Cata Compartida entre Amigos
Tres amigos calientes comparten a Tamara en un trío salvaje y consentido.
El calor del verano se colaba por las ventanas entreabiertas del minúsculo departamento que Emmett, Lorenzo y Tamara compartían desde hacía tres semanas de viaje. El aire acondicionado hacía un ruido ridículo, como un gato asmáticos, y las paredes sudaban casi tanto como ellos. Emmett, el bromista de siempre, se había quitado ya la camiseta y exhibía esos abdominales que tanto le gustaba flexionar “sin querer”. Lorenzo, más tímido pero con la mirada permanentemente clavada en el escote de Tamara, removía el arroz frito en la sartén como si su vida dependiera de no quemarlo. Tamara, de veinticuatro años, curvas generosas y una risa que llenaba la cocina, iba y venía en shorts cortísimos y una camiseta holgada que no ocultaba casi nada.
La cena se alargó entre carcajadas y vino barato. Emmett contó la anécdota de cuando Lorenzo se cayó de culo en el hostel de Lisboa y todos se orinaron de la risa. Lorenzo se sonrojó hasta las orejas, pero no apartó la vista de los labios de Tamara cada vez que ella lamió una gota de salsa de su propio dedo.
—Joder, chicos —dijo ella de pronto, apoyando los codos en la mesa y mirándolos con esa mezcla de picardía y sinceridad que siempre desarmaba—. ¿Os confieso algo de mierda?
—Si es de mierda, mejor —respondió Emmett, levantando la copa—. Suéltalo.
Tamara se rio, se pasó la lengua por el labio inferior y soltó:
—Siempre he fantaseado con estar con los dos a la vez. Los dos. Pollas, manos, bocas… todo. ¿Os parece asqueroso o me estáis imaginando ya doblemente empotrada?
El silencio duró medio segundo. Luego Emmett soltó una carcajada ronca.
—Hostia puta, Tamara. Me acabas de poner más duro que el mango de la sartén. Lorenzo, di algo, que se te ve el pantalón a punto de reventar.
Lorenzo carraspeó, la voz un poco más grave de lo normal:
—No… no me parece asqueroso. Me pone a mil. Llevo años callándome esa misma idea. Cada vez que te veo en toalla después de la ducha se me va la pinza.
Tamara se inclinó hacia delante, las tetas casi cayéndosele de la camiseta, y les guiñó un ojo.
—Entonces… ¿jugamos a algo? Verdades o retos. Y que nadie se haga el santo.
El juego empezó inocente: “¿Quién se ha pajeado pensando en los otros dos?”. Emmett levantó la mano sin vergüenza. Lorenzo admitió que sí, dos noches atrás, con la puerta del baño entreabierta. Tamara confesó que se había corrido imaginando las dos pollas a la vez, una en cada agujero, y lo dijo tan campante que Emmett casi se atraganta con el vino.
El primer reto fue para ella: quitarse la camiseta. Tamara se rio, se la sacó de un tirón y se quedó en el sujetador negro que apenas contenía sus pechos pesados y redondos. Los pezones se le marcaban duros.
—Vuestra turno, cabrones. Tocaos la entrepierna. Quiero ver cuánto os calienta esto.
Emmett no dudó: se agarró el bulto por encima del pantalón corto y se apretó, dejando clara la erección gruesa que le tensaba la tela. Lorenzo, más torpe, hizo lo mismo; su polla ya se le marcaba diagonal, oscura y gorda. Tamara se lamió los labios.
—Venid aquí.
Se acercaron. Emmett la besó primero, profundo, sucio, mordiéndole el labio inferior mientras le metía una mano por debajo del sujetador y le pellizcaba el pezón. Lorenzo esperó su turno y, cuando Emmett se apartó, la besó con más hambre de la que nadie le conocía: lengua, dientes, un gemido bajo que le vibró en la garganta a ella. Las manos de ambos recorrían su cintura, su culo, el borde de los shorts.
Tamara se arrodilló en el suelo de baldosas calientes, entre las piernas de los dos. Les bajó los pantalones de un jalón cada uno. Las pollas saltaron libres: la de Emmett gruesa, venosa, curvada hacia arriba; la de Lorenzo un poco más larga, con la cabeza ya brillante de precum. Ella las agarró las dos a la vez, una en cada mano, y las bombeó despacio, mirándolos desde abajo.
—Quiero que me folléis juntos esta misma noche. Las dos pollas. Me da igual el orden. Me da igual el dolor. Solo… metédmelas. Ahora.
No hizo falta más. Emmett la levantó como si no pesara, la tumbó de espaldas en el sofá estrecho y le arrancó los shorts y las bragas de un tirón. El coño de Tamara estaba empapado, los labios hinchados y brillantes. Se acomodó entre sus muslos y le empujó la polla de un solo golpe hasta el fondo. Ella gritó de puro placer, las uñas clavándosele en los hombros.
—Joder, qué apretado… —jadeó Emmett, empezando a follarla en misionero con embestidas profundas y rítmicas—. Lorenzo, dale de comer a esa boquita sucia.
Lorenzo se arrodilló junto a su cabeza. Tamara giró la cara, abrió la boca y se tragó la polla de Lorenzo hasta casi la base, baboseando, haciendo ruiditos obscenos mientras Emmett le martilleaba el coño. Cada embestida de Emmett la empujaba más contra la polla de Lorenzo; cada chupada de ella hacía que Lorenzo gimiera y le acariciara el pelo.
