Trío Mágico en la Suite
Una hechicera, un dragón y un mago se entregan a un trío mágico en la suite encantada.
La suite encantada flotaba entre nubes de cristal y relámpagos quietos en el palacio antiguo, y el aire olía a ozono dulce y a deseo sin filtrar. Lirael, la hechicera élfica de veintiocho años, se movía descalza sobre las losas que brillaban con runas vivas. Su cabello plateado caía en cascada hasta la mitad de la espalda y su túnica de seda azul se pegaba a las curvas firmes de sus pechos y a la curva de su culo. Darius, el guerrero dragón en forma humanoide de treinta y dos años, se mantenía cerca de ella: alto, hombros anchos, piel bronceada con un brillo de escamas oscuras en los antebrazos y en el pecho. Su polla gruesa ya marcaba el pantalón de cuero cuando el hechizo de afinidad se activó y empujó la puerta de la suite.
Kael entró. El mago humano de veinticinco años llevaba la túnica negra abierta sobre el torso delgado y musculoso, el cabello castaño desordenado y los ojos verdes dilatados por la magia que llenaba la habitación. El hechizo los había unido sin pedir permiso y ahora el aura de la suite les trepaba por la piel como lenguas calientes. Lirael sintió el calor subirle entre las piernas de inmediato. Darius gruñó bajo, un sonido que vibró en el pecho del dragón.
—Ven —dijo Lirael, y su voz sonó ronca—. El hechizo no miente. Yo ya te quiero dentro, Kael. Y a ti también, Darius. Los dos.
Kael se acercó sin dudar. Darius le ofreció la copa de vino encantado. Bebieron. El líquido espeso solo amplificó lo que ya ardía: el hambre de Lirael por la polla humana y la escamada, el deseo de Darius de marcarlos a ambos, la necesidad de Kael de follarse a la elfa mientras el dragón lo miraba. La tensión se volvió densa. Lirael dio el primer paso. Agarró la cara de Kael y lo besó con hambre élfica, lengua profunda, dientes rozando el labio inferior. El mago gemió dentro de su boca y le apretó las caderas. Darius se pegó por detrás de ella, manos grandes rodeándole la cintura, labios en su cuello.
—Vas a mojar esa túnica hasta el suelo, pequeña bruja —susurró Darius en dracónico y luego en el idioma común, voz grave y obscena—. Voy a oler tu coño mientras él te llena. Y después te la meto yo hasta el fondo.
Lirael se arqueó entre los dos cuerpos. Sus manos ya buscaban. Bajó la bragueta de Kael y sacó la polla dura, caliente, con la cabeza brillante de precum. Al mismo tiempo Darius le subía la túnica por las piernas y le metía dos dedos entre los pliegues empapados. Ella soltó un gemido largo.
—Joder… sí. Quítame esto. Ahora.
Las túnicas cayeron entre risas cortas y jadeos. La magia hacía brillar la piel de los tres: runas tenues en los pezones de Lirael, escamas que se hinchaban en la base de la verga gruesa de Darius, destellos azulados en las yemas de Kael. Manos exploraron sin vergüenza. Lirael acarició las dos pollas a la vez, una en cada mano, sintiendo el contraste: la humana más lisa y nerviosa, la dracónica más ancha, con crestas suaves de escamas que prometían raspar delicioso. Kael le chupó un pezón mientras le metía tres dedos en el coño. Darius le mordió el hombro y le frotó la polla contra el culo.
—Os quiero a los dos dentro —dijo Lirael, voz rota de deseo—. No me contengáis. Folladme como si la magia nos fuera a consumir.
Se arrodilló en la alfombra flotante. Agarró la verga escamada de Darius con las dos manos y se la metió en la boca con glotonería, labios estirados, saliva corriendo por la base. Darius echó la cabeza atrás y gruñó en dracónico, empujando suave pero profundo. Kael se arrodilló detrás de ella, la acomodó en cuatro patas y le abrió los labios del coño con los pulgares. La folló de un solo empujón. Lirael se atragantó de placer alrededor de la polla del dragón. El mago la cogió de las caderas y empezó a darle duro, bollos chocando, el sonido húmedo llenando la suite. Cada embestida empujaba la cabeza de Lirael más abajo en la verga de Darius. Ella chupaba y gemía, lengua trabajando las crestas, mano apretando los huevos pesados del dragón.
