Apuesta Perdida en la Azotea

Una madura divorciada de 42 años pierde una apuesta subida de tono contra su joven vecino de 24 y se deja follar salvajemente en la azotea.

31 min read September 08, 2026New

En la azotea del edificio de lujo, con las luces de la ciudad brillando como confeti lejano bajo un cielo de verano, Sonia apoyó los codos en la mesa de cristal y miró a Gideon por encima de las cartas. Tenía cuarenta y dos años, el divorcio reciente todavía le sabía a libertad y a vacío, y dos hijos adultos que ya no vivían en casa. Su cuerpo voluptuoso se acomodaba sin vergüenza en la silla: escote generoso que dejaba ver la curva pesada de sus tetas, caderas anchas envueltas en una falda ajustada y esa sonrisa de mujer que sabe exactamente el efecto que produce. Gideon, su vecino de veinticuatro años, removía las fichas con dedos nerviosos. Llevaba meses deseándola en secreto; ella lo había notado en los ascensores, en los pasillos, en la forma en que sus ojos se clavaban en su culo cuando ella se inclinaba a recoger el correo.

—Otra ronda —dijo Sonia, voz ronca y juguetona—. Esta vez las apuestas suben de tono, guapo. Si ganas, cobras lo que quieras de mí esta misma noche. Si gano yo… tú te quitas la camisa y me dejas tocarte como me dé la gana hasta que te corras en mi mano.

Gideon tragó saliva. La excitación le tensaba los hombros. Aceptó. Las cartas cayeron. Sonia se burló, inclinándose más, dejando que el aire nocturno le rozara el escote.

—Llevas meses mirándome, ¿verdad? Imagino que te la has cascado pensando en estas tetas, en cómo te las comería si te dejara. Pobre chico… tan joven y tan duro solo de oírme hablar.

Él perdió. Una pareja de ochos contra su trío de reyes. Sonia soltó una risa baja, pero los ojos le brillaban húmedos de anticipación. Ambos lo aceptaron de inmediato, la excitación mutua tan clara como el calor que subía entre ellos.

—Esta noche cobras —susurró ella—. Y no te contengas.

Se levantó y se acercó bajo las luces de la ciudad. El vestido le ceñía las caderas maduras; el escote subía y bajaba con cada respiración. Se detuvo frente a él, sonriente, ya notando la humedad entre los muslos.

—Te confieso algo, Gideon. También te deseo desde hace meses. Quiero sentir a un hombre más joven follándome con fuerza, sin piedad. Quiero que me uses, que me llenes, que me recuerdes mañana cuando camine con las piernas temblando. ¿Vas a hacerlo?

Gideon no respondió con palabras. La agarró por la nuca y la besó con hambre, lengua profunda, dientes rozando labios. Las manos de él bajaron de inmediato a las tetas grandes, apretándolas con fuerza a través de la blusa, sintiendo los pezones ya duros. Sonia gimió en su boca y guió una de esas manos hacia atrás, hasta su culo maduro y redondo; él lo apretó, lo separó un poco, le clavó los dedos. Ella misma se quitó la blusa de un tirón, se la sacó por encima de la cabeza y la dejó caer al suelo. Los pechos pesados saltaron libres, pezones oscuros y erectos, ofreciéndoselos.

—Tócalas. Chúpalas si quieres. Son tuyas esta noche.

Él se abalanzó, boca abierta sobre un pezón, chupando fuerte mientras la otra mano amasaba el culo. Sonia arqueó la espalda, los dedos en el pelo corto de Gideon, empujándolo más contra su carne. El deseo los tenía al límite; el coño de ella latía, empapado, listo.

Sin más preámbulos se arrodilló sobre las baldosas cálidas de la azotea. Le abrió el pantalón a Gideon, sacó la polla gruesa y ya completamente dura, venas marcadas, cabeza brillando de precum. La miró un segundo, lamiéndose los labios, y luego la tragó. Bajó hasta el fondo de un solo movimiento, garganta abriéndose, ojos fijos en los de él mientras chupaba con ganas, saliva escurriendo por la base, mano masajeando los huevos. Gideon gruñó, caderas empujando hacia adelante, follándole la boca con movimientos cortos. Sonia se ahogaba a propósito, gemía alrededor de la polla, saboreando el peso y el calor de ese hombre joven.

—Joder, Sonia… así, trágatela entera.

Ella lo hizo un rato más, babeando, succionando fuerte al subir, hasta que él la jaló hacia arriba. La giró y la puso contra la barandilla de la azotea. Abajo, el tráfico lejano; arriba, solo ellos y las estrellas. Le subió la falda de un manotazo, le arrancó las bragas —el tejido fino se rasgó— y las tiró a un lado. El aire fresco le rozó el coño hinchado y chorreante. Gideon se alineó y entró de una embestida brutal, hasta el fondo. Sonia gritó, las manos agarradas a la barandilla, culo empujando hacia atrás para recibirlo mejor.

La folló de pie por detrás con embestidas salvajes, caderas golpeando contra las suyas maduras, el sonido húmedo y obsceno llenando la noche. Una mano le apretaba las tetas, pellizcándole los pezones con fuerza suficiente para hacerla gemir más alto; la otra le sujetaba la cadera, controlando el ritmo brutal.

—Más duro —rogó ella entre jadeos—. Fóllame como si no hubiera mañana. Quiero sentirte mañana en cada paso.