—Mírala —dijo Emmett entre risas entrecortadas—. Parece que le han puesto un chupachups de carne en cada extremo. Tamara, di “mmmf” si quieres que te rompamos más fuerte.
Ella hizo exactamente ese sonido ahogado y se corrió enseguida, el coño apretándole la polla a Emmett en espasmos rítmicos. No pararon. La giraron. Ahora Tamara estaba a cuatro patas en el sofá, el culo en pompa. Lorenzo se colocó detrás, le escupió en el culo, le metió un dedo y luego la punta de la polla. Ella empujó hacia atrás.
—Despacio… no, mentira, métemela de una vez, Lorenzo, que te veo temblando.
Lorenzo se la clavó por el culo con un gemido largo. Al mismo tiempo Emmett se arrodilló delante y le ofreció de nuevo la polla. Tamara se la metió entera, babas cayéndole por la barbilla, mientras Lorenzo la follaba por detrás con embestidas cada vez más profundas. La doble penetración —polla en el culo, polla en la boca— la tenía temblando y riendo entre gemidos.
—Si me rompéis el culo os denuncio… o os pido propina —bromeó ella cuando Emmett se sacó un segundo para que pudiera hablar—. Cambiad. Quiero cabalgar.
Se recolocaron. Emmett se tumbó y ella se montó a horcajadas, hundiéndose en su polla de un solo movimiento. Lorenzo se puso de pie en el sofá y le ofreció la verga a la boca otra vez. Tamara cabalgaba a Emmett con el culo rebotando, tetas saltándole, mientras chupaba a Lorenzo con glotonería. Los tres sudaban, olían a sexo y a vino barato. Emmett le daba palmadas en el culo y le decía:
—Más rápido, yegua. Que Lorenzo se va a correr solo de verte así.
Cambios constantes: ella de rodillas chupando las dos pollas a la vez, lamiendo de una a otra como si fueran helados; luego Emmett follándola de lado mientras Lorenzo le apretaba las tetas y le metía los dedos en la boca; después otra vez a cuatro patas con Lorenzo en el coño y Emmett recibiendo una mamada profunda que le hacía echar la cabeza hacia atrás.
El final del tramo llegó casi a la vez. Tamara estaba otra vez montada en Emmett, rebotando desesperada, el clítoris frotándose contra su pubis. Lorenzo se puso de pie a su lado, masturbándose mirando cómo ella se la comía con el coño.
—Dentro… quiero correrme dentro —gruñó Emmett.
—Y yo en esas tetas —añadió Lorenzo, la voz rota.
Tamara gritó que sí, que se corrieran, que la llenaran. Emmett se corrió primero, chorros calientes inundándole el coño mientras ella se sacudía en su propio orgasmo, el culo apretando. Lorenzo aguantó dos segundos más, se sacó a chorros gruesos y blancos sobre las tetas de Tamara, pintándole los pezones y el canalillo, goteándole hasta el ombligo. Ella se rio, se pasó un dedo por el semen de Lorenzo y se lo chupó, mirándolos a los dos con los ojos brillantes de lujuria todavía no saciada.
—Joder… —susurró, todavía con la polla de Emmett dentro, blanda pero no del todo—. Esto solo ha sido el aperitivo, ¿verdad? Porque yo todavía tengo el culo pidiendo guerra y las ganas de que me dejéis temblando hasta mañana.
Emmett le dio un azote suave en el muslo y Lorenzo le limpió una gota de semen del pezón con el pulgar. El aire del departamento seguía denso, caliente, cargado de la promesa de que la noche no había terminado ni de lejos.
El sofá seguía oliendo a sexo barato y a sudor de verano cuando Tamara se sacó la polla blanda de Emmett de un movimiento lento, dejando que un hilito de semen le resbalara por el muslo interno. Se rio, se pasó la lengua por los dientes y miró a los dos tíos como si acabaran de servirle el primer plato de un menú degustación.
—Aperitivo cumplido —anunció, dándose palmadas en las tetas todavía pringosas—. Ahora toca el segundo. Y no me miréis con esa cara de «ya me he corrido y me duele la rodilla». Tenéis veinte minutos de carga y después volvéis a la guerra. Lorenzo, ve por más vino. Emmett, limpia este desastre de pechos porque si me seco así voy a oler a tu colega toda la noche.
Emmett se rio por lo bajo, se inclinó y le lamió un pezón con una lengüetada exagerada, haciendo ruido de aspiradora averiada.
—Señorita Tamara, servicio de limpieza a domicilio. ¿Quiere que le passe también el coño o prefiere que lo deje bien pringoso para la siguiente ronda?
—Pásalo todo, cabrón. Y no te hagas el tierno.
Mientras Emmett le limpiaba las tetas con la lengua y algún mordisquito juguetón, Lorenzo volvió de la cocina con la botella de tinto y tres vasos que ya nadie iba a usar. Se había puesto solo los bóxers otra vez, pero la tela ya volvía a marcar un bulto prometedor. Se dejó caer al lado de ellos en el sofá estrecho, se pasó una mano por el pelo empapado y soltó:
—Joder, si me hubierais dicho hace tres semanas que íbamos a acabar así… yo todavía pensaba que lo más salvaje de este viaje iba a ser el kebab de las cuatro de la mañana.
