Máscara Caída, Deseo Prohibido entre Amigos
Javier, un arquitecto dominicano de 32 años, y su amiga Petra, diseñadora gráfica española de 29, se dejan llevar por el deseo interracial reprimido y follan salv
El Gran Hotel Palace de Madrid brillaba aquella noche de otoño con mil luces doradas y el murmullo elegante de las élites creativas. Javier, arquitecto dominicano de treinta y dos años cuyo estudio acababa de ganar el concurso del nuevo museo en el barrio de Las Letras, ajustó la máscara negra de terciopelo que le cubría medio rostro. Su traje a medida marcaba los hombros anchos, el pecho fuerte y las caderas firmes de un cuerpo forjado en el gimnasio y en las obras bajo el sol. Al otro lado del salón, entre columnas de mármol y mesas cargadas de champagne, su mejor amiga desde hacía casi una década se movía como si el mundo le perteneciera.
Petra, diseñadora gráfica española de veintinueve años, llevaba un vestido rojo ceñido que contrastaba con su piel blanca y el cabello rubio recogido en un moño imperfecto. La máscara de encaje negro le tapaba los ojos, pero no la boca pintada de carmín ni esa sonrisa ladeada que Javier conocía demasiado bien. Llevaban años compartiendo cenas, quejas de clientes y madrugadas de trabajo. Nunca se habían tocado más allá de un abrazo. Nunca habían dicho en voz alta lo que se les calentaba entre las piernas cada vez que el otro entraba en la habitación.
Se encontraron junto a la barra. Javier le ofreció una copa. Petra la aceptó y, al inclinarse, el lazo de su máscara se aflojó. El encaje resbaló. Por un segundo sus ojos verdes, desnudos, se clavaron en él: no en la máscara, sino en la línea de su cuello oscuro, en la mandíbula fuerte, en la forma en que la camisa blanca tensaba los pectorales. El deseo que había reprimido durante años le golpeó el pecho como un puño. Fantaseaba con esa piel morena sobre la suya, con esa polla gruesa que a veces adivinaba bajo los pantalones cuando entrenaban juntos. Javier notó el destello. Su propia máscara no ocultó la sonrisa lenta, peligrosamente cómplice.
—Se te cae el disfraz, Petra —murmuró, voz grave, acento caribeño arrastrado.
—Y a ti se te nota lo que piensas —respondió ella, sin recogerse la máscara del todo—. Llevo años mirándote así. Tú también. No me digas que no.
Bailaron. La orquesta tocaba algo lento y pegajoso. Javier puso una mano en la cintura de Petra; ella se pegó al torso ancho, sintiendo el calor que irradiaba a través de la tela. La diferencia de tonos de piel —su blancura contra su oscuridad— se volvió obscena bajo las luces bajas. Flirtearon sin filtros. Él le dijo al oído que su culo en ese vestido le estaba jodiendo la concentración desde que entró. Ella le confesó que cada vez que le veía sudado después de correr por el Retiro se iba a casa a tocársela imaginando su boca.
La tensión se hizo física en la pista. Petra rozó deliberadamente su pelvis contra la de Javier. Notó de inmediato la erección que crecía, gruesa, pesada, empujando la tela del pantalón. Dio otro roce, más lento, y susurró contra su oreja, aliento caliente:
—Quiero probar tu polla negra, Javier. Llevo años mojándome con la idea. Quiero verla, chuparla, que me la metas entera hasta que no pueda pensar.
Javier apretó el culo blanco de Petra con las dos manos, los dedos hundiéndose en la carne firme a través de la tela. La levantó un poco contra él para que sintiera mejor el bulto.
—Llevo años queriendo follarte como la puta caliente que eres —admitió, voz ronca—. Quiero abrirte las piernas y destrocarte el coño. Quiero oírte gritar mi nombre mientras te la meto toda. Vámonos. Ahora.
