Cruzan Miradas y se Entregan en el Ferry
En el ferry nocturno, la ejecutiva dominicana Valeria de 32 años y el ingeniero afroamericano Errol de 35 se entregan a un salvaje polvo interracial lleno de deseo
El ferry surcaba las aguas negras del Caribe con un rumor sordo de motores, las luces de San Juan quedando atrás como un collar de perlas diluidas. Valeria, ejecutiva de cruceros de treinta y dos años, se apoyó en la barandilla de la cubierta superior. El vestido negro le ceñía las caderas morenas y el escote dejaba ver el contraste de su piel bronceada contra el satén. El viento le revolvía el cabello suelto. Había terminado una reunión agotadora y solo quería el cruce nocturno hacia Santo Domingo para dormir en su propia cama.
Entonces lo vio.
Errol, ingeniero afroamericano de treinta y cinco años, viajaba por negocios. Estaba solo, camisa blanca arremangada hasta los codos, pantalones oscuros que marcaban muslos potentes. Cuando sus miradas se cruzaron, la tensión interracial se instaló de inmediato, densa y eléctrica. Él recorrió con los ojos sus curvas: el seno pesado, la cintura estrecha, el trasero redondo que el vestido no lograba esconder. Valeria sintió el calor subirle por el cuello. Se mordió el labio inferior al notar el bulto pronunciado en la entrepierna de él, ya semierguido solo de mirarla. Ambos quedaron claramente excitados, dispuestos a dejarse llevar por la química que crepitaba entre ellos sin una sola palabra.
Ella no se movió. Él tampoco. Solo se miraron mientras el ferry se adentraba en la noche, el vaivén suave del casco empujándolos mentalmente el uno hacia el otro.
Media hora después, la cubierta estaba desierta. La mayoría de los pasajeros se había retirado a los salones o a las cabinas. Valeria caminó deliberadamente hacia donde Errol seguía asomado al mar. Se detuvo a su lado, tan cerca que el aroma de su perfume cítrico se mezcló con el de él, un rastro limpio de jabón y piel caliente.
—No dejas de mirarme —susurró ella en voz baja, rozando su cadera contra la de él.
Errol giró la cabeza. Sus ojos oscuros brillaban.
—Y tú tampoco. Esas curvas… mierda, Valeria —había leído su nombre en la credencial que aún colgaba de su bolso—. Llevo media hora imaginando cómo se sienten bajo las manos.
Ella se frotó un poco más, sintiendo la dureza de su muslo y, más abajo, el contorno grueso de su polla. Las miradas se convirtieron en toques atrevidos: los dedos de él rozaron la parte baja de su espalda, ella dejó la palma abierta sobre su pecho firme.
—Me excita un montón tu piel oscura —le susurró Valeria pegando los labios a su oreja—. Ese cuerpo musculoso… me muero por tocarlo todo. Por sentir cómo contrastas conmigo.
Errol soltó un gemido bajo. Su mano bajó hasta apretarle un glúteo con posesividad suave, consentida.
—Sueño con follarme a una latina tan ardiente como tú. Desde que te vi morderte el labio mirándome la polla supe que esta noche no iba a ser tranquila. Quiero metértela hasta el fondo y oírte gemir en español.
La lujuria mutua los empujó. Valeria tomó su mano.
—Ven. Hay un pasillo de servicio abajo. Nadie pasa a estas horas.
Se deslizaron por la escalera metálica, el corazón latiéndoles en la garganta. El pasillo estrecho olía a aceite y salitre, iluminado apenas por una bombilla amarillenta. En cuanto la puerta se cerró tras ellos, Valeria se arrodilló sin preámbulos sobre el suelo frío. Le bajó la cremallera a Errol con dedos ansiosos. La gruesa polla negra saltó libre, venosa, ya goteando por la punta. Ella la miró un segundo, fascinada por el contraste de su mano clara contra aquella oscuridad turgente, y luego se la metió en la boca con hambre.
Chupó con voracidad, labios estirados alrededor del glande ancho, lengua girando por la base mientras una mano le apretaba los huevos pesados. Errol le agarró el cabello con ambas manos y gimió, empujando suave pero profundo hacia su garganta.
—Joder, sí… así, trágatela. Tu boca es un horno.
Valeria baboseaba alrededor del tronco, sonidos húmedos y obscenos llenando el pasillo. Cada embestida de cadera de él le hacía lágrimas de placer en los ojos. Cuando sintió que él estaba al borde, él la levantó de un tirón, la empujó contra la pared metálica y le subió el vestido hasta la cintura. Le arrancó las bragas de un solo movimiento; el encaje se rompió y quedó colgando de un tobillo. La abrió con los dedos, encontró el coño ya empapado, hinchado, y se alineó.
La folló de pie con embestidas profundas y salvajes. La polla negra se hundía en su coño moreno con un sonido chapoteante, estirándola hasta el límite. Valeria se aferraba a sus hombros anchos, gemía alto contra su cuello, sintiendo cada vena, cada pulso.
