Boda de Campo, Deseo Compartido
Naomi se escapa de la boda con Xavier y se deja follar duro por su enorme polla negra en el granero.
El sol de la tarde bañaba los campos abiertos de la pampa argentina cuando Naomi avanzó por el pasillo de hierba cortada. Su vestido de novia, un corsé ajustado de encaje blanco que apretaba sus tetas grandes y pesadas de morocha canela, se movía con cada paso sobre las caderas anchas y el culo redondo que le había costado meses de ensayo no exagerar. Curvas exuberantes, cintura estrecha, muslos gruesos; se sabía deseable y lo disfrutaba. Al otro lado, entre los invitados del novio, Xavier no apartaba la mirada.
Alto, casi un metro noventa, piel ébano profunda, hombros anchos y brazos musculados que tensaban la camisa blanca. Amigo de la infancia del novio, venido desde el norte. Naomi lo notó en el mismo instante en que él la vio a ella. Durante los votos, mientras el cura hablaba, sus ojos se cruzaron una, dos, tres veces. Ella sintió un calor prohibido bajarle por el vientre hasta el coño. Él se pasaba la lengua por el labio inferior sin disimulo, devorando el escote generoso donde el sudor brillaba entre sus tetas. Ambos sabían lo que ardía ahí: esa atracción interracial cruda, el contraste de su piel canela contra la suya negra, el tabú de que ella estuviera a punto de casarse y aun así lo deseara.
La ceremonia terminó entre aplausos. Llegó el baile al aire libre, luces de faroles y una pista improvisada sobre tablas. La orquesta puso un tema lento y sensual. Naomi bailaba con su nuevo marido unos minutos, sonriendo de compromiso, pero su mirada buscaba a Xavier. Cuando el novio se alejó a saludar a unos tíos, ella se acercó al afroamericano.
—Bailás conmigo —no fue pregunta.
Xavier sonrió, dientes blancos contra la piel oscura, y la tomó por la cintura sin apretar del todo. Bailaron cerca, sin tocarse aún de verdad, pero el aire entre ellos chisporroteaba. Ella sentía el calor de ese cuerpo imponente. Él olía a colonia cara y a hombre. Cada vez que giraban, las caderas de Naomi rozaban apenas las de él. Por dentro ella pensaba: puta madre, qué bestia, quiero saber si la tiene tan grande como se ve en el pantalón.
La música se puso más sucia, más pegada. Naomi se giró de espaldas contra él, fingiendo un baile inocente de pareja suelta. Empujó el culo carnoso contra la entrepierna de Xavier a propósito, una frotada lenta, deliberada. Sintió cómo la verga enorme se le endurecía al instante bajo la tela, gruesa, pesada, empujando contra el hueco de sus nalgas. Un escalofrío le recorrió la espalda.
Él soltó una risa baja, ronca, contra su oreja.
—Cuidado, novia. Si seguís así me la vas a sacar aquí mismo.
Naomi giró la cabeza, los labios a un centímetro de los suyos, y susurró con voz pastosa de excitación:
—Siempre fantasié con que un negro bien dotado me folle el coño hasta dejármelo abierto. Desde que te vi en la ceremonia se me puso empapado. Decime que me la vas a dar.
Xavier le agarró la cintura con una mano grande, discreto entre la gente que bailaba y reía a su alrededor, y la apretó contra su polla dura.
—Quiero comerte ese coño latino hasta que grites mi nombre. Después te la voy a meter entera y te voy a follar como te merecés. ¿Te escapás conmigo?
Ella asintió sin dudar. El deseo compartido ya no se podía contener. Entre risas fingidas y un “voy al baño” lanzado al aire, se escabulleron por el costado de la carpa, cruzaron el patio de tierra y llegaron al granero apartado, olor a heno seco, madera vieja y sombra. Apenas la puerta de tablas crujió al cerrarse, se lanzaron el uno contra el otro.
Se besaron con hambre salvaje. Lenguas enredadas, dientes rozando labios, saliva compartida. Xavier le agarró las tetas por encima del corsé, las apretó, sintió el peso y el calor. Naomi le metió la mano entre las piernas y palpó la verga negra enorme a través del pantalón: gruesa como su muñeca, larga, palpitante. Jadeaba contra su boca.