No necesitaron más. Abandonaron el baile sin despedirse de nadie. En el ascensor privado hacia las suites, Petra se quitó la máscara por completo y se la clavó a besos. Javier le alzó el vestido hasta la cintura, le metió una mano entre las piernas y encontró las bragas ya empapadas. Ella gimió contra su boca cuando dos dedos se abrieron paso entre los labios hinchados.
La suite olía a jazmín y a sábanas caras. Apenas cerraron la puerta se arrancaron la ropa con ansia mutua, consentida, casi violenta de ganas. El vestido rojo cayó al suelo. El sujetador. Las bragas. Javier se quitó la camisa y Petra se le echó encima, lamiéndole el pecho oscuro, mordisqueando un pezón mientras le bajaba la cremallera. La polla saltó libre: gruesa, venosa, de un marrón casi negro en la cabeza brillante, ya goteando precum. Petra se arrodilló un segundo solo para lamer la gota y gemir de gusto, pero Javier la levantó de nuevo.
La empujó contra la pared del vestíbulo. Le abrió las piernas con las rodillas, alineó la cabeza gruesa contra el coño empapado y entró de un solo empujón profundo. Petra gritó, las uñas clavándose en la espalda oscura de Javier, dejando marcas rojas sobre la piel morena. Él la folló de pie, estocadas fuertes y rápidas, el culo de ella rebotando contra el muro, sus pechos blancos aplastados contra su pecho. El contraste visual —su verga negra desapareciendo dentro de ese coño rosado y jugoso— los volvía locos a los dos.
—Más… joder, más fuerte —suplicaba ella, la voz rota—. Me estás abriendo toda…
Javier gruñó, aceleró. El sonido húmedo de sus cuerpos chocando llenó la suite. Cuando sintió que ella empezaba a temblar, la cargó hasta la cama y la puso a cuatro patas. Le tiró del pelo rubio hacia atrás, le abrió las nalgas blancas y volvió a enterrarse hasta el fondo. Follaba con fuerza, sin piedad, alternando: unas embestidas profundas en el coño empapado, luego sacaba la polla brillante de jugos y la presionaba contra el culo prieto. Petra empujaba hacia atrás, ofreciéndose.
—Métela también ahí… quiero sentirla en los dos sitios —jadeó.
Javier escupió sobre el agujero rosado, frotó la cabeza y empujó despacio hasta que la cabeza gruesa abrió el esfínter. Petra aulló de placer, el culo apretándole la verga como un puño. Él alternaba: coño, culo, coño otra vez, hablándole sucio sin parar mientras le tiraba del pelo y le azotaba una nalga.
—Mira cómo te está arruinando mi verga negra… este coño y este culo ya no van a querer nada blanco después de esto. Te estoy marcando por dentro, Petra. Cada vez que te sientes mañana vas a acordarte de cómo te la metí entera. Eres mi puta blanca ahora, ¿verdad?
—Sí… sí, soy tu puta… rómpeme… no pares —gritó ella, la cara contra las sábanas, babeando de puro deleite.
El orgasmo los alcanzó juntos. Petra se corrió primero, el coño y el culo contrayéndose en oleadas salvajes alrededor de la polla que la traspasaba. Javier la siguió con un rugido, enterrándose hasta las bolas y disparando chorros calientes y espesos dentro de ella, llenándola mientras seguía empujando en sacudidas cortas. Se quedaron así, temblando, sudados, unidos.
Exhaustos, cayeron de lado. Petra se acurrucó sobre el pecho ancho y oscuro de Javier, escuchando el latido todavía acelerado. Le besó los labios con una ternura que contrastaba con la salvajada de minutos antes. Le pasó los dedos por el pecho, dibujando círculos lentos.
—Esto no va a ser solo una noche —susurró contra su boca—. Quiero explorarlo contigo. Esta cosa interracial, este deseo que llevábamos guardado… quiero más. Quiero que me folles así siempre que se nos antoje. Que me hables así. Que me uses y me cuides después.
Javier sonrió, todavía dentro de la resaca del orgasmo, y le acarició la espalda blanca con la palma abierta, subiendo y bajando desde el cuello hasta el final de la columna. Los dedos se detuvieron en el hoyuelo sobre el culo, trazando la línea donde su piel clara se unía a la huella roja de su mano.