—Mírala —ronroneó Darius—. Nuestra puta élfica tragándose mi polla mientras le destrozas el coño. Más fuerte, mago. Quiero oírla ahogarse de ganas.
Kael obedeció. Aceleró. Lirael llegó al borde rápido, el coño apretando en oleadas. Se corrió con un grito ahogado contra la verga de Darius, jugos chorreando por los muslos. No pararon. Darius la levantó como si no pesara nada y la tumbó de espaldas en la cama flotante. Se metió entre sus piernas y le abrió los muslos con las manos grandes. Empujó la polla escamada dentro de su coño empapado en un solo movimiento salvaje. Lirael gritó de puro placer. Kael se arrodilló junto a su cabeza y le ofreció la polla. Ella la tomó con la boca abierta, chupando con avidez mientras Darius la follaba en misionero profundo, cada embestida sacudiéndole los pechos. Las crestas de escamas le rozaban el clítoris y el punto dulce una y otra vez.
—Darius… joder, qué gruesa… me vas a romper —jadeó ella entre chupadas—. No pares. Kael, dame más. Quiero tu semen en la lengua.
El ritmo se volvió brutal y perfecto. Darius le dobló las rodillas hacia el pecho y embistió más hondo. Kael le agarró el pelo y le folló la boca con cuidado salvaje. Lirael se corrió otra vez, paredes apretando la polla dracónica, y Darius casi se corre con ella. Se detuvo a tiempo, salió y los reordenó.
—Ahora los dos. Al mismo tiempo.
Kael se tumbó. Lirael montó su polla de un salto, hundiéndola hasta el fondo con un gemido largo. Se inclinó hacia delante, pechos colgando sobre el pecho del mago, y Darius se colocó detrás. Escupió en su mano, se untó la verga escamada y empujó contra el culo apretado de la elfa. Lirael se relajó conscientemente, empujó hacia atrás y lo recibió. El ardor se mezcló con el placer inmediato. Estaba llena de los dos: la polla de Kael en el coño, la de Darius abriéndole el culo. Empezaron a moverse. Darius marcaba el ritmo, embestidas largas y profundas que la empujaban sobre Kael. Ella cabalgaba y se dejaba follar a la vez, gritando sin control.
—Sí… así… los dos… me estáis llenando… mágica y pollas… joder, no pareís…
La magia de la suite respondió. Sus cuerpos brillaron más fuerte. Lirael se corrió con un grito ronco que hizo temblar las runas de las paredes. Kael la siguió segundos después, llenándole el coño de semen caliente mientras gemía su nombre. Darius embistió tres veces más y se corrió profundo en su culo, chorros espesos que la hicieron estremecerse otra vez. Los tres se movieron juntos hasta que las últimas oleadas pasaron, pegajosos, brillantes, temblando.
Se quedaron abrazados en la cama flotante. Lirael entre los dos cuerpos calientes, semen escurriéndole por muslos y culo, labios hinchados de tanto chupar y gemir. Darius trazó un círculo con el dedo sobre su pecho. Kael le besó la sien. Juntos murmuraron las palabras del ritual de unión. Runas doradas brotaron en la piel de los tres: en la cadera de Lirael, en el pecho de Darius, en la muñeca de Kael. Brillaron y se asentaron, un vínculo mágico sellado con sudor y semen.
Lirael sonrió, todavía jadeante.
—Cada luna llena. Aquí. Los tres. Esto acaba de volverse eterno.
Darius la besó despacio, lengua saboreando el sabor de Kael en su boca. Kael le acarició el pecho y miró hacia la ventana de nubes.
—Eterno… y sin embargo siento que el hechizo todavía tira. Como si hubiera más magia esperando en la siguiente habitación del palacio. Como si esto solo fuera el primer nudo.
