Reencuentro Ardiente en el Yate
Miriam y Julius se reencuentran en un yate, se comen a besos y follan como animales toda la noche.
El champagne burbujeaba en las copas y la música latina se filtraba desde la cubierta principal cuando Miriam lo vio. Treinta y dos años, traje blanco ceñido que marcaba las curvas de una abogada que cobraba seis cifras y follaba mucho menos de lo que necesitaba, se quedó clavada junto a la barandilla del yate. Julius. Diez años sin verlo y el cuerpo le respondió antes que la cabeza: un tirón caliente entre las piernas, los pezones endureciéndose contra la blusa de seda.
Él estaba apoyado en el bar improvisado, camisa abierta hasta el pecho, la misma sonrisa de depredador que la hacía correrse gritando en el apartamento de estudiantes. Sus miradas se cruzaron. Julius levantó la copa en un brindis silencioso y Miriam sintió cómo se le mojaba la braga.
—Miriam —dijo al acercarse, voz grave, sin prisa—. La putita de la facultad convertida en señora de traje caro. Qué delicia.
—Julius —respondió ella, sin apartar los ojos de su boca—. El cabrón que me dejaba coja los fines de semana. Diez años y sigues oliendo a sexo barato y promesas rotas.
Él se rió bajo y le rozó los dedos al coger otra copa. La chispa saltó al instante. Ambos solteros, ambos libres, ambos recordando las noches en que ella se montaba a horcajadas y le pedía que le partiera el coño hasta dejarla temblando. La fiesta seguía a su alrededor —risas, hielo tintineando, el yate cortando el agua oscura bajo la luna—, pero para ellos ya no existía nadie más.
—Te miraba y se me ponía dura —admitió Julius, bajando la voz—. Ese culo redondo… ¿sigues mojándote solo de pensar en mi polla?
Miriam dio un trago largo al champagne y le sostuvo la mirada.
—Me toco tres noches a la semana pensando en cómo me la metías entera de un solo empujón. Aún se me abre el coño solo de oírte.
El yate navegaba despacio. Julius la agarró de la muñeca y la arrastró hacia la cubierta privada de popa, lejos de las luces y los invitados. La arrinconó contra la barandilla, el cuerpo grande cegándola del viento salado. Le susurró al oído, labios rozándole el lóbulo:
—He extrañado tu coño apretado, Miriam. Ese agujero goloso que me exprimía la leche hasta la última gota. Diez años y sigo recordando cómo goteabas por las piernas cuando te la chupaba.
Ella arqueó la espalda, frotándose contra la erección que ya le abultaba el pantalón.
—Y yo me acuerdo de tu polla gruesa, Julius. De cómo me dejaba la garganta ardiendo y el coño abierto. Aún me meto los dedos y digo tu nombre cuando me corro. Estoy empapada ahora mismo, cabrón. ¿Lo sientes?
Él metió la mano bajo el vestido blanco sin pedir permiso. Los dedos se deslizaron por el interior del muslo y encontraron la braga de encaje empapada. Miriam gimió cuando él apartó la tela y le rozó los labios hinchados.
—Joder, estás chorreando —gruñó Julius, metiéndole un dedo hasta el nudillo—. Tan caliente y resbaladiza… Mi putita de siempre.
Ella le agarró la nuca y lo besó como si quisiera comérselo vivo. Lenguas chocando, dientes, saliva compartida. Manos bajo la ropa: ella le bajó la cremallera y le sacó la polla gruesa y caliente, pesada en su palma, ya goteando por la punta. Él le subió la falda y le apreció el culo, separando las nalgas, un dedo rozándole el culo apretado mientras le follaba el coño con dos dedos.
—Llévame abajo —jadeó Miriam contra su boca—. Quiero que me folles como un animal. Ahora. Sin juego previo de mierda. Métetela entera y rómpeme.
Julius la levantó casi en volandas. Bajaron las escaleras hacia el camarote principal, risas ahogadas, manos aún metidas donde no debían. Apenas cerró la puerta con el pie, Miriam se dejó caer de rodillas sobre la alfombra gruesa. Le bajó los pantalones de un tirón y se encontró cara a cara con la polla que había soñado mil veces: gruesa, venosa, la cabeza morada y brillante de precum.