—Entonces no paramos aquí —respondió, voz baja, ya recuperando ese tono de promesa peligrosa—. Mañana por la mañana sigo. Y la noche siguiente. Voy a enseñarte exactamente lo que significa que te quiera follar sin frenos… y tú vas a pedírmelo otra vez.
Se quedaron abrazados un rato largo, la respiración sincronizándose poco a poco. Javier seguía medio duro dentro de ella, la polla gruesa latía suave contra las paredes todavía sensibles del coño de Petra. Ella movía las caderas con lentitud, apenas un vaivén mínimo, como si no quisiera dejarlo salir del todo. El semen caliente se le escapaba entre los muslos blancos y le manchaba la piel morena de las bolas.
—No te salgas todavía —susurró Petra contra su pecho—. Me gusta sentirte ahí. Hinchiéndome.
Javier le agarró una nalga con fuerza y la apretó contra él.
—No pienso salir. Esta noche no he terminado contigo. Ni de lejos.
La luz de la suite era baja, solo las lámparas de mesa. Petra se incorporó un poco, montándolo sin que la verga se saliera. Se sentó encima, las rodillas a ambos lados de las caderas anchas de Javier, y empezó a cabalgarlo despacio. El coño empapado y lleno de corrida hacía un sonido húmedo y obsceno cada vez que bajaba. Javier le miraba las tetas blancas balancearse, los pezones rosados duros, y le sujetaba la cintura con las manos grandes y oscuras. El contraste lo volvía loco: sus dedos negros hundiéndose en la carne pálida, marcándola.
—Mírame —ordenó él, voz grave—. Quiero ver tu cara de puta mientras te comes mi polla otra vez.
Petra obedeció. Los ojos verdes brillaban. Subía y bajaba más rápido, el culo blanco golpeándole los muslos.
—Está tan gruesa… joder, Javier, se me abre todo. Siento tu leche resbalando y aún así me la meto entera. Llevo años soñando con esto. Con tu piel oscura contra la mía. Con esta verga negra destrozándome.
Javier se incorporó, la abrazó por la espalda y le metió un dedo en el culo todavía abierto y resbaladizo de antes. Petra gritó de placer y apretó el coño alrededor de la polla.
—Eso… sí, úsame los dos agujeros. Soy tuya. Fóllame como quieras.
La hizo girar sin sacársela. Ahora Petra estaba de espaldas, a horcajadas al revés, mirándole las bolas pesadas y la base de la verga mientras se la clavaba. Javier le abrió las nalgas con las dos manos y le escupió otra vez en el culo. Empujó dos dedos y los movió al ritmo de las embestidas de ella.
—Mira qué bien te lo comes, putita blanca. Este culo ya está viciado a mi polla. Mañana vas a caminar raro y vas a pensar en mí cada vez que te sientes.
Petra gemía sin control, la cara baja, el pelo rubio cayéndole por los hombros. Se corrió otra vez así, el cuerpo temblando, el coño y el esfínter contrayéndose en oleadas. Javier la sacó de encima de golpe, la puso de rodillas en la cama y le empujó la cabeza hacia su polla brillante de jugos y semen.
—Chúpala. Limpia lo que te ha salido. Quiero ver esos labios carmín alrededor de mi verga negra.
Ella abrió la boca con ganas. Engulló lo que pudo, la lengua girando por la cabeza gruesa, saboreando su propio coño mezclado con la leche de él. Babeaba, los ojos llorosos de esfuerzo. Javier le agarró el moño y le folló la cara con estocadas profundas, hasta la garganta. Petra se atragantaba y gemía igual, las manos en los muslos oscuros de él, pidiendo más sin palabras.
Cuando la sacó, un hilo de saliva y precum unía sus labios a la punta.
—A cuatro patas otra vez —dijo Javier—. Ahora te la voy a meter en el culo hasta que grites.
