Susurro entre tacos y deseo
Miriam se agacha en la trastienda, abre el culo y le ruega a Bruno que se la meta bien profundo por el ano después de mojarla con la lengua.
El olor a cilantro, cebolla frita y carne asada todavía flotaba espeso en el pequeño puesto de tacos cuando el reloj marcó las once y media. Miriam, de veintiocho años, morena de caderas anchas y tetas pesadas que siempre amenazaban con salirse del delantal, pasó el trapo por el mostrador de acero con una sonrisa ladeada. Solo quedaba un cliente: Bruno, el mecánico de treinta y dos años que aparecía casi todas las noches con las manos manchadas de grasa y esa mirada hambrienta que le comía el cuerpo entero sin tocarle.
—¿El de siempre, guapo? —preguntó ella, inclinándose más de la cuenta para servirle tres tacos al pastor. El escote profundo le abrió el valle entre las tetas y Bruno no disimuló. Tragó saliva, la polla ya dándole un tirón dentro del pantalón de mezclilla.
—Hoy quiero algo más picante, Miriam —respondió con voz ronca, clavándole los ojos oscuros.
Ella soltó una risa baja, casi un gruñido, y se apoyó en el mostrador de forma que el culo redondo se le marcara bajo los shorts cortos. Se acercó hasta que el aliento le rozó la oreja de él.
—Cierro temprano esta noche. Solo por ti. Llevo semanas mojándome cada vez que te veo entrar con esa cara de querer comerme viva. ¿Vas a seguirme a la trastienda o te vas a quedar ahí con la verga dura mirándome como idiota?
Bruno sonrió, lento, salvaje. Le dejó un billete y no esperó el cambio. Miriam bajó la cortina de metal de un tirón, apagó el letrero de neón y lo agarró de la camiseta para arrastrarlo al cuartito de atrás donde olía a cebolla, limón y deseo acumulado. Encima de la mesa de metal había un plato con los últimos tacos. Se los repartieron de pie, dedos grasientos, salsas chorreando.
—Joder, estos tacos están buenos… pero tu boca se ve mejor —murmuró Bruno, limpiándose el labio con el dorso de la mano.
Miriam se rió con la boca llena, se pasó la lengua por los dientes y le clavó la mirada.
—Me encanta que me toquen por detrás. Que me abran el culo con los dedos, que me escupan el agujero y me lo folllen hasta que no pueda ni cerrar las piernas. Llevo semanas imaginándome tu polla gruesa empujándome el ano mientras me agarro a esta mesa. ¿Me tocas o solo vas a hablar mierda?
Bruno no contestó con palabras. Se acercó, le puso una mano grande en la cintura y le pidió permiso con la voz baja, casi rota:
—¿Me dejas tocarte el culo, Miriam? ¿Me dejas preparártelo como se merece?
Ella se dio la vuelta de inmediato, se bajó los shorts y las bragas de un solo tirón hasta los tobillos y se inclinó sobre la mesa, abriendo las piernas. El culo le quedó expuesto: redondo, firme, con el coño ya brillante de jugos y el agujerito del ano fruncido y oscuro. Se miró por encima del hombro.
—Prepárame con la lengua y los dedos. Quiero babas, quiero que me lo dejes blando y abierto. Esta noche lo quiero todo dentro. La polla entera hasta los huevos. No te detengas.
Bruno se arrodilló detrás de ella un segundo, le dio un manotazo sonoro en una nalgada y después se puso de pie para abrirse la bragueta. Miriam se giró otra vez, se le plantó de rodillas en el suelo grasiento y le sacó la verga gruesa, venosa, ya goteando por la punta. La olió, la lamió de base a glande y se la metió entera de un golpe, baboso, ruidoso, hasta que los labios le rozaron los huevos. Babeaba a propósito, dejaba hilos de saliva colgando, chupaba con fuerza y se tocaba el coño mientras él le agarraba el pelo.
—Joder, qué puta tan hambrienta… —gruñó Bruno, empujando despacio hasta el fondo de la garganta de ella—. Chúpala bien. Mójala toda, que después te la voy a meter por ese culo apretado.
Miriam se separó con un hilo de baba uniendo su labio inferior a la polla brillante.
—Úsame. Ahora.
Se subió a la mesa de metal, a cuatro patas, las tetas colgando pesadas, el culo en alto y abierto. Bruno le separó las nalgas con las dos manos, le escupió directo al agujero y hundió la lengua. Lamió el ano con hambre, lo empujó, lo revolvió, lo folló con la punta de la lengua mientras Miriam gemía como una perra en celo y se empujaba hacia atrás.