—Mira cómo te la chupo, hijo de puta —murmuró, y se la metió entera hasta la garganta.
Saliva abundante, ruidos obscenos de succión. Miriam lo miraba a los ojos mientras bobbingaba la cabeza, una mano masturbándose el clítoris bajo el vestido, la otra apretándole los huevos. Julius gruñó y le agarró el pelo.
—Así, trágatela… Joder, qué bien chupas. Tu boca es un puto coño caliente.
Ella se sacó la polla de la boca solo para escupirle encima y volver a engullirla, babas cayéndole por la barbilla hasta los pechos. Se masturbaba sin pudor, dedos chapoteando en su propio jugo.
Julius la levantó de repente, la volteó y la puso a cuatro patas sobre la cama king-size. Le subió el vestido hasta la cintura, le bajó las bragas hasta los tobillos y le separó las nalgas con ambas manos.
—Voy a comerte este coño y este culo hasta que grites —prometió, y se enterró la cara entre sus piernas.
Lengua profunda, lamiéndole los labios hinchados, chupándole el clítoris con fuerza, bajando hasta el agujero del culo y empujando la punta de la lengua dentro. Miriam se empujaba hacia atrás, gimiendo como una perra en celo.
—Sí, cómemelo… Métela más hondo… Joder, Julius, lámame el culo mientras me tocas el coño…
Él le metió dos dedos en el coño mientras le follaba el culo con la lengua. El sabor a Miriam, a sal, a deseo acumulado diez años. Cuando ella ya temblaba al borde, la volteó de nuevo, la abrió de piernas en misionero y se clavó de un solo empujón.
—¡Ah, joder! —gritó ella—. Qué gruesa… Me la partes…
Julius la follaba duro, caderas golpeando, la polla entrando hasta el fondo una y otra vez. Le sujetaba las muñecas sobre la cabeza y le mordía el cuello.
—Tu coño me estruja… Tan puta, tan mojada… Di lo que quieres.
—Fóllame más fuerte… Úsame… Lléname de leche…
La cambió a perrito sin sacar la polla. Manos en la cintura de Miriam, azotes sonoros en las nalgas que dejaban la piel roja. Cada embestida hacía que ella gritara guarradas.
—Azótame más… Méteme los dedos en el culo mientras me follas…
Julius le escupió en el culo y le metió dos dedos, follándola por ambos agujeros. El ritmo era brutal, bestial. Luego la sentó a horcajadas encima —vaquera invertida primero, después de frente— y le sujetó las tetas mientras ella rebotaba como loca, nalgas chocando contra sus muslos, el coño tragándose cada centímetro.
—Mírame mientras te corres en mi polla —ordenó él, dándole un azote seco—. Dime qué puta eres.
—Tu puta… Solo tuya esta noche… Me corro… Julius, me corro en tu polla gruesa…
Los dos gimieron sin control. Ella se apretó alrededor de él en oleadas violentas, el orgasmo sacudiéndole las piernas, el jugo chorreándole hasta los huevos de él. Julius embistió tres veces más y se vació dentro, chorros calientes llenándola, gruñendo su nombre contra su pecho sudoroso.
Se quedaron así, pegados, respirando como animales. Diego—Julius la besó con posesión, lengua lenta, saboreando la sal de su piel mientras Miriam aún temblaba con residuales de placer. La polla semidura seguía dentro, el semen empezando a escurrirle por el muslo.
—Esto solo es el comienzo —susurró él contra su boca—. Tenemos el yate todo el fin de semana. Voy a follarte en cada camarote, en la cubierta a medianoche, en la ducha, contra cada pared. Quiero despertarme con tu boca en mi polla y dormirme con el culo lleno de mi leche.
Miriam sonrió, todavía jadeante, y se apretó contra él.
—Llévame a la ducha ahora. Quiero que me laves el coño con la lengua y después me la metas otra vez. Vamos a planear cómo me vas a destrozar mañana por la mañana… y la tarde… y la noche.