Petra se colocó de inmediato, el culo en alto, las piernas abiertas. Javier le lamió el agujero un momento, la lengua ancha y caliente, y luego alineó la polla. Empujó despacio al principio. La cabeza gruesa abrió el esfínter con dificultad. Petra aulló, los dedos agarrando las sábanas.
—Joder… es demasiado grande… no pares… métela entera…
Javier avanzó centímetro a centímetro hasta que las bolas le tocaron el coño. Se quedó quieto un segundo, dejando que ella se acostumbrara, y luego empezó a follársela el culo con embestidas largas y profundas. El sonido era brutal: carne contra carne, los gemidos rotos de Petra, el chapoteo de los jugos que le bajaban por los muslos. Le azotaba las nalgas blancas hasta dejarlas rojas. Le tiraba del pelo. Le hablaba sucio sin parar.
—Este culo blanco es mío. Lo estoy estirando con mi verga dominicana. Vas a sentir esto días. Cada vez que te toques vas a recordar cómo te la metí toda por detrás. Dime que te gusta.
—Me encanta… me está rompiendo… soy tu puta… fóllame más fuerte… lléname el culo también…
Javier aceleró. Le metió la mano por debajo y le frotó el clítoris hinchado mientras la sodomizaba. Petra se corrió gritando, el cuerpo entero sacudiéndose. Él la siguió poco después, enterrándose hasta el fondo y disparando chorros densos dentro del culo apretado. Se quedó empujando en sacudidas cortas, vaciándose, gruñendo contra su nuca.
Cuando salió, el semen le chorreó por el agujero abierto y le bajó hasta el coño. Javier lo recogió con los dedos y se lo metió en la boca a Petra. Ella chupó sin dudar, mirándole a los ojos.
Se dejaron caer otra vez. Sudados, exhaustos, pero la tensión no se había ido. Al contrario. Petra le pasaba la mano por el pecho oscuro, bajaba hasta la polla blanda y todavía sensible, y la acariciaba con ternura sucia.
—No quiero dormir —dijo ella—. Quiero más. Quiero que me enseñes todo lo que tienes ganas de hacerme. Que me amarrs. Que me uses la boca hasta que no pueda hablar. Que me folles en el balcón con la ciudad mirando. Que me dejes marcada.
Javier sonrió, esa sonrisa peligrosa de antes. Le besó el cuello y le mordió suave.
—Mañana por la mañana te despierto con la polla en la garganta. Te voy a tener toda la semana. En la ducha, en el escritorio de mi estudio, en tu piso con las ventanas abiertas. Voy a follarte el coño y el culo hasta que solo sepas decir mi nombre. Y tú me vas a pedir que te trate peor. Que te llame puta blanca. Que te llene y te deje goteando para que vayas a trabajar así.
Petra se frotó contra su muslo, ya volviendo a mojarse.
—Hazlo. Quiero despertarme y que lo primero que sienta sea tu verga negra abriéndome otra vez. No me dejes pensar. Úsame.
Javier le agarró de la muñeca y se la llevó a la boca, mordisqueándole los dedos.
—Entonces descansa un poco. Porque cuando amanezca te voy a tener contra el cristal del baño, con las piernas abiertas y mi mano en tu cuello. Y después te voy a llevar a desayunar con mi leche todavía dentro. Que todo el mundo vea cómo caminas. Que sepan que esta noche te han follado como se debe.
Ella se rió bajito, cachonda, y se acurrucó más pegada. La mano de Javier bajó otra vez entre sus piernas, dos dedos entrando fácil en el coño resbaladizo, moviéndose con calma, preparándola ya para la siguiente ronda. Petra abrió las piernas y empujó contra la mano.
—Sigue… no pares de tocarme. Quiero correrme otra vez antes de dormir. Con tus dedos oscuros dentro. Hablándome así.