Tamara le robó la botella, bebió a morro y se le escapó un hilito de vino por la comisura. Emmett se lo lamió antes de que llegara a la mandíbula.
—Pues ahora lo más salvaje va a ser mi culo pidiendo refuerzos —dijo ella—. Porque os lo juro por la sartén del arroz frito: quiero las dos a la vez. Una delante, una detrás. Y si me quejo, me calláis con una polla. Trato hecho.
Lorenzo se atragantó con su propio trago. Emmett soltó una carcajada que le vibró en el pecho.
—Mira que eres delicada, eh. «Si me quejo, me calláis con una polla». Deberíamos grabarlo y mandárselo a tu madre… no, espera, mejor no. Lorenzo, ¿tú aguantas el ritmo o te vas a poner nervioso otra vez como cuando te cayó el hostel encima del culo?
—Que te den —replicó Lorenzo, pero ya se estaba bajando los bóxers otra vez. Su polla saltó semi-dura, empezando a engordar solo de oírla—. Yo entro donde me digáis. Solo… ve despacio al principio, que no quiero dejarte coja para el resto del viaje.
—Despacio es de cobardes —canturreó Tamara, poniéndose a gatas en el sofá y empujando el culo hacia atrás, presentándoselo como un trofeo—. Emmett, tú debajo. Quiero sentarme en esa curva tuya. Lorenzo, tú por detrás. Y si alguno se corre antes de que yo diga «ahora», le toca fregar el baño mañana.
Emmett se tumbó de espaldas, la polla ya otra vez dura y brillante, apuntando al techo como una brújula sucia. Tamara se montó a horcajadas, se agarró a su pecho y se fue bajando centímetro a centímetro, gimiendo cuando la cabeza gruesa le abrió de nuevo el coño todavía hinchado y resbaladizo. Se sentó hasta el fondo, se movió un par de veces en círculos y luego se inclinó hacia delante, ofreciendo el culo a Lorenzo.
—Mira qué agujero tan educado —bromeó Emmett, agarrándole las caderas—. Parece que te está haciendo señas. «Entrad, por favor, hay sitio para dos».
Lorenzo se arrodilló detrás, escupió generosamente entre las nalgas de Tamara y le pasó el pulgar por el culo, hundiéndolo hasta el nudillo. Ella empujo hacia atrás con un gemido que se le partió en risa.
—Más saliva, Lorenzo, que no soy un molde de silicona… joder, sí, así. Ahora la polla. Despacio… no, mentira otra vez. Métemela.
La cabeza de Lorenzo rozó el anillo apretado. Empujó. Tamara arqueó la espalda y soltó un jadeo largo, casi teatral.
—Hostia puta… se siente… se siente todo. Emmett, no te muevas todavía o me parto por la mitad y os denuncio por daños estructurales.
Emmett se rio debajo de ella, le pellizcó un pezón y le dijo al oído:
—Relájate, reina. Respira. Piensa en lo que vas a contar mañana en el chat de las amigas: «Anoche me follaron los dos roomies a la vez y casi me sale el alma por la boca».
Lorenzo empujó más. La polla fue entrando, gruesa, caliente, abriéndola con una lentitud deliciosa y torturante. Cuando estuvo a mitad, Tamara soltó un «joder sí» que sonó a victoria. Cuando llegó al fondo, los tres se quedaron un segundo quietos, sudando, respirando el mismo aire denso.
—Mira esto —susurró Emmett, moviendo las caderas apenas un milímetro—. Siento la polla de Lorenzo a través de ti. Como si nos estuviéramos dando la mano por dentro. Qué asco tan rico.
Tamara se rio entre gemidos, la risa saliendo entrecortada.
—Sois idiotas… y me estáis matando de gusto. Ahora moveos. Alternaos. Quiero sentir cómo me estiráis entre los dos.
Empezaron despacio. Emmett subía cuando Lorenzo se retiraba un poco; Lorenzo entraba cuando Emmett bajaba. El ritmo se fue acelerando, húmedo, obsceno, el sonido de piel contra piel mezclado con las risas sofocadas de ella cada vez que alguna embestida le sacaba el aire. Las tetas de Tamara rebotaban contra el pecho de Emmett; Lorenzo le agarraba las nalgas y las abría para ver cómo su polla desaparecía una y otra vez.
—Más fuerte —pidió ella, la voz ya hecha un hilo ronco—. Quiero que me lo notéis mañana al caminar. Emmett, dime algo guarro. Lorenzo, tú cállate y folla.
—Estás tan llena que parece que te han metido un kebab doble —soltó Emmett, y los tres se partieron de risa incluso mientras follaban—. En serio, Tamara, si sigues apretando así me voy a correr otra vez y vas a tener que cobrarme propina.
Lorenzo, más callado pero igual de perdido, se inclinó sobre su espalda, le mordió el hombro y gruñó:
—Joder, qué estrecho… se me va a salir el alma. Tamara, si sigues riéndote me la aprietas más y acabo antes de tiempo.