Se levantaron torpes, pegajosos de sudor y semen. El yate seguía navegando bajo la luna. Dentro de la ducha de mármol del camarote principal el agua caliente empezó a caer sobre sus cuerpos mientras las manos ya volvían a buscarse, dedos entrando, polla endureciéndose de nuevo entre los pliegues resbaladizos de Miriam. El fin de semana apenas empezaba, y ninguno de los dos tenía intención de dormir.
El agua caliente caía a raudales sobre sus cuerpos pegajosos cuando Julius la empujó contra el mármol frío de la ducha. Miriam abrió las piernas sin que se lo pidiera, el semen anterior aún resbalándole por el muslo interno mezclado con el jabón. Él se arrodilló bajo el chorro, le separó los labios hinchados con los pulgares y le metió la lengua hasta el fondo del coño, lamiendo su propio corrido y el jugo fresco que ya le volvía a brotar.
—Trágatelo, cabrón —jadeó ella, agarrándole el pelo mojado—. Limpíame con esa lengua guarra… joder, sí, así, chúpame el clítoris hasta que me tiemble la puta pierna.
Julius gruñó contra su coño, succionando con fuerza, dos dedos metiéndose de golpe mientras la lengua le follaba el agujero del culo. Miriam se corrió en segundos, un chorro caliente que le salpicó la cara; él lo lamió todo, sin desperdiciar una gota, y se puso de pie con la polla ya dura otra vez, la cabeza morada rozándole el vientre.
La levantó, le enganchó las piernas a la cintura y se la clavó de un solo empujón brutal. El golpe hizo eco en las paredes de mármol. Miriam gritó, las uñas clavándosele en la espalda, el coño abriéndose alrededor de aquella polla gruesa que la rellenaba hasta el útero.
—Mira cómo te abres para mí —le gruñó al oído, embistiendo duro, el agua salpicando con cada choque de caderas—. Diez años soñando con destrozarte otra vez y aquí estás, chorreando como la putita de siempre.
—Fóllame más fuerte… rómpeme el coño, Julius… quiero que me duela mañana —suplicó ella, mordiéndole el hombro. Cada embestida le sacudía las tetas, los pezones duros rozando su pecho mojado. Él le agarró el culo con ambas manos, separándole las nalgas, y le metió un dedo en el culo al mismo tiempo que la polla le martilleaba el coño.
Se corrieron juntos otra vez: ella apretándole en oleadas, él vaciándose dentro con un gruñido animal, el semen caliente mezclándose con el agua que bajaba por sus piernas. Apenas terminaron, Miriam se arrodilló bajo el chorro, le limpió la polla con la lengua, saboreando el sabor a los dos, y se la chupó hasta dejarla brillante otra vez.
Salieron de la ducha torpes, sin secarse del todo. Julius la tumbó de espaldas en la cama king-size, aún chorreando, y le abrió las piernas de par en par. Le miró el coño rojo, hinchado, goteando su leche, y se la volvió a meter despacio esta vez, disfrutando de cómo los pliegues se abrían y lo tragaban centímetro a centímetro.
—Eres una zorra perfecta —murmuró, empezando a follarla con embestidas largas y profundas—. Díme qué quieres que te haga esta noche.
—Quiero que me uses por todos lados… que me llenes el culo también… que me dejes tan abierta que no pueda caminar mañana —respondió Miriam, arqueando la espalda, tocándose el clítoris mientras él la atravesaba.
Julius sacó la polla, le dio la vuelta a cuatro patas y le escupió generosamente en el culo apretado. Le metió primero un dedo, luego dos, abriéndola con paciencia bestial mientras ella gemía y se empujaba hacia atrás. Cuando estuvo lista, apoyó la cabeza gruesa contra el anillo y empujó. Miriam aulló al sentirlo entrar, el ardor mezclado con el placer sucio que la hacía chorrear aún más por el coño vacío.
—Joder, qué estrecho… tu culo me está matando —gruñó él, clavándosela hasta los huevos. Empezó a follárselo con ritmo lento y profundo, una mano rodeándole la cintura para frotarle el clítoris. Miriam se masturbaba el coño con tres dedos, follándose a sí misma mientras él le destrozaba el culo.