Javier le frotó el clítoris con el pulgar mientras la penetraba. Le susurraba al oído exactamente lo que le iba a hacer al día siguiente: cómo le iba a atar las muñecas con su corbata, cómo le iba a correr en las tetas y obligarla a untárselo, cómo le iba a follar la boca en el ascensor del hotel si se portaba bien. Petra se corrió en silencio esta vez, el cuerpo tenso, el coño exprimiéndole los dedos, y se quedó temblando contra él.
Afuera, Madrid seguía brillando. Dentro de la suite, el deseo interracial que habían reprimido durante años ya no tenía freno. Javier la abrazó por detrás, la polla volviendo a endurecerse contra el culo de ella, y le mordió el hombro.
—Esto solo es el principio, Petra. Mañana te voy a demostrar lo que significa de verdad que te quiera sin límites. Y tú me lo vas a rogar.
Ella asintió, ya medio dormida de puro cansancio placentero, pero con una sonrisa sucia en los labios. La mano de Javier seguía entre sus piernas, poseedora, prometiendo que la noche aún no había terminado del todo y que el amanecer traería aún más.
La mano de Javier no se detuvo. Dos dedos oscuros entraban y salían del coño resbaladizo de Petra con una calma cruel, el pulgar aplastándole el clítoris hinchado en círculos lentos. Ella arqueaba la espalda contra su pecho, el culo rozando la polla que ya volvía a ponerse dura y pesada entre sus nalgas blancas. El semen anterior le resbalaba por los muslos, mezclado con su propia mojada, y el olor a sexo llenaba la suite como un perfume sucio.
—No cierres los ojos —ordenó él al oído, voz ronca de caribe—. Quiero que sientas cada centímetro. Que sepas que esta noche no te voy a dejar descansar del todo.
Petra gimió, abriendo más las piernas. Javier le metió un tercer dedo y la estiró, frotándole el punto que la hacía temblar. Ella empujaba contra su mano, los pechos blancos subiendo y bajando, pezones rosados duros de puro deseo.
—Joder… tus dedos… se sienten tan gruesos… me estás abriendo otra vez… —susurró ella, la voz rota—. No pares. Quiero correrme en tu mano negra antes de que me la metas otra vez.
Javier sonrió contra su hombro y le mordió la carne pálida, dejando una marca. Aceleró los dedos, el chapoteo húmedo llenando la habitación. Petra se corrió en oleadas, el coño contrayéndose fuerte alrededor de sus nudillos, un grito ahogado escapándolele de la garganta. Él no le dio respiro. Sacó los dedos brillantes de jugos y se los metió en la boca a ella.
—Chupa. Saborea lo que eres ahora. Mi puta blanca llena de ganas.
Ella chupó con ansia, la lengua girando entre sus dedos oscuros. Javier la giró de espaldas, la subió a horcajadas otra vez y alineó la polla gruesa, todavía manchada de corridas anteriores. Entró de un solo empujón profundo. Petra aulló, las uñas clavándosele en el pecho moreno. Empezó a cabalgarlo con fuerza, el culo blanco rebotando contra sus muslos, el contraste de pieles —su blancura abierta por su oscuridad— volviéndolos locos.
—Mira cómo te la comes entera… —gruñó Javier, sujetándole las caderas con las manos grandes—. Este coño ya está moldeado a mi verga dominicana. Cada vez que bajas siento cómo me aprietas. Eres una puta adicta ya, ¿verdad?
—Sí… sí, adicta… se me abre todo… joder, Javier, me estás destrozando otra vez… —jadeaba ella, los ojos verdes fijos en los suyos—. Más fuerte. Azótame. Quiero sentir tu mano.
Él le dio una palmada seca en una nalga, el sonido crudo, la carne pálida enrojeciendo al instante. Luego otra. Petra gritaba de placer, cabalgándolo más rápido, el semen anterior saliendo a chorros alrededor de la base de la polla cada vez que bajaba. Javier se incorporó, la abrazó y le metió dos dedos en el culo todavía abierto y resbaladizo. Ella se corrió así, temblando violentamente, el cuerpo blanco contrayéndose en oleadas alrededor de su verga negra.