—Más profundo… sí, así… méteme la lengua hasta el fondo, cabrón…
Él metió dos dedos bien babosos de un solo empuje. El ano de Miriam cedió, caliente, estrecho, succionándole los nudillos. Los movió en tijera, los sacó, les escupió encima otra vez y se los volvió a clavar mientras le chupaba los labios del coño empapado. Ella temblaba, el metal de la mesa se le pegaba a las palmas sudorosas.
Bruno se alineó detrás, le frotó la cabeza de la polla por el clítoris hinchado y se la enterró de un embiste seco en el coño chorreante. Miriam gritó. Él la folló duro, profundo, las bolas golpeándole el clítoris, una mano en la nuca y la otra azotándole la nalga izquierda una y otra vez hasta dejarla roja.
—Córrete en mi verga. Quiero sentirte apretar antes de romperte el culo.
Ella se corrió gritando, el coño convulsionando, chorros de jugo salpicándole los muslos a Bruno. Apenas terminó el temblor, él sacó la polla brillante, se la frotó otra vez por el ano baboso y empezó a empujar. Lento al principio. La cabeza abrió el esfínter, Miriam jadeó, se maldijo de placer y empujó hacia atrás ella misma.
—Métemela… joder, métemela toda… quiero sentirla latir dentro del culo…
Bruno se hundió centímetro a centímetro hasta que los huevos le rozaron la piel. El ano de Miriam lo apretaba como un puño caliente. Empezó a follársela en anal profundo, embistes largos y luego cortos y brutales, agarrándola del pelo como rienda, dándole nalgadas que resonaban en la trastienda vacía.
—Qué culo tan puto… tan apretado… te lo estoy abriendo todo, ¿lo sientes? ¿Lo quieres más fuerte?
—Más fuerte, Bruno… rómpeme el ano… dámela toda, no pares… me voy a correr otra vez solo con la polla en el culo…
Los gemidos de ella se volvieron sucios, rotos, una letanía de “fóllame el culo”, “más duro”, “lléname”. Bruno aceleró, le escupió en la espalda, le clavó los dedos en las caderas y la usó sin piedad. Cuando sintió que los huevos se le subían, la abrazó por la cintura, se la enterró hasta el fondo y se corrió a chorros densos dentro del ano palpitante. Miriam gritó con él, el segundo orgasmo subiéndole desde el culo hasta la nuca, el esfínter exprimiéndole cada gota.
Se quedaron así un momento, jadeando, la polla todavía dentro, el semen empezando a salirle por los bordes. Bruno se arrodilló otra vez, le separó las nalgas con suavidad y le lamió el culo abierto, limpiando su propia corrida con la lengua, despacio, saboreando el sabor a sexo y a ella. Miriam temblaba, las rodillas flojas, risitas rotas saliéndole de la garganta.
Cuando se incorporó, se besaron. La boca de Bruno sabía a semen, a culo, a salsa verde y a cilantro. La de Miriam a tacos y a verga. Se comieron la lengua sin prisa, pegajosos, sudados, el delantal de ella todavía puesto y la camiseta de él a medio subir.
Bruno le pasó un dedo por el ano todavía abierto y semi-lleno, sonriendo contra su boca.
—Todavía tienes sitio… y yo todavía tengo hambre. Pero hay algo que no te he contado de esta noche, Miriam.
Ella lo miró con las pupilas dilatadas, el culo goteándole semen por el muslo, y se lamió los labios.
—Dímelo. O mejor… muéstramelo. Porque si crees que con una corrida en el culo me voy a dormir, estás muy equivocado.
Fuera, en la calle oscura, se oyó el motor de una moto acercándose lento hacia el puesto cerrado. Miriam no apartó la mirada de Bruno. La noche apenas empezaba a ponerse realmente sucia.
Bruno no apartó la mirada de Miriam cuando el motor de la moto se apagó justo afuera, el silencio de la calle oscura entrando de golpe en la trastienda grasienta. Le acarició el ano todavía abierto y goteante con dos dedos lentos, metiéndolos hasta el nudillo para sentir cómo el semen caliente le resbalaba por las yemas.
—Lo que no te conté es que le escribí a Leo. Mi compa del taller. Lleva semanas oyendo cómo te describo: ese culo redondo, cómo te mojas solo de mirarme la bragueta. Está afuera. ¿Lo dejo entrar? Solo si quieres. Si dices que no, se va y me quedo yo a follarte el ano otra vez hasta que no puedas sentarte.