—Más duro… azótame… llámame puta —exigió ella. Julius le soltó palmadas sonoras en las nalgas, dejándolas rojas, y le aceleró el ritmo hasta que el ruido de piel contra piel llenó el camarote. Se corrió otra vez dentro de su culo, llenándola a chorros, y se la sacó solo para ver cómo el semen le salía a hilos blancos.
No pararon. La noche se convirtió en una sucesión de posiciones animales. La montó contra la pared del camarote, de pie, una pierna alzada, follándola tan fuerte que los gritos de Miriam se oían por encima del motor del yate. Después la sentó en el borde de la cama y le abrió la boca para corrérsela en la lengua, obligándola a tragar cada gota. Miriam se lo chupó limpio después, mirándolo a los ojos con saliva y leche en la barbilla.
A medianoche salieron a la cubierta privada. La luna iluminaba el mar negro. Julius la puso de bruces sobre la barandilla, el vestido arremangado hasta la cintura, y se la folló por detrás mientras el viento salado les pegaba en la piel. Miriam gritaba guarradas sin control, el coño y el culo ya doloridos y abiertos, pidiendo más.
—Úsame… soy tu puta de la facultad otra vez… lléname… —jadeaba. Él se corrió otra vez dentro, se la sacó y le hizo arrodillarse para que le limpiara la polla con la boca bajo las estrellas.
Volvieron al camarote. Se tumbaron un rato, sudorosos, pegajosos de semen y saliva, pero las manos no se detuvieron. Miriam se montó a horcajadas, vaquera invertida, rebotando con el culo frente a su cara mientras Julius le chupaba y le metía la lengua en ambos agujeros. Después se dio la vuelta, se la clavó de frente y se folló a sí misma sobre él hasta corrarse tres veces seguidas, el jugo chorreándole por los huevos.
Casi al amanecer, exhaustos, Julius la puso en misionero una última vez. La folló despacio, mirándola a los ojos, las embestidas profundas y posesivas. Miriam le rodeó la cintura con las piernas, apretándolo dentro.
—No pares… lléname otra vez… quiero despertarme goteando de ti —susurró.
Él embistió más fuerte, le mordió el pezón y se vació con un gemido largo, el último chorro caliente llenándole el coño hasta rebosar. Se quedaron unidos, respirando agitados, el semen escapándosele por el muslo mientras el yate se mecía suavemente.
Miriam acarició su pecho sudado, sonriendo aún, pero algo se le torció en el pecho cuando él se salió de ella con un sonido húmedo. El placer se desvanecía. Miró el techo del camarote, sintiendo el líquido caliente entre las piernas, el ardor del culo usado, las marcas de azotes en las nalgas. Diez años. Había fantaseado con esto mil noches, tocándose en la soledad de su piso caro, y ahora que lo tenía otra vez… el vacío volvía.
Julius la besó en la frente, ya medio dormido, murmurando algo sobre follarla en la cubierta al mediodía. Ella asintió en silencio. Pero mientras él roncaba suave a su lado, Miriam se quedó despierta, las piernas abiertas, el semen secándosele en la piel. Pensó en las promesas rotas de entonces, en cómo él había desaparecido después de la facultad sin una explicación de verdad, en las veces que ella había esperado una llamada que nunca llegó. El sexo había sido brutal, perfecto, animal… y sin embargo, al acabarse, le quedó el mismo agujero de siempre. ¿Qué coño hacía aquí otra vez, dejándose destrozar por el mismo cabrón que la había dejado coja y sola?
Se pasó la mano por el coño hinchado, recogió un poco de su leche con los dedos y se la miró. Sabía a victoria sucia y a derrota al mismo tiempo. El yate seguía navegando hacia ninguna parte útil. Miriam cerró los ojos, pero el arrepentimiento ya le mordía por dentro, frío, insistente, como si el orgasmo le hubiera devuelto exactamente lo que llevaba diez años intentando olvidar: que follar como animales no arreglaba nada de lo que se había roto.
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