vez en años no me asustaba.

—Esto no puede ser solo esta noche —dije contra sus labios, la confesión saliendo cruda, sin filtro—. Llevo deseándote demasiado tiempo, Imani. No quiero despertarme mañana y fingir que fue la tormenta o el vino que ni siquiera abrimos. Quiero más. Quiero follarte despacio por la mañana, quiero despertarme con tu boca en mis tetas, quiero que esto… lo que sea que estemos empezando… dure más allá del fin de semana.

Ella se rio bajito, un sonido suave que vibró contra mi pecho, y me besó otra vez, más profundo, la lengua entrando con ganas pero sin prisa. Sus dedos bajaron por mi cuello, rozaron la clavícula, se detuvieron en mi pecho para apretar suavemente la carne blanda.

—Ni se te ocurra pensarlo —respondió, mirándome a los ojos con esa seriedad oscura que me derretía—. Yo también llevo años guardándome esto. No voy a dejarte escapar ahora que te tengo desnuda y mojada y diciéndome que me quieres follar por la mañana. El resto del fin de semana… y más allá. Lo exploramos todo. Tu coño, mi culo, tus pechos, mi boca… lo que se nos ocurra. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —susurré, y la volví a besar, esta vez dejando que la mano se deslizara entre nosotras para acariciarle el coño hinchado con dos dedos suaves, solo para sentir cómo todavía goteaba. Ella gimió bajito y me imitó, rozándome el clítoris con la yema del pulgar en círculos perezosos que me hicieron arquearme un poco.

El cuerpo pedía recuperación, pero el deseo ya se removía otra vez, lento y pesado. Nos separamos lo justo para incorporarnos. Las piernas nos temblaban de verdad; tuve que apoyarme en el brazo del sofá mientras ella se reía de lo torpes que éramos las dos, desnudas, con el pelo revuelto y los muslos brillantes de jugos. Me levanté primero y le tendí la mano. Imani la aceptó y se puso de pie, pechos firmes balanceándose, pezones oscuros todavía duros. La miré de arriba abajo sin vergüenza: esa cintura estrecha, esos muslos gruesos que acababan de abrirse para mí, el vello recortado oscuro entre las piernas empapado y pegado a la piel. A mis treinta y dos años jamás había querido a nadie con esta intensidad cruda.

—Ven —dije, tirando de ella hacia el pasillo—. Nos preparamos un baño caliente. Quiero enjabonarte despacio. Quiero que el agua nos limpie un poco para ensuciarnos otra vez después.

Ella asintió, sonrisa pícara y cansada a la vez, y me siguió por la cabaña. La tormenta golpeaba los cristales con fuerza; el pasillo olía a madera húmeda y a nosotras. En el baño grande, con esa bañera de hierro antiguo lo bastante ancha para dos adultas, abrí el grifo del agua caliente hasta que el vapor empezó a llenar el espacio. Eché un chorro del jabón de lavanda que habíamos traído, vi cómo la espuma subía blanca y densa. Mientras el agua corría nos besamos de pie junto a la bañera, cuerpos pegados, manos explorando sin prisa: yo le apretaba el culo con ambas palmas, separando un poco las nalgas para rozarle el agujero con un dedo solo por provocar; ella me pellizcaba los pezones y bajaba a acariciarme el coño de nuevo, metiendo un dedo solo hasta el nudillo y sacándolo brillante.

Cuando el agua estuvo lista nos metimos juntas. El calor nos arrancó un gemido gemelo; nos sentamos enfrentadas primero, piernas enredadas bajo la espuma, y luego yo la giré para que quedara de espaldas contra mi pecho. Mis tetas aplastadas contra su espalda, su culo encajado entre mis muslos. Agarré la esponja, la enjaboné bien y empecé por sus hombros, bajando despacio por los brazos, frotando con movimientos circulares que hacían que la espuma resbalara por su piel morena. Imani se recostó contra mí, la cabeza apoyada en mi hombro, y suspiró cuando llegué a sus pechos. Los enjaboné con las manos desnudas esta vez, pesándolos, apretándolos, pasando los pulgares por los pezones duros hasta que ella abrió más las piernas bajo el agua y empujó el culo hacia atrás, buscando mi coño.

—Así… —murmuró—. Enjabóname despacio, Lei. Quiero sentir tus manos en todas partes. Prométeme que esto no se queda en la cabaña. Que cuando volvamos a la ciudad vas a venir a mi piso y me vas a follar en el sofá de verdad, no solo con la mano. Que vamos a probar todo lo que hemos fantaseado estos años.

—Te lo prometo —contesté al oído, la voz baja y cargada mientras mis manos bajaban por su vientre, se metían entre sus muslos y le abrían los labios hinchados bajo el agua jabonosa—. El resto del fin de semana te voy a comer el coño cada vez que se me antoje. Te voy a meter los dedos por detrás mientras te chupo las tetas. Y más allá… vamos a follar como dos putas adultas que por fin se atreven. Quiero despertarme contigo, quiero correrme con tu lengua y quiero que me dejes marcas en los muslos.