Él obedeció, embistiéndola sin piedad, la polla gruesa abriéndola, rozando ese punto profundo que la hacía temblar. Sonia mojaba muslos y base de la verga de Gideon; el orgasmo la sorprendió rápido, un contracción violenta que le apretó el coño alrededor de él mientras gritaba hacia la ciudad.

No pararon. Gideon la levantó casi y la llevó hasta la tumbona cercana. Se recostó él y ella lo montó a horcajadas, guiando la polla otra vez dentro. Empezó a cabalgarlo salvajemente, caderas subiendo y bajando con fuerza, tetas rebotando frente a su cara. Gideon las agarró, las apretó, le chupó los pezones mientras ella se empalaba una y otra vez, gritando de placer, el culo maduro chocando contra sus muslos.

—Mírate —jadeó él—. Cómo te comes la polla. Qué puta tan rica eres, Sonia.

Ella se inclinó, manos en su pecho, follándolo más profundo, más rápido, el clítoris rozando su pubis en cada bajada. Otro orgasmo la sacudió; el coño le espasmó, exprimiendo la verga gruesa. Gideon la volteó entonces, la puso de espaldas en la tumbona en una posición de misionero intensa y sudorosa. Le abrió las piernas anchas, se hundió hasta las bolas y la folló sin piedad, sudor cayendo de su frente a los pechos de ella. Sonia le rodeó la cintura con las piernas, uñas clavadas en su espalda, mirándolo a los ojos mientras él embestía.

—Córrete dentro —le ordenó, voz rota—. Lléname. Quiero sentir tu leche caliente en mi coño maduro.

Gideon gruñó, embistió tres veces más y se vino con fuerza, chorros calientes bombeando dentro del coño apretado y maduro de Sonia, llenándola hasta que el semen empezó a escapar alrededor de la polla todavía palpitante. Ella llegó otra vez con él, el cuerpo entero convulsionando bajo el peso joven y sudoroso.

Después del orgasmo, Sonia quedó todavía temblando, pecho subiendo y bajando, el semen de Gideon resbalándole por el muslo interno mientras él se retiraba despacio. El aire de la azotea le secaba el sudor de la piel. Él se dejó caer a su lado, una mano todavía poseída sobre una de sus tetas, acariciando el pezón sensible. Sonia giró la cabeza, lo miró con esa sonrisa perezosa y peligrosa de quien no ha terminado, y le pasó la lengua por el labio inferior.

—Has cobrado la apuesta… pero no creas que esto se acaba aquí, guapo. Tengo ideas mucho peores para ti. Y la noche apenas empieza.

Gideon sintió la polla revivir un poco solo de oírla. Abajo, en el edificio, un ascensor hizo un ruido lejano. Sonia se incorporó apenas, el semen aún goteándole, y lo miró con ojos oscuros de promesa.

—Ven conmigo al ático. Quiero que me veas tocándome mientras te cuentas exactamente qué más vas a hacerme… y después lo cumples todo.

Sonia se levantó de la tumbona con las piernas aún temblorosas, el semen de Gideon resbalándole por el interior del muslo hasta la corva. No se limpió. Se subió la falda a medias, dejó las bragas rotas tiradas en el suelo de la azotea y recogió la blusa sin ponérsela. Gideon se abrochó el pantalón a medias, la polla todavía medio dura y brillante de jugos mezclados. Ella le tomó la mano y lo guió hacia la puerta del ático sin decir una palabra más. El ascensor privado olía a sexo y a noche de verano. Mientras bajaban un piso, Sonia se apoyó contra la pared de espejo, abrió un poco las piernas y se pasó dos dedos por el coño hinchado, recolectando el corrido que aún le escapaba. Se los llevó a la boca y chupó despacio, mirándolo fijamente.

—Sabe a ti y a mí. Me gusta.

El ático de Sonia era amplio, con ventanales que daban a la misma ciudad que acababan de follarse encima. Encendió solo una lámpara baja junto al sofá grande de cuero. Se quitó la falda de un tirón y quedó completamente desnuda: tetas pesadas, culo redondo marcado por las manos de él, el vello del pubis oscuro y brillando de semen y de su propia humedad. Se dejó caer en el sofá, abrió las piernas de par en par y se miró el coño con una sonrisa lenta.

—Siéntate ahí —ordenó, señalando el sillón frente a ella—. Y no te toques todavía. Quiero que me veas.

Gideon obedeció, la respiración agitada. Sonia empezó a tocarse sin prisa. Dos dedos se abrieron los labios gruesos, mostrándole el interior rosado y abierto, todavía goteando la leche espesa de él. Se frotó el clítoris en círculos lentos, gimiendo bajo, y luego se metió los mismos dos dedos hasta el nudillo, follándose con movimientos húmedos y obscenos.

—Cuéntame —dijo ella, voz ronca—. Exactamente qué me vas a hacer esta noche. Cada detalle. Y mientras lo dices, yo me corro mirándote.

Gideon se pasó la lengua por los labios secos. La polla ya le empujaba otra vez contra la tela.

—Primero te voy a abrir las piernas más todavía y te voy a lamer el coño hasta que grites. Voy a chuparte el clítoris con fuerza, meterte la lengua dentro y beberme todo lo que te queda de mí. Después te voy a poner de rodillas en esa alfombra, te voy a agarrar del pelo y te voy a follar la boca otra vez, más profundo, hasta que se te escapen las lágrimas y me pidas que te deje respirar. Cuando esté a punto de correrme, te voy a sacar la polla y te la voy a restregar por la cara, por esas tetas grandes, y te voy a marcar el pecho con semen caliente.