Ella se rio a propósito, el coño y el culo contrayéndose alrededor de las dos pollas, y los dos hombres gimieron al unísono. El sofá crujía amenazando con rendirse. El aire acondicionado seguía silbando como un gato moribundo. Tamara se corrió primero: un orgasmo largo, tembloroso, que le hizo echar la cabeza hacia atrás y gritar el nombre de los dos mezclado con un «hijos de puta, qué bien». El coño le exprimió a Emmett; el culo le agarró a Lorenzo como una mano.
No pararon. La giraron sin sacársela del todo. Ahora Emmett estaba sentado en el borde del sofá, Tamara de espaldas a él, empalada en su polla, y Lorenzo de rodillas delante, lamiéndole el clítoris mientras ella subía y bajaba. Después la tumbaron de lado: Emmett por detrás en el culo, Lorenzo por delante en el coño, las dos pollas rozándose dentro otra vez, las manos de los tres enredadas en tetas, culos, pelo. Tamara no paraba de soltar comentarios entre gemidos:
—Si esto sale mal… os dejo las maletas en la puerta… joder, otra vez… sí, ahí… Emmett, azótame el culo otra vez que se me pone tonta la cabeza.
Emmett le dio tres palmadas sonoras. Lorenzo le besó la boca para callarla un segundo y luego se la ofreció de nuevo a la garganta cuando cambiaron otra vez: ella a cuatro patas, Emmett follándole la boca con embestidas profundas mientras Lorenzo la machacaba por el culo con ritmo brutal y cariñoso a la vez.
El sudor les corría por la espalda. El semen anterior de Lorenzo se había secado en costritas saladas sobre las tetas de ella. Emmett se sacó de la boca de Tamara solo para decirle, con la voz ronca de risa y de placer:
—Vas a quedar hecha un trapo. Mañana vas a caminar como vaquera y la gente va a preguntar si te has caído de un caballo. Y tú vas a sonreír y decir «dos caballos, señora, y los dos con mucha pasta».
Tamara se atragantó de risa con la polla a medio meter y tuvo que apartarse un segundo, tosiendo y riendo al mismo tiempo.
—Sois peores que una comedia porno de bajo presupuesto… y me encanta. Ahora otra vez los dos dentro. Quiero correrme otra vez sintiendo cómo os movéis los dos. Y después… después quiero que me dejéis en la cama y me folléis despacio hasta que no pueda más. ¿Trato?
Lorenzo y Emmett se miraron por encima de su espalda arqueada, sudorosos, con las pollas aún duras y brillantes, y asintieron al unísono como dos idiotas felices.
Se recolocaron en el suelo esta vez, sobre la alfombra raída. Emmett se tumbó, Tamara se montó en su polla de un solo descenso húmedo, y Lorenzo se arrodilló detrás otra vez. La segunda doble penetración fue más fácil, más profunda, más salvaje. Los tres se movían como si llevaran años ensayando. Tamara se corrió otra vez, gritando y riéndose a la vez, las uñas clavadas en el pecho de Emmett. Lorenzo aguantó un poco más, Emmett también, ambos con los dientes apretados y los comentarios guarrísimos saliendo a trompicones.
Cuando el segundo orgasmo de ella los empujó al borde, Emmett gruñó:
—Dentro otra vez… o fuera… tú decides, reina.
—Dentro los dos —jadeó ella—. Quiero sentiros salir a la vez. Y después me lamiéis limpia. Y después… joder, después lo que sea. Solo no paréis todavía.
Lorenzo se corrió primero por el culo, empujones calientes y profundos, el semen saliéndole a chorros mientras gemía el nombre de ella. Emmett le siguió segundos después, inundándole el coño otra vez, las caderas sacudiéndose debajo de ella. Tamara se quedó quieta un momento, llena, temblando, con una sonrisa idiota y brillantes los ojos.
Se dejaron caer en un montón de brazos y piernas sudorosas. El aire del departamento olía ahora a sexo en dosis industriales. Emmett le pasó una mano perezosa por el culo y le dijo:
—Aún no hemos terminado, ¿verdad?
Tamara se rio flojito, se estiró entre los dos y susurró, ya con la voz ronca de tanto gemir y reír:
—Ni de coña. Me debéis la tercera ronda. Y esta vez quiero que me atéis las manos con esa camiseta tuya, Emmett, y que me folléis turnándoos hasta que se me olvide cómo se escribe mi nombre. Lorenzo, tú trae toallas y más vino. Porque esto… esto acaba de ponerse serio.
El aire acondicionado siguió silbando. Fuera, la noche de verano seguía caliente. Y dentro del minúsculo departamento, los tres cuerpos ya empezaban a moverse otra vez, buscando la siguiente ronda con la misma hambre gamberra y consentida de siempre.
El aire seguía denso y caliente cuando Lorenzo regresó de la cocina con dos toallas humedecidas y la botella a medio beber. Tamara ya estaba tumbada de espaldas en la alfombra raída, las piernas abiertas sin pudor, el semen de los dos resbalándole por el muslo y el culo. Emmett se había quitado la camiseta sudada y la retorcía entre las manos como si fuera una soga de cotillón barato.
—Manos arriba, reina —ordenó él con esa sonrisa de quien sabe que va a liarla—. Y no te quejes si después no encuentras tu nombre ni en el pasaporte.
Tamara levantó las muñecas sin dudar. Emmett le cruzó la tela alrededor, tiró fuerte y le hizo un nudo torpe pero firme. Ella tiró un poco para probarlo y soltó una carcajada ronca.