—La tenés brutal… quiero chupártela ya.
—Y yo quiero meterte los dedos y sentirte chorrear. Entreguémonos, Naomi. Acá y ahora.
Se tocaron por encima de la ropa un rato más, frotándose, gimiendo bajo, conscientes de cada decisión: ella levantando el vestido de novia hasta la cintura, él desabrochándose el cinturón. El deseo interracial los quemaba vivo. Decidieron dárselo todo.
Naomi se arrodilló sobre la paja. Con dedos torpes le bajó el cierre y sacó la polla de Xavier. Era más grande de lo que había imaginado: gruesa, venosa, de un negro lustroso, la cabeza ancha ya brillante de precum. La olió, la lamió de base a punta y después se la metió en la boca con glotonería. Babeaba alrededor del grosor, las mejillas hundidas, la saliva corriendole por la barbilla hasta el escote. Xavier le agarró el pelo recogido, no con violencia sino con control dominante y consentido, y empezó a follarle la boca con ritmo lento y profundo.
—Así… abrí bien esa boquita de novia. Mirá cómo te la comés, puta rica.
Ella gemía alrededor de la verga, mirándolo desde abajo, los ojos vidriosos de excitación. Chupaba con hambre, tomando lo que podía, usando las manos en lo que no entraba, masturbándole la base mientras la lengua trabajaba la glande. El contraste de su mano canela alrededor de aquella carne ébano la volvía loca. Xavier gemía bajo, empujando un poco más hondo cada vez, cuidando de no ahogarla del todo, pero marcando el paso.
Cuando notó que estaba al borde, la levantó con facilidad brutal. La alzó como si no pesara, la sentó sobre un montón de fardos contra la pared de madera y le subió el vestido hasta la cintura. Le arrancó las bragas de encaje de un tirón; el olor a coño caliente y mojado llenó el aire del granero. Xavier se arrodilló entre sus muslos abiertos y le comió el coño empapado con lengua experta: lamió los labios hinchados, chupó el clítoris hinchado, metió la lengua adentro y la folló con ella mientras ella se aferraba a su cabeza rapada y gemía sin cuidado.
—Ay, sí… así, comémelo… me voy a correr…
Se corrió contra su boca en oleadas, el coño contrayéndose, los jugos chorreándole por el culo y la paja. Xavier no paró hasta que ella tembló y le empujó la cabeza. Entonces se puso de pie, se limpio la boca con el dorso de la mano y le separó las piernas más.
La folló duro contra la pared en un misionero profundo y vertical. Le levantó un muslo, alineó la cabeza ancha de su polla negra contra la entrada rosada y mojada, y empujó. Entró centímetro a centímetro, abriéndola, estirándola. Naomi gritó ahogado, las uñas clavándosele en los hombros anchos.
—Joder, qué gorda la tenés… me la estás partiendo…
—Y vos me la aguantás entera, mi rica. Mirá cómo te la como yo también.
Empezó a embestir. Cada embestida hacía chocar sus cuerpos contrastantes: piel ébano contra piel canela, el culo de ella aplastándose contra la madera, las tetas rebotando dentro del corsé a medio abrir. Xavier le follaba el coño con fuerza rítmica, profunda, la verga negra desapareciendo y saliendo brillante de jugos. El sonido húmedo de piel contra piel llenaba el granero. Naomi gemía en su oído, pidiendo más duro, más hondo, contándole lo prohibido que se sentía ser follada por el amigo negro del novio en su propia boda.
Él le mordió el cuello, le agarró una teta, le sujetó la cadera y aceleró. La estaba abriendo de verdad, el coño haciendo ruidos obscenos alrededor de aquel grosor. Ella sentía cada vena, cada embestida hasta el fondo, el placer mezclado con la sensación de estar completamente llena. Xavier susurraba suciedades en inglés y español roto: how tight you are, how I’m gonna fill this latina pussy, decime que es mía ahora.