—Más duro… fóllame como si no hubiera mañana —jadeó.
Errol le dio una nalgada consentida, la carne de su culo temblando bajo la palmada. Luego otra. El contraste de sus cuerpos sudorosos era hipnótico: su piel negra brillante contra la de ella, más clara y bronceada, resbalando. La levantó un poco más, le abrió más las piernas y cambió el ángulo para rozarle el clítoris con cada embestida.
Cuando las rodillas de Valeria flaquearon, él la hizo girar y la sentó a horcajadas sobre su regazo, apoyado contra la pared. Ella lo montó con fuerza, sujetándose de su cuello, subiendo y bajando la cadera en un ritmo brutal. Su coño engullía la polla entera una y otra vez; los pechos le rebotaban fuera del escote y Errol se los lamió, chupó los pezones oscuros, mordisqueó con hambre. Las nalgadas seguían, consentidas, el sonido seco mezclado con sus gemidos.
—Mírame mientras te corro dentro —exigió él, voz ronca.
Valeria abrió los ojos, sudor en la frente, labios hinchados. Lo montó más rápido, el clítoris frotándose contra su pubis. El orgasmo la golpeó primero: un temblor violentísimo que le contrajo el coño alrededor de él en espasmos rítmicos. Gritó su nombre, temblando. Errol la siguió segundos después, embistiendo hacia arriba con fuerza, derramándose caliente y espeso dentro de ella, gemidos guturales que vibraban en el pecho de ambos. Se corrieron juntos con intensidad, cuerpos sacudidos, sudor mezclado, el olor a sexo llenando el pasillo estrecho.
Después, todavía unidos, respirando agitados, Errol le besó el cuello con lentitud, labios suaves sobre el pulso acelerado. Sacó la polla con cuidado; un hilo de semen espeso le resbaló por el muslo interior a ella. Él se arrodilló un instante, le limpió suavemente entre las piernas con su propia camisa arremangada, dedos tiernos contrastando con la salvajada de minutos antes. Valeria se estremeció al tacto, todavía hipersensible.
—No he terminado contigo —murmuró él contra su piel, voz baja y cargada—. Hay más ferry por delante… y yo quiero seguir probándote.
Ella sonrió, aún jadeante, y le acarició la nuca. El motor del barco seguía bramando bajo sus pies. Afuera, la noche caribeña se extendía interminable, y la lujuria entre ellos solo acababa de encenderse.
Errol la atrajo otra vez contra su pecho todavía jadeante y le mordisqueó el lóbulo de la oreja con una lentitud deliberada. Valeria sintió la polla de él, aún medio dura y resbaladiza de su propio semen, rozarle el muslo interior. El pasillo seguía vacío, solo el bramido constante del motor y el crujido ocasional del casco.
—Quiero más de ti —murmuró él contra su piel—. Quiero verte de rodillas otra vez y después follarte hasta que no puedas caminar derecho cuando bajemos en Santo Domingo.
Ella soltó una risa baja, cargada de lujuria, y le apretó el glúteo firme a través de los pantalones aún abiertos.
—Entonces llévame a algún sitio donde pueda gritar sin que nos oigan los putos tripulantes.
Se recompusieron a medias: Errol se abrochó la cremallera sin molestarse en limpiarse del todo y Valeria se subió el vestido, las bragas rotas ya olvidadas en un rincón. Bajaron otro tramo de escalera metálica hasta encontrar el baño de tripulación de la cubierta inferior, una cabina estrecha con lavabo de acero inoxidable, un espejo empañado y una puerta que trababa con pestillo oxidado. En cuanto el cerrojo chasqueó, Errol la empujó contra el lavabo y le levantó el vestido de un tirón.
Sus manos negras contrastaban brutalmente con la carne morena y tersa de las nalgas de ella. Le separó los glúteos y le lamió el coño desde atrás, lengua ancha y caliente recogiendo el semen espeso que todavía le resbalaba. Valeria arqueó la espalda, agarrándose al borde del lavabo, y gimió sin pudor.
—Joder, Errol… sí, lámeme así. Traga lo que me dejaste dentro.
Él gruñó contra su coño, chupando el clítoris hinchado hasta que ella tembló. Después se puso de pie, se sacó la polla otra vez —ya dura como una barra de hierro negro, venas palpitantes— y se la frotó entre los labios hinchados de ella sin entrar del todo.
—Dime que la quieres —ordenó, voz grave.
—La quiero. Métela. Fóllame el coño otra vez hasta llenármelo.
Errol empujó de un solo golpe. La polla gruesa se abrió paso entre los pliegues empapados, estirándola de nuevo hasta el límite. Valeria gritó de placer puro, el eco rebotando en las paredes de metal. Él empezó a embestir con ritmo salvaje, caderas golpeando contra su culo con un sonido húmedo y obsceno. Cada embestida sacudía los pechos pesados de ella; el escote ya no contenía nada y los pezones oscuros rozaban el borde frío del lavabo.