Ella gimió y se giró entre mis brazos hasta quedar a horcajadas sobre mi regazo en la bañera. El agua salpicó. Nuestros coños se rozaron otra vez bajo la espuma, calientes y resbaladizos, y nos besamos con más hambre mientras nos enjabonábamos mutuamente el pelo, el cuello, la espalda. Sus manos jabonosas bajaron a mi culo, me abrieron las nalgas y me rozaron el agujero con un dedo enjabonado, solo la punta, provocándome hasta que yo jadeé y le devolví el gesto, metiéndole dos dedos en el coño bajo el agua y follándola despacio mientras el vapor nos envolvía.

Nos reímos entre gemidos, nerviosas y excitadas, adultas conscientes de que el fin de semana apenas empezaba. La tormenta no amainaba. El agua nos mantenía calientes y el jabón hacía que cada roce fuera más resbaladizo, más obsceno. Yo le chupé un pezón jabonoso, saboreando la lavanda y su piel, mientras ella me masturbaba el clítoris con dos dedos firmes bajo la superficie. El orgasmo no llegó del todo; lo dejamos a medias a propósito, temblando al borde, besándonos y prometiendo en voz alta todo lo que íbamos a hacernos después: la cama grande de su habitación, el suelo delante de la chimenea otra vez, mi boca en su culo, sus pechos aplastados contra los míos mientras nos frotábamos hasta gritar.

Cuando el agua empezó a enfriarse nos enjuagamos despacio, manos todavía explorando, dedos todavía entrando y saliendo con pereza deliciosa. Nos miramos empapadas, el pelo pegado a la cara, los pezones duros y los coños latientes otra vez. Imani me besó la frente, luego la boca, y susurró contra mis labios:

—Vamos a la cama. Todavía quiero meterte la lengua por detrás, como te dije. Y después… lo que salga. Todo el fin de semana. Y más.

Salimos de la bañera tomadas de la mano, cuerpos goteando sobre las baldosas, el hambre ya volviendo a arder entre las piernas con una intensidad que prometía no dejarnos dormir en mucho rato. La tormenta seguía siendo nuestra cómplice, y lo que acabábamos de decidir en esa espuma caliente solo era el principio de una intimidad que ninguna de las dos estaba dispuesta a soltar.

Nunca había caminado tan desnuda y tan segura por un pasillo como aquella noche, la mano de Imani apretada contra la mía, las gotas de agua resbalándonos por la espalda y el culo mientras la tormenta seguía golpeando los cristales con furia. Entramos en su habitación —la que daba al valle, la que ella había ganado al principio del fin de semana— y no molestamos en encender la luz. Solo el resplandor lejano de la chimenea del salón nos alcanzaba, pintando de naranja nuestros cuerpos mojados. El colchón era grande, de esas camas de cabaña que huelen a sábanas limpias y a madera. Imani me empujó suavemente hasta que caí de espaldas; ella se subió encima de inmediato, pechos jabonosos todavía, pezones oscuros rozándome los míos, y me besó con esa lengua lenta y posesiva que ya conocía mi boca.

—Date la vuelta —susurró contra mis labios, la voz ronca de quien lleva años esperando este momento—. Te lo prometí. Quiero mi lengua en tu culo.

Me giré sin dudar, arqueando la espalda, abriendo las rodillas sobre el colchón. Tenía treinta y dos años y jamás había sentido tanta confianza para ofrecerme así. Imani se arrodilló detrás, me abrió las nalgas con las dos manos y pasó la lengua plana desde mi coño empapado hasta el agujero fruncido. El primer contacto me arrancó un gemido gutural que se perdió en la almohada. Chupó, lamió, empujó la punta de la lengua dentro con una paciencia voraz mientras sus dedos me follaban el coño al mismo tiempo: dos, luego tres, curvados, buscando ese punto que me hacía empujar hacia atrás. El olor a lavanda y a sexo llenaba la habitación. Fuera el trueno retumbaba; dentro yo solo oía el sonido húmedo de su boca y mis propios jadeos.

—Más adentro… así, joder, Imani —supliqué, la cara aplastada contra la sábana—. Cómeme el culo como lo soñabas. No pares.

Ella no paró. Me abrió más, metió la lengua lo más hondo que pudo, y con la mano libre me rozó el clítoris hinchado en círculos firmes. El orgasmo me subió rápido, violento, sacudiéndome las piernas; grité su nombre mientras me corría contra su cara, el coño contrayéndose alrededor de sus dedos, el culo palpitando contra su lengua. Apenas había terminado de temblar cuando ella se deslizó debajo de mí, me hizo montar su rostro y me comió el coño con la misma hambre, chupándome los labios, succionando el clítoris hasta que un segundo orgasmo me dejó ciega y temblando otra vez.