La suite vibró suavemente. Las runas en su piel latieron al unísono, calientes, insaciables. Lirael apretó las piernas y sintió el semen mezclado salir un poco más. El deseo no se había apagado del todo. Seguía ahí, bajo la piel, empujando hacia lo que viniera después de la luna llena, hacia las puertas que aún no habían abierto.
La suite vibró otra vez, más fuerte, y las runas doradas en sus pieles latieron como si alguien tirara de un hilo invisible. Lirael sintió el semen de ambos escurrirle todavía por el interior de los muslos y el culo, cálido y espeso, pero el hambre no se había apagado. Al contrario: cada latido de las marcas mágicas le enviaba un pulso directo al clítoris y a los pezones, como si la propia habitación le chupara la voluntad de parar.
—Joder —susurró ella, la voz todavía ronca—. No ha terminado. Lo siento en las tripas.
Darius gruñó, el pecho vibrándole contra su espalda. Su polla escamada, medio dura otra vez, rozó el pliegue de su culo manchado de semen. Kael, al otro lado, ya tenía la verga humana levantándose contra el muslo de la elfa, la cabeza morada y brillante.
—El hechizo de afinidad solo selló el primer nudo —dijo Kael, los ojos verdes ardiendo—. Hay más. La suite quiere que lo agotemos todo. Mira.
Señaló la pared opuesta. Las losas se abrieron sin ruido y revelaron un arco de luz violeta que daba a una antecámara más pequeña, llena de espejos flotantes y una fuente que manaba un líquido iridiscente. El aire que salía olía a ozono más denso, a sexo antiguo y a magia cruda.
Lirael se incorporó entre los dos hombres, los pechos pesados y marcados de chupetones. Se pasó dos dedos por el coño y se los llevó a la boca, saboreando la mezcla de los tres.
—Entonces vamos. Quiero que me folléis hasta que las runas se quemen en la piel.
Se levantaron. Darius la cargó a horcajadas sobre una cadera como si no pesara nada; Kael caminó delante, ya tocándose la polla con descaro mientras las runas de su muñeca brillaban. Cruzaron el arco y el aire les golpeó la piel desnuda como una lengua caliente. Los espejos reflejaban cada ángulo: el culo abierto de Lirael goteando semen blanco, la verga gruesa de Darius rebotando, el torso delgado de Kael tenso de anticipación.
La fuente burbujeaba. Darius sumergió dos dedos en el líquido y se los untó en la polla; las escamas de la base se hincharon un poco más y la verga creció medio palmo, las crestas más marcadas. Kael hizo lo mismo y soltó un jadeo cuando su polla se volvió aún más sensible, venas brillando en azul.
—Mierda… quema bien —murmuró el mago.
Lirael se arrodilló frente a la fuente, abrió la boca y dejó que Darius le vertiera un chorrito del líquido en la lengua. El sabor era dulce y metálico; le bajó directo al coño y lo contrajo con fuerza. Se giró hacia Kael, le agarró la polla por la base y se la metió entera hasta la garganta de un solo movimiento. El mago maldijo y le agarró el pelo plateado.
Darius se puso detrás, le separó los glúteos con las manos enormes y le lamió el culo todavía abierto y resbaladizo. Su lengua dracónica, más larga y áspera, se clavó dentro, limpiando y preparando a la vez. Lirael gimió alrededor de la polla de Kael, saliva y semen antiguo mezclándose en su barbilla.
—Así, pequeña bruja —ronroneó Darius—. Ábrete. Esta vez te voy a llenar los dos agujeros hasta que grites en élfico.
Kael salió de su boca con un pop húmedo y se tumbó en el suelo de mármol cálido. Lirael montó de espaldas a él, en posición inversa, y se hundió en su polla de un solo descenso brutal. El mago le agarró las caderas y empujó hacia arriba. Darius se colocó delante, de pie, y le ofreció la verga escamada a la boca. Ella la tragó vorazmente mientras cabalgaba a Kael, el culo rebotando, los pechos temblando.
La magia respondió. Hilos de luz dorada salieron de las runas y se enroscaron alrededor de las muñecas y tobillos de Lirael, no para atarla contra su voluntad sino para amplificar cada roce. Cada vez que la polla de Kael rozaba su punto dulce, una descarga eléctrica de placer le subía por la columna. Cada crestada de Darius contra su garganta le hacía chorrear más.