—Mira cómo te como entera —jadeó él, mirando el espejo empañado donde se veía el contraste de su cuerpo negro brillando de sudor contra el de ella, más claro y bronceado—. Tu coño latino me aprieta la polla como si no quisiera soltarme nunca.
Valeria empujó hacia atrás, buscando más profundidad, y le miró por encima del hombro con los ojos vidriosos.
—Más duro, negro. Quiero sentirla en el estómago. Quiero que me dejes coja.
Él le dio una nalgada seca que resonó como un latigazo. La carne tembló. Otra. Y otra. Luego le agarró el pelo con una mano y le forzó la espalda a arquearse más, cambiando el ángulo para que la cabeza de la polla le rozara ese punto interno que la hacía ver estrellas. Valeria se corrió de golpe, un orgasmo violento que le contrajo el coño en espasmos furiosos alrededor de él. Gritó su nombre en español, un hilo de baba resbalándole por la comisura de los labios.
Errol no se detuvo. La sacó de la polla solo el tiempo necesario para girarla, sentarla sobre el lavabo y abrirle las piernas hasta casi el límite. Se hundió otra vez de frente, follándola con embestidas cortas y brutales mientras le chupaba un pezón y le pellizcaba el otro. El olor a sexo, salitre y sudor llenaba la cabina. Valeria le clavó las uñas en la espalda ancha, dejando marcas rojas sobre la piel oscura.
—Voy a correrme otra vez —avisó ella, voz rota—. No pares… no pares, joder…
Él metió la mano entre ambos y le frotó el clítoris con el pulgar, círculo rápido y preciso. El segundo orgasmo la destrozó: piernas temblando, coño palpitando, un grito ahogado contra el hombro de él. Errol la sostuvo, embistiendo a través de las contracciones, y cuando ella empezó a bajar de la ola él se retiró de golpe.
—De rodillas. Ahora.
Valeria obedeció sin dudar. Se arrodilló sobre el suelo húmedo de la cabina, abrió la boca y recibió la polla negra goteante de sus propios jugos. Errol le agarró la cabeza con ambas manos y se la folló la garganta con profundidad, gemidos guturales escapándosele del pecho. Ella baboseaba, lágrimas de esfuerzo y placer en las pestañas, manos apretándole los huevos pesados y calientes.
Cuando sintió que él estaba al borde otra vez, él la levantó, la puso de pie, la giró de espaldas y la penetró de nuevo en posición de perra contra la puerta. Una mano le rodeaba la cintura, la otra le apretaba un pecho. Las embestidas finales fueron salvajes, desesperadas, el sonido chapoteante llenando todo. Valeria se corrió por tercera vez, un temblor largo y agotador, y Errol la siguió con un rugido, derramándose otra vez dentro de ella a chorros densos y calientes que le desbordaron el coño y le resbalaron por los muslos.
Se quedaron unidos un largo minuto, respirando como si hubieran corrido una maratón, sudor mezclado, corazones latiendo a destiempo. Errol le besó la nuca con una ternura absurda después de tanta violencia. Sacó la polla despacio; un hilo blanco y espeso le cayó a ella hasta la rodilla. Él lo recogió con dos dedos y se lo ofreció a la boca. Valeria lo chupó sin vergüenza, mirándolo a los ojos.
—Eres una puta perfecta —dijo él con media sonrisa, voz ronca de tanto gemir.
—Y tú una polla adictiva —respondió ella, todavía temblando.
Se limpiaron como pudieron con papel del baño, se acomodaron la ropa y salieron del baño de servicio justo cuando el altavoz del ferry anunciaba la aproximación a Santo Domingo. En la cubierta superior el aire fresco les pegó en la cara. Errol le pasó un brazo por la cintura, posesivo y satisfecho.
—Dame tu número. Quiero repetir esto en tierra firme. Te invito a cenar… o a follar otra vez antes de cenar.
Valeria sonrió, le dicto los dígitos al oído y le dio un último beso profundo, sabiendo a sexo y a sal. Él guardó el número en el móvil con una sonrisa amplia, convencido de que acababa de cazar la mejor aventura de su viaje de negocios.
Ella se separó con una caricia lenta en su pecho y caminó hacia la barandilla mientras las luces del puerto se acercaban. Lo que Errol no sabía —lo que jamás sabría— era que el anillo de compromiso de platino y diamante seguía guardado en el bolsillo interior de su bolso de mano, quitado deliberadamente esa misma tarde antes de subir al ferry. Su prometido la esperaba en el muelle con el coche y las maletas listas para la boda de fin de semana en Punta Cana. Valeria se pasó la lengua por los labios hinchados, saboreando todavía la corrida de Errol, y sonrió para sus adentros mientras el ferry atracaba.
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