Naomi estaba al borde de otro orgasmo, las piernas temblándole alrededor de la cintura de él, cuando de pronto se oyó una risa lejana afuera, voces de invitados que se acercaban al patio. Xavier no se detuvo del todo; redujo el ritmo a embestidas lentas y profundas, manteniéndola clavada contra la pared, la polla latigándole dentro, pero ninguno de los dos se corrió todavía. El miedo a ser descubiertos solo les calentó más la sangre. Se miraron a los ojos, sudorosos, labios hinchados, cuerpos aún unidos y moviéndose en secreto.
—No hemos terminado —jadeó él contra su boca—. Todavía te voy a comer el culo y te voy a llenar. Pero si vienen…
Naomi apretó el coño a propósito alrededor de su verga, robándole un gemido.
—Entonces apurate o escondámonos mejor. Porque yo no me voy de este granero hasta que me hayas follado hasta no poder caminar.
Siguieron moviéndose, más silenciosos, más intensos, el deseo compartido lejos de resolverse, la tensión creciendo con cada embestida contenida mientras las voces afuera se acercaban y el granero olía a sexo crudo y a heno revolvido.
Xavier la mantuvo clavada contra los fardos, la polla negra enterrada hasta las bolas, moviéndose apenas lo suficiente para que ella sintiera cada pulso grueso dentro. Las voces afuera se acercaban, risas borrachas, pasos sobre la grava. Naomi apretó los dientes y el coño a la vez, ahogando un gemido contra el hombro de él. El miedo le subía por la garganta mezclado con el placer; cada embestida lenta le rozaba el punto exacto y le hacía chorrear más alrededor de aquel grosor.
—Calladita —susurró Xavier contra su oreja, la voz ronca—. Si gritas te los gano a todos. Pero no te voy a soltar. Todavía te debo el culo.
Ella asintió, los ojos clavados en los suyos. Él la bajó despacio, la polla saliendo con un sonido húmedo y obsceno. Naomi temblaba. Se giró, se apoyó de pechos y antebrazos sobre un fardo más bajo, el vestido de novia arrugado hasta la cintura, el culo canela redondo y abierto ofreciéndose. Xavier se arrodilló detrás. Le separó las nalgas con las dos manos grandes y escupió directo sobre el agujero rosado que se contraía. Después bajó la lengua.
Lamió el culo de Naomi con hambre deliberada. La lengua ancha y caliente rodeó el anillo apretado, lo empujó, lo folló en círculos lentos mientras ella mordía el antebrazo para no gritar. El contraste la volvía loca: la lengua negra, húmeda, insistente contra su piel morena, el olor a sexo y heno, el riesgo de que cualquiera abriera la puerta. Xavier chupó, metió la punta, la estiró con paciencia mientras una mano le rodeaba la cintura y le frotaba el clítoris hinchado. Naomi se corrió otra vez así, contra su boca, el coño y el culo contrayéndose en oleadas que le dejaron las piernas blandas.
—Ahora sí —jadeó él, poniéndose de pie—. Te la voy a meter donde te la merecés.
Alineó la cabeza gruesa, ya brillante de jugos y saliva, contra el culo de ella. Empujó. Naomi soltó un gemido ahogado, largo, mientras el grosor la abría centímetro a centímetro. Ardía y llenaba al mismo tiempo. Xavier avanzó sin prisa pero sin piedad, hasta que las bolas pesadas le rozaron el coño y ella sintió que no le cabía ni un milímetro más. Se quedó quieto un segundo, dejándola acostumbrarse, respirando fuerte.
—Joder… qué estrecho. Me estás apretando la polla como una puta en celo. Decime que la querés entera.
—Dámela… toda… follame el culo como me prometiste —rogó ella, la voz rota, empujando hacia atrás.
Él empezó a moverse. Embestidas profundas y rítmicas que hacían chocar las caderas negras contra el culo canela. Cada entrada la estiraba, cada salida la dejaba hueca y deseando. Xavier le agarró el pelo recogido, tiró hacia atrás lo justo para arquearle la espalda, y aceleró. El sonido de piel contra piel llenó el granero otra vez, más sucio, más crudo. Naomi gemía bajo cada embestida, baboso el labio, las tetas pesadas balanceándose dentro del corsé medio abierto. Pensaba en el marido afuera, en los invitados, en lo prohibido de tener la verga enorme del amigo negro enterrada en su culo de novia todavía con el velo caído a un lado. El pensamiento la hizo apretar más.