—Más… joder, más profundo —jadeó ella al sacar la boca un segundo—. Quiero que me destrocéis.
Darius salió de sus labios, se arrodilló detrás de ella y alineó la polla gruesa contra el culo ya dilatado. Empujó. Lirael se arqueó y gritó cuando las crestas escamadas se abrieron paso, millímetro a millímetro, hasta que las bolas del dragón le golpearon el perineo. Estaba llena otra vez: Kael en el coño, Darius en el culo, las dos vergas separadas solo por una fina pared de carne que latía.
Empezaron a moverse en contratiempo. Cuando Darius entraba, Kael salía casi del todo; cuando el mago embestía hacia arriba, el dragón se retiraba. El ritmo se volvió salvaje en segundos. El sonido húmedo de carne contra carne llenó la antecámara, mezclado con los gemidos rotos de Lirael y los gruñidos guturales de Darius. Kael le pellizcó los pezones duros mientras la follaba desde abajo, y las runas en la cadera de la elfa ardiendo enviaron oleadas de calor directo al útero.
—Mírate —dijo Darius, voz espesa—. Llena de polla humana y dragón. Nuestra puta mágica. Correte otra vez. Quiero sentir cómo nos aprietas a los dos.
Lirael no pudo resistirse. El orgasmo la partió en dos. Gritó en élfico antiguo, el coño y el culo contrayéndose en espasmos violentos alrededor de las dos vergas. Jugos le chorrearon por la polla de Kael y le mojaron los huevos. La magia estalló en chispas violetas que se reflejaron en todos los espejos: docenas de Lirael corseándose, docenas de Darius y Kael follándola sin piedad.
No pararon. Darius la levantó del pecho de Kael sin salir de su culo, la giró en el aire y la puso de pie, inclinada sobre la fuente. Kael se puso delante y le embistió el coño de nuevo. Ahora la follaban de pie, el dragón por detrás y el mago por delante, las manos de ambos en sus pechos y caderas. El líquido iridiscente de la fuente le salpicaba los muslos cada vez que las embestidas la empujaban hacia adelante.
—Voy a correrme otra vez —advirtió Kael, la voz tensa—. Dentro. Quiero llenarte hasta que te desborde.
—Hazlo —suplicó Lirael—. Los dos. Quiero sentiros reventar dentro.
Darius aceleró, las crestas rascándole el interior del culo con cada embestida profunda. Kael le besó la boca abierta, lengua sucia, y se corrió con un gemido largo, chorros calientes bombeando dentro del coño de la elfa. El calor y la presión hicieron que Lirael se corriera otra vez, más débil pero más profunda, las piernas temblando. Darius gruñó en dracónico, le clavó los dientes en el hombro sin romper la piel y se vació en su culo: oleadas espesas que le llenaron hasta el límite y empezaron a salir alrededor de la verga cuando el dragón siguió moviéndose.
Se quedaron así un largo momento, jadeando, unidos, el semen de ambos mezclándose y goteando al mármol. Las runas brillaban más intensas, casi dolorosas de placer. Lirael sentía el vínculo tirar más fuerte, como si el primer nudo solo hubiera sido el comienzo.
Kael se retiró despacio y se arrodilló para lamerle el coño desbordado, limpiando y saboreando. Darius salió del culo con un sonido obsceno y se pasó la lengua por el cuello de ella.
—Todavía tira —dijo el dragón, la voz grave—. Siento otra puerta. Más allá de los espejos.
Lirael miró y vio que uno de los espejos flotantes se había vuelto negro y profundo, como un pozo. Desde dentro salía un calor distinto, más salvaje, y el olor a escamas calientes y magia sin domesticar. Las runas en su cadera latieron con urgencia nueva. El deseo, lejos de apagarse, se enroscó otra vez en su vientre, más exigente.
Se pasó la mano entre las piernas, recogió semen de ambos y se lo ofreció a los dos hombres para que chuparan sus dedos.