Sin sacársela, la cargó hasta el baño de mármol. Encendió la ducha caliente. El agua caía sobre ellos mientras Javier la empujaba contra el cristal empañado, le abría las piernas y la follaba de pie, estocadas brutales que hacían temblar el vidrio. Petra se aferraba a sus hombros anchos, los pechos aplastados contra el pecho oscuro, el agua diluyendo el semen que le bajaba por los muslos.
—Mañana… cuando salgamos… todo el mundo va a oler a sexo en mí —gemía ella—. Quiero que me dejes marcada. Que me folles aquí hasta que no pueda caminar.
Javier le agarró el cuello con una mano, sin apretar de más, solo controlando, y aceleró. El sonido de carne mojada chocando era obsceno. Cuando sintió que ella se acercaba otra vez, la sacó de golpe, la puso de rodillas bajo el chorro y le empujó la polla a la boca.
—Chúpala limpia. Quiero ver esos labios carmín tragándome la leche y los jugos. Ábrete bien, putita.
Petra engulló con ganas, la garganta relajándose para aceptar la grosura. Javier le folló la cara con embestidas profundas, el agua cayéndole por la espalda blanca, el pelo rubio pegado al cuello. Ella babeaba, los ojos llorosos de esfuerzo, pero gemía alrededor de la verga, pidiendo más con las manos en sus muslos morenos. Cuando estuvo al borde, la sacó y le disparó chorros calientes en la lengua y las tetas. Petra se untó el semen por los pezones rosados, mirándole con esa sonrisa sucia.
Salieron de la ducha sin secarse del todo. Javier agarró la corbata negra de su traje, aún tirada en el suelo del vestíbulo, y le ató las muñecas a la cabeza del catre de la cama. Petra jadeaba, las piernas abiertas de inmediato, el coño y el culo goteando.
—Átame más fuerte —pidió ella—. Quiero que me uses sin que pueda tocarte. Que me folles como quieras.
Él le ató bien, le abrió las piernas hasta el máximo y se la metió en el culo de un empujón lento pero imparable. Petra gritó, el esfínter estirándose alrededor de la cabeza gruesa. Javier la folló con embestidas largas y profundas, una mano frotándole el clítoris, la otra azotándole las nalgas hasta dejarlas rojas. El contraste lo volvía salvaje: su verga casi negra desapareciendo en ese agujero rosado y prieto, el culo blanco rebotando.
—Este culo es mío… lo estoy arruinando para cualquiera que no sea yo —gruñó él—. Dime que te gusta que te trate así. Que te llene y te deje goteando.
—Me encanta… rómpeme… lléname el culo otra vez… soy tu puta blanca… fóllame sin piedad… —aullaba Petra, tirando de las ataduras, el cuerpo entero ofreciéndose.
Se corrieron juntos otra vez. Javier se enterró hasta las bolas y disparó dentro del culo apretado, sacudiéndose, gruñendo contra su cuello. Cuando salió, el semen le chorreó grueso. Él lo recogió con los dedos y se lo untó por los labios a Petra, que chupó sin dudar.
La desató, pero la tensión no bajó. La llevó al balcón privado de la suite, todavía de madrugada, Madrid brillando abajo. El aire fresco de otoño les golpeó la piel sudada. Javier la puso de manos en la barandilla de hierro, le abrió las nalgas y la penetró por el coño otra vez, follándola con fuerza mientras la ciudad se extendía a sus pies. Petra gemía ahogado, el viento enfriándole los pezones, el miedo delicioso de que alguien los viera mezclado con el placer.
—Si alguien mira arriba… que vea cómo te come mi polla negra… —susurró él al oído, embistiéndola dura—. Que sepan que esta blanca se deja destrocar así.
Ella empujaba hacia atrás, pidiendo más. Se corrió gritando contra el viento, el cuerpo temblando. Javier la siguió, llenándola otra vez, quedándose dentro mientras el semen le bajaba por los muslos blancos hasta las pantorrillas.
Volvieron dentro. Ya amanecía. Javier la tumbó en la cama, se puso encima y le habló al oído mientras la follaba despacio, profundo, sin prisa, preparándola para el día.