—Joder, Emmett, pareces el monstruo de las galletas atando regalos. Pero me pone. Lorenzo, deja las toallas y ven aquí. Quiero que me mires mientras me la meten.
Lorenzo se arrodilló entre sus piernas, todavía con la polla semi-dura y brillante de restos. Le pasó la toalla por el coño con una lentitud que era casi una burla, limpiando el desastre anterior solo lo justo para empezar de nuevo. Luego se inclinó y le lamió el clítoris con una lengüetada ancha y ruidosa, como si estuviera degustando el postre del menú degustación.
—Sabe a nosotros dos mezclados —murmuró contra su coño—. Como un cocktail de mierda cara. Tamara, si te ries ahora te la clavo entera de una.
Ella se rio igual. El pecho le subía y bajaba, las tetas todavía pringosas de antes, los pezones duros. Emmett se colocó a horcajadas sobre su pecho, la polla ya otra vez erecta y curvada, y se la rozó por los labios.
—Abre esa boquita guarra. Y no digas «mmmf» hasta que yo te lo permita. Lorenzo, tú empotra. Turnos, como pidió la jefa. Primero tú, que te veo temblando otra vez.
Lorenzo no esperó más. Se acomodó, le abrió los labios hinchados del coño con los pulgares y empujó de un golpe seco hasta el fondo. Tamara arqueó la espalda, las manos atadas tirando del nudo, y se atragantó a medias con la polla de Emmett que ya le llenaba la boca. El sonido fue obsceno: chupadas húmedas, el golpeteo de las bolas de Lorenzo contra su culo, las risas entrecortadas de ella cada vez que una embestida le sacaba el aire.
—Hostia, qué apretada sigues —jadeó Lorenzo, agarrándole las caderas y follándola con ritmo profundo y constante—. Se te nota el orgasmo anterior todavía. Emmett, mírala: parece que le han puesto un collar de manos y no sabe qué hacer con la cara.
Emmett se rio, le agarró el pelo y le folló la boca con embestidas cortas y sucias, la cabeza gruesa rozándole la garganta.
—Traga, Tamara. Y piensa en lo que vas a decir mañana: «Chicos, anoche me ataron y me turnaron como si fuera un puticlub de tres euros». Lorenzo, más fuerte. Que se le olvide hasta el DNI.
Tamara se corrió enseguida, el coño contrayéndose alrededor de la polla de Lorenzo en espasmos rítmicos que le hicieron echar la cabeza hacia atrás y soltar la verga de Emmett con un hilito de babas. Gritó sus nombres mezclados con un «hijos de puta, no paréis» que sonó a victoria y a amenaza a la vez. Lorenzo no se detuvo. Siguió embistiéndola mientras ella temblaba, las tetas rebotando, el nudo de la camiseta rozándole las muñecas enrojecidas.
Cuando ella bajó un poco del pico, Emmett se apartó y le hizo un gesto a Lorenzo.
—Cambio. Yo entro. Tú a la boca. Y Tamara, no te hagas la víctima: pediste turnos hasta olvidar el nombre. Vamos a ver cuánto aguanta esa memoria de pez.
Se recolocaron sin sacarla del todo. Lorenzo se retiró despacio, dejando el coño abierto y goteando, y se arrodilló junto a su cara. Emmett se metió entre sus muslos, le levantó las piernas hasta casi doblarla por la mitad y se la clavó de un solo movimiento brutal. El ángulo era más profundo; ella gimió largo y se tragó la polla de Lorenzo hasta casi atragantarse otra vez, las manos atadas apretando el puño.
—Joder, Emmett… se siente… se siente que me estás abriendo otra vez —jadeó ella cuando pudo hablar un segundo—. Lorenzo, no te quedes mirando: fóllame la garganta. Quiero babear hasta el ombligo.
Lorenzo obedeció, sujetándole la cabeza con cuidado y empujando despacio al principio, luego más hondo. Emmett le daba palmadas sonoras en el culo cada vez que entraba hasta el fondo, el sonido seco mezclado con las risas de los tres. El sofá crujía a un lado como si protestara. El aire acondicionado seguía silbando su queja de gato moribundo.
—Más… joder, más —pidió Tamara entre chupadas—. Quiero que me dejéis coja y muda. Emmett, dime algo guarro o te muerdo la polla la próxima vez.
—Estás tan llena de semen viejo y nuevo que pareces un doughnut relleno de crema barata —soltó Emmett, y los tres se partieron de risa incluso mientras follaban—. En serio, si sigues apretando así me corro y te dejo el coño como una fuente. Lorenzo, ¿aguantas o te vas a venir solo de verla babear?
Lorenzo gruñó algo incoherente y se sacó de la boca de ella solo para decir:
—Que te den. Me estoy aguantando las ganas de correrme en esa cara solo para que me mires después con esa sonrisa de «ya me habéis destrozado». Tamara, si te ries otra vez me la aprietas con la garganta y acabo.
Ella se rio a propósito, el coño y la boca contrayéndose, y los dos hombres gimieron al unísono. Emmett aceleró, las embestidas más secas, más hondas, el sudor cayéndole en gotas sobre el pecho de ella. Tamara se corrió otra vez, un orgasmo largo que le hizo tensar todo el cuerpo, las uñas clavándose en las palmas, el nudo de la camiseta apretándole las muñecas. El grito se le ahogó contra la polla de Lorenzo.