—Entonces no paramos —susurró, sonrisa lasciva y cansada a la vez—. La suite aún no está satisfecha. Y yo tampoco. Quiero lo que haya detrás de ese espejo. Quiero que me folléis hasta que la magia nos funda del todo.
Darius la besó, saboreando el semen en su lengua. Kael se puso de pie, la polla ya empezando a endurecerse otra vez bajo el efecto residual del líquido de la fuente. Los tres se acercaron al espejo negro. La superficie tembló al contacto de las runas. Algo al otro lado respondió con un pulso profundo que les recorrió la médula, prometiendo más piel, más magia, más hambre.
Lirael sintió el coño contraerse vacío y necesitante. El segundo nudo esperaba. Y la noche, o lo que fuera el tiempo en aquella suite encantada, apenas había empezado a devorarlos.
La superficie negra del espejo cedió como agua tibia al roce de las runas. Lirael sintió el tirón en la cadera y se dejó arrastrar primero, los dedos aún manchados de semen entreabiertos. Darius y Kael la siguieron sin dudar. El paso fue un latigazo de calor salvaje que les lamió la piel desnuda de pies a cabeza. Al otro lado no había suelo sólido al principio: flotaron un segundo entre brumas de escamas y chispas rojas antes de caer de rodillas sobre un lecho de musgo que brillaba con venas de lava fría. La cámara era una caverna circular, paredes de obsidiana viva que latían al mismo ritmo que sus marcas doradas. En el centro, un altar bajo de piedra negra absorbía la luz y devolvía un pulso profundo, casi sexual.
Lirael se incorporó jadeando. El coño le chorreaba todavía la mezcla de ambos, el culo abierto y sensible, pero el hambre nueva le apretó el vientre con garras. Las runas ardían. Miró a Darius: las escamas de sus antebrazos se habían extendido un poco más, oscuras y brillantes, la polla gruesa ya totalmente dura otra vez, crestas hinchadas y goteando. Kael tenía los ojos verdes encendidos, la verga humana erecta y venosa, el pecho subiendo y bajando rápido.
—Aquí… —susurró ella, voz rota—. Aquí nos va a comer del todo.
Darius no respondió con palabras. La agarró por la cintura, la levantó y la sentó a horcajadas sobre el borde del altar. El musgo se pegó a sus muslos. Kael se colocó delante, le abrió las rodillas con las manos y le hundió la lengua en el coño empapado sin aviso. Lamió profundo, sucio, recogiendo semen y jugos, el clítoris entre los labios, chupando con fuerza. Lirael se arqueó y gritó, los dedos enredados en el cabello castaño del mago. Darius se subió al altar detrás de ella, le rodeó el pecho con un brazo y le ofreció la polla escamada a la boca. Ella la tragó entera de un golpe, garganta abierta, saliva espesa bajando por las crestas.
La magia de la caverna respondió al instante. Hilos de luz roja salieron de las paredes y se enroscaron en las muñecas de Lirael, tirando suaves pero firmes hasta dejarla arqueada, pechos al aire, coño expuesto al hambre de Kael y boca llena de Darius. No era coerción: era amplificación. Cada lametón del mago le enviaba una descarga directa al útero. Cada embestida de la verga dracónica en su garganta le hacía contraer el culo vacío.
—Joder, sí… así… —jadeó ella al sacar la boca un segundo, hilos de saliva uniendo sus labios a la cabeza morada—. Folladme la cara y el coño al mismo tiempo. Quiero ahogarme en vosotros.
Kael se incorporó, se alineó y la penetró de un solo empujón brutal. El coño de Lirael lo engulló hasta las bolas. Darius le agarró el pelo plateado y le folló la boca con ritmo lento y profundo, las crestas rozándole el paladar. Empezaron a moverse juntos. Cuando Kael embestía hacia dentro, Darius salía casi del todo; cuando el dragón se hundía hasta el fondo de su garganta, el mago le sacaba la polla casi completa. El sonido era obsceno: carne húmeda, gemidos ahogados, el gruñido bajo de Darius que vibraba en el pecho de ella.