—Hoy no te dejo ir. Te voy a llevar a mi estudio. Te voy a follar sobre los planos del museo. Te voy a atar a la silla y usar tu boca mientras recibo llamadas. Y por la noche… te voy a llevar a tu piso y te voy a follar con las ventanas abiertas para que el barrio oiga cómo gritas mi nombre. Vas a pedirme que te trate peor. Que te llene los dos agujeros y te mande a trabajar goteando.
Petra lo miraba con los ojos verdes brillantes de lujuria, las piernas enredadas en su cintura, el coño apretándolo.
—Hazlo todo. Quiero más. Quiero que me amarrees con tus corbatas, que me uses hasta que no pueda pensar, que me dejes tan marcada por dentro que cada paso me recuerde tu verga. No pares nunca. Esta cosa entre nosotros… este deseo interracial… quiero que me queme entero.
Javier sonrió esa sonrisa peligrosa, la polla todavía dura dentro de ella, y le mordió el pezón.
—Entonces levántate. Vamos a desayunar con mi leche todavía saliéndote. Y después… te demuestro lo que significa de verdad no tener frenos. Esto solo acaba de empezar a ponerse serio, Petra.
La luz del amanecer filtraba ya por las cortinas entreabiertas cuando Javier se incorporó sobre ella. Petra aún tenía las piernas abiertas, el coño y el culo resbaladizos de tantas corridas, el pelo rubio revuelto contra la almohada. Él no le dio tiempo a hablar: le abrió la boca con dos dedos y le metió la polla gruesa hasta la garganta de un empujón lento y profundo. Petra gimió alrededor de la verga, los ojos verdes abriéndose de golpe, las manos agarrándole los muslos morenos. Chupó con ganas, la lengua girando, saboreando el sabor a sexo de la noche anterior. Javier le folló la cara con estocadas controladas, mirándola mientras saliva y precum le bajaban por la barbilla.
—Así te despierto desde hoy —gruñó él, voz ronca—. Con mi polla negra abriéndote la garganta. Trágala bien, putita.
Petra se atragantó y gemió igual, pidiendo más con la mirada. Cuando la sacó, un hilo grueso unía sus labios carmín a la punta brillante. Javier la levantó de la cama como si no pesara, la cargó al baño y la puso de cara al espejo grande. Le abrió las nalgas blancas con las manos grandes y oscuras y se la metió en el coño de un solo golpe hasta el fondo. Petra gritó, las tetas rebotando, el contraste de su piel pálida contra el pecho y los brazos morenos de él volviéndolos locos otra vez. Él la folló de pie, mirándola en el espejo, embestidas fuertes que hacían chapotear los jugos.
—Mírate —ordenó, tirándole del pelo para que viera—. Mira cómo te come mi verga. Este coño blanco ya no cierra igual. Eres mía, Petra. Dilo.
—Soy tuya… joder, se me abre toda… fóllame más duro… —jadeó ella, empujando el culo hacia atrás.
Javier aceleró, una mano en su cuello, la otra frotándole el clítoris hinchado. Petra se corrió contra el cristal empañado, el cuerpo temblando, el coño exprimiéndole la polla. Él no paró. La sacó, le escupió en el culo y se la clavó por detrás de un empujón lento pero imparable. El esfínter se abrió alrededor de la cabeza gruesa y Petra aulló de placer puro, las uñas arañando el mármol del lavabo. Javier la sodomizó con embestidas largas y profundas, azotándole las nalgas hasta dejarlas rojas, hablándole sucio sin parar.
—Este culo lo estoy estirando solo para mí. Vas a caminar con mi leche dentro todo el día. Cada vez que te sientes vas a recordar cómo te la metí entera. Eres mi puta blanca adicta a esta verga dominicana, ¿verdad?
—Sí… sí, adicta… rómpeme… lléname otra vez… —suplicaba ella, la voz rota.