Me desplomé a su lado, el pecho subiendo y bajando, y la miré. Imani tenía la boca brillante de mis jugos, la sonrisa pícara y satisfecha de quien sabe que acaba de poseerme del todo. A mis veintinueve años ella parecía la mujer más hermosa y más peligrosa del mundo.

—Ahora tú —jadeé—. Quiero follarte con la mano hasta que no puedas más, exactamente como dijiste.

La empujé de espaldas, abrí sus muslos gruesos y metí tres dedos de golpe en su coño caliente y resbaladizo. Estaba tan mojada que el sonido fue obsceno. La follé despacio primero, luego más rápido, el pulgar frotándole el clítoris mientras le chupaba un pezón oscuro y duro. Imani arqueaba la espalda, agarraba las sábanas, gemía mi nombre como una puta oración. —Más fuerte, Lei… fóllame el coño… quiero correrme en tu mano. Le metí el meñique en el culo al mismo tiempo, solo la punta, y eso la mandó al borde. Se corrió gritando, apretándome los dedos con fuerza, el cuerpo entero sacudido, el coño latiendo en oleadas que yo sentía hasta el nudillo.

No nos detuvimos. Nos acomodamos en tijera otra vez, coños enfrentados, labios hinchados y mojados frotándose con rabia dulce. Empujábamos las caderas, buscábamos la fricción perfecta, nos besábamos torpes y desesperadas mientras nos pellizcábamos los pezones. El tercer orgasmo nos llegó juntas, brutal, sincronizado; gritamos en la boca de la otra, uñas clavándose en muslos y culos, el placer tan intenso que se me nubló la vista otra vez. Cuando las contracciones aflojaron seguimos moviéndonos despacio, temblando, saboreando cada espasmo residual.

Después nos quedamos enredadas bajo la manta ligera que encontramos al pie de la cama, pechos sudorosos pegados, piernas cruzadas, el olor a sexo y a lluvia entrando por la ventana entreabierta. La tormenta empezaba a amainar, pero adentro el calor no bajaba. Acaricié la espalda de Imani con la yema de los dedos, trazando la curva de su cintura hasta ese culo que acababa de lamer, y ella me besó la clavícula con una ternura que me partió el pecho.

—Esto… —empezó ella, la voz baja y ronca— no se queda aquí. Cuando volvamos a la ciudad quiero que vengas a mi piso el viernes que viene. Voy a cocinar algo mediocre, voy a abrirte la puerta en bragas y camiseta y te voy a follar en el sofá de verdad, no solo con la mano. Después en la cama. Y al día siguiente en la ducha. Quiero probar ese plug que vi en tu historial de compras la última vez que usaste mi portátil. Y quiero que me dejes marcas en los muslos otra vez.

Sonreí contra su pelo, el corazón latiéndome fuerte, el coño todavía sensible y ya volviendo a latir solo de oírla planear. Leilani, arquitecta de proyectos a medias, mejor amiga de toda la vida, ahora tenía a Imani desnuda y mía y hablando de futuros follones como si fueran deadlines. No podía pedir más.

—El viernes —confirmé, la mano bajando otra vez entre sus piernas solo para sentir cómo seguía mojada—. Pero yo ya estoy pensando más lejos. La semana que viene te llevo a esa cabaña de nuevo, solo un día, y te ato las muñecas a la cabecera con una de mis corbatas. Te como el coño hasta que llores de placer y después te monto la cara otra vez. Y en dos semanas… mi piso. Quiero despertarme contigo un domingo, follarte despacio mientras el café se enfría, y luego salir a la calle tomadas de la mano sin escondernos. Voy a decirle a mi terapeuta que por fin dejé de reprimir lo mejor que me ha pasado. Voy a comprar lube de verdad y un dildo que podamos compartir. Y cada puta tormenta que caiga sobre la ciudad voy a llamarte para que vengas y me folles contra la ventana.

Imani se rio bajito, ese sonido suave que vibraba contra mi pecho, y me apretó más cerca. Sus dedos se enredaron en los míos bajo la manta.

—Trato hecho, Lei. Todo el puto calendario. Cada vez que se nos antoje. Cada vez que la lluvia empiece.

Me quedé despierta un rato más, escuchando su respiración calmarse, sintiendo el peso dulce de su cuerpo contra el mío. Afuera la tormenta se iba, pero dentro de mi cabeza ya estaba dibujando el próximo viernes: la puerta de su piso, su sonrisa pícara, mis manos bajándole las bragas nada más entrar. Treinta y dos años y por fin dejaba de fingir. Imani era mía, yo era suya, y la próxima vez —la que ya estaba planeando con detalle obsceno mientras ella dormía— iba a ser todavía más hambrienta, más larga, más nuestra.

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