Lirael se corrió rápido, violento. El orgasmo le sacudió las piernas, el coño apretando la verga de Kael en espasmos que le hicieron gemir el nombre de ella. Jugos le chorrearon por el culo y le mojaron el altar. Las runas estallaron en chispas doradas que se reflejaron en la obsidiana. No pararon. Darius salió de su boca, le dio la vuelta como a una muñeca y la puso a cuatro patas sobre el musgo. Kael se tumbó debajo, la hizo montarlo de nuevo y se hundió otra vez en su coño caliente y resbaladizo. Darius escupió en su mano, se untó la polla gruesa y empujó contra el culo ya dilatado y manchado. Entró de un solo movimiento largo. Lirael gritó en élfico, la espalda arqueada, llena hasta el límite otra vez.
—Los dos… joder, los dos me están partiendo —sollozó de placer, cabalgando y empujando hacia atrás a la vez—. Más fuerte. Quiero sentir las crestas en las tripas. Quiero que me marquéis por dentro.
Darius le clavó los dedos en las caderas y embistió con fuerza animal. Cada embestida hacía que las escamas le rasparan el interior del culo y empujaran la polla de Kael más hondo contra su punto dulce. Kael le chupó un pezón, lo mordió suave, y le frotó el clítoris con el pulgar. La magia se enroscó más apretada. Hilos rojos y dorados unieron los tres cuerpos: de la muñeca de Kael al pecho de Darius, de la cadera de Lirael a las escamas del dragón. Cada embestida se multiplicaba. Lirael sentía no solo las dos pollas reales, sino ecos de ellas en cada nervio, como si la follaran diez veces a la vez.
El ritmo se volvió salvaje, casi desesperado. El altar temblaba. Darius gruñó en dracónico, palabras antiguas que la suite tradujo en calor puro dentro del vientre de ella. Kael le besó la boca abierta, lengua profunda, compartiendo el sabor a semen y a magia. Lirael se corrió otra vez, más largo, más profundo, el cuerpo entero convulsionando. El coño y el culo se apretaron alrededor de las vergas con fuerza suficiente para arrancarles el aliento a los dos. Kael no aguantó: se vació dentro de ella con un gemido roto, chorros calientes bombeando, llenándola hasta que le desbordó por los muslos. Darius siguió embistiendo unos segundos más, las crestas abriéndola, y entonces se corrió también: oleadas espesas y abundantes que le llenaron el culo y le salieron a borbotones alrededor de la polla cuando el dragón siguió moviéndose lento, exprimiendo cada gota.
No salieron de inmediato. Se quedaron unidos, temblando, el semen mezclado goteando sobre el musgo que lo absorbía con un brillo suave. Las runas latieron una última vez, más intensas, y entonces se asentaron para siempre: un brillo cálido y permanente en la cadera de Lirael, en el pecho de Darius, en la muñeca de Kael. El vínculo se cerró. La caverna suspiró. Las paredes de obsidiana dejaron de latir con urgencia y se calmaron en un resplandor bajo.
Darius salió despacio del culo de ella con un sonido húmedo y obsceno. Kael se deslizó fuera del coño. Lirael se dejó caer de lado entre los dos, el cuerpo marcado de chupetones, de dedos, de semen que le escurría por la piel. Darius la atrajo contra su pecho ancho, el brazo rodeándole la cintura. Kael se pegó por detrás, la cara enterrada en el cabello plateado, una mano descansando sobre el vientre suave de ella.
Nadie habló. El aliento de los tres se fue sincronizando, lento, profundo. El musgo brillaba apagado bajo sus cuerpos. Las runas ya no tiraban: solo calentaban, suaves, como un recordatorio quieto. Fuera, en la suite que habían dejado atrás, las puertas y los espejos se cerraron uno a uno sin ruido. Aquí, en la caverna, el tiempo se detuvo en el olor a sexo y ozono y escamas.
Lirael cerró los ojos. Sintió el corazón de Darius contra su espalda y el de Kael contra su pecho. El semen se enfriaba en sus muslos. El deseo, por primera vez desde que el hechizo los empujó a la suite, se quedó dormido. Solo quedaba el peso de los cuerpos, el calor compartido, el silencio denso y completo que llenó la caverna como una manta.
Nada más se movió. Nada más se dijo.
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