Sonia se embistió más fuerte con los dedos, el pulgar machacándole el clítoris. Su culo se alzaba del sofá.

—Sigue…

—Luego te voy a voltear, te voy a poner a cuatro patas y te voy a abrir el culo con las manos. Te voy a escupir en el agujero y te voy a meter un dedo mientras te follo el coño otra vez, más duro que en la azotea. Quiero sentir cómo te aprietas cuando te toco ahí atrás. Y cuando estés temblando, te voy a sacar la polla del coño y te la voy a meter despacio en el culo. Entera. Hasta que grites mi nombre y me ruegues que te llene también por detrás.

Los dedos de Sonia se movían en un ritmo frenético. El sonido chapoteante llenaba el salón. Su pecho subía y bajaba, los pezones duros apuntando al techo.

—Joder, sí… sigue hablándome así, cabrón…

—Te voy a follar el culo hasta que no puedas más. Te voy a dar nalgadas fuertes, te voy a llamar puta madura, mi puta de cuarenta y dos años que se deja usar por su vecino joven. Y cuando me corra otra vez, te voy a sacar la polla y te voy a hacer que te tragues hasta la última gota. Después te voy a dejar ahí, abierta y llena, y te voy a mirar cómo te tocas otra vez porque no has tenido suficiente.

Sonia se vino con un grito ahogado, el cuerpo arqueado, los jugos salpicando el cuero del sofá. Los dedos le salieron brillantes y los chupó uno por uno, mirándolo con ojos vidriosos.

—Cumple —susurró—. Ahora.

Gideon se levantó de un salto. Se quitó la ropa de una vez y se arrodilló entre sus piernas abiertas. Le agarró los muslos y se enterró la cara en el coño. Lamió con hambre, chupó el clítoris hinchado, metió la lengua lo más hondo que pudo, saboreando el sabor amargo y dulce de su propia corrida mezclada con ella. Sonia le clavó los dedos en el pelo y empujó su cara contra su carne.

—Así… joder, cómeme toda…

Él la lamió sin piedad hasta que ella se corrió otra vez, temblando, empujando las caderas contra su boca. Entonces la bajó al suelo, a la alfombra gruesa. La puso de rodillas, le agarró el pelo corto de la nuca y le restregó la polla gruesa por los labios.

—Ábrela.

Sonia abrió la boca y él se embistió hasta la garganta. La folló la boca con embestidas profundas, saliva escurriendo por la barbilla de ella, ojos llorosos de placer. Cada vez que se retiraba casi del todo, ella le lamía la cabeza con la lengua larga y luego lo volvía a tragar entero. Gideon gruñó y se sacó de golpe, se corrió a chorros gruesos sobre sus tetas pesadas, marcándole el pecho y el escote con semen caliente que le resbalaba entre los pechos. Sonia se lo untó con las manos, se chupó los dedos y le sonrió.

—Más.

La volteó a cuatro patas. Le separó las nalgas maduras, le escupió directamente en el culo apretado y le metió un dedo despacio mientras le volvía a clavar la polla en el coño de un solo empujón. Sonia gritó de puro gusto, empujando hacia atrás.

—Sí, ábreme… fóllame los dos agujeros…

Gideon la embistió con fuerza, el dedo moviéndose al mismo ritmo. El sonido era obsceno, carne contra carne, el chapoteo de su coño empapado. Cuando sintió que ella empezaba a temblar otra vez, sacó la polla, le escupió otra vez y empezó a empujar la cabeza gruesa contra el agujero trasero. Sonia jadeó, se relajó a propósito y lo dejó entrar centímetro a centímetro.

—Joder… qué estrecha… —gruñó él.

Cuando estuvo dentro del todo, se quedó quieto un segundo, dejándola acostumbrarse, y luego empezó a follársela el culo con embestidas profundas y controladas que se volvieron salvajes en cuanto ella gritó:

—Más duro, Gideon. Úsame el culo como me usaste el coño.

La nalgueó fuerte, la carne madura temblando bajo la palmada. La otra mano le agarró el pelo y la arqueó mientras la empalaba sin piedad. Sonia se tocaba el clítoris con desesperación, corriendose otra vez con la polla enterrada en el culo, el esfínter apretándola con fuerza. Gideon no aguantó mucho más. Se embistió hasta el fondo, gruñó su nombre y se vino a chorros calientes dentro de su culo, llenándola hasta que sintió el desborde resbalar por sus huevos.

Se retiró despacio. Sonia se quedó a cuatro patas un momento, el semen blanco escapándole del culo abierto y del coño todavía hinchado. Luego se giró, se sentó en la alfombra y lo miró con esa sonrisa peligrosa otra vez.

—Ven aquí —dijo, voz ronca—. Lame lo que se me sale. Quiero sentir tu lengua otra vez mientras te digo lo que vamos a hacer cuando recuperes el aliento.

Gideon, todavía jadeando, se acercó. Ella se recostó sobre los codos, abrió las piernas y lo guió con una mano en la nuca. Él lamió el semen que le resbalaba, mezclando el sabor de su culo y su coño, mientras Sonia le acariciaba el pelo y hablaba en voz baja, casi un ronroneo.