Se corrieron juntos. Javier se enterró hasta las bolas y disparó chorros densos y calientes dentro del culo apretado, sacudiéndose, gruñendo contra su nuca. Cuando salió, el semen le chorreó grueso por el agujero abierto y le bajó hasta el coño. Él lo recogió con los dedos y se lo metió en la boca a Petra. Ella chupó sin dudar, mirándole a los ojos en el espejo.
Se ducharon a medias, sin dejar de tocarse. Javier la secó con la toalla, le puso solo su camisa blanca de la noche anterior —que le quedaba enorme y le llegaba a media nalga— y la corbata suelta al cuello. Petra no llevaba nada debajo. Él se vistió a medias: pantalones, camisa abierta, la polla todavía medio dura marcando la tela. Bajaron al desayuno privado de la suite. Mientras ella intentaba comer tostadas, Javier se arrodilló bajo la mesa, le abrió las piernas y le lamió el coño y el culo todavía goteantes. Petra se corrió otra vez con la boca llena de café, mordiéndose el labio para no gritar.
Después lo llevaron todo al estudio de Javier en Las Letras. Apenas cerraron la puerta del loft amplio lleno de planos y maquetas, él la empujó contra la mesa de dibujo, le subió la camisa y le metió la polla en el coño desde atrás. Folló sobre los planos del museo, las hojas arrugándose bajo las manos de Petra, el sonido húmedo de carne contra carne llenando el espacio. Le ató las muñecas a la silla alta con la corbata y le usó la boca mientras hablaba por teléfono con un cliente, la verga enterrada en su garganta, Petra gimiendo ahogada y mojándose sola. Cuando colgó, la desató, la subió a horcajadas sobre él en la silla y la hizo cabalgarlo hasta que ambos se corrieron otra vez, el semen saliéndole a chorros alrededor de la base cada vez que ella bajaba.
Por la tarde la llevó a su piso. Ventanas abiertas al patio interior. Javier la puso de manos en el alféizar, le abrió las nalgas y alternó entre el coño y el culo con embestidas brutales, azotándola, tirándole del pelo, gritando su nombre para que el vecindario oyera. Petra pedía más, pedía que la tratara peor, que la llenara y la dejara goteando. Él lo hizo: se corrió primero en su culo, luego otra vez en su coño, y la obligó a quedarse así, de pie, con las piernas temblando, el semen bajándole por los muslos blancos hasta los tobillos mientras él la miraba desde el sofá, la polla recuperándose.
Al anochecer volvieron a la cama. Exhaustos, sudados, el cuerpo de Petra marcado de chupetones oscuros y huellas de manos negras en las nalgas y las caderas. Javier la montó despacio esta vez, profundo, sin prisa, mirándola a los ojos. Petra lo rodeó con piernas y brazos, el coño apretándolo, el deseo interracial que habían reprimido años ahora quemándoles la piel sin freno.
—No quiero que esto se acabe nunca —susurró ella, voz rota de tanto gemir—. Quiero que me folles así siempre. Que me uses, que me marques, que me hables como tu puta y después me abraces. Que esta verga negra sea lo único que me llene.
Javier le besó la boca, todavía moviéndose dentro de ella, la polla gruesa latindo.
—Entonces quédate. No solo esta noche. Quédate y déjame destrocarte cada mañana, cada tarde, cada vez que se nos antoje. Sé mía de verdad.
Petra se corrió una última vez en silencio, el cuerpo entero contrayéndose alrededor de él, y Javier la siguió, llenándola otra vez, quedándose enterrado hasta el fondo mientras el semen caliente se les escapaba entre los cuerpos unidos.
Se quedaron abrazados, la respiración calmándose poco a poco. Fuera, Madrid brillaba. Dentro, ya no había máscaras ni frenos.
Javier le acarició la mejilla y le sonrió esa sonrisa peligrosa, la polla todavía dentro, y le preguntó al oído, voz baja y grave:
—¿Me vas a rogar otra vez mañana que te trate peor, putita, o ya te atreves a pedírmelo tú misma ahora mismo?
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