Miriam sintió un latido sucio entre las piernas. El semen de Bruno le corría por el muslo interno, caliente y espeso, y el metal de la mesa le pegaba a las tetas desnudas bajo el delantal. Tragó saliva, se empujó contra los dedos de él y asintió con la boca abierta.
—Que entre. Quiero otra polla. Quiero que me abran el culo entre los dos. Que me escupan, que me la metan profunda, que me llenen hasta que me chorree por las rodillas. Dile que sí, Bruno. Ahora.
Bruno le dio un beso sucio, sabiendo a culo y a cilantro, y fue a la cortina de metal. La levantó lo justo. Entró Leo: treinta y un años, más alto, brazos tatuados de grasa de motor, la polla ya marcada en los jeans. Olía a gasolina y a noche. Miró a Miriam a cuatro patas sobre la mesa, el culo rojo de nalgadas, el ano entreabierto y blanco de corrida, el coño hinchado y brillante.
—Joder, Bruno… no mentías —dijo Leo con voz ronca—. Qué puta más rica.
Miriam se giró lo suficiente para mirarlo por encima del hombro, las pupilas dilatadas, la lengua pasándose por los labios.
—No te quedes mirando, cabrón. Sacátela. Quiero chupártela mientras Bruno me vuelve a abrir el culo. Y después los quiero a los dos. Uno detrás de otro o los dos a la vez si cabe. Me da igual. Solo fóllenme.
Leo se acercó sin prisa, se bajó la bragueta y sacó una verga gruesa, más curva que la de Bruno, ya dura y con la punta húmeda. Miriam se bajó de la mesa, se arrodilló en el suelo sucio entre cajas de cebolla y trapos grasientos, y se la metió a la boca de un golpe. Babeó a propósito, dejando que la saliva le corriera por la barbilla mientras chupaba ruidoso, profundamente, hasta que la cabeza le rozó la garganta. Bruno se arrodilló detrás de ella otra vez, le separó las nalgas con las dos manos y le hundió la lengua en el ano todavía lleno de su propia leche. Lamió, chupó, empujó, revolvió el semen con la punta de la lengua y se lo tragó mientras Miriam gemía alrededor de la polla de Leo.
—Así… sí… lámame el culo sucio, Bruno… sácame toda tu corrida con la lengua y después métemela otra vez… —jadeó ella al separarse un segundo de la verga de Leo, un hilo de baba uniendo su labio inferior al glande brillante—. Tú también, Leo. Quiero tu saliva en mi agujero. Quiero que me lo dejen blando y abierto para las dos pollas.
Leo se agachó, le escupió directo al ano mientras Bruno seguía lamiendo, y metió dos dedos gruesos de un solo empujón. El esfínter de Miriam cedió con un sonido húmedo y obsceno, caliente, succionándolos. Los tijeretearon entre los dos, tres dedos ya, cuatro, abriéndola, estirándola, mientras ella se tocaba el clítoris hinchado con la mano libre y se corría otra vez en un grito ahogado, el coño convulsionando y salpicando el suelo.
—Sube a la mesa otra vez —ordenó Bruno, la voz rota de ganas—. A cuatro patas. Culo en alto. Vas a tomar las dos.
Miriam obedeció temblando de placer. Se subió, las rodillas abiertas, las tetas pesadas colgando y golpeando el metal frío cada vez que se movía. Bruno se puso detrás, se frotó la polla todavía medio dura por el ano baboso y se la enterró de un solo embiste hasta los huevos. Miriam gritó, el ano ardiéndole de delicia, y empujó hacia atrás.
—Toda… dámela toda… joder, qué gruesa… me estás abriendo otra vez…
Leo se subió a la mesa frente a ella, se arrodilló y le metió la verga en la boca al mismo tiempo. La follaron en ritmo: Bruno por detrás, embistes largos y profundos que le sacudían el culo entero, Leo por delante, empujando hasta la garganta mientras le agarraba el pelo. Miriam babeaba, lloraba de placer, el maquillaje corrido, el delantal empapado de saliva y jugos. Cada vez que Bruno sacaba la polla hasta la cabeza y la volvía a clavar, el semen viejo y la baba nueva le salían por los bordes del ano en hilos blancos y sucios.