—Después de esto te voy a atar las muñecas a la cabecera de mi cama con una de mis medias. Te voy a montar la cara hasta que no puedas respirar. Luego te voy a cabalgar despacio, mirándote a los ojos, y cuando esté a punto de correrme te voy a bajar, te voy a poner de pie contra el ventanal y te voy a hacer follarme mirando la ciudad… sin que nadie sepa que abajo hay luces y gente y arriba yo estoy llena otra vez de ti. Y si todavía puedes, te voy a pedir que me des con el cinturón en el culo antes de metérmela otra vez. ¿Lo harás, guapo? ¿Cumplirás todo eso también?

Gideon levantó la cabeza, la boca brillante, la polla ya reaccionando otra vez contra su muslo. La miró a los ojos oscuros de Sonia, esa mujer de cuarenta y dos años que lo estaba consumiendo por completo.

—Lo haré todo —prometió—. Y más.

Ella se rio bajito, se pasó un dedo por el labio inferior de él y se lo metió en la boca para que lo chupara.

—Entonces levántate. La noche sigue siendo larga y yo todavía no he terminado de cobrarte… ni de dejarte cobrarme. Ven a la habitación. Quiero que me veas elegir las medias que te van a sujetar.

Sonia lo arrastró por el pasillo hasta el dormitorio sin soltarle la mano. La puerta se cerró a sus espaldas con un clic suave y el aire acondicionado le erizó la piel aún brillante de semen y sudor. La cama era enorme, de madera oscura, con una cabecera de barrotes gruesos. Ella abrió el cajón de la cómoda y sacó un par de medias negras de seda, finas, casi transparentes. Se las pasó por los dedos, mirándolas con esa sonrisa lenta que le conocía ya demasiado bien.

—Estas —dijo, voz baja—. Se estiran lo justo. Ponte de rodillas en la cama, guapo. Espaldas contra la cabecera.

Gideon obedeció. Tenía veinticuatro años y el cuerpo aún temblaba de lo que acababan de hacer, pero la polla ya se le alzaba otra vez, pesada y roja, brillante de lo que le había sacado del culo y del coño. Sonia se subió a la cama a horcajadas sobre sus muslos, le tomó una muñeca y la ató al barrote con un nudo firme. Luego la otra. Tiró de las medias para comprobar que no pudiera soltarse del todo. Él tiró una vez, sintiendo la seda morderle la piel, y la excitación le subió por la espina como un golpe eléctrico.

—Mírate —susurró ella, acariciándole el pecho con las uñas—. Tan joven, tan duro, y aquí amarrado para que tu vecina de cuarenta y dos años te use como le dé la gana. ¿Te gusta, Gideon? Dime que te gusta.

—Me gusta —gruñó él—. Joder, Sonia, me encanta.

Ella sonrió y se levantó sobre las rodillas. Se le puso encima de la cara sin más preámbulos, abriéndole los muslos maduros a ambos lados de la cabeza. El coño hinchado, todavía goteando una mezcla espesa de semen y de sus propios jugos, le aplastó la boca y la nariz. Gideon abrió la boca de inmediato. Ella bajó todo el peso, frotándose despacio primero, luego con más fuerza, el clítoris rozándole la lengua, los labios gruesos abriéndose sobre su cara.

—Cómeme —ordenó, la voz ya ronca—. No te detengas aunque te falte el aire. Quiero correrme en tu cara hasta que no puedas tragar más.

Él lamió como un loco. La lengua se le clavó dentro, chupó, bebió lo que le escurría. Sonia se mecía contra su boca, las tetas pesadas balanceándose, una mano agarrada a la cabecera para no caerse del todo. El olor de su propio culo y de su corrida anterior le llenaba la nariz a Gideon; el sabor era salado, amargo, adictivo. Cada vez que ella bajaba más fuerte, le tapaba la respiración unos segundos y él se corría un poco de puro placer, la polla palpitando en el aire sin que nadie la tocara.

—Así… joder, sí… trágate todo lo que te doy —jadeó Sonia. Se frotó más rápido, el culo maduro aplastándole la cara, los muslos temblando. Se vino con un gemido largo, empujando hacia abajo hasta que Gideon apenas podía respirar. Los jugos le empaparon la barbilla, el cuello, la sábana debajo. Ella se quedó un momento sentada sobre su boca, disfrutando de las sacudidas, antes de levantarse lo justo para que él tomara aire.

—Todavía no has terminado —le dijo, y volvió a bajar. Esta vez le rodeó la cabeza con los muslos y se frotó el clítoris directamente contra su nariz y su labio superior, usándolo. Gideon lamió y chupó sin parar, las manos atadas tirando de las medias, el cuerpo entero tenso. Sonia se corrió otra vez, más fuerte, el grito ahogado contra el respaldo de la cama, el coño contrayéndose a centímetros de su boca abierta.

Cuando por fin se apartó, la cara de Gideon estaba brillante, labios hinchados, ojos vidriosos de falta de aire y de ganas. Sonia se deslizó hacia abajo, se acomodó a horcajadas sobre su cadera y le agarró la polla con una mano. La guió hasta su entrada empapada y se la embistió de un solo golpe, hasta el fondo. Ambos gimieron. Ella se quedó quieta un segundo, sintiendo cómo la rellenaba por completo, y luego empezó a cabalgarlo despacio, mirándolo a los ojos.

—Mírame —le dijo—. Quiero que veas cómo se me come la polla este coño de divorciada. Cómo me subo y me bajo y te uso para correrme otra vez.

