Recordando Vinilos con el Padre de mi Mejor Amiga

Marcos seduce a Colette y Tamara en un trío consentido.

6 min read August 24, 2026New

La sala de estar olía a madera vieja y a fundas de vinilo calentadas por el sol de la tarde que entraba a rayas por las persianas. Colette se dejó caer en el sofá, con las piernas cruzadas y la falda subiendo un poco más de la cuenta, mientras Tamara —su mejor amiga desde el instituto— rebuscaba entre las cajas de discos junto al tocadiscos. Marcos, el padrastro de Tamara, un tipo de cuarenta y cinco años con hombros anchos, barba salpicada de canas y esa sonrisa perezosa que siempre le había puesto nerviosa a Colette, se agachó a su lado y pasó el dedo por el lomo de un LP de rock clásico.

—Este suena bestial en este equipo —dijo Marcos, girando la cabeza hacia las dos—. Acercaos. El sofá es grande, pero si os sentáis tan lejos no vamos a compartir el mismo rollo.

Colette notó el calor subirle por el cuello. Tenía dieciocho años recién cumplidos y llevaba meses fingiendo que el coqueteo sutil de Marcos era solo una broma de adulto. Tamara, también mayor de edad, le lanzó una mirada cómplice y se sentó primero, dejando un hueco en medio. Colette ocupó el otro lado. Marcos se metió entre ellas sin prisa, con el brazo apoyado en el respaldo, tan cerca que el olor a su colonia y a piel limpia les rozó la nariz a las dos. Puso el disco. El primer riff llenó la habitación y el silencio entre canciones se volvió espeso.

—Siempre me habéis mirado raro cuando pongo estos —murmuró Marcos, sin apartar la vista del plato giratorio—. Como si quisierais algo más que música.

Tamara se rió bajito, nerviosa, y apoyó la rodilla contra el muslo de él. Colette tragó saliva. Las miradas se cruzaron: la de Marcos, oscura y directa; la de Tamara, brillante de ganas; la de Colette, que ya sentía la humedad pegajosa entre los labios de su coño. Nadie fingió ya. El aire estaba cargado de esa certeza muda de que algo prohibido y delicioso iba a romperse en pedazos.

La tensión no tardó en volverse sucia. Colette, con el corazón latiéndole en la garganta, miró el bulto que se marcaba bajo los vaqueros de Marcos y soltó una carcajada baja.

—Hostia, Tamara… ¿has visto lo que se le levanta solo con un solo de guitarra? Parece que le va a reventar la cremallera.

Tamara se mordió el labio y se inclinó, fingiendo mirar el vinilo, pero su mano rozó “sin querer” el muslo de Marcos.

—No es el solo, tonta. Es que nos tiene aquí apretujadas. Marcos, te juro que se te ve la forma entera. ¿Eso es todo tuyo o llevas calcetines metidos?

Marcos soltó una risa grave, se acomodó en el sofá y no hizo el menor intento de disimular. Se pasó la mano por encima del bulto, delineándolo con descaro.

—Todo mío, nenas. Y se pone así porque vosotras dos oléis a ganas. Os mojáis solo de mirarlo, ¿a que sí? Decidme la verdad. ¿Estáis empapadas pensando en cómo os la metería?

Colette sintió un tirón caliente en el clítoris. Asintió, sin vergüenza ya.

—Sí. Se me está resbalando el braga de lo mojada que estoy. Y no me mires así, Tamara, que a ti también se te ven los pezones duros a través de la camiseta.

Tamara se giró de golpe y besó a Colette en la boca. Fue un beso profundo, con lengua, saliva y un gemido compartido que Marcos observó como si le hubieran servido el mejor espectáculo del mundo. Cuando se separaron, Tamara se inclinó hacia él y le capturó los labios. Marcos respondió con hambre, agarrándole la nuca, mientras su otra mano buscaba el muslo de Colette y subía bajo la falda hasta rozarle la braga empapada.

—Joder… —gruñó él contra la boca de Tamara—. Las dos. Quiero a las dos ahora mismo. Decid que sí.

—Sí —susurró Colette, abriendo más las piernas. —Hazlo —añadió Tamara—. Fóllanos. Las dos queremos.

Se arrancaron la ropa con ansia torpe y consentida. Camisetas por el aire, sujetadores desabrochados, vaqueros de Marcos bajados de un tirón. Su polla saltó gruesa, venosa, con la cabeza ya brillante de precum. Colette se arrodilló un segundo solo para lamerle una raya larga desde las bolas hasta la punta; Tamara le imitó por el otro lado. Marcos las empujó suavemente hacia el sofá.