—Cámbiame —jadeó ella al soltar la polla de Leo con un hilo espeso—. Quiero la tuya en el culo también. Quiero sentir las dos. Una detrás de otra. Rápido. Sin parar.
Bruno salió con un sonido obsceno. Leo se colocó detrás al instante, le escupió otra vez al agujero abierto y se la metió de un golpe. Miriam aulló, el culo apretándole la curva de la verga de Leo como un puño caliente. Bruno se puso delante otra vez y le dio de comer la polla cubierta de su propio semen y de los jugos del ano de ella. Miriam chupó con hambre, saboreando su culo en la boca de Bruno mientras Leo la follaba duro, nalgadas sonoras, las bolas golpeándole el coño chorreante.
—Más… más fuerte… rómpeme… quiero correr me solo con el culo lleno… —suplicó ella entre embistes.
Leo aceleró, la agarró de las caderas con fuerza y se la enterró hasta el fondo una y otra vez. Cuando sintió que se iba a correr, se la sacó, se la frotó por el ano abierto y se la volvió a meter solo la cabeza, bombeando chorros densos dentro. Miriam se corrió al sentirlo llenarla, el segundo orgasmo del culo subiéndole por la espalda en espasmos violentos. Apenas Leo salió goteando, Bruno tomó su lugar otra vez, se clavó en el ano inundado de leche ajena y la folló sin piedad, corto y brutal, hasta que se corrió también, añadiendo su segunda carga a la de Leo, tan profundo que Miriam sintió el calor subirle hasta el estómago.
Se quedaron así un momento, los tres jadeando, el olor a sexo, a semen, a cebolla frita y a gasolina mezclado en el aire espeso de la trastienda. Bruno y Leo se turnaron para lamerle el culo abierto, limpiando, chupando, empujando la lengua dentro para sacar lo que podían mientras Miriam temblaba, las rodillas flojas, risitas rotas y gemidos bajos saliéndole de la garganta. Se besaron los tres después, bocas sucias, lenguas compartiendo el sabor a corrida y a ano follado.
Leo se limpió con un trapo, se subió los pantalones y le dio una palmada suave en la nalga a Miriam.
—Eres una puta increíble. Si quieres más, sabes dónde encontrarnos en el taller.
Bruno se quedó un rato más, le limpió el muslo con la camiseta, le ayudó a bajarse de la mesa y le subió los shorts sin las bragas, que habían quedado perdidas entre las cajas. Le besó el cuello, todavía con la polla media dura fuera.
—Esto no se acaba aquí, Miriam. La próxima noche cierro yo el taller temprano y venimos los dos otra vez. O solo yo. Como quieras.
Ella asintió, todavía eufórica, el culo palpitándole, el semen resbalándole por dentro de los shorts cada vez que daba un paso. Los vio salir. La moto de Leo arrancó primero, después el coche viejo de Bruno. Miriam bajó la cortina de metal, apagó la luz restante y se quedó sola en la trastienda oliente a sexo y a tacos fríos.
Se sentó en la silla coja junto a la mesa de metal, las piernas abiertas, y metió dos dedos en su ano todavía suelto y lleno. Sacó un hilo blanco, se lo llevó a la boca por costumbre y lo saboreó. Pero de pronto el gusto le amargó. El silencio le pesó. Miró el delantal manchado, el suelo grasiento con gotas de semen y saliva, el plato de tacos a medio comer. Pensó en cómo los había dejado entrar sin apenas pensarlo, en cómo había rogado como una perra en celo, en cómo el culo le ardía ahora con un cosquilleo que ya no era solo placer. Se le metió una duda fría entre las costillas: ¿y si Bruno solo la usaba de depósito? ¿Y si Leo hablaba de ella en el taller como de cualquier puta fácil de la zona? ¿Y si mañana, cuando volviera el olor a cilantro y a carne, ella solo se sintiera vacía y barata en vez de deseada?
Se limpió a medias con un trapo húmedo, se ajustó el delantal y salió a la calle oscura con el culo todavía goteándole dentro de los shorts. Caminó hacia su casa a dos cuadras, cada paso recordándole lo profundo que la habían abierto, y por primera vez en la noche la excitación se le mezcló con un arrepentimiento agrio que no sabía cómo escupir. La noche había terminado, el sexo había sido brutal y consentido hasta el final, pero algo dentro de ella —ese hueco que ya no era solo físico— le decía que tal vez se había entregado demasiado fácil, demasiado sucio, y que el sabor a tacos y a corrida le iba a durar más de lo que quería admitir.
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