No pararon. La giraron con cuidado, las manos todavía atadas a la espalda. Ahora estaba a cuatro patas en la alfombra, el culo en pompa, el coño hinchado y brillante. Lorenzo se colocó detrás y se la empotró de un jalón, mientras Emmett se arrodillaba delante y le ofrecía la verga otra vez.
—Traga y aguanta —le dijo Emmett con voz ronca de risa—. Porque después de esto te vamos a follar despacio en la cama, como pediste. Pero primero quiero verte temblar otra vez. Lorenzo, dale caña. Que se le olvide hasta cómo se dice «por favor».
Lorenzo la follaba con ritmo brutal y cariñoso a la vez, las manos abriéndole las nalgas para ver cómo desaparecía su polla. Emmett le follaba la boca con embestidas profundas, la cabeza echada hacia atrás, gimiendo cada vez que ella se atragantaba un poco y seguía. Tamara no paraba de soltar ruidos ahogados, risas entrecortadas, comentarios guarrísimos cuando podía:
—Si me rompéis… os dejo las maletas… joder, sí… ahí… Emmett, azótame otra vez… Lorenzo, más hondo… sois peores que una peli porno mala y me encanta…
El sudor les corría por la espalda. El olor a sexo era industrial. Emmett se sacó un momento solo para lamerle una gota de semen seco del pezón y luego volvió a meterse en su boca. Lorenzo se inclinó sobre su espalda, le mordió el hombro y aceleró hasta que ella se corrió por tercera vez en la ronda, el cuerpo sacudiéndose, el culo apretándole la polla como una mano desesperada.
Cuando bajó del pico, jadeando y riendo a la vez, Emmett le desató las manos con un tirón. Las muñecas le habían quedado marcadas de rojo. Ella se frotó las muñecas, se giró y los miró a los dos con los ojos brillantes, la voz ya hecha un hilo ronco.
—A la cama. Ahora. Quiero que me tumbéis y me folléis turnándoos despacio, sin prisa, hasta que no sepa ni quién soy. Y si alguno se corre antes de tiempo… le toca limpiar el baño y el sofá. Trato.
Se levantaron tambaleándose, risas flojas, pollas todavía duras y brillantes. Lorenzo recogió la botella y las toallas. Emmett la levantó en brazos como si no pesara, a pesar de las quejas juguetonas de ella.
—Cuidado con la espalda, machote —bromeó Tamara, mordiéndole el hombro—. Que todavía me debéis la parte lenta. Y yo quiero sentir cada centímetro otra vez. Las dos. Una detrás de otra. Hasta que se me borre el nombre.
La habitación del fondo olía a maletas abiertas y a verano. La cama era estrecha, pero suficiente. Emmett la tumbó en el centro, se acomodó entre sus piernas y entró despacio esta vez, centímetro a centímetro, mirándola a los ojos mientras Lorenzo se sentaba a su lado y le acariciaba el pelo.
—Despacio, como pediste —susurró Emmett, moviendo las caderas con una lentitud torturante—. Di tu nombre. A ver si todavía lo recuerdas.
—Ta… mara… —jadeó ella, arqueándose—. Joder… otra vez… Lorenzo, tú después. Quiero las dos. Turnos hasta que no quede nada.
Lorenzo se inclinó, le besó la boca sucia y le dijo al oído:
—Cuando me toque te voy a follar tan despacio que vas a pedir que te mate de gusto. Y después… después vemos si todavía sabes cómo se escribe lo que sea.
Emmett seguía entrando y saliendo con ritmo pausado, profundo, el sonido húmedo llenando la habitación. Tamara gemía bajo, las manos ya libres agarrándole los hombros, las piernas rodeándole la cintura. El placer subía otra vez, lento, inevitable. Lorenzo se masturbaba mirándolos, la polla gruesa y lista, esperando su turno.
El aire acondicionado silbó más fuerte. Fuera, la noche seguía caliente. Y dentro, los tres cuerpos ya se movían hacia la siguiente oleada, sudorosos, consentidos, con la misma hambre gamberra de siempre, sabiendo que la cama apenas acababa de empezar a crujir.
Emmett seguía entrando y saliendo con esa lentitud de cabrón que sabía exactamente dónde rozar. Cada embestida hundía la polla curvada hasta el fondo del coño hinchado de Tamara, abriéndola con un sonido húmedo y obsceno que llenaba la habitación estrecha. Ella arqueaba la espalda, las uñas clavándosele en los hombros sudorosos, y soltaba gemidos bajos entremezclados con risitas entrecortadas.
—Ta… mara… —repitió ella, la voz ya hecha un hilo ronco de tanto tragar polla—. Joder, Emmett, si sigues así me voy a olvidar hasta del puto DNI. Muévete un poco más… no, mentira, sigue despacio que me estás matando de gusto.
Él se rio por lo bajo, le pellizcó un pezón duro y le dio una embestida más profunda, sintiendo cómo el semen anterior de los dos le resbalaba por las bolas.
—Di tu nombre otra vez, reina. A ver si la memoria de pez aguanta. Porque yo te estoy follando tan lento que hasta el aire acondicionado se está aburriendo de escucharte gemir.
Tamara se rio, el coño apretándole la verga en un espasmo juguetón, y Emmett gruñó.