Subía hasta que solo la cabeza le quedaba dentro y bajaba con fuerza, el culo maduro golpeándole los muslos, las tetas rebotando frente a su cara. Gideon arqueaba las caderas hacia arriba, empujando lo más hondo que podía con las muñecas atadas. El sonido era húmedo, obsceno, carne contra carne. Sonia se inclinó, le puso las manos en el pecho y aceleró el ritmo, el clítoris rozándole el pubis en cada bajada.

—Cuéntame qué sientes —exigió ella entre jadeos—. Dime qué se siente follar a tu vecina de cuarenta y dos años mientras estás atado a su cama.

—Se siente… joder… se siente que me estás destrozando —gruñó él—. Que tu coño me aprieta como una puta y que quiero llenarte otra vez. Que quiero que me uses hasta que no pueda más.

Ella se rio, baja y sucia, y cabalgó más fuerte. Se tocó el clítoris con dos dedos mientras se empalaba, los ojos fijos en los de él. El orgasmo le subió rápido; el cuerpo se le puso rígido, el coño le espasmó alrededor de la verga gruesa y gritó su nombre mientras se corría, exprimiéndolo. Gideon estuvo a punto de venirse también, pero ella se levantó de golpe, le sacó la polla brillante y se bajó de la cama.

—Todavía no —susurró—. Contra el ventanal. Ahora.

Le desató las muñecas con dedos rápidos. Gideon se frotó las marcas rojas que le habían dejado las medias y se levantó. Sonia lo empujó hacia los ventanales enormes que daban a la ciudad. Abajo brillaban miles de luces; nadie podía verlos desde aquella altura, pero la sensación de estar expuestos le tensó el estómago a ambos. Ella se puso de espaldas a él, las manos apoyadas en el cristal frío, el culo levantado.

—Fóllame mirando la ciudad —ordenó—. Quiero sentir la polla dentro mientras veo las luces y sé que nadie sabe que estoy llena de ti.

Gideon le agarró las caderas y se la clavó de una embestida. Sonia gritó contra el cristal. Él la folló con fuerza, caderas golpeando contra el culo maduro, una mano subiendo a apretarle una teta pesada, la otra sujetándole la nuca para que mirara afuera. El contraste del aire frío del cristal y el calor de sus cuerpos era brutal. Cada embestida hacía que las tetas de Sonia se aplastaran un poco contra el vidrio; el vaho de su aliento empañaba la superficie.

—Más duro —rogó ella—. Úsame. Quiero caminar mañana y sentir que todavía me tienes abierta.

Él obedeció, embistiéndola sin piedad, la polla entrando y saliendo brillante de jugos. Cuando sintió que ella empezaba a temblar otra vez, se retiró, buscó el cinturón de sus propios pantalones tirados en el suelo y se lo dobló. Sonia miró por encima del hombro, los ojos oscuros, y asintió.

—Hazlo.

La primera nalgada sonó seca y fuerte. La carne madura del culo de Sonia tembló y se puso rosa al instante. Ella gimió, empujando hacia atrás. Gideon le dio otra, y otra, hasta que ambas nalgas le ardían y ella se tocaba el clítoris con desesperación. Entonces le escupió en el culo, le abrió las nalgas con las manos y volvió a empujar la cabeza de la polla contra el agujero trasero ya usado. Sonia se relajó y lo dejó entrar entero de un empujón lento y profundo.

—Joder… qué puta tan buena eres —gruñó él, follándole el culo con embestidas controladas que se volvieron salvajes en cuanto ella gritó que más. Le daba nalgadas entre embestida y embestida, la mano libre apretándole el clítoris. Sonia se corrió con la polla enterrada en el culo, el esfínter apretándola a contracciones rítmicas, el grito ahogado contra el cristal.

Gideon no aguantó. Se embistió hasta las bolas, gruñó su nombre y se vino a chorros calientes dentro de su culo, llenándola otra vez hasta que el semen le resbaló por los muslos. Se quedó quieto un momento, jadeando, la frente apoyada en su espalda sudorosa, antes de retirarse despacio. Sonia se quedó apoyada en el ventanal, las piernas temblando, el culo y el coño abiertos y goteando, mirando la ciudad con la respiración agitada.

Se giró despacio, le pasó una mano por el pecho y le sonrió con esa boca hinchada y peligrosa.

—Todavía no he terminado contigo, guapo. Hay un espejo grande en el baño y quiero que me veas mientras te chupo la polla hasta que se te ponga dura otra vez. Y después… después te voy a pedir que me atas a la cama a mí. Quiero que me dejes las muñecas y los tobillos abiertos y que me uses despacio, muy despacio, hasta que te ruegue que me corras otra vez por dentro. ¿Vas a hacerlo? ¿Vas a cobrarme todo lo que te debo esta noche?

Gideon la miró, la polla ya medio dura de solo oírla, el cuerpo entero aún zumbando. La tomó de la nuca y la besó con hambre, saboreando su propia corrida en su boca.

—Lo voy a hacer todo —prometió contra sus labios—. Y cuando termine, te voy a pedir que me dejes grabar tu cara cuando te corras otra vez. Solo para nosotros. La noche sigue siendo larga, Sonia.

Ella se rio bajito, le dio un último apretón a su verga y lo guió hacia el baño, el semen resbalándole por la parte interna de los muslos con cada paso. El espejo los esperaba, y con él, todo lo que aún no habían hecho.