Xavier soltó el pelo, le rodeó la cintura con un brazo y la levantó casi de pie, siguiéndola follando desde atrás mientras caminaban torpes hasta un rincón más oscuro, detrás de un montón de paja alta. Allí la puso a cuatro patas otra vez, le metió dos dedos en el coño empapado y le folló ambos agujeros a la vez: polla negra abriéndole el culo, dedos gruesos removiéndole el coño. Naomi se corrió gritando contra la paja, el cuerpo entero sacudiéndose. Él no paró. La volteó, la sentó a horcajadas sobre su regazo mientras él se recostaba contra la pared de tablas. Ella se hundió sola sobre la verga, tomándola entera de un solo descenso que le sacó el aire.
Montó. Caderas anchas subiendo y bajando, el culo rebotando, el coño y el culo ya abiertos y resbaladizos. Xavier le sujetó las tetas por fuera del corsé, las apretó, le pellizcó los pezones duros mientras ella se follaba a sí misma sobre aquella carne ébano. Sudor les corría por la piel, el olor a sexo crudo impregnaba todo. Él le hablaba al oído, mezcla de español roto e inglés sucio:
—Esa polla negra es tuya ahora. Llenate. Usala. Quiero verte chorrear otra vez mientras te la comes con el culo.
Naomi aceleró, rebotando con fuerza, las uñas clavadas en los hombros oscuros. Sintió el orgasmo subir otra vez, más profundo, desde el centro mismo donde él la llenaba. Se corrió con un gemido largo y tembloroso, el interior apretándole la verga en espasmos. Xavier gruñó, la agarró de las caderas y embistió hacia arriba con fuerza brutal, una, dos, tres veces más, hasta que se derramó dentro. Chorros calientes y espesos le llenaron el culo, desbordando alrededor del grosor mientras él seguía empujando, vaciándose hasta la última gota. Naomi sintió el semen caliente escurrirle por el muslo, manchándole el encaje del vestido por dentro.
Se quedaron unidos, jadeando, sudados, el corazón latiéndoles en la garganta. Afuera las voces se habían alejado un poco. Xavier le besó la boca con lentitud, todavía dentro, y le susurró:
—Todavía no terminamos del todo. Quiero verte con mi leche cayéndote mientras bailás con él.
La ayudó a bajar. Limpiaron lo que pudieron con un paño viejo que había en un rincón. Naomi se acomodó las bragas rotas lo mejor posible, se bajó el vestido, se alisó el corsé. El semen le resbalaba lento entre las nalgas cada vez que daba un paso. Xavier se abrochó el pantalón, le acomodó un mechón de pelo y le sonrió con esos dientes blancos.
Salieron por la puerta trasera del granero cuando el patio quedó momentáneamente vacío. Volvieron a la fiesta por separado. Naomi reapareció en la pista con las mejillas encendidas y una sonrisa de novia satisfecha. Su marido se acercó, le ofreció la mano para el siguiente baile lento. Ella se dejó guiar, el vestido rozándole los muslos manchados, el culo todavía latigando por la follada. Xavier observaba desde la barra, vaso en mano, la mirada oscura y calmada.
El marido la atrajo más cerca, labios cerca de su oído, y habló tan bajo que solo ella lo oyó mientras giraban bajo los faroles:
—Te quedó hermoso el escape. Vi cómo te la metía hasta el fondo. Y me corrí en el baño pensando en esa polla negra abriéndote el culo de mi mujer.
Naomi se tensó un segundo, después sonrió contra su cuello, el deseo compartido ahora completo y sin máscaras. Bailaron el resto de la canción con el semen de Xavier todavía caliente dentro de ella.
Y aquella noche, cuando por fin se acostaron los tres en la cama grande de la estancia, Naomi entendió que la boda nunca había sido una traición: había sido el regalo de bodas perfecto que su marido le había planeado desde el primer día.
Rate this story
Popular Collections
Browse Categories