—Hijos de puta… Tamara… joder, sí, ahí. Lorenzo, deja de pajearte mirando y ven. Quiero tu polla en la boca mientras este cabrón me abre despacio.
Lorenzo no se hizo de rogar. Se arrodilló junto a su cara, la polla gruesa y brillante ya goteando precum otra vez, y se la rozó por los labios hinchados. Tamara abrió la boca con glotonería, se la tragó hasta casi la base, babas cayéndole por la barbilla mientras Emmett le martilleaba el coño con ritmo torturante. El contraste la estaba volviendo loca: la lentitud brutal abajo, la polla caliente y salada llenándole la garganta. Pensó, entre chupadas, que si alguien hubiera entrado en ese momento los habría visto como un sandwich de carne barata y sudor de verano, y la idea la hizo reír con la boca llena, el sonido vibrándole a Lorenzo hasta las bolas.
—Mírala —jadeó Emmett, acelerando un milímetro solo para joder—. Parece que le han puesto el postre en los dos extremos otra vez. Tamara, si te ries más me la aprietas y me corro antes de tiempo. Y entonces te toca limpiar tú el sofá, jefa.
Ella se sacó la polla de Lorenzo solo un segundo, un hilito de baba uniendo sus labios a la cabeza gruesa.
—Que te den, Emmett. Sigue. Quiero correrme sintiendo cómo me estiras. Lorenzo, fóllame la garganta más hondo. Y no te corras aún, cabrones, que me debéis la ronda completa.
Lorenzo empujó despacio al principio, luego más profundo, sujetándole el pelo con cuidado mientras Emmett le levantaba las piernas hasta casi doblarla por la mitad. El ángulo era bestial; la polla de Emmett le rozaba ese punto interno que la hacía ver estrellas y soltar ruidos ahogados. Tamara se corrió así, temblando, el coño exprimiendo a Emmett en oleadas rítmicas, el culo apretando contra la cama estrecha. El grito se le ahogó contra la verga de Lorenzo, babas y precum mezclándosele por la cara.
No pararon. Emmett se sacó con un sonido húmedo, el coño de ella quedando abierto y goteando semen viejo y nuevo, y le hizo un gesto a Lorenzo.
—Cambio, colega. Tú despacio ahora. Yo a la boca. Y Tamara, no te hagas la víctima: pediste turnos hasta olvidar el nombre. Vamos a ver cuánto te dura esa puta memoria.
Se recolocaron. Lorenzo se acomodó entre sus muslos, le abrió los labios hinchados del coño con los pulgares y empujó centímetro a centímetro, gimiendo cuando la cabeza gruesa desapareció dentro del calor apretado. Tamara arqueó la espalda, las manos ya libres agarrándole el culo a Lorenzo, y se tragó la polla de Emmett de un jalón, chupando con glotonería mientras el otro la follaba con esa lentitud que ella misma había pedido. Cada embestida de Lorenzo era profunda, casi cariñosa de lo lenta, pero salvaje en cómo le abría el coño todavía sensible. Emmett le follaba la boca con embestidas cortas y sucias, la cabeza gruesa rozándole la garganta, y soltaba comentarios guarrísimos entre risas.
—Estás tan llena de semen que pareces un kebab doble con salsa extra —soltó Emmett, y los tres se partieron de risa incluso mientras follaban—. En serio, Tamara, si mañana caminas coja la gente va a pensar que te has caído de dos caballos a la vez. Di tu nombre. Rápido.
—Ta… joder… mara… —jadeó ella cuando pudo, la voz hecha mierda—. Lorenzo, más hondo… no pares… Emmett, calla y fóllame la boca o te muerdo.
Lorenzo aceleró un poco, las bolas golpeándole el culo, el sudor cayéndole en gotas sobre el vientre de ella. Pensó, mientras la miraba babear y gemir, que tres semanas atrás estaba quemando arroz frito y ahora tenía la polla enterrada hasta el fondo en el coño de Tamara, sintiendo los restos de Emmett resbalarle por las bolas. La idea le sacó una carcajada ronca que vibró dentro de ella.
—Se te nota el orgasmo anterior todavía —gruñó Lorenzo, agarrándole las caderas—. Apretando como si quisieras sacarme el alma. Emmett, mírala: parece que le han puesto un collar invisible y no sabe ni quién es.
Tamara se corrió otra vez, un orgasmo largo y tembloroso que le hizo tensar todo el cuerpo, las uñas clavándose en las nalgas de Lorenzo, el grito ahogado contra la polla de Emmett. El coño le exprimió con fuerza; el culo se le contrajo como pidiendo más. No se detuvieron. La giraron a cuatro patas en la cama estrecha, el colchón crujiendo bajo el peso de los tres. Ahora Lorenzo se la empotraba por detrás con ritmo profundo y constante, las manos abriéndole las nalgas para ver cómo su polla desaparecía en el coño hinchado, mientras Emmett se arrodillaba delante y le llenaba la boca otra vez.
—Traga y aguanta —le dijo Emmett con voz ronca de risa y placer—. Porque después de esto te vamos a llenar otra vez. Di tu nombre, reina. A ver si queda algo.
—No… me… acuerdo… joder, sí… ahí… —jadeó ella entre chupadas, riendo y gimiendo a la vez—. Sois peores que una peli porno de tres euros… y me encanta. Más fuerte. Quiero que me dejéis el coño como una fuente y el culo pidiendo guerra otra vez.