Sonia lo empujó dentro del baño de mármol blanco y espejos de piso a techo. La luz cálida del plafón le dibujaba cada curva madura: las tetas pesadas todavía marcadas de semen seco, el culo rosado de las nalgadas, los muslos brillantes. Gideon la miró reflejada mil veces mientras ella se arrodillaba frente a él sobre la alfombra esponjosa. Le agarró la polla medio dura con las dos manos y la lamió de base a glande, saboreando el resto de su propio culo y de la corrida anterior.

—Mírame —ordenó, voz ronca—. Quiero que veas cómo tu vecina de cuarenta y dos años te limpia la verga con la lengua hasta que se te ponga de piedra otra vez.

Él obedeció, ojos fijos en el espejo. Sonia abrió la boca y se la tragó entera de un solo movimiento. La garganta se le abrió, la nariz le rozó el pubis, y gimió alrededor del grosor mientras subía y bajaba con saliva espesa que le escurría por la barbilla. Gideon le enredó los dedos en el pelo corto y empezó a embestirla despacio, follándole la boca con control, viendo en el reflejo cómo las tetas le rebotaban y cómo los ojos de ella se humedecían de puro gusto. El contraste del mármol frío contra sus rodillas y el calor de esa boca madura lo tenía al borde otra vez.

—Joder, Sonia… chúpamela así… trágatela toda —gruñó él.

Ella se sacó la polla solo para lamerle los huevos, chuparlos uno por uno, y luego volvió a engullirla hasta el fondo. La chupó con hambre, mejillas hundidas, lengua trabajando la vena gruesa. Cuando sintió que él se tensaba, se detuvo, se levantó y lo besó con la boca llena de saliva y sabor a sexo.

—Ahora me atas tú —susurró contra sus labios—. Muñecas y tobillos. Quiero quedarme abierta para ti. Usa las mismas medias. Y fóllame despacio. Tan despacio que me vuelva loca.

Volvieron al dormitorio. Sonia se tumbó en la cama enorme, piernas abiertas de par en par, brazos arriba. Gideon tomó las medias de seda negra, le ató una muñeca al barrote izquierdo, luego la derecha, tirando lo justo para que no pudiera cerrar del todo. Después le dobló las rodillas y le sujetó cada tobillo a los postes inferiores, dejándola expuesta: coño hinchado y goteante, culo aún entreabierto y brillando de semen. Ella tiró de las ataduras, sintiendo la seda morderle la piel, y la excitación le subió como una corriente caliente.

—Mírame —jadeó—. Tu puta madura atada y lista. Úsame.

Gideon se arrodilló entre sus muslos abiertos. Primero le lamió el coño otra vez, despacio, saboreando lo que todavía le salía. Chupó el clítoris hinchado hasta que ella se retorció contra las ataduras, gritando su nombre. Luego se alineó y empujó la polla gruesa centímetro a centímetro dentro de ese coño caliente y resbaladizo. Sonia arqueó la espalda todo lo que las medias le permitieron, gimiendo largo cuando él tocó fondo.

—Así… tan profundo… —susurró ella—. Muévete lento. Quiero sentir cada vena.

Él obedeció. Embestidas largas y controladas: salía casi del todo y volvía a hundirse hasta las bolas, el glande rozándole ese punto interno que la hacía temblar. Le miraba la cara en cada empujón, veía cómo se le abría la boca, cómo se le humedecían los ojos de placer. Una mano le amasaba una teta pesada, pellizcándole el pezón duro; la otra le frotaba el clítoris en círculos lentos. Sonia tiraba de las muñecas, el cuerpo entero tenso, el coño apretándole la verga con cada retirada.

—Cuéntame qué sientes —exigió él, voz ronca, sin acelerar—. Dime cómo se siente tener la polla de tu vecino joven enterrada así mientras estás atada.

—Se siente… joder… se siente que me estás abriendo otra vez —jadeó Sonia—. Que mi coño de divorciada se te come entero y que quiero que me lo destroces despacio. Que cada embestida me recuerda que perdí la apuesta y que estoy aquí para que me uses. Más… así… no pares.

Gideon se inclinó y le chupó un pezón mientras seguía follándola con esa lentitud brutal. El sonido era húmedo, obsceno, carne madura recibiendo carne joven. Ella se corrió primero, el cuerpo sacudiéndose contra las ataduras, el coño contrayéndose en oleadas que le exprimían la polla. Él no paró. Siguió metiéndosela lenta y profunda, sintiendo cómo ella lo mojaba hasta los huevos, hasta que Sonia gimió otra vez:

—Sácamela… métela en el culo otra vez. Quiero sentirte ahí despacio también. Ábreme del todo.

Él se retiró, le escupió generosamente en el agujero trasero ya usado y empujó la cabeza gruesa contra él. Sonia se relajó a propósito, respirando hondo, y lo dejó entrar centímetro a centímetro. Cuando estuvo dentro del todo se quedó quieto, dejándola acostumbrarse al relleno intenso, y luego empezó a moverse con la misma lentitud deliberada: embestidas largas que le abrían el esfínter una y otra vez. Le daba nalgadas suaves entre empujón y empujón, la carne madura temblando, y le frotaba el clítoris sin prisa.

—Qué puta tan buena eres —gruñó él—. Cuarenta y dos años y te dejas follar el culo atada a tu propia cama por el chico del piso de abajo. ¿Te gusta, Sonia? Dime que te gusta.

—Me encanta —gritó ella—. Fóllame más. Úsame el culo hasta que no pueda más. Quiero que me dejes marcada por dentro.