Colocó a Colette de espaldas, le abrió las piernas y se metió entre ellas. La polla le rozó el coño chorreante antes de empujar de una vez, hundiéndose hasta el fondo en un embiste que arrancó un grito ahogado a la chica. Empezó a follarla en misionero, profundo, con las caderas golpeando el sofá, mientras Tamara se subía y se sentaba en la cara de Marcos. Él abrió la boca al instante y le lamió el coño con lengua ancha y voraz, chupándole el clítoris hinchado, metiéndole la lengua dentro mientras Colette gemía debajo, clavándole las uñas en los hombros.

—Así, joder, cómeme el coño mientras la empotras —jadeó Tamara, balanceándose sobre su boca—. Más fuerte. Cómete todo.

Marcos gruñó contra su vagina y aceleró las embestidas dentro de Colette. El sonido era obsceno: carne mojada, respiraciones entrecortadas, el vinilo aún sonando de fondo como una burla rítmica. Colette se corrió primero, apretándole la polla con espasmos, chorreándole los muslos. Marcos no paró.

Las hizo ponerse a cuatro patas, una al lado de la otra, culos en alto, coños abiertos y brillantes. Él se arrodilló detrás y empezó a alternar: una embestida larga en el coño de Colette, luego salía resbaladizo y se hundía entero en el de Tamara, y otra vez. Las dos empujaban hacia atrás, pidiendo más, llenando la sala de tacos y gemidos.

—Tu coño está más apretado, Colette… y el tuyo, Tamara, me traga entero como una puta necesitada —dijo él, dándole una palmada en el culo a cada una—. Os voy a dejar ambas chorreando de mi leche.

Después las hizo girarse. Las dos de rodillas, cuatro manos rodeándole la polla, lamiendo y chupando a la vez. Colette le sorbía las bolas mientras Tamara se embutía la cabeza en la garganta; luego intercambiaban. Marcos les agarraba el pelo, las guiaba, les frotaba la polla por las mejillas y los labios hinchados.

—Abrid la boca. Compartidla. Quiero veros con la cara llena de mi polla.

Cuando estuvo al borde, las colocó de nuevo: Tamara de espaldas en el sofá, piernas abiertas, y Colette arrodillada entre ellas para comerle el clítoris a su amiga. Marcos se metió de un embiste en el coño de Tamara y folló sin piedad, profundo y rápido, mientras Colette lamió y chupó el botón hinchado de su mejor amiga exactamente donde la polla entraba y salía. Tamara se corrió gritando, el coño contrayéndose alrededor de Marcos. Él soltó un rugido y se vació dentro, chorros calientes y espesos llenándole el interior, empujando hasta dejarla rebalsada. Colette no dejó de lamer: tragó el semen que se derramaba por los labios de Tamara, chupó el clítoris hasta que la otra se retorció otra vez, y después limpió la polla todavía dura de Marcos con la lengua, saboreando la mezcla de los tres.

Se quedaron un rato así, entre risas sofocadas y besos perezosos. Se limpiaron mutuamente con la boca: Marcos lamió el coño de Colette hasta sacarle los restos de su propio precum y de los jugos de ella; las chicas se turnaron para chupar los últimos hilos de semen de su polla y de los muslos de Tamara. Marcos se levantó desnudo, puso otro vinilo —algo más lento, con bajos pesados— y volvió al sofá. Las dos se acurrucaron desnudas contra su pecho, una a cada lado, piernas enredadas, dedos jugueteando todavía con el vello de su abdomen y con la polla blanda y resbaladiza.

—Cada vez que Colette venga a casa —dijo Tamara, besándole la mandíbula—, repetimos la sesión de “recordando vinilos”. ¿De acuerdo?

—Más que de acuerdo —respondió Marcos, apretándolas—. Os voy a follar en cada habitación con música de fondo. Os voy a llenar hasta que no podáis caminar.

Colette sonrió contra su pecho, todavía temblando de afterglow, cuando el sonido de un coche frenando en la entrada y la puerta principal abriéndose de golpe cortó el momento como un cuchillo. Pasos pesados en el recibidor. La voz de alguien —demasiado cercana, demasiado real— gritó desde el pasillo:

—¡Tamara! ¡Marcos! ¿Estáis en casa? Traje la cena y…

La manija de la puerta de la sala giró.

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