Lorenzo se inclinó sobre su espalda, le mordió el hombro y aceleró, las embestidas más secas, más hondas, el sonido de piel contra piel mezclado con las risas sofocadas de ella. Emmett le follaba la garganta con ganas, la cabeza echada hacia atrás, gimiendo cada vez que ella se atragantaba un poco y seguía. El sudor les corría por la espalda en ríos. El olor a sexo era industrial, denso, a vino barato y a verga usada. Tamara se corrió por tercera vez en la ronda, el cuerpo sacudiéndose, el culo apretándole la polla a Lorenzo como una mano desesperada, las tetas rebotando bajo ella.
Cuando bajó del pico, jadeando y riendo a la vez, Emmett se sacó de su boca y le dijo al oído, sucio:
—Ahora los dos otra vez. Quiero sentir la polla de Lorenzo a través de ti. Y tú vas a olvidarte hasta de cómo se dice «por favor».
Se recolocaron en un montón de brazos y piernas. Emmett se tumbó de espaldas, Tamara se montó en su polla de un solo descenso húmedo y profundo, hundiéndose hasta el fondo con un gemido largo, y Lorenzo se arrodilló detrás, escupió generosamente entre las nalgas y empujó la cabeza gruesa contra el culo todavía sensible. Entró despacio al principio, luego de un jalón hasta el fondo. Tamara soltó un «hostia puta» que sonó a victoria y a amenaza, las dos pollas estirándola, rozándose por dentro como si se dieran la mano otra vez.
—Mira esto —susurró Emmett debajo de ella, moviendo las caderas apenas—. Siento a Lorenzo entrándote el culo. Qué asco tan rico. Ahora moveos. Alternaos. Quiero que me la aprietes hasta sacarme el alma.
Empezaron. Emmett subía cuando Lorenzo se retiraba; Lorenzo entraba cuando Emmett bajaba. El ritmo se fue acelerando, húmedo, obsceno, el sofá de antes ya olvidado, la cama crujiendo como si fuera a romperse. Las tetas de Tamara rebotaban contra el pecho de Emmett; Lorenzo le agarraba las nalgas y las abría para ver el espectáculo. Ella no paraba de soltar comentarios entre gemidos y risas:
—Si me rompéis… os dejo las maletas… joder, otra vez… sí, ahí… Emmett, azótame el culo… Lorenzo, más hondo… sois idiotas y me estáis follando el cerebro…
Emmett le dio tres palmadas sonoras. Lorenzo le mordió el hombro y gruñó algo incoherente. Tamara se corrió otra vez, gritando los nombres de los dos mezclados con un «hijos de puta, llenadme» que les empujó al borde. Lorenzo aguantó dos embestidas más y se corrió por el culo, chorros calientes y profundos, el semen saliéndole a presión mientras gemía el nombre de ella. Emmett le siguió segundos después, inundándole el coño otra vez, las caderas sacudiéndose debajo, llenándola hasta que le rebosaba por los muslos.
No se detuvieron del todo. La tumbaron de lado, Emmett todavía dentro del coño blando y goteante, Lorenzo sacándose del culo solo para meterle los dedos y empujar el semen más adentro mientras se la follaba otra vez con la polla semi-dura. Emmett se la metió en la boca sucia, haciéndole probar la mezcla de los tres. Ella chupó, rio, se atragantó y pidió más.
—Otra vez… los dos… quiero correrme sintiendo cómo me salís por todos lados —jadeó, la voz ya irreconocible.
Se la turnaron una vez más: Lorenzo en el coño, Emmett en el culo, luego al revés, las pollas rozándose, los comentarios guarrísimos saliendo a trompicones. Tamara se corrió por última vez, un orgasmo que le dejó temblando y babosa, el cuerpo hecho un trapo pringoso. Emmett se sacó y se corrió en su cara, chorros gruesos pintándole los labios, las mejillas, un ojo. Lorenzo se la sacó del coño y le pintó las tetas otra vez, el semen blanco y caliente goteándole hasta el ombligo y mezclándose con el que ya le resbalaba del culo.
Se quedaron ahí, sudorosos, respirando el aire denso, las pollas blandas pero todavía brillantes de mierda. Tamara se pasó un dedo por el semen de la cara, se lo chupó y soltó una carcajada ronca, los ojos brillantes de lujuria saciada a medias.
—Joder… me habéis dejado el coño hecho una sopa de semen y el culo pidiendo la cuarta ronda, cabrones. Ahora limpidme con la lengua los dos a la vez, y si alguno se niega le toca fregar el puto baño con la lengua también.
Emmett y Lorenzo se miraron, sudorosos y con esa sonrisa de idiotas felices, y se lanzaron a lamerla: Emmett el coño goteante, Lorenzo el culo abierto y pringoso, las lenguas mezclando el desastre mientras ella se reía y les agarraba el pelo.
El aire acondicionado silbó como un gato moribundo. Fuera la noche seguía caliente. Y Tamara, cubierta de semen, con las piernas abiertas y la risa ronca, les gritó mientras se corrían otra vez solo de lamerla:
—Chupadme el coño hasta que me salga vuestro semen por la nariz, hijos de puta, que esta noche aún no he terminado de usaros las pollas.
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