El ritmo se mantuvo lento pero inexorable. Gideon la miraba en el espejo del tocador, veía cómo las tetas le rebotaban con cada embestida profunda, cómo el semen anterior le salía del coño y le resbalaba hacia donde él la empalaba. Sonia se corrió otra vez con la polla enterrada en el culo, el esfínter apretándola a pulsos rítmicos, el grito ahogado contra la almohada. Él aguantó, sudando, follándola hasta que ella empezó a pedir con la voz rota:

—Desátame las piernas… quiero rodearte… quiero que me folles el coño otra vez mirándome a la cara.

Gideon le soltó los tobillos con dedos torpes. Ella lo rodeó de inmediato con las piernas maduras, talones clavados en su culo, y él se la clavó de nuevo en el coño de un solo golpe. Ahora el ritmo subió un poco: embestidas profundas y firmes, caderas golpeando contra las suyas, el cristal del ventanal a un lado reflejándolos sudorosos y unidos. Sonia tiraba de las muñecas todavía atadas, uñas clavadas en las palmas, mirándolo a los ojos oscuros.

—Córrete dentro —le ordenó—. Lléname otra vez. Quiero sentir tu leche caliente mientras sigo atada. Después te voy a pedir que me desates y me pongas de rodillas otra vez… pero no todavía. Primero lléname.

Gideon embistió tres veces más, gruñó su nombre y se vino a chorros gruesos dentro de ese coño maduro y apretado, bombeando hasta que sintió el desborde resbalarle por los huevos. Sonia llegó con él, el cuerpo entero convulsionando bajo el peso joven, el grito largo y roto llenando la habitación. Él se quedó hundido, jadeando, la frente apoyada en su pecho sudoroso, la polla todavía palpitante dentro.

Después de un rato se retiró despacio. El semen le salió a Sonia en un hilo espeso que le bajó por el culo y empapó la sábana. Gideon le desató las muñecas con cuidado, le masajeó las marcas rojas de la seda y la besó con hambre, saboreando el sudor y el sexo en su boca. Sonia se incorporó apenas, piernas temblorosas, y lo miró con esa sonrisa perezosa y peligrosa de siempre.

—Todavía no has terminado de cobrarme, guapo —susurró, pasándole la lengua por el labio inferior—. Quiero que me lleves a la ducha ahora. Quiero que me laves despacio con las manos, que me enjabones las tetas y el culo y el coño hasta que me vuelva a mojar. Y cuando estemos limpios… te voy a pedir que me folles contra la pared de azulejos, de pie, con el agua cayéndonos encima. Y si todavía puedes, después te voy a atar yo otra vez… pero esta vez a la silla del tocador. Quiero montarte mirándonos en el espejo hasta que me ruegues que te deje correrte. ¿Lo harás? ¿Seguirás cumpliendo todo lo que te pida esta noche?

Gideon la miró, la polla ya reaccionando otra vez solo de oírla, el cuerpo zumbando de cansancio dulce y de ganas nuevas. La tomó de la nuca y la besó profundo.

—Lo haré todo —prometió contra su boca—. Y más. La noche sigue siendo nuestra, Sonia.

Ella se rio bajito, se levantó con las piernas aún inestables y lo guió hacia la ducha del baño principal, el semen resbalándole por los muslos internos con cada paso. El agua caliente ya esperaba, y con ella todo lo que todavía no habían agotado.

Entraron en la ducha de mármol blanco sin soltarse. El agua caliente cayó de inmediato sobre sus cuerpos sudorosos y manchados, arrastrando hilos de semen seco por los muslos de Sonia y el pecho de Gideon. Ella le quitó el jabón de las manos y lo abrió ella misma, enjabonándole primero el pecho ancho, los dedos resbalando por los pezones duros, bajando por el abdomen tenso hasta envolverle la polla todavía medio hinchada. La frotó despacio, con la palma jabonosa, sintiendo cómo se engrosaba otra vez entre sus dedos.

—Así… limpia todo lo que te manché —susurró ella, voz ronca contra su cuello—. Quiero sentirte limpio antes de ensuciarte otra vez.

Gideon le devolvió el favor. Las manos grandes le recorrieron las tetas pesadas, levantándolas, enjabonando debajo donde el semen se había secado, pellizcando los pezones hasta que ella arqueó la espalda bajo el chorro. Bajó a su culo maduro, abrió las nalgas todavía rosadas de las nalgadas y le pasó los dedos por el agujero entreabierto, limpiando con cuidado lo que todavía le salía. Sonia gimió, apoyó las palmas en el azulejo frío y abrió más las piernas. Él se arrodilló un momento, le lamió el coño hinchado bajo el agua, saboreando el jabón y el resto de su propia corrida, hasta que ella le jaló el pelo.

—Levántate. Fóllame aquí. Ahora.

Él se puso de pie, la giró de espaldas contra la pared de azulejos húmedos y le levantó un muslo. La polla gruesa se deslizó dentro del coño empapado de un solo empujón profundo. Sonia gritó contra el mármol, el agua golpeándoles la nuca y los hombros. Gideon la embistió con fuerza, caderas chocando contra el culo maduro, una mano aplastándole una teta contra el azulejo, la otra sujetándole el muslo abierto. El chapoteo del agua mezclado con el sonido húmedo de su carne era obsceno. Cada embestida hacía que las tetas de ella rebotaran y se aplastaran; el vaho caliente les empañaba la piel.

—Más duro —jadeó Sonia—. Quiero que el agua no me limpie del todo… quiero sentir tu leche otra vez cuando salga.

Él obedeció, follándola sin piedad, la polla abriéndola hasta el fondo, rozando ese punto que la hacía temblar las piernas. Sonia se corrió primero, el coño apretándole en espasmos violentos, el grito ahogado contra el azulejo. Gideon la sostuvo, embistió tres veces más y se vino dentro, chorros calientes bombeando mientras el agua les caía encima y diluía el desborde que ya le resbalaba por los muslos. Se quedaron quietos un momento, jadeando, la frente de él apoyada en su nuca mojada.

Sonia se giró despacio, le besó la boca con lengua y sabores a jabón y sexo, y lo empujó suavemente hacia fuera de la ducha.

—Silla del tocador. Ahora te ato yo.

Lo secó apenas con una toalla, lo suficiente para que la piel quedara brillante, y lo llevó al tocador frente al espejo enorme. La silla de madera oscura esperaba. Sonia tomó otra vez las medias negras de seda, le hizo sentarse y le ató las muñecas a los brazos del sillón, tirando fuerte hasta que la seda le mordió la piel. Luego le separó las rodillas y le sujetó cada tobillo a las patas delanteras, dejándolo expuesto: polla gruesa ya otra vez dura, huevos pesados, pecho subiendo y bajando.

—Mírate —ordenó ella, poniéndose a horcajadas sobre él, de espaldas al espejo para que él viera todo—. Tu vecina de cuarenta y dos años va a montarte hasta que ruegues.

Se agarró la polla, la guió a su entrada todavía goteante y se la embistió entera de un golpe. Ambos gimieron. Ella empezó a cabalgarlo despacio al principio, subiendo hasta que solo el glande le quedaba dentro y bajando con todo el peso, el culo maduro golpeándole los muslos. En el espejo se veían mil veces: las tetas pesadas rebotando, el coño de Sonia tragándose la verga gruesa, el semen diluido de la ducha todavía brillándole en los muslos. Gideon tiraba de las ataduras, caderas empujando hacia arriba todo lo que podía.

—Cuéntame —exigió ella, acelerando, voz rota—. Qué se siente ver cómo me como tu polla en el espejo.

—Se siente que me estás destrozando otra vez —gruñó él—. Que tu coño de divorciada me aprieta como una puta y que quiero llenarte mirándonos. Joder, Sonia, no pares…

Ella se rio baja y sucia, se tocó el clítoris con dos dedos mientras se empalaba más rápido, el sonido chapoteante llenando el baño. Se corrió con un grito largo, el cuerpo rígido, el coño exprimiéndole la polla a contracciones rítmicas. No se detuvo. Siguió cabalgándolo salvajemente, tetas golpeándole la cara cada vez que se inclinaba, hasta que Gideon estuvo al borde.

—No todavía —jadeó ella, levantándose de golpe y sacándole la polla brillante—. Quiero tu boca otra vez.

Se giró, le puso el culo en la cara y se sentó. Gideon abrió la boca de inmediato. Lamió el agujero todavía sensible, chupó el coño hinchado, bebió lo que le escurría mientras ella se frotaba contra su lengua. Sonia se miraba en el espejo: su propio cuerpo maduro aplastándole la cara al chico de veinticuatro años, las tetas pesadas, el culo abierto. Se corrió otra vez así, empujando hacia abajo hasta que él casi no podía respirar, los jugos empapándole la barbilla.

Cuando se levantó, la polla de Gideon palpitaba roja y dura, goteando precum. Ella se volvió a montar de frente, esta vez mirándolo a los ojos y al espejo a la vez, y se la clavó hasta las bolas. Cabalgó con fuerza brutal, manos en su pecho, uñas clavadas, el culo maduro chocando una y otra vez.

—Córrete —ordenó—. Lléname mirándonos. Quiero ver cómo se te pone la cara cuando me llenas otra vez.

Gideon embistió hacia arriba con todo lo que le quedaba, gruñó su nombre y se vino a chorros gruesos dentro de ese coño apretado, bombeando hasta que el semen le salió alrededor de la base y le resbaló por los huevos. Sonia llegó con él, el cuerpo entero convulsionando, gritando contra su boca mientras lo besaba con hambre. Se quedaron unidos, sudorosos otra vez, el agua de la ducha todavía goteándoles del pelo, el espejo empañado de sus alientos.

Después de un rato largo ella se levantó despacio. El semen le cayó en un hilo espeso sobre el muslo de él. Le desató las muñecas y los tobillos con dedos torpes, le masajeó las marcas rojas y se dejó caer de rodillas entre sus piernas abiertas. Le lamió la polla blanda y sensible hasta limpiarla del todo, chupando cada gota, mirándolo desde abajo con esa sonrisa perezosa y peligrosa.

Gideon la atrajo hacia arriba, la sentó en su regazo y la abrazó contra el pecho todavía agitado. El aire acondicionado les erizó la piel húmeda. Sonia le pasó la lengua por el labio inferior, exactamente como al principio de la noche, y susurró contra su boca:

—Has cobrado cada puta apuesta… y yo he cobrado cada una de las mías.

Él la miró, exhausto y todavía duro por dentro, y ella añadió, voz baja, casi un ronroneo final mientras el semen le seguía resbalando:

—La verdad, guapo, es que llevaba semanas haciendo trampas con las cartas. Perdí a propósito desde la primera ronda.

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